¡Wolas!
Seee, se que he tardado, pero ya estoy aquí (aunque con resaca fallera, ásí que tampoco estoy mucho)
Se que dije que cuando pasara de los 200 no sabía lo que iba a hacer... realmente, me duele la cabeza xD, pero si pudiera moverme sin que todo retumbara... estaría ya con una camisa de fuerza.
Bueno, espero que os guste el capítulo y gracias por los reviews... y ya que estamos me gustaría dedicarselo especialmente a mi Beta, Daphne (que nunca se donde va la h) que me ha aguantado durante 14 capítulos, todas las neuras, manias, indecisiones, dudas... y me ha escuchado y aconsejado. ¡Muchas gracias!
CAPÍTULO 14:
La larga limusina negra se detuvo frente a la entrada del teatro, justo delante de la gran alfombra roja que permitía el acceso al recinto. Era una limusina en la que cabrían unas veinte personas, solo una se apeó de ella. No era muy común que un político acudiera a una gala de música como los Grammy, pero puesto que el senador Thomas Riddle era socio mayoritario de una discográfica, estaba invitado.
Algunos periodistas le fotografiaron, pero esa era una noche para la frivolidad, para hablar de vestidos de noche excéntricos, cantantes con adicciones y premios… él no era importante.
Vestido completamente de negro, con el porte sibilino y frío que le había valido el sobre nombre de "La serpiente", el senador avanzó entre la multitud. Los ojos fijos en el frente, los sentidos concentrados en lo que sucedía a su alrededor. Su corazón latió con fuerza… ella había acudido y por primera vez en muchos meses, su fiero león guardián no estaba presente.
Indolentemente, se detuvo a la entrada del gran teatro, desde donde podía observar sin ser visto. La ira se apoderó de él al contemplarla. Ella había cambiado, de manera sutil, pero el aire de inocencia que siempre la envolvía se había perdido, para siempre. Ella ya no era hermosa para él, y solo deseaba destruir su recuerdo, borrarlo, erradicarlo para siempre. Lo haría, pero primero tenía que llevársela. Por suerte, era precavido y había urdido un plan.
Por sus ojos negros cruzó un destello rojizo cuando vio como el estúpido pelirrojo la tomaba por el codo para separarla de un grupo de periodistas y llevarla hasta los fotógrafos. Con una sonrisa deslumbrante, empezó a posar para ellos. Enfundada en aquel vestido dorado, con la piel tostada por el sol y su pelo cayendo libremente podría haber pasado por un ángel. Pero él sabía como era en realidad, por fin le había caído la venda de los ojos. Sabía que ella no era más que una furcia, una manipuladora que quería conquistar a los hombres con sus falsos encantos, con sus perfectos ademanes. Mas ella no era perfecta, ni tenía ningún talento especial, había osado engañarle, y merecía un castigo. ¡Oh, sí! Castigo, que maravillosa palabra.
Sabía como hacerlo, él mismo los había padecido cuando era un niño y su madre ansiaba en convertirlo en el perfecto caballero, el que dominaría al mundo con su superioridad. Su querida madre, que siempre le había dicho que debía aspirar a perfección y castigar la vulgaridad. Y eso era Reed Jones… vulgar.
Cuando el pelirrojo la llevó a través de la alfombra hacia el interior del teatro, se escondió entre las sombras. Pudo olerla cuando pasó junto a él, ese embriagador aroma que había sido su perdición. Estiró una mano y movió los dedos; casi podía tocarla, sentir bajo sus dedos como ese cuello maravilloso se cerraba, podía ver en su mente como sus labios se volvían morados y los ojos se le salían de las órbitas. Ella estaría mirándole asustada todo el tiempo, podría ver como la vida se iba apagando de sus ojos. Esperaba que luchara, quería demostrarle que él era mejor que ella, más fuerte, más noble. Oh, sí, todas luchaban, y ella no sería la excepción. Tendría el placer de notar como su cuerpo se iba quedando flácido, como la muerte se cernía sobre ella. Iba a ser un gran espectáculo, la mejor actuación de Reed Jones.
Dio gracias por haberse dado cuenta a tiempo de cómo era. La fantasmal mano blanca bajó cuando ella volvió su rostro hacia atrás y miró con ojos escrutadores a su alrededor. Le alegró verla inquieta, tenía motivos para estarlo.
Una sádica sonrisa curvó sus labios, antes de entrar para buscar su sitio. Después de tanto tiempo esa era su noche, estaba todo preparado… Ella iba a morir.
Estaba nerviosa, lo había estado desde que había abandonado La Isla esa misma mañana. No se había dado cuenta hasta que había bajando del avión, de cuanto añoraba la presencia de Harry. Pero él no lo entendía, los Grammy habían sido su sueño desde que se sentó delante de un piano cuando tenía cuatro años. No podía renunciar a ellos, no quería que un loco dominara su vida y sus acciones, quería recuperar su vida y poder moverse con libertad, quería cumplir sus sueños, quería que Harry los compartiera con ella… Pero no estaba.
Había ido a ensayar con los bailarines por la mañana, la habían maquillado y peinado por la tarde, y llevaba un magnífico vestido. Todo debía ser perfecto, y sin embargo, se sentía sola. Era como un autómata al que le dicen lo que debe hacer a cada momento: contestar preguntas, saludar a los fans, sonreír y posar para las fotos, hablar con los compañeros de profesión…
Tenía miedo de la reacción de Harry, pero él llevaba dos días fuera en una misión de la que no le había contado nada, simplemente había ido a verla por la noche para informarla. Por la mañana se había ido.
Ahora era cuando entendía lo que era ser la pareja de un mercenario, pasar días enteros sin saber si iba a volver, si lo habían herido, si estaría solo en algún sitio, o aún peor… muerto. Llevaba dos días sumida en un estado de nerviosismo permanente, apenas había dormido, porque cuando cerraba los ojos veía imágenes de Harry muerto. Simplemente no había podido soportarlo, y la noche anterior, en medio de su desesperación, le había parecido una buena idea salir de La Isla, alejarse de todo lo que le recordaba a él, para no pensar, no sentir. Era su trabajo, pero no sabía si iba a poder vivir con ello, con la incertidumbre de que cuando se marchara, era posible que no lo volviera a ver. No, definitivamente no podría soportarlo.
