Hola! Sí, sigo aquí, no me ha comido el gato de mi abuela ni nada... Once días de retraso, lo siento! He estado liada... De todas formas, este capítulo es más largo un poco a modo de compensación por tener al personal esperando... Lo siento!

-Por cierto, estoy planteándome empezar a subir el fic que tiene lugar durante Los Vengadores, más que nada para ir ahorrando tiempo y que la cosa avance un poco más rápido. Además, si en algún momento me atasco un poco con uno podría seguir con el otro, ¿no? Ya veré-

Yyyy... Todo lo que menciona Alex sobre cómo evitar el reclutamiento no me lo he inventado, lo busqué por ahí en google aunque por favor, corregidme si sabéis que me he equivocado en algo ;)


Cap. 13

27 de Enero de 1973

Washington DC, Residencia de Katrina Maximoff.

-De todas las personas con las que podía cruzarme en la carretera, tenías que ser tú.

Alex meneó la cabeza, mostrando una pequeña sonrisa torcida en su rostro y con la taza de café entre las manos. Katrina sonrió ligeramente, dándole la vuelta a las hamburguesas sobre la sartén.

-De todas las personas que podrían recoger a Wanda, tenías que ser tú.

Sacó las hamburguesas a cuatro platos y abrió otro paquete, dispuesta a preparar otra tanda. Era lo que tenía vivir con otras cuatro personas; cuando había invitados, la preparación de la cena en seguida se volvía una tarea de gran magnitud. Sobre todo cuando varias de esas personas eran niños o adolescentes, que comían como si no fueran a volver a hacerlo en su vida. No sabía sobre Meg, pero si devoraba la comida al ritmo de Peter, más le valía preparar otra tanda.

Escuchó un revuelo y vio de reojo a Alex dando un brinco, sorprendido cuando Peter apareció repentinamente en la cocina con Meg subida a su espalda. La muchacha bajó al suelo dando un saltito y se dirigió con pasos ligeros hacia Katrina.

-Muchas gracias por todo, profe, pero tengo que irme. Llevo día y medio fuera de casa y mi tía estará preocupada… Por no hablar de cómo dejé la casa.

-Bien, como tú quieras cielo –Katrina la enterró en un abrazo que dejó a Meg algo sorprendida, pero no le importó. Miró a su hijo con aquella mirada que sólo las madres desarrollan a lo largo de los años- Pero no te irás tú sola por la calle, ¿verdad? Ya está oscureciendo. ¿Quieres que llamemos a un taxi?

-Mamá, por favor –bufó Peter con un brillo travieso en la mirada, captando lo que quería decir Katrina- Soy un caballero.

Meg soltó una risita. Fue un momento al salón, donde se agachó para recibir el abrazo entusiasta de Darcy e intercambió algunas frases de despedida con Wanda –mientras Peter le decía a Katrina entre susurros que Meg era vegetariana. Alex alzó una ceja y Katrina soltó un "Ups"- antes de volver y subir a la espalda de Peter de un salto. Peter movió las cejas de forma bastante graciosa y dijo un sencillo "Nos vemos" antes de desaparecer. Escucharon un portazo y por la ventana Katrina pudo ver la hierba del jardín ligeramente aplastada. La joven miró a Alex y vio una enorme mirada sorprendida dirigida únicamente a ella. Suspirando, dejó las hamburguesas al fuego y se sentó frente a él.

-Alex, que nos conocemos. Dispara.

-Es que… No lo entiendo –dijo Alex, mirándola completamente desconcertado- Son tus hijos, pero los ojos de Wanda…

-Tiene los ojos de su padre, ¿verdad? –Katrina le miró, sintiendo una pequeña sonrisa aparecer en su rostro. Alex parecía aún más confundido.

-Vale, todos sabíamos que lo que hacíais no era dormir precisamente, pero han pasado once años. Las fechas no cuadran, Kat.

-Cuadrarían si yo fuese la madre, supongo.

Se dio cuenta de que aquella no era la mejor forma de explicarlo cuando vio algo que solo supo describir como infierno puro y duro en los ojos de Alex.

-Venga ya, Summers, se supone que eres listo. ¿En serio crees que Erik me engañaría? Además, yo tenía quince años cuando nacieron. Todos teníamos una vida antes de conocernos y no soy nadie para recriminarle lo que hizo años antes de conocerme.

Alex la miró con el ceño fruncido, pero abandonó parcialmente el tema.

-¿Y ambos son mutantes?

-Peter sí. Wanda, de momento… No.

Se levantó a dar la vuelta a las hamburguesas y miró por encima de su hombro. Al ver la mirada poco convencida de Alex, soltó un bufido.

-Sólo tiene dieciséis, aún hay tiempo… Y de todos modos, ¿qué pasaría si fuese humana?

-¡Nada, nada! –Alex alzó las manos en su defensa mientras Katrina sacaba las hamburguesas de la sartén y las dejaba sobre un gran plato- Sólo que… Bueno, es Erik. Dudo que le haga gracia tener una hija humana.


Alex supo que la había cagado como nunca antes en su vida cuando Katrina dejó caer ruidosamente la sartén en el fregadero y le miró, con unos ojos tan rojos como el mismo infierno. No había rastro de gris en sus iris y su mirada resultaba realmente aterradora. Alex recordó aquella ocasión, en Vietnam, en la que se encontraron de bruces con una camada de tigres. Intentaron dar la vuelta rápidamente sabiendo lo que se les podía venir encima, y se vieron cara a cara con una tigresa que les miraba de un modo estremecedoramente similar a como le miraba Katrina en esos instantes.

Sinceramente, prefería a la tigresa.

-Nunca. JAMÁS. Vuelvas a decir algo como eso –gruñó Katrina. A cada palabra dio un paso hacia él y Alex se encontró repentinamente a escasos centímetros de su rostro, mirando justo a sus ojos rojos. Se le erizó el cabello de la nuca de golpe al ver algo de un rojo más oscuro moviéndose lentamente en las profundidades de sus pupilas. Ahí había algo más. Algo oscuro y algo con lo que no quería tener nada que ver.

Para cuando se dio cuenta, Katrina se había dado la vuelta y trasteaba con los cacharros del fregadero.

-Erik jamás repudiaría a una hija suya por no ser como nosotros –dijo quedamente, sin mostrar ningún tipo de emoción en su voz- Pasó un infierno con su propia familia cuando era pequeño, y amaba a sus padres. Amaba a su madre, aunque era humana. Cuando conozca a Wanda la querrá, lo sé. Independientemente de todo, ella y Peter son su familia. Le conoces, Alex, no deberías dudar de esto.

