Disclaimer: La trama le pertenece a G. Showalter y, los personajes, como todos sabemos, son exclusivamente de Meyer.

Bueno chicas, aquí con otro capítulo, no recuerdo exactamente cuanto tiempo ha pasado desde el la última actualización pero la verdad es que no me siento para nada motivada a publicar, últimamente he recibido poquísimos reviews y en algunos capítulos ninguno.

No se los comento con intención de lamentarme o reclamarles, sin embargo, me queda la amarga sensación de que estoy haciendo algo mal, bueno, es simplemente ese el motivo de mi pequeña demora. Saben que los quiero, un beso.


CAPÍTULO TRECE

Jasper esperaba, tenso, cuando Isabella se levantó lentamente y cerró la distancia entre ellos. Se puso aún más tenso cuando al fin se colocó entre sus piernas. Una parte de él gritó para detenerla, para parar esto. Después de la primera probada, no habría vuelta atrás. Lo sabía, una parte de él lo sabía. El resto gritaba por más. Por todo.

El resto ganó.

La curiosidad era demasiado grande, pero más que eso, la necesidad de placer, de esta mujer en particular era descomunal. Su esencia era el más dulce de los afrodisíacos. Sus curvas se habían hecho para sus manos, y sólo las suyas, lo que pronto confirmaría. Envolvió los dedos alrededor de sus caderas pequeñas y frágiles, justo cuando ella le apoyaba las palmas de las manos sobre los hombros. En el momento del contacto, su aliento caliente llenó el espacio entre ellos.

—Termínalo —jadeó, tirando de ella hasta que estuvieron al mismo nivel. Porque estaba sentado, ahora estaban cara a cara. Boca a boca. Tenia que probar...

Pero ella no le dio lo que quería.

—Si no te gusta, simplemente dime que me detenga, ¿de acuerdo? No vayas a comportarte como todo un hombre de las cavernas y apartarme o insultarme o culparme.

—Me va a gustar, y me vas a enseñar lo que debe hacerse.

—Pero si tú no...

—Estamos perdiendo el tiempo. —Jasper deslizó una mano hacia arriba por la columna vertebral y en su pelo, sujetando en un puño las hebras e instándole a que cerrara la distancia entre ellos.

—¿Estás seguro?

Apretó los labios contra los suyos. Labios muy diferentes a los suyos; más suaves, tan suaves como pétalos de rosa, más llenos, sosteniéndole como un esclavo con ese primer roce. Se retiró, maravillado, y luego se lanzó de nuevo... se maravilló otra vez con su decadencia..., de nuevo, y esta vez, gimiendo, se abrió para él.

Su lengua enredada con la suya, trayendo consigo los sabores del verano: Bayas sumergidas en crema, rosas que acababan de florecer y medianoches sensuales.

Como estaba tan centrado en ella, fue capaz de seguir su ejemplo. Cuando metió la lengua, supo qué hacer con ella. Cuando la lengua se retiró, sabía cómo perseguirla. Disfrutó con cada nueva experiencia, gruñendo de deseo por más.

Ella le deslizó los dedos por el pelo, las exquisitas sensaciones bailaron por el cuero cabelludo, la piel cosquilleando porque nunca antes había sido tocada por otras manos.

—No sé a ti, pero a mí gusta esto —susurró, sonando sorprendida.

—Sí. —Había tenido la sangre helada durante tanto tiempo, con sólo un destello ocasional de calor para evitar que se congelara. Un calor que sólo había sentido con ella. Ahora la sangre estaba tan caliente como lava fundida, ardiente por las venas, calentándole todo. Gotas de sudor le corrían por la frente, entre los omóplatos, y por el estómago.

Incluso el aliento quemaba, chamuscándole los pulmones y raspándole la garganta. Sólo había una cura para la fiebre, e instintivamente sabía lo que era. Tenía que estar más cerca de ella, tenía que tocar todo de ella. Tenía que tener todo de ella.

—Arriba. —Una orden.

Cuando no obedeció de inmediato, Jasper la tomó del trasero y la levantó, obligándole a sentarse a horcajadas, sosteniendo su peso contra él. Y ¡oh, dulce cielo! Sí, eso era exactamente lo que necesitaba. El placer se disparó atravesándole, una especie de hermosa tortura.

