Por fin encontré una forma de acomodar los eventos. En el nombre de los olímpicos no tienen la menor idea de cuánto sufrí para poder resumir todos los eventos en un capítulo que fuera más o menos entendible y que no se sintiera apresurado. Al menos espero que no se haya sentido apresurado. En fin, se supone que iba a actualizar hace una semana, pero me fui de vacaciones y la actualización se retrasó. También se supone que les dijera que iba a estar firmando autógrafos en el Hotel Sevilla Palace del D.F. pero desgraciadamente no puede informarles a muchos que iba a estar de vacaciones por allí. La buena noticia es que pasé a Porrúa a dejar el manuscrito de mi libro, espero que Dios me haga el favor de que lo tomen en cuenta y lo quieran patrocinar T_T (cruza los dedos pidiendo suerte). En fin, no les quito más el tiempo. Ya estoy un poco más familiarizado con el mito y los diez años de la Guerra de Troya, así que muy seguramente no me tomará tanto escribir el próximo capítulo. Después de todo se trata de un capítulo de Diomedes. En fin, espero no tardarme una eternidad otra vez.
DaanaF: Vaya leyendo nuevamente tu review me cuesta creer que, desde mis anteriores vacaciones, el año pasado, no actualizo esta historia, haré mi mejor esfuerzo de ahora en adelante, lo juro. En cuanto a tus reacciones, vaya, de verdad no me esperaba ese cambio de corazón a con Ifigenia, pero me alegra que te haya gustado… creo que te gustó, jajaja.
TsukihimePrincess: ¿Ser considerado con Aquiles? No sé si el mito es considerado con él, hasta donde sé no lo es jajaja. Pero ya veré que puedo hacer para no hacerle la vida imposible tipo Milo a Aquiles. Vaya, otro cambio de corazón a con Ifigenia, aunque la Ifigenia buena fue debut y despedida, y por cierto, Patroclo y Antíloco no son los únicos guardianes de Aquiles. Los Generales de Poseidón requieren de mayor protagonismo también y ya estoy trabajando en ello.
midusa: Por fin, ya por fin pude cumplirte midusa, lo siento mucho de verdad, esta historia es difícil de escribir pero ya me leí todo el libro de Troya y mitos alternos, juro solemnemente que esta vez no me tardaré años, de hecho haré mi mejor esfuerzo por terminar esta historia antes de que acabe el año, lo prometo (su determinación es mayor a 9,000 -frase de Vegeta). En cuanto a Casandra, en este capítulo no sale, pero en el siguiente te prometo mucho de Casandra, mucho de Diomedes y mucho de Anficlas. Este capítulo es más bien de todos juntos.
angel de acuario: Sé que tiene siglos que no actualizo, pero si alguna vez vuelves por aquí te contesto tu review. En efecto, artemisa hizo mal pero así va el mito y no puedo cambiarlo, bueno si podría, pero estoy tratando de no hacerlo, en cuanto a Helena y Menelao me temo que tendrás que esperar para saberlo.
EDITADO 25/10/2018
Saint Seiya: Guerras de Troya.
Troya: Año Uno.
Capítulo 4: Sabiduría y Guerra.
Anatolia. Dárdanos. Año 1,195 A.C.
—Me has escuchado bien, Hades. Incluso si mi hermano Apolo desea continuar brindándote su apoyo. Artemisa no tomará bando alguno ni con Troya ni con los Aqueos —le mencionaba Artemisa, reflejada en una esfera de viento conjurada por Creúsa, quien hasta esos momentos se encontraba en una reunión con Paris y Equetrón, quienes secretamente eran dioses. Los 3 se encontraban en la sala del trono de Dárdanos, con Creúsa temblando de miedo, y Equetrón más concentrado en desnudarla en su mente que en Artemisa o Paris—. Por lo que puedo observar, mi hermano tampoco está muy a tu favor. Todo parece indicar que volverás a perder. Tu ambición, Hades, ya ha puesto a Hefestos de lado de Athena. Considéralo una advertencia de los dioses —terminó, y Paris aplastó la esfera de vientos.
—Mi señor Hades, se lo ruego —agregó Creúsa horrorizada—. No es mi culpa, Hefestos metió sus narices donde no le importa y arruinó mis planes. Y con Artemisa en el cielo no hay más que yo pueda hacer de momento que intentar convencer a Eneas de unirse a la guerra, pero mi amado no quiere entenderlo —Equetrón enfureció por la mención—. Si tanto querías acurrucarte conmigo hubieras poseído a Eneas, Ares idiota —se quejó Creúsa.
—Eneas es demasiado valioso como para permitir a Ares arruinar su cuerpo —le explicó Paris, quien entonces se rascó la barbilla—. Con Casandra aquí todo sería más sencillo. Pero en su lugar terminé con una calienta camas que no ha desempeñado correctamente su trabajo, ni ha convencido a Eneas de darle a Troya el apoyo de los Dárdanos, no has masacrado a tantos Aqueos como deberías. El ejército ya viene, y está casi completo —se quejó Paris, y Creúsa sintió que lloraría—. En todo caso, Troya sigue siendo inexpugnable. Volverás a intentarlo, Afrodita, y si no lo logras, me veré forzado a entregarle a Apolo un trono en el Olimpo antes de tiempo —Creúsa se sobresaltó, temerosa de la amenaza de Paris—. Ares, regresarás a Troya a preparar las empalizadas. No podemos evitar que los Aqueos lleguen, pero les prepararemos un digno recibimiento —le aseguró Paris.
—¿Va a dejarlos llegar, así como así? —se quejó Equetrón, y Creúsa seguía temblando de miedo mientras hacía planes para convencer a su marido. Tristemente todos terminaban en sexo como factor de convencimiento—. Iré yo mismo a hundir los barcos de ser necesario —le espetó Equetrón y tomó su lanza.
—No es necesario, debes tranquilizarte, Ares, ya tendrás tu diversión —le mencionó Hades, y con su cosmos materializó a un Espectro frente al grupo—. Laocoonte de Serpiente Bicéfala, Estrella Terrestre de la Razón, tengo una misión para ti —le mencionó Hades, y el Espectro, decrépito y de cabello verde alga y ojos rojos, reverenció a Paris—. Buscarás entre los Aqueos a un hombre de nombre Filoctetes, y te harás cargo de que no participe en la guerra —le ordenó, y el Espectro asintió y se desvaneció en una nube de humo—. Antes de partir, Casandra dejó bien en claro las herramientas para la victoria Troyana. Primero, el Paladio de Athena, después, la supervivencia de Trolio, después, que Ethon no cambie su plumaje. Pero, además, hay otras predicciones que Casandra no mencionó, ya fuera porque estaba lunática, o porque quería que la siguiera consintiendo. Pero Apolo sí que fue muy específico cuando me lo mencionó —recordó Paris su alianza con Apolo, quien, aunque no participaba muy activamente, aconsejaba a Paris en todo momento—. El maestro de la arquería, Filoctetes, no deberá participar en la guerra… —finalizó, y tanto Paris como Equetrón desaparecieron de la sala de trono de Dárdanos, justo a tiempo para que Eneas entrara en la habitación.
—¿Qué sucede aquí? —preguntó Eneas, y encontró a una preocupada Creúsa, quien parpadeó un par de veces mientras Eneas la miraba fijamente—. ¿Qué estás planeando? —le preguntó, y Creúsa pensó en una excusa mientras descubría que había sido abandonada en la sala de trono de Dárdanos a su suerte.
—¿Cariñitos sorpresa? —extendió los brazos Creúsa, y Eneas bajó la cabeza en señal de preocupación—. ¿No quieres? —entristeció, y para sorpresa de Creúsa, Eneas asintió—. ¿De verdad? —se alegró ella, y olvidó por completo la guerra y se entregó al amor de Eneas.
Anatolia. Mar Egeo. Frente a la isla de Tenedos.
—No volveremos a cometer el mismo error 2 veces —hablaba Agamenón, con los barcos Aqueos a una distancia alejada de la vista de cualquier patrullero de la Isla de Tenedos, y con varios barcos con sus tablones uniéndolos para una reunión en el barco principal de Agamenón, Rey Supremo de la travesía—. Hemos enviado a nuestros espías a la isla y, efectivamente, se trata de Tenedos. No son adoradores de Hades, pero lo son de Apolo. Es por ello que no podemos llamarlos ni aliados ni enemigos. Debemos proseguir con la debida cautela —les explicaba Agamenón a Caballeros Dorados y a Generales Marinos por igual, y Poseidón estaba más que impresionado.
—Cualquiera pensaría que, tras el sacrificio de Ifigenia, Agamenón estaría devastado —comenzó a susurrarle Poseidón a Shana, quien se mostraba igualmente impresionada—. Pero el Rey Supremo parece más centrado que nunca. Por fin podemos decir que hemos hecho la elección indicada —y Shana se alegró. Principalmente porque entre ella y Odiseo lo habían elegido, y tras la catástrofe que fue el enfurecer a Artemisa, habían comenzado a dudar de su elección—. Los vientos del cambio favorecerán a los Aqueos de ahora en adelante —sonrió Poseidón con orgullo.
—Te equivocas, querido tío —interrumpió Shana, y Poseidón la miró de reojo—. Quien estará a nuestro favor de ahora en adelante, no serán los vientos —sonrió, viendo las sombras de Hefestos y de Artemisa sentados a su lado—. Sino dioses de corazones bondadosos —y Poseidón, quien podía ver a los dioses escondidos en las sombras perfectamente, se limitó a asentir mientras las sombras se desvanecían.
—No podemos ocupar todas nuestras fuerzas en ataques frontales —continuaba explicando Agamenón—. Dividiremos a la fuerza dorada en 4 frentes. Los Generales Marinos irán 2 en cada unidad. Aquiles —comentó Agamenón, y el joven asintió con orgullo—. Escoge a los miembros de la unidad que liderarás —le ordenó.
—¡Mi señor Agamenón! —reverenció Aquiles—. A mi unidad pertenecerán los Caballeros Dorados Patroclo de Leo y Antíloco de Virgo. Los Caballeros de Plata Fénix de Heracles, Protesilao de Orión y Eumelo de Auriga —prosiguió presentando a los de plata, entre ellos el recién adquirido guerrero Mirmidón, Eumelo, de cabellera escarlata y corta, y de piel morena—. Entre los de Bronce a mi cargo llevare a Trasimedes de Andrómeda, Podarces de Dragón, y a Anfimadante de Boyeros —los de Bronce se presentaron, Dragón y Andrómeda ya conociéndose, pero Anfimadante de Boyeros no les era familiar, pero por la forma en que él y Patoclo se saludaban, todos intuyeron que el mayor, de barba negra y cabellera del mismo color bien alaciada, era probablemente un soldado que lucho al lado del padre de Patroclo—. Si el señor Poseidón lo acepta, de igual manera me gustaría tener a Automedonte de Hipocampo, y a Meríones de Scilla —y Poseidón asintió dando su permiso. Agamenón aceptó de igual manera, y entonces notó la emoción de Áyax, asintió, y le permitió hablar.
—¡Gran Rey Supremo Agamenón! —saludó Áyax—. Si me lo permite pretendo llevar en mi escuadra a mi hermano Teucro de Sagitario, y al camarón, Epeo de Aries, como parte de los Caballeros Dorados —Epeo se horrorizó e intentó anclarse del brazo de Acamante, pero el rey de Atenas le frotó la cabellera y lo mandó con Áyax—. Entre los de Plata llevaré a Menor de Perseo —y el de Plata, quien compartía el nombre con Áyax, se molestó por ser apodado Menor—. A Agapenor de Cetus —presentó al de Plata de cabellera azul corta y tuerto de un ojo—. Y por último a Tlepólemo de Cerberos —presentó a un imponente hombre de cabellera castaña y salvaje, y complexión de bárbaro—. Entre los de Bronce llevaré a Tersites de la Hidra —presentó a su espía, y Diomedes enfureció al verlo—. Menesteo de Oso, y al hermanastro de Menor, Medonte de la Liebre —presentó a otro rubio igual a Menor, vistiendo la Armadura de Bronce blanca de la Liebre—. Y entre los de Poseidón llevaré a Anceo de Lynmades y con ese me basta —se alegró Áyax, y Agamenón entonces miró a Diomedes.
—¡Mi soberano! —reverenció Diomedes—. Tras meditarlo y charlar con mis compañeros, he decidido solicitar la ayuda de Acamante de Cáncer y de mi señor Menelao de Acuario de entre los Caballeros Dorados —y ambos reverenciaron, aunque tanto Poseidon como Shana se mostraron curiosos de que Diomedes eligiera a Menelao—. Entre los de Plata… —intentó decir.
—Odiseo de Altar, supongo —le interrumpió Agamenón, y Diomedes se sorprendió y asintió, más tras dirigir una mirada a Odiseo, que desvió la propia, apenado, Diomedes supo que algo andaba mal—. Me temo que a Odiseo lo requerimos en otra unidad, Diomedes. Ya fue suficiente de insubordinaciones de ustedes. Planeo separarlos para aprovechar sus respectivos potenciales al máximo, Odiseo ha estado de acuerdo con ello —y Diomedes miró a su amigo, quien lo tranquilizó con la mirada—. Redistribuye tu fuerza plateada por favor —sugirió Agamenón.
