—Gracias, Billy, te debo una —pronunció Edward mientras hablaba por el teléfono de la cocina, bajo la mirada de Isabella—. No, no es la última pieza del puzzle. Pero, de todas formas, es importante —se interrumpió—. Ya lo sé. Parece que tu agencia de detectives a media jornada está funcionando a jornada completa...

Isabella, sentada ante la mesa, dejó de escuchar. Sam se le acercó buscando mimos, y de repente le entraron ganas de abrazarlo y de echarse a llorar. En vez deeso, le acarició la cabeza con una mano temblorosa, reconfortada por su callada presencia. Todavía estaba conmocionada por la brutal acusación de Rosalie. Se había llevado una impresión tan grande que, en el momento, ni siquiera había reaccionado.

—¿Que tú quieres recuperar a tu hija? —le había espetado su cuñada—. Querrás decir tu dinero... Las cosas no salieron como las habías planeado, ¿verdad, Isabella?Creías que te convertirías en una viuda fabulosamente rica, capaz de satisfacer tus caprichos sin asumir ninguna responsabilidad. El tipo de vida que esperabas llevar cuando te casaste con mi hermano... Renunciaste por escrito a tu propia hija antes incluso de que naciera. Un niño no es un juguete, Isabella, Un niño es un precioso regalo, mucho más que esas obscenas perlas de las que tan orgullosa estabas, más que los diamantes y las pieles con que te obsequiaba Demetri. Tu mundo entero se vino abajo cuando Carlie nació... no puedes negarlo. Todo el mundo vio el cambio que experimentaste, la manera en que te apartaste de todo... Por eso decidiste borrar del mapa a tu marido y a tu hija al mismo tiempo, para poder seguir adelante con tu excitante vida de fiestas y viajes a París. Pero, en lugar de ello, Carlie no subió a ese avión, las sospechas recayeron en ti y finalmente fuiste encarcelada.

Edward la había interrumpido en aquel momento, con voz firme:

—Alguien le ha envenenado los pensamientos, señora King. Usted era amiga de Isabella. No me diga que se le ha ocurrido a usted sola esa descabellada teoría.

—¿Descabellada? Pregúntele a Isabella si lo es. Pregúntele por ese papel que firmó, renunciando a todo derecho sobre su hija.

—Él ya lo sabe, Rose —había reaccionado al fin Isabella—. Cometí un terrible error, pero créeme, siempre me arrepentiré y...

—De lo único que te arrepientes es de que Carlie haya conseguido Tenn-Chem, y de que ahora tú necesites recuperarla para poder acceder al dinero de la compañía —a continuación se había vuelto hacia Edward—. No, agente Cullen, yo no me inventé sola todo esto. Mi madre y yo no coincidimos en muchas cosas, pero cuando me transmitió sus sospechas, de repente lo comprendí todo.

—Ella es mi hija, Rosalie. Yo soy su madre —había replicado Isabella con tono desgarrado—. ¿Cómo puedes creer que yo...?

— ¡Yo soy ahora la madre de Carlie! —exclamó mientras recogía su bolso—. ¡Y yo soy mejor madre para ella de lo que tú nunca fuiste... ni podrás serlo jamás! Aunque tú no hubieras puesto esa bomba Isabella, ¿sinceramente crees que habrías podido proporcionarle la infancia feliz que está disfrutando conmigo? Habrías consentido que la enviaran a Hartley House. Habrías dejado su educación en manos de Jane. ¡Qué ironía! —añadió, levantándose de la mesa—. Lo que más ansiaba yo en el mundo era tener hijos. Tú tuviste una hija que no te merecías. Quizá, después de todo, Dios haya hecho justicia...

Isabella recordó en aquel momento aquellas amargas palabras. Al día siguiente, su hija cumpliría seis años, y ella no estaría allí para verla abrir los regalos, para verla jugar con sus amigos, para abrazarla y decirle lo mucho que la quería. Mientras seguía acariciando a Sam, absorta en sus pensamientos, fue vagamente consciente de que Edward había colgado el teléfono.

—Vladimir nos mintió acerca de su papel en Tenn-Chem —le dijo mientras se sentaba frente a ella—.Y acabo de averiguar que también nos mintió en otra cosa.

—¿En qué? —inquirió con tono inexpresivo.

—¿Te acuerdas de mi compañero Billy Black? —al ver que asentía, continuó—: Al poco de jubilarse, montó una agencia de detectives. El caso es que después de nuestra conversación de ayer con Vladimir, le pedí a Billy que se pasara por Cape Ann, mostrara una fotografía de tu cuñado a la gente de por allí y preguntara si alguien lo había visto.

—Vladimir nunca estuvo en la casa de Cape Ann — pronunció Isabella sin mucho interés—. Ni ningún otro miembro de la familia. Esa residencia es una casa muy pequeña, de estilo rústico, y lo rústico no es el estilo de Vladimir. No hay nada en Cape Ann que pudiera interesarle.

—Lo que hace más asombroso que pasara varios fines de semana allí, en fechas cercanas al atentado.

La miró, esperando una reacción por su parte. Pero Isabella se limitó a encogerse ligeramente de hombros.

—Tal vez no fuera él. Quizá fuera alguien que se le parecía —declaró al fin con tono rotundo.

—O quizá utilizó tu casa como base de operaciones para elaborar la bomba —replicó Edward, impaciente—. Por el amor de Dios, Bella... ¿es que no ves que puede ser la pista que estamos buscando?

—No, Edward, no lo veo —se levantó bruscamente—. Solo veo una cosa. ¿Quieres saber qué es? —sin esperar su respuesta, se dirigió a una esquina de la cocina, donde había dejado las bolsas de las compras nada más volver a casa. De una de ellas sacó un oso de peluche, y volvió a acercarse a la mesa—. ¡Es esto! —lo agitó, rabiosa—. Veo a una mujer que creyó que si le compraba a su hija un estúpido osito parecido al que nunca llegó a regalarle hace dos años, podría fingir que no había pasado el tiempo, que no había sucedido nada entretanto... ¡Registré de arriba a abajo ese maldito centro comercial en busca de esto... de esto, Edward! —dejó el oso sobre la mesa, con la mirada borrosa—. Ni siquiera sé si aún sigue jugando con muñecos de peluche. Rose tenía razón. Nunca recuperaré a Carlie. ¡No me la merezco!

—Para ya —le ordenó, levantándose para abrazarla—. Para de hacer eso, Bella... ¿me oyes? Ya hemos tenido esta conversación, y sabes perfectamente que Carlie necesita volver contigo, a pesar de lo que hoy te haya dicho tu cuñada. ¿Cómo puedes darle algún crédito a su opinión, maldita sea? Ella no te conoce en absoluto. Si te conociera bien, nadie habría podido convencerla de que querías atentar contra la vida de tu propia hija.

Isabella alzó la mirada hacia él, y negó lentamente con la cabeza.

—No, Rose no me conoce. Pero ahora conoce a Carlie mucho mejor que yo, Edward. ¿Y si tiene razón? ¿Y si ella puede proporcionarle una infancia mucho más feliz que yo?

—No puede, Bella. Sé que Carlie nunca será completamente feliz sin ti, y no se trata de una simple opinión mía... —la soltó, pasándose una mano por el pelo con gesto inquieto—. Dado que Carlie es menor de edad, la Agencia se hizo responsable de ella.

Después de todo, está dentro de un programa de protección elaborado por nosotros, y nuestra primera intención no es, desde luego, desarraigar a un niño de su ambiente familiar. Por eso insistimos en que una de nuestras psicólogas infantiles la viera cada dos meses, para poder realizar un seguimiento de su desarrollo emocional. Espera un momento.

Abandonó la habitación, y segundos después Isabella lo oyó abrir y rebuscar algo en el archivador del final del pasillo. Volvió a sentarse, con la mirada fija en el osito de peluche que estaba sobre la mesa. Ya habían pasado por aquello, pensó deprimida. No podía culpar a Edward de que no comprendiera sus repentinos ataques de dudas, porque ni ella misma sabía por qué la asaltaban cuando menos se lo esperaba. Pero ese día, cuando se vio a sí misma a través de la mirada de Rosalie, su antigua amiga, volvió a sentirse juzgada... y culpable.

Rosalie conocía el acuerdo que había firmado con Demetri. Cuando Carlie nació, se había prometido a sí misma que siempre la amaría, y que se esforzaría porque se sintiera amada. Pero... ¿y si su cuñada tenía razón, y su hija era más feliz con ella?

—Entonces tendrás que renunciar —susurró para sí misma—. Si Carlie ve a Rose como a su verdadera madre, tendrás que renunciar a ella. Ese será tu sacrificio de amor.

Cuando volvió a la cocina, Edward tensó la mandíbula al ver su rostro lloroso y dejótres hojas de papel sobre la mesa, delante de ella.

—La doctora Rowe está especializada en terapia artística. Estos son algunos de los dibujos que Carlie hizo para ella. Aunque la doctora no consiguió convencerla de que le transmitiera su significado, en su opinión se trata de imágenes inquietantes para una niña de su edad.

Isabella los examinó detenidamente. A primera vista resultaba obvio que todos eran variaciones sobre un mismo tema. Le tembló la mano cuando tomó uno de ellos.

—Yo no soy un experto, y la doctora Rowe tampoco se aventuró a adivinar nada. Está convencida, sin embargo, de que expresan una sensación, o una experiencia, de auténtico terror. Lo único que pudo sonsacarle a Carlie fue que ese pequeño pájaro que vuela bajo la nube negra era ella.

Señaló una figura roja dibujada en una esquina de la hoja, casi emborronada por los círculos negros que la rodeaban. Un trazo amarillo, que debía de ser el pico del pájaro, pugnaba por atravesar la oscuridad. Isabella intentó decir algo, pero no se lo permitió el nudo que tenía en la garganta.

—Rowe dice que esa otra es la imagen que verdaderamente la preocupa: ese símbolo amenazador que parece destacarse de la nube negra para atacar al pájaro, esto es, a la figura de Carlie. Es posible discernir una fila de dientes, ¿lo ves? Al parecer, es el clásico símbolo del miedo. La psicóloga está segura de que se trata de un código personal que utiliza Carlie para transmitir algún tipo de mensaje...

Isabella seguía sin poder hablar, con la mirada clavada en el dibujo. Carlie había pintado aquello, pensó estremecida. Su hija había pintado aquello... sabiendo que solamente una persona en el mundo podría comprender su significado. Yo, pronunció en silencio, ajena a las lágrimas que corrían por sus mejillas. Quiere decirme que no me ha olvidado. Quiere decirme que sabe que yo no la he olvidado, que no la olvidaré nunca, y que nunca dejaré de buscarla. Y también que me dé prisa en localizarla.

—Dime una cosa, Edward —cuidadosamente dejó el dibujo sobre la mesa y alzó la mirada hacia él—. La doctora Rowe no tiene hijos, ¿verdad?

—No está casada, pero... ¿qué sentido tiene esa pregunta? Es una gran especialista —maldiciendo entre dientes, se sentó a su lado y le tomó las manos entre las suyas—. Diablos, sabía que enseñarte esto sería un error... No llores, Bella, por favor... Rowe tal vez se equivocaba con el significado de estos dibujos. En su opinión, solamente Carlie sabía realmente lo que pretendía decir con ellos...

—Solamente Carlie y su mamá —lo corrigió Isabella, sonriendo entre lágrimas—. Ese pájaro rojo es una gallina, Edward... ¿y ese...? ¿Cómo lo ha llamado Rowe? Ese símbolo... es en realidad un cocodrilo. Se supone que soy yo.

—No lo entiendo.

Sabía que lo que estaba a punto de decirle le parecería una estupidez. Pero no lo era en absoluto.

—Hasta luego, cocodrilo —susurró con voz temblorosa—. Hasta luego, gallinita roja. Ese era nuestro saludo secreto, Edward. Y las últimas palabras que intercambiamos antes de que yo desapareciera de su vida.

—¿Estás intentando decirme que ese filete no viene naturalmente cortado en triángulos? —le preguntó Edward, frunciendo el ceño, mientras la atraía hacia sí en el sofá.

—Exacto —afirmó Isabella—. Por supuesto, el lado negativo es que, como has visto, esta noche, tenemos que usar platos, ollas y cazuelas. Es lo que tiene cocinar de verdad, en vez de descongelar comida precocinada, como desgraciadamente estás

acostumbrado a hacer...

