Disclaimer: Personajes y espacios, excepto aquellos que no reconozcan, son propiedad intelectual de J. K. Rowling. La historia es mía.

Nota: Otro capítulo para ustedes :) ¡Espero que les guste!

Muchas gracias a todos los que leen, los que comentan, y aquellos que siguen la historia o la han agregado a favoritos :3 ¡Me hacen feliz!

¡A leer!


LUNA DE PLATA

Capítulo 14

CELOS

Sentía unos cuantos ojos fijados en su persona, pero los ignoró. Así como su figura estaba siendo vigilada por niñas ridículas que se lo comían con la mirada, él estaba encargado de prestar atención a cada uno de los movimientos, gestos y expresiones de su propio objeto de estudio. Y no que no le gustara la atención. En realidad, si no hubiera sido por cierto evento acaecido hacía poco más de una semana, él estaría encantado de guiñar seductoramente un ojo a cada una de las féminas que lo contemplaban con adoración.

Cómo pueden cambiar las cosas en unos pocos días, ¿no?

Y la persona culpable de su cambio de actitud estaba sentada al frente suyo, enfrascado en la lectura de un gran libro que a Sirius se le antojaba complicado y aburrido. Lo único que hacía la actividad divertida para el animago era ver el color que subía despacio a las mejillas de Lupin, quien no estaba tan pendiente de las letras como quería hacerle creer.

Una sonrisa socarrona afloró en su rostro, desparramándose en la silla de forma tal que a Walburga Black le habría dado un paro cardíaco. Claro que ya no le interesaba lo que podría pensar o decir su madre sobre él, desde que cortó toda relación con su familia.

El labio inferior del muchacho castaño tembló, casi imperceptible, y Sirius intentó poner más presión e intensidad en su mirada, si es que eso era posible.

Finalmente, logró su objetivo.

Remus Lupin levantó los ojos, esos hermosos orbes de color ámbar, que hacían que el joven Black quisiera perderse en ellos. Eran profundos, claros, brillantes, cálidos. Sólo cuando se acercaba la luna llena adquirían a veces una nota más peligrosa, un poquito más salvaje que su naturaleza calma y tranquila. Levantó esos ojos, y los clavó en los plateados de Sirius. Mostraban irritación, y un poquito de vergüenza ante la persistente mirada de éste.

—¿Qué? —le espetó. Su voz sonó áspera y seca. La sonrisa de Canuto creció. Sabía que lo estaba incomodando, lo estaba haciendo a propósito.

—Nada —respondió, encogiéndose de hombros y adoptando su mejor expresión de "soy inocente de todo cargo".

—Pues si sólo vas a molestar, mejor vete —dijo de manera fría, arrugando la nariz. Pero el sonrojo de sus mejillas lo hacía ver demasiado adorable como para tomarse sus palabras en serio, y menos tomárselas a mal. Súbitamente, sintió ganas de meterse con él.

—¿Y si no quiero? —su tono era desafiante y burlón, y los ojos de Remus se entrecerraron para atravesarlo con la mirada.

—No seas tonto, Sirius Black —amenazó—. O trabajas o me dejas en paz —insistió, volviendo a bajar la vista al bendito libro.

Un gruñido bastante canino escapó de la garganta de Sirius. ¿Por qué lo ignoraba? Con rapidez, cambió la forma en la que estaba echado en la silla hacia atrás, y se desparramó sobre la mesa, estirando los brazos de forma tal que sus manos tocaron suavemente las puntas de los dedos del castaño, que se sobresaltó ante el contacto y volvió a fijarse en él. Sirius reprimió una sonrisita de suficiencia y se esforzó en hacer un pucherito.

—Has estado mucho tiempo con ese libro, Lunático —se quejó en voz baja, mirándolo desde abajo debido a su posición echada. Tenía la barbilla apoyada sobre la madera de la mesa—. Y me has ignorado desde que me senté aquí —siguió, dedicándole al chico una mirada dolida mezclada con reproche.