Notó como Ron la cogía por el codo para llevarla al interior del teatro. Tenía que prepararse, ya que iba a abrir la gala cantando la canción por la que Harry estaba nominando "Pieces of a Dream". Era irónico, la canción expresaba exactamente su estado de ánimo.
Estaba cayendo la noche cuando Harry bajó del avión en La Isla. Estaba agotado después de la misión, y su único deseo era abrazar a Hermione y dormir dos días seguidos.
Era consciente de que esa noche, era la noche de los Grammy, y de que ella estaría disgustada por no haber ido, así que le iba a tocar hacerle cariñitos para que no estuviera triste, y quizá distraerla con sus malas artes.
Si alguna vez le hubieran dicho que estaría tan ilusionado con alguien, se habría reído en su misma cara. Pero ahí estaba, el solitario mercenario loco por una chica, anhelando volver a casa para estar con ella, aunque ella estuviera resentida con él.
Habían pasado juntos buenos momentos, pero desde el día que le dijo que no iba a ir a los Grammy, ella había estado más distante. Trataba de mostrarse comprensiva, pero Harry sabía que en el fondo estaba dolida, lo veía en sus ojos.
Pero ella era buena, muy pronto estaría nominada otra vez. Y entonces irían juntos y ella vería cumplido su sueño.
Casi corrió cuando bajó del caballo que había usado para llegar a la casa. Entró a toda velocidad en la cocina, donde McGonagall estaba preparando la cena. Ginny, sentada en la mesa, pelaba patatas en actitud concentrada. Aunque se notaba que no tenía mucha práctica, le ponía muchas ganas.
-Hola- saludó Ginny sin levantar la mirada, mientras se revolvía inquieta en su silla. A Harry se le erizaron los pelos de la nuca; algo estaba pasando, estaba en el aire.
-¿Qué has hecho ahora?- preguntó Draco, que había ido tras Harry nada más bajar del avión. Sorpresivamente estaba demostrando conocerla mejor que nadie.
-¡Nada!- exclamó Ginny indignada poniéndose en pie, dejando el cuchillo encima de la mesa descuidadamente. Lanzó un aullido de dolor y se llevó el dedo a la boca.
-Ya, claro, y por nada estás nerviosa- insinuó Draco enarcando una ceja, mientras le cogía el dedo y lo envolvía en un paño. Dejó pasar unos segundos antes de exclamar- ¡Confiesa!- la apremió, haciéndola saltar del susto.
Ginny miró a Harry que los observaba con las cejas levantadas, y bajó los ojos de nuevo, inquieta. No esperaba que volviera tan pronto, en el fondo, quería que por el bien de Hermione se enterara de que se había marchado a los Grammy cuando todo hubiera acabado y ella estuviera sana y salva en casa. Pero allí estaba, e intuía que Draco lo sabía, siempre sabía esas cosas, era más mal pensado que Harry. ¿Y ahora cómo se lo decía?
-¿Dónde está Hermione?- dijo el chico, rompiendo el pesado silencio que había en la cocina.
Ginny se volvió a quedar en silencio buscando las mejores palabras para contárselo sin que montase en cólera. McGonagall lanzó un bufido exasperado y cogió el mando de la tele para darle voz. Las palabras de los locutores llenaron la cocina:
"Sin lugar a dudas, el momento álgido de la alfombra roja ha sido la llegada de la cantante Reed Jones. No se había confirmado su asistencia y ha sido una grata sorpresa verla aparecer, supongo que sus cientos de fans estarían deseando verla después de tanto tiempo.
La cantante iba vestida con un vestido dorado de la diseñadora Lovegood, ha paseado por la alfombra posando para los fotógrafos y hablado con los periodistas con su habitual encanto. De momento, encabeza el ranking de las mejor vestidas por detrás de la actriz Nicole Kidman y la cantante Beyonce. Todos estamos deseando que se inicie la gala para verla cantar en directo, y comprobar cuanto ha mejorado. La canción nominada está compuesta por el que se rumorea es su actual pareja, el compositor y hombre de negocios Harry Potter, que no ha asistido esta noche a la gala…"
Las palabras dejaron de procesarse en el cerebro de Harry. Pasó a verlo todo rojo, mientras un sentimiento doloroso le bajaba por la garganta hasta el centro del estómago, golpeándolo con fuerza. No podía creerse que se hubiera atrevido a ir, que le hubiera desobedecido a pesar de sus palabras y, sobre todo, que se hubiera puesto en peligro de manera deliberada.
Se dio media vuelta y salió corriendo a toda prisa de la cocina, sin oír los gritos de Ginny. Para él estaba claro, no iba a volver a preocuparse por ella. Si ella no valoraba su vida, la protección y cuidados que le había brindado, si no era capaz de respetar el gran amor que sentía por ella… no iba a estar más a su lado. Se había acabado definitivamente, y se lo iba a decir en cuanto acabara la gala.
Que gran actriz era, allí estaba, ante el piano, cantando una dulce canción, una de las canciones que él había amado, una canción que hablaba del dolor por un amor perdido, de la locura… Que hermosa y suave sentada ante el piano, dejando que su chorro de voz inundara el teatro. Que gran interpretación, si hasta parecía que estuviera intoxicada de amor, cuando él sabía mejor que nadie que ella no sabía lo que era eso. Cuando sólo era una cualquiera que manipulaba los corazones.
Oh… en lugar de un Grammy, debían de darle un Oscar. Si hasta estaba llorando e incluso parecía devastada. Si no supiera que era tan vulgar sería la mujer perfecta para él.