—Como usted ordene… mi soberano… —mencionó Diomedes un tanto entristecido, y mientras dirigía la mirada a Odiseo—. Tomaré a Palamedes de Perros de Caza, a Esténelo de Argos, y a… bueno… —comenzó a pensarlo Diomedes—. Anfíloco de Cuervo… supongo… —mencionó mientras observaba de reojo a un Caballero de Plata de su misma edad y cabellera negra y enchinada con un par de trenzas frente a su rostro, quien estuvo a punto de lanzarse a él y abrazarlo—. ¡No te me acerques! —le recriminó Diomedes, y el de Cuervo lloró un poco, y Shana y Odiseo se preocuparon por Diomedes—. Veamos… entre los de Bronce llevaré a Euríalo de Unicornio, Leonteo de Leoncillo, y Demofonte, el hermano de mi señor Acamante que viste al Lobo —prosiguió—. Entre los Generales de Poseidón tomaré a Peneleo de Dragón Marino… y a mi señor Idomeneo de Crisaor, rey de Creta —terminó, sorprendiendo a todos por el poderío tanto de cosmos como económico de la unidad confeccionada por Diomedes.
—Me parece una distribución excelente —mencionó Agamenón—. Como Rey Supremo, estoy agradecido de que mi hermano Menelao de Acuario sea considerado en las decisiones de tu unidad. Eso me deja con Néstor de Géminis y con Anfímaco de Piscis bajo mi mando —explicó Agamenón, mirando a sus compañeros—. Los gemelos Yálmeno de Cefeo y Ascálafo de Ofiuco vendrán conmigo también —señaló al par de gemelos de cabelleras castañas y largas de entre los de Plata—. Calcas de la Copa también vendrá conmigo —terminó con la selección plateada—. De entre los de Bronce elijo a Taltibio de Casiopea, y a Euribates de Corona Austral —presentó al par de Espartanos, el primero con la cabellera larga y plateada, el segundo calvo con una corona de hojas cubriéndole la calva a duras penas—. La última debía ser mi hija Ifigenia, pero por lo ocurrido seleccionaré a Talpio de Delfín —el co-rey de Élide presentó sus respetos en ese momento—. Memnón de Kraken y Políxeno de Sireno, espero contar con su humilde apoyo —y ambos Generales de Poseidón reverenciaron—. Por último, habrá una quinta unidad liderada por Odiseo —mencionó, y todos se sorprendieron por la revelación.
—Así será, mi señor Agamenón —reverenció Odiseo, y Diomedes lo miró con cautela—. Filoctetes de Sagita y Femio de la Lira me apoyaran entre los de Plata —presentó Odiseo al anciano Filoctetes y al joven y apuesto Femio de cabellera corta y enchinada—. Entre los de Bronce llevaré a Polipetes de Equuleus, a Toante de Pegaso, a Meges de Serpiente, y a mi Escudero y primo de Diomedes, Cianipo de Pez Austral —y Diomedes se sobresaltó a ver a un joven de 12 años con su misma cabellera, solo que recortada a la mitad, vistiendo la armadura del Pez Austral. En cuanto a Meges de Serpiente, se trataba de un joven de cabellera corta y morada—. Seremos una unidad pequeña de apoyo al resto de los ofensores de Troya —finalizó Odiseo presentando sus respetos.
—Así será —le mencionó Agamenón—. La misión de Odiseo será la de proteger a las unidades que vayan a la batalla con sus arqueros desde la retaguardia, y proteger a Macaón y a su hermano Podalirio quienes son nuestros médicos—. Les explicó Agamenón—. Esto significa que Odiseo y sus hombres participarán en todas las batallas, pero desde la retaguardia. Atacarán desde lejos, formarán un perímetro seguro para que se retiren nuestros heridos, y solo subirán a atacar cuando sea en extremo necesario. Los hombres de Ítaca son arqueros, no guerreros de cuerpo a cuerpo, por eso los separamos de los Calidonios, los Tebanos y los Argivos. ¿Lo entiendes, Diomedes? —le preguntó Agamenón, y Diomedes tuvo que asentir—. 2 escuadras lideradas por Caballeros Dorados irán a la batalla junto con el grupo de Odiseo. El objetivo primario es Tenedos —apuntó Agamenón—. Como no glorifican a Hades en Tenedos, no se les permite atacar sin primero negociar. Necesito a 2 escuadras volunta… —intentó decir, y notó a Aquiles y a Áyax levantando sus manos—. Supongo que era de esperarse… Aquiles, Áyax, Odiseo. Sus escuadras a tierra —y el par de dorados se alegró, y Odiseo simplemente reverenció mostrando el respeto que ni Aquiles ni Áyax tenían—. Alístense y vayan a tierra —finalizó.
Agamenón se retiró de regreso a sus aposentos mientras charlaba con Poseidón, y los grupos de Áyax y Aquiles se apresuraban para bajar sus botes y dirigirse a tierra. Shana pretendía acompañar a Agamenón y a Poseidón, más al notar el descontento de Diomedes y la preocupación dibujada en el rostro de Odiseo, Shana se quedó para ver al par que se mantenía en silencio mirándose el uno al otro sin llegar a conectar miradas al mismo tiempo.
—No quiero quejarme, últimamente no soy de los que se quejan, pero… ¿por qué? —le preguntó Diomedes a Odiseo, quien suspiró con molestia—. ¿Hice algo para merecer tu descontento? —le preguntó.
—Puedo tolerar incluso tu lujuria que te lleva de burdel en burdel, pero hay alguien a quién no puedo tolerar… Palamedes… —fue la respuesta de Odiseo, quien observaba al Caballero de Plata de los Perros de Caza mirarlos a ambos fijamente desde la distancia—. Pero pese a mi desprecio, no fue de propia elección el que me dieran mi propia unidad. Palamedes fue a aconsejarle a Menelao, quién por su inmenso cariño a mí y a mi pueblo intercedió ante Agamenón, y ahora soy otra escuadra de ataque Aquea. Una que al parecer combatirá desde la retaguardia en todas las batallas, lo que me recuerda, Cianipo de Pez Austral… —se dirigió al primo de Diomedes, quien hasta esos momentos socializaba con Toante de Pegaso—. Alista a los arqueros. Filoctetes de Sagita, te encargarás del liderato de los mismos, Femio de la Lira, te quedarás junto a los médicos Macaón y Podalirio y te encargarás de la construcción de la empalizada de retirada. Meges de Serpiente y Polipetes de Equuelus. Ustedes irán conmigo y con Toante de Pegaso al frente. Si los grupos de Áyax y Aquiles requieres de asistencia, estaremos allí para ayudarles —terminó su explicación.
—Entiendo perfectamente que eres capaz de liderar a un batallón a pesar de jamás haber estado involucrado en una guerra, pero… —intentó dialogar Diomedes—. No me sentiré cómodo si no estás acompañándome a la batalla. ¿Estás seguro de esto? Siempre hemos combatido juntos —le intentó explicar.
—Participaste en la batalla de la Venganza de los Epígonos, has visto más guerra que muchos otros, estarás bien —le explicaba Odiseo, pero Diomedes cerraba sus manos en puños en señal de molestia—. Tengo el cosmos de un Caballero Dorado a pesar de vestir de Plata. No me subestimes, Diomedes —le sonrió Odiseo.
—No te subestimo… —le respondió—. Tan solo pienso que esta guerra te está cambiando, y no me gusta el rumbo que está tomando el cambio —y Odiseo se impresionó por esas palabras—. No eres guerrero, eres estratega, mis hombres siempre han defendido a los tuyos y los tuyos han escudado a los míos. La estrategia es tu fuerte, la batalla el mío. ¿No eres tú quien siempre dice que Athena es nuestra diosa por ser Sabiduría en la Guerra? Tu eres Sabiduría, yo soy Guerra… no estuviste presente en la batalla de la Venganza de los Epígonos… no tienes idea de lo que soy capaz de hacer si no hay alguien allí para detenerme. Agamenón se quedaría corto ante mi tiranía… —le explicó Diomedes.
—Entonces esto se trata de ti como siempre, ¿verdad? —le respondió Odiseo, y Shana notó el rumbo sombrío que estaba tomando la conversación—. Siempre preocupado por ti y por nadie más. El caudillo que desde los 14 años ya hacía la guerra, señor de Argos, de Tebas y de Calidón. La victima entre los Caballeros Dorados, el favorito de Athena. ¿Qué más necesitas para sentirte superior a los demás? ¿Te cuesta tanto aceptar que otros también deseamos gloria? —le preguntó, y Diomedes lo tomó del cuello y lo forzó a encararlo—. No te lo recomiendo… Caballero Dorado… —le refutó Odiseo, mientras Diomedes lo observaba fijamente—. Solo puedes perder una sola batalla, y te puedo asegurar que soy más fuerte que tú… —le respondió.
—Tal vez algún día pongamos a prueba esa teoría —lo empujó Diomedes, y el de Plata lo miró con desprecio—. Y para tu información. No estaba intentando hacer que sintieras pena por mí o por lo que soy capaz de hacer. Intentaba explicarte que la sabiduría no existe sin la guerra, ni la guerra sin la sabiduría de manejarla. Cuando vaya a batalla me hará falta tu sabiduría, y a ti te hará falta mi poderío en la guerra. Pero si es así como quieres que sea… que así sea… —viró Diomedes, encontrando a Shana frente a él, lo que le dolió bastante al de Escorpio—. De verdad lo lamento mucho… Shana… —le susurró, y Diomedes se retiró, dejando a Shana atrás y mirando a un furioso Odiseo, quien pateó una cubeta con molestia.
—Odiseo… —se dirigió Shana a él haciendo un esfuerzo por no llamarlo tío—. Apelaré a tu sabiduría en lugar de a la violencia de Diomedes pidiéndote que por favor me expliques lo que está pasando. ¿Acaso tú y Diomedes han entrado en desacuerdo? —preguntó sobre lo que era más que evidente.
—Diomedes y yo siempre estamos en desacuerdo… diosa Athena —le respondió Odiseo, estaba tan molesto, que no se dirigía a Shana por su nombre, sino por el de la diosa—. Tanto él tiene que entender que por sobrevivir yo necesito aprender a hacer la guerra, como él necesita aprender a ser sabiduría —Shana comenzó a comprenderlo, pero le desagradaba el cómo se estaban dando los eventos—. No es secreto de nadie entre los Aqueos el que la diosa Athena sufre de favoritismo, y que nos tiene a Diomedes y a mí en muy alta estima. Nos llaman los favoritos de Athena. La diosa de la Sabiduría en la Guerra no debe tener favoritos, merma la moral de las tropas. Si Diomedes y yo permanecemos juntos en la misma escuadra, se mermará más la imagen pensando que nosotros tenemos su protección en lugar del resto de los nuestros. Pero no es solo esa la razón. La guerra cambia a la gente, y Diomedes es guerra y furia. Si se sale de control en medio de una batalla mi querido amigo solo encontrará una fría tumba. Ahora que tenemos la ventaja del ataque sorpresa es cuando Diomedes necesitará aprender a ser sabiduría… mientras yo aprendo a desanclarme de mi mente conformista y de autodefensa… y me convierto en un guerrero… —y Athena notó la gran sabiduría de la que era capaz Odiseo, así como Diomedes era capaz de una gran destreza en batalla. Ambos realmente, eran los favoritos de Athena, Odiseo su sabiduría, y Diomedes su guerra—. Si no aprendo. Mi sentido de supervivencia y mi miedo podrían obligarme a abandonar a quienes más aprecio en batalla. Es así de simple. Ambos debemos aprender lo que el otro domina con facilidad. Somos los opuestos perfectos del mismo óbolo —finalizó.
—He comprendido el mensaje, Odiseo —fue la tranquila respuesta de Shana, quien le dirigió una gentil sonrisa a uno de sus favoritos—. Esperare que la valentía en la guerra te alcance a ti como deberá alcanzar a Diomedes la sabiduría. Ello los convertirá a ambos en los guerreros más grandes de mi ejército —Odiseo reverenció y se retiró a los botes con su escuadra. Shana entonces se dispuso a retirarse también y unirse a Agamenón y a Poseidón en la planeación, cuando de pronto un par de Caballeros Dorados sin consideraciones por su diosa pasaron cada uno al lado de Shana, asustándola, aunque el par que competía en carrera hasta los botes se preocupó tras notar que habían sido insensibles, se voltearon y reverenciaron en señal de arrepentimiento, aunque Áyax entonces pateó a Aquiles al suelo y se adelantó, y el furioso príncipe de los Mirmidones se preparó para correr tras Áyax, cuando Shana lo detuvo—. Pirra… —lo interrumpió, y Aquiles enfureció y estuvo a punto de gritar, cuando notó el rostro cálido de su diosa tranquilizando su furia—. Que encuentres gloria donde quiera que vayas. Y pese a que sé que no vivirás mucho por las elecciones que tú mismo has tomado. Ciegamente espero en mi corazón que tengas la imprudencia de desafiar los designios de los dioses y que sobrevivas a esta guerra —finalizó.
—¿Desafiar los designios de los dioses? —se preguntó Aquiles, y Shana asintió—. Lo que significa que Athena quiere que me burle de los dioses en su cara, eso suena perturbadoramente divertido —y Shana se preocupó un poco por la forma en que Aquiles tomaba la situación—. Pienso que será divertido averiguarlo. Diosa idiota —finalizó, y entonces corrió a los botes dejando atrás a una furiosa Shana—. ¡Eso fue por llamarme Pirra! ¡Shana cabeza de aire! —le gritó, subió a su bote con Patroclo y Antíloco, mientras Áyax apresuraba a sus hombres para que cortaran las amarras. Aquiles simplemente se burló de su lentitud y del como discutía con Epeo todo el tiempo, tomó su espada, y de un tajo cortó las amarras él mismo, forzando al bote a caer con fuerza sobre el agua, y a los preocupados de Patroclo y Antíloco a abrazarse por el miedo—. ¿Eh? ¿Me cambias por Antíloco? Ya sabía que eras un rarito —se burló.
