Capítulo 13

¿Alguna vez te has preguntado si aquello que sabes o crees saber es cierto? O ¿qué pasaría si vivieras con creencias erradas? Te digo esto porque muchas veces, sin siquiera saberlo, vivimos en una mentira. Nuestros prejuicios, aunque creamos no tenerlos, acompañados de lo que creemos, sabemos, o creemos saber, nos crean un velo que opaca nuestro juicio y, las más de las veces, determinan el proceder de nuestras acciones. Si estuvieras errado ¿te gustaría saberlo? O ¿preferirías seguir viviendo una mentira antes de sufrir a causa de la verdad? Si eres de los valientes que preferirían la verdad, creo oportuno hacerte saber que "existen verdades que llenan el corazón de desesperación y no agrada hablar de ellas, salvo que se disponga de un escudo contra la desesperanza". Porque, recuérdalo: "el que busca la verdad corre riesgo de encontrarla".

¿Qué había pasado después de haberse enterado de aquello que Candy, sin saber, le había confesado? A penas podía recordarlo. Ahora, sentado frente al imponente escritorio de caoba de su estudio, intentaba poner en orden sus ideas, mientras esperaba que su auxiliar llegara.

En cuanto había llegado a la casa, caminando a trompicones, entró a su estudio, se sirvió un poco de whisky y telefoneó a George Johnson, su auxiliar y mano derecha desde hacía muchísimo tiempo. "Es una emergencia" fue lo único que le dijo y colgó.

Tenía un par de libros frente a él, Candy se los había dado "Lily los disfrutará mucho" la había escuchado decir. ¿Cómo era posible que ella fuera esa mujer a la que había dejado gravemente herida en un país lejano? ¿Cómo era posible que ella no se hubiese dado cuenta de que él, su hija y sus sobrinos eran la familia que "su Tony" renegaba? ¿Cómo era posible que él hubiese creído que una mujer que decía amar a su sobrino con tanta fuerza lo hubiera olvidado tan fácilmente? ¿Cómo era posible que las cosas hubieran dado ese vuelco tan terrible?

Verla tan triste, lo había hecho sentir fatal, pero saber que gran parte de su tristeza se debía a acciones que, de cierto modo, él había provocado era mucho peor.

No queriendo dejar que sus pensamientos dieran más vueltas en su cabeza, bajó la vista y la posó sobre los libros que ella le había dado. Eran tres grandes tomos de pasta dura, empastados en piel. Sus títulos resplandecían con letras doradas y, dentro de todos, había hermosas ilustraciones. Tomó el primer libro, lo hojeó y después lo puso a un lado, tomó el segundo e hizo exactamente lo mismo, finalmente vio el tercero y decidió sólo acariciar su lomo. Eran tres extensas compilaciones de cuentos de Christian Andersen, los Hermanos Grimm y Perrault. "Léele el cuento que quieras, pero por favor déjame Los Cisnes Salvajes a mí". El eco de la voz de Candy, resonaba en sus oídos.

Necesitaba saber ¿qué había pasado? Lo necesitaba de verdad. Pero ante todo, lo necesitaba, porque debía aclarar las cosas con ella. "Dios, ¿cómo voy a decirle la verdad? ¿Cómo?". En eso pensaba cuando escuchó que tocaban la puerta. "Adelante" dijo.

Una de las dos hojas de la enorme puerta de su estudió se abrió, y al hacerlo, dejó entrar la imponente figura de George. Alto, bien parecido, un poco mayor que Albert, de cabello oscuro y enfundado en un impecable traje negro. Siempre había sido parte de la familia, incluso tenía su propio juego de llaves para entrar a la mansión cuando él quisiera, pero nunca iba, a menos que alguien se lo pidiera. Como había sucedido esa noche. Cerró la puerta tras él y, con mirar preocupado, caminó hacia el rubio que lo esperaba.

¿Pasa algo? – preguntó sin mayor preámbulo.

George, necesito que me cuentes todo lo que recuerdes de lo que sucedió después de la muerte de Anthony – la voz de Albert delataba su mal estado. Sus palabras salieron atropelladas de su boca.

Puedo preguntar ¿por qué?

Sólo dime lo que te pido George, por favor. Necesito saber cada detalle.

Te he contado todo lo que sé, en muchas ocasiones, incluso te hice llegar toda la información por escrito.

Eso lo sé George – musitó Albert con tono desesperado – pero debes haber pasado algo por alto.

