DisclaimerNi Harry Potter ni Twilight me pertenecen, todo tiene sus respectivas autoras. Yo solo me encargo de pasarlos por la licuadora.

¡He batido mi propio récord de rapidez! ¡Solo un mes! ¡Y tiene 20 páginas!

¡Disfruten con la lectura!


Capítulo XIII

¿Ah, sí? ¿Y cuánta sangre ''limpia'' tienes tú, Malfoy?

Airado, el Slytherin estaba a punto de contestar cuando les llegó a los oídos una voz suave y susurrante.

¿Hay algún problema?

Malfoy miró con frialdad al recién llegado.

—Ninguno, señor.

Carlisle Cullen les miró a ambos con cierto aire de sospecha. Aunque Malfoy creyó entrever un brillo de suspicacia al posar sus ojos sobre él.

—Entonces os sugiero que no habléis en voz tan alta. La bibliotecaria y otros alumnos están trabajando.

—Sí, señor —respondieron.

Se quedaron los dos firmes como estatuas en su sitio, fulminándose con los ojos el uno al otro. Carlisle suspiró.

—Sospecho que no habrá paz en la biblioteca a menos que vosotros dos os separéis. Así que, sintiéndolo mucho, creo que uno de los dos deberá abandonar esta mesa.

Ambos contestaron a la vez.

—Que lo haga él —replicó Hermione indignada.

—Que lo haga la sangre sucia. Yo tengo más derecho que ella a estar aquí —repuso el Slytherin, furioso.

Hermione parecía a punto de decir algo, pero Carlisle la acalló con un gesto.

—Por favor, señor Malfoy, no insulte a sus compañeros ni difame cosas absurdas que no son ciertas. Del mismo modo, no voy a empezar a discutir temas tan polémicos con usted en este lugar. Le agradecería, así mismo, que no me hable en ese tono. Y dado que parece que ninguno de los dos dará su brazo a torcer, prefiero que los dos os marchéis de esta mesa. Los dos perderéis cinco puntos por vuestra casa, por desorden público. No habrá más discusiones —cortó en seco las palabras que no habían salido siquiera de la boca del chico—. ¿Alguna queja, señorita Granger? Le aconsejo que no le busque más problemas a Gryffindor. Ayer anoche, los leones perdieron más de doscientos puntos. Estáis en números rojos.

Hermione percibía un mensaje subliminal en las palabras de Carlisle: prudencia, cuidado, celo.

—No, señor.

—Bien, marchaos los dos.

Hermione bufaba por lo bajo con indignación mientras cogía los libros y los sujetaba como buenamente podía con ambos brazos. Draco Malfoy tomó su mochila con rapidez y se marchó, no sin antes lanzar una fría mirada a Hermione y a Carlisle.

Carlisle salió de la biblioteca con el ceño fruncido. Había salido de la torre en cuanto el sol se había ocultado para dar una vuelta por el castillo y observar cómo interactuaban los alumnos de las diferentes casas fuera de las aulas. Y no le había gustado lo que había visto.

Los alumnos, sobre todo los más pequeños, caminaban apiñados por los pasillos, como si temieran que los atacaran en cualquier momento. Los mayores mantenían una mano constantemente en los bolsillos, donde Carlisle adivinaba que se hallaría la varita. Se movían como si alguien fuera a saltar encima de ellos en cualquier momento. Caminaban silenciosamente, con un objetivo fijo en mente. Nadie se detenía a charlar y casi ni se atrevían a hablar en voz más alta que un susurro.

Tampoco los profesores paseaban por los pasillos. Permanecían recluidos en sus despachos, y solo Alecto Carrow se hallaba en el patio, controlando a los niños. Pero su control era tan férreo, que los niños no se atrevían casi a respirar siquiera.

La mortífaga no ocultaba su desprecio por los infantes a los que estaba a cargo. Cualquier método era bueno para mostrar su despecho: empujones, sutiles zancadillas, insultos, amenazas veladas... Pero jamás lo hacía con los alumnos de su propia casa. Solo con los de las demás. Cuando Carlisle había pasado por su lado, tampoco contuvo su lengua para soltar un mordaz comentario acerca de la gente que tenía demasiado tiempo libre.

Pero eran los Slytherin los que llamaban la atención de Carlisle. Parecían hallarse en su salsa, como peces en el agua. Hablaban, reían y alborotaban como los adolescentes despreocupados que eran. La guerra no parecía importarles y se comportaban como si no estuviera muriendo gente todos los días. Y lo peor era lo que hacían a escondidas.

Un pisotón, comentarios mal intencionados en voz alta, un empujón. Aquellas eran las muestras de hostilidad hacia sus compañeros Gryffindor o Hufflepuff. Mucho más ocasionalmente las desarrollaban contra los Ravenclaw.

A Carlisle le daban náuseas al pensar en lo que había presenciado en un pasillo solitario del tercer piso. Un grupo de Slytherin de quinto habían agarrado por el pelo a una niña de primero que pertenecía a Hufflepuff. Sus padres se habían declarado abiertos seguidores de la Orden del Fénix, pero ella era de sangre mestiza.

No se habían detenido por su Estatus de Sangre. La habían amenazado, le habían insultado y le habían tirado los libros al suelo. Todo porque sus padres eran seguidores de Dumbledore.

Al menos no habían usado la varita, pero Carlisle intuía que no se trataba de un acto de bondad: era mejor no dejar marcas demasiado visibles.

Se acercó sigilosamente y escuchó los maliciosos comentarios de los cuatro Slytherin, que habían acorralado a la niña contra la pared.

—Traidora a la sangre...

—Llorona cobarde e inútil...

—Dime, ¿tus padres son perros? No creo que un par de humanos hayan podido tener a una pedazo de perra como tú...

—Hija de sangre sucia, de tal palo tal astilla...

Al vampiro le había hervido la cabeza de furia mientras escuchaba los comentarios y los sollozos de la niña.

—¿Qué ocurre aquí? —iracundo, había llegado al recodo donde se hallaban los muchachos.

—Nada, señor —contestaron ellos.

—¿¡Nada!? ¡No creo que vuestra compañera llore por nada!

—Los traidores a la sangre no son nuestros compañeros. Nunca los reconoceremos como tales —declaró uno de ellos, un muchacho grande, de mirada inteligente, apreció Carlisle.

El vampiro no se amedrentó.

—No me importan vuestras razones. Habéis acosado y maltratado a una compañera vuestra, que además es menor que vosotros. Ella es solo una y vosotros sois cuatro. Estáis castigados. Perderéis diez puntos para Slytherin. Cada uno. Os quiero el sábado a las doce del mediodía en la puerta de la entrada. Si faltáis, perderéis cincuenta puntos más —se dirigió a la aterrada muchacha—. Ven aquí, pequeña. Te voy a llevar con la enfermera Pomfrey.

La pequeña, llamada Deirdre Powell, le había seguido inmediatamente. Carlisle le ofreció un pañuelo para secarse las mejillas.

—Gracias, de verdad. Pero no me hace falta ir a la enfermería, estoy bien.

Carlisle había sonreído con indulgencia, pero la había llevado de todos modos a la enfermería. Allí, después de que Poppy le ofreciera chocolate y de que se hubiera tranquilizado, Carlisle le dio unos consejos generales a la niña.

—Escúchame bien, Deirdre. Hogwarts es muy peligroso. Ahora mismo, el castillo entero es como un campo de batalla en la que los Slytherin y los defensores de la limpieza de sangre están luchando contra los rebeldes que se niegan a inclinarse ante el Señor Oscuro. Es una batalla silenciosa en la que solos no ganaremos jamás —hizo una pausa—. Aún eres demasiado joven para luchar. Crece. Aprende. Madura. Entonces podrás luchar por tus ideales, sean los que sean. Pero ahora, debes extremar las precauciones.

La niña asintió débilmente.

—Tendré más cuidado.

—No. Tu celo bordeará la paranoia. Nunca más caminarás por los pasillos solitarios como ese. Da igual que tengas que dar un rodeo, pero nunca te adentres sola en esos pasillos. Irás siempre acompañada y ten la varita a mano. Aprende a defenderte y a atacar, aunque sea de un modo tan primitivo como puñetazos, rodillazos o empujones. Vigila tu alrededor. Díselo a tus compañeras de cuarto y a tus amigas. Que se extienda el mensaje. No deseo que os ocurra nada, y para eso, lo primero es saber cuidar de ti misma.

Deirdre asintió, habiendo escuchado atentamente a Carlisle.

—Está bien, señor.

—Si hay algún problema, si sospechas cualquier cosa... Ya sabes que tanto yo como Esme estaremos siempre atentos y disponibles. De hecho, Masen, los McCarty, Hale o Whitlock también pueden ayudarte, así como Black. Pero creo que te sentirás más cómoda conmigo o con Esme.

—Sí —dijo la muchacha, afirmando con la cabeza vigorosamente.

Carlisle dejó la enfermería en aquel momento, sonriendo por última vez a la muchacha.

Lo que nunca supo es que, desde aquel momento, Deirdre Powell lo consideraba un verdadero héroe. Un héroe anónimo que jamás aparecería en los periódicos o los libros de historia, pero que se había ganado toda su admiración y su respeto.


—¿Sabes a que me recuerda todo esto? —preguntó Jasper a Edward mientras daban una vuelta por el segundo piso.

—No. ¿A qué?