—¡Tengo que leer esto para mañana! —exclamó, aunque en voz baja, apartando un poco el libro hacia el costado. Sirius festejó en su interior, la mitad de la batalla estaba ganada.

—Pero no has estado solo conmigo desde hace mucho tiempo —terció, y pensó que nunca se parecía tanto a Canuto como cuando imitaba sus ojitos de cachorro—. Y cuando tienes la oportunidad, la desperdicias. ¿Haciendo qué? ¡Leyendo! —continuó con tono indignado.

El rostro de Remus se aflojó, y dejó escapar un suspiro seguido de una suave risita.

—¿Sabes que pareces un niño de tres años? —dijo, divertido ante su expresión.

—Tal vez tenga tres años —masculló, observando feliz el cómo el otro muchacho cerraba el libro, aunque todavía mantenía la página marcada con su dedo corazón.

—Oh, eso es malo —murmuró espantando, y Sirius levantó una ceja en expresión de sorpresa.

—¿Por qué?

—Será mejor que ya no nos veamos —musitó Lupin, y de pronto el chico de ojos grises sintió un horrible nudo en el estómago, al mismo tiempo que se incorporaba a medias, tenso.

—¿Qué? ¿Por qué? —exclamó, alarmado y asustado. Remus lo miró atentamente. Sus ojos brillaban de manera extraña.

—No puedo andar por ahí besando a un niño pequeño —susurró, tan bajo que el único que pudo oírlo fue Sirius, a quien le pareció completamente injusto.

—¡No soy pequeño! —gritó, escandalizado.

—¡SILENCIO! —exigió la adusta voz de la estirada bibliotecaria, Madam Pince, quien observaba a Sirius con expresión severa detrás de sus anteojos. Tenía los labios muy apretados, y sus ojos despedían chispas. Había osado profanar el velado silencio de la biblioteca con su estruendosa voz, y ella, como guardiana de aquel santuario del conocimiento, no se lo permitiría.

—¡Lo siento! —pidió en voz muy bajita, avergonzado apenas. La mujer lo miró con suspicacia, dejó escapar un bufido, y se marchó.

Una risita burlona hizo que girara la cabeza. Remus se tapaba la boca con ambas manos, conteniendo una obvia carcajada ante la expresión del moreno, quien lo miró indignado.

—Tramposo —masculló, frunciendo apenas el entrecejo. Remus se encogió de hombros, divertido, antes de guardar el pesado volumen que había ocasionado los ridículos celos de Sirius en su mochila, para sorpresa de éste—. ¿Nos vamos? —El rostro se le iluminó, y el castaño sonrió en respuesta.

—Sí, ahora mismo tenemos pociones —le informó, y el rostro del joven Black volvió a oscurecerse.

El licántropo se levantó de su silla y se colgó la mochila al hombro, para luego rodear la mesa y palmear el hombro de Sirius, para darle ánimos.

—Vamos, ¡arriba! —le instó. El muchacho lo miró. Vio que se reía. Entrecerró los ojos. No iba a dejar las cosas así nomás, no señor.

Aceptó la mano que le tendía el prefecto y tiró de él para ayudar a levantarse, al mismo tiempo que lo atraía hacia sí de manera casual. Antes de que Lupin pudiera reaccionar de manera alguna, le depositó un fugaz beso en la mejilla, muy cerca de la comisura de los labios, que debía pasar desapercibido ante los ojos de todas aquellas muchachas que estaban pendientes de él.

Notó cómo se ponía inmediatamente colorado, llevándose la mano derecha al punto donde sus labios habían rozado su piel. Pasó por su lado, alejándose con rumbo a la salida. Luego de un par de pasos, se giró levemente, con un brillo de superioridad iluminando sus ojos. La mirada amenazante y avergonzada que le dedicó el castaño lo único que hizo fue hacerle sonreír satisfactoriamente.

