Los personajes de Crepúsculo pertenecen a Stephenie Meyer, la historia es de mi autoria.


Capítulo 14

.

.

BPOV

Extraño.

Eso es lo que se ha convertido Edward en los últimos días; extraño y distraído en sus pensamientos, al punto de excusarse de cenar por la falta de apetito. No entiendo que ha cambiado, se supone que todo estaba bien.

Agito la pierna inquieta en la silla, esperando a la doctora Angie.

—¿Quieres que entre contigo o quieres entrar sola? —pregunta sentado junto a mí en la sala de espera del Hospital.

Me detengo de forma abrupta, mordiéndome la piel del labio.

Me siento igual que un globo de agua a punto de caer al suelo. Explosiva. Es así como defino mis ganas de expresarme.

—S-Sola —respondo, todavía inquietándome mi voz. La verdad es que no la reconozco del todo. Es más ronca de lo que solía ser en el pasado. A veces necesito decir algo con tantas ganas que me angustio, porque no sé cómo juntar las palabras sin sentir que hablo incoherencias— Gracias. —susurro, porque me entiende.

Coloca una mano sobre la mía, y entrelazamos nuestros dedos.

Su piel en la mía es una sensación que me vuelve loca. Después de todo, a lo mejor he estado equivocada, y sí me gusta un poquito Edward.

Como sea.

Mi única visión del mundo que he tenido es lo último que vi antes de ser secuestrada. Y Edward es lo último que recuerdo. Entonces no sé si se deba a que nosotros tuvimos algo en el pasado o porque me confunde sus buenos tratos. Ha pasado muchísima agua bajo el puente como para creer que no es complicado. Él ha tenido más tiempo que yo para dejar de verme de esa manera. No sé si lo ha hecho, pero todo indica que yo no.

Y eso es tan abrumador para mí que lo aparto de mi mente. Además, sé que no puede pasar. Al menos por ahora. Mi razón lo entiende, mis sentimientos no. Y desde aquel roce de labios en la cocina, supe que las cosas no serían iguales. Mi corazón es un volcán en erupción, encargado de lanzar lavas a mi cerebro. Es una tontería.

Es tan obvio que nadie nunca va a querer estar conmigo. Siempre va a creer que estoy loca y traumada.

Aquel pensamiento tan triste me tranquiliza, por extraño que parezca.

La doctora Angie me atiende unos minutos más tarde. Con una sonrisa gigante, empieza a hablar sin parar durante todo lo que dura la consulta. Me pongo sobre la pesa y espero. Acabo de subir tres kilos, quedándome en 55. Me revisa el cuerpo entero, y pone un líquido extraño en mis cicatrices.

—Continuaremos con la dieta que te he impuesto, ya que ha dado buenos resultados. —dice sonriendo— Carmen ha hecho un buen trabajo contigo y el deporte. Tuvimos suerte de encontrar a alguien que ejerce tanto de entrenadora como de terapeuta. Espero que se estén llevando bien.

Asiento. Le tengo un cariño especial a Carmen. Creo que más que por cualquier otra persona. Hemos aprendido a conocernos, sabe todas mis mañas, y nunca me critica por nada.

—Estoy muy orgullosa de ti.

Me gusta que la gente se sienta orgullosa de mí.

El humor de Edward cambia por las buenas noticias. De vuelta en casa su semblante se relaja, y yo también, ya que he estado preguntándome qué he hecho mal para que actúe tan extraño. Sin embargo, todo eso se va por la borda ante la grata y a la vez desagradable sorpresa de encontrarnos con la visita de Alice y Rose, instaladas en el sofá de la sala. Esme les hace de anfitriona, sirviéndoles postre de flan de coco, mi postre favorito.

Teniendo a Rose aquí, cualquier apetito que haya traído, se disipa.

Mi cuerpo entero se paraliza. Una inspección por su parte y estoy a sus pies. Eso es lo que más me frustra de mí, porque sigo siendo una marioneta. Lo he sido siempre. James lo es. Mike lo fue. Kate, inconscientemente lo fue también.

