"Aquella tarde en París"
*Capítulo 14: " Aquella tarde fue en París"
DISCLAIMER: "Hey Arnold!" no me pertenece. Es propiedad de Craig Bartlett y Nickelodeon.
.
.
.
Con la fuerza que su impotencia le imprimió, Helga regresó al cuarto, fuera de sí. ¿Bob había estado detrás de Arnold durante tanto tiempo? Todo se tiñó de amargura. Todos los escenarios en los que creía ser feliz con otra persona, parecían resquebrajarse a la velocidad de la luz... Y no podía simplemente quedarse sin hacer algo al respecto. Así que, determinada, fue a la recepción del hotel.
.
.
.
—¿Ya tienes tus cosas?
—No. Todavía no termino de empacar. —Arnold dijo, circunspecto.
—Oye, viejo... Quiero disculparme. Lamento si fui tan duro contigo, hoy temprano... No he sido yo últimamente y...
—No es nada, Gerald. Olvídalo y sigamos empacando... —parpadeó el rubio, disponiéndose a guardar sus pertenencias en varias maletas.
Lucía apesadumbrado. Fuera de sí, quizás. Tampoco Gerald estaba siendo él mismo, después de tantas cosas que habían sucedido, pensó.
—¿Cómo resultó todo? Si puedo preguntar... —añadió, comprensivo y cauteloso.
El chico suspiró antes de hablar.
—Le dije lo de siempre; ella quería cancelar la boda y yo mantuve mi postura.
—Wow, Arnold...
—No me digas nada. Las cosas son así. Cumplí mi palabra y llegué hasta el final con la misión... Como Parsons y Bob esperaban, ahora todo depende de ella... Imagino que deben estar felices... Al menos, alguien debería estarlo. —musitó apenas, en la última frase.
Gerald negó varias veces con la cabeza pues, ahora el remordimiento comenzaría a asediarlo por más de un motivo.
El teléfono de la habitación sonó. Se trataba del gerente del hotel, quien solicitaba la inmediata presencia de ambos en la recepción, por unos días de mora. Fue la oportunidad perfecta, realmente.
Pocos minutos más tarde, la situación estaría completamente aclarada. Arnold y Gerald habían ocupado dos habitaciones durante toda la estadía en París, y sabían que no existía deuda alguna. Bob se había encargado de eso, con contra cortesías para con su amigo Parsons. Ellos nunca se alojaron de manera permanente en el otro hotel, ese que Arnold usaba como fachada, ya que la distancia impedía el seguimiento que Helga y Michael requerían tener. Y eso, tampoco era no era un secreto...
.
.
.
.
.
Se sentía roja por dentro y por fuera, como una representación nítida de la furia que experimentaba. Solo ver la actitud de sus padres podría empeorarlo más: sentados en la barra del bar, charlando relajadamente. ¡Pero qué rayos! Bob Pataki podía ser un tipo muy inteligente y poderoso, pero sí que la había subestimado.
Sin dudarlo, los increpó.
—¡¿Qué están haciendo aquí, perdiendo el tiempo?! ¡La boda es en dos horas y media!
Sus padres fruncieron el ceño, confundidos por las exclamaciones de la chica.
—Helga, ¿tú...?
—¡En dos horas! —insistió, malhumorada y firme.
—Pero...
—¡Pero nada! Alístense, o entraré sola. ¡Me da igual! —chilló, negando con ambas manos y yéndose.
—¿Por qué demonios habla así? ¿Qué le sucede? —protestó el sujeto.
—Tiene dudas, Bob. Muchas. —aclaró Miriam, antes de tomar un sorbo de su jugo—. Y por eso actúa de ese modo.
—Pensé que no lo haría... Pensé que no seguiría con todo esto.
—Hiciste lo que creías correcto. Aunque, claro, a tu manera tan especial...
Bob rodó los ojos previniendo el sarcasmo de su ex mujer.
—Bob, no es tu culpa. Como cuando le pagaste al tipo con el que salía, para que dejara de verme.
—¡Oye...!
—No. Ni una palabra. —asintió tranquilamente—. Esa es tu forma de demostrarles a otros, cuánto te importan, supongo... Nunca un gesto, nunca una acción... Siempre el dinero de por medio...