Lo que siempre había anhelado, una mujer igual que su madre, una virtuosa de la música, un alma inocente que cometió el error de enamorarse de la persona equivocada, de entregarse a él y quedarse embarazada. Pagó toda su vida por ello, pero lo crió a él con la esperanza de que no cometiera sus mismos errores. Más ella no podía ver lo perfecta que era, pero él lo sabía, siempre había tenido un don para ello. Porque él mismo lo era y, por tanto, también era capaz de reconocer a los de su misma naturaleza.
Su padre, aquel por el que llevaba su nombre, un nombre que siempre había aborrecido, se creía superior, y sin embargo no había estado a la altura de su madre. Había disfrutado matándolo a él y a su familia de mediocres, recordaba con delicia los gritos asustados cuando les había apuntado con un arma y disparado en el estómago. Habían muerto de manera lenta y dolorosa, justo como se merecían. Y Hermione Granger iba a morir de la misma manera.
Se levantó de su asiento. Había conseguido un pase para estar entre bambalinas, y tenía que aprovechar cualquier momento, cualquiera en que ella pudiera estar sola para lograr su cometido. Debía sacarla de allí sin ser visto por los pasadizos que había descubierto días atrás y llevarla a un lugar donde nadie la encontraría, hasta que el olor de su cuerpo mutilado y putrefacto por la descomposición y las ratas alertara a alguien. Si por una casualidad había posibilidades de que la reconocieran cuando acabara con ella, las ratas acabarían su trabajo por él.
Entró entre bambalinas, donde se cruzó con algunos famosos que andaban por el lugar, para ocultarse en un rincón oscuro que había en uno de los pasillos. Ella cruzaría por allí para volver a salir al patio de butacas. Quizá…
No había sido consciente de que tenía que subir al escenario hasta que Ron le dio un codazo y levantó la vista. Un foco la iluminaba, todos miraban hacia ella, y sentía que no podía moverse, le temblaban las piernas como no lo habían hecho nunca. Él estaba allí, su agresor, podía sentirlo con claridad en cada poro de su cuerpo. Estaba observándola, acechando en la oscuridad que le brindaba el anonimato, pero podía sentirlo.
Hizo acopio de fuerzas. Llevaba unas semanas sintiéndose muy débil, sin apetito, y junto con la tensión que estaba experimentando en esos momentos, parecía habérselas mermado más. Se levantó tomando aire y un mareo la sacudió, lo cual le pasaba últimamente cuando se movía más rápido de lo normal. Ron la sostuvo preocupado para evitar que trastabillara.
Como una sombra, avanzó hacia el escenario bajo la atenta mirada de todo el mundo. Aplaudían con fuerza, pero Hermione ni siquiera sabía que premio le estaban entregando; de pronto ya no significaba nada para ella. Sólo quería recoger el premio, el que fuera, deseando que todo acabara y marcharse de allí, a algún lugar donde nadie pudiera encontrarla y donde el dolor y el miedo no pudieran alcanzarla.
Llegó hasta el escenario y tomó la estatuilla entre sus manos, con el título de "Mejor canción". Era el premio de Harry, el premio de los dos. Ambos deberían estar allí para recogerlo, cantante y compositor. Se inició un dolor en su pecho y trató de sonreír felizmente mientras murmuraba unos agradecimientos, en su nombre y en el de Harry. Fue lo más difícil que había hecho en su vida. Bajó por el lateral para recorrer el pasillo que llevaba a la sala de atrás donde se tendría que enfrentar a las preguntas y fotos de los periodistas.
Se detuvo en la entrada del pasillo indecisamente, parecía una película de terror. No había nadie por allí, y varios focos estaban apagados dándole un tenebroso aspecto al lugar. Con indecisión avanzó por el oscuro corredor, haciendo que el ruido de sus tacones resonaba causando un eco estremecedor. Se sentía tan sola en medio de aquella semioscuridad… no oía ningún ruido, era como si estuviera asilada en el fin del mundo.
Se volvió de golpe, le había parecido que algo se había movido tras ella. Entrecerró los ojos para tratar de distinguir entre las sombras algo… o a alguien, pero estaba sola. Tomó aire tratando de calmar sus entrecortadas respiraciones, el miedo le estaba haciendo ver peligro donde no lo había. Volvió a caminar, esta vez con pasos más rápidos. Ese era el pasillo más largo que había recorrido en su vida.
Un susurro. Se volvió a detener apretando con fuerza el premio entre sus manos. Estaba segura de que lo había oído, no era un producto de su imaginación, porque ésta nunca habría creado un siseo tan similar al de una serpiente. Un sudor frío la cubrió de la cabeza a los pies, y corrió… corrió a toda velocidad por el pasillo, a pesar de los altos tacones, del dolor que tenía el pecho y del vestido que se enredaba en sus piernas.
Notaba como un aliento tras ella, unos pasos corriendo, estaba muy cerca de la salida, de la luz, de la seguridad. Nunca no volvería a hablar mal de la prensa si llegaba hasta ellos. Se sentía como una simple oveja esperando a ser devorada por el depredador. Con amargo pánico bajándole por la garganta, se volvió a mirar y entonces el vestido se enredó por sus piernas, y notó que caía… Dos manos como el acero la sostuvieron enderezándola.
Cerró los ojos, y empezó a forcejear con fuerza, esta vez no iba a permitir que se la llevaran sin luchar. Si iban a violarla y matarla, se defendería con uñas y dientes. Los dos brazos siguieron sosteniéndola a pesar de estaba golpeando sin ver a su agresor, hasta que un fuerte zarandeo la dejó debilitada.
No era consciente de haber cerrado los ojos, pero se sentía rara, diferente. Alguien la sostenía con fuerza inmovilizándola, y sin embargo no tenía miedo, el peso de la aceptación debía haber caído sobre ella. Abrió los ojos para encontrarse con una camisa negra, fue subiendo para ver el rostro y los ojos más cargados de ira que hubiera visto nunca. Una vena palpitaba en su sien. Separó los labios para decir algo, pero las palabras murieron en su garganta, se sentía mareada e inestable, las piernas apenas la sostenían y perdió el equilibro. Aquellos brazos de acero apretaron hasta casi hacerle daño.