-No, no le conozco –rebatió Alex, frunciendo el ceño- Es tan sólo un tío con el que conviví durante poco más de un mes. Y tú también, Kat, piensa un poco. A pesar de todo… No puedes decir que le conozcas más que cualquiera de nosotros.

Katrina no dijo nada. ¿Qué podía contestar, que sí que le conocía? A Alex le costaba creer aquello. No que Erik la amase (cualquier posible duda al respecto quedó eliminada en Cuba, cuando Alex vio la mirada entre descorazonada y horrorizada de Erik cuando la bala rebotó y alcanzó a Katrina, su expresión desolada al dejarla con ellos en Cuba) pero no se tragaba que Erik fuese el hombre idealizado que parecía tener en mente Katrina. Era un chantajista, un extorsionador, un terrorista, un asesino. Alguien que no dudaría en hacer daño a las personas para lograr sus objetivos, personas a las que consideraba meros daños colaterales. Una persona así no le inspiraba ni una pizquita de confianza, porque sabía que todos ellos… Katrina, Charles, Orya, Raven, Hank, Sean… Incluso él mismo. Todos podrían haber acabado en la lista negra de Erik pero por alguna razón, no lo estaban. Habían tenido suerte.

Katrina tenía suerte.

Ella veía su lado bueno (que Alex no decía que no existiera, ojo) pero su percepción de la realidad se veía distorsionada por el amor que sentía por él. No veía su lado más oscuro. No se daba cuenta de que Erik era una persona realmente peligrosa, inestable, que tan pronto era tu aliado como se convertía en tu enemigo, alguien que les mataría a todos ellos por una causa mayor. No lo haría por diversión, probablemente no disfrutase, pero lo haría. ¿Sería capaz de matar a Katrina, o a Charles? A ella la amaba y Charles era una extraña mezcla de amigo y hermano para él. Algo especial unía a esos dos hombres, no hacía falta ser un lince para darse cuenta. ¿Sería capaz? Alex prefería no saber la respuesta a su pregunta.

-No digo que le conozca más que vosotros. Hay caras de él que ni siquiera podéis llegar a entender, y puede que yo misma no sepa la mitad sobre él, pero sé quién es. Yo sé lo que es, porque –a pesar de su etérea apariencia de veinticinco años, Katrina parecía cansada como el mundo mismo cuando lo dijo- hubo un tiempo que yo también lo era.

La estancia quedó sumida en un silencio a medias tenso y a medias tranquilo. Ambos alzaron la vista al escuchar pasos en la puerta.

-¿Va a quedarse a dormir? –preguntó Wanda, señalando a Alex con la cabeza. Este negó con la cabeza, no pretendía ser una carga para nadie.

-No es necesario, tengo un sitio donde dormir.

-Mentira –contestó la adolescente casi sin pestañear. Alex frunció el ceño y la muchacha se encogió de hombros, mirando a Katrina- Mírale, mamá. Acaba de volver de Vietnam y tú misma nos contaste que casi todos necesitabais dinero.

Katrina la miró con los ojos muy abiertos, sorprendida.

-Era tan sólo un cuento para dormiros, ¿cómo has sabido…?

-No soy tonta. Tío Sean y Alex son los dos "impávidos guerreros". Y también hablé con Pietro. El tal profesor Xavier es el "mago que adivinaba lo que estabas pensando", el señor McCoy "el alquimista inteligente" y tú misma eras la vaquera, no sé por qué, la verdad, porque tú eres más irlandesa que otra cosa. Aún así, nos falta "la bruja que podía verlo todo" "el hada con habilidad para cambiar de rostro" y "la mujer tigre inmortal" –la muchacha enumeró con los dedos mientras Alex escuchaba, pensativo, y Katrina la observaba ligeramente boquiabierta- Además, por supuesto, del "príncipe que movía metales". La versión cambia ligeramente cada vez que la cuentas, pero de alguna se deduce que no estabais muy bien de dinero precisamente, y Alex acaba de salir del ejército. Iba a Nueva York pero se ha quedado aquí todo el día y habrá perdido el vuelo, así que lo más lógico será que se quede a dormir por lo menos esta noche, ¿no?

Alex seguía preguntándose cómo no se había dado cuenta en el instante que la vio que aquellos penetrantes ojos metálicos eran los de Erik. Katrina miró a su hija, a medias sorprendida y a medias orgullosa de ella, antes de dirigir su mirada plateada hacia Alex.

-Cómo tú veas, Alex. Por mi parte no hay ningún problema, puedes quedarte en la habitación de Peter. Él se irá a dormir con Wanda.

Alex negó con la cabeza.

-Con que me dejes una manta y el sofá me sobra. Gracias, Kat.

Katrina le sonrió ampliamente, los minutos anteriores aparentemente olvidados mientras encendía la pequeña televisión que tenía en la cocina y zapeaba rápidamente. Wanda dio un brinco, como recordando algo.

-¿Te has enterado de lo que ha pasado en París? –preguntó a toda velocidad. Alex frunció el ceño y vio su mismo desconcierto reflejado en el rostro de Katrina- ¿No? Bueno, poned cualquier informativo.

Salió de la cocina y escucharon sus pasos por la escalera, anunciando que se iba a su cuarto a escuchar música. Katrina puso una de las principales cadenas y entonces la cocina quedó en silencio mientras todos veían el desastre que había tenido lugar en París esa misma mañana. Alex vio todo rastro de color huyendo del rostro de Katrina al ver a Hank atrapado en aquella fuente, a Erik atacando a Raven, haciendo volar policías y coches por los aires. Un salero empezó a desprender un brillo rojizo y explotó cuando se anunció que hasta nuevo aviso, la guerra continuaba.

La mirada de Kat parecía la de un animal asustado, retrocediendo a medida que el presentador seguía desgranando hasta el último detalle de lo acontecido. Negó con la cabeza de forma algo histérica, lo cual inquietó un poco a Alex. Lo único que atinó a hacer fue caminar hacia ella y abrazarla. Le dolió en el alma sentir su cuerpo, diminuto junto al suyo, agitándose debido a los sollozos. Le abrazó como si en esos momentos fuera lo único que la mantenía anclada a la Tierra y Alex maldijo a Erik, que pudiendo estar ahí con ella tenía que largarse a París e irrumpir en una conferencia internacional.

