Las gotas de agua resbalaban por el cristal. Una tarde entristecida por el dolor del cielo. Su llanto inundaba los corazones de las calles y regaba los pastos. El frio eran sus suspiros y el calor lo que tanto ansiaba para calmar tremendo dolor y dejar que el sol protector saliera de su escondite. De los telones nubosos que cubrían el mundo de los vivos demostraba su furia con resplandecientes gritos estruendosos y zigzagueantes.
El teléfono se unió a aquella trágica noche, rompiendo su poco silencio agradable. Le gustaba poder quedarse a solas en la habitación. Sin radio o ningún sonido que le molestara. Ni siquiera la lluvia había roto esa capacidad y ahora, el ruidoso medio de comunicación lo hacía.
Lo miró con un deje de odio. Depositado sobre la mesita de noche, sonaba como la misma campana de la iglesia a la hora de misa todas las mañanas. Su vieja abuela había consentido poner teléfonos en todos los lugares cercanos a donde ellas estuvieran. Pero la mujer falleció antes de que tuviera de conocer la subida de precios y ella tuviera que negarse a tener tantos aparatos.
Hacía diez años. Habían pasado diez años. Diez años desde que dejó su hogar por amor. Desde que se había rendido y dejó atrás todo lo que amaba. Su padre siempre se había mantenido en contacto con ella. Le había comunicado la gran noticia de que Ryoma Echizen ya podía volver a caminar y que se había convertido en un famoso veterinario ecuestre, además de comprar parte de las tierras cercanas.
Y sí, se había casado con Osakada Tomoka justo después de eso. Ella había sonreído agriamente, felicitando a la nada y colgando para llorar a lágrima viva en el regazo de su abuela, cuando todavía vivía. Le había dolido profundamente y no existía modo alguno de negarlo.
Poco después de aquello, tres o cuatro años después, su abuela murió. Su padre y Ann fueron los únicos que vinieron a verla. Su progenitor la abrazó y le rogó porque volviera al rancho. Ella se negó. No podía hacerlo tan fácilmente. No de la misma manera en que se había marchado. Mucho menos, teniéndole a él como vecino. Todavía no comprendía como la equilibrada chica de ciudad había cedido a vivir en los ranchos y convertirse en una adinerada ranchera.
Pero tampoco le importaba.
Miró de nuevo el negro aparato gruñón y alargó la mano igual que si estuviera a millones de años luz. Cuando finalmente lo atrapó, la voz de su padre, vieja y cansada, le llegó desde lejos. Lo primero que le cruzó por la mente es que le había pasado algo.
—Papá, ¿qué sucede? Es muy tarde.
—Lo siento, Sakuno, no quería despertarte… pero ha sucedido algo que creo que debes de saber— susurró roncamente el hombre. Y finalmente continuó— Osakada… ha sido ingresada de urgencias en el hospital. Jess… le golpeó fuertemente en la cabeza cuando intentaba ayudar a Ryoma con el cambio de sus herraduras.
— ¡Dios mío! No puede ser… Jess ya es demasiado vieja. ¿Por qué no has impedido eso? ¡Eddy podía haberlo hecho perfectamente!
—Eso ya no importa… Sakuno, ¿Sabes lo que tengo que hacer? ¿Verdad que lo sabes? ¿Eres consciente?
—Ni… ni se te ocurra— demandó— ahora mismo voy. Voy… a casa. Por favor, evita que le pongan las manos encima a Jess. Es vieja y quiero que muera en casa…. Esa yegua… es esplendorosa. Ha vivido tantos años que no puedo permitirlo…. ¿Quién demonios ha puesto la denuncia por ello?
Su progenitor guardó silencio y un nudo en el estómago le hizo temer lo peor.
— ¿Papá?
—El padre de Osakada. Nos ha denunciado a nosotros y ha Ryoma. Es irónico, pero así es. Osakada está entre la muerte y la vida… Sakuno, no vengas por eso. No has venido por otras cosas… esto es…
—Es mi caballo y nuestro rancho— espetó completamente nerviosa— Dile a momo que iré enseguida a casa. Por favor, que vaya a buscarme o que alguien se encargue de llevarme un coche. Sé conducir.
—De acuerdo— suspiró el hombre— ten cuidado, hija.
Colgó tras prometerlo y alumbrada por los gritos del cielo, cogió la gran maleta y comenzó a meter sus ropas desperdigadas. Ropa interior, zapatos, faldas y camisas. Camisones y pantalones. Por último, atrapó un pantalón vaquero de los pocos que le quedaban- y logró ocultarlo de las garras de su abuela- y un jersey rojizo. Las botas de montar continuaban intactas en una caja de cartón e hizo uso de ellas.
Finalmente, agarró la documentación y las llaves del coche. Había aprendido a conducir a regañadientes de su abuela, que gozaba mejor de que alguien la llevara a ser llevada por sí misma. Tampoco es que fuera un coche de lujo, pero servía para poder moverse por la ciudad e ir al aeropuerto.
Más que suficiente.
Sus contactos en la ciudad, gracias a la fama de su abuela, eran muy buenos, por no decir excelentes, pese a que no había sido sencillo. Las mujeres mayores no se fiaban de ella y siempre buscaban el momento oportuno para explicar indirectamente su olor a campo- cuando ni siquiera olía- o a cuadra.
Pero gracias a su carácter inocente y sus frases sinceras, consiguió hacerse con la mayor parte juvenil que podía ser alguien en el futuro. Gracias a eso, ahora podía contar con un billete en primera clase para ir lo más rápido posible al lugar donde creció.
Y tal y como creía, cuando hubo puso en pie en aquella tierra y el aroma le llegó, las lágrimas se anunciaron en su rostro. Limpiándoselas con el dorso de la mano, caminó hasta la salida. Una bienvenida que no esperaba la hizo estremecerse.
—No puede ser…— murmuró, llevándose las manos hasta el rostro— ¿Por qué? ¿Dónde...? ¡Oh, cielos! ¡Tengo tantas preguntas!
—Eso mismo tendría que decirte yo a ti, Sakunito— canturreó la masculina voz.
—Eiji… perdóname…
El pelirrojo ausente la abrazó con fuerza, besándole los cabellos repetidas veces.
—No te disculpes, Nya. Ven, vamos a casa. Te llevaré y te contaré todo. Pero tú también tienes cosas que contarme. ¿Te has casado? ¿Tienes novio? ¿Cómo vives?