-¿Asustada?- preguntó Harry mientras una mueca similar una sonrisa torcida aparecía en sus labios. Solo pudo asentir entre asustada y aliviada- Me alegro- afirmó el moreno volviendo a ponerse serio.
Hermione no supo que pasó después, antes de llegar a un sitio donde solo había oscuridad. Pero la mirada de odio y desprecio que Harry estaba clavando en ella quedó marcada a fuego en su memoria… para siempre.
Oía voces a su alrededor e intentó abrir los ojos, pero no podía, le resultaba demasiado doloroso. La cabeza parecía a punto de estallarle y los músculos de su cuerpo parecían agarrotados. No podía dejar de preguntarse si realmente Harry había llegado o había sido un producto de su imaginación, de su deseo de sentirse protegida.
Abrió un ojo y la fuerte luz la cegó, así que volvió a cerrarlo de golpe. Las voces se aclararon, identificándolas inmediatamente… Harry y Ron estaban discutiendo.
-¡Te he repetido un montón de veces que no le he hecho nada para que se desmayara!- gritaba Harry alterado en esos momentos.
-¡Y yo te digo que ha estado toda la tarde muy nerviosa y tu aparición repentina la ha asustado!- le reclamaba Ron, dándole un empujón en el hombro.
Hermione abrió los ojos y se encontró con los dos mirándose fijamente, con sus rostros a escasos centímetros. Ron era más alto que Harry, por lo que éste tenía que levantar la cabeza hacia atrás para poderlo encarar. En esos momentos, Harry le devolvió el empujón, haciendo que el pelirrojo perdiese el equilibrio. Aprovechando la oportunidad, el moreno lo tomó por las solapas del esmoquin para acercárselo.
-¿Tienes ganas de pelea?- le preguntó, mirándolo peligrosamente.
-¡Ya está bien!- exclamó Hermione incapaz de estarse callada un momento más. Se incorporó de golpe, y tuvo que dejarse caer en el sofá porque se había mareado.
-¡Hermione!- gritó Ron avanzando hacia ella. Se arrodilló a su lado para tomarla de las manos preocupado. Harry permaneció de pie con los brazos cruzados con la vista clavada en la pared. Hermione no se atrevía a mirarlo, no después de haberse marchado sin permiso.
-Estoy bien, solo me he mareado al levantarme de golpe- se apresuró a explicar para que el pelirrojo no siguiera con esa cara de preocupación. La castaña miró a su alrededor, estaba en una habitación que no reconocía- ¿Dónde...?
-En una de las salas privadas del teatro- se apresuró a explicar Ron- Te has desmayado- Estudió el rostro de la castaña, que parecía sorprendida, porque ella nunca se desmayaba- Nos has dado un buen susto.
-Estoy bien- suspiró Hermione observando como Harry se había desplazado hasta un rincón de la habitación, donde permanecía apoyado sin mirarla.
-¿Entonces estás lista para volver a la sala?- preguntó Ron tomándola de las manos para ayudarla a levantarse- Antes tendremos que sortear a los…
-De eso nada- lo cortó Harry dando un paso hacia ellos- Hermione se viene conmigo al hotel- afirmó con tanta frialdad que a la castaña la recorrió un escalofrío por la espalda. Estaba en un buen lío.
-Pero…- trató de decir Ron.
-Déjalo- susurró Hermione poniéndole una mano sobre el brazo para que se callara- Creo que será lo mejor- añadió mirando a Harry.
-Sabia decisión- dijo, avanzando hacia ella con decisión sin tan solo dirigirle la más mínima mirada.
La tomó por el codo, clavó sus ojos como advertencia a Ron y la guió fuera de la habitación. Apenas abrieron la puerta, los periodistas empezaron a disparar sus cámaras, y decenas de micrófonos se posaron ante ellos. Harry la guió a toda velocidad, casi arrastrándola. Había un coche en la puerta esperándoles. Apenas salieron, Moody puso en marcha el motor.
Hermione se sentó en un rincón con las manos sobre el regazo, totalmente abatida. Quería decir algo, pero no sabía el qué. Intuía que él estaba enfadado, pero por otra parte, ella tenía miedo de volver con él a la Isla. Había sido muy feliz, pero el arriesgaba su vida en cada trabajo. No podía soportar vivir con la incertidumbre, si lo perdía… nada tendría ya sentido. Alejarse de él era lo mejor que podía hacer. La ignorancia era felicidad. Si estaba molesto… ¿no sería mejor provocarlo para que se enfadara de verdad con ella aunque se le rompiera el alma? Tomó aire para darse fuerzas.
-¿Dónde vamos?- le preguntó, alegrándose por no sonar asustada.
-A tu hotel- respondió Harry mirando por la ventana.
-¿Al hotel?- repitió ella, desorientada. Lo normal es que la llevara a La Isla, después de todo, es lo que siempre había hecho.
-Sí. Mañana pasarás a ser definitivamente responsabilidad de Ron otra vez- afirmó Harry, impasible, sin volverse. No podía mirarla. Si volvía a ver esa fragilidad que emanaba de ella como cuando había chocado contra él, estaba seguro de que no podría dejarla marchar.
Hermione se revolvió, aturdida. Se preguntó si eso significaba lo que ella creía y si realmente el enfado era tan grande, o es que todo había sido mentira y lo que pasaba es que ya se había cansado de ella.
-¿No dices nada?- inquirió volviéndose hacia ella, clavándole sus ojos verdes. Para su sorpresa, la chica permanecía serena y aparentemente segura de sí misma. No era lo que esperaba, quizá algo de desasosiego, alguna pregunta, pero nunca indiferencia.
-Creo que está todo dicho- observó ella girando el rostro hacia la ventana.
El coche se detuvo frente a la puerta principal del hotel. Harry salió y se hizo a un lado para dejarla pasar. Inmediatamente, él trató de cogerla del codo, pero Hermione se desembarazó y lo miró enfadada.