—¿Qué esperas, Lunático? —le recriminó, juguetón, y el aludido lo fulminó con la mirada—. Se nos hará tarde si no te apuras —canturreó, girándose nuevamente, volviendo a avanzar.

Escuchó unos ligeros pasos tras de sí, y sonrió ampliamente. Oh, sí. ¿Qué importancia tenía que lo miraran un montón de chicas? La persona que más le importaba estaba justo detrás de él, y lo miraba sólo a él. ¿Qué importaban las demás?


—Así no, debes cortar las raíces de este modo —susurró Sirius en su oído, haciendo que un escalofrío recorriera toda su espina dorsal. El cálido aliento del animago no era algo que había estado esperando, por lo que soltó un ligero respingo y dejó caer en la poción un ingrediente que aún no correspondía, por la sorpresa—. Ah, la has arruinado —murmuró con pesar y diversión, dedicándole una mirada de reproche.

—¿Y de quién crees que es la culpa? —espetó Lupin en voz muy baja, apartándose de Sirius. Clavó en él sus ojos ambarinos y lo taladró con la mirada—. No vuelvas a asustarme así —masculló, y regresó su atención al libro de texto, para intentar encontrar una solución para arreglar la poción arruinada.

El chico de ojos grises reprimió una risita, y Remus dejó escapar un suspiro de resignación.

No era la primera vez que sucedía algo como eso, la verdad. No sabía si era costumbre del moreno, pero desde que habían comenzado con, bueno, lo que sea que tuvieran entre ellos, estaba empecinado en hacerle perder los estribos. Le susurraba, lo miraba, y a veces hasta lo tocaba, y lo cierto era que Lupin pensaba que lo hacía sólo para divertirse viéndolo enrojecer.

Agregó una pizca de ortiga seca, lo que provocó que la poción cambiara de naranja brillante al esperado verde musgo. Asintió, satisfecho ante la corrección del error, y continuó trabajando.

James los observaba desde un poco más atrás, y no pasó por alto el comportamiento que presentaban sus dos amigos. Estaba feliz de que se hubieran arreglado finalmente, pero había algo, en lo más recóndito de su mente, que le decía que eso no era todo lo que estaba pasando.

Lily, por su parte, desvió la mirada con satisfacción. Ella podía percibir, de alguna manera, la alegría que manaba de esos dos aún estando tan alejada como estaba. Revolvió el líquido de su caldero, y entonces notó un movimiento inusual en la mesa a su izquierda. Resopló, indignada, y pretendió ignorar a las muchachas que cuchicheaban inquietas, sin prestar atención a la clase.

—¿Y entonces, vas a hacerlo? —preguntó una en un susurro, emocionada. Lanzaba miradas fugaces hacia una mesa que estaba un poco más atrás.

—Sí… no… este… —Su amiga balbuceaba, insegura, por lo que se ganó una mirada severa de la chica que tenía al lado—. Lo haré, sí —dijo finalmente, intentando parecer decidida.

A Lily le pareció notar, de reojo, que la muchacha nerviosa estrujaba un sobre mientras su rostro tomaba un ligero color rosado, pero no le dio mayor importancia. No al menos hasta que, al finalizar la hora, escuchó a la amiga de ésta.

—¡Ah! ¡Millie, apúrate, Black está por irse!

La tal Millie asintió con la cabeza y se apresuró hacia el Merodeador, alcanzándolo antes de que éste saliera del aula junto con sus amigos. Eso no auguraba nada bueno.


—Um, disculpa… —Una vocecita suave interrumpió las risas que los rodeaban. Sirius estaba comentando de forma burlona el error de Lupin durante la clase, y sus otros amigos lo habían encontrado divertido, aunque, según palabras de James, hubiera sido mejor si el caldero hubiera explotado.

