Cuando Natasha despertó la mañana siguiente, Clint ya no estaba.
La noche anterior, cuando regresaron del hospital a la Torre y se encerraron en su dormitorio, lo vio andar de un lado para otro de la habitación como si sus piernas no pudiesen estarse quietas. Y sabía que le había costado conciliar el sueño por la cantidad de vueltas que había dado en la cama. Que no estuviese allí aquella mañana sólo se lo corroboraba.
En realidad no le extrañaba, ni tampoco podía reprochárselo: primero fue saber que su hermano seguía vivo y que quería acabar con él, y después la inesperada aparición de Coulson. Si no fuese por los sedantes que le habían prescrito el día anterior el médico para el dolor de la herida, a ella también le habría costado dormirse. Pero no fue así: cayó en la cama rendida y se quedó dormida entre los brazos de Clint de inmediato, sabiendo que él aún estaba despierto.
Natasha pasó la mañana delante del ordenador, mirando las noticias y las páginas de los periódicos digitales. Muchas no recogían la detención de Yelena, y en las que lo hacían apenas era una reseña en la sección de sucesos. Respiró, colocando ambas manos a los lados del teclado. Suponía que la noticia no había trascendido demasiado porque Tony se había encargado de que no lo hiciera hasta que tuviesen a Barney y a Justin Hammer contra las cuerdas. No necesitaban publicidad ni notoriedad en aquellos momentos. Sólo necesitaban que ambos hombres diesen un paso en falso para cazarlos.
Se llevó la mano a la herida del costado. No había sido tan grave como había pensado cuando vio toda aquella sangre resbalarle por la cintura del pantalón, manchándole la ropa. Los puntos no eran tantos después de todo y, con la ayuda del analgésico, el dolor había remitido bastante. Sabía que en un par de días estaría perfectamente.
Se levantó y fue hasta la ventana. La luz de la mañana de Nueva York era especial: tan luminosa y alegre, tan limpia. No tenía nada que ver con cómo se sentía.
El encuentro con Yelena le había traído recuerdos de cuando aún era una chiquilla y las formaban para ser Viudas Negras. De cuando las hacían luchar entre sí para hacerlas fuertes psicológicamente y que no tuviesen apego a nada ni nadie.
Mucho había llovido desde entonces, tanto que aquella vida parecía pertenecerle a otra persona. En aquel entonces no tenía a nadie salvo a ella misma; ahora tenía a sus compañeros y amigos. Y tenía a Clint.
Respiró profundamente y se miró las manos. Aquellas manos habían estado innumerables veces cubiertas de sangre, suya y ajena. Llegó un momento, cuando se graduó, —por llamarlo de alguna manera— en que creyó que no iba a servir para nada más que para matar. Pero el tiempo se encargó de demostrarle cuán equivocada había estado. Y estaba feliz por ello: lo estaba porque ya no era aquella chiquilla a las órdenes de la Habitación Roja, y estaba más feliz aún por no ser como Belova.
Con esa idea en su mente volvió a sentarse delante del ordenador, dejando que una sonrisa iluminara su rostro.
Natasha entró en el salón justo antes de la hora del almuerzo, esperando encontrar allí a Clint. Pero no había rastro ni de él ni de Tony. Miró a su alrededor, asegurándose de que ninguno de los hombres estaban allí. Dio un paso al frente para detenerse en el centro de la gran estancia. Normalmente no le gustaba echar mano del asistente virtual de Stark para minucias como que le dijera dónde estaba Clint, pero no tenía ganas de recorrer la Torre inútilmente.
—Jarvis, ¿sabes dónde está el agente Barton?
La respuesta de la inteligencia artificial no se hizo esperar.
—El señor Barton está en la terraza, señora Romanoff.
Natasha asintió sabiendo que el mayordomo virtual de Stark la podía ver.
—Gracias, Jarvis —le dijo mientras emprendía camino hacia donde le había indicado.
Apenas puso un pie en la gran terraza, el viento le arremolinó el pelo delante de los ojos. Natasha lo retiró con cuidado, buscando a Clint con la mirada. La luz del sol hacía que todo brillase y tuvo que colocar la mano sobre la frente para mitigar el resplandor que ofrecían los cristales de la Torre. Buscó a su alrededor dónde podía estar Clint. Lo vio sentado cerca de la balaustrada.
Se acercó hasta él despacio, con las manos metidas en los bolsillos de sus pantalones. Clint no se había percatado de su presencia, así que se demoró en observarlo. El viento le despeinaba el flequillo, ahora más largo de lo habitual. Miraba hacia el frente, más allá de la barandilla, hacia algún punto que sólo él parecía apreciar. Tenía los ojos algo encogidos y pequeñas arrugas se formaban en el contorno de éstos. Mantenía los hombros bajos y las manos apoyadas entre sus piernas abiertas sobre el banco de cemento. Llegó hasta él y se quedó de pie a su espalda.
—Estaba buscándote —le dijo.
Clint giró apenas la cabeza para mirar por encima de su hombro derecho. Alzó la comisura de los labios y le sonrió.
—Pues aquí estaba.
Natasha se sentó a su lado, hombro con hombro. Lo empujó con suavidad con el suyo y le correspondió la sonrisa.
—Hola —le dijo y lo besó en la mejilla.
Clint dejó que ella lo besara y la obsequió con una sonrisa que le iluminó los ojos.
—¿Cómo te encuentras? ¿Has pasado buena noche?
Natasha asintió con seguridad.
—Estoy bien. La herida del costado apenas duele, la garganta está bastante mejor y mi voz ya no suena como la de Joe Cocker. Así que sí, yo he pasado buena noche. Pero tal vez tú no puedas decir lo mismo.
La sonrisa de Clint se borró de un plumazo. Giró la cabeza para volver a mirar al frente y su mandíbula se endureció ante los ojos de Natasha. Clint no dijo nada y Natasha agregó:
—Noté cómo dabas vueltas en la cama.
Clint no le contestó.
—Venga, Clint, en serio. ¿Cómo estás realmente? —quiso saber ella.
Tras unos segundos, los hombros de Clint parecieron relajarse. Dejó caer las manos laxas y soltó el aire de sus pulmones.
—No sé cómo estoy, Nat.
Natasha pasó su brazo izquierdo por la espalda de Clint y lo agarró por la cintura, dejando caer su cabeza contra su hombro.
Se quedaron en silencio, sin que ninguno de los dos se atreviese a decir nada. Era algo habitual entre ellos; no le tenían miedo a los silencios prolongados. Más aún: se sentían cómodos con ellos. Natasha cerró los ojos y se dejó acunar por la presencia de Clint, por el calor y la fuerza que despedía su cuerpo y por aquella agradable brisa que corría en la terraza de la Torre.
—No creo que pueda hacerlo, Nat —dijo Clint al fin, rompiendo el silencio unos minutos después. Natasha desvió la mirada hacia él y lo observó por el rabillo del ojo.
—¿El qué no puedes hacer? —le preguntó casi con un susurro.
Clint tomó aire antes de responderle.
—Enfrentarme a mi hermano.
Natasha apretó los labios. Buscó la mano de Clint y la apretó con la suya, entrelazando sus dedos con los de él.
—Por lo que me contaste, creo que él no tiene ese mismo problema.
Clint se movió, haciendo que Natasha tuviese que levantar la cabeza de su hombro. Giró su cuerpo hacia ella para poder mirarla.
—¿No lo entiendes, Nat? No puedo enfrentarme a él —le dijo con la mandíbula apretada.
Natasha alzó una ceja. Soltó la mano de Clint y se movió en el asiento, buscando una postura que le permitiese tenerlo completamente de frente.
