Capítulo XIV:
Quienes somos
"Me quedo con él."
Las palabras penetraron en los oídos de los hermanos, cada uno entendió aquella frase dependiendo su personalidad y pusieron un gesto que cayó en lo escéptico. Karamatsu tragó saliva, le costaba creer lo que escuchaba; el cuerpo le dictaba saltar de felicidad y gritar a todo pulmón el remolino de sentimientos que le revolvía el estómago, en cambio, sólo miró de reojo a Ichimatsu, con un intento de sonrisa que se le deformaba por la emoción: las comisuras le temblaban y todo el amor del mundo le apretaba la garganta. Cuanto duele ser amado, cuanto duele no agradecerlo porque las voces se apagan.
—No lo entienden...— Ichimatsu tensó los hombros y bajó la mirada.
En realidad, nadie lo entendía a él.
Matsuyo alzó la cara y en sus ojos se encontraron varias lágrimas. La mujer tragó saliva y se alejó de su esposo. No entendía nada porque estaba en su pensar que sus hijos no se podían amar del modo que demostraban. Le pesaba la suciedad del acto y el creerse una pésima madre. No sabía vivir de otro modo, la mitad de su vida se fue en criar a seis niños que le causaban un disgusto a diario, pero entre regaño y regaño sus pequeños hacían cosas que le alegraban el día, ¿no era Osomatsu quién le daba más dolores de cabeza al gastarse el dinero de la compra en alguna tontería? ¿Dónde estaba el Choromatsu que por ratos se quedaba a leer en algún rincón? Vio a todos sus hijos, eran unos adultos que ya se encargaban de su vida y que tarde o temprano abandonarían el hogar por tomar su propio camino. Más no se perdonaba que salieran de casa en un aspecto oscuro. Deseó verlos con trabajo, con esposas o sin ellas, pero no tomados de la mano defendiendo sus pasiones... Ningún padre se imagina eso de sus hijos. Sin embargo, es su culpa... Desde la primera vez que los estrechan en sus manos, les imponen un futuro. A los hijos no los dejan ser ellos, los moldean bajo lo correcto, ¿y qué es lo correcto?
—Lo entiendo— Matsuyo se plantó en medio de sus hijos, como debía ser. Su mirada se detuvo en cada uno de ellos por unos cuantos segundos. Los chicos, por costumbre a sus travesuras, tragaron saliva, esperaban que algo mayor aconteciera. —Por que ya lo sabía.
—Y yo— respondió Todomatsu cuando su madre hizo silencio.
Ichimatsu apretó los labios, controlando las ganas de echarse a llorar. Que sensación tan odiosa el expresar lo que germina del interior. Días y días llorando, aguántandose el dolor del cuerpo, tratando de entender el motivo del cuál se enamoró de su hermano, ¿de dóndo proviene el pecado? ¿Qué se tiene que hacer para que florezca? Amar... Simplemente, amar.
—Madame...— Karamatsu deslizó su mano fuera del agarre. Su valentía logró que se acercase a ella y tratara de ponerle las manos sobre los hombros.
—No me toques, por favor— la mujer se hizo para atrás sin moverse de su sitio. —Por ti es que lo sé todo...
Osomatsu se acercó al centro del círculo donde estaban su madre y hermano. De reojo miró a Ichimatsu y giró los ojos con cierto fastidio. —Sí lo sabías, ¿por qué no hiciste nada? — dijo pasándose los brazos detrás de la nuca.
—Oi, buraza... No te robes mis dialogos...
—No empiecen— dijo Totty al referirse a Karamatsu.
—Mamá, ¿qué sabes?— Choromatsu se adentró al centro del círculo donde el enfrentamiento a los padres daba inicio de una manera que nadie se esperó.
Matsuzo observaba a su mujer con sorpresa; Matsuzo se giró hacía su marido y le asintió como si los dos estuvieran hablando por la mente. El hombre se metió a la casa, era débil y durante mucho tiempo vivió bajo el mangoneo retirándose de la zona de peligro para adentrarse a su hogar. Los chicos vieron a su padre desaparecer en el umbral, anonadados por la fuerza que le regresaba a su madre después de tanto llanto. Los hermanos mayores se le enfrentaban y los menores se encontraban a sus espaldas siendo testigos de una confesión que les cambiaría el pensar.
—De eso que siente Karamatsu por su hermano— Matsuyo habló encarando a su hijo, demostrándole que recobró su mando sobre todos ellos.
—Madame, no se llama "eso", se llama amor— respondió Karamatsu con las cejas juntas. Lo dijo con sentimiento y los puños tensos por almacenar tanto cariño que le era imposible enfrentarse a sus emociones. Una vez abierta la caja, todos los males del mundo se dispersaron por el mundo. La caja de Ichimatsu, la caja del gato... La destrucción de su mundo; bye a todo.
—¡No lo llames de ese modo!— la mujer alzó lo más que pudo su voz.
—Je— la risilla estúpida de Osomatsu interrumpió la tensión en la escena.
Choromatsu sintió como el sudor le resbalaba por la frente y resbalaba por su nariz. Su reacción fue sostener a su hermano por los hombros para hacer que se calle y no complique más las cosas. Sin embargo, el resto de los hermanos no compartían la misma sensación, observaban al líder con espera, como si pudiera decir algo bueno en lugar de ser un egoísta que no sirve para nada. Osomatsu sonrió de lado por obtener el control de todo y jaló de la muñeca a Ichimatsu y lo empujó al frente. El amante de los gatos rebotó contra su madre, la espalda se le enconvó más y las ropas ajenas se le cayeron por un hombro mostrando algo de piel. Ichimatsu abrió los ojos demasiado y su boca se descontroló en un gesto nervioso, aún no podía expresarse en el acto; el estrés hizo que mirase a sus hermanos para hallar una pista de lo que debía hacer.