—¡Mi señor! —enfureció Patroclo—. Me disculpo de antemano por esto —arremetió contra Aquiles golpeándole la nuca con fuerza—. ¡Las Armaduras Doradas pesan una inmensidad, Aquiles! ¡Si alguien caía al agua no importa el cosmos, nos ahogamos pedazo de cabeza de chorlito! —le recriminó furioso, y a pesar de que Aquiles quería discutir con Patroclo, esta vez tenía a 2 en contra con Antíloco también mirándolo con desdén. Shana lo observó todo desde el barco, y suspiró preocupada, más aún cuando Áyax saltó desnudo al agua, avergonzando a Shana, mientras el inmenso e indecoroso Caballero Dorado nadaba hasta Tenedos decidido a derrotar a Aquiles, quien enfureció e intentó lanzarse al agua con todo y Armadura Dorada, solo para que Patroclo y Antíloco lo detuvieran y salvaran su vida por su imprudencia competitiva.
—Aquiles… de verdad te vas a morir muy joven si sigues así de imprudente… o me sacarás canas tempraneras… —se preocupó Shana—. Áyax tampoco ayuda, mi Orden Dorada está llena de dementes —finalizó mientras entraba en los aposentos de Agamenón, donde Calcas de la Copa y Agamenón de Capricornio tenían una pequeña audiencia con Poseidón.
—Leucophrye es el nombre con el que no hace mucho se conocía a Tenedos —comenzó a explicar Poseidón—. Pero la isla cambió su nombre cuando Tenes, quien se pensaba que era hijo de Apolo, llegó a la ciudad tras ser desterrado por su verdadero padre, Cigno, quien lo pensaba culpable de violación, cosa que no era cierta y por ello Apolo iluminó el ataúd en que su padre lo encerró a él y a su hermana Hemithea antes de lanzarlo al mar —continuaba con la explicación Poseidón, mientras Shana se sentaba a escuchar—. Gracias a Apolo que iluminaba el ataúd, los habitantes de Leucophyre encontraron a los desterrados Tenes y Hemithea a tiempo y, viendo la iluminación de Apolo como señal de divinidad, lo declararan hijo de Apolo y por consiguiente rey de Leucophyre, que fue a pasar a llamarse Tenedos una vez que Tenes fue coronado —para Poseidón, era importante que todos supieran un poco de historia de la isla que en esos momentos invadían—. Esto también significa que en Tenedos no encontraremos Espectros, pero si la iluminación de Apolo es cierta, no solo Tenes pero también Hemithea fueron alcanzados por su luz, y es probable que Aquiles, Áyax y Odiseo estén por encontrar algo peor que Espectros en la Isla de Tenedos. Por el bien de esta invasión espero que Aquiles sea lo suficientemente compasivo como lo fue con Telefó de Archfiend en Misia —finalizó su explicación.
Tenedos.
Las atalayas de Tenedos notaron la avanzada Aquea e inmediatamente fueron a buscar a una hermosa mujer de cabellera castaña suave tan larga que le llegaba inclusive a la cintura. La mujer vestía una armadura que brillaba como el Oro Blanco en contra del reflejo del Sol, y cuando sus soldados llegaron ante ella tuvieron que esforzarse por evitar ser deslumbrados por la luz emanando del brillo de su armadura.
—¡Mi señora Hemithea! ¡Mi señora! —gritaban los asustados Tenedonios—. El rey Príamo tenía razón. La armada Aquea ha venido a hacerle la guerra a Anatolia. Varios barcos se dirigen a nuestras costas—. Continuaba con su explicación el soldado, y Hemithea lo cacheteó con fuerza.
—Déjate de tonterías, soldado. Tenedos no es aliada de Troya —le explicaba la mujer—. ¿Por qué los Aqueos vendrían a Tenedos si es Lesbos en donde deberían de atracar? —se preguntó la mujer mientras subía a la atalaya, tomaba un vidrio redondo algo grueso que le ofrecía uno de sus soldados, y al asomarse y mirar por el aumento que le proporcionaba el vidrio, se horrorizó tras ver el trasero desnudo de Áyax, quien apenas y se estaba vistiendo en su Armadura Dorada—. ¡Ah! ¡He visto las fosas oscuras del Tártaros! —se quejó la mujer.
—Tan simpática como siempre. Hemithea —se presentó ante ella mientras se frotaba los ojos un Espectro alto, fornido, con una Suplice negra con el antebrazo derecho formando la cabeza casi deforme de un caballo que poseía un solo ojo, este estando en el dorso de la mano derecha del Espectro.
—Arsinoos —reverenció Hemithea—. Tu presencia en Tenedos podría sugerir una alianza con Hades. Te pido que te ocultes mientras los Tenedonios nos encargamos de las negociaciones. No podemos arriesgar a nuestro pueblo a una guerra —sugirió Hemithea.
—Me temo que la guerra estallará y que Tenedos deberá denotar alianza o repudio a Troya —se preocupó Arsinoos—. La única razón por la que un Espectro como yo se quedaría en Tenedos es porque tengo una hija aquí, mi adorada Hecamede. Pero Hades ha enviado a otro Espectro y a varios Soldados Esqueleto a fortalecer las murallas de Tenedos. La guerra estallará lo quieras o no. Y eso es porque entre las filas Aqueas hay un hombre que Casandra de Arcana, la Estrella Terrestre de la Mentira, profetizó que si combatía en Troya traería victoria a los Aqueos. Nadie jamás ha creído en las profecías de Casandra, pero por alguna razón Hades está obedeciendo, y planea asesinar a Filoctetes de Sagita —apuntó Arsinoos, mientras el Espectro Laocoonte se materializaba frente a las murallas de Tenedos y un ejército de Soldados Esqueleto, la milicia de Hades, se materializaba junto con él—. Igual que Telefó de Archfiend, la Estrella Celeste de la Muerte, Hades está obligando a Tenedos a participar en la guerra. Harías bien en atender a mis advertencias —razonó Arsinoos.
—Las advertencias han sido escuchadas —se unió a ellos un tercero. Tenes, el rey de Tenedos, un joven de cabellera castaña oscura y hermano de Hemithea, y quien vestía también una armadura de Oro Blanco con un par de alas que asemejaban destellos de fuego de la corona del Sol—. ¡Avanzada Aquea! —les gritó el rey mientras Aquiles y Áyax llegaban frente a los ejércitos de Soldados Esqueleto de Hades discutiendo infantilmente sobre quien lideraba el atraco—. ¡Mi nombre es Tenes, rey de Tenedos, y como pueden ver visto una Glorie, una armadura de Oro Blanco consagrada a Apolo! Soy uno de sus Ángeles. En esta tierra no se venera a Hades —fue la advertencia de Tenes, y Aquiles por fin logró separarse de Áyax y comenzó a hablar, aunque Áyax no pretendía que le quitaran la gloria e intentó machacar a Aquiles, pero Epeo se adelantó y encerró a Áyax dentro de un cubo de cristal, incinerando más la ira de Áyax que amenazaba con volver a sentarse en él.
—Me cortan el efecto dramático… —se quejó Aquiles, y entonces se aclaró la garganta—. ¡Tenes, rey de Tenedos! —comenzó Aquiles—. Mi nombre es Aquiles, Caballero Dorado de Libra y príncipe de los Mirmidones. Conmigo viene Áyax de Tauro, el apodado El Grande, y otros valientes guerreros —y Áyax sacó su pecho con orgullo, y Epeo se tranquilizó y quitó su escudo, solo para que Áyax lo tomara del cuello, lo aplastara al suelo y se sentara en él mientras Teucro intentaba levantar a su hermano y rescatar a Epeo—. ¡Ya basta! ¡Me quitan heroísmo en el discurso! —se quejó Aquiles nuevamente, pero entonces se aclaró la garganta y continuó—. Entre sus filas podemos observar las Suplices de Hades, lo que los convierte en enemigos de nuestra diosa, Athena, de Poseidón, y de Hefestos, quienes están del bando de los Aqueos. Pero con la sabiduría como principal guía, y antes de desatar la guerra, les pedimos nos permitan levantar nuestro campamento en Tenes, para así posar nuestra vista sobre el verdadero enemigo, Troya —sugirió Aquiles—. De no acatarse nuestras exigencias, nos veremos obligados a tomar Tenedos a la fuerza y convertirlo en nuestro centro urbano de abastecimiento —los amenazó Aquiles. Incluso en la diplomacia se requería de este tipo de amenazas por el bienestar de la verdadera misión, la guerra contra Troya.
—No cederemos Tenedos —fue la respuesta de Tenes—. Lo que pasó en Misia no se repetirá aquí. Váyanse de nuestras tierras o los expulsaremos a la fuerza. Busquen otra isla que convertir en su centro urbano. Tenedos no negociará con los Aqueos —y tras recibir respuesta, Aquiles miró a Antíloco pidiendo consejo.
—No podemos regresar a Aulis haciendo viajes de 2 Lunas todo el tiempo para abastecernos —le explicó Antíloco—. Y un ataque frontal a Troya no nos dará lugar para formar un campamento. Tenedos es la única alternativa, Lesbos es demasiado grande para mantener la posición, mientras Tenedos tiene el tamaño perfecto. Tienes que negociar o tomar las armas, pero sea cual sea la respuesta final, los Aqueos deben construir su centro urbano en Tenedos —insistió Antíloco.
—Las guerras son muy complicadas —se quejó Patroclo—. ¿Atacar un pueblo neutral solo por construir un centro urbano? Sé que venimos desde muy lejos, pero… ¿no podemos intentar buscar una isla desierta o algo así? —preguntó.
—El problema son los asentamientos que hay que construir —se quejó Epeo, levantándose y sobándose la espalda mientras Teucro regañaba a Áyax por sentarse sobre él—. Desperdiciaríamos mucho tiempo construyendo el asentamiento, es más fácil tomar uno. Te lo dice el arquitecto del grupo. Si vamos a Lesbos e intentamos asentarnos allí, tendremos a toda la milicia Troyana rodeándonos. Necesitamos refugio, y lo necesitamos ya. Además, no tenemos tiempo para sembrar granjas y nuestras provisiones están a punto de agotarse. Según Acamante nos quedan solo para 3 días —explicó Epeo.
—¿3 días? ¡Pero yo tengo hambre ya! —se quejó Áyax—. ¡Hiciste tu advertencia y no te escucharon! ¡O lideras la batalla o la lidero yo! ¡En todo caso no pienso quedarme sin cena por ti! —sentenció Áyax.
—Lo que mi hermano intenta decir, pero no puede articular en oraciones más diplomáticas es… —comenzó a explicar Teucro—. Que, si no recibimos la cooperación de Tenedos, la ocuparemos a la fuerza. Básicamente ya estamos muertos antes de que empiece la guerra si no lo hacemos —y Aquiles lo comprendió—. Desperdiciamos tiempo, vidas y recursos en Misia, más aún al estar 2 Lunas encerrados en Aullis. Ya no nos queda otra alternativa. La guerra para nosotros comenzó desde que zarpamos de Aullis la primera vez, y Troya no ha recibido ataque alguno mientras nosotros nos morimos de hambre —finalizó.
—No hay otra alternativa entonces —concluyó Aquiles—. Ha decidido negar la paz, rey Tenes. Los Aqueos hemos viajado por mucho tiempo y nuestra necesidad de sitio es innegable. ¡A las armas todos! ¡Mirmidones! ¡Salaminos! ¡Hombres de Ítaca! ¡De Pilos! ¡De Creta! ¡De reinos amplios y poderosos o de orígenes humildes! ¡A las armas! —ordenó Aquiles.
—¡Salaminos! ¡A las puertas! —ordenó Áyax—. ¡Muro de escudos! ¡Todos juntos! —gritó nuevamente, y los Salaminos juntaron hombros y desfilaron en dirección a las murallas—. ¡Epeo! ¡Usa tu muro para cubrir los huecos de nuestra avanzada! ¡Teucro! ¡Ve con Odiseo y los arqueros de Ítaca! ¡Aniquilen a esos soldados de Hades! —les ordenó.
—¡Arqueros! —ordenó Odiseo, y sus hombres prepararon las armas. Teucro inclusive se colocó junto a Filoctetes con orgullo—. ¡Hagan fila! ¡Mantengan a los Espectros alejados de los Salaminos! ¡Aquiles! ¡Cuidaremos a tus hombres! ¡Es momento de que Shana habrá la puerta del Tártaros! —prosiguió.
—¡Ya lo escuchaste, diosa inútil! —se burló Aquiles—. Abre la puerta del Tártaros que estamos por alimentar a la bestia —continuó Aquiles, y el cielo comenzó a llenarse de relámpagos azules, mientras la poderosa bestia comenzaba a volar alrededor de las nubes oscuras.
—Te recuerdo, Aquiles… —resonó la voz de Shana—. Que es Poseidón quien abre o cierra la puerta. Yo tan solo rodeo a todos con mi cosmos velando por su bienestar. Poseidón me ha pedido no protegerte con mi cosmos por la forma en que te diriges a mi persona. A pesar de ello tendrás mi protección, pero vuelve a insultarme y te reprenderé severamente —trató de actuar con autoridad Shana.
—Di lo que quieras, de todas formas, me viene importando muy poco, diosa caprichosa y asustadiza —se burló Aquiles, y entonces subió a su auriga—. ¡Vamos, Automedonte! ¡Mirmidones! ¡Por la gloria de nuestros nombres! —gritó Aquiles, y el grupo comenzó con la movilización.
—Te lo dije, Hemithea —le recordó Arsinoos mientras tomaba su lanza y corría al lado de los hermanos de armaduras consagradas a Apolo—. Hades no perdería la oportunidad de debilitar a los Aqueos antes de que llegaran a Troya. ¡Hades nos obliga a todos a la guerra! —entonces saltó junto a Laocoonte, y corrió junto con él y los Soldados Esqueleto en dirección al Auriga de Aquiles y Automedonte.
