Capítulo 14: Un momento difícil, la confesión
Se quedó estática por unos segundos, su voz no podía emerger de sus cuerdas vocales, un nudo en su garganta no le permitía hablar. Un frío recorrió el largo de su espalda, erizando su piel. Aquella reacción se debía más a la frialdad de su saludo; si es que se podía nombrar así.
La atmósfera estaba bastante quieta, el viento no podía percibirse, ni siquiera era capaz de hacer sonar las hojas de los árboles, los animales susurraban, y el humandrill los miraba en silencio, expectante.
—Hola
— ¿Qué haces aquí otra vez? —su mente cuestionaba la imprevista llegada de ella.
—Es un gusto escucharte de nuevo —admitió, con pena, al mismo tiempo que se acomodaba el cabello hacia un lado.
Él bajó su mirada y en el gesto tuvo un cierto arrepentimiento. Estaba a punto de hablar cuando sintió que a su lado, el ya no tan pequeño babuino lo olfateaba repetidas veces, éste, aún no era tan alto como para alcanzarle, aunque ya le llegaba a sus hombros. Para tener la altura promedio de los humandrills todavía tenía que pasar más tiempo.
—Perdón —inclinó su cabeza. Sus dedos recorrieron las ondas de su largo cabello.
— ¿Qué? —preguntó en voz baja sin poder explicarse esa actitud.
—Al irme, me marché sin despedirme —su mano se escondió bajo su cabello sin detener el movimiento de sus dedos—. Eso no fue correcto, por eso entiendo tu reacción al verme. Y claro, discúlpame también ahora que he venido sin una invitación.
—Está bien —interrumpió a Kaylee deteniendo a la vez su mano—. No entiendo tu disculpa.
Retuvo su mano cálida por unos segundos y la soltó para guiarla en dirección al castillo. Mientras avanzaban, el babuino los adelantaba y cuando no los veía, corría en círculos para esperarlos y volver a estar al lado de ambos; estaba emocionado de volver a la isla. Kaylee lo escuchaba con una sonrisa en su rostro, caminaba en esos momentos sin la ayuda de su bastón. Pensaba en esos instantes de qué podían hablar, pero sólo logró perderse en sus recuerdos de viaje.
—Kaylee —desde hace mucho tiempo que no pronunciaba su nombre—. Me sorprende que… te mantengas informada.
— ¿Disculpa? —subió su cabeza desprevenida ante sus palabras.
—Manejas bastante información acerca de lo que te rodea —repitió.
—Ah, bueno, trato de saber qué está ocurriendo a mí alrededor —tras una pausa agregó—: Todo puede llegar a repercutir en las acciones que uno escoge.
—Ciertamente —afirmó con su cabeza—. Aquellos que permanecen ignorantes de lo que sucede en el mundo no son capaces de hacer un cambio en él. Dime, ¿cómo has hecho para saber?
—Uno de mis compañeros, y amigos, que alguna vez te mencioné: Shakespear, me mantenía al tanto de muchas cosas, no sólo lo que ocurría en los periódicos. Aprendí parte de la historia de muchas de las Islas en Grand Line también. Él era... es un historiador y también escritor apasionado... —hizo una pausa, claramente no quería pensar que sus amigos habían muerto tras su separación.
—Te las has arreglado bastante bien —admitió levantando ambas cejas.
No hubo más respuesta que el sonido de un cuerpo cayendo sobre el suelo de adoquines. El espadachín volteó suavemente y vio a la sirena en el piso, afortunadamente había reaccionado a tiempo y sus manos recibieron el impacto sin mayores problemas. Movía sus manos sobre la superficie tanteándola con una expresión en blanco, se colocó sobre sus piernas y sonrió levemente.
—Creo que me confié demasiado —dijo ella levantando su cabeza a él.
—Ya veo —observó, dudoso.
—Escuchaba tus pasos, así me estaba guiando. Olvidé que había tanta irregularidad en estos adoquines. Al menos esto no ocurre muy a menudo —dijo, ya levantada, sacudiéndose el polvo.
—Desde que te conozco caes y tropiezas, deberías ser más cuidadosa —sugirió y volteándose en dirección al castillo, agregó—: Sé más responsable contigo misma.
Kaylee sonrió levemente y asintió con la cabeza, buscó en su cinturón su bastón plegable y continuaron su camino.
A la mañana siguiente, los aullidos del gran babuino la despertaron; a pesar de su insistencia, no pudo convencer al shichibukai de que tal animal se alojare allí adentro. Sus ojos se abrieron perezosamente, continuaba despierta pero aún abrigada entre sus sábanas en dirección hacia la ventana, su única fuente de luz. Estaba incómoda, por la situación que experimentaba, sentía la necesidad de decirle la verdad, admitir sus sentimientos con respecto a él. Sin embargo, sus propios pensamientos la detenían.
Se sacó las sábanas de encima y sintió el frío del ambiente, tuvo el ligero impulso de querer regresar a su cálido lecho. No obstante, hizo caso omiso a capricho y se levantó con decisión.
— ¿Y si hoy visto más elegante? ¿Más clásica? —dijo mientras estiraba sobre su cama distintas prendas—. En Little East Blue adquirí ropas bastante lindas, y así mismo quiero lucir. ¿Me notará más si lo hago?
Su cabello estaba desordenado, aunque peinarlo le era fácil, al intentar coger su cepillo del mueble hizo caer un lápiz labial, ése era uno de los tantos regalos de Yoko, según había escuchado era de un color claro. Kaylee dudó por unos momentos en si usarlo o no, pues no usaba maquillaje. De todas formas se acordaba de como aquella niña la pintaba y optó por intentarlo.
Al salir de su habitación escuchó al espadachín no muy lejos de ahí. Bajó las escaleras con cuidado pues su falda era larga y podía tropezarse, se aproximó a la cocina; que era de donde se escuchaba más movimiento.
—Buenos días —lo saludó con una sonrisa ligera.
—Buenos días —respondió con seriedad mientras se retiraba—.Tienes suficiente como para una estadía cómoda.
—Gra…cias —respondió ya tarde, y confundida.
La puerta de entrada se cerró dejándola sola, el gran babuino la observaba por la ventana, ella volvió su rostro hacia el animal mostrándole una mueca poco satisfecha, al parecer no había causado ninguna reacción, además, se había marchado sin un gesto o un cálido "hasta luego".
Tiempo más tarde, cogió unas botellas con agua y comenzó a regar las plantas, pues necesitaba que el tiempo pasase rápido. