Grosvernor se sentía sumamente desgraciado. A los cinco años, aún no había llegado a esa firme convicción de los niños de que las chicas son tontas y su mundo aún giraba, sin vergüenza ni contención, en torno a su guapa hermana mayor. Por eso mismo, cuando ella le había gritado que le odiaba lo único que había deseado era huir de casa. Había corrido hasta agotarse, y al terminar con sus fuerzas se había derrumbado en medio del sendero, llorando a lágrima viva.
Así le habían encontrado los muggles.
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Albert se frotó la barriga en un gesto nervioso que delataba en parte su irritación. Los padres del niño habían armado un escándalo terrible al saber dónde se encontraba el desaparecido.
-¡Mi hijo! –exclamó teatralmente el padre-. ¡En una comisaría muggle llena de pseudo-aurores sin magia para protegerle…! ¿Y si lo raptan allí?
El auror mayor contuvo la tentación de arquear la ceja e indicar al noble que al niño ya lo habían "raptado", en su propia casa para más señas, y que probablemente estuviese más a salvo con cincuenta testigos vigilándole que en un hogar donde podía desaparecer sin que sus padres supiesen cómo.
-No se preocupe –murmuró en cambio-. Iremos a recogerle de inmediato para evitar incidentes.
-¿Allí? ¿Tenemos que ir en persona? ¿No pueden ir ustedes? –inquirió horrorizada la madre, dando un toque a su túnica a medida aunque algo gastada e impoluta, como aterrada ante la idea de ensuciarse en una madriguera de no-magos. Albert intentó con todas fuerzas no hacer girar los ojos sobre las órbitas ante tal muestra de amor maternal. Por suerte fue Ethan quien contestó:
-Nos honrará su confianza si nos permite ir en su lugar a buscar a su heredero, señora –el moreno sonrió como si realmente no pudiese imaginar mayor placer en el mundo. Albert se preguntó si era así de cínico o entrenaba para ello, con disgusto. La mujer pareció creer sus palabras a pies juntillas, porque le miró arrobada, con gesto tan maravillado y dulce que habría hecho vomitar a un gato.
Rosamund miró al auror más joven, con una intensa súplica escrita en sus ojos claros algo estrábicos. No iba a enunciar ésta en voz alta, su estricta educación inglesa se lo impedía, pero su cuerpo menudo casi vibraba de tensión contenida. Ethan pareció captar ésta, como por telepatía, y se giró hacia ella con expresión abierta, atenta, amable:
-Sin embargo, si alguien de la familia pudiese acompañarnos para tranquilizar al pequeño, sería muy de agradecer. Me imagino que ustedes añadió de cara a los padres- estarán terriblemente ocupados, pese a que la angustia por el destino del niño les atormente, pero si fuesen tan amables de permitir que la joven Rosamund viniese con nosotros en su lugar… Les aseguro que estaría en buenas manos.
El padre meditó la conveniencia de quedarse sin ambos descendientes, aunque la mayor fuese sólo una hembra, contra la ventaja indudable de no tener que ir a un lugar que obviamente le asqueaba. Contempló especulativamente a ambos agentes, y luego asintió con lentitud.
-Está bien.
Rosamund e Ethan intercambiaron una mirada de complicidad. La niña casi brillaba de gratitud y apenas podía evitar que sus labios pequeños se abrieran en una sonrisa radiante y triunfal. El hombre parecía serenamente satisfecho.
Albert trató de controlar su impaciencia, saludó cortésmente la familia, y salió de la casa para Aparecerse con la pareja.
La rubia, se percató, agarró con firmeza la mano de Ethan, mirándole con cálida admiración. Esta vez no contuvo el gesto de exasperación.
Qué típico.
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Los señores Carlstone eran una familia bien avenida: el padre era ecologista, a sus cuarenta largos seguía tomando sus cervezas y solventando los problemas del mundo cada viernes por la noche, fumando marihuana que él mismo cultivaba con esmero, y cuidando la coleta pese a que su cabello escaseaba y unas entradas ya evidentes orlaban su rostro. Tenía muchos amigos y un mal gusto en el vestir y combinar colores propio de la acromatopsia más severa. Era fotógrafo profesional y sus horarios eran, como poco, bohemios. Su esposa era regordeta y se teñía de un rubio platino que hería la vista, mascaba chicle de forma compulsiva y trabajaba como traductora para una editorial. Tenían dos hijos, ambos niños, con tres años de diferencia entre ellos. Eran unos chicos alegres, ruidosos y algo maleducados, aunque de buen corazón.
Venían de excursión, ya que el señor Carlstone insistía en que cada semana tuviera lugar al menos una actividad conjunta en familia. Teniendo en cuenta que, debido a las irregularidades laborales de ambos progenitores, apenas había día en que hiciesen una comida todos juntos, el domingo les estaba consagrado. Tan pronto tendían el Scalextric por toda la casa como les daba por jugar a la selva en una caseta del jardín. Hoy habían estado paseando, y ahora cambiaban de zona en busca de un lugar donde tomar el almuerzo. Los niños estaban cansados, hambrientos y, por supuesto, la excitación del día les impedía dormir, así que estaban malhumorados y peleaban entre ellos.
Al ver al pequeño tendido en medio de la nada, vestido como salido de una fiesta de disfraces, alejado de ningún lugar civilizado, hicieron lo que cualquiera hubiese hecho: recogerle, llevarle a Londres y dejarle en la primera comisaría que encontraron, preocupados pensando en la reacción de sus pobres padres. Si a ellos les hubiese pasado algo así, hubiesen muerto de la angustia hasta encontrar a sus hijos.
El niño no paró de llorar en todo el trayecto, diciendo que quería volver a casa y que los muggles le dejaran en paz. Los dos pequeños Carlstone decidieron que el llorón les estaba insultando y reaccionaron molestándole, gritando y, en general, armando un barullo de mil demonios ante el disgusto de haber truncado su día familiar. La madre intentaba controlarlos con escaso éxito, mascaba chicle con furia y alzaba la vista al cielo preguntándose qué había hecho para merecer aquello, mientras su marido fijaba la vista en la carretera con aire de mártir. Comieron unos bocadillos en un bar de camino a la ciudad para matar el hambre, con prisas. El desconocido no quiso probar bocado.
El señor Carlstone dio las gracias al Altísimo cuando dejaron al pequeño en manos de la policía. Iba a proponer continuar la salida familiar, pero al mirar por el retrovisor vio que, por supuesto, los dos niños se habían dormido como troncos una vez expulsada la causa de su malhumor. El hombre suspiró y miró de reojo a su mujer.
Ella le sonrió y le guiñó el ojo, haciendo una pompa con el chicle.
-Vamos a casa, Henry. Hoy haré una buena cena –prometió, consoladora. Él correspondió a la sonrisa y volvió a fijar la vista en la calle. Pitó a un coche que le adelantó por la izquierda:
-¡Dominguero! ¿¡Te crees que estás en Francia!? –los niños ni se despertaron. Su esposa rió bajito y él volvió a centrarse en la agradable tarde que le quedaba por delante. Quizás una película, por una vez…
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Samuel estaba en la puerta de la comisaría con un cigarrillo en los labios, esperando a sus dos compañeros. Les sonrió y saludó con la mano, arqueando una de sus espesas cejas negras al ver a la niña rubia agarrada a la mano de su amigo. Éste contestó antes de que el vampiro preguntara:
-Samuel Frost, te presento a la señorita Rosamund Greythorne. Es la hermana del joven Grosvernor, el desaparecido –le presentó formalmente, sin soltar la diestra de su protegida. Ella le dedicó al vampiro una mirada de pavor animal casi perfectamente disimulada y luego una reverencia. La joven, como cualquier mago con o sin entrenamiento, podía ver a través del glamour simple que el agente había realizado-. ¿Qué es eso que tienes en la mano? –añadió Ethan señalando el cigarrillo del otro.