¿Qué sucede William? – "William", "el Tío William" había dicho ella. Se había intentado comunicar con él pero él la había rechazado. Al notar el estado de ánimo tan poco común en el rubio George dijo – ¿Qué es lo que quieres saber? Sé específico.

¿Qué fue lo que pasó con la chica que viajaba con mi sobrino?

Se repuso, fue dada de alta y regresó a casa.

Eso ya lo sé – arremetió Albert.

Tranquilízate ¿quieres? Ella estuvo internada alrededor de mes y medio. Pasó inconsciente al menos dos semanas. Después de pasar algún tiempo en observación y reponerse de sus heridas, fue dada de alta. Una vez fuera del hospital, tomó el primer vuelo de regreso a Chicago y… no sé qué más deseas saber.

¿Sabías su nombre?

Tú también. Se llama Candice Withe. Tengo entendido que es una mujer famosa ahora.

Eso es irrelevante. ¿Alguna vez intentó comunicarse conmigo?

En dos ocasiones. La primera, cuando te envió de regreso el cheque que dejaste para cubrir sus gastos y hubo otra, pero estabas de viaje y habías dejado instrucciones muy claras de no ser molestado a menos que fuera una emergencia.

Esa era una emergencia.

De haberlo sido, la señorita habría tratado de volver a comunicarse y no lo hizo.

Ella sólo quería saber dónde habíamos enterrado a Anthony.

¿No lo sabía?

Al parecer, mi sobrino nunca le dijo que era un Andrew. Ella ha estado buscando algún mausoleo de la Familia Brown por tres años.

¿Cómo lo sabes?

Eso no importa ahora. Lo único que importa es ¿cómo le voy a explicar que no quise hacerle daño?

Unas cuantas horas más pasaron y, después de intentar tranquilizar un poco a Albert y hacerlo contarle cómo Candy había reaparecido en su vida, George se marchó, con la promesa de ayudarlo a solucionar las cosas lo más pronto posible.

Albert pasó unos momentos más en su estudio, contemplando a la nada, escuchando el tintineo de los hielos en su vaso y acariciando los lomos de piel de los libros que tenía en frente. Después, subió a su recámara, fue directamente al cuarto de baño, necesitaba relajarse un poco antes de meterse a la cama, así que se dio una rápida ducha con agua tibia, se vistió para dormir y salió. Al acercarse a la cama vio un pequeño paquete sobre las almohadas, intrigado lo tomó. Seguramente Lilly le había hecho algo en la escuela. Era una pequeña caja de madera. Un delgado listón dorado la envolvía, impidiendo que se abriera. Desanudó el listón y abrió la tapa.

Dentro había un paquete de cuerdas para violín, cinco tubos de pintura para óleos y una nota. La letra no era de Lilly.

"Nunca desistas de tus sueños.

Candy"

Observó detenidamente la nota y el contenido de la caja. Candy sabía lo mucho que extrañaba tocar, había logrado ver la melancolía que sus ojos reflejaban cuando un violín estaba en sus manos, lo había escuchado también hablar con añoranza de su temporada de artista. Ella buscaba regresarle un poco de la esperanza perdida, a él, a quien, sin saberlo aún, ella creía el peor de los villanos.

Candy llegó muy temprano a casa, dispuesta a refugiarse bajo el abrazo protector de dos hermosas mujeres que la esperaban, no con los brazos, sino con el corazón abierto. Ambas sabían lo difícil que eran esos días para ella, así que procuraron hacerle las cosas más fáciles. Todos los preparativos estaban listos, todas las rosas cortadas.

El sábado pasó sin pena ni gloria y el domingo, por doloroso que fuera, pasó tranquilo. Candy hizo, como lo acostumbraban, una pequeña ceremonia en honor a Tony, llevó flores al lugar que más se lo recordaba y pasó el día entero hablando con él, fingiendo escuchar su voz en los murmullos del viento. Lloró, lloró mucho rato, pero extrañamente se sentía mucho mejor que en otras ocasiones. Este año no había sido tan difícil como los anteriores, quizás porque, después de tres largos años, su corazón comenzaba a sanar, tal vez porque finalmente había decidido aceptar que él había partido o, quizás porque había encontrado una nueva ilusión y la vida comenzaba a sonreírle de nuevo. No lo sabía, pero lo que sí sabía era que estaba bien, o al menos sentía que estaba a punto de estarlo.

La cercanía de su familia le sentaba de maravilla así que decidió pasar algunos días más con ellos. Avisó a su editor, a la cafetería e intentó comunicarse con Albert, Lilly debía saber que no estaría con ella al menos dos días más, pero Patty le dijo que Albert no podía atenderla, pero que ella le pasaría el mensaje.