—Habla— Karamatsu le sonrió y se cruzó de brazos.
Ichimatsu balbuceó y tragó bastante aire para pensar muy bien sus palabras.
—¡Ánimo, nii-san!— Todomatsu le vitoreó y le guiñó un ojo con esa ternura que nadie más adquirió.
Choromatsu le asintió con nerviosismo.
Jyushimatsu movió sus mangas y mostró sus músculos para hacer que peleara con todas sus fuerzas.
Ichimatsu no podía creer que sus hermanos lo apoyasen en lo que sea que tuviera con Karamatsu. Muchos años temió por sus sentimientos y los ocultó en lo más profundo de su persona, volviéndose un caos por la inseguridad de su pecado. Optó por encerrarse en sus gatos, hablar con ellos y contarles todos sus secretos, ir por el mundo como un ser insensible que no le importaba nada, una vil basura que vuela con el viento y se estampa con alguna pared o termina flotando en el río. —L-Lo siento... — dijo con la vista en su madre, pero las palabras no eran para ella, sino para sus hermanos —no me sé expresar... Es muy problemático...— pero ellos jamás dudaron de él, estaba presente en los juegos y los cuidaba de su modo muy particular durante las enfermedades. De repente le daba por bailar, por ratos prefería arrumbarse en un rincón a llenarse de polvo. Era como una ola, puede llegar a desmoronar un mundo o mantenerse acariciando la orilla sin que nadie se diera cuenta. —Lastimé a Choromatsu por celos... E hice enojar a papá con unas palabras que no pensé...— las palabras en su boca corrieron como si se desbocara un río.
Choromatsu apretó puño donde quedaba la sombra de un corte. Todomatsu se llevó las manos al pecho para apaciguar los latidos que le frenaban la respiración, y Jysuhismatsu estaba quieto, sonriente, con un mundo girando en eje contrario porque dentro de él no existía nada que no se pudiera resolver sin positivismo.
El orgullo le invadió a Karamatsu y el deseo de abrazarlo hasta que quedase del color que lo representaba aumentó en una explosión de amor. —Continúa.
Hubo algo en los alrededores que impulsaron a Ichimatsu a que su valor no disminuyera: la cercanía a la oscuridad, la noche se hizo para que los gatos hicieran travesuras, se escuchaban los maullidos como apoyo extra para que la voz no se le extinguiese, el aire le revolvió los cabellos y la farola frente a la casa no se atrevió a parpadear su luz, manifestando su atención con gran respeto. Ichimatsu tragó saliva, sostuvo a Karamatsu del brazo y se le recargó en el hombro. Proclamaba a su hermano como hombre fuera de lazo, como el amor que debió de aceptar sin mutilar su existencia. Recordó las palabras que escuchó entre sueños, tal vez de la televisión o quizás de su pensamiento: "No importa de quien te enamorés mientras seas feliz".
"Soy feliz..."
—¡Ichimatsu nii-san, eres mi favorito!— Jyushimatsu se le abalanzó y lo hizo caer al suelo.
Los hermanos lo vieron con una sonrisa, al caer en una escena tan cotidiana cuando vivían todos juntos. Matsuyo estaba helada, no entendía como es que sus hijos se aceptaban entre sí sin repudio alguno. Era obvia su duda, que Osomatsu la tomó del brazo y la alejó de la escena.
—Mamá— Osomatsu llegó al portal de la casa donde se escuchaban las risas de Jyushimatsu y las quejas de Choro al tratar de calmar las cosas. Karamatsu se reía y Todomatsu se tapaba la boca para no perder su papel de buen chico.
—Osomatsu...— Matsuyo no supo como llegaron a la puerta, estaba perdida en las decisiones de sus hijos.
—Quiero a Choromatsu.
Karamatsu escuchó las palabras de su hermano mayor y se giró en la dirección que se encontraban. El resto continúo luchando por su supervivencia en plena carretera, donde Jyushimatsu agarraba a llaves a Ichi y Choromatsu.
Matsuyo abrazó a su hijo. Le llegaba a su pecho, antes era al revés, tenía a seis pequeños colgados de su falda pidiendo galletas, un perrito, otra colcha, un vaso de agua o pidiendo permiso para ir al baño. Todos dependían de ella y le gustaba la satisfacción de atenderlos, de regañarlos, de llevarlos a la escuela y prepararles la comida.
—Hagan lo que quieran... Ya no son unos niños— Matsuzo abrió la puerta y llamó a su mujer para que entrase. Matsuyo asintió y trepó los dos escalones para traspasar el marco de la entrada. Les dio un último vistazo a sus hijos y cerró los ojos como si se hubieran muerto.
—Vivan como se les de la gana, pero no aquí— fueron tan vivaces las últimas palabras de la mujer que pasaron por encima del escándalo para que fueran escuchadas.
Los sextillizos miraron la espalda de su madre y la obedecieron enseguida. Cada quien iba a vivir del mejor modo en que pudieran con o sin su perdón.
Autor:
El capítulo que viene ya es el último xD.
¡Sigue en pie lo de regalar un fic de la temática al comentario número cien! (:
