Para Gabriel Agreste la familia nunca había sido algo importante. Porque creció en una familia en la cual el amor no era el tema central, el amor no era algo realmente importante. Prácticamente... no existía ese valor fundamental.

Por su padre no sentía amor, sentía respeto. Y había una gran diferencia en ambas definiciones. No sentía miedo hacia él, simplemente... era un hombre con el cual había que tener cuidado y no podías debatir con él. Su carácter era demasiado complicado.

Su abuela (materna) era una mujer loca, que veía alucinaciones extrañas. Ella podía hablar durante horas de tonterías, o simplemente te hablaba de su pasado, de sus padres (muertos), su esposo (muerto) o veía a sus hijos cuando ya eran pequeños.

Él consideraba que de haber conocido a su abuela cuando aún era una persona cuerda, la hubiera amado con todo el corazón. Pero al no conocerla en sus cinco sentidos, no sentía afecto, ni deseos de acercarse a ella. De hecho... quería alejarse, pero no podía hacerlo. Lo más simple era no estar con ella y listo.

Su madre fue el amor de su vida. La adoraba, él hubiera hecho lo que sea por aquella mujer. Si hubiera tenido la oportunidad, hubiera deseado vivir solo con ella. Era una mujer fuerte y valiente, ella lo amaba y lo demostraba.

Las Navidades con ella eran la mejor época. No lo llenaba de regalos, pedía él día libre y podían estar juntos. Gabriel era feliz con su compañía, ya que gracias a la vida y al trabajo de ella, casi nunca podían estar juntos.

Abrazarla era una bendición. Hubiera deseado llenarla de abrazos aún más, de besos, de "Te amo", de haber visto sus ojos durante aún más tiempo. Él la amaba, ella era su vida entera.

Amaba salir con ella, ver telas y comprarlas. O simplemente ir al supermercado a comprar la comida diaria. Porque a ella le gustaba salir, saludar a todo el mundo, conversar. Ella amaba tener una vida normal, no estar encerrada y abusar de su dinero.

Cuando su madre murió, una parte de él se fue con ella. Su ternura, su amor por las personas. Él había perdido a la mujer que más amaba, él había perdido a la mujer de su vida. A su madre. El único apoyo incondicional que alguna vez llegó a tener.

Siempre había sido un hombre serio y cerrado. No demostraba sus sentimientos, porque no tenía con quién hacerlo.

Todo eso cambió con la llegada de Emilie.

Emilie le hizo ver el mundo con otros ojos. Jamás llegó a conocer a una persona igual a ella. Una mujer tan distinta y tan maravillosa.

Era divertida, era una completa loca (en el buen sentido, claro esta). Ella era simplemente genial y única. Veía el mundo con otros ojos.

Siempre estaba feliz, siempre estaba en su mundo. Cantaba, bailaba, jugaba. Era una adulta, pero seguía comportándose como una niña. Gabriel adoraba la ternura que ella inspiraba.

El día que se casaron, fue él hombre más feliz del mundo entero.

Había encontrado la felicidad, y no pensaba renunciar a ella. Se prometió a sí mismo hacerla feliz, cuidarla, darle de todo.

Ambos formarían una vida juntos y alargarían la pequeña familia que ya habían formado.

Eran jóvenes e inocentes.

¿Quién diría que las palabras se convertirían solo en corazones rotos?

Porque a veces, por mucho que queramos algo eso es imposible, es algo que no puede suceder, porque el destino tiene otros planes.

Emilie desapareció. El corazón de Gabriel se rompió una vez más. Volvió a sentir el dolor de perder a una persona que tu amas con toda el alma, con todo el corazón. Era terrible, era como perder de algún modo una parte de ti. Y ya no sabía cómo continuar.

—Señor, debe seguir adelante por él —le decía Nathalie, sosteniendo a Adrien.

Nathalie no lo dejó solo en ningún momento. Ella fue su apoyo cuando se quedó solo con su hijo.

Nathalie lo estaba cuidando. Nathalie estaba cumpliendo con el deber que le correspondía a él, porque él era el padre de Adrien.

Pero simplemente...

No podía. No se sentía capaz para hacerse cargo de un niño. Había perdido a alguien, pero también, había ganado a otra persona.

El problema eran sus temores.

¿Estaba él listo para cuidar por sí solo de un adolescente? Recordaba bien que a sus trece años él solo quería tener libertad, estar solo y escapar de todas las responsabilidades que la vida de un millonario significaban.

¿Adrien sería igual, o se mantendría siempre tan pacífico?

Tenía miedo.

Pero debía seguir adelante, por él, por la pequeña familia que aún le quedaba.