-¿Hay alguna forma de evitar el reclutamiento?

-¿Eh?

Aquella pregunta le había descolocado por completo. Katrina asintió y se separó ligeramente de él. El flequillo le ocultaba ligeramente los ojos, pero aún así estaban húmedos y enrojecidos. Arrastró un par de sillas y ambos se sentaron.

-Ya me has oído. Peter tiene dieciséis, y con todo esto… Quién sabe hasta cuándo se alargará la guerra. No pienso permitir que pise Vietnam.

-Pues… No sé. En teoría no es demasiado difícil, suponiendo que no le tengan fichado desde el gobierno –Alex tuvo muy claro que si alguien en el gobierno o la CIA sabía que Magneto era el padre de Peter, nada evitaría que fuese reclutado… Y que más tarde desapareciese en la selva- ¿Alguien sabe quién es su padre?

-Yo, Charles, Hank, Logan, Moira, Raven, seguramente Orya, ahora tú, y la chica con la que anda tonteando quien, por cierto, es también de los nuestros. Pero lo cierto es que no sé si el propio Erik lo sabe, aunque se han visto.

-Bueno, pues supongo que podría alistarse en la Guardia Nacional, o en la Reserva. Eso en un principio le evitaría ir a zona de guerra, no creo que las cosas se pongan tan sumamente mal como para que tengan que tirar de ahí. También podría solicitar una prórroga por estudios superiores, desertar a otro país, declararse homosexual…

-No caerá esa breva –advirtió Katrina con una diminuta sonrisa divertida- No mientras esté Meg alrededor.

-Otra opción es tener un hijo –a Alex se le escapó una risita y Katrina le pegó un manotazo en el brazo.

-¡Tengo treinta y un años, Alexander Summers, no pienso ser abuela!

Alex rió entre dientes y la besó suavemente en la frente.

-Aún tienes dos años, Kat, no te preocupes.

-Dos años pasan volando, y si las cosas salen mal…

-Kat, respira.

-Tú no querrías que tu hermano fuera reclutado, ¿verdad?

Su cara debió ser la única respuesta que necesitaba Katrina. Maldita sea, había conseguido evitar que su mente se centrase en Scott, pero ¿dónde estaría? La última vez que le vio era un bebé, había estado tan asustado… ¿Cómo no estarlo? ¿Qué bebé de un año no se asustaría en un avión envuelto en llamas y cayendo en picado? Aún once años después, cerraba los ojos y se veía dentro del maldito de Havilland Mosquito. Kat no lo sabía… Nadie lo sabía, en realidad. En 1962 no se había fiado del todo de ellos y se inventó algo sobre un accidente, sobre que ayudasen a su madre si él faltaba.

Sí, claro.

Su madre estaba muerta, su padre estaba muerto, no sabía ni si Scott estaba vivo o no. Lo único que unía ambas versiones era que en ambas todo era culpa suya. En ambas él era la causa por la que su familia había fallecido, y sabía que antes o después el sentimiento de culpa acabaría con él.

Pero no antes de que ayudase a Katrina. Suspirando, la abrazó suavemente, preguntándose cómo era posible que la vida fuera tan complicada.


Wanda puso la música a tope y se sentó en medio de su alfombra, roja, a juego con las cortinas rojas y el cubrecama rojo. Le encantaba el rojo, tal vez por la fascinación que sentía de pequeña y que aún experimentaba al ver el tatuaje de su madre, tal vez por ser el color de la sangre, tantas veces asociado a la brujería… No tenía ni idea. Ironías de la vida, que ahora sus manos brillasen de color rojo.

Había bloqueado la puerta. En un principio esta no tenía cerrojo, debido a que su madre se negó en redondo a instalarlos cuando compraron la casa. Dijo textualmente "No pienso tirar la puerta abajo cada vez que tu hermano se trague una pila" (de hecho, cuando Pietro desarrolló sus poderes Wanda solía bromear diciendo que la velocidad de Peter se debía a la de pilas que debía haber tragado).

De modo que no, no tenían cerrojo. Pero Wanda era lista, así que agarró una silla y la puso bajo el picaporte, encajando en el hueco sobrante un cubo de rubik que debía haber resuelto ya como mil millones de veces. Así, sin riesgo de interrupciones, practicaba… Más o menos. Intentaba hacer flotar uno de los viejos cubos de madera de Darcy, de esos que tenían letras y números a los lados, pero lo único que lograba era hacerlo brillar con un resplandor rojizo y que vibrase levemente. Era irritante. Había hecho volar un inodoro, por el amor de Dios, ¿no iba a poder con un cubito de madera?

Seguramente, se dijo entre dientes, acabaría antes si le pidiera ayuda a su madre. Pero bastante tenía ya su madre con Alex (la estaba escuchando ponerse histérica por momentos, preguntando algo de cómo evitar el reclutamiento de Pietro) aparte de que no le gustaba pedir ayuda. No, lo haría por ella misma y cuando ya lo controlase, le mostraría a su madre aquella nueva habilidad.

Frustrada, hizo un movimiento con la mano que resultó extraño hasta para sus estándares. Sin embargo, para su sorpresa, el cubo se elevó en el aire y se quedó ahí flotando. Sonrió levemente, más aún cuando logró elevar otro cubo. Se quedaron ambos levitando en el aire, bailando entre ellos, envueltos con un resplandor rojizo que le encantó. El brillo rojo recorrió cada una de las vetas sobre la madera, creando unos trazos enrevesados y retorcidos entre ellos que resaltaban sobre la madera. Era tan hermoso…

Movió de nuevo la mano y los cubos chocaron brutalmente el uno contra el otro, destrozándose mutuamente. Astillas de madera llovieron sobre ella, que, atónita, cerró de golpe las manos y las escondió entre los pliegues de su falda (roja). Observó inquieta los restos de aquello que había sido tan hermoso y que ella había destruido. ¿Había sido ella? Sí, ella había movido las manos, ella los había destrozado. ¿Ese iba a ser su poder, destrozar cosas? No correr tan rápido que resultase invisible, no transformar cosas, ¿sino destruirlas? ¿Meterse en la cabeza de la gente? ¿Hacer daño a los demás?