Se pasa la servilleta por la barbilla, y veo lo largas y perfectas que son sus uñas. Alarmante.

Edward se aclara la garganta, dejando sobre la mesa de centro las llaves.

—¿Cómo les fue en el Doc? —pregunta Esme con curiosidad.

Le explica un poco de todo, ignorando a las visitas. ¿Estará enojado con Alice? ¿Con… Rose?

—Tan desconsiderado como siempre, Edward. —se queja la rubia por la falta de interés— Alice y yo estamos bien, por si tenías dudas.

Entonces, en ese momento, Edward levanta el rostro hacia Rose.

Y esa simple mirada me vuelve a dejar petrificada.

Edward lo sabe.

Lo sabe o lo sospecha.

El corazón se me acelera. Pienso en Bree, en sus palabras.

Ella había estado al tanto d mí todo el tiempo. Incluso sin decir nada, Bree lo sabía. Su instinto de chica curiosa fue más fuerte. Lo supo desde el momento en que Emmett se la presentó. Algo malo vio en ella, tan malo que la hizo estremecer. No le gustó, y vino un día de la nada a preguntarme si Rose tenía algo que ver. Me quedé en blanco, no me esperaba esa pregunta. Confía en mí. Rogó. Vi como reaccionaste en Acción de Gracias. Te vi temblar y palidecer cada vez que se acercaba a ti.

Cambias demasiado en su presencia. Estás muerta de miedo. Y al parecer nadie en esta casa se da cuenta, nadie se fija en los detalles. Yo me doy cuenta, Bella. Las pistas que dejas, las tomo en cuenta.

Los ojos de Bree estaban desesperados. Esa desesperación de saber que puedes ayudar en algo, pero que no sabes cómo.

Le dije que sí. Lo escribí. Mis ojos se llenaron de lágrimas. Sostuvo mi mano e hizo prometerle decirle lo más pronto posible a Edward.

Tienes que decirlo, porque yo no puedo hacerlo sin tener pruebas. Acaba con esa perra maldita de una vez por todas.

Creo que después de eso, repitió perra maldita unas ochocientas veces.

—Vinimos a hablarte de Emmett —continúa la rubia.

—No quiero hablar de eso, Rosalie. —dice tajante.

—Una lástima, pero Alice y yo no vinimos hasta acá para esa respuesta.

—Entonces lo lamento.

Esme le hace ojitos a Edward, regañándolo con la mirada: ¿Cuál es tu problema?

—Siéntate —exige Alice— No me hagas repetirlo dos veces.

Edward jadea, enfadado.

Alice siempre gana, así que sé que el problema no es con ella. Eso me hace confirmar mis sospechas.

Me voy a mi cuarto sin hacer ruido. Mis pies se detienen en el umbral, porque empiezo a entrar en pánico. Tengo miedo de que Rose pueda venir a verme en cualquier momento. No puedo regresar a la sala sin sentir que estoy metida en la boca del lobo. A pesar de que no sería capaz de hacerme daño en presencia de todos, su voz me aterroriza de una manera escalofriante. De este modo, retrocedo y me meto en la habitación de Edward. Me subo a la cama y cojo el control remoto por si tengo que defenderme. Mientras pienso eso, mi pie choca con el buró y algunas cosas caen al suelo. Pego un grito ahogado, maldiciéndome.

Bravo, Bella, braaaavo.

Recojo las cosas del suelo; lápices, reloj de mano, libro, el jarro de las flores, y un manojo de llaves. Esa simple carga en mi mano me llama la atención. Sentada de piernas cruzadas sobre la alfombra, no puedo recordar en dónde las he visto. Incluso puedo jurar distinguir la llave verde torcida, o la pelota de fútbol de goma colgando de la argolla. Recuerdo el ruido que estas hacían al ser removidas. Lo recuerdo. Y las letras. Las letras me forman un nudo en la garganta.

No puedo recordarlo.

Soy todo menos capaz de rememorar un recuerdo. Lo intento tanto que me empieza a doler la cabeza.

Lo dejo pasar, sin embargo, me llevo las llaves conmigo. Regreso en puntillas a mi cuarto y las guardo dentro de mi cartera.