Sakuno sonrió, riendo entre lágrimas. Eiji siempre sería el mismo. Aquel que la cuidaba por encima de todo y que estaba ahí. Pero ella también quería saber. ¿Por qué su padre no le había dicho que había vuelto? El pelirrojo se notaba más viejo. Si ella tenía ya veintisiete años, él ya debía de rondar los treinta y algo. No era un muchacho joven. Pero continuaba siendo tan apuesto como siempre.
—No, dime qué hay de ti. Te marchaste tan repentinamente… ¿Dónde has estado? Nos tenías tremendamente preocupado.
Eiji marcó sus hoyuelos cubiertos de espesa barba rojiza al sonreír mientras cargaba la maleta en la parte trasera de la furgoneta.
—Regresé tres años después de que tú te marcharas. Mi sorpresa fue increíble al ver que no estabas— Eiji meneó la cabeza negativamente al subirse en el asiento del conductor— pero fue mayor cuando vi a Echizen caminar y… casado. ¿Cómo demonios ha podido casarse con esa mujer? Nya, da miedo.
Ambos rieron amargamente. El sonido tan familiar del motor al encenderse la hizo parpadear y relajarse automáticamente.
—Se ve que la echaste de menos, ¿Eh? ¿No podías conducir allí?
—Sin carnet como aquí, no. Tuve que sacármelo. Aunque a mi abuela no le hizo mucha gracia. Decía que las mujeres no deben de llevar, sino dejarse llevar. Anda, sigue. No me cambies de tema— rogó.
Kikumaru volvió a sonreír ampliamente.
—Pues nada. Le pedí perdón a tu padre y éste me dejó volver a trabajar con él. Fin.
—Algo más tiene que tener esta historia— dedujo burlona— no te has casado, por ejemplo.
—Pues no. Soy un treinta añero soltero y sin compromiso que vive solo en una casa en lo alto de una montaña. Me gusta levantarme temprano para cuidar a una gata que recién a parido y disfruto en el rancho Ryuzaki. ¿Te parece poca mi historia? Pero eso ahora no tiene importancia— el hombre frunció las cejas— Las cosas están que arden en este momento. Ese hombre… el padre de Osakada- ahora Echizen- ha amenazado con denunciarnos y traer a alguien que nos quite todo lo que hay.
Frunció el ceño, mordiéndose el labio inferior.
—Sigo sin saber qué demonios hacía ella en algo a lo que no está acostumbrada y Jess… bueno, no es que sea arisca, pero no le gusta cierta gente. Lo sabes, Eiji— suspiró, sintiendo ronca la voz— no quiero que… me la quiten.
Él frunció el ceño, tragando ligeramente y apretando los dedos contra el volante. Le vio mover la cabeza de nuevo negativamente y como se mordía el labio inferior.
—Sakuno, ¿no vas a preguntarme por Echizen?
—Ya sé que puede caminar libremente y hasta cabalgar, ¿qué más debería de saber?
Su tono de voz no era el mismo que deseaba; fuerte y decidido. Sonó agrio, dolorido y esperanzado. Una punzada se clavó en su pecho, haciéndola voltearse hasta la ventana para buscar una distracción. Cuando sintió la áspera mano del ranchero sobre su rodilla, tragó.
—Según Momo… Él se casó a la fuerza por sus padres. Cree que Echizen se siente con la necesidad de devolver todo lo que su madre ha hecho por él. Y eso, es algo que solo las personas que han estado enfermas y han tenido a sus madres con ellos, comprenden. Otros la verán como un ogro y una cosa que no debía de ser buena para vosotros.
—Ahora la comprendo— reconoció— y también comprendo la decisión de Ryoma, así como yo tomé la mía. Una madre es demasiado poderosa para sus hijos y les debemos demasiado…. Yo… también le habría hecho caso a la mía. Existen muchas personas que lo comprenden y son necios sin sentimientos que solo piensan en una cosa— gruñó.
—Preferiría llamarlos egoístas, Sakuno— rio a carcajadas el pelirrojo— Es más, si esto fuera una novela, ¿Cuántos crees que habrían terminado odiando a Sakuno? No te equivocas si dices un noventa por ciento. No la comprenderían….
—Y tampoco se pondrían en su piel para comprenderla— sonrió, moviendo la cabeza de lado a lado— es ridículo porque… yo también la odie un poco. Mas con la muerte de mi abuela y demás… la comprendí.
La visualización de las tierras la hizo sentir como el corazón palpitaba con fuerza. Habían cambiado algunas cosas, desde luego. Diez años no pasaban en balde. El rebaño parecía haber crecido, pastando a lo lejos. Los establos habían sido remodelados y las cercas arregladas. El terreno hasta la casa había sido limpiado y la carretera entraba mucho más hasta la casa. Sin embargo, existía una bifurcación hacia un lado izquierdo, donde una gran casa se cernía en silencio.
—Eiji… ¿Esa casa?
—Oh, es la de Echizen. Se negó a marcharse. Bueno, a ver, estuvo estudiando en la ciudad tras casarse y nada más graduarse, regresó para vivir aquí. Su mujer le siguió a regañadientes y hasta ha intentado convencer a tu padre con que le vendiera el terreno, puesto que la casa la construyó, alquilando la tierra a tu padre.
—Papá… ¿Alquiló una casa a uno de sus trabajadores? — preguntó irónica.
Eiji rio alegremente.
—Se la alquiló a la señora Echizen, no ha el señor Echizen. Por cierto, Riku y Mamoru están deseando verte— canturreó el chico, deteniendo el coche ante la puerta—. Riku ya tiene hasta novia. Y Mamoru está ansioso por salir de aquí. Quiere ir a la ciudad de nuevo. Después del verano que pasó contigo en la ciudad, parece que quiere vivir ahí.
Frunció los labios.
—Pues tendrá que estudiar mucho— recomendó— No es fácil vivir en la ciudad.
Finalmente, el coche se detuvo. Nada más abrir la puerta el aroma le acaricio cada poro de su piel y hasta sintió deseos de agacharse y besar el suelo que pisaba. Demonios, lo había extrañado tanto que no podía comprender qué era lo primero que ansiaba hacer. Pero cuando vio a su padre, viejo y joven a la vez. Moreno y apuesto. No pudo evitar correr hasta él y abrazarse con ganas. El hombre rio y gimió al tenerla entre sus brazos.