—¿Eh? —Sirius se detuvo y miró a su alrededor, encontrando a la persona que lo había detenido. Era una Ravenclaw muy bonita, de ojos castaños y facciones aniñadas—. ¿Se te perdió algo? —preguntó con sorna, ganándose un codazo en las costillas por parte de Remus.

—¿Qué ocurre? —preguntó el prefecto de manera amigable, dedicándole una sonrisa, gesto que hizo que Sirius bufara.

—Yo, um, bueno… —Parecía no poder encontrar las palabras, y su rostro se tornó completamente rojo. Apartó la mirada de los cuatro muchachos que la estudiaban con curiosidad y la dirigió al piso—. Toma —exclamó, y colocó con violencia un sobre en las manos de Sirius, antes de darse la vuelta y correr a la salida, donde su amiga la esperaba con una gran sonrisa.

Canuto la miró con sorpresa hasta que desapareció, y luego dirigió su atención a lo que la chica le había dejado. Pero el sobre no estaba en su mano, como esperaba, sino que le había sido arrebatado por James.

—¡Tienes los ojos más bellos que he visto, brillantes y profundos como la plata derretida…! —leyó el chico de anteojos de manera teatral, a lo que Sirius le arrancó la carta de las manos. Lo miró divertido y luego se carcajeó, y enseguida se sumaron a él los otros tres.

—Vaya, ya me resultaba extraño que ninguna chica se te tirara encima desde que cortaste con Anne —comentó Colagusano, como quien no quiere la cosa.

—Es linda, Canuto, ¿qué piensas hacer? —lo interrogó Cornamenta con una mirada cómplice.

Mh… —Fingió durante un momento reflexionar acerca del tema, mientras observaba el rostro del licántropo con atención—. No lo sé, quizás le dé una oportunidad…

Ante estas palabras, Remus frunció ligeramente los labios, apretándolos en señal de disgusto, y dio media vuelta, alejándose de ellos con paso firme.

Estúpido Black.

Sabía que sólo lo decía para provocarlo, y justamente era eso lo que lograba. A pesar de todas las cosas que le había dicho, y haberle confesado que lo quería, Remus todavía se sentía inseguro. A fin de cuentas, ¡era Sirius Black! El galán, mujeriego, hombre perfecto, dueño de cientos de miradas y provocador de millones de suspiros Sirius Black.

Todavía le costaba trabajo creer que de verdad aquel personaje se había fijado justamente en él. Le resultaba prácticamente irreal. ¿Por qué? No era como si le faltaran pretendientes. Todo el tiempo estaba rodeado de fanáticas ridículas que lo miraban embobadas. Y a pesar de que Sirius le decía que lo quería, él no podía dejar de lado su intranquilidad.

—¡Lunático! —La voz del susodicho hizo eco en el pasillo que estaba siguiendo, y apretó el paso un poco más. No tenía ganas de enfrentarse al chico en ese momento—. ¡Lunático! —repitió, y Lupin casi se larga a correr, mordiéndose el labio para no gruñir—. ¡Remus! —exclamó el animago, asiéndolo por el brazo.

—¿Qué? —espetó, de mal humor, evitando mirarlo a la cara.

—¿Celoso? —preguntó Sirius con un deje muy divertido en la voz. Eso le molestó aún más, y levantó la vista, clavando sus ojos en los del muchacho que tenía en frente, rabioso.

—¿Por qué debería? —gruñó, intentando mantener la calma pero sin lograrlo—. Ve a responderle a esa chica lo que se te venga en gana —dijo con aspereza, soltándose de un tirón y comenzando a alejarse de nuevo.

—¿Y si no quiero? —lo retó el otro. Curioso, era la segunda vez en el día que escuchaba esas palabras salir de su boca.

Iba a contestar, pero Sirius no le dio tiempo. Antes de darse cuenta de lo que ocurría, Canuto lo había tomado de la cintura y lo había girado, quedando los dos frente a frente. Remus enrojeció con violencia e intentó apartarse del agarre, pero Sirius no se lo permitió, y atrapó sus labios con los propios.