.

.

.

Edward me dice que las chicas quieren que arregle la situación con Emmett. Nunca me ha dicho los reales motivos de su discusión, pero sé que es porque Edward sospechaba de él. Lo intuyo porque me lo preguntó ese día, tan enojado y fuera de lugar, que terminé lanzándole un libro por la cabeza.

Pone un tipo de reloj en mi brazo. Después de un momento me entero que no es un reloj, sino un GPS. Me arreglo el cintillo amarillo patito de la cabeza y miro mi sudadera; la cara sonriente del gato Félix contemplándome mientras levanta el dedo pulgar.

Caminamos por la avenida. De pie bajo el árbol, caen los primeros copos de nieve de la temporada. Estamos aprovechando antes de que empiece a nevar. Carlisle piensa que será esta noche. Estoy ansiosa de ver nieve.

Edward me señala una doble vía para bicicletas. Enciende el GPS en mi brazo, haciendo que lo mire.

—Carmen se ha pegado la gripe, así que seré tu instructor-terapeuta por esta semana. —sonríe, y no puedo evitar hacerlo también— Lo ideal es que avances quince minutos hoy… sola. —se me revuelve el estómago— No te pongas así, para eso es el GPS. Sabré dónde estás si tardas mucho. Si sientes que te has perdido, por favor no empieces a andar más. Quédate allí y si en veinticinco no vuelves, iré a recogerte.

No suena tan mal.

Tomo una bocanada de aire. Edward me masajea los hombros con cariño, tranquilizándome.

—Vamos, preciosa. Tú puedes hacerlo.

Comienzo dando pequeños pasos. Luego, en susurros cuento mis avances, memorizando el camino de vuelta. Siento que el aire se me obstruye a medio camino, y mojo mis labios secos de los nervios.

Si no supiera que Edward ha dicho que el GPS lo ayudaría a encontrarme, estaría rindiéndome ya. En algún momento pierdo la cuenta, y el cronómetro en mi otro brazo suena. Han pasado quince minutos. Doy media vuelta. Todo se ve tan difícil para mí. No lo recuerdo, y, sin embargo, echo andar equilibrando el miedo. No puedo permitirme terminar como la última vez. No puedo dejar que lo desconocido me frene por el resto de mi vida.

Mis ojos pronto se adaptan a la figura frente a mí. A lo lejos, una silueta borrosa me hace señas con las manos. No lo puedo creer... ¡Lo logré! ¿De verdad caminé todo eso? La silueta borrosa de Edward empieza a despejarse, y me tranquilizo. No sé si se deba al frío a que mis ojos se cristalicen o porque estoy emocionada. Sin detenerme a averiguarlo, salto en sus brazos, quienes me reciben sin chistar.

—¡Lo lograste! —clama emocionado.

Me aferro a su cuello como si la vida dependiera de ello.

Quisiera estar así para siempre, detener el tiempo y repetirme que soy capaz de todo esto. No puedo asegurar que el miedo se vaya por completo, o que recupere al cien por ciento la confianza en mí misma, pero se intenta. Y eso me llena de optimismo.

—Eres tremenda, Garfield. —susurra en mi oído.

.

.

.

.

Se supone que en mi dieta no dice que deba comer helado, pero lo hago de todos modos. Por supuesto, no le dije a la doctora Angie de todas las golosinas que guardo debajo del colchón. Y el helado es irresistible. No importa en qué época del año te encuentres.

Esme me pilla sacando una pelota de helado de chocolate, y me guiña un ojo.

—¿Te paso un pocillo? —ofrece y no espera a que conteste cuando saca dos, uno para mí y otro para ella— No debería, pero el chocolate… Mmm, no puedo resistirme.

Comemos helado hasta que Edward nos encuentra con la boca llena de chocolate. Nos echa un vistazo con sorna, como si acabásemos de cometer una travesura. Su madre encoge los hombros, excusándose de ir a ver la televisión. Su ausencia permite que obtenga toda su atención. Sé que mi boca y barbilla están llenas de chocolate, y eso no me importa en absoluto.