—¿No quieres o no puedes?
Los ojos claros de Clint se clavaron en los de ella. Una arruga surcó su frente, partiéndola en dos.
—¿Acaso importa?
Ella asintió con convicción.
—Importa, Clint. Importa tanto como que puede ser la diferencia entre que tú lo mates o él te mate a ti. Y parece que a él no le importaría hacerlo.
Clint tomó aire y bajó la cabeza, hasta que su barbilla rozó su pecho.
—Sé que no le importaría —masculló y Natasha tuvo que hacer un esfuerzo para escuchar sus palabras.
Con gentileza, Natasha colocó sus dedos bajo la barbilla de él y le levantó la cabeza para que pudiera mirarla a los ojos.
—Clint, este sentimiento te honra, pero no puedes dejarte llevar por sentimentalismos. Barney es un asesino sin escrúpulos. Tanto le da matar a un senador como a ti. Por lo que sabemos, no va a parar hasta verte muerto.
Él alzó una ceja.
—¿Crees que no lo sé?
Natasha asintió con un cabeceo.
—Sé que lo sabes. Sólo me aseguro de que lo recuerdas.
Los ojos de Natasha se encontraron con los de Clint. Siempre le había cautivado el color de sus ojos. A veces eran azules y en otras ocasiones grises. Creía que dependía del humor con que se encontrara, o tal vez fuese la luz, no lo sabía. Además, esas pequeñas motitas doradas los hacían excepcionales y que fuesen los únicos en lo que ella querría mirarse cada día. Clint se acercó a ella y la besó lánguidamente, apenas rozando sus labios.
Natasha retuvo el aire en sus pulmones al notar aquella tierna caricia. A duras penas se alejó de él despacio, apoyando su frente contra los labios de Clint.
—Sé que es inevitable que te enfrentes a él.
Clint depositó un beso en ella.
—Lo es.
Natasha se irguió de nuevo, para mirarlo.
—¿Cómo era? —preguntó unos instantes después.
Clint hizo una mueca con el rostro, sin comprender la pregunta.
—¿El qué?
—El orfanato —respondió ella.
Clint echó la cabeza hacia atrás, elevando sus ojos hacia el cielo. Dejó escapar un largo suspiro. Natasha lo observó durante unos momentos, con cierta tristeza.
—No tienes que contármelo si no quieres —le dijo Natasha, volviéndolo a tomar de la mano.
Con lentitud, Clint bajó la vista para clavarla en ella.
—Quiero contártelo. Te dije que algún día lo haría. Bien, hoy parece ser ese día.
Con paciencia, Natasha esperó hasta que Clint se sintió preparado para hablar.
—El orfanato era una mierda, Nat —comenzó diciendo en voz baja, como si hablase sólo para sí mismo, con la mirada fija en algún punto detrás de Natasha—. Aunque no estaba tan mal cuando no nos atizaban.
Natasha le acarició el dorso con el pulgar, despacio, describiendo pequeños círculos.
—Llegaste allí después de morir tus padres —intervino ella.
Clint asintió.
—Sí. Mi padre era un hijo de puta que le daba palizas a mi madre y nos hacía la vida imposible a todos. Llegaba a casa del trabajo y corríamos a escondernos. Habíamos sabido identificar cómo venía de cocido sólo por el sonido que hacía con las llaves. En alguna ocasión le pegó tan fuerte a mi madre que Barney y yo creímos que la había matado. Al final ambos murieron en un accidente de coche, cuando regresaban a casa y él iba borracho al volante —espetó Clint y, con los dientes apretados, añadió—: Era un cabrón mal nacido.
Natasha sintió cómo su corazón se encogía dentro de su pecho. A su mente llegó la imagen de un joven Clint, con los mismos ojos y el pelo algo más largo y lacio, tal y como solían llevarlo los adolescentes, asustado por las palizas que le pegaba una de las personas que, se suponía, más debía de quererlo en el mundo. Sintió cómo la garganta comenzaba a escocerle.