—Ya. Creo que hasta Sam se ha sorprendido de que no le haya servido la comida en la inevitable bandeja de aluminio, para que la dejara reluciente a lengüetazos...

A la sola mención de su nombre, el viejo labrador se levantó. Isabella le acarició las orejas.

—Ha sido una cena estupenda, Bella —añadió Edward.

—Estoy de buen humor. De alguna manera, quería celebrarlo... Oh, me olvidaba de algo —se levantó del sofá para dirigirse a su dormitorio.

Segundos después, volvió con un objeto en la mano.

—¿Qué es? ¿Un perrito caliente? —inquirió, dubitativo.

—Un perrito caliente chillón —lo apretó, a manera de demostración—. Toma, Sam. Es para ti.

El perro alzó las orejas cuando Isabella hizo sonar el objeto de goma, arrancándole un sonido agudo, semejante a un chillido, antes de dejarlo caer a sus pies. Lo primero que hizo fue olisquearlo con actitud precavida. Luego, suavemente, lo sujetó con las patas delanteras y, al morderlo, sonó de nuevo. Inmediatamente lo soltó, sobresaltado.

Su expresión de estupor parecía casi humana.

—Tengo la sensación de que vamos a oír esos chillidos durante toda la noche

—con una sonrisa, Edward vio cómo el labrador volvía a hacer sonar el juguete. Isabella le lanzó una mirada desaprobadora.

—Sé que alzo bastante la voz en pleno acto amoroso, Edward, pero... ¿realmente llego a chillar? —le dio un codazo en las costillas—. Solo por eso te mereces preparar el café,

Edward se echó a reír y se levantó para ir a la cocina.

—Espero que quisieras brandy en el tuyo —le dijo cuando le entregó la taza, volviendo a sentarse a su lado—. Te he puesto un poquito.

—Entonces, si me quedo dormida en mitad de una frase y me pongo a roncar, no me lo recrimines... El alcohol, lejos de excitarme, me da sueño —sonrió, mirándolo por encima del borde de la taza—. Dime una cosa —se puso repentinamente seria—. ¿Tú crees que fue Vladimir quien mató a Demetri, verdad?

—No lo sé. Pero sí sé que nos mintió, Bella. Dos veces, y me gustaría saber por qué. Como te dije cuando abandonábamos su apartamento, ese hombre tiene secretos.

—Uno de ellos es que es gay —esbozó una mueca—. Me parece muy triste que, en estos tiempos que corren, haya ocultado algo así.

—Triste o no, tenía el móvil y la oportunidad — Edward sacudió la cabeza, frunciendo el ceño—. Mientras preparabas la cena telefoneé a la oficina para pedirles que verificaran lo que nos dijo Rose acerca de que ostentaba el poder real en Tenn-Chem. Es cierto. Si lo hubiéramos confirmado cuando hace dos años se abrieron las investigaciones, Vladimir habría pasado a figurar desde un principio entre los sospechosos. Por desgracia, no fue así, y tú... —se interrumpió.

Fue Isabella quien terminó la frase por él.

—... y yo figuré como la única persona que se benefició de la muerte de Demetri. Pero yo fui quien le entregó ese paquete. Edward, tú solamente te limitaste a reunir las pruebas... Fue el jurado quien me condenó. No sigas culpándote por ello.

—¡Fueron dos años de cárcel, maldita sea! —su expresión se ensombreció.

Suspirando profundamente, entrelazó los dedos con los suyos—. ¿Todo el mundo te vio

envolver el regalo de Carlie?

—Rose y Royce, los dos hermanos y Jane —asintió—. Era la típica reunión de

los Volturi, dando la bienvenida al nuevo miembro de la familia. Pero la presencia de

Royce quedó tan apagada al lado de las personalidades de Demetri y de su madre que

apenas se hizo notar.

—King satisfacía plenamente los requisitos de los Volturi, ¿verdad? Por eso

se casó con la hermana del jefe —pronunció, pensativo.