Automedonte notó a quienes se aproximaban a su encuentro, tomó una sola rienda y comenzó a elevar su cosmos, dispuesto a auxiliar a Aquiles en batalla a pesar de ser su Auriga. Así fue como lanzando un tremendo puñetazo en dirección al cielo, generó un torbellino de agua alrededor del auriga, lanzando a varios de los Soldados Esqueleto por los aires, mismos que eran tragados por los poderosos vientos y el agua del torbellino de Automedonte permitiendo a Áyax y a Epeo adelantar a la avanzada de Salaminos hasta las murallas, donde Áyax comenzó a pulverizar la madera de las puertas a puñetazos.
—¡Tontos! ¡El auriga era una distracción! —gritó Hemithea desde la cima de las murallas—. ¡Arqueros! ¡Mátenlos a todos! —ordenó, y la lluvia de flechas comenzó a acribillar a algunos de los soldados Salaminos hasta que Epeo elevó su cosmos protegiendo al grupo de saqueadores mientras Áyax continuaba impactando las puertas, agrietándolas, y encontrando lanzas saliendo de los interiores de las grietas que Áyax había abierto. Áyax evadió, se molestó, encajó la mano en la puerta, tomando al soldado que lo atacó de la cabeza y sacándolo a la fuerza y lanzándolo a los aires para que los Salaminos alzaran sus lanzas y empalaran de una forma muy violenta y salvaje al soldado que se atrevió a intentar herir a Áyax—. ¡Es una verdadera bestia! —se asombró Hemithea, sacando su espada y saltado de la cima de la muralla intentando usar todo su peso para clavarle la espada a Áyax al cuello. Epeo lo notó, elevó su cosmos alrededor de Áyax y formó su muro, pero este se partió bajo la espada de Hermithea y ella hubiera degollado a Áyax si Aquiles no hubiera corrido a su lado tacleándolo fuera del camino, obligando a Hemithea a perder su blanco, y elevar su espada justo a tiempo para bloquear la espada de hielo de Automedonte—. ¿Los guerreros de Apolo y Poseidón se hacen la guerra? ¡Ustedes los Generales Marinos están dementes! ¡Nuestros dioses fueron aliados! —se quejaba ella.
—¡Di lo que quieras, pero en esta era Poseidón es aliado de Athena! ¡Olas Ascendentes! —prosiguió Automedonte, impactando el rostro de la mujer y rodeándola de un vórtice de agua que la lanzaba a los cielos—. ¡Poseidón siempre ha sido un dios bondadoso que fue injustamente engañado por Apolo! ¡Athena le brindó a Poseidón su auxilio! ¡Y mientras yo viva haré lo posible porque esta alianza jamás desaparezca! —se enorgulleció Automedonte, más entonces sintió un intenso calor mientras la mujer elevaba su cosmos en llamas y quedaba suspendida en el aire frente a las murallas de Tenedos.
—Eso puede arreglarse —mencionó la mujer mientras se limpiaba la sangre de los labios—. Serás ejecutado por Hemithea de Chariot Solaris —en su cosmos se dibujaron un par de Caballos de Fuego que tiraban de una figura del Sol como representación de cosmos. Su Glorie era la armadura del par de caballos que tiraban del carruaje de Apolo. Hemithea se lanzó en picada transformada en un meteoro de fuego, Automedonte saltó a un lado, pero la explosión de cosmos lo hirió, aunque el de Hipocampo hizo lo posible por continuar con el combate—. Te arrepentirás de haberme hecho frente, marino. ¡Destello de Helios Chariot! —se lanzó con el cuerpo transformado en caballos de llamas.
—¡Galope del Oleaje Divino! —prosiguió Automedonte con sus Hipocampos relinchando furiosos, y el choque de fuego y agua alzó un torbellino de agua envuelto en llamaradas casi divinas. Aquiles, Áyax y Epeo aprovecharon la distracción para dispersarse alrededor de la muralla de madera, Epeo alzó nuevamente su muro, impidiendo que los Soldados Esqueletos alcanzaran a los Caballeros Dorados, a Áyax el Menor de Perseo que había logrado llegar a la puerta tras petrificar a varios soldados, y a Protesilao de Orión y Podarces de Dragón, quienes se habían convertido en fieles soldados Mirmidones siempre al lado de Aquiles.
Antíloco y Patroclo lanzaban a soldados de un lado al otro sin tregua alguna, manteniendo el perímetro con Fénix de Heracles también desplegando sus flamas plateadas e incinerando las almas de los defensores de Tenedos. Era una masacre, y los Aqueos parecían tener una sencilla ventaja. Meríones e Scilla era uno de los más mortíferos del grupo, cambiando entre las bestias que manipulaba para doblegar a hileras enteras de soldados Tenedonios sin problema alguno. El campo de batalla parecía estar muy bien resguardado, por lo que, tras notar que tenía la oportunidad, Aquiles comenzó a concentrar su cosmos mientras Áyax se las arreglaba para abrir las puertas de la ciudad.
—¡Terminemos con esto! ¡Tigre Descendente de Pelión! —gritó Aquiles, y su rugido estremeció a toda la ciudad mientras Aquiles se lanzaba transformado en el poderoso Tigre de Libra, arrasando con los soldados y abriendo paso a Áyax y a los Salaminos, quienes entraron detrás de Aquiles, cuyo ataque fue bloqueado en ese momento por Tenes, el rey de Tenedos, que elevaba su cosmos alrededor de Aquiles como llamaradas que se intensificaban con los vientos de Aquiles—. Rey Tenes —sonrió Aquiles de forma arrogante, mientras el furioso rey de Tenedos comenzaba a incinerar la piel de Aquiles, quien comenzó a sudar.
—Has cometido un grave error, Aqueo —le mencionó el rey, y Aquiles retrocedió sintiendo el inmenso cosmos, que interrumpió la guerra por el inmenso calor—. Tenedos no era enemiga de los Aqueos. Hades ha orquestado esta batalla, pero te aseguro que yo, Tenes de Helios, me encargaré de terminarla —prosiguió, y el dios del Sol anterior a Apolo, se dibujó detrás del cosmos de Tenes—. ¡La Corona de Helión! —anunció, rodeando todo su cuerpo con las llamaradas de un Sol de tamaño humano, luego extendiendo sus alas, cerrándolas, y lanzando una tremenda onda de calor en dirección a Aquiles.
El príncipe de los Aqueos sentía su rostro hirviéndole y sus poros estallándoles con la ebullición de su propia sangre. Cuando el ataque terminó, Aquiles estaba en el suelo con medio rostro rodeado de una costra de sangre oscura, mordiéndose los labios, tragándose el dolor, y con su ojo no rodeado por sangre quemada, incinerando la ira del Tigre reflejada en su iris.
—¡No te entregues a la cólera, Aquiles! —escuchó Aquiles, encontrando a Odiseo en medio de la ciudad y en un combate de espada contra lanza con Arsinoos, quien había resultado ser un oponente digno de enfrentarse a Odiseo, quien dejó el liderato de los hombres de Ítaca con Filoctetes, quién en esos momentos evadía a Laocoonte de Serpiente Bicéfala, el Espectro Terrestre de la Razón—. Entrenaste con Quirón de Centauro en el Monte Pelión, Aquiles… no olvides sus enseñanzas, no olvides que te enseñó a mantener el equilibrio de tu Armadura Dorada. La Armadura de Libra es equilibrio entre el Tigre y el Dragón. El Tigre será tu bestia dominante, pero solo el Caballero de Libra mayormente equilibrado puede controlar a ambas bestias —le explicaba Odiseo, y Aquiles recordó el equilibrio perdido, su tranquilidad, y su cólera comenzó a disiparse—. Eres fuerte, Espectro… pero Aquiles me requiere a su lado… mientras Quirón no esté aquí para entrenarlo, seré yo quien se encargue de enseñarle sabiduría… —le explicaba Odiseo.
—Tu sabiduría es inmensa, Caballero —le respondía Arsinoos empujando con su lanza, utilizando una técnica muy similar a la de Diomedes quien era un experto con las lanzas—. Mi nombre es Arsinoos, mi Suplice la bestia Hipogrifo, y mi estrella guardiana es la Estrella Terrestre del Vigor. Así que puedes esperar de mí una batalla justa, aunque a la vez violenta. Yo he nacido para la guerra —sonrió el Espectro.
—Así puede serlo —aceptó Odiseo, notando las heridas en sus brazos donde el Espectro de Hipogrifo le había impactado con la punta de su lanza, evadiendo la protección de la Armadura de Plata, y golpeando únicamente donde habían aperturas—. Tu estilo de batalla es muy similar al de Diomedes, basado solo en la fuerza bruta y el combate rápido pero eficiente. El problema es que solo te concentras en un oponente a la vez. Pero este es un campo de batalla, es la guerra —anunció Odiseo, saltando a un lado, y una flecha dorada de Teucro salió disparada atravesando el pecho de Arsinoos, quien, a pesar de haberse comportado como un valiente guerrero con una nobleza envidiable, había sido atacado a traición por Teucro y Odiseo—. ¡Tártaros! ¡Acepta a este noble guerrero! —anunció Odiseo mientras la guerra se detenía, y Teucro se posaba frente a él elevado su cosmos ante un incrédulo Arsinoos que no esperaba semejante deshonor por parte de un Caballero de Athena—. Perdóname Shana. Pero estamos en guerra. Y no es momento de actuar con nobleza. Termínalo, Teucro… —finalizó Odiseo.
—¡Ruptura del Infinito! —anunció Teucro, extendiendo las manos con sus dedos estirados, y de estos se lanzaron un millar de flechas doradas que volaron en dirección a Arsinoos, atravesándolo continuamente, horrorizando a Hemithea, quien hasta esos momentos continuaba un violento combate con Automedonte, y enfureciendo a Tenes, quien no comprendía como los Aqueos podían ser tan despreciables como para atacar a Arsinoos a traición y arrebatarle la gloria de la batalla al asesinarlo de una forma tan deshonrosa. Aunque Arsinoos se negaba a rendirse, e insistía en anclarse a la vida con su cuerpo tan destrozado que incluso se podía ver a través de un agujero en su cabeza—. ¡Es increíble que siga con vida! ¡Le he dado mi mejor golpe! —se sorprendió Teucro, retrocediendo mientras Arsinoos elevaba su oscuro cosmos alrededor de su lanza.
—El Hipogrifo es una bestia legendaria de la guerra, no puede ser derrotada con tanta facilidad… —mencionaba Arsinoos, y Teucro encontró el cosmos de la bestia elevándose alrededor del brazo derecho, como si toda la fuerza vital de la Suplice permaneciera en esa sección—. Pero no es solo por eso el que me mantengo con vida… pese al vergonzoso y cobarde ataque… debo proteger a mi hija y al pueblo que la vio nacer —insistía Arsinoos, elevando el cosmos de la bestia Hipogrifo, que como una especie de caballo de rostro deforme con un ojo de antena relinchaba furioso—. ¡Galope de Hipogrifo! —gritó, se lanzó con el cuerpo maltrecho en dirección a Teucro con una lluvia de lanzas que lo perseguían, forzando al de Sagitario a retroceder más y más rápido—. De no haber recibido un ataque tan cobarde, Caballeros, les aseguro que estarían enfrentándose a uno de los Espectros Terrestres más poderosos —les aseguró Arsinoos, forzando a Teucro a defenderse con su arco.
—Entiendo tu dolor… pero… —se defendió Teucro, empujando la lanza atrapada en el arco de Sagitario, y cuando logró mantener a Arsinoos con su arco, liberó su mano derecha, y en esta materializó una maza de espinas de color dorado—. Me temo que estamos en guerra, Arsinoos, y no podemos permitirnos perder. La Armadura de Libra tiene 12 armas y estas están distribuidas entre los 12 Caballeros Dorados. Pero el arco no es el arma que he elegido. Las armas de la Armadura de Libra varían de generación en generación, ¡Y en esta generación he elegido la Maza Dorada de Libra como mi arma! —lo sorprendió, alzando la maza, y golpeando la mano con el rostro de Hipogrifo, que al cuartearse bajo la fuerza de la Maza Dorada, soltó un alarido inhumano—. Como Caballero de Sagitario el combate físico no es mi fortaleza, por eso he de valerme de la Maza Dorada cuando requiera esa fuerza. Así funciona en las guerras, el más inteligente ha de salir victorioso. Lo lamento de verdad, Arsinoos, por no poder darte una batalla digna. Pero si hay algo, cualquier cosa que pueda hacer por compensarte, pídelo ahora y te será cumplido —le mencionó mientras Arsinoos caía sobre sus rodillas, y miraba a Teucro desde abajo.
—Solo tengo más que una sola petición —le pidió Arsinoos, y Teucro esperó—. Cuando saqueen esta ciudad… no entregues a mi hija Hecamede como concubina —y Teucro se sorprendió por la petición—. Entrégasela a un rey justo, que la cuide. No permitas que a mi hija la traten como a una prostituta —Teucro entristeció, lloró, y preparó la Maza Dorada—. Hazlo… —suplicó—. ¡Al menos mándame al Tártaros con honor! —le recriminó, y con lágrimas en los ojos, Teucro alzó la Maza Dorada.
—¡Poseidón! ¡Acepta este sacrificio para la bestia del Tártaros! —gritó Teucro, y tras bajar la maza, todo su cuerpo quedó manchado en sangre. Teucro se estremeció, soltó la Maza Dorada, y se arrodilló frente al cuerpo mutilado de Arsinoos mientras observaba su cosmos oscuro elevarse, y ser encontrado por la inmensa Serpiente Oscura, que abrió sus fauces, y devoró el alma de Arsinoos para que fuese torturada por 1,000 años antes de ser merecedora de la reencarnación. Así de horrible era matar a alguien, y así de horrible era el conocimiento que embriagaba la mente de Teucro mientras se sentía responsable de haber condenado a Arsinoos por un milenio a las torturas del Tártaros—. ¿Por qué debe de ser tan doloroso? —gritaba Teucro, tomándose la cabeza, y perdiendo toda la voluntad de seguir combatiendo.