No se dio cuenta de que estaba temblando hasta que no escuchó el tintineo de sus anillos, chocando suavemente unos contra otros. Entonces se sorprendió al ver sus collares flotando frente a su nariz… O más bien pendiendo de su cuello, pero como si la gravedad estuviese al revés. Su cabello colgaba hacia abajo, así como sus collares y la tela de su falda. Miró a su alrededor y ahogó un grito al ver que estaba sentada con las piernas cruzadas, como antes… Pero en el techo. ¡Estaba sentada en el maldito techo!

Se vio reflejada en la parte superior de su espejo y tragó saliva al ver sus ojos, de un rojo estremecedor. Se dijo a sí misma que parecía Regan MacNeil, y el pensamiento sólo logró ponerla aún más nerviosa. Decidió ponerse en pie, para probar, y en el segundo que su trasero se separó del techo toda ella se precipitó hacia la alfombra. La ventana reventó con un estruendo encubierto por la música justo cuando tocó el suelo. Se quedó ahí, tirada en medio de astillas y cristal, gimiendo en silencio (tuvo la impresión de haber aterrizado sobre el casette) y luchando por recuperar la respiración.

Unos suaves golpecitos en la puerta la sobresaltaron. Se levantó rápidamente, algo dolorida, y empujó con el pie las astillas y los cristales rotos bajo la cama. Bajó la música y quitó el cubo de rubik y la silla de debajo del picaporte, abriendo la puerta y encontrándose con la pequeña cosita adorable que era Darcy.

-¡Wanda! –exclamó la pequeña, antes de fruncir el ceño- ¿Estás bien?

¿Por qué los niños pequeños tenían que ser tan sumamente perceptivos?

Obligándose a sonreír, negó con la cabeza y se adelantó, impidiendo que la pequeña viese la ventana rota.

-No pasa nada, cariño. Oye, ¿y si te invito a tortitas, eh?


Mansión Xavier. Salem Center, Westchester, Nueva York.

Orya escuchaba. Cuando estaba ciega, parecía que su audición aumentaba exponencialmente. Oía los pájaros al otro lado de la ventana. Las pisadas de Hank sobre el viejo suelo de madera del piso inferior. El rítmico tic-tac del reloj de la mesita. La respiración de Charles. Había oído el rozamiento de las ruedas de la silla contra el suelo, por lo que supo que lo que fuera que le había hecho caminar de nuevo había desaparecido.

-Estás despierta.

No era una pregunta, era una afirmación. ¿Sabría lo doloroso que era escucharle hablar en ruso, con aquel inconfundible acento británico suyo? ¿Sabría cómo la angustiaba volver a oír su voz en su cabeza? Eran como vestigios de otra vida, algo que había tenido, había perdido y no sabía si podía volver a recuperar… O si quería recuperar.

No, ¿a quién engañaba? Claro que quería recuperarle. Pero ya no confiaba. Si durante diez años había pensado eso de ella y se lo había ocultado, la había engañado, ¿por qué debería fiarse de él? Y aún así, deseaba con tanta fuerza que las palabras que salieran de su boca fueran verdad…

-Si ya lo sabes, ¿para qué preguntas?

Se tumbó sobre su espalda pero no abrió los ojos. ¿Para qué, después de todo? No era como si su visión fuera a volver así como por ciencia infusa. Escuchó el ruidito de la silla de ruedas acercándose a la cama y una mano tocando la suya. Sin pretenderlo, dio tal respingo que se incorporó de golpe. La cabeza empezó a darle vueltas y la invadió una gran sensación de mareo, obligándola a sujetarse la cabeza con las manos. Supo que tenía el pelo suelto cuando notó los mechones cayéndole sobre el rostro como una cortina. La misma mano, mucho más reticente en esa ocasión, le apartó unos cuantos mechones del rostro. Orya mantuvo la cabeza gacha y los ojos cerrados.

-¿Te encuentras bien? –preguntó Charles suavemente- Te golpeaste bastante fuerte al caer.

-Estoy bien.

Mentira. La cabeza le palpitaba como si tuviese la mayor resaca de su vida, sentía los ojos resecos, los oídos le retumbaban ligeramente y le dolía básicamente todo. Era como si su cuerpo entero acusase la falta de su poder.

-Nos diste un par de sustos durante el viaje de vuelta, y Hank tuvo que darte unos cuantos puntos en la cabeza. ¿Seguro que te enc…?

-He dicho que estoy bien –siseó Orya. Le cerró la boca al instante, pero su mano no abandonó su cabello. Le escuchó suspirar.

-¿Tanto me odias que no puedes mirarme? –susurró. Le temblaba la voz, Orya le conocía, sabía que estaba llorando. Odiaba verle llorar, incluso en un momento y unas circunstancias como aquellas, y por desgracia ya le había visto llorar en demasiadas ocasiones. Se quitó la manta de encima y se sentó en el borde de la cama desde donde, completamente a ciegas, alzó la mano y buscó su rostro. Apenas había tenido tiempo de observarle en París, así que se tomó su tiempo para reconocer sus rasgos con las manos, para limpiar con el pulgar aquellas lágrimas que tanto odiaba- Orya mírame, por favor.

-No puedo –suspiró Orya. A tientas, le apartó un mechón de cabello de delante de los ojos.

-Por favor… -insistió en aquel ruso suyo con acento británico.

-¡Te he dicho que no puedo!

Charles le agarró el rostro con las manos, tal vez con demasiada fuerza, y la obligó a enfrentar su mirada. Escuchó su jadeo horrorizado al ver sus ojos ciegos.

-¿Qué te ha pasado?

Notó la ira creciendo de nuevo en su interior. Claro, en París había estado demasiado pendiente de Raven como para darse cuenta de un detalle tan pequeño como que se había quedado ciega antes de desmayarse. Por otra parte, ella también había estado preocupada por su amiga (¿amiga, amante…?), pero ese pequeño y contradictorio detalle no le importaba lo más mínimo.

-¿Desde cuándo…?

-Desde que tenía seis años. Volví a quedarme ciega en París, pero claro, tú estabas demasiado ocupado con Raven como para dedicarme tan sólo una mirada. Lo entiendo, yo también estaba preocupada, acababan de darle una descarga, pero… ¿Una maldita mirada, Charles, tanto asco te doy que no podías ni mirarme durante más de dos segundos seguidos?

-Tú jamás me podrías dar asco, Ro...

-No niegues tus palabras, ambos nos acordamos muy bien de lo que me dijiste el año pasado.

Yo al menos no lo olvidaré nunca.

