Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephanie Meyer & la historia a Diana Palmer, yo solo modifique los nombres.

Summary:

Cinco años atrás, el ranger de Texas, Edward Cullen, se había impuesto como un reto personal meter entre rejas al padre de Isabella Swan, por las brutales palizas que daba a su hija. Además, no podía olvidar todo lo que compartía con Bella, entre otras cosas un rancho al borde de la ruina que los había llevado a casarse... pero sin dejarse llevar nunca por la increíble atracción que había entre ellos. Alguien que ponía su vida en peligro todos los días y que jamás se preocupaba por los asuntos del corazón no podría tener nada que ver con un alma cándida como Bella.


13

El día de Nochevieja, con la prueba de balística y la autopsia de John Clark realizadas, Edward se pasó por el rancho a la hora del almuerzo con ánimo pensativo.

Isabella estaba viendo las noticias en el salón cuando apareció, Sue había salido a comprar comida. Edward advirtió enseguida que habían retirado el árbol de Navidad. Era una dolorosa prueba de lo abatida que estaba Isabella aquellas navidades, porque le gustaba conservarlo hasta el Año Nuevo. El regalo que Edward no le había hecho lo hacía sentirse incómodo. Todavía lo tenía en su apartamento, pero se sentía demasiado avergonzado a aquellas alturas para dárselo.

Se sentó en el sillón y dejó el sombrero a un lado mientras Isabella esperaba en silencio a oír lo que quería contarle. La televisión tronaba en el silencio. Edward se encogió de hombros.

—Tenía razón. Mi bala sesgó la arteria femoral de Clark, Podría haber sobrevivido, pero solo con atención médica inmediata —sonrió con semblante taciturno—. No me siento mucho mejor, pero dijeron que la bala del guardia de seguridad fue la que lo mató, y así es como constará en el informe.

Bella se sentía incómoda con él después de su fría despedida del día de Navidad. Pero lo quería demasiado para hacer como si su problema no le importara.

—La intención es lo que importa ante la ley, Edward, y lo sabes —le recordó con suavidad—. No tuviste intención de matarlo. Estoy segura de que el guardia de seguridad, tampoco.

Edward tenía la mirada atormentada.

—No, el guardia tampoco quiso matarlo. Pero lo está pasando mal. John Clark ha muerto, y los periódicos nos culpan a los dos, a pesar de lo que se ha descubierto con la autopsia.

Bella quería sentarse en sus rodillas y abrazarlo, consolarlo. Pero existía una tremenda distancia entre ellos. Lo sentía tan inaccesible como si nunca la hubiera tocado.

Estaba confusa, y se sentía rechazada. No se había parado a pensar cómo sería tener una relación íntima con un hombre. Era pura agonía estar lejos de él, incluso durante una hora. Pero Edward no la quería a su lado de forma permanente. Había bebido demasiado, había sufrido un trauma, y se había consolado con Isabella en Nochebuena. No era nada más que eso, en realidad. Para él todo había acabado. La muerte de Clark no era culpa suya. Volvería a trabajar en cuanto terminara los papeleos y los asesoramientos psicológicos y, poco a poco, se olvidaría de lo ocurrido, incluida la noche con ella. De hecho, al mirarlo, Bella se daba cuenta de que ya lo había olvidado.

—Estás muy callada —comentó. Ella lo miró a los ojos.

—Perdona. ¿Has dicho que ya han hecho la autopsia?

—Sí. Lo enterrarán pasado mañana. Un policía llevara a Jack Clark a Victoria para que pueda asistir al funeral. Los periodistas se pondrán las botas con eso.

—Son los tiempos que corren —repuso Bella, y lo miró con tristeza—. Pero, como solías decirme, hasta la vida es una situación temporal. Lo superarás.

—Claro —dijo, y Bella vio cómo su pecho se elevaba y descendía despacio. Sostuvo su mirada lenta y sombría—. He estado posponiendo hablar de este tema porque no sabía cómo abordarlo. Pero tenemos que hablar del futuro, Isabella —anunció por fin.

—¿Qué futuro? —le preguntó Bella con sonrisa forzada. El inspiró.

—Debemos tramitar el divorcio.

Bella no reaccionó. Le costó, pero lo logró.

—Sí.

Edward se relajó. Isabella se lo estaba tomando mejor de lo que había esperado. Todavía no estaba seguro de lo que sentía, pero debía hacer algo.

—Lo pediré lo antes posible. Ahora mismo, hay demasiado jaleo. Están atrasados con otras investigaciones, así que la mía tendrá que esperar hasta después de Año Nuevo. Todavía tengo que responder preguntas y ver a un psicólogo. Habrá que emitir informes, declaraciones, y llevar a cabo todos los trámites oficiales posteriores al tiroteo.

Isabella observó sus labios firmes con creciente intranquilidad.

—Lamentas lo que hicimos, ¿verdad, Edward?

No contestó de inmediato.

—Sí —masculló por fin—. Había bebido mucho y tú estabas a mano —dijo con rotundidad—. No tenía derecho a usarte para olvidarme de mis problemas.

A Bella se le cayó el alma a los pies. ¡Vaya franqueza!

—Estamos casados... —empezó a decir.

—¡Eso no es una excusa! Isabella, nunca quise que hubiera intimidad entre nosotros. Insistí en ello, y lo sabes. ¡Sabes por qué!

Parecía muy incómodo, y todas las esperanzas de Bella se evaporaron ante la certeza de lo que estaba oyendo. No se le había ocurrido pensar que dos personas que habían estado tan unidas físicamente podían convertirse en desconocidos de la noche a la mañana. Pero Edward se mostraba distante, se sentía acorralado. La libertad era una religión sagrada para él. No quería estar con Bella.

—No quieres seguir casado conmigo —dijo con un suspiro suave—.Lo sé.

Edward no sabía lo que quería. Estaba inquieto, confuso. Después del tiroteo, había buscado consuelo, había necesitado a una mujer. Había empleado el alcohol como una excusa para poseer a Isabella, por la que había estado agonizando lentamente. Pero se sentía culpable de haberla forzado a una relación para la que no estaba preparada. Nunca había salido con ningún chico. El le había arrebatado su derecho a escoger. El amor idílico que sentía por él había llegado a su desenlace inevitable, y él estaba preocupado por la pérdida de la libertad y por su incomodidad con la vida de familia y las raíces. Se sentía asfixiado. Necesitaba espacio aunque, al mismo tiempo, no podía olvidar la experiencia vivida en aquel dormitorio a oscuras. Nunca había creído capaz a Isabella de sentir una pasión tan desinhibida. De hecho, era la primera vez que él la sentía.

—No, no quiero seguir casado —dijo con obstinación, más para sí que para ella.

—Entiendo —asintió Bella.

—No lo entiendes —replicó Judd—. Pero cuando te des tiempo para pensarlo, comprenderás que tengo razón —añadió con frialdad—. Fue una noche aislada en el tiempo, Isabella. Yo me pasé de la raya y tú me dejaste. Ahora, tendremos que vivir con eso a nuestras espaldas —se inclinó hacia delante con los brazos cruzados sobre las piernas—. Al menos, no habrá ninguna consecuencia.

Se refería a la supuesta píldora que Bella estaba tomando. Ella no se atrevía a contarle la verdad. Se quedó mirando el suelo.

—Y, cómo no, también está Rosalie Hale —apuntó Bella con suavidad. Él frunció el ceño—. Tu prometida —le recordó, y forzó una sonrisa.

Isabella se lo había mencionado en una ocasión y él no la había contradicho. Empezó a negarlo, pero se contuvo. Si Isabella creía que deseaba a Rosalie Hale, le costaría menos olvidarse de él. También le haría la vida más sencilla a Rosalie quien, aunque Isabella no lo supiera, estaba pasándolo mal manteniendo a raya a Gary Mays, el ayudante de dirección. Al menos, su relación con Edward había servido para eso.

Isabella reparó en su repentino silencio e inspiró hondo.

—Entonces, era un anillo de compromiso, ¿no?

Edward asintió, afirmando la mentira con una inclinación de cabeza que parecía una traición. Isabella estaba destrozada. No quería hacerla sufrir, pero su trabajo era su vida. No quería formar una familia, le parecía una trampa mortal. ¡Menos mal que Isabella estaba tomando la píldora, o podría haber quedado atrapado para siempre!

Isabella intentaba asimilar aquella complicación pero fracasaba miserablemente. Le costaba trabajo no ceder al llanto cuando tenía la garganta como si se hubiera tragado un balón. Parpadeó deprisa para reprimir las lágrimas.

—Está bien —dijo con voz ronca—. No te causaré problemas, Edward. Espero que seas feliz con Rosalie — entrelazó las manos con fuerza en el regazo y forzó una sonrisa—. Sabía que tenías que ir en serio con ella para comprarle un anillo como ese, cuando nos cuesta pagar las facturas del rancho. No tienes que preocuparte por eso —añadió deprisa, levantando una mano—. Tenías razón sobre la escuela. Solo me falta un semestre, y dos asignaturas, para que me den el diploma. Mientras tanto, puedo trabajar entre clases, en un supermercado o algo así —dijo rápidamente, haciendo planes—. Después, cuando me diplome, buscaré un trabajo en una empresa. Con el dinero extra, podremos contratar a otra persona a jornada completa, como teníamos planeado.

Edward hizo una mueca.

—Isbaella... —empezó a decir, detestando el dolor que oía en su suave voz de mujer. Ella tragó saliva.

—Puedes ir tú solo a Japón. Tratas con extranjeros todos los días.

—Tú eres copropietaria del rancho —la interrumpió.

—De momento —dijo, sin mirarlo—. Cuando consolidemos el trato con los japoneses, tomaremos decisiones. No quiero seguir viviendo aquí y ser una tercera parte incómoda cuando te cases.

—¡Por Dios! —estalló, horrorizado por lo que oía. No se había dado cuenta del cambio drástico que podía provocar la mentira. Ella se puso en pie.

—No pasa nada —dijo—. De verdad —forzó otra sonrisa—. Puede que yo también tenga perspectivas de casarme —añadió, pensando en Emmett.

Edward también pensó en él. Estaba noqueado. Sus confusos razonamientos los habían lanzado a aquella maraña de futuros impensables. Se puso en pie.

— ¡No hay por qué decidir nada hoy! —exclamó.

—Es lo mejor —Bella avanzó hacia el umbral—. Deseo que todo te vaya bien en Victoria —añadió, y volvió la cabeza sin llegar a mirarlo a los ojos. Seguía sonriendo. Se le iba a quedar la cara helada en esa posición—. Feliz Año Nuevo, Edward. Espero que el próximo sea más feliz... para los dos.

Salió del salón. Edward se quedó mirando cómo se alejaba con el corazón abatido, sintiéndose como si acabara de caer en un pozo del que no podía salir. Había visto tanto dolor en aquellos ojos castaños, tanto tormento... Isabella se refugiaría en Mcarthy, maldito fuera, y este se casaría con ella en un abrir y cerrar de ojos a la mínima oportunidad. Pero Mcarthy no podría hacerla feliz. Ella nunca lo entendería, ni encajaría en su mundo. No más de lo que Edward encajaría en los círculos sociales de Rosalie Hale.

Recordó el fuerte abrazo de Isabella, sus labios ávidos unidos a los de él, su cuerpo moviéndose con agónico deleite bajo el suyo sobre las sábanas frescas y blancas en la oscuridad. Ella había sido su sueño de la perfección. Pero el deseo no podía ser suficiente para ella. Querría tenerlo a su lado todos los días, querría tener hijos. Edward se estremecía solo de pensar en aquellas ataduras.

Pero Isabella ya era mayor de edad y quería estar libre. Libre del rancho, libre del matrimonio, libre de él. Eso era también lo que Edward quería. ¿O no? Intentó imaginar lo que sería no volver a verla a solas, no recorrer la cerca con ella, no disfrutar de su dulce consuelo. Isabella siempre sabía cuándo estaba triste o abatido, y qué decir para animarlo. A veces, casi le leía el pensamiento. Lo hacía sentirse cálido por dentro solo con su presencia. Y, en aquellos momentos, al recordar la reacción febril de su cuerpo en la intimidad, Edward se sentía aún más cerca de ella. Pero, de pronto, estaba... vacío. Solo.

Recogió el sombrero y se lo caló en la frente, frunciendo el ceño. Se acostumbraría a estar sin ella. No sería tan difícil. Era lo mejor. Era demasiado niña para él, y no tenía suficiente experiencia con los hombre para sentar todavía la cabeza. Entonces, su cerebro le recordó que Mcarthy se la arrebataría como un trofeo de pesca en cuanto se hubieran divorciado. Isabella, dolida y rechazada, se casaría con él de rebote.