Ella gimió en su boca, hundiéndole las uñas en el cuero cabelludo, como si quisiera mantenerlo en su lugar. Como si le preocupara que tratara de escapar. Nunca haría una cosa así. Estaba perdido, ligado únicamente a la mujer en el regazo y se alegraba por ello. Excepto...

Excepto que la nueva posición ya no era la bendición que había pensado.

—Isabella. —Le dolía y necesitaba algún tipo de alivio.

—Jasper.

El oír su nombre en sus labios lo dejó sin aliento, le llenó de una sensación de posesión.

Mía.

—Más... —suplicó.

—Vale. Está bien. Sí.

Pero no lo hizo, y tuvo que acoplar las manos en las caderas de ella, para controlarse a sí mismo y dejar de tratar de acariciarle por todas partes al mismo tiempo.

—¿Qué más es lo que quieres? —susurró.

—Todo lo que quieras darme.

—Yo no... Tal vez... mécete contra de mí.

Mecerse contra... Sí. Mientras se besaban y besaban, y besaban, se arqueó contra él. Adelante, atrás, buscando, retirándose. Cada punto de contacto arrancaba un gemido de ella y un gruñido de él. Placer con un dolor borroso, tan insoportable como necesario.

¿Cómo había estado viviendo sin esto durante tanto tiempo? ¿Cómo se había resistido a esto? No era de extrañar que muchos seres humanos estuvieran dispuestos a hacer la guerra contra sus hermanos, sólo para tener o incluso salvar al único que ellos deseaban. Este sentido de conexión... Jasper nunca antes había experimentado nada parecido. No era sólo Jasper, era el hombre de Isabella y se alegraba por ello.

—¿Jasper?

Sus senos se aplastaron contra el pecho, causando un nuevo dolor. Necesitaba sentirlos contra sí, piel con piel, sin barreras. La soltó lo suficiente como para rasgar la túnica por la mitad y sacudir los brazos liberándolos de la tela, permitiendo que los trozos de tela restante se repararan solos y se ciñeran a la cintura. Lo siguiente que rasgó fue la camiseta de algodón de Isabella, provocando que se abriera por completo y ella inhaló con fuerza.

Había rasgado el sujetador y era tan bella. Oh, era hermosa. Estaba temblando cuando tomó sus senos, maravillándose de que pudieran ser tan pesados y suaves a la vez.

Debo... probarlos...

—Espera — creyó oírla decir.

No. No podía esperar. La tendría ahora.

Con la mente nublada con más de ese glorioso placer, lamió y besó uno de sus pechos, luego el otro. Isabella arqueó la espalda, alejándose de él, pero eso no le gustaba, por lo que liberó una de las manos y la sujetó como un grillete en su lugar.

—¡Jasper!

—Isabella. —La niebla se espesó en la mente, y no podía registrar las delicadas manos que ahora le empujaban los hombros, tratando de alejarlo. ¿Por qué se había negado a sí mismo este tipo de contacto por tanto tiempo? Se preguntó de nuevo. ¿Y cómo se había convencido a sí mismo, de que probar una sola vez el sabor único de esta mujer sería suficiente? Tendría esto, tendría a Isabella, por lo menos una vez al día, decidió, hasta que se hubiera cansado del acto.

Quizás nunca se cansara de ello.

Algo afilado le raspó la mejilla, una vez, dos veces, sacándole sangre. Lanzó a Isabella lejos de eso que quería hacerle daño, lo que fuera.

No puedo permitir que le hagan daño.

En el momento en que lo hizo, ella giró, cayendo del regazo. Cuando saltó a sus pies, él también saltó. Su túnica ceñida se mantuvo alrededor de la cintura cuando llegó hasta ella. Pero... justo antes del contacto, ella le dio un puñetazo en la nariz con tanta fuerza que le rompió el cartílago.

La sangre manaba por el rostro.

Frunció el ceño, hasta llegar a ella. Exquisito.

—Isabella. Bésame.

—¡Besa esto, rata sarnosa! —Le dio un rodillazo entre las piernas con tanta fuerza que probablemente sería necesario extirparle quirúrgicamente los testículos del abdomen.