—A la época de Hitler. En 1944, cuatro años antes de encontrarme con Alice, recorrí Europa, Estados Unidos y llegué a Japón, incluso. Sentía curiosidad por la guerra —se encogió de hombros—. No sabes cómo me horrorizó todo aquello: la crueldad, el miedo, el terror, la maldad... Los sentimientos que me recorrían a cada paso que daba —se tocó la barbilla, pensativo—. Me alegré de que terminara, aunque los siguiente tres años fueron horribles, en el sentido de que no había nada que atrajera mi atención. Pero es asombroso cómo los magos están haciendo una réplica exacta de la Segunda Guerra Mundial; demasiado exacta, a mi parecer. Los sangre sucia están en la misma posición que los judíos hace cincuenta años. Los mortífagos representan, cómo no, a los partidarios de Hitler.

Edward suspiró y desvió su mirada hacia uno de los ventanales, que daban al lago. Parecía pensativo y melancólico.

—La humanidad sigue cometiendo los mismos errores de antaño. La historia debería servir como un recordatorio de las equivocaciones de los humanos, pero es de humanos el tropezar dos veces con la misma piedra. Supongo que no debería sorprendernos. Hasta nosotros podemos errar dos veces.

—Tienes razón —concedió Jasper.

Caminaban hacia las clases de los Carrow, situadas ambas en el tercer piso. De hecho, estaban en el mismo pasillo, lo cual facilitaba la tarea de ambos. Cuando las cosas se salieran de control, siempre podían pedir la ayuda del otro.

Edward se colocó ante la puerta de la clase de Artes Oscuras (¡qué mal sonaba eso!) y llamó. Una voz, hosca y amenazante, le dijo que entrara.

Amycus Carrow había sacado la varita y se daba golpecitos con ella en la mano. Aquella clase la compartían los Gryffindors y Slytherins de sexto curso. Una muy, pero que muy mala combinación, pensó Edward.

—Ahora que ha llegado nuestro tan esperado invitado —ironizó el profesor y esperó un minuto para que Edward tomara asiento al fondo de la clase—, comenzaremos la clase. Vamos a ver... ¿Qué sabéis de las artes oscuras?

Collin Creevey alzó la mano y Carrow, a regañadientes, le indicó que hablara.

—Las artes oscuras son la sombra de la magia. Se tratan de partes oscuras que no podemos evitar conocer, pero hay que evitarlas a toda costa, para prevenir que nosotros mismos caigamos en la oscuridad. ¡Las artes oscuras deberían ser exterminadas y prohibidas! —pronunció con vehemencia.

Algunos de sus amigos susurraron por lo bajo, mostrando su aprobación.

''¡Bien dicho, Creevey!'' pensaba uno de ellos.

''Te apoyo, amigo.''

''Me pregunto si le hará algo el asqueroso mortífago de mierda... Como se atreva a tocarlo...''

Edward frunció el ceño ante el último pensamiento, procedente de Ginny Weasley. La muchacha contemplaba la situación en silencio, apretando los puños con los brazos cruzados sobre el pecho. Él también estaba preocupado. ¿Qué consecuencias tendría defender esa tesis delante de un declarado seguidor de las artes oscuras?

''Maldito seas, sangre sucia.''

''Veremos si lo repites después de que Carrow termine contigo...''

''No creo que le vaya a ir muy bien si defiende sus ideas en voz tan alta. Debería tener cuidado...''

El que estaba pensando eso era un muchacho pequeño y enjuto. Demasiado delgado para su edad. Edward recordaba haberlo visto aquella mañana al salir de la sala común, pero no había llamado su atención. Examinó un poco más profundamente su mente, mientras escuchaba a Carrow.

—¡Dignas palabras de un verdadero ignorante, muchacho! —rió el profesor, coreado por varios alumnos de Slytherin—. Dime, ¿cómo te llamas?

Sonrió peligrosamente, enseñando los dientes sucios y amarillentos. Pero Creevey no se amedrentó.

—Soy Collin Creevey.

—Señor o profesor.

—Usted no merece el calificativo de profesor.

Edward percibió una exaltación en los ánimos de los alumnos. El profesor sonrió y se acercó al niño.

—Valiente. Muy valiente. Un honorable Gryffindor —le puso una mano en la nuca y le clavó los dedos como garras—. ¿Sabes una cosa?

—No.

—Nunca —se irguió, ya que se había doblado sobre la mesa para mirar al chico a la cara—, nunca he oído el apellido Creevey en el mundo mágico.

Levantó al muchacho tirando de su cuello y lo condujo al frente de la clase. Edward se puso de pie. No iba a permitir que se le hiciera daño al niño, de ninguna de las maneras. Decidió esperar un poco más.

—Dime, sangre sucia —siseó Carrow—, ¿cómo explicarás la ausencia de Creeveys en el mundo mágico? ¿O me dirás que sí hay?

—Mi madre es squib. Mi padre, por otra parte, es primo tercero de los Moore. Me imagino que los conoce —contestó con falsa seguridad.

—Sí, los Moore... Conozco a esa familia —gruñó—, así como he oído hablar de su predilección por muggles y sangre sucias.

Edward decidió intervenir en aquel momento.

—Profesor Carrow, se está desviando del correcto funcionamiento de la clase. Le ruego que vuelva al plan inicial.

El mortífago miró hacia Edward y lo fulminó con la mirada. Se miraron a los ojos, pero el vampiro sabía que apartaría la mirada: Amycus Carrow era un verdadero cobarde, con menos agallas que su hermana, e infinitamente por debajo de otros mortífagos como Bellatrix.

La mente de su contrincante estaba plagada de pensamientos negativos, entre los que dominaban el desprecio hacia él y el desagrado por la situación en general.

—Que vuelva al plan inicial, ¿eh? Lo haré cuando le haya dado una lección a este mald... alumno —se corrigió en el último momento, sospechando que a Masen no le habría gustado que insultara al joven—. Veamos... ¿conoces las tres maldiciones imperdonables, chico? ¿Sabrías nombrarlas?

Collin miró al profesor a la cara y recitó las maldiciones:

—La maldición Cruciatus, Imperius y el Avada Kedavra.

—Muy bien, Creevey. ¿Y sabrías explicarme los efectos de la primera maldición?

Edward comprendió el derrotero de sus preguntas, pero consideró peligroso intervenir. Tenía que esperar un poco más...

—La maldición Cruciatus es conocida por provocar un fuerte dolor imaginario. La víctima es incapaz de luchar contra esta maldición, no existe contra hechizo y puede llevar al mago, o bruja, que la recibe hasta la locura —contestó Creevey.

El muchacho empezaba a entender lo que iba a ocurrir, pero no hizo nada por evitarlo.

Podrían quitarle la seguridad, la paz, la alegría o la inocencia, pero jamás lograrían arrebatarle su libertad, no mientras pudiera expresar su opinión.

—Se te ha olvidado comentar que puede tener fines educativos. De hecho, es una excelente manera de castigar. Y tú necesitas desesperadamente que te den una lección, Creevey... lo estás pidiendo a gritos —Edward, desde las sombras del fondo de la clase, comenzó a acercarse al estrado, sintiendo las miradas de los alumnos fijas en él—. ¡Vamos! Colócate aquí. Eso. Que te vea bien la clase —exclamó satisfecho al empujar al joven hasta tenerlo a un metro de distancia—. ¡Crucio!

Collin Creevey cerró los ojos con fuerza, pero la temida maldición no impactó contra su cuerpo, sino que chocó contra el techo de la clase. Abrió los ojos lentamente, pero el sonido de la voz de Carrow llegó antes a sus oídos.

—¿¡Cómo se atreve a interferir en mis clases!? ¡Ya verá cuando el director se entere de lo que ha hecho!

Edward sujetaba la mano de Carrow en alto y parecía más que enfadado: estaba furioso.

—¡No se atreva a volver a atacar a un alumno, profesor Carrow! ¡Y menos a un alumno menor de edad indefenso! La maldición Cruciatus, junto a las otras que ha mencionado el señor Creevey, están penadas por la ley con cadena perpetua en Azkaban. Si informara de esto en el Ministerio, profesor, sería usted destituido inmediatamente.

El mortífago rió con arrogancia.

—¡Para los seguidores del Señor Oscuro, Masen, no hay nada prohibido! ¡Tu cuerpo se pudrirá antes de que yo entre en Azkaban como preso! —Edward sonrió ante la ironía de sus palabras: casualmente, su cuerpo nunca se pudriría—. Espera y verás, Masen. Informaré de esto al director: no te quepa duda.

Edward lanzó una seca carcajada.

—Haga lo que usted quiera, profesor. Pero le aseguro, que mientras yo esté en Hogwarts, en mi presencia jamás se herirá de forma alguna a ningún niño. Téngalo usted por seguro.

Carrow tiró de su mano para liberarla del agarre de Edward y se la frotó para restablecer la circulación. Miró a Collin, que seguía mirándolos.

—¡Siéntate, Creevey! —rugió el profesor.

Edward seguía mirándole iracundo, preguntándose si debía dejar que siguiera dando clase. El timbre solucionó sus dudas: tocó en aquel momento, liberando a los alumnos del yugo de Carrow... por el momento.


Durante la clase de Estudios Muggles...

Jasper había hecho lo mismo que su hermano y estaba posicionado al fondo de la clase, escuchando atentamente las palabras de la fanática Carrow. Aquella criatura hablaba con verdadero apasionamiento, convicción y seguridad, tanto que Jasper le hubiese admirado si la causa de ese ardor no fuera errónea.