—Siento lo de tu madre, pero él se mereció terminar de ese modo.
Clint asintió de un único y enérgico cabeceo.
—Si no hubiese muerto en aquel accidente, yo hubiese terminado matándolo antes o después —confesó.
Natasha le apretó las manos entre las suyas.
—Clint.
Él se soltó de su agarre y enderezó los hombros.
—Es la pura verdad, Nat. Recuerdo lo que era vivir bajo la amenaza constante de no saber si iba a regresar a casa borracho o no y, si lo hacía, con quién iba a emprenderla. Así que, de cierta manera, el orfanato fue una especie de respiro para Barney y para mí. Llegamos allí cuando yo apenas había cumplido trece años y Barney quince —le dijo ladeando la cabeza para mirarla, con ojos entornados y los labios convertidos en una dura línea—. Veías entrar a niños más pequeños, poco más que bebés, todos con grandes ojos expectantes y buscando unos brazos que los cogieran y los acunaran. Y te encariñabas con ellos, porque todos, de una manera o de otra, estábamos faltos de cariño.
Natasha vio como Clint tragaba saliva con dificultad. Él elevó los ojos hacia arriba, brillantes, y apretó los labios. Hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza para continuar:
—Pero a ellos los veías salir, porque todos los que iban allí querían adoptar bebés. Nadie quería adoptar a chicos tan grandes, ¿sabes? Y nosotros permanecimos allí, una visita tras otra, viendo a gente pasar. Y yo no era más que un niño, Nat, un niño con casi la misma estatura de un adulto, pero un niño a fin de cuentas, que sólo quería que su madre entrara por la puerta de su dormitorio y le diera un beso de buenas noches.
Natasha sintió cómo un puño invisible tomaba su corazón y lo oprimía con fuerza dentro de su pecho. Apretó los labios, intentando frenar las lágrimas que se agolpaban tras sus párpados. Buscó de nuevo las manos de Clint y las sujetó con fuerza contenida.
—Clint, lo siento tanto —fue lo único que acertó a decirle.
Él torció el gesto.
—Así que un día nos escapamos. Corrimos lejos del orfanato hasta que encontramos el circo. El resto, cómo aprendí a ser bueno con el arco, ya lo conoces.
Natasha llevó su mano hasta su mejilla y la rozó con delicadeza. Clint cerró los ojos y buscó el contacto, apoyándose en ella.
—Nunca me habías contado esto —le dijo sin dejar de acariciarlo.
Clint abrió los ojos y la miró.
—¿Para qué? —preguntó con cierto tono de acritud en su voz—. No quería que pensaras en lo patético que soy.
Una sonrisa apareció en los labios de Natasha.
—Esto sólo me ha hecho darme cuenta de una cosa —confesó ella.
—¿De qué? —quiso saber Clint, preguntándole en voz baja.
Natasha se acercó de nuevo a sus labios, deteniéndose antes de rozarlos siquiera.
—De que te quiero más de lo que jamás pensé que podía llegar a quererte —susurró.
Los ojos de Clint se quedaron fijos en ella, ligeramente abiertos.
—No me mires así —añadió Natasha, con una sonrisa.
Clint negó con un gesto casi inconsciente.
—No… no sé qué decirte, Nat.
Natasha se separó de él, pero sin dejar de mirarlo ni un instante. Bajó brevemente los ojos para volver a alzarlos y clavarlos en Clint.
—Mira, sé que no soy dada a exteriorizar lo que siento, que tiendo a pensar que querer a alguien me hace más débil, que esos sentimientos me hacen vulnerable, y que en un momento u otro, terminarán volviéndose en mi contra. Pero creo q todo este tiempo he estado equivocada, Clint: es justo lo contrario. Me hace más fuerte, me hace capaz de enfrentarme a cosas a las que no me creías capaz de enfrentarme, sólo porque esa persona a la que quiero está en peligro o me necesita. Eso lo he terminado de aprender cuando supe que estabas en China y que debía ir a buscarte.
Clint se apresuró a reducir a cero la distancia que los separaba y atrapó su boca con un beso hambriento.
—Te quiero —dijo él contra sus labios.
Natasha sonrió de nuevo con sinceridad. Encerró su rostro entre sus manos y le acarició las mejillas algo ásperas con los pulgares.
—¿Ves? Sí sabías qué decirme.
Clint volvió a besarla, atrayéndola hacia él, demorándose un poco más en sus labios. Natasha sintió su cuerpo relajarse y la brisa desordenarle la melena con suavidad.
Unos segundos después, Clint se retiró, despacio.
—¿Vamos a comer, o tienes en mente algún otro plan mejor? —preguntó ella, apenas con un susurro.
De la garganta de él salió un quejido que hizo desaparecer aquella sonrisa de su rostro. Dejó caer la cabeza hacia adelante con suavidad, para apoyar su frente contra la de Natasha.
—Tony tiene una reunión con un director adjunto del FBI y quiere que vaya con él. Es acerca de los dos asesinatos, Nat. No puedo decirle que no voy a ir —le dijo mientras se enderezaba con desgana.
Natasha arqueó una ceja.
—¿Quieres que vaya con vosotros? A fin de cuentas, también me afecta a mí.
Clint pareció pensárselo y, finalmente, aceptó.
—Sí, estaría bien que vinieras.
Natasha asintió.
—Bien. Voy a llamar al hospital para cancelar la cita con el cirujano que me cosió ayer.
—¿Qué cita? —preguntó Clint, con interés.
Ella se señaló hacia el lugar en donde Yelena la había herido.
—La que tengo con el médico. Quiere ver cómo está la herida hoy. Pero voy…
Clint la detuvo.
—No, no la canceles. Debes ir y que te la vean.
Natasha se enderezó en su asiento.
—¿Estás seguro? No me importa…
—Estoy seguro. Ve al médico —le dijo Clint, asintiendo convencido—. Haremos una cosa, en cuanto yo termine con Tony te llamaré y si estás aún allí, iré a buscarte al hospital. ¿Trato hecho?
Natasha le ofreció una genuina sonrisa.
—Sí —le contestó ella, acariciándole la mejilla y la oreja. Clint cerró los ojos y lo vio tomar aire profundamente, recreándose en la suave caricia que ella le prodigaba.
—¿Qué vas a hacer? —quiso saber Natasha. Clint abrió los ojos con desgana.
—¿Con respecto a qué?
—Con tu hermano. ¿Volverás hoy también al apartamento del Bed Stuy?
Clint pareció pensárselo durante unos instantes, para terminar asintiendo con gravedad.
—Sé que volverá a por mí. Allí. Quiero cerrar este capítulo de una vez por todas, Nat.
Ella asintió.
—Te entiendo. Y sí, yo también creo que tienes que volver y acabar con esto cuanto antes.
La brisa del mediodía sopló con suavidad, arremolinando la melena de Natasha en torno a su rostro y acariciando a su vez el de Clint. Ambos se sostuvieron la mirada durante un rato antes de que ella se levantara del asiento y le tendiera la mano a él.
Natasha tuvo que esperar en la sala de espera. Había un par de personas más esperando a ser atendidas por el cirujano y, cuando entraron, estuvieron bastante tiempo en la consulta.
Miró varias veces el reloj y la batería de su móvil descendió hasta casi la mitad de tanto encenderlo y apagarlo y pasar de una aplicación a otra. No estaba hecha para esperar sentada en ningún sitio a que la atendieran. Se obligó a guardar el móvil en el bolsillo: o hacía eso o cuando Clint quisiera ponerse en contacto con ella, no podría hacerlo porque tendría el teléfono apagado.