El dolor se extendía atravesándole, lo dejó sin respiración y encorvado. La niebla en la mente se aclaró al fin, y miró hacia arriba, confundido por su violencia. Fue entonces cuando se tocó la mejilla y sus rodillas cedieron. Cayó al suelo, estrellas brillantes titilaban ante la vista... pero no lo suficiente para bloquear el miedo en sus ojos cristalinos o el rápido subir y bajar de su pecho.

—Isabella —dijo, extendiendo los brazos para demostrarle que no pretendía hacerle daño.

—¡No!

Pensando erróneamente que había estado tratando de agarrarla, se agachó y... verdaderamente lo apuñaló en el costado. Ella se había cambiado de ropa, pero no había abandonado las armas atadas a sus muslos. Debería haberlo sabido.

—No vuelvas a tocarme otra vez —le espetó.

Gruñó, a sabiendas de que le había herido el riñón.

Se enderezó, dejó caer el cuchillo ensangrentado como si le quemara. Con los nudillos blancos por lo apretado de su puño, unió los dos lados de su camiseta. Se frotó frenéticamente el lugar justo por encima de su corazón. Temblando, se apartó de él.

—¿Me has oído? ¡Nunca más!

Le había hecho esto a ella, se dio cuenta. La había reducido a esto.

La vergüenza lo embargó, cuando se puso de pie. El corte en el costado latía, pero no le prestó ninguna atención. Muy pronto se curaría.

—Isabella.

Sus pasos se aceleraron, y ella no detuvo su avance hacia atrás hasta llegar a la pared de la caverna. Pero incluso eso no era suficiente para ella. Extendió un brazo para protegerse de él.

—¡N-no te acerques! —El pánico llenaba su voz, con bordes tan afilados como para cortar a través del hueso. Un momento después, se dobló, un grito de dolor surgió de ella.

Preocupado, Jasper corrió hacia ella. Ella le sintió, se enderezó y se deslizó hacia la derecha, evitando el contacto.

—¡Alto! Lo digo en serio. —Deslizó su mirada sobre él, probablemente buscando el punto más vulnerable para darle un puñetazo, y contuvo el aliento—. Realmente tienes un corazón negro.

Se detuvo cuando se lo ordenó, se miró a sí mismo otra vez. Su pecho estaba desnudo, la mancha negra sobre el corazón un poco más visible y más grande, mucho más grande ahora con una hemorragia en la clavícula y el torso.

Más de su espíritu había muerto.

No es de extrañar que Isabella quisiera salir de tu abrazo.

Desde el momento en que se había dado cuenta de lo que significaba la mancha, que finalmente vivía con un reloj, que se estaba muriendo, poco a poco, había estado bien con el resultado final, incluso lo había visto como una póliza de seguros, pero no estaba bien con eso ahora. Si lo imposible sucedía y pasaba delante de Isabella, no tendría a nadie que se encargara de su protección.

Apresuradamente se enderezó la túnica, el material volvió a tejerse protegiendo el defecto causado a sí mismo. Levantó las manos, las palmas hacia fuera, una postura que le aseguraba a Isabella que no representaba ninguna amenaza.

—Lamento haberte hecho daño. Esa no era mi intención.

Paso a paso lentamente, se acercó a ella.

Ella sacudió la cabeza brutalmente, el cabello que había empuñado momentos antes ahora caía enredado. Al mismo tiempo, continuaba frotando su pecho.

—Te dije que no te acerques más. ¡Atrás!

Justo en ese momento, habría hecho cualquier cosa que le pidiera, salvo eso. Si se retiraba, nunca volvería a confiar en él y a un nivel profundo que no entendía, necesitaba que confiara en él. Ella levantaría muros entre ellos, muros que nunca podría aspirar a romper, porque serían reforzados por el terror y un sentimiento cada vez mayor de furia. Percibió esto en el mismo nivel de profundidad donde el instinto se arremolinaba con la necesidad primaria de protegerla. Apretó el paso, no dispuesto a prolongar esto ni un minuto más.

En el momento en que la alcanzó, ella entró en erupción, luchando contra él con cada pedacito de su fuerza. Por lo menos, optó por no usar sus otras armas.

Le llevó más tiempo del que hubiera imaginado, pero finalmente logró atrapar sus manos y hacerla girar, y a pesar de que despreciaba la necesidad de sus próximas acciones, le quitó la camiseta rota. Agarró sus muñecas por encima de ella con una mano y metió la otra en una bolsa de aire para sacar la camiseta que había guardado para ella. La que había sacado de su bolsa, y que había sido su favorita, de un azul resplandeciente, el mismo color que sus ojos.