-Pero tranquilo, no os molestaré más –continuó, su voz llena de amargura- Encontraré a Raven y saldré de tu vida. No volverás a verme.

-Yo no quiero eso.

-¿No? Pues eso es exactamente lo que me diste a entender. Quedó muy claro, Charles.

Charles no dijo nada. ¿Qué podía decir que disculpase sus palabras? ¿Qué excusa podía presentarle?

-Quería alejarte de mí.

-¿Qué?

¿Qué tipo de excusa era aquella? Escuchó a Charles removiéndose en la silla y fue como si pudiera oír su nerviosismo.

-Quería alejarte de mí –repitió lentamente- Llevaba diez años autodestruyéndome. Cuando me di cuenta, no quise arrastrarte aún más conmigo, así que te hice marchar.

Decir que Orya se quedó boquiabierta sería quedarse corto.

-¿Qué mierda de excusa es esa? –espetó en ruso a toda velocidad, cuando logró decir algo coherente. Normalmente no era tan malhablada, pero… ¿¡Se había vuelto loco, o qué!?

-… Me temo que estaba borracho.

Orya se quedó aún más asombrada, si es que cabía. Sabía que hacía un año Charles había estado muy mal, pero ni aún así se lo creía.

-Vamos a ver. Te emborrachaste, decidiste que era buena idea sacarme de tu vida, me insultaste y me hiciste sentir peor que nadie en mi vida, todo esto siguiendo alguna estúpida teoría que metió el alcohol en tu cabeza, ¿verdad? ¿Pues sabes lo único que lograste? Romperme el corazón en tantos pedacitos que destrozaste mi poder y me dejaste ciega. Y ni siquiera tuviste el valor de mirarme a la cara en París durante más de dos segundos.

-Lo hice por ti –las excusas de Charles, a pesar de ser pronunciadas con más contundencia y de ir subiendo de tono, no dejaban de ser eso. Excusas a las que se aferraba para defender sus acciones. A Orya se le escapó un gritito de indignación.

-¿Por mí? ¡¿Por mí!? Si quisieras haber hecho algo por mí, Charles, me hubieras dejado ayudarte, ¡maldito necio egoísta!

Antes de que se diera cuenta, un par de labios chocaban bruscamente con los suyos. Intentó separarse de él pero Charles no lo permitió, sino que sus brazos la mantuvieron pegada a él. Incluso con la silla en medio se las ingenió para evitar que escapase, para intentar transmitirle con sus acciones lo que no podía demostrarle con sus palabras. A Orya se le saltaron las lágrimas al reconocer aquella boca que le era tan familiar, que le traía recuerdos de tantas noches a lo largo de diez años. Lloró aún más fuerte cuando volvió a aparecer aquel calor en su pecho, cuando a través de sus pestañas mojadas vio la luz y aquellos ojos azules que se clavaban hasta en su alma.

No quería quererle, no quería que él fuese la razón por la que sus poderes volvían, no quería que él controlase su corazón. Pero tampoco sabía cuál era la alternativa.


Washington DC, Residencia de Meg Carter.

Medio histérica e intentando mantener la calma, Peggy Carter aupó al pequeño Tony en su cadera cuando este volvió a gemir, agotado tras corretear por ahí toda la tarde y desmontar una televisión por puro aburrimiento. El calor de su pequeño cuerpecito junto al suyo le recordó a cuando Meg era pequeña, muy pequeña, y la llevaba a cuestas en la cadera a todas partes.

-Cuando sea mayor, tendré mi propio avión –murmuró contra su pecho, medio adormilado- Y esperará por mí.

-Tendrás que trabajar duro para ello, entonces –susurró Peggy con la mirada perdida en la ventana. Tenía que aparecer. Su pequeña tenía que aparecer.

En principio, cuando su hermana y su sobrina la habían llamado la mañana del día anterior diciendo que Meg había desaparecido, Peggy no se había preocupado, no demasiado, no inmediatamente. No sería la primera vez que Meg desaparecía sin dejar rastro tras una fiesta para luego acabar dando señales de vida, así que en un principio no le dio más importancia al asunto.

Pero llegó la hora del almuerzo, y pasó sin que hubiera noticias, y en cuanto Howard supo lo que pasaba la metió en uno de sus aviones privados prácticamente de una patada. Tuvo que llevarse a Tony consigo teniendo en cuenta que María estaba en Italia visitando a su familia, Orya no estaba y Tamara pasaba casi todo el día ayudando al propio Howard a organizar la Expo, pero eso era lo de menos. Ahora, tras una noche y un día llenos de angustia, acercándose de nuevo la noche, procuraba no hacer una lista mental de todas las amenazas a las que podría tener que enfrentarse su hija, sola, en la inmensa Washington DC.

Si es que realmente se había ido por su propio pie. No olvidaba que en aquellos momentos su hija podía ser rehén de cualquier organización terrorista que hubiese descubierto su parentesco, razón por la cual aún no habían llamado a la policía y por la que medio SHIELD estaba rastreando los últimos movimientos de su hija, aún sin resultados. Su rastro se perdía en el momento que salió de su casa muy temprano por la mañana.

SHIELD le había dado mucho, pero le había quitado aún más. Le habría gustado estar mucho más presente en la vida de sus hijos y en cambio llegaba a los cincuenta y cuatro años y se daba cuenta de que se había perdido muchas cosas. Sus dos hijos mayores ya estaban en la universidad y le daba la sensación de que todo había pasado tan deprisa… Se habían hecho mayores antes de lo que esperaba.

Y Meg, su pequeña Meg… Sabía que no debía haber favoritismos entre los hijos, y en realidad no los tenía. Amaba a sus tres bebés más que a su propia vida. Pero con Meg tuvo una corazonada cuando la tuvo en sus brazos, apenas segundos después de venir al mundo, y vio en su rostro pequeñito y enrojecido por el llanto aquellos ojazos azules. Irremediablemente pensó en Steve. Sabía que era imposible, que no estaban biológicamente relacionados, pero siempre tuvo la sensación de que los ojos de ambos eran inquietantemente parecidos. Y ella misma contribuyó a su propia corazonada poniéndole el segundo nombre de Stevie.