—Sakuno, ¡que me vas a romper! Por favor que ya no eres una niña. NO llores— rogó.
No podía evitarlo. Sus lágrimas caían sin cesar, sin poder remediarlo. Todo era tan familiar. Lo había echado demasiado de menos y por miedo había estado a punto de olvidarlo.
Unos fuertes brazos la cogieron por la cintura y antes de que tuviera tiempo de gritar dos pares de labios chocaron contra sus mejillas. Casi estalló en carcajadas cuando vio a los dos más jóvenes sonriendo pícaramente. Momoshiro, tras ella y sujetándola en vilo, la movió como castigo.
—Has tardado demasiado en volver a casa, Sakuno. Te mereces que te ate a la cama y no te deje ir jamás. Chicos, deberíamos de hacerle un buen castigo— animó a sus hijos.
—Oh, ¿qué tal unas cosquillas? — Opinó Riku sonriendo malicioso— Si mal no recuerdo siempre ha sido una cosquillosa.
—Riku, Mamoru, Takeshi; por dios, dejadla— La voz de Ann le llegó como un bálsamo de salvación y nada más poner un pie en el suelo, se lanzó contra ella para abrazarla— sí, sí yo también te eché de menos. Aunque no sé cuándo porque siempre estabas llamándome.
—Lo siento, lo siento— se excusó. Pero la verdad era que Ann había sido sus ojos y sus labios en aquel mundo que había dejado atrás.
Kawamura fue el último miembro en aparecer, limpiándose las manos en un viejo trapo de cocina y sonriendo con su costumbre de timidez. Casi la rompió en un abrazo de oso.
—Todavía no puedo creerme lo mujer que te has vuelto— felicitó.
Sonrojándose, sonrió. Pese a que los pensamientos de todos era adentrarla en la casa directamente, se negó. Volviéndose hacia su padre, demandó ver a Jess. Yohei aceptó, encogiéndose de hombros y asegurando que la yegua estaba en su cajín, como siempre. Y así fue. El animal esperaba mientras comía. Mantenía las orejas puntiagudas y resoplaba un poco, buscando con sus ojos. Cuando la vio, no dudó en rozar su hocico contra ella en muestra de afecto. Sakuno rió.
—Perdóname, Jess, por favor. Ahora ya estoy en casa, no te pasará nada.
—Sakuno, eso no puedes garantizárselo.
—Algo tenía que pasar para que Jess diera una coz— defendió firmemente— ella jamás ha sido extraña con desconocidos. No por nada participó siempre en los concursos. No cedas la maleta antes de tiempo.
Yohei suspiró, frotándole los brazos.
—Está bien— cedió, resignado— Ahora, vamos a casa. Deshaz la maleta y cena con nosotros. Mañana iremos a ver a Tomoka y hablaremos con su padre.
Frunció ligeramente el labio, palmeando el cuello del hermoso animal ante ella. Desvió la mirada hacia el cajetín vacio y suspiró. Karupin no estaba ahí. Al parecer, el dueño se lo había terminado llevando a dios sabía dónde. Tembló.
—Papá, iré más tarde. Me gustaría…. Recordar viejos tiempos— sonrió, mirando a si fiel yegua— no vendré muy tarde. Tengo en mente quedarme mucho tiempo, al menos hasta que esto termine. Te prometo que estaré para la hora de la cena.
Yohei se rindió y aceptó, ayudándola a ensillar a Jess y preparándola. Antes de que pudiera decir cualquier otra palabra, ella ya se había perdido en la noche, disfrutando del fresco aire contra sí misma.
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Karupin silbó bajo él, moviendo la cabeza de lado a lado y golpeando la tierra con la pata delantera. Irremediablemente, se levantó, clavándolas con fuerzas. Lo sujetó firmemente de las riendas e intentó calmarlo con simples caricias.
Desde lo alto de la montaña se veía perfectamente las tierras de Ryuzaki. Grandes terrenos verdes y azulados. Una tierra firme en crecimiento y que alimentaba tanto a humanos como animales. No era de extrañar que no quisieran deshacerse de ellas. Él mismo lo comprendía.
Su casa era otro de los puntos más resaltantes visto desde aquel lugar. Un trozo de madera con tejado de teja que parecía perderse dentro de la palma de su mano si quería. Un lugar al que le costaba regresar. Se había encargado de crear una cuadra especial para Karupin, llevándoselo para él solo.
Habían pasado suficiente años como para que volviera a recuperar sus funciones de movimiento completamente. Y pese a que no podía correr como antes o simplemente, hacer otras cosas que cualquier hombre podría, le bastaba con poder montar a caballo. Desde que había entrado en aquel rancho, lo decidió y ahora, era mucho más experto en veterinaria ecuestre y en los majestuosos caballos, que el mismo Yohei.
¿Qué demonios iba a ser más importante mover sus caderas para montar a una mujer que montar a un caballo? La libertad que sentía encima de uno de aquellos animales no la sentía con una mujer. No le importaba tener que estar siempre abajo en lugar de arriba. No le importaba no ser quien se moviera. Ellas sentían más placer si buscaba su propia satisfacción.
Aunque en esos momentos pensar en el sexo es lo que menos le convenía. No estaba capacitado mentalmente como para tener entre sus brazos a alguien a quien usar y tirar.
Su mujer se encontraba en el hospital, inconsciente, por no decir que estaba muerta en vida. Su suegro continuaba con la esperanza de que ella regresara a la vida y explicara qué demonios había pasado para Jess se convirtiera en su próxima cena de navidad.
Él había intentando explicarle que le gustara o no, la culpa había sido de su hija mimada. Tomoka sabía que no debía de ir con él a revisar a los animales, especialmente, porque les tenía miedo. Y todo animal, ya sea caballo, perro o gato, huele el miedo de los humanos y su reacción es más que obvia.
Le había demandado que no siguiera, que se olvidara de ayudarle, especialmente, cuando tenía que trabajar en las herraduras. Tomoka era experta en cabezonería y terminó recibiendo una coz en la cabeza. No sabía cómo no murió al instante, pero todavía había una posibilidad de un 99 por ciento. ¿Qué demonios esperaban? El médico también les había informado de que si realmente se salvaba, su mente jamás sería la misma.
¿Cómo demonios podía querer ese hombre que su hija fuera una demente senil?