Echó a andar hacia la puerta en una niebla de indecisión justo cuando Sue la abría y entraba con una bolsa de comida.

—Hola, Edward. ¿Qué tal va todo? —preguntó con una suave sonrisa.

—Despacio, para variar —contestó. Miró hacia la cocina, donde se oía correr el agua—. Estáte pendiente de ella, ¿quieres? —añadió—. Está disgustada.

Sue lo miró con sagacidad.

—No me hace falta preguntar por qué. No te preocupes por Bella —añadió con una sonrisa—. Tengo noticias que la animarán. Emmett va a llevarla a la fiesta de fin de año de Jacobsville. Tiene entradas y habrá orquesta.

Edward frunció el ceño.

—Es demasiado viejo para ella —masculló antes de poder escoger mejor las palabras. Sue se limitó a sonreír.

—No lo dirías si los vieras juntos. Bella lo rejuvenece. Y no hace falta ser muy listo para darse cuenta de que Emmett está colado por ella. Si fuera libre, se casaría con Bella en un abrir y cerrar de ojos.

—Tengo que irme —dijo Edward con frialdad—. Feliz Año Nuevo.

—Igualmente. Por cierto, no has recogido tus regalos de Navidad —dijo Sue—. ¿Quieres que te los traiga? Yo te he hecho unos calcetines de punto. Bella te compró un alfiler de corbata... una estrella de plata de ley. ¿Te acuerdas que le dijiste que te encantaría tener uno así? Fue a Victoria y se pasó un día entero buscándolo. ¿Te vas ya mismo? —añadió cuando él empezó a salir por la puerta.

—Sí —dijo con voz ahogada. No soportaba recordar que no le había regalado nada a Isabella. Un anillo caro para Rosalie, que no era más que un elemento superficial de su vida, y nada para la mujer que había sacrificado tanto por mantener en pie aquel ruinoso rancho mientras él trabajaba.

—Bueno, conduce con cuidado —le dijo Sue—. ¿No vas a despedirte de Bella?

Edward no respondió. Echó a andar hacia su vehículo, subió y salió disparado como un cohete.

Sue encontró a Bella ante la pila, llorando en silencio. Vaciló en el umbral.

—¿Me necesitas para algo?

Bella sonrió entre lágrimas y lo negó con la cabeza.

—Emmett ha dicho que se pasaría a eso de las seis para llevarte a la fiesta de fin de año —añadió Sue—. ¡Eso te animará!

Bella cerró los ojos. Gracias a Dios que tenía a Emmett.

—Sí —dijo con voz ronca—. Y, créeme, lo necesito. Sue, Edward y yo vamos a divorciarnos para que él pueda casarse con Rosalie. ¿No es maravilloso?

Sue no sabía qué decir.

—Puede que me case con Emmett —continuó.

—No hagas eso, niña —dijo Sue con suavidad—. Dos errores no hacen un acierto. Además, recuerda que Edward está atravesando unos momentos muy difíciles. Yo que tú, no me fiaría mucho de nada de lo que dijera ahora mismo. No piensa con claridad. Espera a que olvide el tiroteo antes de tomar ninguna decisión concreta, ¿de acuerdo?

Sue no sabía lo que estaba pasando, y Bella no quería contárselo. Inspiró hondo y echó detergente en el agua de la pila.

—Ni siquiera me ha comprado un programa de ordenador por Navidad, Sue —le dijo a la mujer—. A ella le regaló ese anillo tan caro. Ha afirmado que se trata de un anillo de compromiso, como Rosalie nos contó. Supongo que está enamorado de ella. Así que, no hay más que hablar. Deseo que Edward sea feliz.

Maude también pero, en aquellos momentos, tenía ganas de estrangularlo. Dejó sobre la mesa de la cocina la bolsa que todavía sostenía en la mano.

—Hay más en el coche —murmuró, y salió en busca del resto de la compra. Bella ni siquiera miró. De todas formas, las lágrimas no le permitían ver gran cosa.

La fiesta de fin de año fue sensacional. Se celebró en el Centro Cultural de Jacobsville, situado junto a la plaza principal, y a ella asistieron la mayoría de las familias fundadoras de Jacobsville. Janie Brewster Hart y su marido. Leo, se habían casado poco antes de la Navidad y se abrazaron cuando unos inesperados copos de nieve cayeron sobre los grupos que se congregaban en la plaza para escuchar las doce campanadas. Todo el mundo sonrió con indulgencia al verlos.