Pero incluso a medida que su pequeña crecía, le daba la sensación de ver algo de Steve en ella. Pensándolo con cierto raciocinio, era muy posible que su comportamiento, en ocasiones heroico (apartar a un niño de la trayectoria del balón recibiendo ella el golpe) en ocasiones estúpido (aquella ocasión en la que volvió a casa con el labio roto y un ojo morado por enfrentarse ella sola a los tres matones de su curso) fuera en parte motivado por todas las historias del famoso Capitán América que le había contado cuando era más pequeña, cuando estaba más tiempo en casa. Después de todo, ¿qué niño no quiere ser un héroe?

Fuera como fuese, se le hacía imposible que Meg no le recordase en ciertas cosas a Steve. Y el destino, la mala suerte, HYDRA o una extraña mezcla de los tres ya le había quitado a Steve, pero no iba a permitir que también se le arrebatase a su hija. Por encima de su cadáver.

Afortunadamente, no se hizo necesario llegar a tales extremos. Escuchó la verja del jardín chirriando ligeramente y las risitas inconfundibles de su hija surgiendo de entre la oscuridad de la noche. Con el corazón latiéndole a toda velocidad, Peggy se dirigió a la puerta teniendo ya preparada la bronca que le iba a echar (la iba a oír, aquella mocosilla de quince años, darle tales sustos a sus cincuenta y cuatro años) pero no le salió la voz al abrir la puerta y encontrarse a un muchacho, quizá uno o dos años mayor que su hija. Tenía el cabello plateado, llevaba una chaqueta plateada y una camiseta de Pink Floyd, pero lo que más la sorprendió fue ver a su hija, a Meg, subida a la espalda del muchacho con total naturalidad.

-Margaret Stevie…

-No empieces con los nombres completos, mamá, por favor –protestó Meg. Bajó de la espalda del muchacho, el cual se quedó allí plantado, sin saber muy bien qué hacer. La mente de Peggy era una olla a presión. ¿Meg había estado con ese chico? ¿Dónde había dormido? ¿Quién demonios era el muchacho? ¿Por qué tenía el pelo teñido de plateado? ¿¡Dónde demonios había dormido Meg!?

-Entra en casa ahora mismo –ordenó.

-¿Por qué tienes un niño en brazos?

-¡Meg! ¡Entra en casa ahora!

-Vale. Vamos, Peter –Meg agarró al muchacho del brazo y empezó a arrastrarle hacia la casa, pero Peggy se plantó en medio.

-¡Ni de broma! Ya has pasado dos días con él, ¿no, señorita? Dios, a saber qué estaríais haciendo…

-¡Mamá! –las mejillas de Meg se sonrojaron de forma brutal.

-¡A casa!

-Jarviiiiiiiis –gimió el pobre Tony.

-Yo… Creo que voy sobrando –murmuró el muchacho- Mejor me voy.

-¡Sí!

-¡De eso nada!

Se produjo un estallido azul y en su jardín, donde nunca jamás había habido un muro, apareció un muro de ladrillos que impidió que el tal Peter retrocediera. Peggy retrocedió, boquiabierta, observando aquel muro de casi dos metros que parecía arrancado de alguna pared. Peter miró a Meg, Meg soltó un nada convincente "¿Ups?" y miró a Peggy, quien se obligó a respirar hondo.

-¿Desde cuando?

-Desde el examen de alemán. No el de la semana pasada, el anterior, el que suspendí –explicó Meg sin necesidad de preguntar a qué se refería su madre. Hasta ese punto podía llegar su complicidad, se entendían casi sin palabras… Cuando todo iba bien, claro.

-¿No decías que el de la semana pasada…? –preguntó Peter, frunciendo el ceño, antes de que un contundente y nada disimulado pisotón de Meg le hiciera dar un brinco y gesticular de forma exagerada- ¡Aaaaaah, sí, ya…!

Peggy soltó un gemido.

-Entrad, venga.

Les hizo pasar rápidamente. Su hermana estaba trabajando y su sobrina había salido, así que tenían la casa para ellos solos. Peggy dejó a Tony sobre el sofá (el pobre dijo algo de una placa base y se derrumbó sobre los cojines) antes de sacar un refresco de la nevera y lanzárselo a Peter, quien lo cogió al vuelo.

-Quédate aquí y échale un ojo a Tony –ordenó, ligeramente satisfecha cuando vio que el muchacho asentía al momento. Más hombres como aquel chico hubieran necesitado durante la guerra- Tengo que hablar con mi hija.

Agarró a Meg del brazo y subieron a su habitación, donde, tras cerrar la puerta, la hizo sentarse sobre la cama.

-¿Quién es ese chico? –preguntó. Meg alzó una ceja.

-¿Disculpa?

-¿Acaso me he expresado mal?

-No, es sólo que… -a su hija se le escapó una risita- Acabas de enterarte de que soy mutante, ¿y lo primero que me preguntas es sobre un chico?

-Meg… -Peggy no quería empezar con las amenazas, pero lo haría como su hija no empezara a soltar prenda en exactamente diez segundos.

-Vaaaaale. Se llama Peter Maximoff. Bueno, en realidad Pietro, pero todos le llaman Peter.

Entrelazó las manos sobre el regazo y se quedó mirándola, en silencio. Peggy frunció el ceño.

-¿Y…? ¿Nada más? ¿Dónde has estado todo este tiempo?

-… En su casa.

Aquel titubeo fue muy significativo. Había algo que Meg no le iba a decir, porque Peggy sabía que su hija era cabezota como el infierno y que si se había comprometido a no hablar sobre algo, no lo haría. Era fuerte, y también leal.

Demasiado parecida a su madre, como diría Howard.

-¿Y qué hacíais en su casa?

-Practicar con nuestros poderes –contestó la muchacha inmediatamente, casi sin pestañear. De nuevo otra mentira, pero Peggy prefirió hacer como que se la creía, al menos por el momento.

-¿Vuestros?

-¡Peeeteeeeeeeeeer! –gritó Meg.

-¡No grit…!

Peggy no tuvo tiempo de acabar la frase antes de que Peter apareciese repentinamente junto a ellas. Sorprendida, trató de averiguar en qué consistían las habilidades de aquel muchacho algo excéntrico que miraba a su hija con ojillos de cordero degollado.

-¿Teletransporte?

-Nop –Peter se encogió de hombros- Simplemente soy rápido.


Mansión Xavier. Salem Center, Westchester, Nueva York.

Charles trajo dos tazas. Una de té y otra de café, como en los viejos tiempos. Orya quiso bajar en su lugar a la cocina, pero Charles se empeñó, con silla de ruedas y todo. Bueno, allá él. Se quedaron en un silencio algo incómodo mientras ambos se aferraban a sus tazas. Ninguno habló de lo que había pasado minutos antes.