Miriam se puso de pie, y sonriente dijo:—Pero ese es el Bob que tanto queremos todos, ¿no?
—Miriam...
—Lo sé, lo sé; querías lo mejor para tu hija pequeña, ya que cuando Olga se casó, estabas muy ocupado en tus asuntos y ahora, de viejo, sientes que es una parte de la vida que te perdiste... Por eso, intentaste que Helga no se case con un discípulo del joven Bob... Una promesa de la obsesión por avanzar; un gigante empresario en potencia... Un Bob, en definitiva.
La mujer palmeó su espalda tres veces, como si fuera un consuelo.
—Es realmente una pena, que no lo vieras antes. Con algunos gestos y acciones, no nos habrías perdido nunca, cariño... —concluyó, ahora ya sin bravuconadas y chicanas.
Por cierto... —prosiguió—. Es una pena que Helga haya descubierto a tu servidor hablando contigo, pues, ella realmente sentía algo por él.
—¿Qué? —preguntó horrorizado.
—Se casará de todos modos, para darte una lección: de que no controlas su vida... Y ya no podremos evitarlo.
.
.
.
.
.
—No entiendo qué demonios fue todo eso... ¿Una deuda? ¿En concepto de qué? —Gerald chistó, con indignación—. Esta es una de las pocas veces en las que no debemos escapar del hotel, precisamente por deudas.
—Sí... —balbuceó Arnold en una mueca, entrando a la habitación.
—Pero bueno, viejo... Fue un buen hotel, ¿no? Fue un buen mecanismo el mío, para espiar, las instalaciones, el servicio y demás...
—Supongo que sí. —dijo el chico rubio, sin interesarse en las palabras de su amigo.
—Bueno... Seguiré empacando. No quisiera que ninguna de mis bellas camisas se arrugue.
—Sí, haré lo mismo... —espetó apenas.
Gerald permaneció en la sala, alistando una valija con sus prendas maniáticamente dobladas, en tanto, Arnold se dirigió al cuarto. Sobre un pequeño aparador tenía unas cuantas pertenencias que embolsar, pero antes de poder hacerlo, miró hacia la pared donde habían pegado gran cantidad de fotos de Helga, Michael o de ella junto a Olga... Y solo quedaban unas cuantas. El horror llegó a él. ¿Dónde estaban las demás?
Y ahí fue cuando vio su cama. Todas yacían allí, desparramadas, con una pequeña nota en el centro.
.
.
"Así que, este era el estudiante de periodismo, proyecto de escritor y caballero educado... Un vil espía de mi padre. Supongo que 'gracias', lo agendaré para un libro.
Por cierto, ya no estás invitado a la boda."
.
.
El papel cayó de sus manos, al igual que su mundo. Si existía alguna esperanza de que ella se hiciera para atrás... Ya no la había. Su mundo pareció estrellarse y ahora, tomaba dimensión. La puerta sonó y Gerald abrió.
Con la palidez que la novedad decoloró, se acercó.
—Ya no podemos hacer nada, chico. Ella ya sabe todo, aparentemente y no quiere hablarme... Bueno, supongo que me lo merezco. Se casará de todos modos...
—Pero... ¿Cómo lo supo? —inquirió un Gerald desencajado.
—No lo sé; eso ya no tiene importancia. Hablemos de la parte final, tengo prisa. Ya se puso el vestido y todo lo demás...
—¿Puedo hablar con ella?
—No, Arnold. Te agradezco todo lo que hiciste; tu perseverancia y esfuerzo... Pero Helga no quiere hablar con nadie ahora. Además, ya está casi por irse. Acerca del dinero, yo...
Arnold asintió lentamente a las palabras de Bob, respecto a Helga. Se excusó, y fue hacia su cuarto por un momento.
.
.
Existen tres clases de mujeres en este mundo. Algunas que son felices realmente; unas que no lo son, aunque se esmeran en creer lo contrario; y las que son infelices, pero no lo saben.