Emmett se inclinó y besó a Bella con suavidad en los labios. Ella le rodeó el cuello con las manos y le devolvió el beso con un repentino entusiasmo que lo hizo estremecerse de pies a cabeza. Emmett le devolvió el beso con fervor, y con toda su destreza. Bella sonrió bajo la presión de sus labios, disfrutando de la novedad de estar en sus brazos. No era Edward, pero resultaba agradable besarlo de todas formas. No hacía falta preguntar lo experimentado que era, porque se notaba. Ninguno de los dos reparó en las miradas de regocijo de sus conciudadanos.

La noticia del beso ardiente de Bella y Emmett se propagó por la ciudad y llegó a oídos de Edward, que ya había vuelto a su puesto. No le sentó bien, sobre todo porque cada día que pasaba lamentaba más su impulsiva charla con Isabella sobre el divorcio.

Jack Clark fue trasladado a Victoria para asistir al funeral de su hermano varios días después de la autopsia. De regreso a Jacobsville, Jack se mostró tan dócil y educado que el amable agente del sheriff que lo trasladaba rompió el protocolo y lo dejó esposado en lugar de encadenado. En el transcurso de una parada que Clark había solicitado para ir al baño, el amable agente fue recompensado recibiendo dos golpes en la cabeza con la culata de su propio revólver reglamentario de calibre 38. Clark lo dio por muerto y lo abandonó bajo una fuerte lluvia en la cuneta de la autovía. Horas más tarde, encontraron el coche patrulla vacío a las afueras de Victoria.

Incapaz de viajar a Jacobsville aquel día debido a su apretada agenda, Edward telefoneó a Emmett Mcarthy y le contó lo ocurrido. También tenía que pedirle que estuviera pendiente de Isabella, ya que temía que Jack Clark quisiera ajustar cuentas con todos ellos, en especial, con él.

El equipo de rodaje regresó para realizar sus dos últimas semanas de trabajo, e Isabella estaba tan abatida que apenas se fijó en Rosalie. Había aprobado todos sus cursos de otoño y se había matriculado para el semestre siguiente.

Edward se presentó el primer domingo del rodaje, a primera hora. Era un día frío pero soleado. Emmett ya estaba allí, hablando con uno de sus hombres sobre la vigilancia y esperando a que Isabella se preparara para poder salir con ella.

Isabella no había esperado ver a Edward y reaccionó con incomodidad. Lo mismo hizo Edward. Hablaron con la educación gélida de dos desconocidos rivales. Isabella ni siquiera le sonrió. Rosalie vio aquella nueva tensión e incomodidad y formuló una desagradable hipótesis. Gary la estaba acosando más que nunca y la aterraba quedarse sola con él, aunque hubiera más personas. ¡No podía permitir que Edward la abandonara justo en aquel momento!

De modo que, mientras Edward hablaba brevemente con el ayudante de dirección y el personal colocaba los aparatos, Rosalie se detuvo junto a la silenciosa Isabella.

—Es lo que pasa cuando uno refleja en la cara lo que siente —le dijo Rosalie con frivolidad—. Si quieres algo de un hombre, no deberías arrojarte en sus brazos. De todas formas, el sexo es una pobre manera de retener a un tipo como Edward. Está demasiado asqueado para hablar contigo, ¿no te das cuenta? Me dijo que lo avergüenzas con tu comportamiento. Lo único que quiere es olvidar lo ocurrido. Dice que te arrojaste en sus brazos y que no pudo evitarlo.

Isabella miró a la mujer con semblante horrorizado. Rosalie se sintió fugazmente culpable por la mentira. Pero había dado en el blanco, para haber sido un tiro al aire.

—Asqueado —repitió Bella con voz inexpresiva, sintiendo náuseas. Desde luego, Edward no se andaba con rodeos. Su inexperiencia y su pasión desinhibida lo habían asqueado, y no soportaba seguir viéndola. Le había dicho a Rosalie que ella se había entregado a él, y que lo único que deseaba era olvidarlo todo. Bueno, no era ninguna sorpresa. ¿No se lo había dicho ya a ella? Pero no había sido tan cruel, ni siquiera al mencionar el divorcio.

Se dio la vuelta y fue a recoger su bolso. No se le ocurrió ponerse un jersey, aunque hacía frío. Cuando volvió a salir, Edward estaba en el porche.