La clase la daban los Hufflepuff y los Gryffindors de séptimo año, que escuchaban con agitación a la profesora. Lo primero que había hecho la mujer al entrar en el aula había sido separar a los amigos y pequeños grupos, dispersándolos. De ese modo, ahora Harry, Ron y Hermione se hallaban en puntas opuestas de la habitación. La ira y la sensación de injusticia les corría por las venas con la fuerza de un río desbordado.

Jasper conocía aquella fuerza. Era la que daba la juventud, la fanfarronería adolescente y el egocentrismo infantil. Él mismo la había sentido cuando era aún humano y se había alistado en el ejército... pero le abandonó como un huracán, saliéndose de su cuerpo a raudales, la primera vez que había tomado un arma en sus manos y había tenido que apuntar con ella a otro ser humano, con una vida, una familia y una identidad. Jasper le había arrebatado la identidad a muchos hombres; tal vez, a demasiados.

Alecto agitaba las manos, esbozaba amplias sonrisas de oreja a oreja que daban miedo y se inclinaba de vez en cuando amenazadoramente sobre la oreja de un estudiante.

—¡Los muggles no son nadie en comparación nuestra! No tienen acceso a la magia, la más poderosa energía que mueve nuestro mundo, la galaxia, el universo entero. Y si no tienen acceso a esa energía, ¿qué son a nuestro lado? ¡Nada!

Completamente harto, Seamus Finnigan levantó la mano. La profesora se giró hacia él y ladró:

—¿Qué quieres, mocoso?

No estaba furiosa, solo molesta por la interrupción.

Pero tampoco Seamus tenía paciencia ya. Dean había huido, ya que se había negado a volver a Hogwarts, incluso con un falso estatus de sangre. No quería volver al que había sido su hogar durante tantos años con un falso sentimiento de seguridad y, aprovechando que había cumplido los diecisiete hacía ya unos meses, se unió a la Orden en verano.

Seamus quería seguir la ruta de su amigo, pero se detuvo a medio camino. Él tenía una madre y un padre. Y sabía perfectamente quién pagaría las consecuencias de su marcha. Así que, a regañadientes, agachó la cabeza y aceptó volver al colegio.

Echaba tanto de menos a su amigo... Y era culpa de esa mujer que Dean no estuviera a su lado en aquel momento.

—Me preguntaba —sonrió irónicamente— la diferencia que habría entre la sangre de los magos y los muggles, según usted.

Alecto sonrió victoriosamente, como si esa hubiese la pregunta a la que quería llegar.

—¿Tu nombre? —susurró con una mueca en los labios.

—Finnigan.

Alecto Carrow parecía menos susceptible a las faltas de respeto que su hermano. De hecho, parecía un poco complacida por la rebeldía de su alumno.

—¿Estatus de Sangre?

—¿Y a usted qué le importa? —exclamó Seamus poniendo las manos sobre la mesa.

Una pequeña ráfaga de calma pasó por debajo de las mesas para tratar de influir sobre el ánimo del muchacho. Aflojó el ceño, pero no dejó de mirar a la profesora con desafío.

Alecto sonrió de nuevo, enseñando sus dientes amarillentos. Una fuerte sensación de seguridad le invadía, y a Jasper no le dio buena espina.

—Me importa porque si no lo sé, tendré que empezar a investigar. Dime, ¿le gustaría a mami que yo le hiciera una visita?

Seamus empalideció y apretó los labios hasta formar un fina línea blanca. Miró fijamente a Alecto Carrow, que le miraba sonriente.

Antes de darse cuenta, ya estaba hablando.

—Sangre mestiza.

—No era tan difícil, ¿a que no? —usaba un tono falsamente amistoso que le puso los pelos de punta a los alumnos–. Ahora bien, como respuesta a la pregunta de Finnigan... los muggles y los hijos de estos que han resultado tocados por la magia... tienen la sangre sucia. La magia es brillante y pura, pero todo aquel que carece de ella es un maldito y horrible deformado. Las criaturas que nacen del vientre de una sucia y despreciable muggle no pueden llamarse magos: tienen la sangre de sus padres, y por ello, están podridos. Y todos aquellos que apoyan a los sangre sucia, son unos traidores a la sangre mágica y a la magia misma.

Empezaba a exaltarse, justo como cuando un fanático habla del objeto de su fanatismo. Pero a Jasper le preocupaba, y seriamente, la crueldad y la astucia de la rechoncha mujer. Había investigado con casi toda seguridad a la mayoría de los alumnos de Gryffindor, para asegurarse de que realmente sangre limpia. Y aquello le había dado armas para herirles. Podía verla regodearse en su auto satisfacción y se moría de ganas por borrarle aquella sonrisa de la cara... pero no tenía herramientas para hacerlo.

Con unas intenciones totalmente opuestas a calmar el ánimo de Alecto, su don reaccionó a sus deseos provocándole una punzada de angustia, de temor, en el pecho. Quería ver cómo le sentaba un poco de su propia medicina.

Pero fue en vano. Carrow tenía un gran control de sus emociones, y reprimió aquella punzada como un tsunami entierra a un hombre. El único indicio visible fue una repentina sudoración de las manos.

No era suficiente, y Jasper lo sabía.

Alecto Carrow era, verdaderamente, una contrincante formidable.

Los alumnos tampoco querían llevar la fiesta en paz, por lo visto. Esta vez fue Hermione Granger quien levantó la mano.

La ''profesora'' la miró como quien mira a una cucaracha que se ha quedado adherida a la suela de su zapato. Granger era una hija de muggles, y todo el mundo en el castillo lo sabía. ¿Quién había revisado sus papeles y le había permitido quedarse en Hogwarts? Nadie lo sabía. ¿Era un infiltrado de la Orden? Seguro.

—¿Sí, señorita sangre sucia? —siseó la serpiente.

Hermione ignoró el insulto y preguntó:

—¿Acaso hay alguna diferencia visible entre la sangre de los magos nacidos de otros magos y los hijos de muggles? ¿No es acaso sangre la que corre en las venas de ambos? ¿Tienen acaso los hijos de muggles alguna deformidad física que les impida desarrollar la magia? —preguntó con desafío.

Como si les hubieran inyectado un subidón de valor, ahora eran más los que levantan las manos, entre ellos Harry, Ron, Lavender, Neville y Justin Finch-Fletchley.

Carrow la miró, atentamente, examinándola. Sacó la varita y la agitó ante los ojos de Hermione, que deslizó silenciosamente la mano hasta el bolsillo de su túnica. Como autómatas, Harry y Ron imitaron el gesto de su amiga.

Apareció un pequeño puñal, del tamaño de una mano adulta. La hoja de doble filo brillaba gracias a la luz que entraba por la ventana.

—Entonces, comprobemos lo sucia que tienes tú la sangre, asquerosa muggle.

—¡Le ordeno que se detenga, profesora Carrow! —exclamó Jasper al ver lo que se disponía a hacer.

No hacía falta ser un genio para saber lo que iba a pasar. La mortífaga sostenía el arma con intenciones sádicas y malvadas, sin amedrentarse ante el tono de Jasper.

—Solo contestaré a la pregunta que se me ha hecho, señor Masen.

—Yo soy Hale, y le vuelvo a repetir que baje el arma, profesora —dijo el vampiro acercándose a ella.

Sabía lo que ocurriría si a la profesora se le ocurría pasar el filo del cuchillo por la piel de Granger. Atacaría sin piedad a la muchacha, y entonces, adiós a la muchacha y a la confianza que depositaban algunos alumnos en ellos.

—Y yo soy Alecto Carrow, subdirectora de este maldito lugar, y le repito que solo voy a contestar a la pregunta que me ha hecho esta despreciable sangre sucia.

—Ya de paso, le rogaría encarecidamente que no insultara a los alumnos. Baje el puñal —pidió marcando cada palabra con una dureza especial. A cada palabra pronunciada, le había añadido un golpe de miedo, un agobio y un temor desconocidos para ella.

Casi inconscientemente, agitó la varita de nuevo para que el arma desapareciera. Pero no estaba satisfecha. Su sumisión a los deseos del vampiro habían despertado la rebelión en su interior. No estaba contenta con lo que había provocado, y sentía aún los ojos desafiantes de Hermione clavados en ella.

—Castigada, señorita Granger. Conmigo el viernes a las doce.

El resto de la clase pasó entre el monólogo de Carrow. Los alumnos estaban muy tensos, pero considerando la suerte que habían tenido de que Jasper interviniera, no querían forzarla más.

A la salida de clases, Jasper se reunió con Edward en el pasillo y se encaminaron hacia su torre. Andaban en silencio, fijando su mirada en los alumnos que iban de una clase a otra, cabizbajos y hablando en susurros.

Muchas miradas se centraron en ellos mientras pasaban. Les había salvado el pellejo a más de uno a lo largo del día. Costaba sudor y esfuerzo mantener a los Carrow controlados, y Jasper estaba pensando en proponerle a Edward que cambiaran los puestos, dada la afición de Alecto de usar cuchillos y ver la sangre.

—Sabes que lo haría si quisieras —musitó su hermano.

Vigilaban estrechamente a los Slytherin, pero no veían nada sospechoso.

Porque la bomba había estallado hacía rato en el sexto piso. Había un corrillo de alumnos alrededor de otros dos que se lanzaban hechizos sin ton ni son.

Participantes en la pelea: un Ravenclaw (algo que le pareció muy raro a Edward, pues la noche anterior había aprendido que su casa estaba compuesta por alumnos muy inteligentes y racionales, más inclinados al diálogo que a la violencia) y una muchacha (''¿Una Hufflepuff?'' pensó Jasper con extrañeza).