Momentáneamente, el licántropo dejó de pensar y se dejó llevar, aceptando el beso y correspondiéndolo. Era la quinta vez que se besaban desde que se habían confesado, porque no habían tenido mayores oportunidades para hacerlo. Nunca podían estar solos.

Recordó que estaba enojado, y entonces interrumpió el roce, apartando a Sirius con fuerza. Aunque no con la fuerza suficiente como para que éste lo soltara por completo. Apenas si se había separado algunos cuantos centímetros.

—No creas que me comprarás con esto —murmuró, entrecerrando los ojos y mirándolo con seriedad, a lo que el animago respondió con una brillante sonrisa.

—Oh, vamos Rem, sabes que era mentira —musitó, pero al ver que el rostro de Lupin seguía contrariado, puso su mejor cara de cachorro—. ¿Lo siento?

Remus sintió que el enojo desaparecía dentro de él, aunque no quisiera. Era la segunda vez en el día que usaba la misma treta. ¿Por qué no estaba prohibido que los magos adoptaran esa expresión? ¡Debería ser ilegal!

Hump. —Desvió la mirada de los ojos de Sirius, apretando la mandíbula con fuerza. Giró la cabeza hacia un lado, y se cruzó de brazos. Aunque sabía que no podría resistirse por mucho más tiempo.

—Yo te quiero sólo a ti —ronroneó en el oído que había dejado orientado hacia él, haciendo que el licántropo se estremeciera.

Aprovechando la cercanía al chico castaño, bajó la boca un par de centímetros y le depositó un suave beso en el borde de su mandíbula, justo debajo del lóbulo de su oreja. El contacto hizo que Lupin perdiera un poco de fuerza, estremeciéndose nuevamente. Contento ante el resultado de aquello, Sirius continuó bajando por su mandíbula, besando delicadamente la piel del chico que, poco a poco, dejaba de estar tan tenso.

—Sólo a ti —repitió en un susurro tierno.

De repente se sintió débil, pero al mismo tiempo alegre. ¿Cómo podía enojarse con Sirius? No había forma, y menos si se comportaba de ese modo.

—Ya… —murmuró el licántropo, medio riendo, mientras Sirius tocaba con sus labios la parte inferior de su barbilla—. Ya basta, alguien nos va a ver —dijo, colocando las manos sobre el pecho del chico y empujándolo con suavidad. Ya no quedaba rastro del enojo que había tenido.

—¿Ves a alguien por aquí? —preguntó Canuto, volteando la cabeza hacia los lados.

Lo cierto era que estaba desierto. Ni siquiera los miraban las personas de los retratos, lo que era una novedad.

—No, pero… —Remus se sentía un poco incómodo.

—No hay nada de qué preocuparse —lo tranquilizó, sonriéndole ampliamente. Sus ojos destellaban, y a pesar de que algo en la mente del licántropo le decía que no era buena idea, no pudo resistirse.

—Si tú lo dices…

Cedió, y Sirius no desaprovechó la ocasión, uniendo sus labios en un beso tierno, pero pasional. Remus se sorprendió un poco ante la intensidad. Se habían besado antes, claro estaba, pero nunca como en ese momento.

Sirius lo había aprisionado contra la pared, como el día que se habían declarado, y le recorría la espalda con los dedos mientras lo besaba, haciendo que el chico se estremeciera de vez en cuando. Remus no sabía muy bien cómo responder, ya que nunca se había encontrado en una situación similar, y estaba ligeramente acobardado. Pero Canuto no desistió al percibir la inexperiencia del chico, sino que se dedicó a enseñarle lo que debía hacer, sin palabras.