Él no se había recuperado y aceptado una operación que lo tuvo tanto tiempo en cama y en rehabilitación para estar al lado de una cama de una mujer que no amaba. Había soportado a Tomoka por huevos. No quería tener que seguir haciéndolo. Le había ofrecido los papeles del divorcio, alegando mentalmente que ya había más que cumplido por diez años casado, pero no había forma. Ella amenazaba con estupideces y siempre tenía a su madre de lado.
Ahora, Rinko y Nanjiro habían desaparecido, alegando que no podían entrometerse porque Yohei Ryuzaki también era como de su familia. En pocas palabras: Estaba solo.
El hombre que le había enseñado tanto y que había ocupado el lugar de su padre no sabía cómo reaccionar. Probablemente, estaría preocupado por la yegua, que pertenecía a su hija. Por otro, por Tomoka. Yohei había empalidecido cuando se enteró de que el padre de la chica quería que viviera. Le había explicado lo mejor que pudo y hasta aseguró que si se tratara de su hija haría lo mismo. Pero no consiguió convencer al ricachón.
Ahora se encontraban pendientes de una simple máquina que les diría si muere o no.
Pese a que había sido acusado y sentenciado por esa familia, además de vedado la cercanía a su mujer, no se sentía ni atemorizado ni molesto. Quizás furioso porque le desobedeciera. Pero había pasado diez años siendo un simple cuerpo junto a una mujer que le atesoraba. Nada más. Por eso, seguramente, tendió a recoger cariños de mujeres fuera de casa. Las principales amigas de su esposa eran la más incautas y las más sencillas de llevar a la cama. Aunque probablemente sería de un aquí te pillo aquí te mato. No quería lazos. No más de los que ya tenía.
No quería ninguna mujer a su lado. Ninguna que le privara de todo lo que le gustara. Los tiempos juveniles ya estaban quedando aparcados y a los veintisiete años comenzaba a ver que la entrada a los treinta lo hacía sentirse viejo y necesitado de calma y tranquilidad.
Agudizó la vista. Eiji cargaba algo hacia el interior de la casa. Algo que no parecía demasiado pesado mientras hablaba con uno de los hijos de Momoshiro. El pelirrojo se había plantado sorpresivamente en la casa tiempo después y casi recibió más mamporros que nunca si no hubiera preguntado por Ryuzaki hija. Desde entonces, había regresado a su quehaceres en el rancho y nadie había dicho nada de lo sucedido o de por qué se marchó. Ni siquiera él.
Se habían encontrado muchas veces a solas, pero no habían hablado. Ninguno de los dos y era bien extraño que Eiji se mantuviera por mucho tiempo silencioso.
Por otro lado, Eddy había terminando casándose con una blanca del pueblo. Una joven más pequeña que él que accedió a tener un indio entre sus sábanas, asegurándose de que quedara para siempre entre ellas. El muchacho, no se negó, pero aceptó a grandes rasgos que las leyes blancas eran ridículas y sin fundamentos. Pero al menos, ya tenía familia y la cabeza asentada.
Dejó de venir cinco años después a trabajar al rancho para marcharse a la ciudad y aprender cosas que jamás aprendería en una tienda india- según su mujer- y para tener qué responder a sus hijos venideros cuando llegaran. Hoy día, la mujer ya había sufrido cinco abortos y terminó cediendo a las facultades indias para poder quedarse embarazada sin perder el niño. Ya contaba con cuatro meses de embarazo.
Karupin volvió a resoplar, inquieto, haciendo que regresara al presente una vez más. De nuevo, le acaricio para intentar tranquilizarlo, pero el animal era tan cabezota como su propia madre y como sus hijos. Se movió bruscamente poniendo otra vez sus patas delanteras al aire y acto seguido, se colocó al trote. Intentó detenerlo, pero no funcionó. Tan cabezota que ni hizo caso cuando el bocado estuvo a punto de herirle demasiado la boca.
Karupin surcó parte de la ladera, deteniéndose repentinamente. Gruñó ante el empuje, levantando los ojos para ver qué había detenido al caballo. Cerca del pequeño lago se encontraba Jess, pastando tranquilamente en medio de la noche. Los miró de reojo, levantando el hocico y caminando pausadamente hasta ellos cuando los reconoció. Madre e hijo se saludaron.
Logró atrapar las riendas de la yegua, incrédulo.
—Jess, ¿qué haces aquí? — murmuró por lo bajo, inclinándose hasta lograr atar la rienda a la parte inferior de su silla.
Repentinamente, algo golpeó contra su espalda. En la oscuridad, logró reconocer que se trataba de una bota. Parpadeó, confuso. ¿Quién sería tan "inteligente" para tirarle una bota. Se giró sobre sí mismo, sujetándose a la silla de montar. Dentro del lago, una figura luchaba por salir a tiempo de coger la bota libre, dispuesta a tirarle la otra.
Espoleó a Karupin y lo hizo acercarse hasta el sujeto. La poca luz reflejada por la luna dejó entrever las finas curvas femeninas. ¿Era capaz Ann de estar bañándose a esas horas? Porque no se le ocurría otra fémina capaz de atravesar las barreras del rancho para entrar a bañarse.
Por dios, que lo dejara ya. No comprendía por qué demonios tenía que estar atacándole. Por mucho que le hubiera tomado por un acosador, ¿por qué tenía a Jess con ella? Un nudo se le creó repentinamente en el estómago.
—… ¿Ryuzaki?
La bota cayó de las manos del portador y un ronquido de sorpresa escapó de la garganta contraria. La escuchó salir del agua, chorreando y correr hasta Jess. Con su habituada agilidad, de un solo salto montó. Tiró de las riendas rápidamente y espoleando a la yegua, la puso al trote. Maldijo entre dientes, haciendo que Karupin siguiera a su madre.
¿Por qué demonios habían llegado a esto? ¿Es que estaba escrito en un guión que ella debía de salir corriendo cuando se encontraran? ¡Habían pasado diez malditos años! Lo que menos podría haber hecho era preguntarle cómo se encontraba o alegrarse por poder caminar, ¿Qué no había sido ella quien lo convenció para ello?
El viento azotó sus mejillas y refrescaba sus cabellos cuando logró darle alcance. Jess podía ser vieja, pero no había perdido su ímpetu. La mujer sobre ella jadeaba con fuerza y sus cabellos parecían haber roto la barrera de su sujeción, moviéndose libremente. Cuando sus ojos se encontraron en medio de la noche comprendió que realmente nada había cambiado. Continuaba siendo la misma niña asustada de siempre.