Esos dos días extras fueron energizantes. La compañía de sus madres y hermanos era algo que solía hacerla olvidar todo, el estrés, los problemas, la falta de inspiración, la tristeza. Los niños siempre le daban ideas para nuevas historias, para nuevos personajes. Fueron días hermosos.

Finalmente el miércoles por la mañana regresó a su departamento. Tenía mucho trabajo, se decía, pero en realidad había otras razones para regresar, dos para ser exactos, ambas de rubios cabellos y ojos azules.

En cuanto llegó se dio un baño, tomó una taza de café, escribió un rato y alrededor de las dos de la tarde se dispuso a salir. Cuando llegó a la oficina de Albert, le pidió a Flammy que la anunciara, pocos segundos después de que la mujer entrara a la sala de juntas, que se había vuelto el salón de juegos de Lilly, la pequeña salió corriendo a su encuentro. Le dijo que la había extrañado mucho y que tenían muchas cosas que hacer. Albert salió tras ella. Le sonrió a Candy con una sonrisa que ella no logró descifrar del todo. Parecía cansado, como si no hubiese logrado conciliar el sueño en varios días. Bajo sus ojos, oscuras ojeras ensombrecían el brillo de su mirada. Candy le preguntó si todo iba bien y él contestó que sí, pero que había estado trabajando por las noches para poder dedicarle la tarde a Lilly, era su última semana con él, Michael regresaría de su congreso ese mismo fin de semana. Después de prometerles alcanzarlas en un par de horas, Candy y Lilly salieron de la oficina rumbo a la mansión Andrew.

Lilly le pidió que le contara todo lo que había hecho y después de que Candy narró a detalle – omitiendo la parte de la ceremonia – la niña le contó lo que ella había hecho. Narró con mucha emoción, como el domingo, muy temprano por la mañana, su papá y sus tíos la habían llevado a un lugar hermoso y que todos, incluso ella, iban vestidos con su ropa tradicional escocesa, porque todos eran escoceses, y sus tíos y papá habían tocado música con gaitas, que para ella sonaban como "caracoles arrastrándose" pero para los demás tenía un sonido demasiado bello. Después la habían llevado a comer mucho helado, al cine y a jugar al parque, todos juntos, como una gran familia, incluyendo al amigo de su papá.

Candy la escuchó con detenimiento y, antes de las seis de la tarde, Albert se reunió con ellas. Jugaron un rato más, los tres juntos, luego cenaron y llevaron a Lilly a recostarse temprano. Ella pidió que esa noche fuera su papá quien le contara un cuento, así que, siendo fiel al pedido de Candy, Albert tomó el libro de los hermanos Grimm y leyó la cenicienta.

Una vez que Lilly se durmió, ambos adultos salieron de la recámara. Candy iba a pedirle a Albert que la llevara a casa, pero él le pidió que se quedara un rato a charlar con él. Hubo algo en su forma de mirarla mientras se lo pedía, casi suplicante, que Candy no pudo resistirse. Estuvieron hablando de miles de cosas. Albert parecía dispuesto a dejarla conocerlo, al Albert real, no al hombre taciturno y apesadumbrado que veía casi siempre. Tenía una sonrisa hermosa, pero sus ojos, aunque luchaban por parecer alegres no lo lograban.

Hicieron lo mismo el jueves y el viernes. Candy llegaba por Lilly y, generalmente a las seis de la tarde, Albert llegaba a unirse a ellas, a sus juegos, a sus sonrisas. El sábado, Lilly finalmente le pidió a Candy que le leyera el cuento que estaba reservando para ella.