Con suavidad, atrapó el labio inferior del licántropo entre sus dientes, haciendo que Lupin se sobresaltara y abriera ligeramente la boca. Sirius aprovechó para ingresar su lengua, encontrándose con la del castaño. Aquello era muy nuevo para éste, pero decidió dejarse llevar por la experiencia de Canuto. Instintivamente, había rodeado con sus brazos el cuello del animago, acariciando su nuca, haciéndole cosquillas. Ante este acto, Sirius lo abrazó con más fuerza aún, haciendo que el espacio entre sus cuerpos desapareciera por completo. Remus respondía al beso con cierta timidez, y era el moreno quien guiaba todos los movimientos, mordisqueando los labios del otro de vez en cuando. Era como una corriente eléctrica.

Era una experiencia única, y no querían separase por nada del mundo, pero pronto comenzaron a notar la falta de oxígeno, y no tuvieron más remedio.

Jadeantes, buscaron llenar de aire sus pulmones. Las mejillas de Lupin habían tomado un color escarlata, y sus ojos brillaban más de lo normal.

—Eso fue… —masculló con dificultad, sin poder completar la idea.

Sirius asintió, dándole a entender que comprendía. Él también se encontraba en el mismo estado que el licántropo. Eso había sido diferente, en todos los sentidos. Nunca había sentido lo mismo con ninguna de todas las chicas con las que se había besado. Nada se comparaba a ese sentimiento que había surgido dentro de él.

Un rumor de pasos los devolvió a la realidad. Cruzaron miradas entre asustados y divertidos y se apresuraron a alejarse de allí, antes de que alguien pudiera verlos.


Se había quedado estática, con los ojos fijos en un punto donde, hasta hacía unos segundos, dos personas parecían querer fundirse hasta convertirse en una sola.

No podía creer lo que sus ojos habían visto.

Había decidido dirigirse al aula de Pociones temprano, para poder hablar con el profesor Slughorn algunos minutos antes de que comenzara la clase, pero el sonido de voces la había hecho detenerse. Como era curiosa, no pudo evitar asomarse apenas, para encontrarse a su antiguo novio y uno de sus amigos enfrascados en una discusión.

Había decidido acercarse para saludar, cuando la acción de su cachorrito la hizo detenerse.

Abrió los ojos como platos. ¿Qué estaba haciendo? Debía haber visto mal. Se frotó los ojos y volvió a fijarlos en la escena. Se relajó, afirmando su anterior suposición, cuando Sirius comenzó a besar a su amigo en el filo de su mandíbula.

¿Qué?

No podía ser cierto. Debía estar equivocada. No podía ser que su Sirius estuviera…

El corazón casi se le sale por la boca cuando repentinamente ese par de Gryffindors se abrazó con urgencia, estrellándose contra la pared, besándose como si quisieran sorber el alma del otro con esa unión.

Las rodillas le temblaron, y tuvo que apoyarse en el frío muro de piedra para no caer, pero no podía apartar la vista de los dos chicos. Una sensación incómoda le revolvía el estómago, mientras su mandíbula se había desencajado por la sorpresa.

¿Qué demonios?

De repente, los dos se separaron, jadeando en busca de aire, y se miraron entre sí de una manera que hizo que deseara vomitar.

¿Así que era eso?

¿La había rechazado, por él?

¿La había humillado de aquella forma, porque de repente había decidido que prefería batear para el otro equipo?

Un sentimiento de asco mezclado con odio surgió de lo más profundo de su ser, haciendo que su sangre hirviera de repente.

¿Cómo se atrevía?

No iba a dejar que las cosas quedaran así. No lo permitiría. Había pensado en dejar a Sirius en paz, porque sabía de su reputación. Pero, como estaban dándose las cosas, no podía quedarse de brazos cruzados. Hubiera soportado que tuviera una nueva novia, pero jamás, jamás daría su visto bueno a que estuviera revolcándose con otro hombre. De ninguna manera.

Tenía que pensar en algo. Tenía que pensar en algo pronto. Porque no iba a dejar que esos dos estuvieran juntos por mucho más tiempo.