Del corro salían de vez en cuando los alumnos que habían recibido los hechizos perdidos: una chica tenía la cara cubierta de furúnculos y a otro, desmayado, lo transportaban dos de sus compañeros hacia la enfermería. Ningún profesor a la vista.

Se abrieron paso entre la multitud hasta que la gente empezó a darse cuenta de quién estaba allí, de modo que en vez de tener que apartar a los niños, se quitaban del camino de los hermanos ellos solos.

Un hechizo perdido estuvo a punto de chocar contra el hombro de Edward, pero el vampiro, previendo lo que iba a pasar, se apartó de su trayectoria. Esquivó algunos hechizos más de la Hufflepuff cuyo nombre desconocía y sujetó firmemente a su compañero de casa entre sus manos.

—¡Deteneos! ¡Estáis los dos castigados y vendréis con Edward y conmigo! —gritó Jasper mientras calmaba la ira de la chica.

Su hermano también tenía controlado al muchacho. Aunque la pelea ya había pasado, aún había unos cuantos alumnos que curioseaban por allí. Un muchacho hizo un ademán de acercarse a Edward.

—Te recomiendo que vuelvas a tu sala común, muchacho —le aconsejó Jasper. Y mirando a los demás curiosos, gritó de nuevo—. ¡Venga, vamos! ¡Todos fuera! ¡El espectáculo ha terminado!

Empezaron a caminar mientras Edward se dirigía al Ravenclaw.

—¿Sabía que no es de muy buena educación atacar a una señorita?

—Ella fue la primera —gruñó.

Jasper se dio la vuelta y enfrentó directamente al chico.

—Me da absolutamente igual... eh...

—Ackerley. Stewart Ackerley.

—¿Y usted, señorita?

—Laura Madley.

Edward esbozó una sonrisa cansada que estuvo a punto de derretir a la muchacha.

—Muy bien. Para empezar, ambos han perdido quince puntos —anunció.

—¿¡Qué!? ¡No es justo! —exclamó Madley desencantada de la amabilidad de Edward.

Ackerley se revolvió bajo la mano de Edward.

—¡No seas hipócrita, Madley! ¡Tú insultaste primero a mis padres!

La tarde sería muy, pero que muy, larga...


Harry y Ron caminaban por uno de los atajos del mapa del merodeador. Se habían asegurado de que no habría nadie cerca ya que Harry quería contarle algo a Ron. El muchacho pelirrojo parecía impaciente, ya que pronto sería la hora de cenar. Lo único que la guerra no había conseguido quitarle era el apetito.

—Bueno, aquí estamos. ¿Qué quieres? Mientras no quieras confesarme que te has enamorado de mí... —bromeó Ron. De pronto, pareció que recordaba dónde se hallaba y bajó la voz—. ¿Has averiguado algo de... ya sabes?

Harry, totalmente paranoico, hizo un Muffliato antes de hablar.

—Mira, he pensado que podía estar en la Cámara de los Secretos.

—¿En la Cámara? ¿Y por qué iba a estar allí?

El Elegido se pasó una mano por el pelo antes de hablar, dejándolo aún más despeinado.

—Sí. Mira, sabemos que tiene que estar en algún sitio de Hogwarts...

—Lo cual reduce nuestra búsqueda a un inmenso castillo de nueve plantas, con todos sus pasadizos secretos, y un terreno que es tan grande como veinte estadios de quidditch, si contamos el Bosque. Es decir, bastante poco si lo comparamos con Albania, ¿no crees? —sonrió Ron irónicamente.

Pero Harry no tenía paciencia para bromear con su amigo.

—¡Calla y escucha! Riddle debió de dejar la diadema en algún lugar que solo conociera él, para que nadie lo encontrara. ¡Estaba convencido de que la existencia de la Cámara solo la conocía él! ¿Y si escondió la diadema allí?

Su amigo se calló y pensó con la mano en la barbilla...

—Tienes razón, es posible que esté allí. Pero ya tenía al basilisco bien guardadito en la Cámara, ¿no? ¿Para qué guardar algo más en el mismo sitio? ¿Por qué no dejar entonces todos los Horrocruxes en el mismo sitio?

Harry parecía inseguro. La idea había surgido de la desesperación que aparecía cuando pasaba uno mucho tiempo inactivo. Aunque solo fuera una posibilidad entre un millón, no podía dejar de comprobarlo.

—La tarde en la que vino a pedir trabajo, solo tenía un momento para dejarlo aquí. Ya había creado el diario y estaba en la mansión de los Malfoy. Estoy seguro de la copa y el guardapelo, así como Nagini, son posteriores. El anillo de los Gaunt se quedó en aquella vieja casucha. La diadema la creó en los últimos años de Hogwarts, estoy seguro. ¿Cómo si no iba a preguntar a la Dama Gris acerca de su existencia?

—Y entonces, el orden de la creación de los Horrocruxes sería: diario, anillo, diadema, la copa y el guardapelo a la vez y, por último, Nagini —resumió Ron.

—Sí, así que la diadema está en algún sitio de Hogwarts. Necesitamos saber qué lugar fue especial para él en el castillo. Y estoy seguro de que la Cámara fue muy especial para él.

—Oh, por supuesto. ¿Para quién no sería especial un lugar oscuro, húmedo y frío, con un enorme basilisco deseando comerte?

Harry se desesperó y sacudió un poco de la túnica a su amigo.

—¡Deja el sarcasmo para luego! Yo propongo que salgamos esta noche para ir a la Cámara. Algo me dice que es probable que estemos en lo cierto. Voy a buscar a Hermione para contárselo. ¿Vienes?

Se dio la vuelta y empezó a alejarse del atajo, esperando que Ron le siguiera.

—Oye, Harry...

Volvió a girarse con impaciencia para mirar a su amigo, que parecía un poco titubeante. Sí, y quizás empezaba a palidecer un poco.

—¿Qué pasa?

—Si no encontramos la diadema... si no está ahí... No te enfades, ¿vale, tío? No te desesperes. La encontraremos tarde o temprano.

Ron clavó sus ojos en los de su amigo, pero Harry se vio incapaz de sostener la mirada. En el fondo sabía que lo más seguro es que no estuviera en la Cámara, pero necesitaba comprobarlo. Lo necesitaba, y Ron lo sabía.

Harry finalmente asintió y continuó hacia adelante. Esta vez, Ron sí le siguió.


En la biblioteca, mientras Harry y Ron hablaban...

Hermione estaba furiosa, frenética, después de lo que había pasado en Estudios Muggles, si se le podía llamar así a la asignatura. Más bien parecía ''Estudio de las Razones por las cuales los Sangre Sucia Deben Ser Exterminados''.

Estaba en la Sección Prohibida, después de que la señora Pince le permitiera la entrada. Buscaba información de cualquier cosa que pudiera destruir los Horrocruxes. Sabía lo que se necesitaba para crear uno, las condiciones, ¡todo! Pero aún no tenía ni idea de lo que iban a hacer con la copa y el guardapelo guardados en la Cámara. Necesitaba una maldita respuesta ya...

Se acercó a la estantería de Artes Oscuras, sorprendiéndose al hallar a Draco Malfoy allí, jugueteando con la varita, haciendo que salieran chispas de la punta de ésta.

Intentó darse media vuelta con la esperanza de que él no la hubiera visto, pero parecía que la suerte no le sonreía aquel día.

—Vaya, vaya... La sabelotodo busca información acerca de las Artes Oscuras... La mejor amiga de San Potter... ¿quién lo diría?

—No te incumbe, Malfoy. ¿Acaso no te bastó con lo de esta mañana? —le espetó Hermione, sin preocuparse por bajar la voz. Hay una gran pared que les separaba del resto de la biblioteca.

Pese a sus deseos, él la siguió y leyó los títulos de los lomos de los libros que tenía ella en brazos, acercándose demasiado para su gusto.

—Oh, increíble... Otra historia de la magia, Artes Oscuras: cómo surgen y cómo controlarlas, Objetos malditos y su historia, Hechizos, conjuros y maldiciones irreversibles... Increíble, sangre sucia. ¿Ahora quieres pasarte al lado del Lord Oscuro? ¿Debería contárselo a San Potter y a la Comadreja?

Hermione se paró en seco, casi chocando con Malfoy, y se giró para mirarle a la cara. Muy a su pesar, tenía que levantar la cara para poder mirarle a los ojos, del mismo modo en el que él tenía que agacharse para verla. La semi penumbra de aquella parte de la biblioteca creó además un extraño juego de sombras que hacía que sus rasgos parecieran aún más angulosos y pronunciados.

Una extraña inquietud se instaló en el pecho de Hermione, pero ella no lo demuestró de ningún modo.

—Dé-ja-me en paz —dijo marcando las sílabas y separándolas exageradamente.

—Ya quisieras muchas estar en tu sitio, Granger. No a todas les dedico tanta atención.

—Oh, entonces, ¿qué es Parkinson? ¿Una planta con forma humana?

Hermione siempre ha despreciado a aquellas que suspiraban en cuanto veían pasar a Draco Malfoy. Le parecía que eran tan infantiles, tan... adolescentes. Tal vez tuviera que ver con que ella nunca había sido una adolescente normal. Aunque para ser sinceros, últimamente ya casi ninguna le hacía el caso de antaño a Malfoy.