—Ahg, ¿por qué me sigues? — preguntó agitada.
Gruñó. Eso mismo se tendría que preguntar él. ¿Por qué la había seguido? Quizás por mero instinto. Pero ahora se sentía tan ridículo como el día del aeropuerto. También jadeante, no pudo evitar soltar una carcajada, riéndose más por simple excitación de la carrera que por sentirse tan idiota como se sentía realmente. Ryuzaki agrandó los ojos, mirándole como si se hubiera vuelto completamente loco y razón no le faltaba. Realmente se sentía como un loco. Un maldito hombre loco por estrujarla entre sus manos y zarandearla hasta que lograra despertarle la poca cordura que le quedase.
—Suélteme— exigió la joven.
Obedeció sarcástico. No es que le diera mayor importancia al silencio, pero cayó sobre ellos como una gota de agua fría que resbala por tu espalda en pleno invierno. El silencio roto por las risas provenientes del rancho. Los mugidos de las reses y el relinchar de algunos caballos. Su respiración se había acomodado al igual que la de chica frente a él, que con nerviosismo, movía su mano por encima del cuello del animal que montaba.
Sus formas de mujer parecían haberse estacionado justamente y nada quedaba ya de la infantilidad de los diecisiete o dieciocho. Su delgadez continuaba estando presente. Su busto había aumentado lo suficiente como para resaltarse y sus caderas se ceñían perfectamente a los vaqueros. Tragó y volvió la mirada.
—Yo… siento lo de tu mujer— la escuchó susurrar— pero estoy segura de que Jess no lo hizo porque sí. Algo debía de pasarle.
Gruñó. Claro que le pasaba algo al animal. Que tenía a una incompetente que solo sabía quejarse y discutir las órdenes de alguien que ya la conocía. Además, los caballos eran animales cuadrúpedos e inteligentes. Seguramente, Jess había comprendido algo tan banal como por qué su dueña se había ido casi sin despedirse de ella.
Claro que no pensaba ponerse a hablar del tema cuando había subido expresamente a la montaña para olvidarse de ello. Era ridículo. Simplemente, optó por afirmar con la cabeza. Ella estaba de espaldas a él, así que seguramente, no le había escuchado en su muda respuesta.
Ryuzaki echó la cabeza hacia atrás y los cabellos cayeron sobre la silla de montar como simples cascadas y un sonido grueso. Se humedeció los labios. Todavía podía palpar la sensación que tuvo la primera vez que los tocó y olió. Era delicia.
Maldición. Iba a necesitar una mujer con urgencia y se sentía demasiado cansado como para bajar al pueblo.
—Mañana… intentaré hablar con el señor Osakada… intentaré ver qué pasó y si puedo hacer algo. No creo que la solución sea la muerte de un animal inocente.
Frunció los párpados. En eso estaba totalmente de acuerdo con ella. Eso sí, en lo que no podía cooperar era en que su perfume le llegara hasta la nariz, embriagándolo por completo. Enloqueciéndolo. Obligó a Karupin a girarse y alejarse del viento.
—Lo siento. Probablemente tú no estés de acuerdo en que anteponga un animal a un ser humano. Pero Jess siempre me dio lo que los humanos no— aclaró sin tapujos— por eso, quiero hacer cuanto esté en mi mano.
Desde luego, no iba a ser fácil convencer al ogro de su suegro sobre tales pensamientos. Para él, los animales solo eran comida y nada más. Ni siquiera permitía a sus hijos pequeños tener perros por miedo a que terminaran en su plato en un descuido del cocinero. Por eso se había negado al principio de que su hija se trasladara a un rancho. Pero cuando Tomoka mintió sobre algunos de los papeles de los animales, accedió, anunciando que iría a comprobarlo y comer alguna que otra vez de aquel rancho.
Mas la furia casi estalló en su arrugado rostro cuando vio que el rancho pertenecía a Ryuzaki y que ellos estaban viviendo en una parcela alquilada. Que él salvaba a los caballos en lugar de sacrificarlos para comer- porque en aquel rancho la carne de caballo ni se probaba- y que el animal que alimentaba a esa familia era o bien cerdo, gallina, buey o vaca. Para él, tener caballos como mascota era ridículo. Porque llegaba hasta el trámite de que un gato o perro podía servir. Ningún otro animal más.
Esperaba que Ryuzaki lograra meterle en la cabeza que los animales servían para mucho más que comida.
Desde el rancho, llegó el sonido de la campana que acostumbraba a llama para cenar o comer. Ryuzaki se giró sobre la silla, riendo.
—Hora de comer— anunció— ¿Quieres cenar con nosotros?
Estuvo a punto de declinarlo. Pero de tan solo pensar en la nevera tan triste que tenía en su casa, el estómago le rugió más protestante que nunca. Afirmó con la cabeza al estar en la visión de la chica y esta, volvió a poner a Jess al trote. Bufando, intranquilo, la siguió.
¿Cómo demonios podía estar tan tranquila?
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Necesitaba volver a sentir el aire fresco contra sus mejillas. Quería quitarse la terrible vergüenza que se había anidado en su rostro y culpar al palpitar de su pecho por la carrera. No solo lo había confundido con un ladrón sino que además le había golpeado con su propia bota- la cual había terminado perdiendo en la carrera-. Encima, había tenido el descaro de diferenciar a su mujer con Jess, asegurando que era más importante que los seres humanos.
Pero él tampoco negó aquello o hizo extraños. Simplemente afirmaba a sus palabras. ¿Acaso se estaba burlando de ella o continuaba enfadado por haberse ido sin despedirse? Intentó volver a sacar algo en claro mientras corrían hacia la casa.
—Cené algunas veces con Ryoga y Claire. Parece que las cosas les van bien. Su descendiente ha crecido mucho.
Pero él no contestó. Continuó callado, siguiéndola o más bien dejando que Karupin siguiera a Jess. Cuando finalmente las luces de la casa se dejaron ver más de cerca y descubrió la figura de su padre en la puerta, aumentó el paso. Yohei frenó a la yegua, riendo.
—Como se nota que estás en casa. Hasta Jess parece rejuvenecer y… ¿Ryoma?
Enrojeció.