Samuel se encogió de hombros, dio una última y nerviosa calada y arrojó el tabaco a una cloaca con buena puntería. Sonrió guasón:
-¿Grosvernor Greythorne? ¿Sus padres le odian o qué? Espero que a nadie le dé por llamarle G.G.…
Rosamund soltó una risilla inapropiada y luego fingió con escaso éxito un mohín ofendido. Sin embargo, apretó aún más la zurda de Ethan, nada dispuesta a soltar a su protector y menos en presencia del otro.
-Dejad la charla social para luego –intervino Albert-. ¿Dónde está el niño?
-Dentro –Sam señaló con un cabeceo la puerta de la comisaría. Sin más, el grupo procedió a entrar en el lugar. No tardaron mucho en localizar al pequeño prófugo.
Grosvernor estaba sentado en uno de los mostradores, rodeado de agentes, con un paquete de caramelos blandos de frutas a la derecha, unos cuantos envoltorios vacíos a la izquierda, y uno de los más fornidos hombretones que los tres sangre-limpia hubiesen visto jamás administrándole cucharadas de yogur de fresa, haciendo el avión. Grosvernor ponía cara de estar en la idea más aproximada que un niño de su edad pudiese tener del Paraíso. Se las había arreglado para embadurnarse media cara de yogur, pero alguna pequeña cantidad del lácteo había logrado penetrar en su boca. Al parecer el sabor del postre muggle de marca barata le había encantado, porque abría los labios de par en par, con entusiasmo, esperando la siguiente cucharada mientras seguía el movimiento de la mano del agente con la cabeza.
-¡Verni! –exclamó su hermana, sin saber si mostrarse indignada, aliviada, rabiosa o encantada.
Su hermanito la vio y saltó del mostrador corriendo hacia ella. Se abrazaron apretadamente, para gran perjuicio de la hasta entonces inmaculada túnica de Rosamund. Rieron y lloraron, y luego ella comenzó a propinarle una soberana bronca por escaparse y hacerle preocupar tanto.
Los agentes muggle parecieron algo desilusionados al ver que les quitaban la mascota. Sam y el hombre enorme de cara espantosamente desfigurada que había estado dando yogur al niño intercambiaron unas palabras, mientras Albert alzaba una ceja mirando el reencuentro e Ethan sonreía ante la felicidad obvia de ambos hermanos al volver a estar juntos.
-¿Caso cerrado? –inquirió el moreno, mirando distraída pero seductoramente a la recepcionista, que inconscientemente se recolocó el pelo en las horquillas correspondientes.
-Caso cerrado –asintió Albert. Sólo quedaba escoltar a los niños a casa, y redactar el informe.
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La mansión Montcastillac estaba preparándose para un merecido descanso nocturno. El señor de la casa había acostado a la pequeña Leah, que como cada noche se había acurrucado en posición fetal, desaprovechando por completo el enorme lecho. Galael le besó el pelo negrísimo y muy rizado. La chiquilla ni siquiera parpadeó en respuesta, mirando a la nada mientras esperaba el sueño.
-Buenas noches, cariño –dijo el hombre en voz baja. Salió del cuarto y se dirigió a su saloncito privado. Allí, relajándose en la elegante y lujosa decoración decimonónica de dorados candelabros, elaboradas molduras y pesadas cortinas de terciopelo verde oscuro sujetos por gruesos cordones de oro, se sirvió un vaso de licor y se sentó en un mullido sillón frente al fuego, mirando pensativo y con cierta añoranza, como cada noche, una foto sobre la repisa de la chimenea.
Ésta, en un delicado marco de marfil labrado en complejas filigranas, contrastaba con el resto de la sala y parecía tremendamente incongruente en aquella casa. Era de mala calidad, estaba inmóvil –lo cual demostraba claramente su origen muggle-, y estaba rota, segando en parte, de forma premeditada y con cierta torpeza la cabeza de uno de los retratados. La otra figura era una mujer, de cabello negro y rizado, y bonitos ojos castaño claro. Sus facciones eran redondeadas y suaves, y aunque bajo ningún concepto hubiese podido considerarse una belleza, era discretamente atractiva. Su sonrisa era peculiar, entre feliz y melancólica. Un ojo atento hubiese podido reconocer algunos rasgos familiares en la carita pequeña de Leah.