Exagero la forma de comer hasta que estalla en carcajadas.

—¿Dónde metes tanta comida?

Me mira de pies a cabeza y un escalofrío me recorre el cuerpo. Por un instante me arrepiento que me vea con la barbilla sucia.

Trago limpiándome con la servilleta.

—¿Quieres dar un paseo conmigo? —miro hacia la calle, por la ventana de la cocina. Es de noche— Ha empezado a nevar.

La ciudad esta mañana amaneció blanca como la cal. Salté de la cama tan emocionada de ver los copos de nieve que olvidé que debía tomarme las medicinas. Sue vino y tuvo que arrastrarme fuera para que comiera algo. Así que, no le doy tiempo a Edward de rogarme cuando salgo corriendo a mi habitación. Me pongo todo lo que creo que es grueso para el frío y una cartera.

Afuera hay mucha nieve. Más de lo que imaginé. Y eso sumándole a los adornos navideños de las calles. Chapoteo en la nieve dejando la marca de mi bota en el césped.

Tengo 32 años. Lo juro.

El aire huele a galletas de jengibre y canela.

Llevo soñando con esto desde el instante en que la luz abandonó mi vida. He esperado años por tener esta sensación tan especial, tan emotiva. Doy vueltas a mi alrededor, creyéndome en un sueño.

No es un sueño, Bella. Es real.

Todo esto es real.

Todos estos meses han sido reales.

Toda mi evolución es real.

Emocionada veo el cantar de los villancicos en la siguiente esquina. Tomando la mano de Edward, lo arrastro al grupo conmigo. Mis ojos deben parecer entusiasmados porque ellos cantan con frenesí.

Edward me besa la cabeza.

—Te gusta mucho la Navidad ¿a que sí? —declara una vez que han terminado.

La otra calle está casi vacía. Parece que fuéramos solo Edward y yo por el mundo.

—Me gusta —contesto susurrante y áspera a la vez.

—Me encanta escucharte.

Mis mejillas se encienden.

El viento nos azota con demasiada fuerza y de pronto no tengo tiempo de reaccionar cuando un chico se acerca a mí a toda velocidad. Su mano se aferra a la cuerda de mi cartera, tirándola, y haciendo que lance un grito. Edward es rápido y lo coge del cuello. Con fuerza, me empujo lejos de la mano arrolladora, viendo el enfrentamiento.

—¡Quién te crees, imbécil! —le grita Edward.

Lo que no se espera, es que el muchacho sea más rápido y ágil para propinarle un codazo en la cara.

—¡Edward! —grito a todo pulmón.

Empiezan a discutir entre golpes, y estoy gritando y entrando en pánico otra vez. Cualquier golpe me aterra, cualquier enfrentamiento me sobresalta. No lo soporto. Me cubro la cara con las manos porque no quiero verlo.

—¡Edward! ¡Edward! ¡Edward! —grito.

Si no es porque unas manos suaves me atrapan, seguiría gritando. El chico se ha ido y en su reemplazo, Edward me sostiene para calmarme.

—Bella. Ya está, se fue. —le sale sangre de la nariz— Oye, mírame. ¿Estás bien? ¿Te hizo daño? —Mojo mis mejillas de lágrimas y paso los dedos por su magullado rostro. Sacude la cabeza, apartándolas y sosteniéndolas con fuerza— Perdón, debí haberlo inmovilizado y llamado a la policía.

Sollozo— Quiero ir a casa. Vamos a casa, por favor, tengo miedo —ruego con prisa.

—Tranquila, cariño. Tranquilízate, por favor.

Es imposible hacerlo.

—¿A qué le tienes miedo? —me sujeta entre sus manos— ¿A quién le tienes tanto miedo?

Me trago mis propias lágrimas. Tengo el pecho apretado, agitado, pavoroso. A estas alturas siento que el corazón se ha salido disparado de su lugar. Tiemblo de manos y labios. Edward me abraza al darse cuenta, pegando su frente en la mía.

—¿A quién le tienes miedo, Bella? —pregunta de nuevo.