—Ah, me lo encontré en la montaña. Estaba en el mirador. Le invité a cenar.
—Mejor. Cuanto más seamos, mejor nos lo pasaremos. Ah, Riku, ¿te importaría llevar a Jess y Karupin hasta sus cajetines?
El joven sonrió, moviendo la cabeza negativamente.
—Claro que no. Comparado con lo que me hace hacer mi padre, esto no es nada.
— ¡Te he oído! — gritó Momoshiro desde el interior de la casa. El mayor de los Momoshiro sonrió, guiñando un ojo.
—Es divertido meterse con él. Buenas noches, señor Echizen— saludó al encontrarse con Ryoma— ¿le quito la silla a Karupin o se la dejo hasta que se marche?
—quítasela.
El chico afirmó, volviendo a hacerlo cuando su padre le recordó severamente que volviera rápidamente a la mesa a cenar, que le estarían esperando y si esperaban demasiado, probablemente su padre terminaría comiéndose todo. Riku rió a carcajadas, encontrando eso realmente cierto.
En silencio, los tres entraron. Pero fue mayor cuando se encontraron a Ryoma. Su padre ofreció un sitio a ambos. La comida comenzó con más silencio y siendo roto por Mamoru y Riku al discutir seriamente por un trozo de pollo. Azorada, decidió entregarle su parte al mayor de los hermanos.
Una hora más tarde, se retiraron al salón. Únicamente su padre, Kawamura y Ryoma fueron sus acompañantes. Se le hizo raro ver a Echizen tomando una cerveza fresca y mirando al frente como si realmente no necesitara nada más para vivir. ¿A dónde había ido a parar esa necesidad por el zumo de uva u sucedáneos?
Ella se conformó con una relajante taza de té y unas enormes ganas de irse a la cama. Había viajado y se sentía cansada. Si bien no había podido soportar las ganas de querer montar, ahora se moría por coger una buena cama. Su cama.
—Ryoma, todavía está montada tu habitación. Puedes quedarte esta noche si quieres. No está lejos tu casa, pero Karupin ya está acomodado.
Una punzada de inquietud se dibujó en su rostro. Sin poder levantar la mirada de la taza entre sus manos, esperó la respuesta áspera del joven. Una negativa pausada y fría. Dio un sorbo a la cerveza y la dejó sobre la mesa, dispuesto a marcharse. Incrédula, se miró las manos y parpadeó cuando escuchó su voz.
—Tu asma… ¿cómo está?
Echizen pareció dudar, sin saber si sería correcto ignorar la pregunta o responderla. Finalmente, volvió a sentarse mejor y frunció el ceño.
—Bien.
—Cuando se operó, dio problemas, pero parece que con el paso del tiempo le afecta menos. Hasta puede montar tranquilamente. Es excelente de salud ahora, contando con lo que tiene— explicó Yohei— por cierto, quiero aprovechar que ahora estáis ambos aquí. Sobre lo sucedido. Creo que tú, Sakuno, debes de hacerte a la idea que no solo existe la parte positiva del asunto. Debes de mentalizarte sobre que Jess puede ser perfectamente sacrificada si ese señor, tú suegro— puntuó, mirando a Ryoma—, mueve los cables tan importante que dice tener, ese juez condenará a Jess y hasta nos puede imponer una multa que hasta puede llegar a obligarnos a cerrar o vivir en alquiler. Y con los deseos que tenía esa niña, éste lugar se convertirá en un aeropuerto.
—No lo podemos permitir— defendió roncamente— es solo un accidente. Esta haciendo más ruido que una verbena— protestó.
Vio al peli verde fruncir el ceño. Probablemente, no contento con su frialdad hacia ese tema. Pero era Jess y aunque ella no solía comportarse de ese modo, no podía suplantarla hacia una persona que ni siquiera amaba a su marido. Era simplemente una mujer caprichosa, nada más.
Probablemente hasta se habría casado con Ryoma por mero capricho y sin tener en cuenta sus verdaderos sentimientos. Observó de reojo el anillo de matrimonio del hombre frente a ella. ¿Cuántas veces se lo habría quitado para estar con otra mujer? Porque era posible que Echizen se hubiera vuelto un maldito conquistador o mujeriego. Todo lo que anteriormente tenía vedado, ahora lo tenía al alcance de su mano.
Se le revolvió el interior. Era irónico pensar en todas esas cosas, de pensar que le asqueaba, cuando ella misma momentos antes había imaginado que se abalanzaba sobre ella y la tomaba sobre la húmeda hierva sin cesar, hasta que alcanzara el secreto más conocido por el ser humano y que siempre ansiaba volver a alcanzarlo.
Sintió como una terrible corriente le recorría por completo el cuerpo. Como su corazón daba un vuelco al imaginarse los labios cerrados del hombre ante ella sobre uno de sus senos. Sus manos delineando cada curva de su cuerpo y descubriendo secretos que ni siquiera ella sabía que tenía.
Dio un brinco en el sofá, levantándose de golpe y dejando la taza de té. Con una rápida disculpa y un "buenas noches", corrió a encerrarse a las cuatro paredes de su antiguo dormitorio. Jadeante, se frotó el rostro, entrando en el baño para refrescarse. El agua todavía rodaba por su cara cuando un calambre agradable le recorrió la columna vertebral, enviando claras señales hasta su celebro. Y solo por el simple roce de sus muslos.
Había crecido lo suficiente como para saber ya qué zonas eran las más sensibles de su sexo y qué ocurría a veces cuando apretaba demasiado los muslos y por qué el existente cosquilleo la recorría como una corriente eléctrica indestructible. Algo que era placentero y vergonzoso y jamás se atrevía a terminar por sí sola.
Y lo que la hacía sentirse furiosa y avergonzada, era que nada de aquello se haría jamás real. Porque se negaba rotundamente a cabalgar en una carrera perdida.
Obligándose a olvidar todo, se acostó. No era muy puro desear a un hombre que ni si quiera estaba disponible, que tenía a su mujer moribunda y que anteriormente, había sido el hombre que la había cambiado por su madre. Si bien era consciente que en aquel entonces ninguno de los dos era tan adulto como para tomar ciertas decisiones, tampoco era para olvidarse de la libertad.
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Tiró la camisa completamente furioso contra el ropero. Era irónico que se sintiera tan terriblemente frustrado y… excitado. En el baño llegaba el sonido del agua caliente golpear contra la losa y nada más quitarse las botas y los pantalones, se adentró.