El ánimo introspectivo del mago se vio truncado por un cambio de color en las llamas del hogar, que se tornaron azules y verdosas anunciando una comunicación entrante. Dejó la bebida en la mesita de caoba que había junto a su asiento y se irguió, alerta. No podía ser otra cosa que trabajo, y a esa hora, sin duda urgente.
El rostro familiar de uno de los administrativos apareció, alterado. Galael notó la alarma iniciarse en su ánimo, anudándole las tripas y cortando como un cuchillo su calma doméstica.
-Señor –enunció el hombre-, tengo que pedirle que acuda al Ministerio de Magia. Tenemos un caso de asesinato múltiple –tragó saliva-. Salems, señor –añadió en un susurro ahogado.
El jefe de personal del Departamento de Aurores se alzó de su sillón.
-Voy ahora mismo.
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La casa estaba tranquila, en lo que podría designarse con precisión como silencio mortal. Parecía que, en el momento del incidente, había tenido lugar una pequeña reunión o fiesta familiar. Catorce personas yacían unánimes, entre adultos, algún anciano y unos pocos adolescentes. Se había ejercido sobre ellos algún tipo de encanto antes de proceder a desangrarlos hasta el punto fatal. La más leve marca en el cuello delataba el mordisco que había acabado con sus vidas.
-Informe.
-Diez adultos, tres de edad avanzada, y cuatro menores. Todos ellos muggles o squibs, señor, salvo él –señaló a uno de los jóvenes-. Parece un atentado, señor.
-Bien. Procedimiento estándar.
Su subordinado asintió. Trasladaron a los muggles para hacer desaparecer los sospechosos cadáveres. Luego se volvieron hacia el del mago. El más joven de los agentes sacó una estaca. Tragó saliva, algo mareado como evidenciaba su rostro verdoso.
Desde fuera se oyó el grito agónico del mago convertido en no-muerto.
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NdA: El final del caso del niño raptado era bastante más obvio de lo que parecía, pero el próximo va a ser bastante más oscuro. ¿Qué decir sobre este capítulo? La familia muggle que recoge al pequeño Grosvernor salieron solos de un tirón, con todo su aire bohemio, su mal gusto y su buen corazón. Me parecen tremendamente vulgares y adorables a un tiempo. Otros de "usar y tirar". Caray, se escriben solos estos personajes secundarios…
Sobre la escena de la comisaría: cuando yo era pequeña protagonicé una parecida, en el lugar del niño. En mi caso fue porque fui en busca de mi mamá, pero los sugus y el yogur de fresa son históricos. Yo no recuerdo gran cosa, pero mis hermanos aún se ríen de ello. Me imagino que mis padres se rieron bastante menos en su momento…
Sobre los vampiros: fijaos bien en la escena, porque pronto daré la explicación completa sobre la naturaleza de estas criaturas. Como ya habréis notado, no he adoptado la imagen tan tópica hoy por hoy de los vampiros de Anne Rice, tan guapos, decadentes y, reconozcámoslo, adolescentes. Lo cierto es que ya me cargan de tanto como se los ha explotado, criaturitas, así que he vuelto a un concepto bastante más desagradable de estos seres. Espero que cuando explique su esencia os parezca tan horrorosa como me lo pareció a mí cuando se me ocurrieron.
Saludos a Aleph, la recién llegada, y gracias por su opinión meditada sobre el tema de las cicatrices. Y sobre todo muchas, muchísimas gracias por la oración de Santa Teresa, que no conocía y espero aplicar pronto. Besitos también a todos los que estáis ahí al pie del cañón capítulo tras capítulo, es un gustazo trabajar para vosotros.
Y muy prontito, espero, pondré por aquí un teaser de la fic de Naga… Que me tiene enganchada, la maldita. ¡Queremos más, moza!
