Marinette miró la pantalla de su móvil por enésima vez. Sin novedad.

–Dijo que tardaría una o dos horas –le recordó Tikki–. Aún es pronto para tener noticias suyas, ¿no?

Marinette suspiró.

–Lo sé, pero no puedo evitarlo. Estoy nerviosa.

Estaba de vuelta en su cuarto; se había sentado ante su escritorio para estudiar un poco mientras esperaba la llamada de Adrián, pero le costaba concentrarse.

Tikki voló hasta situarse justo frente a ella.

–Entiendo que estés nerviosa, pero también pareces... algo triste. ¿Qué te pasa, Marinette?

Ella hundió el rostro entre las manos con un gemido de frustración.

–No lo sé, Tikki. No sé lo que quiero. Tengo miedo, ¿sabes? ¿Y si Alya está equivocada y no le gusto a Adrián? ¿Y si quiere hablarme de algo que no tiene nada que ver?

–Bueno, entonces las cosas seguirán como hasta ahora –Marinette no contestó. Tikki añadió, tras una pausa–: No es eso lo que te preocupa, ¿verdad?

Marinette permaneció un momento en silencio y después respondió:

–¿Y si... le gusto de verdad? ¿Y si me pide salir?

–Pues sería una gran noticia, ¿no? ¿No es eso lo que quieres?

–Sí, claro, pero... ¿qué pasará con Cat Noir?

–¿Cat Noir?

–No estaría bien que él siguiese pasando las noches en mi cuarto si tengo novio, ¿no? Pero, si no lo hace... volverán las pesadillas, y no dormirá bien...

Tikki sonrió.

–Si tú sabes por qué lo haces, no tienes por qué sentirte culpable. Ni estás obligada a contárselo a Adrián. Tú mejor que nadie sabes lo importante que es guardar los secretos relacionados con los prodigios.

–Sí, eso lo sabemos tú y yo, y lo sabe Cat Noir también, pero desde fuera parece...

–¿Qué es lo que parece, Marinette? –preguntó Tikki, sonriendo con dulzura.

Ella se ruborizó un poco.

–Parece..., bueno..., que él y yo...

–Pero no pasa nada, ¿verdad? –insistió Tikki–. Porque solo sois amigos. –Marinette no dijo nada–. ¿O es que... para ti es algo más?

Marinette dio un respingo.

–¿Cat Noir? ¿Qué dices? ¡N-no, para nada! Somos amigos, claro, y es un amigo... especial, diríamos, porque es mi compañero, trabajamos en equipo y hemos pasado muchas aventuras juntos, pero él y yo nunca...

–Marinette –cortó Tikki, y la miró a los ojos, muy seria–. Si sientes algo más por Cat Noir, negarlo solo empeorará las cosas, ¿sabes?

–¡Yo no...! –empezó ella; pero se interrumpió de pronto, miró a Tikki desolada y ocultó la cara entre las manos con un gemido–. Esto es un desastre, Tikki.

–¿Por qué? –preguntó ella.

–No puedo sentir nada por Cat Noir. No debo, ¿sabes? Porque yo quiero a Adrián, y si es verdad que él empieza a fijarse en mí, esto... ¡esto es un desastre! –lloriqueó.

–Tranquilízate, Marinette. No es tan malo. Solo estás un poco confundida, nada más.

Ella se había echado de bruces sobre el escritorio con la cabeza escondida entre los brazos.

–Pero ¿cómo ha podido pasar? Yo no quería, Tikki. Es un desastre, no puede salir bien...

–¿Por qué no?

Marinette levantó un poco la cabeza para mirar al kwami con aire desdichado.

–Porque yo no puedo revelarle mi identidad y él no puede revelarme la suya y... y solo le gusto como Ladybug, no como Marinette. Así que no me quiere en realidad, solo se ha enamorado de la imagen idealizada que tiene de mí.

–¿Tú crees? –preguntó Tikki, dudosa.

–Es así –insistió Marinette–. Antes podía tener mis dudas porque no me conocía tanto, pero ahora ya conoce bien mis dos identidades y... solo le gusta una de ellas. Somos la misma persona, Tikki. Si estuviese enamorado de verdad, le gustaría también como Marinette, y quién sabe... probablemente me habría reconocido ya, como Alya reconoció a Nino la primera vez que lo vio transformado en Carapace, ¿recuerdas?

–Bueno, tú te comportas de forma muy diferente cuando eres Ladybug. Por otro lado, yo creo que sí que le gustas, Marinette.

–¿A Cat Noir, dices? –Marinette se rió sin alegría–. Sí, pero no de esa manera. Lo conozco muy bien, ¿recuerdas? Y sobre todo conozco su forma de cortejar a las chicas. –Puso los ojos en blanco, pero sonrió–. No suele ser muy sutil, precisamente. Si yo le gustara... quiero decir, como Marinette, no como Ladybug..., me habría dado cuenta, ¿no crees?

–Tal vez –reconoció Tikki, pensativa–. Entonces puedes aceptar sus sentimientos como Ladybug, ¿no? Si te gusta, aunque solo sea un poco...

Marinette negó con la cabeza.

–Las cosas han cambiado mucho entre nosotros, Tikki. Cat Noir ya no confía en mí como Ladybug. Y no puedo decirle que soy Marinette. Y si llegamos a estar juntos como Ladybug y Cat Noir, ¿no será un poco confuso para él? ¿Seguirá pasando las noches conmigo sin decírmelo? Y si me lo dice... quiero decir, a Ladybug... ¿debería fingir que estoy celosa o algo así? ¿O aceptar que él y yo... es decir, Marinette... solo somos amigos pero él confía más en Marinette que en Ladybug? ¿Y qué pasará con Adrián? ¿Y si Alya tiene razón y le gusto, y me pide salir? ¿Le digo que sí? No podría, claro, porque aunque Marinette estaría sin pareja, si Ladybug está con Cat Noir... no podría salir con los dos a la vez aunque ellos piensen que soy dos personas diferentes. Pero si elijo entre los dos, tendré que mantener el secreto de mi doble identidad y sería como mentir...

–Marinette –la interrumpió Tikki–, estás sacando las cosas de quicio. Tómatelo con calma, ¿vale?

Ella inspiró hondo un par de veces.

–Con calma. Vale, de acuerdo.

–Lo primero es tu conversación con Adrián –le recordó Tikki.

–Sí. Cierto.

Marinette alargó la mano hacia el móvil, pero este dejó escapar de pronto un pitido de aviso. Ella dio un respingo, alarmada, y retiró la mano como si quemara.

–¡Aaaah, es él! ¿Qué hago? ¿Qué le digo?

Tikki se acercó a mirar la pantalla y lanzó una exclamación de sorpresa.

–¡No es Adrián! Es una alerta del Ladyblog. ¡Hay un akuma!

Marinette se puso en pie de un salto, aún confundida. Por un lado, se sentía decepcionada porque Adrián no daba señales de vida todavía. Por otro, estaba aliviada porque no tendría que tomar una decisión inmediatamente.

Y por último, y aunque no quisiera reconocerlo, sentía una mezcla de emociones contradictorias ante la perspectiva de reencontrarse con Cat Noir unas horas antes de lo que había previsto. Tenía ganas de verlo, pero al mismo tiempo temía por él.

–¡Vamos, Tikki, deprisa! Tenemos que reclutar aliados antes de que llegue Cat Noir. ¡Puntos fuera!


De camino a casa del maestro Fu, Ladybug se topó con la villana y descubrió que Cat Noir ya estaba peleando contra ella.

–¡Oh, no! –murmuró.

Su compañero saltaba sobre los tejados, esquivando los veloces proyectiles afilados que le arrojaba una mujer vestida de azul y plateado. Ladybug comprobó con sorpresa que la villana huía de él en lugar de perseguirlo. Se apresuró a alcanzarlo, balanceándose entre los tejados.

–¡Ladybug! –exclamó Cat Noir cuando la vio llegar–. ¡Tiene al maestro Fu! ¡Y la caja de los prodigios!

–¿¡Qué!?

Ladybug se fijó mejor en la villana que huía por los tejados. Se dio cuenta entonces de que cargaba con una persona inerte, tal vez dormida, quizá inconsciente, y la reconoció. En efecto, se trabaja del anciano guardián.

–¡No puede ser! –gritó–. ¡Cat Noir, hay que detenerla!

Corrieron juntos en pos de la fugitiva; con apenas una mirada y un gesto se coordinaron para tomar caminos separados con la intención de cortarle el paso un poco más adelante.

La villana se detuvo cuando los dos superhéroes se dejaron caer ante ella.

–¡Deja en paz a ese anciano! –exclamó Ladybug–. ¡Es a nosotros a quienes buscas!

Ella sonrió; sus ojos destellaron tras la máscara del color del acero que ocultaba sus facciones.

–Error, Ladybug. Hoy Lepidóptero solo lo busca a él –indicó, señalando con un gesto al guardián inconsciente–. Y ahora apartaos de ahí, insectos.

–Eh, eh, sin faltar, Dama de Hierro –protestó Cat Noir–. Somos un insecto y un minino, que conste.

–¡Me llamo Daga! –replicó la villana–. ¡Y no voy a perder más el tiempo con vosotros!

Volteó el brazo y de sus dedos salieron disparados cinco proyectiles como aguijones de acero.

–¡Cuidado! –gritó Cat Noir.

Los dos superhéroes se apartaron de un salto. Los cuchillos pasaron muy cerca de ellos.

Daga ya había dado media vuelta y huía de nuevo, llevándose consigo su botín y a su rehén. Cat Noir se disponía a seguirla, pero Ladybug lo detuvo.

–¡Espera!

–¿Qué? ¿Quieres seguirla para ver si nos conduce hasta Lepidóptero?

Pero ella negó con la cabeza.

–Es demasiado arriesgado. Tenemos que tenderle una trampa.

Le susurró unas rápidas instrucciones al oído. Su compañero asintió, y los dos superhéroes se pusieron en marcha, cada uno en una dirección.

Durante los minutos siguientes, Cat Noir persiguió a Daga incansablemente, hostigándola y obligándola a cambiar de dirección una y otra vez mientras esquivaba sus ráfagas de letales cuchillos.

Entretanto, Ladybug preparó su trampa. Escogió un muro elevado y enrolló alrededor la cuerda de su yoyó. Se aseguró de que estaba bien tensa, se ocultó tras una chimenea y esperó.

No tardó en ver a Daga corriendo velozmente hacia su posición, perseguida por Cat Noir.

–Muy bien, gatito –murmuró para sí misma–. Un poco más... un poco más...

Cuando la villana pasaba justo por debajo del muro, Ladybug tiró con todas sus fuerzas... y la pared se desmoronó sobre ella.

Daga lanzó una exclamación de sorpresa y alzó los brazos para protegerse instintivamente; al hacerlo, dejó caer al maestro Fu... pero no la caja de los prodigios.

–¡Cat Noir! –gritó Ladybug, pero él estaba preparado.

Con un prodigioso salto, atrapó al guardián antes de que cayera al suelo y aterrizó con él en brazos, sano y salvo.

Ladybug se reunió con ellos.

–¡Maestro Fu! –exclamó, muy preocupada–. ¿Se encuentra bien?

El anciano volvía lentamente en sí. Se llevó la mano a la cabeza con un gemido y observó a los dos chicos.

–Cat Noir... Ladybug... ¿qué ha pasado?

–¡Una villana le había secuestrado! –respondió ella.

–¿Cómo ha conseguido encontrarle? –preguntó Cat Noir, perplejo.

–Me temo que ha sido culpa mía –murmuró Ladybug–. Últimamente lo he visitado con mucha frecuencia, y la última vez corrí demasiados riesgos. Probablemente me siguieron...

Cat Noir colocó una mano en su hombro.

–No pienses en eso ahora, Ladybug. Lo más urgente es recuperar los prodigios.

Los ojos del maestro Fu se abrieron de par en par.

–¡Oh, no, los prodigios! –repitió, alarmado.

Justo entonces, el montón de cascotes saltó por los aires. Cat Noir se puso en pie de un salto e hizo girar su bastón para protegerlos a los tres de la lluvia de escombros. Momentos después vieron a Daga huyendo de nuevo por los tejados.

–¡Voy tras ella! –exclamó el héroe–. Tú asegúrate de que el maestro se encuentra sano y salvo.

–¡Cat Noir, espera! –lo llamó ella; pero su compañero ya se había elevado hasta el tejado y corría en pos de la fugitiva.

Tratando de reprimir su angustia, Ladybug se volvió hacia el maestro Fu, que seguía sentado sobre la acera. En esta ocasión, sin embargo, el anciano le devolvió una mirada clara y serena.

–Ve con él, Ladybug. Yo estaré bien.

–¿Está seguro, maestro?

–Tenéis que recuperar los prodigios antes de que Lepidóptero se haga con ellos.

Ladybug asintió. Lo ayudó a levantarse y, tras asegurarse de que se mantenía en pie sin problemas, se despidió de él y lanzó su yoyó para elevarse de nuevo hasta los tejados.

Una vez alcanzó una posición elevada, miró a su alrededor en busca de Cat Noir y la villana. Localizó a su compañero un poco más lejos, y corrió a reunirse con él.

Poco antes de alcanzarlo, sin embargo, se detuvo con el corazón en un puño.

Porque Cat Noir se había detenido en lo alto de un tejado y parecía un poco desconcertado. Había perdido de vista a Daga, pero Ladybug advirtió que estaba mucho más cerca de lo que él creía. Peligrosamente cerca. Se le aproximaba desde detrás, con la mano en alto, erizaba de puñales.

–¡Cat Noir! –lo avisó mientras echaba a correr hacia él.

El superhéroe se dio la vuelta, pero era demasiado tarde. Daga volteó el brazo y arrojó sus afilados proyectiles contra él.

–¡No! –gritó Ladybug.

Se lanzó sobre Cat Noir, interponiéndose entre él y los puñales que surcaban el aire a toda velocidad, buscando el cuerpo del superhéroe. Sintió un agudo y espantoso dolor en la espalda cuando los cinco, uno tras otro, se hundieron en su carne. De pronto, ya no podía respirar.

Cayó en brazos de Cat Noir, que la sostuvo como pudo, horrorizado, y ambos perdieron el equilibrio y se precipitaron desde lo alto del tejado. Ladybug sintió que todo daba vueltas, que su visión se volvía borrosa mientras las carcajadas de Daga sonaban cada vez más lejanas. Apenas notó que Cat Noir se las arreglaba para dar una voltereta en el aire y aterrizar sano y salvo en el suelo, sosteniéndola en brazos. Lo oyó gritar su nombre con desesperación, y tuvo miedo de pronto, aunque no sabía muy bien por qué. Trató de fijar su mirada en los ojos felinos de él, intentó decir algo, pero apenas le quedaba ya voz. Luchó por respirar y el dolor se volvió todavía más intenso.

Y con su último aliento fue capaz de pronunciar dos únicas palabras.

–Te... quiero...

Después, todo se puso negro.


–¡Ladybug! ¡Ladybug! ¡No! –gritó Cat Noir, horrorizado.

Pero el cuerpo de la superheroína yacía inerte entre sus brazos, y la sangre de sus heridas manchaba sus manos.

–No, no, no, no –murmuró Cat Noir, buscando frenéticamente signos de vida en el cuerpo de su compañera.

Pero no respiraba. Su corazón no latía.

Cat Noir no pensaba darse por vencido. Había olvidado ya a la villana, al maestro Fu y la caja de los prodigios. Se disponía a alzar con cuidado a Ladybug para llevarla al hospital más cercano cuando, de pronto, un resplandor rosado envolvió el cuerpo de su compañera y su máscara empezó a desvanecerse.