Necesitaba quitarse cualquier contacto. Cualquier olor de aquella casa. Y también necesitaba borrar la maldita visión que había tenido durante sus ojos esa media hora. Yohei la había disculpado por marcharse y él se había sentido totalmente furioso por no poder seguirla y hacerla suya. Pero ella no era como las demás mujeres y tampoco quería que volviera a formar parte de su vida.
Sin embargo, su cuerpo no parecía haber olvidado y su excitación estaba tan palpitante como dolorosa. Jadeó, cuando pasó su mano por la largura, sintiéndose jodidamente cerca del orgasmo. Un orgasmo vacio. Si bien no siempre solía tener esas necesidades de masturbarse tampoco podía irse a la cama así como estaba. Lo único malo es que estaba tan excitado que no duraría demasiado tiempo en acariciarse. Y así, sus dedos delinearon la expresión de su sexo y su vida, se estrellaría contra la losa y se perdería en el agua caliente.
Gruñendo, jadeó recuperándose y maldiciendo la imagen de la castaña que tenía en mente. ¿Desde cuándo un amor juvenil se había terminado convirtiendo en deseo?
Desgraciadamente, no tendría tiempo para poder pensar en esa respuesta tan obvia y meramente humana. El timbre del teléfono irrumpió su ducha y cuando descolgó, la voz de su suegro le hizo estremecerse de pies a la cabeza.
—Espero no haberte despertado. He escuchado en el hospital que la hija de Yohei Ryuzaki ha regresado a su casa y que es la dueña de ese trozo de carne asesino. Haz que mañana por la mañana venga a verme al hotel.
Y sin añadir o despedirse, colgó. Apretó el auricular entre sus dedos y maldijo entre dientes. Ese hombre era realmente peligroso y un hijo de puta si se lo proponía. Desde que lo conoció, comprendió porque tenía una hija como esa y unos cuñados como aquellos.
Inclinó ligeramente los hombros y colgó. ¿Por qué tendría que importarle que Ryuzaki se encontrara con un ogro? Él estaba casado. Ella era un mito del pasado que debía de olvidar y dejar pensar en tener un retoce con ella. Al menos, se merecía un poco de respeto. Simplemente, porque gracias a ella, estaba vivo ahora y podía caminar.
Así que por la mañana, nada más levantarse a las seis de la mañana, se encaminó hasta la casa de los Ryuzaki. Yohei le saludó, alzando el asa del sombrero que lo caracterizaba, pero su mirada de sorpresa no se borró.
—Es raro verte ahora tan temprano por aquí, ¿qué necesitas?
Buscó con la mirada antes de responder.
—Su hija— respondió arrastrando las palabras.
Yohei frunció el ceño, parpadeando y llegando hasta su altura. El hombre, pese a ser tan mayor todavía era capaz de hacerle retroceder y tragar, temiendo algo que le haría mucho daño.
—Oí, Ryoma. Yo comprendo la situación en la que te encuentras con una mujer que no amas. Acepto que te hayas estado acostando con las amigas de tu mujer y con alguna que otra del pueblo. Pero me niego rotundamente a que le vuelvas a hacer daño a Sakuno. Ya hiciste que se olvidara de Ryoga, ¿Verdad? No, no me mires así. Sé perfectamente lo que mi madre quería.
En el atropello de las palabras, se encontró con una verdad que ya conocía y seguía haciéndole el mismo daño que entonces. Porque le recordaba que su situación era todo el plan de una difunta mujer y de su madre. Probablemente, si Sumire y Rinko se encontraran, no sería un encuentro agradable.
Movió la cabeza negativamente, furioso por tener que dar explicaciones.
—Osakada quiere verla.
Yohei retrocedió, parpadeando y ponerse pálido. Se frotó los cabello y el rostro, hundiéndosele el rostro. Tembloroso, llevó una mano hasta el picaporte, girándolo pero sin abrir.
—No la dejaré ir a menos que prometas cuidarla. No dejes que tu suegro le haga daño.
Gruñó. Era ridículo que le pidiera algo así porque estaba entre la espalda y la pared. Pero tampoco sabía qué sucedería exactamente y si no afirmaba, la chica no iría con él a ningún lado. Así que no le quedó más remedio que aceptar. Entonces, el hombre abrió la puerta y le ofreció entrar. Ryuzaki tomaba un chocolate caliente preparado casero por Kawamura mientras hablaba de algo que tenía que ver con la comida de la ciudad.
Cuando sus castaños ojos se posaron sobre él, tragó, girando de nuevo el rostro hasta Kawamura y continuando con la conversación. Yohei se acercó hasta ella, poniendo una de sus gruesas manos sobre el delgado hombro de la jovencita. En pocas palabras le explicó lo que sucedía y antes de que tuviera tiempo de decir nada ella subió las escaleras y bajó vestida y lista para marcharse. Pero ni siquiera le miró cuando subió a la camioneta.
Puso el motor en marcha y enfiló camino hasta el único hotel del pueblo. Ryuzaki no habló y a él tampoco le desagradó el silencio. Era lo que menos deseaba, escuchar la voz de una mujer en una zona tan estrecha y que sonara demasiado intima. No tenía ganas de hacer funcionar a su hipotálamo.
El hotel no era una maravilla, pero desde luego era un lujo para los tiempos en los que se encontraban y traía comida y trabajo para los hombres y mujeres que no tenían con qué comer. Seguramente, el director estaría feliz de tener un hombre tan adinerado como era Osakada.
Detuvo la camioneta en la misma puerta y descendió. Ella le siguió fielmente, perdida en encontrar la habitación. La puerta de madera no parecía muy segura cuando la golpeó con los nudillos.
Un hombre a medio vestir les abrió la puerta. Sus canas cubrían la mayor parte de sus negros cabellos. El rostro moreno y severo, arrugada la frente con tres líneas rectas y una nariz prominente.
—Llegáis tarde— fueron irónicamente sus únicas palabras de salutación antes de clavar su mirada sobre Ryuzaki—. Entrad.
Ryuzaki pasó ante él, cohibida. Al parecer, toda la fuerza que había demostrado la noche anterior, se había esfumado. O quizás… ¿Es que estaba desacostumbrada a ver hombres desnudos? Era eso posible y si así era, ¿significaba que todavía era virgen?