-¡No es necesario que me acompañes hasta arriba!- le reclamó alejándose de él. El moreno hizo crujir las mandíbulas.
-Mi trabajo acabará cuando te deje en tu cuarto- respondió cínicamente, avanzando hacia ella.
-¿Eso he sido para ti¿Un trabajo?- le recriminó sin poder contenerse. Harry observó a su alrededor y la tomó por el codo obligándola a entrar en el hotel. El silencio le dolió más que cualquier cosa que hubiera dicho, porque era evidente que la respuesta para la pregunta era sí.
Cruzaron la entrada a toda prisa y la metió en el ascensor. Hermione trató de soltarse de su agarre, pero la mantuvo pegada a él. Debería estar contenta, después de todo, era lo que ella quería, no pasar sus días sufriendo por él, pero no entendía por que sentía como si se acabara el mundo. Permanecieron en tenso silencio y tampoco hablaron hasta que llegaron a la habitación. Harry se detuvo ante el cuarto y llamó dos veces.
La puerta se abrió, y en el marco apareció Sirius, más serio de lo que Hermione lo había visto en su vida. Evidentemente, habían asegurado la zona para protegerla. Harry le hizo un gesto con la cabeza, y ella entró al cuarto. Permaneció de espaldas hasta que oyó como se cerraba la puerta tras de sí. Se volvió de golpe. Sirius había salido, solo estaban Harry y ella.
-Creo que esto es un adiós- dijo Hermione tendiendo una mano con frialdad hacia él- Gracias por todo.
Incrédulo, Harry cogió la pequeña mano entre las suyas. No podía entender que fuera tan fácil, que ella aceptara que todo se había acabado y que encima le diera las gracias, como si él hubiera sido una simple diversión ¿Habría conocido a alguien? La ira que había estado reservando explotó dentro de él. No iba a dejar que ella lo olvidara, quería que en su memoria, cada vez que alguien la tocara, pensara en él, como él iba a pensar en ella cada momento de su vida. Tiró de su mano, que aún permanecía en la suya, para rodearla entre sus brazos. La apretó contra su cuerpo y pegó sus labios contra los de ella con furiosa pasión.
Hermione, sorprendida, se quedó rígida entre sus brazos. No entendía qué estaba haciendo, y no quería entenderlo, solo quería sentir esos apremiantes labios una vez más para llevárselos con ella. Lo rodeó con sus brazos enredando los dedos entre los rebeldes mechones que caían por su cuello, y separó sus labios. Harry inmediatamente aceptó la invitación introduciendo la lengua en su húmeda cavidad.
Nunca la había besado así, con toda esa furia contenida, con esa pasión abrasadora, como si quisiera marcarla, someterla. Las piernas no le tenían en pie, estaba segura de que si no fuera porque la tenía sujeta, estaría en el suelo.
Tan pronto como había empezado… acabó. Hermione abrió los ojos lentamente para encontrarse con los de Harry, que la miraban oscuros y peligrosos. Él dio un paso atrás sin dejar de mirarla, abrió la puerta y cerró sin decir ni una sola palabra.
Hermione corrió hacia el muro que separaba sus caminos para siempre, y apoyó la frente sobre ella, resbalando hasta el suelo hasta quedar sentada. Las lágrimas empezaron a caer por sus ojos mientras sollozos entre cortados escapaban sin control de sus labios. Había conseguido lo que ella quería, alejarlo para no sufrir, pero ¿a qué precio?
Se dejó caer abatido contra la puerta del cuarto que había cerrado a sus espaldas. A ella le había dado igual, no había querido detenerle, ni tan solo le había dicho nada. Aún estaba enfadado con ella por ponerse en peligro y, después de todo, era lo que quería, alejarla de él. Que no estuviera cada momento en su mente, porque eso le restaba concentración para realizar su trabajo. Había estado tan deseoso de volver a casa que se había despistado, y eso le había valido un fuerte golpe contra su hombro. Se llevó la mano hasta allí, palpando a través de la camiseta las vendas que mantenían el hombro luxado en el sitio hasta que los músculos y ligamentos volvieran a fortalecerse.
Tomó aire. Tuvo la sensación de que no entraba a través de sus pulmones, produciéndole un fuerte dolor en el pecho. Quizá llevara demasiado apretado el vendaje, quizá fuera otra cosa… Si perder un amor dolía tanto, era mejor no volver a amar.
Sirius y Remus aparecieron ante él, y permanecieron en pie esperando órdenes. Ambos parecían muy serios, ligeramente disgustados. Remus fue el primero en hablar.
-Espero que no sigas pensando en dejarla sola- increpó con disgusto- Está en serio peligro.
-Vosotros os quedaréis con ella- ordenó enderezándose, abatido- Procurad que no lo sepa. Ron os ayudará.
-¿Y tú?- preguntó Sirius mirándolo preocupado. Parecía tan destrozado…
-Mañana volveré a casa- respondió, dándose la vuelta para caminar hacia su cuarto- Ella ya ha tomado todo lo que quería de mí.
¿Es que ese hombre tenía que echarlo todo a perder siempre? Se la había llevado, cuando estaba tan cerca. Podía haberla tenido en aquel oscuro y solitario pasillo, pero había preferido entretenerse asustándola y ahora ella se había ido. Frustrado y enfadado por su ineptitud, salió a grandes pasos de aquel teatro en el cual sólo se trataban temas frívolos.
¡Lo había planeado todo tan bien! Y había fallado. Su madre estaría defraudada por su ineptitud, le castigaría por lo que había hecho. Pero no podía rendirse, tenía que encontrar su escondite, castigarla, matarla… Ella había vivido demasiado tiempo.
Subió a su coche rumbo al hotel pensando en cual sería el mejor castigo que podría auto infringirse por su fracaso. Se lo debía su madre, por haber sido imperfecto, por querer jugar en lugar de llevar a cabo su cometido.