Dentro de la ciudad, Áyax sintió el dolor de Teucro, pero estaba rodeado de Tenedonios y no podía ir en auxilio de su hermano, y peor aún, el asustado de Epeo no hacía más que encerrarse detrás de sus muros llorando por la muerte y destrucción a sus alrededores. Teucro y Epeo eran solo niños, Áyax lo sabía, por eso los eligió en su unidad, para cuidar de ellos. Además, eran Caballeros Dorados, tenían que soportar todas estas penurias por Athena. Así fue que Áyax se tornó más agresivo, y lanzó con su Escudo Dorado a soldados Tenedonios por los alrededores, e inclusive cercenó algunas cabezas con el filo de los bordes del inmenso escudo, pero por más que intentaba, no lograba llegar a su hermano, a quién veía rodeado gracias a que las puertas de la muralla estaban derribadas. Para fortuna de Áyax, sin embargo, encontró a Odiseo protegiendo a Teucro mientras se reponía del trauma de tomar una vida.
—¡No será la última vez que tomes una vida en esta guerra, Teucro! ¡Ponte de pie! ¡Por algo eres un Caballero Dorado! —le explicaba Odiseo, con Toante de Pegaso y un temeroso Cianipo de Pez Austral a su lado—. ¡Cianipo! ¡Mantén la fila! ¡Tú también deberás volverte fuerte como Caballero! ¡Piensa en tu primo Diomedes! —le mencionaba, y el joven asentía, cerraba los ojos, y lanzaba una estocada con su lanza, arrebatándole la vida a uno de los Soldados Esqueleto.
Flota Aquea.
De vuelta en las naves Aqueas, Diomedes se encontraba con Acamante mirando a la playa de Tenedos. Un olor penetrante de sangre y hierro había comenzado a llegarles incluso a esas distancias. Diomedes estaba inusualmente callado, Acamante lo notó, permaneció a su lado esperando a que dijera algo, pero tras notar que no lo haría, el rey de Atenas decidió intervenir.
—No es normal que el veterano de guerra sea quien no exprese sentimiento alguno por una batalla que se presenta frente a sus ojos —fue lo que dijo Acamante, con un tono de seriedad y nobleza que le hacía saber a Diomedes que era una conversación seria—. Has estado en más guerras que la mayoría. No me explico cómo puedes estar preocupado. Tenedos no es una amenaza —finalizó.
—Yo tenía 4 años cuando asesinaron a mi padre en la guerra de los 7 Contra Tebas… Acamante… —le explicó Diomedes, y Acamante asintió—. A los 12 años ya había asesinado a 799 aspirantes por la Armadura de Escorpio, y a los 14 marchaba a la guerra contra Tebas. Yo era solo un niño. Allí afuera en estos momentos, hay otros niños como yo, que están arrebatando sus primeras vidas. Ese sentimiento, la primera víctima es siempre la más difícil. Jamás olvidas su rostro, jamás olvidas ese dolor —y Acamante volvió a asentir sabiendo que su intervención no era necesaria—. En Aullis, Epeo y Teucro combatieron contra simples estatuas de cobre, y en Misia no asesinaron a nadie, solo se defendieron. Pero ahora es diferente, ahora están al frente de la batalla. Ahora no son una mayoría. En Misia pensábamos que atacábamos Troya y todos fuimos juntos. Ahora… —apuntó Diomedes con su mano, cerrando la mano en un puño como si sostuviese a la isla misma—. Ahora es cuando realmente es matar o morir. La mente de los más jóvenes… va a colapsar… y solo los verdaderos guerreros entre los guerreros podrán mantener la calma —y Acamante se mostró sorprendido.
—Pienso que has hecho un excelente trabajo engañándonos a todos haciéndonos pensar que eras el más débil de la Orden Dorada —agregó Menelao, recordando el combate que sostuvo con Diomedes por la mano de Helena—. Ya comienzo a comprender el plan de Odiseo, por qué fue requerida su separación. Juntos, son una fuerza imbatible, separados, uno es sabiduría y el otro la guerra. Ahora que Odiseo no está a tu lado, la sabiduría te rodea. Esta calma, esta templanza innatural en ti. Pretendo ver hasta dónde eres capaz de conservar esa calma y determinación. Porque si tú que eres guerra puedes aprender a tener sabiduría, igual puedo aprenderlo yo que por mi ira he causado mucho daño —y Diomedes se impresionó—. En la guerra sobreviven los más inteligentes. Y mi sentido común me dice que tú eres el más inteligente después de Odiseo. Pero diferente de él, tú sabes hacer la guerra. Además, te considero más divertido. No te matará intentar fingir ser un idiota para mantener la calma y moral de tus hombres. Al menos tú te vez divertido haciéndolo, cuando yo lo intento todos piensan que he perdido el juicio. Así pues, sigue incrementando nuestra moral, Diomedes de Escorpio —le reverenció.
—No es como que vaya a ser algo muy sencillo de hacer dadas las circunstancias —y tanto Acamante como Menelao lo comprendieron, pero la sonrisa de Diomedes los tranquilizó aún más—. Pero como Escorpio, la manipulación es mi mejor arma. Al menos puedo prometerles que mis soldados, Argivos, Calidonios o Tebanos, tendrán la mayor de las morales —y los Caballeros Dorados volvieron a admirar la guerra.
Tenedos.
—¡Dragón Ascendente de Pelión! —gritaba Aquiles, impactando el mentón de Tenes de Helión, quien fue noqueado por toda la ciudad a pesar de que las heridas y quemaduras de Aquiles harían pensar que el príncipe de los Mirmidones estaba más muerto que vivo. Pero el Caballero Dorado de Libra había logrado tranquilizar su cólera gracias a la respiración, y a las palabras de motivación de Odiseo—. Los guerreros de Apolo son en verdad muy superiores a los Espectros Celestes, Automedonte… esto no es un juego… —le mencionaba Aquiles a su compañero, que soplaba vientos poderosos de su mano y empujaba a Hemithea de Chariot Solaris por todo el campo de batalla—. Aunque estoy más sorprendido por tu resistencia —le sonrió Aquiles.
—Mi joven señor —se preocupó Automedonte de Hipocampo—. En realidad, me encuentro en extremo preocupado por sus heridas y por el hecho de que Patroclo no haya podido llegar en su auxilio —confesó Automedonte, molestando a Aquiles, quien le pidió agacharse, y cuando Automedonte lo hizo, Aquiles le propinó un tremendo golpe en la nuca—. ¡Mi señor! —se quejó Automedonte, sobándose la cabeza.
—A Patroclo lo necesito liderando a los Mirmidones mientras yo combato a las verdaderas amenazas. De nada me sirve de niñero —señaló con su espada en dirección a Patroclo y a Antíloco, quienes daban órdenes a los Mirmidones manteniendo un perímetro seguro para que Aquiles pudiera combatir con toda la extensión de su cosmos—. Así que deja de preocuparte por mí y demuéstrale a Hemithea de Chariot Solaris tu verdadera fuerza. Esta batalla ya ha durado mucho, y si queremos mantener el elemento sorpresa en contra de Troya tenemos que actuar ya —sugirió Aquiles.
—Entiendo lo que me pide mi señor, pero su talón… —intentó explicar Automedonte, y Aquiles saltó y le pateó la nuca con su pie derecho—. ¡Mi señor! ¡No sea imprudente! ¡Se podría volver a herir el talón! —se quejó Automedonte sobándose la cabeza por el potente impacto.
—No seas ridículo —se enorgulleció Aquiles sacando el pecho—. Para poder herirme el talón se requeriría del esfuerzo conjunto de un mortal y un dios. Y Tenes a pesar de que se diga que es hijo de un dios la verdad es que no lo es. Su cosmos no llega al nivel de otros como Heracles —se burló Aquiles, tronándose los nudillos—. Y si llegara a ese nivel, sería increíble el poner a prueba mi fuerza contra ese gigantón descerebrado —preparó el puño con la forma del Tigre—. Ahora ven, Tenes. Terminemos con esto —aclaró Aquiles, y en ese momento sintió las llamaradas de Tenes intensificarse.
—Aquiles… te juro que Apolo jamás perdonará esta afrenta —aclaró Tenes formando una espada en llamas azules en su mano—. El nombre de mi padre es Cigno, el Espectro Terrestre de la Estrella Invencible y quien viste al Cisne Negro. Así que por definición soy un mortal. Pero esta Glorie pertenece al ejército de Apolo, quien no está aliado a Hades. Los Espectros y Soldados Esqueleto no son más que refuerzos que nosotros no solicitamos, Arcinoos combatía por proteger a su hija, y en cuanto a Laocoonte nadie sabe para qué hay venido. Pero la conclusión es la misma: Atacaste a Tenedos, y al pueblo que reverenciaba a Apolo. Y por ello Apolo te castigará algún día. ¡Y puede que ese día sea hoy cuando mueras por mi mano! —se lanzó el Ángel de Apolo con su espada en llamas, y Aquiles se defendió con su espada, dibujando en su cosmos al Dragón, desafiando a Tenes—. ¿Cómo puedes dominar a ambas bestias de la Armadura de Libra? —se impresionó Tenes.
—Soy el Caballero del Equilibrio —sonrió Aquiles—. El primero en toda la historia en poder controlar en igualdad de condiciones al Tigre y al Dragón. ¡Dragón Ascendente de Pelión! —anunció, impactando el mentón de Tenes y ganando algo de distancia mientras el poderoso Dragón Dorado continuaba elevándose, y Tenes comenzaba a caer malherido por el tremendo impacto—. Pero, aun así, mi dominio en el Tigre es muy superior al Dragón. ¡Soy el máximo instrumento de la guerra! ¡Y estás por sentir la fortaleza de mis zarpas! —se preparó Aquiles, con fuertes vientos respaldando su cosmos, rodeándolo, e incinerando su fuerza—. ¡Aquean Talanton! —gritó, y la balanza se desbalanceó, y con el puño envuelto en llamaradas doradas atravesó el pecho de Tenes, incinerando su cuerpo desde dentro, y forzando a Tenes a soltar un alarido descomunal.
—¡Hermano! —gritó Hemithea, horrorizada por ver a su hermano siendo incinerado por el cosmos dorado de Aquiles—. ¡Me las pagarán! ¡Yo misma acabaré con todos ustedes! —se lanzó en dirección a Automedonte en la forma de una Yegua de Fuego, Automedonte concentró su energía, toda la que pudo alcanzar a generar, esperó al momento propicio, retrocedió, evadió el puño de Hemithea, y de pronto agua comenzó a salir de la tierra, elevándose en dirección al cielo y formando un remolino a su alrededor mientras el fuerte viento le tiraba de la cabellera a la guerrera de Apolo—. Apolo jamás perdonará a Poseidón por lo que estás a punto de hacer —lloraba con temor Hermithea, mientras Automedonte permanecía frente a ella, con un circulo de agua rodeándolos a ambos—. Reconsidera… no es tarde para recuperar la amistad entre nuestros dioses —suplicó.
—Te lo dije antes, y te lo repetiré en este momento… —le mencionó Automedonte, mientras el torbellino de agua a su alrededor giraba más rápido, y más violento—. ¡No hay alianza más grande que la de Athena y Poseidón trabajando juntos! ¡Y mientras yo viva me aseguraré de que continué existiendo! ¡Olas Ascendentes! —resonó con fuerza su grito, y la Glorie de Hermithea comenzó a despedazarse por la poderosa corriente de agua—. ¡Jamás subestimen a los Generales Marinos de Poseidón, ni a su alianza con los Caballeros de Athena! —se enorgulleció Automedonte, posándose frente a un alegre Aquiles, quien le tendió la mano—. Es un orgullo combatir nuevamente a su lado, mi señor —y el par apretó manos con fuerza.
—¡Eso fue increíble mi señor! —llegó Podarces de Dragón con el resto de los Mirmidones, incluido Protesilao de Orión, Fénix de Heracles, Antíloco de Virgo, y Patroclo de Leo, quien se moría por ir a atender a las heridas de Aquiles, pero Antíloco no se lo permitía—. Nuestras pérdidas fueron mínimas. Justo como se esperaría del príncipe de los Mirmidones. ¡Usted es mi ídolo! —se alegró Podarces.
—Pensé que yo era tu ídolo —le impactó la nuca Protesilao de Orión, y todos se burlaron un poco, más entonces el de Orión se aclaró la garganta—. No se distraigan, soldados. Hay que transmitir el conocimiento de la muerte de Tenes y de Hermithea, y ordenar la rendición de los Tenedonios. Mi señor, con su permiso comenzaré a organizar la rendición de Tenedos —y Aquiles se limitó a asentir mientras intentaba con cierto dolor quitarse la sangre quemada del rostro.
—Aquiles —llegó Odiseo de Altar con su ejército, y con Áyax el Grande cargando a un sobresaltado Teucro en sus brazos, y un intranquilo Epeo temblando todavía a su lado—. Aquiles, tras sentir el cosmos de Tenes desvanecerse todos soltaron sus armas inmediatamente. Todos menos uno. El Espectro Laocoonte continúa combatiendo. Algo está mal —Aquiles asintió, y junto con Odiseo ambos fueron en búsqueda de Laocoonte.
Mercados de Tenedos.