—He dicho ''no a todas'', Granger —continuaba atosigándola—. Oh... ¡no me digas que estás celosa!

—¿Celosa de qué? ¿De tener más hormonas que cerebro?

—¿Horma- qué? —repitió Malfoy con cara de no tener ni idea.

—Hormonas, Malfoy, hormonas. Es lo que provoca que todas esas idiotas ahora se mueran por ti, pero relájate: pronto se terminará.

El Slytherin levantó una ceja, sorprendido de que hubiera alguien que se atreviera aún a hablarle así.

Sacó su varita y se acercó a Hermione, que se hallaba de espaldas a él, intentando alcanzar un libro.

Apretó la punta de la varita contra su espalda y sonrió de lado al notar que se tensaba, aún con la mano en alto.

¡Por las barbas de Merlín! Se había dejado la varita en la mesa, convencida de que solo necesitaba alejarse un minuto de ella. Y últimamente no la dejaba ni un segundo del día.

—Sería tan fácil hechizarte...

—Pero no lo harás —dijo Hermione con una seguridad que no sentía— porque Harry y Ron vendrán pronto. He quedado con ellos aquí.

—Podría borrar tu memoria.

Por una vez, Hermione se quedó sin palabras y bajó la mano lentamente mientras se giraba para mirar a Malfoy. Le miró a los ojos, pero no se sorprendió al no encontrar en ellos más que un frío hielo gris.

Para Draco Malfoy fue una sorpresa ver los ojos de Hermione. Los tenía marrones, algo que él considera demasiado común. Pero eran tan cálidos... y las motitas de color oro viejo que encontraba en su iris parecieron hipnotizarle por un momento. Las pestañas que sombreaban solo añadían calidez a sus ojos. Casi diría que son bonitos.

Embrujado por el color de sus ojos, se sorprendió al notar un fuerte dolor en la entrepierna: aprovechando el momento, Hermione le había dado un rodillazo en el lugar más sagrado para un hombre. Se dobló sobre sí mismo y jadeó.

Corrió hacia la mesa, dejó los libros en ella y cogió su varita y su mochila. Supo que después la señora Pince la regañará, pero ahora necesitaba salir corriendo.

Se sentía un poco culpable, porque reconocía que Malfoy tal vez solo pretendía asustarla. Solo tal vez. Pero no estaba dispuesta a que le pillaran con la guardia baja. Y eso es lo que quería demostrarle a Malfoy, aunque tal vez haya terminado con la descendencia de esta familia.

Sonriendo, salió al pasillo y se encuentró con Harry y Ron.


—Parece que Hermione está un poco agitada —comentó Neville.

—Sí... Me pregunto qué le habrá pasado —dijo Ginny.

—Puede que se haya encontrado con un watzpurckle —propuso Luna.

Los dos primeros volvieron la vista hacia la Ravenclaw, que, con una sonrisita soñadora les explicaba lo que era un watzpurckle.

Pese a todo, Luna no renunciaba aún a sus pendientes de rábanos y al collar de corchos de cerveza. Los lucía con el mismo orgullo que hace unos años, y aunque por el simple hecho de llevarlos ya había conseguido un castigo para el viernes, no pensaba dejar de hacerlo. Eran malos tiempos para dejar que un Nargle le embotara la mente.

Ginny le escuchó atentamente hasta que terminó.

—No creo que haya sido un Watzpurckle el que ha perturbado a Hermione —opinó Ginny.

—Estaba en la Sección Prohibida —señaló Neville a la vez que intenta quitar una mancha de tinta de su pergamino—. Tal vez algún libro la haya asustado.

—¿Asustar a Hermione? ¿Un libro? —inquirió Ginny negando con la cabeza—. No, es imposible. No solo porque es difícil darle un susto, si no que ella es la que tomaría más precauciones a la hora de coger un libro. Les tiene tanto cariño como la vieja Pince.

Neville y Ginny siguieron con sus respectivos deberes durante unos minutos más. Mientras, Luna hacía un boceto de lo que ella pensaba que era un Snorckak, hasta que Neville levantó la cabeza de nuevo.

—Están buscando algo.

—¿Quiénes?

—Harry, Ron y Hermione. Desde que llegaron al colegio en julio, han estado de lo más raros —Neville frunció el ceño.

Ginny también dejó la pluma apoyada sobre el tintero y se puso la mano en la barbilla para pensar.

—Harry me dijo que Dumbledore les había encargado una misión, pero no lo que tenían que hacer. Y oí a mi padre decir que los tres tienen a toda la Orden confusa, porque una vez salieron durante una semana entera y volvieron tan cansados como si hubieran peleado contra un ejército ellos solos. Lo están haciendo todo en solitario. ¿Por qué no confían en nosotros para que les ayudemos? —gruñó Ginny, dando a entender lo mucho que le molestaba aquello.

—La guerra da miedo. El miedo nos confunde y nos hace desconfiar hasta de aquellos en quienes antes depositamos nuestra confianza.

Neville miró con los ojos como platos a Luna, como hacía cada vez que soltaba una frase como aquella.

—Y eso no es todo —murmuró Ginny.

La mirada curiosa de su amigo y los ojos soñadores de Luna se clavaron en ella. Ginny miró a un lado y a otro para asegurarse de que nadie los estaba escuchando y les hizo una seña a ambos para que se acercaran y agacharan las cabezas.

—La noche en el que volvieron a Grimmauld Place, Bill nos dijo que un confidente de los duendes les había informado de que se había cometido un robo en Gringotts. En una de las cámaras de la más alta seguridad: la de los Lestrange. Tres ladrones entraron de algún modo, consiguieron lo que querían, y salieron.

—Tres ladrones... —repitió Neville perplejo, echándose hacia atrás.

Estaba impresionado, porque tanto Luna como él ya sabían lo que eso quería decir.

—Ellos no estaban cuando Bill nos lo dijo, porque estaban durmiendo. De hecho, durmieron casi trece horas seguidas. Y Ron tenía manchas de sangre en la chaqueta. ¡Manchas de sangre!

—La sangre no era de Ron, ¿verdad? —preguntó Neville un poco preocupado.

Después de todo, seguía siendo su amigo.

—No creo —negó Luna— porque si no, Harry habría apartado a Ron de lo que estén haciendo. No es de esas personas que aceptan que otros acaben heridos por su culpa.

Ginny miró a su amiga y se dio cuenta de que tenía razón. No supo decir si era una cualidad o un defecto, pero definitivamente era otra de las cosas que le habían enamorado de él.

—¿Y qué hizo la Orden? —preguntó Neville bajando la voz al pasar un grupo de quinto año.

—Les hizo a los tres una encerrona al día siguiente. Primero juntos, en el desayuno, y después por separado. Pero ninguno cantó.

—¿Y no usaron Veritaserum? —se encogió de hombros al ver cómo le miraba Ginny—. ¿Qué? A problemas desesperados, medidas desesperadas. A lo mejor a alguien se le ocurrió.

La muchacha pelirroja negó con la cabeza.

—No te reprochaba nada. Solo pensaba en que, efectivamente, Tonks les metió un poco de Veritaserum en una jarra de zumo y nos dijo a todos que no la tocáramos. Ella fue la que repartió las jarras aquella noche y se la puso enfrente.

—Seguramente, Harry notó algo raro y les dijo a Hermione y a Ron que no bebieran de la jarra —comentó Luna mientras guardaba el pergamino y la pluma en la mochila.

—Así fue. Harry cogió la jarra y nos dijo que el Veritaserum no funcionaría, porque ellos no caerían en la trampa.

Neville parecía muy impresionado.

—¿Cómo se dio cuenta? ¡Se supone que el Veritaserum es como el agua!

Su amiga parecía fastidiada al relatar lo que sucedió. No le había hecho mucha gracia tener que quedarse sin saber lo que ocurría.

—Dijo que se había dado cuenta porque mamá no había protestado al ver que Tonks había tomado unas jarras tan delicadas de cristal, y que ninguno de nosotros sabía actuar en condiciones. Además, teniendo una en la mano izquierda que hubiera sido más fácil de poner, Tonks había puesto la de la mano derecha, con el añadido de tener que girar sobre sí misma y estirar el brazo sobre la cabeza de Kingsley y... bah. Es demasiado intuitivo —bufó la joven Gryffindor.

—Vaya. Me pregunto qué serán lo que buscan para proteger de ese modo el secreto. ¿Y por qué entrar precisamente en la cámara de los Lestrange? Dinero no les falta —se dijo Neville. Aún es incapaz de fingir indiferencia al pronunciar el apellido, y la ligera inflexión aún se nota en su voz.

—A veces es muy difícil discernir la dirección en la que debemos mirar y no vemos lo que se haya ante nuestros ojos —dijo Luna, con una pasmosa tranquilidad.

Había visto a Draco Malfoy salir de la Sección Prohibida de la biblioteca, y, a juzgar por su cara, no le han llovido galeones del cielo precisamente.

Cojeaba de un modo muy sospechoso.

Y bajo la mirada estupefacta de sus amigos, hizo un último comentario antes de seguir con el boceto de su dibujo:

—Parece que se han colado unos cuantos wackwrights en Hogwarts.


Pero todo lo bueno, y lo malo, termina. La agotadora tarde de Edward y Jasper había acabado para dar paso a un relajada y tranquila noche. El problema entre Madley y Ackerley se había resuelto satisfactoriamente y ya podían respirar tranquilamente.

Edward montaba guardia de nuevo frente a la puerta de los Slyhterin, escuchando las quejas mentales que Rosalie profería acerca de Alecto Carrow.

''La maldita arpía me ha estado mirando todo el día. ¡Desconfía de mí, estoy segura! Y todo porque la reduje el día en que entró con la otra loca. Un día de estos le voy a romper los huesos...'' se decía con macabro placer.

Edward hizo una mueca y pasó la página del libro que estaba leyendo. Era Historia de Hogwarts, y en la mochila que estaba a su lado había otros libros que trataban acerca de la historia y la geografía mágicas. También había prestado de la biblioteca unos cuantos libros que contaban la trayectoria y los secretos de la legeremancia.

Eran ciertamente muy interesantes, pero el constante parloteo mental de Rosalie empezaba a darle dolor de cabeza.

—No sé en qué podría ayudarte contarme todo eso, Rosalie.

''¡No te lo estaba contando, idiota! Pensaba para mí misma, pero ya se ve que ni eso se puede hacer''.

—Oh, no lo sabía. Siento haberme entrometido en tu ruidosa intimidad. De hecho, haces tanto ruido que no me puedo concentrar en la mente de la joven Greengrass, que aún está despierta y compartiendo confidencias con Bullstrode. La verdad es que agradecería que bajaras el volumen.

Pareció que Rosalie recobraba el interés por las mentes de los Slyhterins.

—¿Qué se están diciendo?

—Comentan que los Carrow se están pasando con los castigos. Los muchachos de esta casa tienen corazón, aunque no lo parezca. Diferente es que hagan lo necesario para lograr sus metas y que se aparten del peligro —le echó una mirada de soslayo a su hermana—. Lo cual me recuerda que tú misma perteneces a esta casa, Rosalie.

La vampiresa no le contestó, pero le siguió mirando, como diciéndole que continuara.

—Parece que a algunos los obligan sus padres a profesar esa creencia... Hay un muchacho que tiene pesadillas con su padre. Tal vez deberíamos hablar con él.

—¿Para qué? —dijo Rosalie encogiéndose de hombros—. Si se rebelara ante su padre, esa rebelión tendría más fuerza si proviniera únicamente de él, sin intervención del exterior.

Edwad le fulminó con la mirada por un momento antes de seguir con la lectura.

—Todos necesitamos que nos ayuden, Rosalie. Ellos no son como los Gryffindors: jamás se pondrán a sí mismos en peligro...

Rosalie ya no le escuchaba. Miraba hacia abajo, hacia la puerta de la casa. Se había abierto y de ella salía...

—Draco Malfoy —murmuró la vampiresa—. ¿Adónde irá?

—Está muy bien entrenado. Sabe usar la Oclumancia, y no sé cómo reaccionará si intento introducirme en su mente —dijo Edward.

—¿Y cómo sabes que usa la Oclumancia, sabihondo?

—Porque no consigo captar los pensamientos superficiales. Con los demás es fácil: una pasada y ya sé en qué están pensando superficialmente sin necesidad de introducirme en su mente. Eso no ocurre con Bella, el profesor Snape y varios Slytherins y Ravenclaws. Parece que está en boga el proteger la mente.

Rosalie bufó sin apartar la mirada del suelo. El mago estaba cubierto con su capa y saca la varita. Parecía que no le preocupaba el monstruo. Murmuró (''¡Lumos!'') y la punta de la varita se iluminó.

—Ve a seguirle, Rosalie, por favor. —Y anticipando las protestas de su hermana, añade—: Necesito seguir escuchando las mentes de los alumnos de Slyhterin que aún están despiertos. No puedo alejarme de aquí. De modo que... ¿puedes ir tú, por favor?

Refunfuñó, pero accedió de mala gana a ser ella la que siguiera a Malfoy.

Malfoy... Curioso, pero significaba ''mala fe'' en francés. ¿Algún tipo de indirecta?

Saltó de la viga al suelo con agilidad y caminó silenciosamente detrás del joven. Malfoy parecía tener un objetivo fijo en mente, puesto que avanzaba sin prisa, pero muy seguro de sí mismo. La luz que desprendía su varita iluminaba lo suficiente como para no ser visto desde lejos, mas sí dar un paso sin tropezarse. Algunos de los cuadros gruñían cuando la luz los cegaba o se quejaban a media voz. La vampiresa le seguía a unos tres metros de distancia, al otro lado del pasillo, para que la luz no se encontrara con su piel y la iluminara de un modo poco deseable. Al llegar a la altura de la estatua Gwendolyne, la Barbuda, se detuvo y miró a ambos lados. Rosalie se ocultó pegándose a la pared y observó lo que hacía el Slytherin.

Malfoy estaba apartando un tapiz que se hallaba al lado de la estatua. Rosalie ahogó una exclamación de sorpresa al ver que debajo del tapiz había un pequeño pasadizo, de la altura de un niño pequeño, pero lo suficientemente ancho como para que pudiera pasar cualquier adulto que fuera agachado.

El muchacho, efectivamente, se agachó y se metió por el pasadizo. ¡Escurridiza serpiente! ¡Con que aquel era el modo mediante el cual había esquivado al chucho la noche anterior! Claro, era demasiado pequeño para la forma lobuna de Jacob, y un poco estrecho para su forma humana, además de que dudaba que supiera que el pasadizo se hallaba allí. Pero, ¿adónde llevaría el pasadizo?

Rosalie decidió comprobarlo por sí misma. Levantando mínimamente el tapiz, se introdujo en el estrecho pasillo. Las paredes estaban hechas de piedra y ante Rosalie se extendían una larga hilera de estrechas escaleras que iban hacia arriba. Los finos oídos vampíricos captaron el sonido de los pasos alejándose y decidió seguirle.

Había pocos olores en el pasadizo. El de Malfoy era el más reciente, por supuesto, pero había otros: se distinguía el de una chica de Ravenclaw que había pasado por delante de ella aquella misma noche, el de un muchacho mayor de Slytherin, y, si se esforzaba, podía incluso oler el de Harry Potter, aunque muy antiguo, como de semanas. Había otro que le resultaba familiar, aunque no lograba distinguirlo.

Subió las escaleras a velocidad vampírica, hasta estar otra vez a unos metros de Malfoy.

Sin embargo, pareció que esta vez el chico había captado algo. Tal vez una brisa o alguna piedrecilla caída que indicara el movimiento sobrenatural de Rosalie, pero puso en un apuro a la vampiresa cuando decidió volverse e iluminar las escaleras con la varita. El pasadizo era demasiado estrecho para que hubiera algún sitio donde esconderse.

Draco estaba seguro de haber sentido una brisa rozándole la mejilla. No era nada anormal, de no ser porque no había modo de que el viento entrara en el túnel a menos que hubiera un tornado en el pasillo de las mazmorras.

No había nadie, pero no se relajó. ¿Le habría seguido alguien? Hale, o el Masen ese... Era más pomposo incluso que el hermano de Comadreja, con todo eso de las señoritas, el caballerismo y demás tonterías.

Decidió hacer la prueba:

¡Homenum revelio! —murmuró haciendo una floritura con la varita.

No había nada. Nada. No había nadie siguiéndole.

Aún con los nervios en punta, se dio la vuelta y siguió hacia adelante.

Colgada del techo como un murciélago, Rosalie contuvo el suspiro de alivio. Al menos no se le había ocurrido comprobar si había algo en el techo. El pasadizo era lo suficientemente alto como para que el círculo que formaba la luz mortecina no impactara con su piel y llevaba el pelo recogido en una trenza de lado que por suerte no había caído para delatarla. Y ella no era humana, lo cual explicaba por qué el hechizo no había surtido efecto. Era en momentos como aquel en los que agradecía el hecho de ser una criatura inmortal bebedora de sangre e incapaz de concebir.

Se bajó lentamente y volvió a seguir a Malfoy a paso humano.

Poco a poco se acercaban a su destino, los ojos de Rosalie distinguían el final de las escaleras a unos pocos metros por delante del muchacho.

Malfoy presionó una piedra del pasadizo y algo delante de él se movió para abrirle paso.

Oh, no.

Rosalie apretó los dientes y se preparó para saltar en el momento en que Malfoy se apartara de la puerta. No podría pasar por detrás de él del mismo modo que antes sin atraer una atención indeseada.

Malfoy pasó y se dio la vuelta para poner la estantería de nuevo en su sitio. Volvió a sentir una extraña brisa, pero esta vez no le dio importancia. Había ventanas abiertas a su espalda, que justificaban el hecho.

Murmuró la contraseña que movería la estantería llena de libros de nuevo a su sitio.

Rosalie no podía dar crédito a sus ojos: ¡estaban en la biblioteca! ¿Allí era donde se refugiaba cada noche el Slytherin? ¿Iba allí de noche para leer durante horas? ¿Tal era su pasión por los libros?

Quería desesperadamente preguntarle un montón de cosas a Malfoy, pero no podía. Tampoco podría hacerlo de día ya que... los compañeros de casa no se siguen unos a otros durante la noche, ¿verdad?

De haber sabido lo que pensaba la vampiresa, tal vez Malfoy le habría dicho que no ponía un pie en la maldita biblioteca nunca, como no fuera para huir de los pesaditos de Crabbe y Goyle, o buscar un poco de paz, o, simplemente, perseguir a Granger y molestarla un poco. Porque la Sala de los Menesteres era un lugar mucho más interesante para pasar el rato y conocía un pasadizo cerca de las cocinas que llevaba directamente al séptimo piso. Allí había pasado la noche anterior, pensando, porque no podía dormir. Pero era otra cosa la que tenía que hacer aquella noche.