Instintivamente, Cat Noir cerró los ojos para no verle la cara. Después se dio cuenta de que salvar a Ladybug era mucho más urgente que preservar en secreto su identidad. Alzó la mirada justo a tiempo de ver a una criatura de color rojo salir despedida del pendiente de su compañera. Alargó una mano y la atrapó en el aire, antes de que cayera al suelo.

Era el kwami de Ladybug. «Tikki», recordó. Parecía inconsciente, pero seguía viva. Por supuesto; los kwamis eran inmortales.

Cat Noir depositó con cuidado a Tikki sobre el hombro de su compañera, tal vez con la esperanza de que la magia de la criatura pudiese hacer algo por ella.

Y fue entonces cuando la reconoció, y su corazón se rompió en pedazos por segunda vez en menos de cinco minutos.

–Marinette –susurró.

Su mente aún era incapaz de procesar el hecho de que las dos chicas eran la misma, por lo que entró en pánico de nuevo, como si Daga hubiese las hubiese matado a ambas.

–No, no, no, Marinette, ¡no! –gritó con desesperación.

Oyó entonces el sonido de voces que gritaban en la calle, y alzó la cabeza. Él y su compañera se encontraban en un pequeño callejón retirado, pero no tardarían en encontrarlos. Luchando por centrarse, alargó su bastón y se elevó de nuevo hasta los tejados, con Marinette y Tikki en brazos.

Una vez allí, volvió a contemplar el rostro de Marinette, aún sin poder creer que todo aquello fuera real. Debía de ser una pesadilla, pensó. Una de aquellas horribles pesadillas.

–Marinette, por favor, por favor, no me dejes –susurró con la voz rota.

Pero ella yacía entre sus brazos, pálida y ensangrentada, y no respiraba.

Cat Noir la estrechó con fuerza contra su pecho y estalló en lágrimas de angustia y de impotencia.

De pronto sintió algo cálido entre los dos. Se separó un poco de Marinette y descubrió, aturdido, un destello que brillaba a través de la ropa de la muchacha. Se trataba de un pequeño amuleto que ella llevaba colgado al cuello, oculto bajo su camiseta. Lo sacó con dedos temblorosos. Era de color rojo y tenía forma de cuña, con un agujero en su parte más ancha, por donde pasaba el cordón anudado en torno al cuello de Marinette.

Y brillaba, y estaba tan caliente que casi quemaba.

Entonces Tikki comenzó a brillar también. Cat Noir contempló, perplejo, cómo una luz sobrenatural envolvía al pequeño kwami por completo. La luz aumentó de intensidad hasta cubrir también el cuerpo sin vida de Marinette, y Cat Noir la abrazó al instante, temeroso de que se desvaneciese en el aire. Tuvo que cerrar los ojos porque la luz lo deslumbraba, y no fue consciente de que el resplandor lo envolvía a él también.

Y entonces ella se estremeció y tomó aire, como si acabara de emerger de debajo del agua, y comenzó a toser.

–¡Marinette! –exclamó Cat Noir.

Se separó un momento de ella y la contempló, entre temeroso y maravillado, sin atreverse a creer que se hubiese producido el milagro. Ella le devolvió una mirada repleta de incomprensión.

–Cat Noir... –susurró–. ¿Qué ha pasado?

El superhéroe no pudo más. La estrechó con fuerza entre sus brazos, enterró el rostro en su cabello y estalló en lágrimas de alivio y alegría.

Y Tikki, ya despierta, respondió con una dulce sonrisa:

–Que has dado tu vida por Cat Noir, Marinette. Y así has roto la maldición de sus siete vidas.


NOTA: ¡Felices fiestas a todos! Muchas gracias por seguir leyendo este fic. Estas navidades voy a estar muy muy liada y no sé cuándo voy a poder actualizar, así que el ritmo de publicaciones será más lento. ¡Pero la historia no termina aquí, ni mucho menos! ;)