—¡Flecha de Heracles! —gritaba Filoctetes, quien era perseguido por Laocoonte y varios de los Soldados Esqueleto remanentes que no le daban a Filoctetes tregua alguna, y lo habían perseguido por toda la isla hasta llegar a los acantilados—. ¿No sentiste la muerte del rey Tenes con tu cosmos? ¡La batalla ha terminado! ¡Perdieron! —intentó hacerlo desistir Filoctetes, preparando un arco y flecha de cosmos y atacando a Laocoonte, quien evadía las flechas que tras impactar o rozar a los Soldados Esqueleto los inundaban de un terrible dolor—. Mis flechas están envenenadas. Solo un roce y estarás muerto. ¿Aun así piensas continuar con esta inútil batalla? ¿Acaso no valoras tu vida? —le preguntaba Filoctetes, y el Espectro Terrestre de la Razón, cuya Suplice era la Serpiente Bicéfala, se limitó a sonreír divertido por su cacería, a pesar de que todos sus Soldados Esqueleto habían muerto.
—Hades tiene prioridades mucho más importantes que el preocuparse por una ciudad insignificante consagrada a Apolo, Caballero de Plata —se burló Laocoonte, con ambas manos rodeadas de un cosmos oscuro que formaban las cabezas de Serpientes cada una—. ¡La verdadera razón de esta batalla siempre fuiste tú, Filoctetes! —le gritó, fue a su encuentro, y Filoctetes se lanzó también en contra del Espectro.
Un choque de cosmos tremendo se dejó sentir, y Aquiles y Odiseo, quienes en esos momentos buscaban a Filoctetes, llegaron justo a tiempo para ver al Caballero de Sagita tumbado en el suelo y malherido con su talón ensangrentado. El Espectro también estaba herido y no se encontraba en condiciones de continuar con la batalla, mucho menos al ver a Aquiles y a Odiseo con sus espadas preparadas. Así fue que Laocoonte prefirió utilizar la fuerza restante que le quedaba para huir, siendo perseguido por Aquiles, pero ni con sus pies ligeros logró alcanzar a Laocoonte antes de que se lanzara del acantilado a las afueras de los mercados y en dirección al mar.
—¡Filoctetes! ¡Resiste! —se preocupó Odiseo, y un terrible aroma le golpeó la nariz—. ¿Qué te han hecho? —se preocupó Odiseo mientras Filoctetes ardía en fiebre. Odiseo entonces lo cargó y lo llevó en dirección a los navíos, mientras un preocupado Aquiles se preguntaba si saltar o no en búsqueda de Laocoonte—. Déjalo, Aquiles. No puede nadar con su Suplice puesta. Seguramente el tarado se ahogó. De momento hay que llevar a Filoctetes con Macaón para que lo cure —le explicó, y Aquiles asintió, se acercó, e inmediatamente se cubrió la nariz por el fétido aroma—. Ese olor también me está preocupando a mí.
Anatolia, Troya. Palacio de Príamo.
—¿Está hecho? —preguntaba Paris, quien se encontraba sentado en el trono de Príamo con Helena en sus brazos y Políxena arrodillada frente a él. Utilizaba una esfera de sombras para comunicarse con Laocoonte, quien había salido del otro lado de la playa a duras penas, pero con vida—. Tu silencio es preocupante, Laocoonte. No me digas que Filoctetes sigue con vida —le preguntaba Paris, aplastando el cuello de Laocoonte a distancia.
—Atacaron mi pueblo… asesinaron a mis guerreros —resonó una voz, y una intensa luz iluminó la sala del trono. Apolo entonces se formó en cuerpo divino y cosmos llameantes en el centro de la habitación, y miró a Paris fijamente—. Artemisa puede haber elegido la neutralidad, Hades, pero Apolo te apoyará siempre que lo considere conveniente. Tendrás mi ayuda, pero te la daré cuando me sea ventajosa, Apolo no es lacayo de nadie —le apuntó Apolo a un Paris que le sonreía con malicia—. Como acto de buena fe, yo, Apolo, el dios del Sol, de la Luz y de los Médicos, maldeciré la herida de Filoctetes para que no pueda ser sanada. No lo mataré por ti, pero le negaré mi don de curación. Mayor intervención que esta solo la tendrás cuando los Aqueos vuelvan a insultarme. Después de todo, no deseo un conflicto con mi querida hermana quien, neutral o no, protege los navíos Aqueos junto a Hefestos —sentenció Apolo, y entonces se desvaneció frente a Paris, quien estaba sumamente divertido.
—Apolo, siempre tan agradable —se alegró Paris, levantándose de su trono, y dejando a Helena en este—. Siempre disfrutando de castigar y torturar a los mortales en lugar de matarlos y dejarme ese trabajo a mí. Pero agradécele a Apolo su intervención, Laocoonte. Porque yo no tolero el fracaso y Apolo acaba de salvarte el cuello para que intentes combatir otro día —finalizó Paris, y entonces se dirigió al trono de Príamo, levantando a Helena, sentándola en sus piernas, y acariciándole el vientre—. En esta guerra planeo llenarte de muchos hijos, Perséfone —le susurró Paris, y ambos compartieron un apasionado beso, o así fue hasta que para fortuna de Políxena, que no agradecía ser una espectadora de la lujuria de Hades, las puertas del palacio Troyano se abrieron, y una preocupada Creúsa llegaba persiguiendo a un furioso Eneas—. Oh, las cosas se ponen más interesantes —sonrió Paris.
—¿Dónde está Príamo? —enfurecía Eneas, buscando al anciano rey por todas partes—. Atacaron Tenedos, la atacaron y se apoderaron de ella, mis espías me lo han dicho. Dile a Príamo que lo estoy buscando para discutir los términos de la alianza entre Dárdanos y Troya —insistía Eneas.
—¡Pero cariño! —se quejaba Creúsa, colgada del brazo de Eneas, y pese a que antes deseaba la guerra, ahora esta no le agradaba mucho—. Piénsalo detenidamente. ¿No prefieres discutirlo con tu querida esposa? ¿O tal vez con la entrepierna que tanto te gusta? —intentó seducirlo Creúsa, para descontento de Paris, quien la miraba fijamente. Afortunadamente, Eneas no le prestaba atención a las indecencias de Creúsa en esos momentos—. ¿Negó mi entrepierna por hacer la guerra? ¿Por qué el único que no me niega por la guerra es el feo de mi esposo Hefestos? —se quejó en un susurro Creúsa, mientras el cosmos de Afrodita lloraba de insatisfacción.
—Atacaron Misia primero, luego Tenedos. No me quedaré de brazos cruzados a esperar a que ataquen a Dárdanos después. Quiero hablar con Príamo, jamás contigo, lujurioso hijo de Afrodita —lo insultó, y Creúsa lloró tras notar que la usaban como un insulto muy indecente.
—Niego tu ayuda, Eneas —habló Príamo, quien llegaba ante su propia sala del trono junto a Héctor, y Paris se mostró furioso por la intervención—. No requerimos de la intervención de los Dárdanos para enfrentar a 4 insignificantes reinos. Solo conseguirán aplastarse a sí mismos en contra de nuestras murallas.
—¿Acaso he hecho algo para hacerme merecedor de tu desprecio, primo? —se quejó Eneas, quien miraba a su primo Príamo con desdén por la arrogancia del rey de Troya—. Pienso contar con el apoyo de Troya en el caso de una invasión. Misia y Tenedos no eran naciones aliadas de Troya y aun así fueron atacadas. Por lo que a mí concierne, Troya debe responsabilizarse por estas invasiones ya que es la lujuria de tu hijo la que ha desatado todas estas tragedias. ¿Y aun así estoy buscando una alianza y tú la niegas? —le espetó Eneas con coraje.
—¿Te di a mi hija por esposa como señal de alianza entre nuestras naciones y cual fue tu respuesta, Eneas? —le espetó Príamo con el mismo desdén—. «La guerra que se avecina es culpa de Príamo por permitirle a Paris el conservar a Helena». ¡Mírala y dime si era aconsejable regresarle a Menelao a Helena en este estado! —apuntó Príamo, y Eneas lo miró furioso—. Además, Helena ha venido por su propia voluntad. Lo que Menelao realmente quiere es tierras y acceso al Mar Negro. Yo no le daré nada, ni tampoco te daré nada a ti. Si los Aqueos te atacan, te defenderás solo, Eneas. Ese será tu castigo por negarle a Troya tu apoyo cuando te necesitó —finalizó Príamo, y se retiró de la sala del trono. Héctor, sin embargo, se quedó atrás.
—Si requieres de apoyo Troyano. Mis hombres y yo iremos en tu auxilio, Eneas —aclaró Héctor, y Eneas se cruzó de brazos, incrédulo—. Es todo lo que podré hacer. Más apoyo será imposible. Tú y yo somos guerreros, sabemos la importancia de las alianzas, los reyes solo ven política —finalizó, reverenció, y se retiró también.
—¿Eso significa que Dárdanos no irá a la guerra? —preguntó un tanto aliviada Creúsa, esperanzada de que el pueblo que la acogió no fuera arrasado por la batalla. Eneas asintió, y Creúsa se alegró al respecto—. ¡Eso significa que tú y yo vamos a ponernos muy pero muy cariñosos, cariño! ¡Deja ese ceño fruncido, tómame ahora! —Eneas se ruborizó, e igual lo hicieron Políxena y Helena, Paris por su parte simplemente la miró con desprecio—. Lo siento… Hades… buscaré otra forma de ayudarte, pero no será con Eneas… —le susurró Creúsa, antes de dejar la habitación de trono de Troya.
Isla de Lemnos.
—¿Tan cerca de Troya y todos nuestros hombres se concentran más en vomitar que en preparar las armas? ¿Qué diantres está pasando aquí? ¿Y qué Espectros es ese horrible hedor? —se quejaba Agamenón mientras desembarcaba de su barco, donde se repartía el botín de guerra de Aquiles, razón por la cual todos los Caballeros Dorados estaban presentes allí, así como Poseidón y Shana.
—Mi señor Agamenón —lo recibió Odiseo con preocupación—. Se trata de Filoctetes. Ha sido herido en Tenedos y ni Macaón ni Podalirio han podido curarlo. Su talón está totalmente podrido —le explicaba Odiseo, y Agamenón caminó en dirección a donde Macaón y su hermano Podalirio, ambos los médicos de los Aqueos, intentaban bajar la fiebre de Filoctetes y soportar el terrible hedor que ya los estaba enfermando a ellos también—. ¿Puedo hablar con usted un momento, mi señor? —le preguntó Odiseo, ligeramente preocupado, y tanto Shana como Diomedes se preocuparon por Odiseo, teniendo una idea de lo que tramaba. Agamenón simplemente asintió, y ambos tomaron distancia.
—Por el bien de Filoctetes, será mejor que encuentren una cura y que sea pronto —les mencionó Diomedes, preocupando a Macaón y a Podalirio, quienes se apresuraron a limpiar e intentar desinfectar la herida—. No sé qué está pasando con Odiseo, pero nos serviría un poco de misticismo para calmar las barbaridades, Calcas —le pidió Diomedes.
—Con el permiso de Poseidón y Athena solamente, haré el intento de realizar alguna predicción —se dirigió a los dioses Calcas, y Poseidón se molestó y le dio la espalda—. ¿Mi señor? —le preguntó Calcas, ligeramente preocupado.
—Hagan lo que quieran —se molestó de forma infantil—. Pedirle ayuda a Apolo para las predicciones. Acabamos de invadir su ciudad, lo que sea que profetice no será nada bueno, mortales idiotas —se quejó, pero entonces fue abrazado por detrás por Shana, y Poseidón se ruborizó un poco—. De verdad te digo que no me gusta ser menor que tú en esta encarnación —se fastidió Poseidón.
—Pero si así es más divertido para mí, querido tío —le sonreía Shana, y Poseidón se rindió ante los cariños de su sobrina—. Una predicción podría calmar a los Aqueos. Han pasado muchas cosas horribles —sugirió Shana.
—Lo que realmente calmará a los Aqueos es la división del botín, diosa Athena —le explicó Acamante mientras terminaba con la contabilidad—. Los tesoros obtenidos han sido divididos conforme a la gloria de batalla y jerarquía. Como bien sabe, sin importar el honor, los reyes deben siempre recibir mayores tesoros hayan o no participado en la guerra. Así lo ha decretado Zeus, el rey de los dioses —le recordó Acamante, aunque a Shana le sonaba como a una especie de excusa, y Acamante, al notarlo, se retrajo un poco—. Es simple jerarquía, mi señora. Aquiles aún tendrá una restitución favorable por sus servicios al igual que Áyax el Grande, quien fue el segundo más fiero en esta batalla, y a Teucro a quien se le asignará una concubina por su impresionante victoria contra Arsinoos —le explicó.
—¿Eh? ¿Concubina? —preguntó Teucro, y entonces se ruborizó—. ¡Eeeeehhhhh! ¿Cómo que me van a asignar a una concubina? Pero si yo ni siquiera me he casado con nadie y no es como que quiera una calienta camas —se quejó Teucro—. Definitivamente no, Áyax, ayúdame —suplicó ayuda, pero entonces notó a Áyax cargando a 2 mujeres a los hombros y llevándoselas a cuestas a su bote—. ¡Definitivamente no vas a serle infiel a Brenda otra vez! ¿Cuántos más bastardos quieres? —se quejó Teucro, y Acamante suspiró.
—Pese a que comprendo tus preocupaciones, el recibir a concubinas como premios en una batalla es uno de los honores más grandes —y Diomedes asintió a las palabras de Acamante, y al notarlo, Shana lo miró con malicia, y Diomedes se preocupó—. No es por defender a Diomedes, pero, mi señorita… de verdad le explico que es lo más normal de toda Gea… —pero Shana miró a Acamante con molestia, y el rey de Atenas se preocupó—. Lo comprendo… a Diomedes le son negados los derechos de concubinato y en su lugar se le entregarán esclavos varones —finalizó Acamante.