Rosalie siguió al muchacho hacia la Sección Prohibida, que estaba cerrada con candado. Con un simple golpecito de varita, el candado emitió un sonoro chasquido, se abrió y Malfoy entró en la parte más oscura de toda la biblioteca.

Parecía buscar algunos libros en concreto y pasó media hora reuniendo cuatro libros en concreto. Los fue dejando en la mesa mientras Rosalie le observaba detrás de los estantes que se hallaban al otro lado de la sala. Después de tenerlos, Malfoy se sentó y contempló los libros con el ceño fruncido. Parecía que le llamaban poderosamente la atención aquellos en concreto, pero Rosalie no encontraba nada especial en ellos. Simplemente, trataban de las Artes Oscuras, pero eso no era ninguna novedad. Casi todos los libros que había en la Sección Prohibida trataban de ese tema.

Leyó los títulos a la luz de la varita de Malfoy, que éste mantenía encendida y levantada delante de su cuerpo para poder ver las cubiertas de los libros: Otra historia de la magia, Artes Oscuras: cómo surgen y cómo controlarlas, Objetos malditos y su historia y Hechizos, conjuros y maldiciones irreversibles. ¿Qué era lo que quería averiguar de esos libros?

Se sentó y abrió el primero de ellos. Empezó a leer las primeras páginas del antiquísimo volumen y Rosalie empezó a aburrirse. Pero quería seguir allí por si se le ocurría ir a algún sitio después de terminar con los libros. Se apoyó levemente contra la estantería y empezó a mirarse las uñas, pero parecía que Malfoy no iba a tardar mucho.

El muchacho no había dejado de darle vueltas a lo que había ocurrido aquella mañana delante de esa misma mesa. Le había extrañado, y sorprendido, encontrar a la sangre sucia allí, pero su curiosidad había conseguido llegar al punto más alto cuando vio los libros que llevaba en brazos. Artes Oscuras... ¿qué estaría buscando en ellos? Se había sentido tentado a revisarlos en aquel mismo momento, cuando ella se había ido, pero el dolor le había obligado a salir de allí.

Tampoco quería leer los libros. Simplemente estaba echándole un vistazo a las introducciones y a los índices. Tal y como se imaginaba al ver los títulos, trataban del surgimiento de las artes oscuros, los magos oscuros que había habido a lo largo de la historia, objetos malditos, hechizos oscuros, ritos, maldiciones... ¿Para qué querría aquel ratón de biblioteca esos libros? A menos que realmente estuviera pasándose al lado Oscuro, pero Draco sabía que era tan probable como que él fuera a vivir con Hagrid en su cabaña por voluntad propia.

Cerró la tapa del último y musitando un hechizo los volvió a mandar a su estantería volando.

Ya había averiguado todo lo que podía. Ahora tenía que ver cómo usaría aquella información para obtener más.

La información era poder.

Dio media vuelta y salió de allí, con la espía pisándole los talones.


A las tres de la madrugada, en la sala común de Gryffindor...

Hermione se retorcía nerviosamente las manos. Ron intentaba ahogar un bostezo por haber sido sacado de la cama de un modo tan brusco. Harry estaba completamente despierto, revisando por última vez el mapa del merodeador a la luz de las últimas brasas que aún había en la chimenea. Llevaba la capa invisible colgando de un brazo.

—No creo que salga bien, Harry. Se darán cuenta inmediatamente de que algo va mal o identificarán nuestro olor. Ninguna de las dos es idiota, Harry.

—Y yo no he dicho que lo sean, Hermione. Pero tenemos que comprobarlo. Esperemos que el olor de la capa, si es que tiene alguno, disimule un poco el nuestro.

Suspirando, Hermione se mordió la lengua para evitar decir que el único olor que tenía la capa era el de su baúl. Su amigo no estaba bien. Llevaba unos días de los más nervioso, convencido de que Voldemort pronto atacaría Hogwarts o que descubriría que los Horrocruxes no seguían en su lugar. De hecho, tanto Ron como ella participarían en la misión solo para convencer a Harry de que no había nada en la Cámara, solo los Horrocruxes que ellos mismos habían dejado allí.

Harry los llamó con un gesto y los cubrió con la capa. Desgraciadamente, Ron ya no cabía en ella. Y además, estaba el añadido de que eran tres, tres jóvenes con el tamaño corporal de tres adultos. La capa solo le habría ido bien a Harry, que tenía una constitución similar a la que habían tenido todos sus antepasados. A Hermione le quedaba un poco grande, pero no podía compartirla con nadie.

Haciendo un esfuerzo (es decir, haciendo que Ron se agachara para que pareciera quince centímetros más bajo y apretujando a Hermione en medio de ambos al punto de casi no poder respirar) pudieron caber en la capa razonablemente. Harry abrió el hueco del retrato e hizo caso omiso a las protestas de la Dama Gorda.

Al salir, se quedaron parados, sin atreverse a decir nada. Pero no apareció nadie. Caminando lentamente, avanzaron hacia delante.


—¿Lo hueles? —preguntó Alice a Esme frunciendo la nariz.

—Sí... ¿Qué es eso tan apestoso?

—¿Y por qué el retrato se ha abierto y se acaba de cerrar otra vez?

Esme se contorsionó para darse la vuelta y mirar. Alice tenía razón. Alguien había abierto el hueco del retrato y la estaba cerrando de nuevo. El problema era que no había nadie en el pasillo, pero el pestilente olor persistía.

Y se alejaba hacia las escaleras.

—Iré a ver a dónde lleva —murmuró Esme.

Alice asintió y volvió a clavar la vista en el libro de Adivinación que estaba leyendo. Esme dejó a un lado uno que se titulaba Habilidades mágicas y todos sus usos en la vida cotidiana y saltó al suelo. El olor había dado la vuelta a la esquina.

Picada, se preguntó qué sería. De repente, le entró un poco de miedo y quiso pedirle a Alice que fuera ella, pero no quería molestarla ahora que estaba tan enfrascada en la lectura de su libro.

De ese modo, comenzó a seguir a paso humano el rastro que había por todo el pasillo. Bajaba las escaleras en aquel mismo momento, a juzgar por el movimiento casi tétrico de éstas. El castillo de noche daba mucho más miedo que de día, como si fuera una casa encantada. Esme no era especialmente valiente, pero empezó a bajar las escaleras. Saltó el escalón falso y continuó con el rastro, que seguía bajando escaleras.

Al llegar al cuarto piso, se desvió hacia unas escaleras de caracol que llevarían directamente al segundo piso.

No caminaba demasiado deprisa por temor a sobresaltar al que estuviera siguiendo. Tenía un poco de miedo, y estaba deseando poder bajar a las cocinas para pedirle a Carlisle que la acompañara. Su marido siempre la tranquilizaba con su serenidad y su sonrisa. Pero no podía. No quería apartarlo de su puesto, además de que le daba mucha vergüenza hacerlo frente a Jasper, el más duro de sus hijos.

Ya estaba en el segundo piso. Algunas armaduras tintinearon a su paso y parecía que se estaban riendo cuando Esme se estremeció al oírles. El olor se desviaba hacia el cuarto de baño de las chicas.

Esme frunció el ceño. Era un lugar muy raro. Ella había esperado que tal vez saliera de Hogwarts, o que fuera a algún despacho, o algún aula. Un cuarto de baño era un sitio muy raro al que acudir a las tres y media de la madrugada.

Oyó el ruido de las piedras moverse y rozarse unas con otras. Se tapó la boca con las manos para evitar el chillido que quería salir de su boca. Empezó a respirar agitadamente y a temblar un poco.

''Vamos, Esme. Sé valiente por una vez y entra allí para ver lo que ocurre'' se dijo a sí misma.

Estremeciéndose como una hoja, dio unos pasos más y entró en el cuarto de baño. Justo antes de entrar, oyó algo pesado caer en un lugar profundo, como hubiese una gran caída. Emitió una exclamación ahogada y respiró profundamente para infundirse valor y entrar.

Al fin, no pudo evitar un pequeño grito al ver el gigantesco túnel que se había abierto en medio del baño. El fantasma de una chica joven miraba el agujero y la miraba a ella.

—Ha vuelto a bajar, ¿sabe? Ya se lo dije la última vez... si moría allí abajo, le haría un hueco en mi retrete.

La mujer reprimió un gemido y miró al agujero.

—¿Quién ha bajado? —preguntó al fantasma.

—¡Oh, eso no puedo decírselo! Se enfadaría conmigo si se lo dijera —pero la expresión del fantasma contradecía sus palabras, puesto que sonreía y soltaba risitas tontas.

La curiosidad y el miedo levantaron una terrible batalla campal en el interior de Esme. Tiene tanto miedo... y las alusiones a la muerte del fantasma, la oscuridad y la humedad no contribuyeron a mejorar su perspectiva de la situación. Quería huir, y pedir que fuera Emmett, Jasper o Edward a revisar el lugar. Pero la curiosidad le ganó al miedo y también el deseo de averiguar la identidad de quien quiera que hubiera bajado por el túnel. Claro que la vergüenza también tenía algo que ver.

Así que saludó al fantasma débilmente con la mano y saltó por el túnel antes de que a Myrtle le diera tiempo de decirle lo que quería. El fantasma se enfadó y se enfurruñó, diciendo:

—Nadie hace caso a Myrtle, todo el mundo la ignora, no importa nadie... —y volvió a meterse en su retrete.