Era una historia muy bella, que narraba las aventuras de una pequeña princesa, llamada Elisa, que tuvo que renunciar a su casa, a su voz y al contacto con cualquier otro ser humano, para poder romper el cruel hechizo que una bruja había lanzado contra sus once hermanos. A causa de ese hechizo, los príncipes vivían como cisnes por las mañanas y, por las tardes, al ponerse el sol, volvían a ser humanos. Para poder romper el hechizo la pequeña pasó largos años, tejiendo suéteres con un estambre que ella hacía con hojas de ortiga, lo que creaba dolorosas heridas a sus manos, pero su sufrimiento habría valido la pena si lograba salvar a sus hermanos. Algún tiempo antes de que terminara los once suéteres, fue encontrada por un grupo de cazadores, que decidieron llevarla con ellos al castillo de su rey. El joven soberano, impresionado por su belleza y dedicación, se enamoró profundamente de ella, aún cuando nunca hubiesen conversado. Pero, como en todo cuento, la bruja reapareció en la vida de la princesa, y sabiendo que el rey se había enamorado de ella y que además, ella tejía un contra hechizo para los príncipes, la acusó de bruja. Le tendió una trampa y la princesa fue apresada. El rey se negaba a creer que una mujer tan hermosa e inocente pudiera ser en realidad una cruel bruja, así que pidió que se le hiciera un juicio, el pueblo entero estaba expectante. El rey casi logró convencer al pueblo de la inocencia de la princesa, pero entonces, la malvada hechicera pidió hacer algunas pruebas para demostrar que bajo ese rostro tan hermoso se escondía una terrible bruja. Se acercó a ella y, sabiendo que el más pequeño sonido que saliera de la boca de la joven acarrearía la muerte de sus hermanos, le clavó en repetidas ocasiones una puntiaguda aguja en los pies. La princesa lloró, con llanto mudo, pero no permitió que su voz la traicionara. Entonces, fue condenada a morir en la hoguera. El rey, desesperado, le imploró que le explicará quién era y porqué se negaba a hablar, pero la princesa no dijo nada, lo único que hizo fue implorarle con la mirada que no le quitaran su tejido. El día de cumplir su condena llegó y sólo una manga le faltaba para completar los once suéteres. Fue llevada a la pira, atada a un tronco alto y el fuego comenzó a rodearla, pero ella seguía tejiendo. Entonces, a lo lejos, pudo vislumbrar once borrosas formas blancas que se acercaban a ella volando, y logró ver el resplandor que despedían las coronas que los cisnes llevaban en la cabeza. Haciendo acopio de todas sus fuerzas aventó la cesta en la que estaban los suéteres y los cisnes, uno a uno, al ponérselos, comenzaron a retomar su forma humana. Al estar en tierra de nuevo, el mayor de los hermanos corrió a auxiliar a la princesa y al verlos ya a todos convertidos, por fin volvió a hablar, agradeciendo a los cielos haberle permitido terminar su tarea. Los príncipes explicaron al rey todo lo que les había sucedido y el monarca furioso desterró por siempre a la bruja. Después de un tiempo desposó a la princesa y todos vivieron felices por siempre.

Cuando Candy terminó la lectura, Lilly dormía profundamente, Albert la miraba absorto, ella le sonrió y dijo:

Es mi favorito.

Salieron de la recámara de Lilly y Candy se encaminó a la cocina, que era el lugar favorito que tenían ella y Albert para conversar, pero él tomó su mano y la dirigió a otro lugar.

Cuando entraron, un olor extraño inundo los sentidos de la rubia y, cuando Albert encendió la luz, ella pudo ver la otra faceta de él que aún le era desconocida. Sobre distintos caballetes había al menos siete pinturas al óleo, todas pintadas con gran maestría, con colores vivos y escenas impactantes.

Creo que he encontrado al ilustrador de mis libros – dijo Candy sonriendo. Albert sonrió también.

Ahora, creo que ya me conoces Candy, esto es lo que soy. Casi lo había olvidado, pero tú me ayudaste a recuperarlo, ahora sólo tengo que encontrar una forma de acoplarlo al resto de mi vida – ella sonrió complacida.

Gracias por permitirme ser parte de esto Albert, me siento honrada – dijo ella con profundo sentimiento "sólo quiero que veas que no soy un mal hombre" pensaba él al escucharla "quiero que cuando te diga quién soy en realidad no me odies. no soy un mal hombre".

No, Candy, gracias a ti.

¿Hay algo más que quieras decirme? – preguntó ella, notando de nuevo ese matiz extraño en sus ojos.

Sí, pero no hoy. Hoy ya es tarde y debo llevarte a casa – ella sonrió y se dejó guiar.

Como siempre pasaron el trayecto en coche en silencio. Eso era algo muy agradable, disfrutar de un profundo silencio en compañía de alguien, dejando que sus sentidos disfrutaran de todo, el aroma de sus perfumes, el pausado sonido de sus respiraciones, los colores de la noche.

Cuando llegaron a casa, como siempre Albert bajó a abrirle la puerta del carro y la acompañó hasta la puerta. Estaban despidiéndose cuando ella lo jaló hacia sí con fuerza.

¡Escóndeme! – fue lo único que dijo.