Las puertas del gran hotel se abrieron ante él y cruzó el vestíbulo dirigiéndose a la zona de los ascensores, que lo llevaron lentamente hasta la sexta planta. Se detuvo cuando las puertas de metal se abrieron, donde unas voces llegaron hasta él. Su instinto le llevó a esconderse y escuchar… No lo podía creer, debía ser cosa de Dios. Él quería que la castigara, porque la había llevado hasta su mismo hotel.
Y no solo eso, si no que a juzgar por lo que estaba escuchando, su león guardián la había abandonado. Quizá no fuera tan estúpido como parecía. Debía de haberse dado cuenta de cómo era y había decidido abandonarla.
El león se fue en dirección contraría a la suya, mientras sus fieles secuaces se quedaban en pie a mitad del pasillo, observándolo. De pronto, ellos se volvieron hacia él y empezaron a andar por el pasillo. La conversación que mantenían, era cuando menos interesante.
-¿Están funcionando todas las cámaras?- preguntó el moreno mirando a su amigo fijamente.
-Sí, y los micrófonos. Cualquier cosa que pase en ese cuarto… la sabremos- apuntó el castaño. Pasaron por su lado sin verlo.
¡No podía creerlo! Era demasiado perfecto. Ella estaba sola en su cuarto, solo tenía que librarse de esos dos y sería suya, podría llevar a cabo su venganza sin problemas.
-Tengo hambre- dijo el moreno- Pediremos algo para cenar- añadió. El otro se limitó a asentir con la cabeza, y entraron en su cuarto.
Estuvo a punto de saltar de alegría. No solo tenía la oportunidad, sino que se le presentaba la opción de deshacerse de esos dos. Era lo que el destino quería, se lo estaba poniendo todo en bandeja de plata, y pensaba aprovecharlo. Solo tendría que entretener al chico que les trajera la cena, y usar el somnífero que llevaba guardado para la furcia.
Deseaba con todas sus fuerzas dejarlos fuera de combate para acabar con ella, pero debía tener paciencia, este siempre había sido siempre uno de sus fuertes.
Pasó media hora oculto en la semipenumbra del pasillo observando el ascensor de servicio, cuando las puertas se abrieron. Su corazón latió con fuerza. Un muchacho salió llevando una mesita con ruedas con un montón de comida y bebidas... era el pedido que estaba esperando.
Salió por el pasillo componiendo la sonrisa que le había valido el puesto de senador, y caminó con decisión hacia el chico. La mención de su nombre y unas simples palabras bastaron para que el muchacho caminara hasta el cuarto de las toallas dejándolo a él con el contenido de la bandeja. Poner el sedante en el café y la comida fue sencillo.
El muchacho volvió para darle su pedido. Le dio una generosa propina e hizo como que se marchaba a su cuarto para volver a esconderse en la esquina que había elegido.
Cuando se abrió la puerta y los dos gorilas del león tomaron la bandeja, una euforia sin precedentes inundó su pecho, y sintió ganas de reír, sobre todo porque aquellos estúpidos empezaron a comer aún antes de haber cerrado la puerta. Solo tendría que esperar unos diez minutos más, y por fin iba a poder llevar a cabo su venganza.
Transcurrido el tiempo necesario, avanzó hacia la puerta de la habitación, la seiscientos sesenta y seis… su número favorito.
Le costó forzarla tan nervioso como estaba, pero cuando se abrió, un mundo de posibilidades estaba a su alcance. No sabía que iba a hacer primero. ¿Violarla¿Asustarla¿Hacerle algún cortecito? Asustarla un poco estaba bien, así le daría esperanzas. Entonces, cuando ella pensara que estaba a salvo, que no iba a morir, se encargaría de arrancarle la vida lentamente.
El interior del cuarto estaba oscuro, pero la luz que entraba por las ventanas era suficiente para distinguir su suave silueta echada en la cama. Sollozos ahogados llegaban hasta él. Pobre criatura… aún no había empezado a sufrir, pero él se encargaría de que sus gritos fueran la mejor música que había cantado hasta ahora.
Buscó el interruptor del cuarto, y encendió la luz. La pequeña furcia, vestida con un sugerente camisón, se sentó de golpe con la esperanza brillando en sus ojos rojos e hinchados. Disfrutó como nunca el cambio que se produjo en ellos, de la esperanza a la confusión, y finalmente de la comprensión al horror.
La vio retroceder en la cama. Ella sabía que estaba atrapada, que nunca se escaparía de él. Adoraba esa sensación de poder, esa expresión de terror en el rostro. Sabía que le había reconocido, y la incredulidad que había en su mirada era encantadora.
Como si se tratara de una serpiente, reptó hacia la cama, y ella se puso en pie de golpe al lado más alejado de él.
Tom esbozó una sonrisa complacida, e hizo un amago de lanzarse a por ella por encima de la cama. Dio un salto asustado y de pronto salió corriendo hacia la puerta de la habitación, justo lo que él quería.
La atrapó por el camisón, y este se rasgó completamente haciendo que la pequeña fulana cayera al suelo sólo con una diminuta braguita. Eso simplificaba mucho las cosas… para él, claro.
Intentó levantarse y la tomó por el pelo obligándola a mantenerse de rodillas. Se inclinó hasta que estuvieron nariz con nariz… por fin.
No quería morir, no quería estar cerca de ese hombre, no quería que la tocara, pero sobre todo, no iba a agredirla sin defenderse. Ahora no estaba inconsciente, y Sirius le había enseñado algunos movimientos… que llevaba siglos sin practicar. No dejaba de preguntarse si sería capaz de quitárselo de encima, al menos, el tiempo justo para llegar al pasillo y pedir ayuda. Pero iba intentarlo. Esta vez no iba a ser igual, no se lo iba a poner fácil.
Notaba el aliento contra su sien, veía los ojos rojos clavados en ella. Hacía unos meses hubiera llorado o suplicado, ahora no iba a darle ese placer. Mantuvo sus ojos castaños fijos en los de él.