Movió la cabeza, aceptando el ofrecimiento para sentarse del hombre. Ryuzaki casi se sentó encima de él cuando ocupó su lugar y ni siquiera se apartó pese a que la cadera se la estaba clavando. Tembló ligeramente contra él y las fosas nasales se inundaron con el olor del perfume caro utilizado por la veinteañera.
—Bien. Creo que usted ha estado fuera durante éste tiempo y no ha sido consciente de que su animal es peligroso. Agresivo. Debe de ser sacrificado para servir para lo que nació: alimentar al ser humano.
Ryuzaki volvió a temblar y sin darse cuenta- por lo visto- le aferró la pierna del pantalón con fuerza, estrangulando al vaquero y mordiéndose el labio inferior. Mantenía cerrados con fuerza los ojos. Una bomba de explosión.
—Mi hija está muy grave. Justo en el esplendor de su vida y queriendo darle hijos a su marido. Comprenderé y espero, que usted sea lo suficientemente inteligente como para comprender que algo así es inevitable.
—Señor, los caballos ayudan en el rancho. Nos transportan. Cargan cosas. Tiran de nuestros carros y sí, en casos excesivos de hambre, nos alimentan. Es un animal de granja y no… no es agresiva. Jess ha sido criada por mí. Comprendo lo que dice de su hija, porque veo exactamente lo mismo con mi yegua.
Osakada agrando los ojos, apresando con tanta fuerza la taza de café que estaba a punto de llevar a sus labios que la estalló. Ryuzaki dio un brinco y hasta soltó un grito. Las arrugas de la frente se acentuaron cuando el hombre frunció el ceño.
—Tú, ¿Cómo demonios te atreves a comparar un humano con un animal de ese modo? ¿Acaso eres dios para decidir que un ser humano ha de morir en lugar de un animal que solo sirve para comer? ¡Esto es ridículo! Creí que tu padre estaba loco, ahora veo que es hereditario. Es una verdadera lástima— Osakada frunció los labios en una fría sonrisa— Muy bien. Te expondré un trato. O matas a ese caballo o cumples los deseos de un moribundo.
Ryuzaki se tensó. Probablemente recordaba los deseos de Tomoka en convertir todas las tierras de su padre en pistas de aterrizaje.
Pero lo más difícil era: ¿Cómo demonios decidir entre una vida y el terreno que salvo a su padre y a ella tras la muerte de su madre?
Osakada carraspeó, cruzándose de brazos y esperando una respuesta.
—No puedo subastar una cosa que no me pertenece— respondió coherentemente— Las tierras pertenecen a mi padre. Lo único que yo tengo son las instalaciones de la ciudad que pertenecían a mi abuela, Sumire Ryuzaki.
El hombre se lamió los labios, pareciendo repentinamente interesado. Si mal no recordaba, aquella mujer era realmente rica y tenía muchos terrenos de gran importancia que había dejado a cargo de la delgada muchacha. Seguramente, mucho más interesantes para un hombre como él, que gozaba de los negocios de la ciudad más que de los de fuera.
—Las instalaciones de la calle sesudiche son suyas, ¿Verdad? Esa empresa publicitaria.
—Así es— corroboró la joven encogiéndose de hombros— es una de las más grandes empresas publicitarias del mundo.
El hombre suspiró, moviéndose de delante atrás sobre sus pies, pensativo. Se rozó la barbilla y entrecerró los ojos.
—Muy bien— dijo finalmente— entonces, dame esa empresa y olvidaré lo del rancho. Pero ese animal…
—Es injusto— se sorprendió hasta él mismo de haber intervenido. Osakada agrando los ojos, parpadeando.
— que es injusto. Muchacho, estás buscando que te de una buena sacudida. Es solo un caballo, por el amor de dios. Además, tú, un hombre minusválido sabes mejor que nosotros lo que es más importante el humano. ¿O es que deberías de haberte quedado en esa mesa del hospital mientras mi hija lloraba horrorizada por no querer que te operaras?
Ryuzaki se levantó de golpe, cogiendo el café que había dejado reposar en su taza y echándoselo por encima de la cara. Osakada agrandó los ojos, mirándola furioso.
—Usted… usted es más insensible… ni siquiera se merecería que le dijera animal porque ellos son mucho mejores. Jess vivirá, se lo aseguro.
Y con los puños apretados y la mandíbula tensada, se acercó a la puerta, tirando de ella para salir. Instintivamente, se levantó, siguiéndola. Osakada rio tras él tan fuerte que tuvo que detenerse para mirarle. Esperaba que se lanzara a la carrera para coger a la castaña y romperla con sus dedos. Pero lo miró a él acusadoramente.
—No me digas que esa es la maldita mujer fantasma con la que decía tú mujer que siempre había estado peleando.
No contestó. Ni siquiera inmutó el rostro cuando la mirada severa se convirtió en deseos de fulminarle.
—Mi hija te ama, no se merece tal humillación. Si sobrevive, ya que la has estado haciendo infeliz, ten los cojones de cuidarla. Es tu mujer.
No esperó más. De tan solo pensar que Ryuzaki estaría dando vueltas por el hotel, completamente perdida y fácil de ser atropellada por cualquier persona, le revolvía el estómago. Cerró la puerta de un portazo y casi corrió por los pasillos hasta que finalmente la encontró.
Sujetándose de un brazo a la pared, jadeaba y temblaba. Las piernas no la soportaron mucho más y volvió a sorprenderse cuando llegó a cogerla a tiempo de la cadera. Con habilidad, la sujetó contra él, quemándose con su piel bajo las ropas. Entonces, finalmente tras toda la mañana, le miró.
Una mirada tan suplicante, indefensa y a la vez tan… tan terriblemente y jodida que no logró refrenarse. Sus labios se apoderaron con pasión de los contrarios y pese a que se maldecía, se recordaba que su suegro estaba en la puerta cercana y podría salir en cualquier momento, que las personas podían verles perfectamente, no podía separarse de esos labios. Los había echado tanto de menos…
El tacto, el sabor, la suavidad…. Todo. Único y exclusivo. Algo capaz de hacerle perder la cabeza.
n/a
Bien, otro capítulo terminado y que nos vuelve a adelantar en el tiempo. Ahora tienen 27 años y ya son más adultos que jóvenes. Tienen otra visión de las cosas y sienten con más fuerza.
Pero, qué pasara en adelante, es un misterio que solo ellos saben.