—Así es. Tienes que tener en cuenta que Rosalie no se casó con él por amor. Solo quería empezar a tener hijos antes de que se le pasara la edad —tomó un sorbo de café y añadió, sonriendo entristecida—. Rose era una mujer buena, guapa y Cariñosa, y estoy segura de que no le faltaron candidatos dada la fortuna de los Volturi. Pero al mismo tiempo era tan tímida, sobre todo con los hombres, que nunca llegó a tener novio. Así que cuando King hizo su aparición, lo consideró como su última oportunidad y no dudó en aprovecharla.

—Solo que lo mataron antes de que pudiera darle lo que quería —añadió Edward, volviéndose para mirarla—. ¿Buena y Cariñosa, Bella? ¿Te lo sigue pareciendo... incluso después de lo de hoy?

—Cómo tú mismo dijiste, ella me ve como una especie de diablesa... la terrorista llamada La Muñeca de Porcelana. Así fue como me retrataron los medios durante el juicio. Y parece que Jane se esforzó por explotar esa imagen.

—La gran dama de Tenn-Chem, que ahora tiene que presentar informes regulares sobre su gestión de la compañía al hijo al que antaño dio la espalda. ¿Estás preparada para enfrentarte con ella mañana?

—Después de lo de hoy, estoy preparada para cualquier cosa —repuso Isabella, irónica—. Y esta vez no me permitiré concebir ninguna falsa esperanza. Jane nunca se opuso a que yo fuera su nuera, pero nunca nos llevamos especialmente bien. Aunque supongo que aprobó el hecho de que le hubiera dado una heredera.

—Quizá le gustara la idea de que la siguiente generación directora de Tenn-Chem fuera femenina, a pesar del deseo de Demetri de tener un hijo. Dios, qué familia más compleja. Vaya, mira a ese perro... se ha dormido con el juguete en la boca.

—¿Sufre mucho, verdad, Edward? —le preguntó tentativamente—. Las pastillas que toma deben de ser para el corazón...

—Sí, pero las pastillas ya no funcionan tan bien como antes —se encogió de hombros—. El veterinario me ha advertido de que todavía le quedan unas cuantas semanas de estar más o menos bien hasta que el dolor sea demasiado intenso para soportarlo. Será... será duro verlo sufrir en los momentos finales —se aclaró la garganta—. Pero, al fin y al cabo, no es más que un perro. Quizá me compre otro. Respecto a nuestra entrevista de mañana con Jane...

—Vi el vídeo, Edward. Sé que lo compraste para Ethan. Sé que Sam es mucho más que un simple perro para ti.

No había querido decírselo así, pensó Isabella, arrepentida, al ver que se tensaba de inmediato y desviaba la mirada hacia la estantería de los vídeos. Pero, durante la noche anterior, su relación había alcanzado un nuevo nivel... que trascendía lo puramente físico. Quizá había llegado la hora de dejarle saber que había vislumbrado su otra mitad... la mitad que, según él, había dejado de existir.

—Mientras Sam esté vivo, una mínima parte de tu hijo seguirá todavía contigo, ¿verdad? —inquirió con tono suave, tomándole la mano.

Lentamente se volvió hacia ella. Y, en aquel instante, Isabella comprendió que había cometido un error. Su mirada era absolutamente inescrutable. Cuando habló, lo hizo con un tono inexpresivo, helado:

—Yo nunca tuve un hijo, Bella. Si viste el vídeo, entonces sabrás que Anne estaba embarazada cuando murió en aquel accidente. Pero incluso aunque sus heridas no hubieran sido tan graves, no habría existido ninguna posibilidad de que el bebé sobreviviera. Yo perdí a mi esposa —sentenció—. Yo no perdí a un hijo.

Isabella se lo quedó mirando consternada. No debió haber mencionado aquello, pero ya no podía dar marcha atrás.

—Sí que perdiste a un hijo... El niño estaba vivo, Edward —insistió con temblorosa obstinación—. Tenía un nombre. Le compraste un cachorro. ¡Hablabas con él, y sabías que él podía escucharte, por el amor de Dios! Quizá nunca llegó a tener la oportunidad de nacer, pero estaba vivo, y lo sabes. Lo querías y te lo arrebataron, y cada vez que visitas su tumba, seguro que se te desgarra el corazón al pensar en él. ¿Por qué no lo admites?