No lo miró a los ojos; estaba terriblemente dolida. Se colgó el bolso del hombro con movimientos rígidos.

—¿Estás bien? —preguntó Edward con vacilación. Ella apretó los labios.

—Tengo entendido que verme te asquea, y que te avergüenzo con mi mera presencia. De momento, no puedo evitarlo, pero prometo alejarme lo más posible de ti cuando vengas. Dile a Rosalie que no tiene por qué seguir atormentándome. Tendrás el divorcio en cuanto lo pidas —elevó los ojos, dolidos y furiosos—. ¿Cómo has podido decirle que nos habíamos acostado, que me arrojé en tus brazos? ¿Cómo has podido, Edward?

Edward frunció el ceño, y empezó a hablar, pero ella se alejó por una pradera cercana hacia una de las construcciones del rancho, para esperar allí a que Emmett terminara de hablar con uno de sus hombres.

Edward montó en cólera. ¿Cómo podía Rosalie haberle contado aquella mentira a Isabella, cuando él ya le había desgarrado el corazón? Avanzó hacia la modelo con los ojos inyectados en sangre, y la acorraló a unos metros de distancia de donde Isabella aguardaba a Emmett, cerca del edificio.

—¿Por qué le has dicho a Isabella que me asqueaba? —preguntó a Rosalie con enojo—. ¿Por qué le has mentido?

Rosalie estaba demasiado aturdida para contestar. No se le había ocurrido pensar que la joven repetiría sus palabras a Edward al momento siguiente. Empezó a hablar, cuando avistó un movimiento detrás de Edward que captó su atención.

Isabella se alejaba un poco más de la dolorosa visión de Edward hablando con Rosalie Hale. De improviso, vio a un hombre delgado y medio calvo apuntando a la espalda de Jack con una pistola.

No había tiempo. Edward era capaz de reaccionar en una fracción de segundo, pero en la fracción de segundo que ella tardaría en llamarlo caería muerto. Era la única decisión posible, así que Isabella la tomó. Se interpuso en la trayectoria de la bala justo cuando Clark disparaba.

Por extraño que pareciera, no sintió dolor. Notó el impacto de un objeto duro y, después, la dificultad de respirar. Se quedó mirando al hombre que acababa de apretar el gatillo y, con un pequeño gemido, cayó al suelo boca abajo, sangrando, inconsciente.

Rosalie vio lo que ocurría con auténtico horror.

—¡Edward! —chilló en el momento en que se produjo la detonación.

Con el instinto de muchos años de profesión, con un único movimiento fluido, Edward desenfundó su automática Colt del calibre 45, se dio la vuelta y disparó, hiriendo a Clark en la mano. El hombre soltó su arma y cayó de rodillas.

Edward avanzó hacia él sin vacilación, advirtiendo distraídamente que Isabella se había desmayado. Emmett Mcarthy se acercó corriendo, empuñando su revólver.

—Yo lo esposaré —dijo Edward—. Tú ocúpate de Isabella. Creo que se ha desmayado.

Inmovilizó a Clark y lo esposó a la espalda, haciendo caso omiso de los gritos de dolor del hombre y de sus furiosas amenazas.

—¡Barnes, llama a una ambulancia! —le gritó al subalterno de Mcarthy, que hizo una seña y empezó a hablar por el radiotransmisor que llevaba en la solapa del uniforme.

—¡Edward!

La voz de Emmett sonaba extrañamente entrecortada. Aquello lo inquietó. Dejó a Clark esposado, de rodillas, retiró el revólver que llevaba y se lo guardó en su cinturón reglamentario. Se reunió con Emmett junto al cuerpo inmóvil de Isabella. Rosalie se había quedado petrificada, pero ella también se acercó, junto con el resto del personal de rodaje.

La mano de Emmett salió de debajo del pecho de Isabella cubierta de sangre.

Edward dejó de respirar, dejó de pensar. Isabella no se había desmayado; yacía inmóvil y rígida. Estaba muerta. Clark la había matado. Se dio la vuelta mascullando una rápida maldición y se abalanzó contra el hombre esposado con una economía de movimientos temible.

—¡Edward, no! ¡Deténganlo! —les gritó Emmett a los miembros del rodaje.