—¿Y yo como para qué quiero esclavos varones? —se quejó Diomedes con lágrimas de coraje y traición en sus ojos—. ¡No es justo! ¡En verdad tú no entiendes mi deseo de convertirme en un padre! —se quejó.
—He sido virgen por miles de años. Atrévete a decirme que no comprendo el deseo de maternidad —le mencionó con cierta ira, y Diomedes se preocupó. Poseidón, aún en los brazos de Athena, se preocupó y suspiró.
—En todo caso, los mortales están en lo correcto —le explicó Poseidón—. El no recibir concubinas en una guerra es un insulto a Afrodita, a Dionisio, y a Eros. El concubinato es importante como método para satisfacer a esos 3 dioses. Y pese a que tenemos a Afrodita de enemiga, de verdad no te recomiendo enemistad ni con Dionisio, ni principalmente con Eros, o tendremos otro tipo de problemas —le explicó.
—¡Eso me sigue sonando a excusa! —se quejaba Shana—. Aunque sería perturbador. ¿Por qué todos hablan de eso mientras yo debo permanecer pura y linda por miles de años? —continuaba con sus quejas Shana, cruzándose de brazos y accidentalmente asfixiando al cuerpo mortal de Poseidón, quien ya pataleaba sin poder respirar.
—Entiéndelo, diosa boba —se quejó Aquiles, y tanto Patroclo como Antíloco lo miraron con desdén por la forma en que se dirigía a Shana—. Los hombres necesitan disfrutar los botines de guerra. Si no la moral baja y querrán desertar de regreso a sus hogares. Tú ni siquiera estás combatiendo, una concubina es un premio. Quítame a las mías y no volveré a luchar por ti —le espetó Aquiles.
—De todas formas… no hay suficientes concubinas para todos, por favor no se peleen —les mencionaba Acamante, y entonces se aclaró la garganta—. ¿Podemos continuar por favor? Solo selecciona a una concubina del grupo, Teucro. El resto se dividirá entre los reyes, menos Diomedes —finalizó, y Diomedes se horrorizó—. De verdad lo siento, pero son ordenes de Athena —se disculpó con su amigo.
—¿Entonces puedo hacer con mi concubina lo que yo quiera? —preguntó Teucro, y una sonrisa lujuriosa se dibujó en el rostro de Áyax, quien se mostraba orgulloso de su hermanastro—. No me refería a ese tipo de cosas —se defendió Teucro.
—Puedes hacer lo que quieras mientras sea dentro de tu tienda —le recordó Acamante—. Tenemos leyes en protección a la decencia. Ahora escoge a una concubina. Ella te atenderá, te bañará, hará tus comidas e inclusive te dará satisfacción al nivel que le pidas. Será de tu propiedad —finalizó.
—Entonces escogeré a Hecamede —eligió Teucro, y una mujer madura, de alrededor de unos 20 años de edad y de cabellera café castaña, reverenció y se acercó a Teucro—. Pero no la tendré de concubina, la daré en tributo a Néstor de Géminis para que le sirva de sirvienta sin derecho a usarla de cualquier otra forma —y tras decir eso, Néstor, quien comía algo de sopa de cebolla frente a una fogata, la escupió toda bañando a Anfímaco de Piscis y a Polixeno de Sireno en esta.
—¿Y yo cómo terminé en la discusión del concubinato? —se quejó Néstor—. Pero bueno… si es por liberarte de la terrible presión de tener una concubina, supongo que aceptaré —agregó con un ligero toque de sarcasmo Néstor—. ¿Quién en su sano juicio renuncia a una concubina? Ven aquí, Hecamede. De ahora en adelante servirás a mi hijo Antíloco —finalizó.
—¿Ahora yo? —se apuntó a sí mismo Antíloco—. Me pregunto si los dioses se molestarían conmigo si a pesar de usar la Armadura de la Virgen me divierto un poco —se preguntó, y como respuesta notó la mirada sombría de Shana—. No la tocaré… —agregó con cierto temor, y Shana asintió un par de veces.
—Pues yo me estoy preocupando —se quejó Áyax—. Si quieres te presto una de las mías, pero me la regresas —le ofreció Áyax a Teucro, y aquello molestó aún más a Shana—. Pero si es lo más normal de Gea —intentó defenderse Áyax.
—Quien sea descubierto en indecencias con sus concubinas será castigado —se quejó Shana, y Poseidón intentó hablar—. Yo misma me encargaré de Afrodita, de Dionisio, o de Eros —insistió, y todos de inmediato miraron a Diomedes con molestia.
—¿Y yo como por qué tengo la culpa si desde que la adopté me tiene en abstinencia? Ya casi podría ser un sacerdote de Apolo —pero todos apuntaron a Shana con la mirada, y Diomedes suspiró—. ¿Ahora sí me quieren de favorito? Pirañas convenencieras… —les susurró Diomedes—. Diosa Athena, ¿por qué mejor no vemos con Calcas el qué debe de hacerse para alegrar a los dioses en lugar de preguntarnos sobre si el concubinato es o no bueno —y en la distracción, Acamante se apresuró a dividir a las concubinas, y cada quien huyó con la suya, y cuando se quedó con las que le pertenecían a él y la que Shana le negaba a Diomedes, se preocupó recordando su violación, así que no pudo disfrutar de su concubinato, al menos no en los primeros minutos antes de convencerse de que tenía que mantener a Afrodita contenta o arriesgarse a una maldición de Eros—. Veamos si hay alguna predicción importante —y así lo parecía, ya que varios soldados se encontraban alrededor de la Copa de Calcas—. ¿Qué vez, hechicero? —preguntó curioso.
—Podrá parecerte una predicción tonta y sin sentido —pero lo único que me dice la Copa es que la primera persona que ponga pie en las playas Troyanas, será la primera muerte del bando Aqueo en esas tierras —fue la mención de Calcas, y Diomedes no encontró sentido a aquella predicción—. No lo entiendes. Todos saben que habrá muertes. Pero el que la Copa mencione que el primero en poner pie será quien morirá primero, abre posibilidades infinitas. Míralo tú mismo —y Diomedes se asomó, y al hacerlo, vio su propia muerte tras recién bajar del barco a manos de Héctor, pero la imagen rápidamente cambió a Odiseo siendo asesinado por un hombre con Suplice de Cisne Negro, luego a la imagen de Néstor siento perforado por Equetreón, luego Antíloco por Laocoonte, y la imagen cambiando a Aquiles por Trolio, e inclusive Patroclo por Heleno—. ¿Lo ves ahora? —le preguntó—. La predicción es tan insignificante y sencilla de interpretar, que cuando alguien se refleja en estas aguas, inmediatamente después se refleja alguien diferente que desea sacrificarse por salvar a la persona anterior, y así sucesivamente hasta que en todo el ejército de Athena y Poseidón exista un alma egoísta que no se lanzara en protección a nadie, o a quien nadie quisiera —le explicó.
—Por mí Tersites puede irse al Tártaros —se susurró Diomedes, y en la copa se reflejó a Tersites muriendo a manos de Héctor, e inmediatamente después la Copa reflejó a Diomedes muriendo a manos de Héctor, y el ciclo volvió a repetirse—. ¿Cómo que yo me sacrificaría por el imbécil de Tersites? Ese mató a mi abuelo Eneo —se quejó Diomedes, y Calcas suspiró—. Pero entonces, ¿qué significa esta predicción? —preguntó.
—Que las posibilidades de que alguien muera, o de salvar a alguien al sacrificarte a ti mismo, son infinitas —concluyó Shana, y Diomedes la miró curioso—. En otras palabras. No es el miedo de morir, es el miedo de, por no lanzarte tú mismo a la batalla primero que los demás, estés permitiendo a alguien más morir en tu lugar —fue su conclusión—. La razón de que haya tantas posibilidades en esta predicción, es porque siempre hay alguien que daría su vida por otro alguien. Puede que sea una predicción inútil, pero ya está doblegando a las tropas mentalmente. La verdadera pregunta es entonces: «¿Quién será el que se sacrificará primero por salvar a un ser amado?». Apolo en verdad nos ha hecho la guerra, al oprimir la mentalidad y estabilidad emocional de los nuestros con este tipo de enigmas —y Diomedes lo comprendió. No era la predicción el problema, sino el deseo de proteger a alguien más. Los Aqueos tenían un inmenso deseo de proteger a quienes apreciaban, y gustosos arriesgarían sus vidas al ser los primeros en pisar tierra en Troya.
Aposentos de Agamenón.
Mientras Shana meditaba al respecto de la predicción de Calcas, Odiseo había logrado tomar distancia con Agamenón. Y solo cuando se percató de que nadie los seguía, fue que comenzó a hablar con el Rey Supremo.
—Me disculpo por las precauciones, mi señor Agamenón. Pero lo que estoy por decirle no me gustaría que redujera la moral de los Aqueos —le mencionó Odiseo, y Agamenón asintió—. Ha tenido que tomar la decisión más difícil con el sacrificio de su hija Ifigenia. Es por esto que, si usted está dispuesto a hacer este tipo de renuncia, considero que cualquier otra palidece en comparación. Estoy hablando de Filoctetes —le explicó.
—El arquero de Plata con el talón podrido, ¿no es así? —le preguntó, y Odiseo asintió—. ¿Dices que ni Macaón ni Podalirio pueden ayudarlo? —y en respuesta, Odiseo bajó la mirada con tristeza—. Si es así, me temo que tendré que rebanarle la pierna por salvarle la vida —observó Agamenón su afilado brazo.
—El hedor está enfermando a los nuestros, e inclusive amputarle la pierna podría solo empeorar las cosas. Es por esta razón que mi sugerencia es algo más descorazonado… pero por el bien de nuestra misión es algo que debe hacerse —le explicó, y Agamenón escuchó.
Costas de Lemnos.
Horas más tarde, los jefes de escuadras estaban revisando que todos sus soldados estuviesen en los barcos. Odiseo pidió ser el último en ser revisado por Acamante, principalmente porque había uno entre los Aqueos que no se desprendía de Filoctetes, y quien solo lo haría cuando fuera una orden directa de Acamante cuando llamó a la escuadra de Áyax a subir de nueva cuenta a los barcos.
—Teucro, a las naves —le ordenaba Acamante, impaciente—. Estamos por iniciar la invasión a las costas Troyanas, y estaremos en desventaja si la noche cae antes que de preparemos nuestros campamentos. Ahora sube a tu barco —le solicitó, y Teucro suspiró, y le dio un apretón de manos a Filoctetes.
—Estarás mejor para combatir a los Troyanos, anciano —se burló Teucro, y los 2 compartieron un gentil abrazo, como todo buen maestro y su discípulo—. No volveré a caer en shock. Debo aprender a matar por el bien de nuestra misión. Prometo no desilusionarte, Filoctetes —reverenció y subió a su barco, que se preparó para soltar amarras. Áyax entonces miró a Odiseo desde el interior del barco, y asintió, Odiseo también asintió, y Filoctetes supo lo que estaba ocurriendo.
—Dime una cosa, Odiseo, ¿está enterado Teucro de este acto de cobardía tuya? —preguntó, y Odiseo se mordió los labios, y lo negó con la cabeza—. Te maldigo, maldito cobarde. ¿Cómo te atreves a arrebatarme la gloria de esta manera? —le preguntó, preparando su arco y su flecha, y apuntando a Odiseo.
—No es nada personal, Filoctetes. Pudiste ser tú o cualquiera —fue la respuesta de Odiseo—. Todo lo que estoy haciendo, y todo lo que haré de ahora en adelante, será por el bien de nuestra empresa, no por el deseo de causarte vergüenzas. De verdad lo lamento —finalizó Odiseo, mientras sus hombres abordaban, y el ultimo en hacerlo fue Odiseo, quien inclusive le dio la espalda a Filoctetes, permitiéndole disparar si así lo deseaba. Pero Filoctetes no lo hizo, y se limitó a llorar, y a soltar alaridos de depresión.
Tras escuchar los alaridos, Teucro viró a tierra, encontrando a Filoctetes abandonado en la isla de Lemnos, lo que lo horrorizó y Teucro intentó ir en auxilio de Filoctetes, pero Áyax lo tomó por la espalda.
—Lo siento mucho hermanito, pero Odiseo tiene razón —intentaba razonar con él Áyax—. La peste del talón de Filoctetes es demasiada, y pronto Troya se enterará del ataque a Tenedos. No nos queda más alternativa que abandonarlo, lo tienes que entender —le explicaba Áyax, y Teucro lloraba, pero lo aceptaba.
En el barco de Agamenón, Poseidón observaba a Shana fijamente, quien permanecía acostada en su cama, abrazando su almohada, intranquila, y con un profundo dolor en su corazón. Poseidón se acercó a ella, se sentó en su cama, y suspiró.
—Tenemos que respetar las decisiones de los humanos, aunque nos duelan, Shana —le explicaba Poseidón a Shana, y comenzaba a acariciarle la cabellera—. Pronto llegaremos a Troya. Odiseo tiene razón, el desperdiciar tiempo atendiendo la herida de Filoctetes nos retrasaría, y el hedor enfermaría a los soldados. Tenemos el tiempo en contra —concluyó.
—Estoy comenzando a odiar el ser una diosa… tío Poseidón… —lloraba Shana, y Poseidón asintió—. Los mortales ya no pueden escuchar sus lamentos, pero los gritos de dolor de Filoctetes, sumidos también en el terrible sentimiento de traición, sumándose a los sollozos de Teucro… me son insoportables y me destrozan el corazón… —le mencionaba Shana, y extendió sus brazos, avergonzando un poco a Poseidón, quien suspiró, se acostó junto a Shana, y la dejó abrazarse de él—. Ya falta tan poco… la verdadera guerra ya va a comenzar… tengo miedo… mucho miedo… todas esas caras, todas esas almas, todos esos cosmos… simplemente ya no los veré… —sollozó, y Poseidón se limitó a intentar tranquilizarla.