Suelo trabajar en modificar el destino que ellas creen ideal, con determinada persona, que no lo es. Siempre tuve éxito en las misiones y evité la unión de muchas parejas destinadas a ser infelices. No he roto corazones; pero me anticipé a cualquier quiebre, abriéndoles los ojos a las chicas.
Soy Arnold Shortman, y hoy, he roto mi propio corazón...
.
.
.
.
.
.
—¿Por qué, Helga? ¿Por qué lo haces? —Miriam dijo cansadamente—. Pensabas de otra forma hoy en la mañana.
—Hoy a la mañana, no sabía que mi padre había pagado para que me seduzcan.
—Tu padre le pagó al sujeto con el que yo salía, para que dejara de hacerlo. ¿Y? ¿Eso en qué cambia tus dudas sobre tu prometido?
—No empieces ahora.
—¿Y cuándo, cariño? ¿Cuando lleves quince años de matrimonio solitario y triste?
—Amo a Michael y él me ama. Por algo nos elegimos.
—¡Intenta convencerte, intenta creerlo siquiera!
—Si sabías cómo era papá, ¿por qué no te hiciste para atrás, eh? ¿Por qué?
—Yo lo amaba; esa es la diferencia entre mi caso y el tuyo. Tú no lo amas, porque entonces, no dudarías ni remotamente sobre la boda. —sentenció—. ¿Lista? —inquirió con ironía.
Helga suspiró hondo. Vaya día. Vaya vida...
.
.
.
.
.
.
La gente caminando por todos lados, guardaba bastantes semejanzas con las hormigas. Todos iban y venían, constantemente, en un vaivén de historias que en el camino, quizás no llegarían a entrecruzarse nunca, ni por casualidad.
Arnold tamborileaba sus dedos abrumado, con la espera y la desolación a cuestas, al lado de un montón de maletas. Probablemente Gerald ya había advertido su mal humor y escaso entusiasmo por sostener conversación alguna. Pero la culpa pudo más que su orgullo esta vez.
—Creo que...tenías razón, Arnie... —comenzó, tímidamente.
El aludido frunció el ceño, volviendo a la realidad.
—¿Sobre...?
—Acerca de volver, de vivir nuestras vidas haciendo lo correcto...
—Oh. —hizo una mueca—. Claro, sí. —espetó, sin arriesgar más palabras.
—Me he equivocado tantas veces... —prosiguió el moreno—. Con decisiones, acciones, mujeres... —sonrió, rodando los ojos para continuar diciendo— y todo eso, por ser un imbécil arrogante, Arnold.
El rubio asintió alguna que otra vez con la cabeza, todavía pensativo.
—Me da alegría volver a una vida que se llame vida; siempre y cuando, yo mismo decida tomar las riendas y mantenerme en el camino. Planeo buscar un empleo de medio tiempo y estudiar; presentarme en varias mesas de examen, para recibirme antes del siguiente año... Y supongo que tú harás lo mismo, pero... ¿Por qué, Arnold? ¿Por qué te fallé así?
—¿De qué hablas?
—Yo fui el precursor de las causas imposibles, de tomar riesgos y atreverse, y ahora, ¿el maestro no engendró un buen aprendiz?
¡Eres un imbécil cobarde!
—¿Qué?
—¡Un cagón, mierda! ¡Eso eres! ¡Y yo también lo soy, eh!
—¿Qué demonios te pasa? —lo increpó Arnold.
—Es una lástima que te fueras así como así; que hicieras lo putamente correcto, y no una, sino, ¡otra vez!
—Oh, no, no, no. No aceptaré este sermón de tu parte. Cállate.
—¡Me importa un demonio tu aceptación! —exclamó un Gerald molesto—. ¡No la necesito! ¿Cómo pudiste irte sin pelear? ¿Ahora vivirás preguntándote si acaso ella de verdad te quería y solo se encabronó pasajeramente? ¿Si solo se casó con otro, en definitiva, por despecho?
—¡Imbécil! ¡Te vas a la mierda! ¡Todo se va a la mierda! ¡Al diablo con todo, contigo; con todo! —Arnold gritó, luego de empujarlo.
Realmente estaba furioso. Lo empujó dos veces y se alejó, acelerado por la discusión y sobrecargado de una adrenalina inesperada.