Tres hombres, dos ingenieros y el ayudante de dirección, atraparon a Edward justo cuando alcanzaba a Clark y lo apartaron de él. Edward maldecía profusamente, con voz entrecortada, mientras la realidad empezaba a penetrar su aturdimiento.

—¡Soltadme, maldita sea! —jadeaba, forcejeando con sus captores.

—¡Edward, está viva! —gritó Emmett—. ¿Me oyes? ¡Ven aquí! ¡No puedo hacer esto yo solo!

Edward se deshizo de los hombres que lo retenían y se reunió con Emmett justo cuando este daba la vuelta al cuerpo con manos trémulas y suaves. Edward estaba pálido y respiraba con dificultad.

La sangre manaba del frente de su blusa, empapándola y manchando la hierba sobre la que Isabella yacía. Hacía tanto frío que la sangre humeaba. Isabella estaba inconsciente y respiraba de forma ruidosa.

—Colapso pulmonar —masculló Emmett—. La han herido en algún punto de la caja torácica —miró a Edward con semblante frenético—. Necesitamos mantas, algo con lo que levantarle los pies, presionar la herida...

Edward se quedó rígido, contemplando la palidez e inmovilidad de Isabella y reflejando horror en cada línea de su rostro. Por primera vez en su vida, era incapaz de reaccionar. Había tanta sangre... pensó a ciegas. ¡Tanta! Emmett tampoco estaba respondiendo muy bien, se sentía impotente al ver a Bella así.

Rosalie se acercó deprisa, recordando lo que le había dicho a Isabella hacía escasos minutos, la mentira que ella se había inventado. Se odiaba a sí misma. La sangre la mareaba, pero estaba acostumbrada a las emergencias. Se quitó el lujoso jersey que llevaba y cubrió con él la herida, presionando con fuerza para intentar detener la hemorragia. Mcarthy la miró, sorprendido.

—Está entrando en estado de shock —dijo Rosalie con serenidad—. Necesitamos mantas.

— ¡Mantas! — gritó Emmett.

Los hombres empezaron a correr. Sue oyó el revuelo y salió corriendo de la casa, pero regresó al interior en cuanto le contaron lo ocurrido y lo que se precisaba. Salió de nuevo acarreando mantas de la habitación de invitados, y un enorme edredón. Se los pasó a Emmett, que cubrió a Isabella mientras Rosalie seguía presionando la herida. Sue enrolló una de las mantas y la usó para levantarle las piernas a Isabella. Las lágrimas resbalaban por sus mejillas. Sollozaba mientras retorcía las manos y la observaba.

—¿Qué pasa con la ambulancia? —le gritó Mcarthy a su agente.

En aquel momento, el sonido de las sirenas hendió el murmullo de conversaciones. Edward sostenía una de las manos de Isabella con tanta fuerza que hasta ella tenía los nudillos blancos. Tenía ojos de muerto, ni siquiera parecía ver a la gente que lo rodeaba.

Isabella estaba empezando a temblar de pies a cabeza, y un gemido lastimero y áspero brotó de sus labios. El sonido arrancó a Edward de su estupor. Le retiró a Isabella el pelo de la cara.

—No te muevas, cariño —le dijo con voz ronca—. No te preocupes, estoy aquí. Te pondrás bien. ¿Dónde diablos está esa maldita ambulancia? —gritó con su voz grave impregnada de pánico.

—Aquí, señor —dijo el hombre de Emmett, que estaba apartando a los curiosos y haciendo señas a la ambulancia para que se acercara. Tras la ambulancia llegaba un coche de policía de Jacobsville con otros dos hombre de Mcarthy.

Edward seguía sujetando con fuerza la mano de Isabella. Logró mantenerse cuerdo el tiempo suficiente para lanzar una mirada a Clark, que estaba de rodillas sobre la hierba, gimiendo por su herida.

—Meted en la cárcel a ese hijo de perra —masculló—, antes de que acabe con él.

La mirada de Edward delataba sus intenciones. Había olvidado la ley, el deber, el honor, todo, dominado por el peor temor que había experimentado en su vida. Si Isabella moría, sería un hombre sin ley. Ya no le importaría nada en el mundo, nunca, salvo la venganza. Se sentía frío, enfermo y horrorizado, y no podía arrancar la mirada del rostro contraído por el dolor de Isabella. Lo estaba matando verla así. Y la sangre seguía manando como agua de un aspersor, a pesar de los esfuerzos febriles de Rosalie por cortar el flujo.