Después de lo que le pareció una eternidad, una enfermera rechoncha y con cara de haberse comido un gajo de limón salió del pequeño despacho que había antes de entrar a la consulta y le indicó que entrara al fin a ver al médico por la otra puerta que había en la sala de espera.
Entró al hospital y se dirigió a la zona de cirugía, donde sabía que también estaban las consultas. Los tacones de sus botas de trabajo resonaban en las baldosas del suelo. Llegó hasta el mostrador del área y esperó a que apareciese una enfermera.
—Perdone —le dijo con una amplia sonrisa que arrancó una idéntica a la mujer—, busco la consulta del doctor Simmons.
La mujer señaló el pasillo de su derecha.
—Siga todo recto. Al fondo, a la izquierda.
Se lo agradeció con otra sonrisa y se alejó por el camino que la mujer le había indicado.
Natasha aguardó sentada en la camilla, con las piernas colgando por el lateral sin tocar el suelo, vestida sólo con una bata de hospital que la enfermera, antes de marcharse, le había sugerido ponerse. La puerta se abrió y el médico que la había operado el día anterior entró.
—Señora Romanoff —la saludó, aunque sin mirarla, con la vista fija en la historia clínica que tenía ante él—. ¿Cómo ha ido todo? ¿Algún problema con la herida?
Natasha negó con contundencia.
—Nada. Apenas me ha dolido en todo el día.
El médico se giró para acercarse hasta un mostrador que tenía a su espalda.
—Túmbese, por favor—le requirió—. Voy a examinársela.
Natasha hizo lo que le había pedido y se tumbó boca arriba en la camilla.
Llegó hasta la consulta de cirugía. La puerta de la oficina previa estaba entreabierta. Miró por el hueco antes de llamar con los nudillos y abrir. Encontró a una enfermera regordeta, con cara de pocos amigos, que apenas levantó el rostro del montón de formularios que tenía delante.
—Perdone, estoy buscando a Natasha Romanoff. Tenía cita con el médico a esta hora.
La mujer miró la hoja impresa que había a su derecha.
—Está en consulta en este momento. Si quiere esperarla, puede sentarse en la sala. Hace ya un rato que entró y no tardará en salir.
Le sonrió ante la información y asintió con seguridad.
—Bien, gracias.
Antes de entrar, sacó el móvil que llevaba en el bolsillo de la cazadora.
—Hay mala cobertura aquí, ¿verdad? No logro conectarme con mi operador.
La mujer levantó la cabeza y resopló con energía mientras elevaba los ojos hacia el techo.
—¡Qué me va a contar! Tengo que salir al rellano de la escalera para poder hablar por teléfono. Es un asco.
Se movió inquieto ante la puerta.
—¿Así que en el rellano hay cobertura?
La mujer asintió convencida.
—Entonces, ¿podría decirle a la señora Romanoff cuando salga que Clint Barton la está esperando allí? Es una llamada importante y no puedo esperar.
La mujer asintió casi sin pensarlo.
—Está bien.
Natasha se vistió con premura. El médico la había examinado y había quedado muy sorprendido de la pronta y rápida recuperación. La herida estaba muy cerrada y los puntos ya eran casi inútiles. Aún así rehusó retirarlos todavía y la citó para tres días después. Salió de la consulta con el móvil en la mano.
Estaba a punto de llamar a Clint cuando la enfermera requirió su atención.
—Señora Romanoff, un tal Clint Barton la ha estado buscando. Me ha pedido que le diga que está en la escalera, esperándola. Tenía que hacer una llamada y aquí no podía hacerla.
Natasha le ofreció una sonrisa y un cabeceo a modo de agradecimiento. Si más, dio media vuelta y se encaminó hacia las escaleras.