Gerald no se inmutó; y por el contrario, supo que su exposición había dado sus frutos finalmente. Arnold volteó a verlo una vez más, antes de irse, aún alterado, pero con otro semblante de confianza propia y con el brillo inapagable de la esperanza. Tal vez, incluso había sonreído a modo de agradecimiento a su amigo.
.
.
Eran las cinco menos cuarto de la tarde y la ciudad nunca había lucido tan caótica. En las inmediaciones del aeropuerto, estaba repleto de taxis ocupados y personas abordando los pocos todavía vacíos. Todo lucía como un perfecto laberinto y no encontraba la manera de salir de allí. Sin conocer a la perfección las calles; ni manejando un francés fluido o algo semejante, Arnold abordó el autobús que un jovencito le indicó como pudo. Él solo sabía dónde tenía que bajarse.
Y de lograr llegar a tiempo, ¿qué le diría? ¿Helga entraría en razones; le creería? Posiblemente sí, o no, también. ¿Y si ya fuera demasiado tarde? Debía olvidarla para siempre, entonces. Y tal vez ser un abogado frustrado con la vida y una chica, cuando hubiera podido dedicarse a un área que parecía maravillarlo, junto a la chica que París le permitió conocer. C' est la vie...
.
.
.
.
.
—¿Me estás jodiendo? ¡Dime! —exigió Phoebe.
—No. Deja de insistir con el asunto.
—¿Un espía? —dijo la chica.
—Sí, Phoebe. —aseveró entre dientes de forma lenta—. Un espía; un lacayo, un tipo pagado para conquistarme; para distraerme, encandilarme, con toda su jodida impronta de supuesta no improvisación y espontaneidad. ¿Estás feliz ahora?
—¿Y Gerald también? —preguntó con asombro.
—Sí. Y debí sospechar desde que supe que se conocían. Ese cabeza de cepillo nunca me inspiró confianza.
—¿"Cabeza de cepillo? —la oriental repitió, lanzando una fuerte carcajada que la rubia reprendió con la mirada.
—¿Estás lista? —dijo Helga.
—Estás más molesta por la desilusión que Arnold te provocó; que por lo que hizo tu padre, y lo sabes, Helga. Te casas para demostrar algo que no necesitas demostrar.
—Ya cállate, Phoebe. ¡No estás en mi cabeza ni en mi corazón; así que no pretendas saber lo que siento! Sé una buena amiga y apóyame en esto.
—¿Sabes? Yo de hecho, soy una buena amiga. Pero no seré parte de esto. Lo siento, Helga... Me equivoqué contigo y con otra persona. Debo disculparme con él, ya que no tengo nada más que hacer aquí.
—¡Phoebe! —reclamó—. ¿En serio? ¿Te vas?
La chica se encogió de hombros y no supo qué decir.
—La vida es acerca de tomar riesgos y yo... Nunca quise tomarlos en serio. Bueno, esta es mi revancha, Helga querida. Ojalá pudieras darte cuenta de eso también... —saludó con la mano, marchándose tranquilamente.
.
.
.
.
.
—Mamá, por favor. —suplicó, caminando lentamente junto a ella, hasta encontrarse en la puerta con su padre—. No llores.
No ahora.
—No puedo ver que te cases con alguien que no es para ti. No puedo. Pero si es tu decisión, yo... La respetaré. Y pretenderé que estoy de acuerdo. ¿Bien? —sonrió con los ojos llorosos.
—Mamá...
—Es tu turno, Bob. Escoltar a tu hija. —dijo la mujer, tomando de las manos a su ex esposo.
Bob enlazó su brazo con el de Helga y comenzaron a caminar al tiempo que sonaba la marcha nupcial.
—Antes de que me des un sermón, tengo menos de un minuto para decirte esto. Así que, escucha. —lanzó Bob.
La chica lo miró sin comprender.
—Sé que tuviste tu etapa de rebeldía y odio hacia mí. Sé que pude remediarla y que todo cambió luego de mi infarto. Sé que te volviste responsable, por miedo a que muriera sin poderte despedir de tu padre. Todo eso lo sé, cariño.