-Ah, así que por fin muestras tu verdadera personalidad- le susurró entre dientes- Disfrutaré matándote- afirmó, acercándose un poco más a ella.
Hermione apretó los dientes y respiró hondo pensando en las palabras de Sirius, que siempre le decía que tenía que esperar el momento más oportuno para atacar y buscar de entre las zonas disponibles, las que fueran más sensibles.
Vio como Riddle se acercaba a ella lentamente. No podía creer que fuera capaz de besarla, pero cuando sus labios se posaron sobre los de ella, sintió auténticas nauseas. Nunca le había repugnado algo tanto como esa lengua que intentaba cruzar la barrera de sus labios.
Los separó lentamente permitiendo que se adentrara entre ellos, esperó lo que consideró necesario, y sus dientes se cerraron sobre aquella lengua. Tom Riddle soltó un alarido tratando de separarse, pero Hermione la sostuvo unos instantes más aumentando el daño. Cuando sintió el sabor metálico de la sangre, lo soltó. Riddle se separó llevándose las manos a la boca, pero Hermione fue más rápida y lanzó un fuerte puñetazo hacia arriba que le golpeó en toda la nariz. Tom Riddle cayó al suelo.
No esperó a ver el efecto de su golpe, solo esperaba que le doliera mucho. Se levantó rápido y salió corriendo, pero algo la hizo tropezar y caer. Tom se recuperaba rápido, porque había movido una pierna lo justo para tirarla a tierra.
Hermione, se mordió el labio inferior con los dientes, sintió como el aire se le iba de los pulmones por el fuerte golpe. Estaba aturdida, a sus espaldas solo oía los gemidos de Riddle. Sacudió la cabeza para despejarla mientras trataba de levantarse, y de pronto un peso la atrapó contra el suelo. Tom la había cubierto con su cuerpo impidiéndole levantarse.
-Me gustas más así que atada a una cama- le susurró cerca del oído, notando como la sangre de su agresor resbalaba por su pelo y su mejilla.
Hermione contuvo un gemido cuando notó como sus blancas y frías manos bajaban por su cuerpo hasta sus bragas para tirar de ellas y bajárselas. Dio unas fuertes sacudidas con su cuerpo para quitárselo de encima, pero él pesaba demasiado y ella era muy pequeña. Algo amargo bajó por su garganta cuando notó como algo duro presionaba contra sus glúteos. Esta vez iba a violarla, y no había nada que pudiera impedírselo.
-No es así como deseaba follarte- le susurró pasándole la lengua por la mejilla para introducírsela en el oído- Quería hacerte el amor, amarte lentamente, pero una furcia como tú no merece otra cosa- apretó su miembro entre sus glúteos. Hermione apretó fuertemente las piernas, revolviéndose.
Una ira ciega se apoderó de ella al notar como trataba de hacerse sitio presionando con sus piernas sobre sus rodillas. No iba a violarla. Sin pensar en lo que hacía, sus dedos se clavaron en los ojos rojos con fuerza. Un alarido seguido de diversas maldiciones llenaron la habitación, el peso se aflojó y ella trató de salir de debajo de Riddle, pero de pronto... se encontró vuelta de espaldas, mirándolo fijamente.
-Vas a morir- afirmó mientras sus manos se cerraban sobre su cuello como el abrazo de una boa.
Hermione trató de gritar, de soltarse, de arañarle, de golpearle, pero era imposible soltarse de aquel agarre. El pecho empezó a dolerse, notaba fuertes golpes contra sus sienes, empezó a tratar de tomar aire dando grandes bocanadas. Era inútil, iba a morir estrangulada, y no había nada que hacer... "Harry" pensó, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas. Cada vez lo veía todo más borroso, menos nítido. Le dolía intentar respirar... Iba a morir, tenía que aceptarlo...
Harry se sentó sobresaltado en la cama, tenía la sensación de que algo iba mal con... Hermione. Sacudió la cabeza para quitarse esa impresión, además, ella ya no era responsabilidad suya. Miró la hora en el reloj, eran casi las cuatro de la mañana. Se levantó con pesadez de la cama y se puso un vaso de agua. Distraídamente caminó hacia la ventana. La noche era oscura, sin luna, incluso las luces de los coches parecía no iluminar la calle.
Levantó la vista estudiando las ventanas del hotel e, irremediablemente, sus ojos fueron directos al cuarto de Hermione. Le sorprendió ver que la luz estaba encendida. Forzó la vista, intentando vislumbrarla a través del cristal, para saber qué era lo que estaba haciendo. Entonces, el vaso cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos. La figura de Hermione había caído al suelo con otra más grande encima...
No se detuvo a pensar en nada, simplemente cogió sus pantalones en el camino y salió al pasillo del hotel. Su cuarto estaba a dos pasillos del de la castaña, en aquellos momentos, demasiado lejos.
Salió corriendo sin importarle lo que las personas que se cruzaban con él pudiesen pensar. Solo una vez había tenido tanto miedo por ella, durante el tiroteo en la Isla, y si ahora se sentía igual...
Alcanzó la puerta del cuarto y comprobó el picaporte solo por rutina. En realidad, esperaba tener que echar la puerta abajo, pero la entrada se abrió despacio, revelándole la grotesca imagen que aparecía en el interior.
No pensó, pese a que siempre le habían dicho que para luchar los sentimientos no podían influir. Pero en esos momentos estaba demasiado enfadado como para tranquilizarse. Tom Riddle estaba semidesnudo sentado a horcajadas sobre Hermione, que estaba completamente desnuda. ¡El muy hijo de puta estaba tratando de estrangularla!
Se colocó tras él en dos pasos, y con la fuerza bruta que le daba la ira, lo levantó asiéndolo por el pelo, lanzándolo contra la pared, asegurándose de que se daba con fuerza en la cabeza.
No esperó a ver como Riddle caía al suelo. Se arrodilló junto a Hermione, que estaba pálida como la muerte, con los labios ligeramente amoratados y la tomó en sus brazos para reconocerla. Su corazón latía débil, pero no estaba respirando.