El personal de la ambulancia actuó con rapidez y eficiencia. Edward no quería soltarle la mano a Isabella. Tuvieron que rodearlo para trasladarla, porque Edward subió a la ambulancia con ella, sosteniéndole la mano.

—No la dejen morir —le dijo Emmett a un miembro del personal médico—. Voy a desarmar a Edward antes de que se la lleven —añadió en un murmullo.

Subió a la ambulancia, habló en voz baja con Edward, que apenas lo oyó, y le quitó las dos armas, la Colt automática y el revólver con el que Clark había disparado. Cuando bajó, cerraron las puertas de la ambulancia.

La última imagen que tuvo de Bella fue con la cabeza morena de Edward inclinada sobre ella en una agonía de dolor.

—¿Vivirá? —le preguntó Rosalie a Mcarthy.

Emmett la miró, comprendiendo con retraso que le estaba dirigiendo la palabra.

—No lo sé —dijo con voz inexpresiva. Estaba tan asustado como Edward, solo que lo ocultaba mejor. La modelo inspiró de forma trémula.

—Nunca había visto una herida de bala.

Mcarthy no estaba escuchando. Uno de sus hombres se acercó a él.

—Encadenadle los tobillos y trasladadlo al hospital —ordenó Mcarthy con aspereza.

—Necesito un médico —rugía Clark—. Estoy herido. ¡Me sangra la mano!

Mcarthy se lo quedó mirando.

—Si haces un solo movimiento que no me agrade, lo que necesitarás será un enterrador —dijo con pura malicia, e hizo girar la Colt en su mano con una destreza que indujo a Clark a retroceder.

—¡Esta vez he fallado, pero no volveré a hacerlo! — rugió Clark—. Mató a mi hermano. Yo lo mataré a él. ¡Lo juro!

Mcarthy le hizo caso omiso y entregó al agente de policía las dos armas que le había quitado a Edward.

—La Colt es de Edward Cullen. El Smith&Wesson es el arma con la que Clark disparó a Isabella Swan. Guárdalas bajo llave en mi despacho.

—Nos ocuparemos de ellas, señor —le aseguró el agente—. Espero que la señorita Swan se ponga bien.

—Yo también —dijo Mcarthy con voz ronca, con la voz tan rígida como sus rasgos. Lo estaba matando no poder ir en la ambulancia con ella. Pero era Edward quien tenía derecho a acompañarla, por mucho que detestara reconocerlo.

Rosalie Hale vio alejarse la ambulancia. Lanzó una mirada a Sue, que lloraba amargamente a un lado. Imaginaba lo afectada que estaba la mujer, que era lo más parecido a una madre que Isabella había tenido. Se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros para consolarla.

—Vamos —dijo con suavidad—. La acompañaré a casa.

—Tengo que ir al hospital —gimió Sue—. Pero no puedo conducir de lo mucho que estoy temblando.

—Le pediré a alguien que nos lleve —dijo Rosalie—. Yo también voy —añadió con obstinación, lanzando una mirada al ayudante de dirección, que parecía estar a punto de replicar—. Hoy no contéis conmigo —le dijo—. Voy a ir al hospital a hacer compañía a Edward.

Gary Mays elevó las manos en señal de protesta pero, al recibir una mirada fría de Mcarthy, se alejó sin decir palabra.

—Podéis venir conmigo —les dijo a las mujeres sin mirarlas—. Dadme un minuto para que llame a la comisaría y a los Rangers —se sacó el móvil de la funda y empezó a marcar números.

—Necesita un jersey —le dijo Rosalie a Sue, y la condujo hacia la casa— Yo tendré que pedirle uno prestado. He usado el mío para cubrir a Isabella.

Sue se había dado cuenta, a pesar de la agonía del momento. Logró sonreír entre las lágrimas, sorprendida y complacida de encontrar un aliado donde había creído tener un enemigo. Toda la malevolencia que había sentido hacia la hermosa modelo se evaporó.

—Le buscaré algo que pueda ponerse.


¡Pobre Bella! , todos han quedado sorprendidos por lo ocurrido, ¿a ustedes también se les paro el corazón en algún momento? , a mi si.

¡Gracias por los Reviews, Fav & Follow!

Espero hayan disfrutado del capitulo & esperen el siguiente. ¿Reviews?

StayGirl22