-Te quedaste ciega durante la guerra, ¿verdad? –preguntó Charles suavemente- Recuerdo esos tiempos Fue una época dura, Raven y yo lo pasamos mal.

Aquella frase fue el detonante que la hizo saltar.

-¿De qué puñetas dices? –espetó- ¡Fuimos Erik y yo quienes sufrimos la maldita guerra, Charles! En Europa vivíamos un maldito infierno mientras Katrina y tú estabais aquí en América, perfectamente a salvo. ¿¡De qué demonios me estás hablando!? ¿¡Acaso sabes lo que es ver tu ciudad arrasada, tu familia muriendo, las bombas cayendo del cielo!?

Sabía que no era del todo justo. Habían pasado casi treinta años desde el final de la guerra, once años desde Cuba. Aquel no era momento ni lugar de remover el pasado ni de recriminar cosas que no habían estado en manos de ninguno de los dos, pero no pudo evitarlo. Presa de la rabia, alzó las manos hacia las sienes de Charles y catapultó a ambos a sus propios recuerdos.

Corría el año 1943. La niña corría a ciegas por la calle, descalza, agarrada a su prima como si le fuese la vida en ello, tratando por todos los medios de no hundirse en la nieve. Sobre ella, la aviación alemana bombardeaba esporádicamente la ciudad. No parecían tener en cuenta que prácticamente la habían reducido a escombros durante agosto del 42, si no que los aviones continuaban descargando la carga mortífera de su interior.

Orya recordaba muy bien el 23 de agosto de 1942. Había estado en la calle, jugando con Tamara y con sus primos y primas mayores. Ella era la pequeña del clan Ivánov, y por ello no había pilluelo de las calles que se atreviera a meterse con ella a menos que quisiera enfrentarse a la manada de primos Ivánov, altos y anchos como armarios, bonachones, juerguistas y leales a la familia, que dividían su tiempo entre trapichear con cualquier producto prohibido que pudiera venderse a buen precio en el mercado negro y cuidar de aquella mocosilla de seis años, diminuta como un ratón y con los intensos ojos verdes propios de la familia.

Ese día, Olga le hacía una trenza a Orya mientras esta jugueteaba con una cinta de vivos colores cuando los altavoces de la plaza del mercado carraspearon.

-¡ATENCIÓN, CIUDADANOS! ¡ALERTA DE ANTIAÉREOS!

Durante unos segundos el silencio fue mortal, hasta que una de las primas de Orya chilló.

-¡Corred!

Se convirtió en un caos. El gentío separó a Orya de Olga y perdió momentáneamente el rastro de sus primos, pero su prima apareció repentinamente, la agarró rápidamente de la mano y la arrastró tras de sí. Orya no estaba muy segura de qué ocurría. Sabía que desde el 19 de julio la ciudad estaba en algo que llamaban "estado de sitio total", y que su madre había intentado salir de la ciudad para visitar al abuelo, habitante de un pueblo cercano, y que no había sido posible.

Aún así, cinco minutos después, no terminaba de entender qué eran esos silbidos que venían del cielo. La comprensión irrumpió brutalmente en su joven conciencia cuando un objeto silbante cayó sobre la panadería de la esquina, a unos cincuenta metros de ella, y se produjo una tremenda explosión que hizo temblar sus huesos. Olga tropezó y cayó al suelo, pero se levantó y siguió arrastrándola hacia el refugio más cercano, un sótano lo bastante profundo perteneciente a un edificio municipal. Allí, aterrada, llorando quedamente durante el tiempo que duró el bombardeo, chillando cada vez que el sótano entero temblaba y polvillo caía del techo, Orya sufrió las que pensó, serían las horas más aterradoras que recordaría a lo largo de su vida.

Pobre ignorante, se dijo años más tarde. Faltaba mucho para que acabasen las guerras, como comprendió cuando abandonaron el refugio. Stalingrado, su hermosa ciudad, que la había visto nacer seis años atrás, se había visto reducida a escombros y cascotes bajo los cuales aparecían constantemente cuerpos de familiares, seres queridos y conocidos.

Su familia fue una de las muchas en sumarse a la búsqueda de cuerpos. No todos sus primos y tíos habían sobrevivido… Sus padres trabajaban al otro lado del Volga, en las fábricas de tractores de Octubre Rojo. No había puentes que comunicasen ambas orillas, sino que solían emplearse grandes barcazas para cruzar de un lado a otro. Durante el bombardeo el flujo de barcas se había interrumpido, dejando a los habitantes atrapados en ambos lados de la orilla. No había forma de conseguir noticias suyas.

Orya escuchó años más tarde que se habían lanzado unas 1.000 toneladas de bombas y que habían muerto unas 5.000 personas. Para el final de la semana, 40.000 de los 60.000 habitantes de la ciudad habían muerto. Las calles estaban cubiertas de escombros, cadáveres en distintos grados de descomposición que Orya procuraba no mirar, acordándose siempre del espanto que sintió al reconocer el cuerpecito inmóvil y parcialmente cubierto de escombros de Irina, la vecinita de la casa de enfrente. En sustitución de unos padres de los que no tenía noticias, Olga cuidaba de ella. Los varones habían sido reclutados por la milicia que ayudaría a defenderles de aquel ejército alemán que había aparecido en el horizonte el 29 de agosto, mientras que no tenían noticias del resto de su familia.

En septiembre empezó el verdadero horror. Nazis y soviéticos, luchando por hacerse con el control de la ciudad en un incesante tira y afloja que atrapó en medio a los, en su mayoría, desconcertados y aterrados civiles. Alrededor de Orya la gente caía como moscas víctimas de bombardeos, enfermedades, saqueos de los pocos comercios que permanecían semiintactos, tiros disparados al aire, minas antipersona y sobre todo, la lucha en las calles. Los soviéticos se dedicaron a camuflarse entre escombros e improvisadas barricadas construidas en muchos casos por mujeres, al amparo de la noche, cayendo sobre destacamentos de comandos alemanes. Los nazis caían en gran número, pero sus camaradas también. Ella también.