—Papá... —susurró la chica, conmovida.
—Un padre sabe. —dijo rápidamente—. Sé que quisiste afirmar tu seriedad, comprometiéndote con un buen chico; muy serio y digno de mi aprobación y agrado. Pero como sé que no soy perfecto y por mi culpa perdí mucho; sé que no quieres casarte con una réplica de mí.
—¿Cómo pudiste pagarle a alguien para que me seduzca, papá? —dijo ella, con simpleza.
Bob suspiró hondo, intentando calmarse y sonreír ocasionalmente, conforme avanzaban al altar.
—Quiero que seas feliz; con alguien que sea para ti, hija. Y ese no es Michael, porque, bueno, morirás de aburrimiento e indiferencia de su parte… Miriam podría contarte más al respecto.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Y sobre tu pregunta... —retomó, mientras buscó algo en su bolsillo—. A ese 'alguien', no le pagué ni un centavo. Rechazó mi dinero. —aseguró, mirándola seriamente.
—¿Qué? —preguntó sorprendida, viéndolo.
—Toma. Él me pidió que te diera esto. —comentó Bob, entregándole una fotografía, a un dos metros del Sacerdote y de un Michael jamás tan sonriente—. Solo me dijo que 'siempre lo supo'.
Helga aceptó rápidamente la imagen y la observó. Era una foto grupal de un grupo de niños, en lo que parecía ser una reserva natural. En la parte superior, estaba impreso:
.
"Campamento Inter-escuelas 1992, Hillwood, Virginia"
.
Y tan fugaz pero certero, pudo ver a Arnold y Gerald señalados en un círculo rojo, en un extremo, y en el otro, ella misma, con sus compañeros. Todos habían estado vinculados desde siempre, y ahora lo sabía.
Solo dos pasos más y llegaron al altar. Como si el tiempo se diluyera en sus manos, no tuvo lugar a otra reacción más que la sorpresa y estupefacción. Bob le dedicó un abrazo y sonrisas mediantes al novio y besó la mejilla de su hija. No sin antes, susurrarle algo al oído.
—A diez metros dejé un auto con las llaves adentro, solo por si acaso. —concluyó, para luego abrazarla también.
Helga se sentía en shock. Las cosas tenían sentido ahora y las casualidades eran una enorme patraña inventada por idiotas. Había estado frente a ella, desde siempre; desde un inicio.
Arnold era la razón por la que se convirtió en una sufriente amante, tan solo siendo una niña. Arnold era la pieza de sus obras; el anhelo de un imposible de un pasado imposible, tratándose de apenas un par de niños que no sabían lo que era el amor. Arnold era esa persona que le resultó tan cálida y encantadoramente entrañable a primera vista, a quien le dedicó sus primeros e inexpertos suspiros; ese alguien con quien no se atrevió a hablar. Y ese alguien, que el destino había puesto en su lugar nuevamente...
Pero ahora, su prometido le sonreía y el Universo finalmente estaba en orden. Todo lo que Miriam, Phoebe o Bob habían dicho, encontraba un real y gigantesco sentido. Ella había encontrado el sentido.
Michael la veía feliz y Helga, conectando la mirada con la del joven, elevó por un momento la suya al cielo; sonrió para volver a verlo y musitó:
—No puedo casarme contigo, Michael. Lo siento mucho…
.
.
Y simplemente, se largó a correr. Sin darle importancia al asombro generalizado; a la felicidad de sus padres con la decisión o con la certeza sobre dónde hallaría a Arnold. Ni la incomodidad de sus tacos; el viento pegándole el cabello al rostro o el larguísimo vestido la afectaban. La libertad compaginada con la velocidad adquirida era demasiado emocionante para ser verdad. Encontró el mentado vehículo y arrancó hacia la ciudad. Salir de lo seguro y arriesgarse era la idea. Phoebe tenía razón…
.
.
.
.
.