Gritando, se resistió contra él y lloró, las lágrimas brotaban mientras sacudía la cabeza. El deslizó la camiseta por encima de su cabeza y a través de sus brazos.

Al mismo tiempo, le susurró en la oreja a Isabella:

—No voy a hacerte daño. Estás a salvo conmigo. No tienes nada que temer de mí.

Estaba demasiado enraizada en su terror para escucharlo.

No sería capaz de llegar a ella de esta manera, de ninguna, se dio cuenta. No sabiendo qué más hacer, Jasper desplegó las alas y la llevó con él a la boca de la entrada a la caverna. Dos veces estuvo a punto de dejarla caer, tan salvajemente se estaba sacudiendo, pero al final fue capaz de plantarle los pies en el suelo. En el segundo que la soltó, ella giró para escapar, corriendo por el túnel, lejos de él.

Sólo cuando se hizo invisible, fue en pos de ella, volando justo por encima de ella.

Constantemente lanzaba miradas de pánico por encima del hombro buscándole. Aunque nunca le vio, nunca le sintió, nunca desaceleró. Corrió, corrió y corrió, jadeando y llorando. Cuando vio los brillantes rayos del sol abriéndose paso por la entrada de la cueva, aumentó la velocidad.

Ella se arrojó a la luz del día, tropezó con una piedra grande. Un gemido de dolor se le escapó, pero se enderezó y siguió avanzando. Captó el olor de su sangre y sabía que se había raspado las rodillas.

Los pájaros graznaron y se dieron a la fuga mientras corría, los animales del bosque se deslizaban lejos. Cayó en un charco, se levantó y siguió corriendo, tropezó de nuevo, esta vez con la raíz de un árbol. Sus palmas se llevaron lo peor de la caída, arañando su carne, y se torció el tobillo, pero ni siquiera eso la hizo más lenta. Las ramas la golpeaban, cortaban sus mejillas y las hojas se pegaban en su cabello.

Pronto se cansaría. Dejaría que corriera tanto como deseara, hasta entonces. Cuando ya no tuviera fuerzas, lo intentaría de nuevo, y tendría que prestarle atención, entonces haría todo lo posible para convencerla de su remordimiento, para tranquilizarla, que supiera que nada como eso volvería a suceder jamás.

Aunque no estaba muy seguro de lo que había hecho mal. Había disfrutado de sus besos y sus caricias. ¿No?

—Igual que ellos —sollozaba, frotar, frotar, ella aun frotaba su pecho—. ¿Por qué tuvo que ser como ellos? Le dije que fuera más lento, pero no y ahora yo... Ahora...

Con sus palabras, la comprensión floreció. Después de todo lo que había sufrido en la institución, le había presionado demasiado, demasiado rápido. Había rasgado su ropa, como probablemente lo habían hecho los que le habían sometido. No había hecho caso de sus protestas y había tratado de tomar lo que deseaba.

Estaba en lo cierto, era igual que ellos. ¿Había una manera de solucionar este problema? ¿Una manera de convencerla de que él no era el monstruo que ahora creía? En el pasado, cuando alguien le había lastimado a tal grado, Jasper nunca había sido del tipo de perdonar y olvidar.

Ella no es como tú. Ella es más suave, mejor.

¿Y no era irónico? Él era el ángel, ella la humana, y sin embargo era el que necesitaba el perdón.

Una carcajada cargada de maldad sonó más adelante, llamándole la atención. El terror y la ira le consumieron en un solo latido. Jasper aceleró la velocidad, pasando por delante de Isabella. Había sido encontrada, ¿pero dónde estaban?, y luego los vio. Una horda de demonios esperaba más adelante entre los árboles, detrás de los troncos y encima de las rocas, riendo alegremente y claramente con la intención de emboscarla.

La habían encontrado con demasiada rapidez, y Jasper tendría que tratar con ellos, pero ahora Isabella no confiaba en él más de lo que iba a confiar en los demonios. Incluso podría pelear con él mientras él luchaba contra ellos.

Si la sacaba con vida de ésta, sería un milagro.