El letrero luminoso colgando del techo del pasillo le indicó dónde estaban. Abrió la puerta de seguridad presionando la barra y entró en el rellano de aquella planta. Se quedó allí parada, sin ver a nadie. Dio un par de pasos hacia la barandilla y miró primero hacia el piso arriba y luego hacia el de abajo. No había rastro de Clint. Escuchó unos pasos a su espalda y sonrió. Se giró con rapidez para enfrentarlo, con una sonrisa en el rostro.
—La enfermera me ha dicho que…
La sonrisa murió rápidamente en su rostro. Había esperado a Clint y la persona que ahora tenía delante no era su compañero. Natasha supo de inmediato que aquel hombre era el hermano de Clint; Barney. El hombre le ofreció una media sonrisa sesgada y pagada de sí misma.
—Hola, cariñito —le dijo.
Natasha intentó dar un salto hacia atrás, pero la alta barandilla de las escaleras le impidió completarlo. Levantó el brazo derecho para golpearlo, pero el hombre interceptó su brazo de inmediato. Antes de que pudiese volver a atacarle, Barney le colocó con rudeza un paño grueso sobre la boca y la nariz, apretando con fuerza. Un olor penetrante y ácido se coló por las fosas nasales y la garganta de Natasha sin poder remediarlo. De repente, sintió la cabeza ligera y un instantáneo mareo la hizo trastabillar hacia un lado. Sintió los brazos de Barney apresurarse a tomarla por las axilas, impidiendo así que diera con su cuerpo contra el suelo. Antes de que todo se volviese negro a su alrededor, oyó al hombre susurrar contra su oído.
—Veamos cuánto tarda en aparecer mi querido hermano cuando sepa que te tengo, Viuda.
En cuanto estuvo seguro de que Tony no lo necesitaba más, Clint decidió que podía dejar a su compañero y colega departir amigablemente con los agentes del FBI y de la policía con los que habían tenido la reunión que acababa de terminar. Fue hasta él y le tocó el hombro, inclinándose hacia el oído del millonario.
—Me largo. Aquí ya no pinto nada y tú te desenvuelves con ellos como pez en el agua —se excusó.
Tony asintió mirándolo de reojo.
—Eso, lárgate, Katniss, y déjame a mí todo. Después no te quejes.
Clint hizo un gesto con la cabeza a modo de despedida y salió de la sala.
Mientras cruzaba el vestíbulo con paso rápido, sacó el móvil de su bolsillo para volver a activar el volumen. Había quedado con Natasha en que la llamaría para avisarle cuando terminara la reunión. Bien, pues había terminado y él iba a ir a buscarla a donde ella le dijera. Marcó su número mientras caminaba con paso ágil.
Dos tonos después, descolgaron la llamada y Clint fue el primero en hablar, con una sonrisa en los labios.
—Hey, acabo de terminar la reunión y…
—Hola, hermanito —lo interrumpió una voz que él reconoció de inmediato, llevándolo de regreso al pasado—. Tengo a mi lado a alguien que quiere decirte algo. Ah, espera, no puede. Creo que está inconsciente.
Clint frenó en seco. Apretó el teléfono con fuerza, tanto que temió que podía romperse un dedo. De repente su respiración se hizo más profunda. Entrecerró los ojos, clavando la mirada en ningún punto en concreto frente a él.
—Como le hagas algo te voy a sacar el hígado por la boca, hijo de puta —lo amenazó.
Una risotada de Barney al otro lado de la línea le hizo chirriar los dientes.
—Vaya, vaya, vaya — le dijo con sorna—. ¡Pero qué deslenguado es Ojo de Halcón! Te recuerdo que eres también hijo de esa misma puta.
—¿Dónde estás? —le preguntó, cruzando la puerta del edificio a toda prisa, sin tener cuidado si tropezaba o no contra alguien.
Oyó a su hermano chasquear la lengua, y de nuevo aquella risa que le heló la sangre.
—Tú sabes dónde estoy, Clinton. Te estoy esperando. Ven a por mí.