El gran tráfico de la ciudad resultó ser un inconveniente inesperado. En cada semáforo el tiempo se detenía y la circulación se hacía prácticamente imposible. Podía ser tarde; quizás, más que tarde ya. Y él no deseaba quedarse a ver cómo un imprevisto lo estancaba en ese lugar. Sin más, Arnold se bajó del autobús y se dispuso a correr rápidamente. La energía lo acompañaba en la agitación que el movimiento causó; pero impulsado por su único objetivo, la misión que se debía a él mismo.
.
.
Helga conducía alterada aunque feliz, porque sabía que Arnold se iría de París y el tiempo no le daba ventajas; y a la vez, se sentía feliz por asumir una gran verdad que no podía aceptar: Michael no era su alma gemela. Y, a lo mejor, todas las teorías sobre los seres destinados a estar juntos, contaban con una base más sólida que la simple cursilería. Estacionó el vehículo que su padre le dio, en el único lugar que pudo y decidió continuar a pie.
El trayecto hasta el aeropuerto era interminable, pensó. Le restaba más de la mitad todavía. Y justo como Arnold, había optado por trotar junto al sol. Los tacones no contribuían; su peinado estaba desarmándose y la fatiga amenazaba con derrotarla. Sin embargo, ella no claudicó en la idea de encontrarlo, tanto así, que si debía llegar a pie, lo haría.
Él hacía pequeñas pausas para recobrar el aliento, mientras proseguía la marcha. Hasta que, finalmente, en una rotonda próxima a un parque, Helga lo divisó corriendo ligeramente hacia su dirección.
—¡Arnold! —exclamó, llamando su atención.
El chico entrecerró los ojos para enfocar la vista, entre los primeros vestigios de la tarde.
.
.
.
.
.
.
—¡Es increíble! ¿Eres tú? —Gerald dijo, haciendo una mueca de cuasi incredulidad—. ¿Qué te trae por aquí?
—Bueno, seré sincera. Me dio mucha curiosidad saber de la doble faceta que tu amigo y tú escondían.
—¿Ajá? ¿Sólo es eso? —propuso, enarcando una ceja—. ¿Algo más, aparte de las preguntas que me harás?
Phoebe sonrió complacida.
—No tengo preguntas, de hecho. Y me parece excitante que se dediquen a reparar la armonía del mundo.
—Bueno, gracias, supongo. Siempre fue un placer. —dijo el joven, con una pizca de altanería.
—¿Pero no dije que sería sincera? —repuso ella—. Bueno; mi nombre es Phoebe. Tengo veintiséis años, le hui desde antaño a los compromisos; tuve varios empleos, uno peor que el otro; salí con un par de tipos estúpidos y desde que murió mi padre, perdí la brújula de mis principios. Aprobé el examen de ingreso a Medicina, sí, —rodó los ojos— a la edad que ya debería ser una profesional; y también, me gustas mucho como para dejarte ir. Ahora, dime, ¿qué podemos hacer con eso? —lanzó, tras su monólogo de presentación y encendiendo un cigarrillo.
—Mmm... Ya sabía tu nombre; suponía tu edad; ignoraba tu miedo al compromiso, aunque fuera una obviedad y yo sea igual; lamento lo de los tipos, lo de tu padre y los empleos, que intuyo, eran mal pagos. Te felicito por tu nuevo objetivo y, sobre mí, puedo decirte que es mutua la cosa. ¿Qué hacemos? —meditó, viendo a la inmensidad—. Tenemos tiempo, nena.
—¿Eso es un sí? —murmuró la pelinegra, ya sobre sus labios.
—Por supuesto, Phoebe... —dijo él, cerrando la escasa distancia entre ambos.
.
.
.
.
.
.
—Arnold... —dijo Helga, entre sus palpitaciones y conmoción propia.
El rubio trotó unos metros más y la alcanzó, jadeando, mientras respiraba hondamente.
—Helga... —sonrió, en medio de su falta de aire, al verla enfrente suyo, completamente vestida de blanco y tan agitada como él.
—Quería decirte que... —comenzó la joven.
—No... Espera. —suplicó, aun acelerado—. Necesito hablar antes.
—Eh... Está bien, está bien...