Anatolia. Costas de Troya.
—¡Están aquí! —resonó el grito de uno de los soldados Troyanos, quien corrió en dirección a Héctor, quien en esos momentos se encontraba frente a un ejército de Troyanos con otro general de apariencia ruda, cabellera rubia y corta, y barba amarillenta muy bien delineada. No ostentaba bigote, pero su aspecto no dejaba de ser fiero por ello—. Príncipe Héctor, general Cigno, están aquí, y parecen ser más de los que pensábamos —intentaba explicar el soldado.
—Sean cuantos sean todos van a caer —le respondió Cigno, y entonces miró a Héctor e hizo una reverencia—. De verdad estoy agradecido, príncipe Héctor, por la oportunidad que me brinda de permitirme vengar la muerte de mi hijo Tenes. Sé lo importante que es para usted el liderato. Por ello entiendo que permitirle a los hombres de Colona liderar la defensa de Troya, es un gran honor —reverenció Cigno.
—Soy padre también, Cigno. Y sé que un padre lo haría todo por sus hijos —fue la respuesta de Héctor, mientras miraba a los arqueros preparar los arcos y las flechas para recibir a los Troyanos bajo una lluvia de flechas mientras el Sol comenzaba a ocultarse—. Dé las ordenes, general. Mis hombres y yo nos quedaremos a su lado a auxiliarle en la batalla —finalizó.
—Será una batalla gloriosa, amo Héctor —continuó Cigno—. ¡Aqueos! ¡Les habla Cigno de Cisne Negro, la Estrella Terrestre de la Invencibilidad y Rey de Colona! ¡Prepárense a unirse a sus dioses! ¡Arqueros! ¡Preparen! ¡Apunten! ¡Fuego! —gritó Cigno, y los arqueros comenzaron con el violento bombardeo en dirección a las pocas naves de batalla que veían salir de la niebla que parecía envolver los barcos.
—¡Escudos! —gritó Agamenón desde la cima de los barcos, y todos los Aqueos prepararon sus escudos y recibieron las flechas sin problema alguno—. ¡Memnón! ¡Que los Generales de Poseidón continúen con la neblina! ¡Quiero ver el rostro de esos ilusos cuando se den cuenta que somos más de los que pensaron que éramos! —habló Agamenón, orgulloso, y mientras los primeros barcos llegaban a tierra amenazando con aplastar a los arqueros, que comenzaron a retroceder. Más y más barcos comenzaron a llegar, y los arqueros se horrorizaron, los barcos no dejaban de llegar, y ahora incluso Héctor parecía haber perdido su temple.
—En el nombre de Zeus… —se sorprendió el príncipe de los Troyanos, mientras los soldados Aqueos soltaban las amarras de las proas de sus naves y estas caían a la arena violentamente, revelando los inmensos números de soldados que había en cada nave—. Jamás en toda mi vida… había visto semejante número de lanzas. ¿Acaso hemos pecado de soberbia? ¿Acaso nos creímos dioses e invencibles y solo ahora nos estamos dando cuenta de la magnitud de nuestro gran pecado? Esto es una locura —los Aqueos comenzaron a bajar, pero recién llegaban a la parte de las proas de sus barcos donde se acababa la madera y comenzaba la arena, y todos se detuvieron, Aquiles incluido, quien a pesar de saber que su vida sería corta pero gloriosa, temía en esos momentos a la muerte por una profecía tan insignificante, pero a la vez reveladora. Todos intercambiaban miradas, ninguno quería bajar. El temor era demasiado. Eran mayoría, pero el primero en bajar estaba muerto—. ¿Qué ocurre? ¿Por qué no bajan? —se preocupó Héctor, y tanto él como Cigno comenzaron a hacer retroceder a sus hombres.
Por la cantidad de soldados, Héctor sabía que todos los arqueros estaban muertos, pero los Aqueos no se movían, y permitían al ejército de Cigno y Héctor retroceder. Los Aqueos sabían que estaban desperdiciando una gran oportunidad, pero de entre todos, fue uno de Plata el que se armó de valor, y fue el primero en saltar a la arena, con sus ojos repletos en lágrimas.
—¡Hermano! —gritó Podarces de Dragón al notar que su hermano Protesilao de Orión era quién había saltado primero—. ¿Qué has hecho? ¡No hace mucho que te has casado! ¿Por qué? —lloró el Caballero de Bronce del Dragón.
—Porque amo a mi hermanito, y quiero que sobreviva a esta guerra… —le contestó Protiselao de Orión, con lágrimas en sus ojos, y elevando su cosmos—. Y porque confío en la justicia de esta misión. Y porque es mi deseo que Aquiles, el príncipe de Ftía, logre encontrar la gloria en esta guerra. ¡Nuestro enemigo está allí afuera! ¡Y les estamos dando la oportunidad de reagruparse! ¡Puede que yo sea el primero en morir, pero, no me iré sin haber acabado con cuantos Troyanos pueda! —comenzó a llover. Dentro de la nave de Agamenón, Shana, Athena, ya no podía soportar el dolor en su corazón. La primera muerte había sido anunciada, y muchas otras le seguirían.
Comienza Tema: Mi Nombre Será Leyenda.
Tierra Santa.
Agamenón entendió la cobardía de él y la de todos y bajó de la nave, Anfímaco le siguió, así lo hizo también Néstor. Diomedes no tardó en adelantarse también, seguido de Acamante y de Menelao. En la nave de Áyax bajaron él, Teucro, e incluso el acobardado de Epeo. Patroclo y Antíloco se adelantaron también, y ambos miraron a Aquiles, quien se mordió los labios, y bajó al final de los Caballeros Dorados. Odiseo fue el primero de bajar por los de Plata tras la valentía de Protesilao, le siguieron Palamedes, Fénix, y muchos otros más de los de Plata. Podarces respetó el esfuerzo de su hermano y fue el primero de los de Bronce en bajar, poco a poco todos quienes usaban una Armadura de Athena se posaron en las playas de Troya. Los Generales de Poseidón fueron después, y cuando todos quienes usaban Armadura o Escama estuvieron abajo, lo hicieron así los soldados, y la lluvia comenzó a intensificarse, mientras el llanto de Athena se mostraba impasible, pues no solo Protesilao, sino muchos otros que aceptaban su destino de forma voluntaria, estaban por lanzarse en batalla contra los Troyanos, en una guerra que solo podía terminar en tragedia. Fue en ese momento en que Agamenón colocó su mano en el pomo de su espada, miró a ambos lados, todos los Caballeros Dorados esperaban su instrucción. Protesilao se posó junto a su hermano Podarces, y juntos esperaron, aquel momento, aquel suspiro interminable, en el que Agamenón por fin alzó su espada, y el grito de guerra se dejó escuchar, estremeciendo inclusive los cimientos de la misma Troya.
La gran carrera comenzó, los Aqueos habían sentido sus energías renovadas, y cuando alcanzaron a los arqueros la matanza comenzó. Los Troyanos estaban indefensos, rodeados por miles y miles de Aqueos que les cortaban el camino, los derribaban, y comenzaban con el castigo a los Troyanos.
Yo elijo la gloria al olvido, luchar a entregarle al destino lo que la vida da, lo que queda aún por llegar.
Epeo elevaba su cosmos y dividía los cuerpos de los Troyanos utilizando su ataque de Extinción de la Luz de las Estrellas, horrorizando a los Troyanos. El pequeño temeroso acababa de adquirir el coraje necesario.
Forjar con valor cada instante, buscar en la fuerza el coraje que no he de rendir jamás, combatir hasta el final.
A quien le sobraba valor era a Áyax, el apodado El Grande, quien con violentas cornadas lanzaba a los arqueros por los cielos. Héctor y Cigno lograron llegar ante los lanceros Troyanos y estos comenzaron a avanzar.
Y caminar con la furia salvaje de quien vence hoy, empujando al corazón hasta morir.
En su avanzada, sin embargo, una lluvia de meteoritos y planetoides comenzó a caerles del cielo. Néstor estaba desplegando toda su fuerza desde el inicio, destrozando los cuerpos de todo Troyano que le hacían frente y horrorizando a Héctor que estaba sin habla.
Por cada gota de la sangre, derramada con pasión, será el tiempo quien juzgue mi valor.
El campo de batalla comenzó a rodearse de almas mientras Acamante se adelantaba rápidamente con su garra lista, y de movimientos rápidos y precisos partía a los soldados Troyanos a la mitad, aumentando su número de almas, que lanzó e incineró en dirección a los Troyanos.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. Yo escogí el camino, fue la gloria que elegí.
El rugido de Patroclo resonó con fuerza, y cientos de soldados fueron lanzados por tremendos e increíbles golpes que hacían temblar la tierra, mientras el guerrero indomable forzaba a los Troyanos a huir de él y los perseguía con sus colmillos bien afilados.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. De esta última victoria, beberé antes de morir.
Siempre cerca de Patroclo se encontraba Antíloco, quien desaparecía evadiendo lanzas y reaparecía en un punto totalmente diferente, desintegrando soldados con las esferas de energía dorada que escapaban de sus manos y fulminándolos.
Cerca del par corría Aquiles, quien con movimientos rápidos y certeros de su espada mataba sin mucha complicación, sin desear perder el tiempo. Los Troyanos caían a su alrededor como si los Caballeros Dorados todos fueran guerreros invencibles, y probablemente lo eran, así fue que Cigno se adelantó y decidió hacerle frente a Aquiles, y ambos comenzaron un combate de espadas muy parejo que lanzaba destellos por los choques de sus armas.
No importa el lugar si no muero, que allí donde yo caiga al suelo por siempre recordarán: este día y mi final.
Cuando Héctor por fin se dio cuenta de que estaba permitiendo a los Aqueos ganar terreno sobre las llanuras desérticas de Troya, y que estaban a medio camino de las grandes murallas, rectificó el camino, tomó su lanza y se lanzó contra Protesilao, pero para fortuna del condenado, su lanza chocó en su punta con otra, reviviendo un evento que incineró la furia del Troyano, mientras el ser Aqueo al que más odiaba se posaba frente a él. Diomedes y Héctor nuevamente combatían con una fuerza capaz de impresionar a los dioses mismos.
La tierra que forja a los héroes, tormento de hombres que nunca eligieron poder luchar, ni morir para ganar.
Teucro estaba triste por perder a su maestro, pero su fiereza en el campo de batalla había opacado por completo al niño llorón de Tenedos. Con el deseo de enorgullecer a su maestro Filoctetes, las esferas de trueno que se desprendían de sus puños arrasaban con la avanzada Troyana
Y contarán de como arranqué mil vidas sin dudar. Luchando de la muerte me serví.
Agamenón era el más mortífero de todos, incluso más mortífero que Aquiles, de un movimiento de su brazo, su poderosa espada caía y miles eran partidos a la mitad, Agamenón no requería de mucho movimiento para continuar con la masacre, pocos eran los que se daban cuenta que ya corrían por los ríos del Hades.
Por cada gota de la sangre, derramada con pasión, será el tiempo quien juzgue mi valor.
Sin quedarse atrás estaba Menelao, que igual que su hermano demostraba por qué ellos eran los Caballeros Dorados más fuertes de todos, mientras sus puñetazos de hielo congelaban y despedazaban los cuerpos de los Troyanos que se acercaban. El campo de batalla comenzaba a llenarse de estatuas de hielo llenas de pánico.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. Yo escogí el camino, fue la gloria que elegí.
Anfímaco también tenía un cementerio a su alrededor. Mientras estuviera lo suficientemente alejado de sus compañeros podía desplegar una nube de polen toxica que asesinaba al instante a quienes la respiraban, y cuando sus compañeros llegaban, disipaba la misma y lanzaba sus rosas blancas paralizando a los atacantes.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. De esta última victoria, beberé antes de morir.
Héctor estaba anonadado, de alguna manera había logrado perder a Diomedes, pero cuando lo hacía tenía a Áyax enfrente, y tras escapar del gigantón encontraba a Aquiles intentando atraparlo. Y sin embargo fue Patroclo el que logró golpearle el mentón y hasta tumbarle el casco.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. Yo escogí el camino, fue la gloria que elegí.
La trompeta de retirada Troyana resonó. Cigno sabía que estaban rodeados, debían primero recuperarse, reajustar sus filas, y correr en dirección a las murallas. Héctor se odió a sí mismo por la revelación, pero elevó su cosmos tan alto como pudo, expulsando de su lado a Diomedes, Áyax, y a Patroclo, permitiendo a Cigno lanzar su lanza en dirección al de Libra.
Porque es aquí, donde mi nombre será leyenda. De esta última victoria, beberé antes de morir.
Aquiles se horrorizó, no estaba a distancia suficiente para evadir el ataque de Cigno. La lanza voló, se clavó, y Aquiles fue testigo de que el designio de los dioses era inquebrantable, mientras Protesilao de Orión usaba su cuerpo como escudo para proteger a Aquiles de lo que pudo haber sido un ataque fatal. Cumpliendo la profecía, de que quien fuere el primero en poner pie en las playas de Troya, sería la primera muerte del bando Aqueo. La balanza por fin se había recuperado, tristemente para el Caballero del Equilibrio, quien comenzó a ver a los Aqueos muriendo a su alrededor mientras él y Héctor se encontraban en medio del campo de batalla, intercambiaban miradas de rivalidad, sellando un desprecio y respeto del uno por el otro. Por fin la guerra había llegado.