—Voy al cementerio dos veces al año, en el cumpleaños de Anne y en la fecha de nuestro aniversario —se levantó bruscamente del sofá para acercarse a la ventana. Permaneció allí de espaldas, rígido e inmóvil—. Pongo flores en su tumba. Su nombre es el único que aparece en la lápida, Isabella.

—¿Tú... —abrió mucho los ojos, incrédula—... tú ni siquiera hiciste grabar su nombre en la lápida? ¿Como si ni siquiera hubiese existido? Pero, Edward, él era tu...

—¡Yo nunca tuve un hijo, Bella! —se giró en redondo para mirarla—. ¿Qué diablos quieres de mí? Si quieres que admita que la muerte de Anne fue una tragedia, lo haré: fue una tragedia. Sufrí terriblemente. Probablemente nunca debimos casarnos, y lo último que quería ella era quedarse embarazada, pero nos casamos... porque éramos demasiado jóvenes y por las razones equivocadas. Y ella se quedó embarazada — de repente, el fuego de sus ojos se desvaneció con la misma rapidez con que había surgido. Era como si se hubiese derrumbado por dentro—. Dejó de tomar anticonceptivos sin decírmelo, porque tres meses después de la boda, yo ya sabía que lo nuestro no iba a funcionar. No estábamos hechos el uno para el otro.

—¿Pero entonces... por qué os casasteis?

—Pues por eso —soltó una amarga carcajada—. Me casé con ella porque me dijo que estaba embarazada. Dos días después de la boda resultó obvio que no lo estaba, pero ella siempre insistió en que fue un sincero error —sacudiendo la cabeza, añadió, suavizando su tono—: En muchos aspectos, Anne seguía siendo una niña, y creo que pensó que yo podía proporcionarle la seguridad que tan desesperadamente necesitaba. Quería aferrarse tanto a ello que, al poco de nuestra boda, se quedó embarazada a propósito. Pero sentía verdadero terror ante la perspectiva de convertirse en madre.

—Quizá eso la habría cambiado —sugirió Isabella, vacilante—. Quizá no había madurado lo suficiente.

—Tal vez. Y tal vez yo la decepcioné. Dios sabe que no soy ningún príncipe azul —de repente se volvió hacia ella, con expresión desolada—. ¿Sabes cómo sucedió el accidente, Bella? —forzó una amarga sonrisa—. Yo me quedé trabajando hasta tarde, intentando poner al día el papeleo de la oficina. Llevaba muy poco tiempo en la Agencia y todavía estaba de prueba, así que estaba decidido a hacerlo bien. Anne había estado en el cine, y me telefoneó para que la recogiera porque estaba nevando y no quería esperar al autobús. Yo le dije que tomara un taxi para volver a casa.

—¿Y el taxi tuvo el accidente?

Edward asintió con la cabeza, recordando.

—Sí. Fue aplastado por un camión. Al parecer, fue una muerte instantánea.

—Y, desde entonces, nunca te lo perdonaste. Crees que, de alguna manera, fuiste responsable de la muerte de tu esposa.

—Fui responsable. Si no hubiera tomado aquel taxi...

En el silencio que siguió a aquella frase sin terminar, Isabella se levantó del sofá. Sorteando con cuidado al perro que yacía entre ellos, le puso una mano en el brazo. Lo sintió tensarse de inmediato.

—Por eso no puedes dejar que viva, ¿verdad? —susurró con voz temblorosa. Las lágrimas le nublaban la vista—. Porque si te permites aceptar que Ethan fue real, entonces también te culparás a ti mismo de su muerte. Pero no fue culpa tuya, Edward. Fue un accidente... un trágico accidente. No fue culpa tuya.

Por un fugaz instante, creyó haberlo convencido. Un temblor recorrió su cuerpo, y su anterior expresión desolada fue sustituida por otra de violento dolor. Pero volvió a tensarse, y su mirada se congeló de nuevo. Se apartó de ella.

—Te equivocas por partida doble, Bella. Fue culpa mía que mi mujer muriera aquella noche —se dirigió hacia la puerta, deteniéndose en el umbral. Sin mirarla, añadió—: Pero no perdí a un hijo. Como te dije antes, yo nunca tuve a un hijo.