—Quería que sepas que mi nombre es realmente Arnold Shortman; nací en Hillwood y luego me mudé; sí sufrí por amor y fui botado; soy un estudiante de Leyes casi por graduarse; de verdad me gusta escribir y creo que me gusta tanto, que podría dedicarse a eso para siempre. —hizo una pausa para respirar y aunar más calma—. No soy millonario; no trabajo en una multinacional, y tampoco podría comprarte un anillo como ese. —dijo, al tiempo que señaló con la mirada, el dedo de la chica—. Lamento las circunstancias; de veras, y además… sabía que eras tú... Algo me lo dijo y pude comprobarlo, luego de que me contaras sobre cómo te escapaste en ese campamento.
Helga lo observaba con toda la atención del mundo, e inmediatamente se quitó la joya.
—Yo no conocía tu película favorita; y probablemente te cueste creerme ahora, pero sólo sé que moriría si no pudiera verte otra vez, porque te necesito, Helga. Estoy enamorado de ti y si me rechazaras, yo...
Arnold no pudo terminar su frase, ya que Helga lo besó, ansiosa y determinada a responderle; arriesgando todo lo que sentía ante alguien que se entregaba a ella, como nadie antes había hecho. El joven la enlazó en la cintura y la chica detrás del cuello, acariciando su cabello de por sí, desprolijo por la maratónica corrida. Él intensificó ese beso, aferrándose a ella, y permitiéndole conocer mediante su inalterable dulzura, cuánto la quería...
.
.
.
.
.
.
El libro de mi vida, siempre estuvo escrito en primera persona, desde el principio de los tiempos. No entendía la razón de ser una soñadora incansable. De esperar lo imposible y conmoverme con cosas simples. Pero ahí estaba la razón, el destino o la casualidad, como algunos suelen denominarle.
Crecí bajo una rebeldía sin fundamentos, junto a un reflejo que supo extraer mi costado más renegado... Hasta que la vida me enseñó que la rebeldía era para cobardes y la comodidad, para los débiles. Me di cuenta, de que durante mucho fui débil, fui cobarde. Me quedé en lo seguro, para no arriesgarme. Entonces, me imaginé siendo todo eso eternamente, y supe que los valientes corren en medio del sol, buscando arriesgarse.
En el riesgo de atreverse, uno encuentra a su otra parte".
'Aquella tarde en París',
Prólogo por H. G. P.
.
.
.
FIN.
.
.
.
.
Hola a todos, queridos lectores, ¡hemos llegado al final; el mismo día que la historia cumple 1 año!
Dije en el primer episodio "no serán más de 4 episodios"… Bueno, la inspiración me atrapó hasta 14. Y desde un principio, también dije que se basaba en una película francesa que me encanta, así que, ahora que ya está completo, la menciono:
Se llama "L'arnacoeur" (2010) dirigida por Pascal Chaumeil, fallecido recientemente. ("Heartbreaker" – "Rompecorazones" – "Los seductores", según el país).
La idea inicial, es la misma: un padre que contrata a un joven para separar a su hija del prometido. Sin embargo, conforme pasó el tiempo, (y mi hermana insiste) hice una adaptación de ese filme aquí, fusionado con HA, a su vez, en otro contexto. Lo disfruté mucho, me recordó a "Treinta días de un Abril", algo que adoraba escribir.
Por si quedan dudas, Bob y Miriam vuelven a estar juntos. Durante un año fui muy feliz escribiendo este fic y ustedes ya me conocen, soy una romántica de pura cepa, volveré con otro fic. No sé si un AU.
*Muchas gracias a: Kalun Gengchul; Sandra Strickland; Vanessa G. Palos; Nattgeo; Krendream y Polly-HyA, quienes siguieron esta historia hasta el final.
*Y: shamaya21, Sweet-sol, Noeli2345; Aquarius no Kari, Marcy Hofferson Shortman, RoseJosephine, Are, Dar0n mal; CaptainK8th; Samurisent y Coni; por leer los episodios anteriores.
*Especialmente, KillaCAD, muchas gracias por recomendar el fic. A casi un año más tarde, me siento tan halagada como en aquel entonces. :3
¡Gracias por pasar, por los 69 reviews, los 20 favoritos y 21 seguidores!
Los quiere, Marhelga.
.
.