La fuerza que había usado al jalar a Albert, quizás no había sido mucha, pero lo había tomado por sorpresa y él, en busca de no perder el equilibrio y caer, dio un paso hacia adelante y puso ambas manos contra la pared, aprisionando con su cuerpo a Candy.

Todo alrededor de ellos se borró en el mismo instante en que sus miradas se cruzaron. Candy lo tenía agarrado de las solapas del saco y él tenía los brazos a ambos lados de su cabeza, estaban muy cerca, demasiado, con las miradas enganchadas. Él entonces, por un solo segundo, bajó los ojos hacia los labios de ella y no pudo pensar más que en besarlos, acariciarlos con los suyos, recorrerlos con su aliento, disfrutarlos. Cuando levantó la mirada vio que ella había cerrado los ojos y eso fue para él una clara invitación para sucumbir a sus deseos.

Poco a poco fue recortando la poca distancia que había entre ellos. Sintió como el aliento de Candy rozaba la piel de su mentón y decidió mover una de sus manos, del muro, al cuello de Candy, la atrajo hacía él cubriendo de esa manera los últimos milímetros que separaban sus bocas.

Presionó sus labios contra los de ella, con timidez al principio – hacía mucho tiempo que no besaba a alguien – luego al no sentirse rechazado, comenzó a moverse con más decisión, reconociendo, a cada diminuto movimiento, la pequeña superficie de los labios de Candy, hasta que finalmente ambos entreabrieron la boca para permitir que sus lenguas se reconocieran.

Antes de separarse de ella, él dio, con su lengua, una pequeña y final caricia sobre su labio inferior y se apartó, con los ojos cerrados y el corazón desbocado.

Cuando abrió los ojos se encontró frente a frente con los ojos verdes de Candy, quien le sonreía ampliamente, él le devolvió la sonrisa y la abrazó con cariño. Pero una voz, por demás familiar, rompió el momento.

Pero mira nada más lo que tenemos aquí – dijo una mujer que él reconoció al instante – veo que tres años han sido suficientes para olvidar a mi querido primo.

Déjame en paz Eliza – respondió Candy. Albert estaba pasmado, si Eliza lo reconocía…

¡Neal! – Gritó – mira a quién acabo de encontrar.

No tengo porque soportar tus impertinencias Eliza – fue la respuesta de Candy y de inmediato se giró para abrir la puerta. Pero Eliza intentó frenarla y en ese momento identificó el rostro del hombre que acompañaba a Candy.

Vaya, vaya. Esto sí que no me lo esperaba – Albert le lanzó una mirada amenazadora pero Eliza continuó – así que cambiaste a Anthony por el pez más gordo de la familia – Candy se volteó a verla desconcertada.

No sé a qué te refieres Eliza.

Pero si es claro como el agua. Al saber que perdías la fortuna de mi primo decidiste ir en busca del más poderoso de nosotros. Deberías tener más cuidado con la clase de mujeres con las que sales Tío William – y todo se hizo pedazos.

¿De qué estás hablando? – dijo Candy, su respiración se había acelerado.

No finjas demencia Candy. este hombre al que te vi besar es ni más ni menos que el Tío William Andrew, el patriarca de nuestra familia y tú lo sabes bien.

El apellido de Tony era Brown y este hombre se llama Albert Andrew.

No me digas que en verdad no lo sabías – dijo Eliza fingiendo sentirse atormentada – el apellido de Anthony, efectivamente era Brown, pero su madre era ni más ni menos que Rose Andrew la hermana del Tío William, cuyo segundo nombre es Albert. Así que querida, te aclaro los nombres, tu querido Tony era ni más ni menos que Anthony Brown Andrew, hijo de Rose, la hermana del Tío William Albert Andrew.

¿Es cierto eso? – preguntó Candy casi en un susurro viendo directamente a Albert. Déjame explicarte – suplicó él.

¡Lárgate! No quiero volver a verte en mi vida.

Candy por favor…

¡Vete!

Candy… – su voz apenas lograba escucharse y sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero a ella eso pareció no importarle. Dos rebeldes lágrimas cayeron de los ojos verdes de ella y entonces lo abofeteó.

¡No lo entiendes! – gritó – no quiero verte ¿sabes por qué? Porque te odio. Te odio, a ti, al estúpido Tío William. ¡No sabes cuánto te odio!

Entonces entró al edificio, dejándolo a él en el estado en el que quedan aquellos desdichados que han alcanzado tocar el cielo, para después perder sus alas y caer… caer hasta tocar el fondo del más profundo de los abismos.