Este drabble es mi favorito. Incluso me excedí de las quinientas palabras, y no regrets. Esto es Dixon blood, blood everywhere, golpes de realidad everywhere y pequeños y grandes Dixons a los que les suceden cosas malas y buenas y que se les va la mano, especialmente a Merle, pero que en definitiva se quieren y quieren su pequeño mundo en Georgia (aunque no lo admitan). Yo, que, también los quiero (pero lo admito), les pido que me entiendan, y a vos, compañera argentina, diciéndome que no te gusta Merle, te lo digo ahora, voy a hacer que te guste, ya verás. Será mi nuevo objetivo personal. Te lo digo a vos Rochi. Me tomé el atrevimiento de cambiar el summary, creo que a esta altura no hace falta decir nada más que eso (sí, su amor por Daryl y Merle se me ha subido a la cabeza)
Acabo de ver que está por ahí lectora diurna, asi que este drabble es para ti también :) Espero tu llegada a ff net!
Por último, la canción 99 problems del film Fright Night me hace correr la sangre más rápido, por lo que estoy tecleando esto con los dedos fríos, sin circulación (todo subió a mis brazos y al resto de mi cuerpo).
Un poco de rojo
James la había comprado en algún punto del año 1976.
El faro delantero iluminaba como el primer día.
El manubrio era lo suficientemente alto como para alardear por ello.
Las llantas y el amortiguador brillaban haciendo notar el cromo.
El tanque de gasolina se mimetizaba con el resto de las partes, haciéndola parecer un ser único.
El asiento era doble, grueso, como para sentar a la mujer más hermosa del mundo.
Y tenerla vigilada.
Olía a aceite y a peligro. Olía a virilidad.
Y, actualmente en agosto 1984, se la estaba regalando.
Si el viejo había llegado a su vida sólo para esto, benditos sean los viejos y sus crisis de edad.
— Sólo sé que tú la necesitas más que yo — le dijo acariciándole la espalda. — Además… Dolly. Dice que estoy muy viejo para usarla — agregó cruzándose de brazos, luego le indicó con la cabeza que se acercara a la Triumph. — No olvides usar casco — advirtió liberando un brazo y señalándolo con el dedo índice. Acomodó su gorro y se giró para avanzar hacia la puerta del remolque. Merle aprovechó para sentarse en la moto. James abrió la puerta. — Oigan, Dolly, Daryl, salgan y vean a Merle con su nuevo juguete.
A los pocos segundos apareció Daryl, que corrió hacia su hermano. Tenía la cara salpicada de pintura y las manos completamente cubiertas de azul, verde y amarillo. Tal vez un poco de rojo.
— Ni lo pienses, hermanito — dijo con voz suave, previniendo lo que pasaría.
Demasiado tarde.
Daryl ya había puesto un dedo en el tanque de gasolina, que ahora contaba con un brillante puntito amarillo como decoración. Miró a su hermano con miedo.
Merle tardó en reaccionar. Se deslizó del asiento lentamente y una vez que ambos pies tocaron el suelo, tomó a Daryl por un hombro con más fuerza de la necesaria y lo arrojó hacia un costado. Cayó a casi un metro de la Triumph, en su cara la pintura se mezcló con la tierra y a las manchas de sus brazos se les unieron algunas gotitas de sangre y raspaduras. Ahora sí había rojo. Se escuchó un grito de Dolly y Merle pudo sentir cómo James lo fulminaba con la mirada.
Al menos el pendejo no lloraba.
Suspiró y apoyó una mano en el manubrio. Observó como Dolly se acercaba a Daryl y se lo llevaba al remolque, ni siquiera lo miró al pasar. Daryl sí. Pudo ver algunas lágrimas acoplándose en sus ojos, que querían salir pero eran reprimidas.
— Creo que no hace falta decir que te has pasado de la raya — escuchó decir a James, que también reprimía algo.
— Está bien, está bien. No se lo merecía, ¿sí? ¿Pero qué iba a hacer? — dijo mientras pasaba su dedo por el punto, el miserable ya se había secado.
— Entra y compórtate como un hermano, Merle. Por si no lo has notado, Daryl te ama.
Merle quiso decir "A la mierda Daryl", pero era cierto. También quiso protestar, pero no lo haría frente a James. Simplemente siguió maldiciendo internamente hasta la puerta del remolque. Se maldijo a sí mismo mientras apoyaba la mano para abrir, maldijo a su hermano cuando lo encontró sentado en la mesa, sin Dolly. La mujer abandonó el lugar apenas notó su presencia. Sabía que lo que su nieto venía a hacer.
Se sentó frente a Daryl, que le esquivó la mirada en seguida. Ya no tenía pintura en la cara ni sangre en los brazos. Simplemente una venda adhesiva en uno de sus codos y la expresión de haberse llevado la decepción de su vida.
— Lo siento — dijo con voz temblorosa. — Mucho. — Otra vez el temblor. — Por todo.
Daryl posó sus ojos en él. Tan limpios, tan brillantes, tan jóvenes, tan inocentes.
— Yo también.