Lloro hasta que necesito aire en mis pulmones. Sus brazos me reconfortan, me hacen sentir protegida, y reparo en esa creciente confianza que siento por él.

Entonces, cualquier miedo que antes pude sentir, se esfuma. Y puedo decirlo. Puedo decirlo tan abiertamente como puedo.

—Rosalie. —contesto.

De inmediato siento la inmovilidad de su cuerpo, la pesadez de sus brazos. Cierra los ojos jadeando de la impresión. Ni siquiera me pide que se lo repita. No duda, en ningún momento.

Su voz tiembla.

—Esperaba… esperaba que dijeses otro nombre. —susurra— Una parte de mí quería desechar esa sospecha. Quería…

Resoplo— Lo siento.

—¿Lo siento? Carajo, Bella. —me abraza más fuerte— Dios mío, no… no puedo creerlo. Ella… ¿por qué, Bella? ¿por qué?

Vuelvo a llorar.

—No lo sé.

Cuando se separa de mí, veo a otro Edward; desecho, arruinado, totalmente roto.

Envuelvo mis manos en su rostro, necesitando que regrese el otro Edward.

—Siempre fue ella, Edward.

Se dobla hacia adelante, alejándose de nuevo. Con lágrimas en los ojos, apoya las manos en sus rodillas como si estuviese conteniendo las ganas de gritar. No sabe cuánto lo entiendo.

—¡Mierda! —gruñe— ¡Mierda, Rosalie! ¡Mierda!

Está enfadado, furioso. Completamente indignado.

—Bree me hizo dudar. Nunca se me pasó por la cabeza que fuera una mujer. Rosalie contrató a James y a Mike. Y recuerdo que Emmett me dijo que Kate llegó recomendada por James. Entonces empecé a sospechar, me parecía tan extraño todo… me sentía mal por pensar así, sin saberlo con certeza. Es una aberración. Rosalie… ella no… —sacude la cabeza— ¿Bree lo sabe? Porque parece que...

—Lo sabe. Es muy… —no puedo recordar la palabra de inmediato— quisquillosa.

Da vueltas en su lugar, desesperado.

—Por supuesto, me lo dijo. Y yo fui un imbécil ciego que no pude verlo.

No puedo imaginar la cantidad de cosas que tiene que tener en su cabeza ahora mismo.

En algún momento deja de gruñir para sí mismo. No sé qué cara tendré, pero se acerca y me toma entre sus brazos. Mis pies abandonan el suelo ante mis ojos, y lo único que puedo hacer es suspirar, porque me he quitado un peso de encima.

Porque no quiero más.

Porque quiero dejar de sentir miedo.

Porque quiero que Rosalie pague por todo de una buena vez.

.

.

.

.

.

.

.

Jasper enciende la grabadora sobre el pupitre.

Con una taza humeante de café, se dispone a revisar los expedientes. La voz llena la habitación; fuerte, decidida, segura, y ese simple hecho le convence. Empieza echar rápidos vistazos a las hojas, negando con la cabeza. Es insólito. Lee una y otra vez la misma línea, convenciéndose así mismo de la verdad. Aro se lo había advertido antes, por eso le entregó la grabación de la interrogación y los papeles, porque confía en él y porque la investigación había dado un vuelco tremendo.

Jasper se pone de pie, mientras la voz termina. Piensa en los chicos. Piensa en Alice.

Con un marcador azul, tacha líneas sobre el rostro del cabello rubio despampanante.

Suspira y toma el teléfono de su bolsillo, marcándole a Aro.

La voz serena contesta, y Jasper tiene que sentarse. No tiene que decirle nada. Aro sabe cuán inteligente es.

—Tenemos que actuar, muchacho. No hay tiempo. —le dice su jefe, tajante— Esta noche, pero ya.


Rose, Rose, Rose... se le acabó el tiempo!

Edward ya lo sabe... Y Jasper también.

El próximo capi es... ufff.

Siempre me preguntan si habrá o no romance entre EyB. Lo único que les puedo decir es que el fic es Drama y ROMANCE ;)

Gracias por estar, leer, comentar, etc.

Nos leemos durante la semana.

Buen finde!