La recostó en el suelo, le tapó la nariz y empezó a insuflarle aire en los pulmones, comprobando cada cierto tiempo si respiraba. Fueron los segundos más angustiosos de sus vida, los de plegarías lanzadas al cielo suplicando que su aire fuera suficiente para que volviera a la vida. Hasta que de pronto… ella empezó a toser y sus ojos se abrieron y lo miraron. Hermione esbozó una débil sonrisa antes de volver a quedar inconsciente, pero ya estaba respirando.
La levantó entre sus brazos para llevarla hasta la cama, pero apenas había dado dos pasos cuando sintió un fuerte impacto contra sus costillas. Oyó el ruido de madera astillándose, y el aire se le escapó de sus pulmones. Trastabilló aturdido y cayó sobre la cama con Hermione bajo él.
Se incorporó pesadamente y resbaló hasta el suelo luchando por respirar. Había cometido un grave error, le había dado la espalda a un enemigo en su afán por salvarla. Se dio la vuelta despacio, con el tiempo justo para ver como un candelabro volaba hacia su cabeza. Lo esquivó, pero le golpeó en el hombro ya herido causándole un terrible dolor. Posiblemente se había salido otra vez del sitio. Aún así, rodó por el suelo y se puso en pie enfrentando a su atacante, ante el maltrecho rostro del senador Riddle.
-Me has interrumpido por última vez, muchacho- siseó con desprecio, dando un paso hacia Harry- En tu afán por proteger a una puta como ella... morirás también.
Asombrado, Harry no fue capaz esquivar con la suficiente rapidez, y se vio lanzado contra la pared, mientras un puño golpeaba contra su rostro. Sacudió la cabeza para despejarse, y esta vez consiguió esquivar el ataque y conectar un golpe en el vientre de Riddle que, sorprendido, se dobló por la mitad agarrándose con fuerza.
Harry se limpió la sangre que caía por su boca, con la mandíbula doliéndole horrores. Riddle lo miró con sus ojos inyectados en sangre y corrió hacia él...
A partir de ahí todo lo que Harry recordaría después estaría confuso en su mente. Luchó contra aquel ser al que la locura parecía darle una fuerza y resistencia sobre humanas. Recordaba golpes difusos y haber impactado contra una de las ventanas rompiendo el cristal. Cada vez estaba más agotado, y sin embargo, Riddle seguía igual.
No supo como acabó en la misma situación que Hermione, con el senador tratando de estrangularle en el suelo. Sólo sabía que no podía fracasar, que no podía dejar a Hermione a manos de ese loco. Trató de revolverse, de luchar contra él, de soltarse de esas tenazas que se cerraban sobre su garganta quitándole el aliento poco a poco. Casi no le quedaban fuerzas, solo veía aquellos ojos negros que parecían refulgir con una furia roja. Le dolían los pulmones y no podía respirar. Una voz, como un siseo, llegó hasta él:
-Pequeño león… - susurró Riddle inclinándose sobre él, haciendo que la presión en el cuello se suavizase imperceptiblemente. Harry no podía moverse, lo estaba embrujando con el sonido de su voz. Riddle lo miraba como si quisiera convertirlo en su confidente- Dentro de poco estarás muerto y ella será mía- Harry, hipnotizado, clavó sus ojos en el rostro de Riddle, que de pronto esbozó una sonrisa aviesa, casi como un niño- ¿Y sabes…? Primero la poseeré y la haré gemir como a una sucia furcia, tentándola. La volveré loca de deseo, y antes de que explote… saldré de ella y me derramaré fuera, porque esa fulana no merece que mi perfecta simiente llene su cuerpo- El senador disfrutó con todas y cada una de las palabras. Su hermoso rostro se había torcido en una mueca enloquecida - Luego le daré el aspecto que merece, magullaré su hermoso cuerpo y la dejaré tan destruida que ni tan solo ella será capaz de reconocer el monstruo en que la he convertido- siguió. A medida que sus malvadas palabras salían de sus labios, las manos se cerraron con más fuerza sobre el cuello de Harry, que se vio liberado del hechizo que lo había mantenido quieto. Empezó a moverse desesperado- Y cuando aúlle de dolor y me pida una muerte rápida… le administraré un fuerte veneno que la tendrá agonizando durante horas en medio de dolor.
Una furia ciega se adueño de Harry, tan ciega que le daba igual morir, pero no iba a permitir que ese monstruo quedara con vida para hacer sufrir a Hermione de esa manera.
Con la fuerza que le dio la ira, lo empujó logrando soltarse. Tom abrió los ojos sorprendido. Los pulmones le dolieron por la repentina entrada de aire, pero se puso en pie y fue capaz de clavar una fuerte patada en su adversario, haciendo que trastabillase con la pata de una mesa. Con el choque, Tom se precipitó hacia la ventana, moviendo los brazos de manera grotesca tratando de agarrarse a algo, con la expresión contorsionada en una mueca de incredulidad. Harry cerró los ojos, pero hasta sus oídos, llegó un gemido ahogado.
Lentamente, abrió los ojos, y aturdido, miró a su alrededor, para descubrir que la mitad del cuerpo del Senador Tom Riddle colgaba de la ventana hacia fuera con un enorme y afilado vidrio atravesando su estómago.
Harry se limpió la sangre que bajaba por su boca y se agarró el hombro con fuerza. Sentía la cabeza embotada, y el cuello le dolía terriblemente. Con seguridad, al día siguiente tendría cientos de moratones. Trastabilló avanzando hacia la ventana. La sangre manaba a borbotones de la boca del senador, y en sus ojos había quedado una expresión de muda sorpresa. Pero la vida le había abandonado.
Cayó al suelo, agotado. Antes de que todo se volviera oscuro, lo único que pudo pensar es que, por fin, Hermione estaba a salvo, y que todo, todo... había acabado.
F I N
¿Y bien?... ¿Estoy oyendo epílogo?
Todo es posible
¡¡Hasta luego!!