En ese momento, a muchos metros por debajo del colegio, Esme aterrizó. No le dolía nada, pero se sentía asqueada al ver los pequeños esqueletos del suelo. Le tranquilizó ver que al menos llevaban tiempo allí y que no había ningún cadáver reciente, aunque supusiera un escaso consuelo.

Estaba en un sitio que no ha visto nunca, frío, húmedo y sombrío. Frente a ella se extendían varias ramificaciones de piedra y decidió explorar un poco para ver si lograba volver a hallar el rastro pestilente de antes.

Ese olor se confundía con otro flujo mucho más fuerte, olor a muerte, mugre y a sangre seca. Esme no era capaz de identificar a qué animal pertenecía el olor y no tenía muchas ganas de saberlo tampoco.

Se preguntó cómo volverá a subir por el tobogán cualquiera que hubiera bajado por él. La bajada era muy fácil, demasiado, y no creía que nadie fuera capaz de subir por allí sin resbalar por la humedad. Estaba todo muy oscuro, pero había un leve hilillo de luz descendiendo por el tobogán. Esme se preguntó cómo puede ser si la luz viaja en línea recta, pero entonces recuerda que en el mundo de la magia no funcionaban las leyes que ella conocía.

Empezó a caminar hacia delante, mirando a todos lados. Un leve murmullo de voces le llegó a los oídos, pero a esas alturas Esme era incapaz de asegurar que no provenía del castillo.

Un derrumbe le llamó la atención. Parecía que en un pasado ya bastante lejano, algo había provocado la caída de aquellas rocas, que se amontonaban en la boca de un túnel, pero alguien había apartado algunas de ellas para dejar un hueco lo suficientemente grande como para que pasara un adulto. El olor a sangre seca provenía de ese agujero.

Decidió no acercarse por allí y siguió dando vueltas por los túneles. Dio muchos paseos durante la media hora siguiente, lo suficiente para recorrer todo el lugar. El murmullo de voces aún resuena de vez en cuando, y Esme había llegado a captar palabras sueltas: ''llegar... a tiempo... McGonagall... nada...'' No le cabe duda de que procedían de la parte superior del castillo, quizás de algún Hufflepuff o Slyhterin especialmente trasnochadores que estuvieran hablando en sus salas comunes.

Pero no encontró a nadie allí abajo.

Un dibujo repetido infinitas veces en las paredes, como si fueran un motivo decorativo, atrajo la atención de Esme. Se agachó y los examinó con un dedo.

Representaba una pequeña serpiente que se curvaba en forma de ''S''. Curiosamente le recuerda al escudo de Slyhterin, una serpiente exacta a la que estaba grabada en la piedra. Las serpientes están separadas a un metro una de otra y siempre a la misma altura. Parecían unas pequeñas flechas que indicaban un camino. ¿Qué querrían señalar?

Esme miró en la dirección a la que se hallaban orientadas las serpientes. Caminó unos pasos más hasta que volvió a ver el derrumbe. Las serpientes formaban un rastro que la conducía hasta el otro lado de aquellas rocas.

Frunció el ceño y miró su reloj. Muchos objetos muggles que habían llevado su familia y ella a Hogwarts no funcionaban, tales como móviles y relojes digitales. Pero su reloj, el de Edward y Carlisle aún podían dar la hora. Según McGonagall, era porque se trataban de relojes mucho más antiguos, que no tenían pilas ni electricidad, sino que se movían gracias a pequeños engranajes que funcionaban solos. Una pequeña reliquia, de cuando su familia solo la formaban ellos tres.

Eran las cuatro y media de la madrugada.

Esme decidió dar media vuelta y volver a subir el tobogán. Esperaría a cualquiera que hubiera bajado arriba. Sí, aquella era la decisión más inteligente, que debería haber tomado desde el principio.

Caminó hasta volver a llegar al pie del tobogán. Se quedó parada unos segundos más y retrocedió al darse cuenta de que había pisado el huesecillo de algún animal. El crujido le llegó a los oídos y le dio la impresión de que había resonado por todo el túnel. Miró de nuevo a su alrededor. ¿Para qué querría alguien ir allí? Dio unos pasos, pero entonces se dio cuenta. ¡La luz del tobogán se estaba extinguiendo!
Corrió todo lo deprisa que pudo y trepó hacia arriba, observando alarmada que solo quedaba una rendija de apenas cinco centímetros.
Saltaba y trepaba, pero no parecía llegar nunca. La luz se iba apagando poco a poco, iluminando el rostro de Esme.
Cuatro centímetros. Tres centímetros.
Faltaban diez metros. Si llegara y pudiera introducir los dedos en la rendija, para impedir que cerrara del todo...
Dos centímetros.
Uno.
Los dedos de Esme solo pudieron tocar piedra en el mismo momento en la que la losa se ajustaba en su lugar.
Se había quedado encerrada.

—¡Nooooo! —gritó, aterrorizada.


Hermione, que cerraba la marcha en la subida del tobogán, miró con el ceño fruncido cómo el lavabo volvía a su posición original. Harry estaba taciturno, una sombra cubría su rostro. No habían encontrado nada y eso le frustraba porque ahora tenían que volver a buscar pistas, casi inexistentes, no, totalmente inexistentes en aquel inmenso castillo. Ron tampoco tenía buena cara, pero era más debido al sueño que al fracaso de la misión.

Habían tardado relativamente poco en terminar. Se sabían cada palmo de la Cámara, y la habían recorrido en busca de pistas, pero no habían hallado nada.

—¿No habéis oído nada? —preguntó Hermione a los otros.

—¿Qué?

—Como... Como un grito. Creo que venía del lavabo.

En ese preciso instante, Myrtle emitió un gemido ahogado y Ron casi se rió.

—Habrá sido Myrtle, Hermione. No te vuelvas paranoica.

—Venga, vamos —les urgió Harry.

Un poco suspicaz, pero aceptando que esa podía ser la razón, Hermione acudió a donde estaban sus amigos y los tres se cubrieron con la capa, salieron del baño y volvieron a la torre.


A la mañana siguiente, los Cullen se reunieron en la torre. Ya estaban casi todos allí, solo faltaban Alice y Esme.

Jacob bostezaba perrunamente sentado en el alféizar de la ventana. Rosalie se estaba cambiando la túnica en su habitación, que había sufrido un desgarrón al engancharse con una astilla de la viga. Nessie estaba siendo atendida por su madre y ambas eran contempladas por Edward. Jasper terminaba de leer un libro. Todo indicaba una mañana pacífica.

Pero Carlisle no tenía un buen presentimiento. Llevaba toda la noche con un sentimiento de opresión en el pecho, como una sensación de pánico. Y esa sensación había crecido y crecido hasta convertirse en una piedra en su estómago. Ni el más tranquilizador soplo del don de Jasper había conseguido quitársela.

Empezó a sentir agobio y pesadez. Tenía mucho frío y no conseguía explicarse de dónde venía.

Jasper le echó una mirada preocupada desde su sillón. Su padre estaba retorciéndose el cabello con ambas manos, despeinándoselo. Volvió a extender su don hacia él, vertiendo una fuente de serenidad sobre él, aunque no parecía surtir efecto.

Unos tacones llegaron subiendo por las escaleras y la voz agitada de Alice dio la contraseña al retrato de Dumbledore.

Jasper se puso de pie. El tono de voz de su esposa y el terror que la precedía no le daban buena espina.

Efectivamente, Alice apareció por la puerta, más agitada y nerviosa que nunca y cerró el retrato detrás de sí.

Antes de que Carlisle pudiera preguntarle por el paradero de Esme, Alice jadeó:

—¡Esme ha desaparecido!


¡Hola, hola, chicas (y chicos, si los hay)! Espero que os haya gustado este capítulo. Muchas dirán que soy cruel por dejar a Esme así, pero este fic necesitaba emoción XD

Por cierto, Ale, si aún sigues leyéndome, aunque no me contestes a los PM: te echo de menos.

Hinayo-sempai es oficialmente mi nueva Beta (¡gracias!).

Por cierto, SALESIA, he solucionado la cuestión y he cambiado el dato del capítulo anterior.

SALESIA, muy amablemente, me hizo saber que no podía ser que hubiera cuatrocientos alumnos en Slytherin, porque eso harían mil seiscientos alumnos en Hogwarts y es imposible que haya tantos si según Rowling hay dos mil magos en Inglaterra. Pero ella misma afirmó que había mil alumnos en Hogwarts, pero resultan ser demasiados. ¿Por qué? Porque si no, haciendo cálculos, las mesas del Gran Comedor tendrían sesenta metros de largo.

Muchos dirán: ¡Ah! Pero solo hay cuarenta alumnos en el curso de Harry. Entonces, solo deberían haber doscientos ochenta alumnos. Eso no es correcto, porque Rowling afirmó muchas veces a lo largo de los libros que había cientos de alumnos en Hogwarts (se nota en las descripciones). Y son pocos para un castillo de nueve plantas.

Se nos pasó a todos que cuando nació la generación de Harry, estaban en guerra. Eso provocó la disminución de la natalidad, pero con la caída de Voldemort debió de aumentar de nuevo.

Siento haberme enrollado como una persiana, pero en ElDiccionario. Com, leí un ensayo acerca de esto y me entusiasmó.

Espero no tardar nada en volver a actualizar, a ser posible antes de que empiecen mis clases. Porque en los meses del primer trimestre, sospecho que no me veréis el pelo siquiera. Lo siento.

Bueno, atentamente =)

lady Evelyne