Siempre recordaría al pequeño Nikolái, que pisó la mina y desapareció rápidamente de este mundo. Siempre recordaría el fogonazo brutal que quemó sus pupilas aún a varios metros de distancia. Siempre recordaría el golpe sordo del cascote al golpear su cráneo, y siempre recordaría los lloros de Olga cuando, horas más tarde. Orya abrió los ojos y comprobó con una extraña mezcla de espanto y resignación que no podía ver. Al menos, se dijo, ya no tendré que ver morir a más de los nuestros.

Un acontecimiento que horrorizó a la niña casi más que su propia desgracia fue la noticia de la muerte de un par de primos que servían en el frente, enviados como carne de cañón para intentar suplir la desventaja que suponía la superioridad numérica enemiga, con lo que en muchos casos solo se logró aumentar el número de muertos bajo los escombros. La ciudad no tardó en cubrirse de una atmósfera pútrida en la que Orya aprendió a reconocer el olor a muerto aún sin ver los cadáveres.

Entre tanto, en las zonas controladas por los alemanes, el antisemitismo era total. Ejecuciones colectivas, campos, trabajos forzados… Orya había tenido algunos amigos judíos, niños de su misma edad, que o bien desaparecieron sin dejar rastro o bien lo último que se supo de ellos era que los habían perdido entre el gentío destinado a las ejecuciones masivas. Más tarde se enteró de que los alemanes habían capturado las fábricas de tractores, y junto con su prima lloró la casi segura muerte de sus padres.

Era irónico que su propio nombre significase "paz". Aquello era dantesco y no había forma de escapar. Orya recordaba aquella vez que cayó en el Volga, siendo muy pequeña, y no conseguía salir a la superficie por el peso que ejercían sobre ella sus ropas mojadas. Era una lucha constante por ascender, por avanzar, que no daba ningún fruto y que sólo conseguía agotarla. Al igual que sus vidas en esos momentos. Había que luchar para todo; luchar para conseguir un mendrugo que llevarse a la boca, luchar para que no les robasen lo poco que conservaban en sus bolsos, luchar para que no las separasen y enviasen a Olga junto al resto de mujeres que nutrían las filas del ejército, luchar para caminar por las calles repletas de escombros y huesos. Y no poder escapar. Estaban todos juntos en ello, allí, en la caótica y destrozada ciudad, encerrados como ratas. No podían huir, pero desde luego que se negaban a morir.

Y entonces llegó el frío y famoso invierno ruso. La ciudad se cubrió de blanco y los combates cesaron, al menos por la noche. Los soviéticos contraatacaban cada vez con más energías y la población se permitía un atisbo de esperanza en medio de aquel invierno con temperaturas bajo cero, con escasa agua y aún menos comida. Habían intentado en un principio derretir nieve, pero después de darse cuenta de que lo que había bajo esta eran cadáveres, dejaron de hacerlo para no enfermar. Era difícil hacer hervir algo con aquellas temperaturas infernales.

Pero Orya amó el invierno, amó aquellas treguas nocturnas, amó la sopa diluida y el rescoldo del diminuto fuego de aquellas noches. Eran un diminuto oasis de tranquilidad en medio de la guerra, aquel infierno en el que aprendió que también había personas buenas. Aquella anciana que las cobijó en su casa ruinosa durante casi toda la batalla. Aquel soldado alemán, más joven que Olga, casi un niño según pudo distinguir por su voz, urgiéndolas en un ruso inconexo y balbuceante para que huyesen de la calle, posiblemente ganándose un tiro horas después. El flujo incesante de personas, parientes lejanos, amigos de la familia que habían sobrevivido, pretendientes de Olga, que se esforzaban por localizarlas en medio de aquel caos y que al encontrarlas intentaban ayudarlas. Unas cerillas, un poco de carne que casi rozaba la podredumbre, una manta cosida mil y una veces, algo de ungüento casero para los inservibles ojos de Orya. Ella jamás vio sus rostros, pero reconoció y recordó sus voces. Aquellas personas que aún en la miseria le demostraban que tenían algo de humanidad en ellas, algo de amor al prójimo, le demostraron que no todos en el mundo eran malvados. No todos querían exterminar judíos, no todos te mataban por tu partido político o tu religión.

No se imaginaba que en Polonia, un país no tan lejano como ella creía y que también sufría el dominio alemán, en el gueto de Varsovia, un año antes de ser enviado junto con su familia a uno de los muchos campos, un muchacho judío de doce años llamado Erik Lehnsherr había llegado justo a la conclusión contraria.

Acabó la guerra, al menos en Stalingrado. Lograron reencontrarse con sus padres, que se habían escondido en las orillas del Volga durante gran parte del conflicto. Su madre arrastraba una neumonía importante que le ocasionaría problemas respiratorios el resto de su vida y su padre había perdido varios dedos y un pie por la congelación, pero ambos lloraron de alegría al ver a su hija y sus sobrinas, heridas, posiblemente traumatizadas, pero vivas.

A partir de entonces las cosas fueron a cámara rápida. En seguida empezaron a llegarles noticias del soldado estrella del ejército americano, alguien llamado Capitán América. En la omnipotente miseria de aquel entonces, la mitad de los supervivientes se sentían asqueados por la propaganda de unos americanos que no habían sufrido la guerra en su casa, que anunciaba a bombo y platillo a un héroe que no se había dignado por aparecer, mientras que la otra mitad le defendía argumentando que "Pobre hombre, bastante tiene con defender el Este. Nuestros camaradas avanzan por su cuenta". Los más ancianos meneaban la cabeza desaprobadoramente, alegando entre susurros que estaban mucho mejor con su "Padrecito Zar".

Después de la guerra, ella y sus padres emigraron a América en busca de una vida mejor. Casi milagrosamente, desarrolló poderes, y estos le permitieron volver a ver. Sus padres los recibieron como una bendición, pero Orya no olvidaba. Por ello se esforzó. Se esforzó por ser buena persona, por ser solidaria, por ayudar a los demás, a los suyos. No olvidaba que probablemente ella debería estar muerta en vez de Nikolái, que estaba teniendo más suerte de la que merecía cuando tantas otras personas lo habían perdido todo. Orya jamás olvidaría esa guerra, por muchas que vinieran detrás. La guerra que le costó su visión, la guerra que costó tantas vidas.

Orya no relajó un ápice su semblante tenso cuando liberó la mente de Charles.

-Llévame abajo –le pidió de forma inexpresiva- Quiero hablar con Raven.

-No creo que vayas a ser capaz de convencerla –titubeó Charles.

-No he dicho que vaya convencerla. Sólo quiero hablar con ella.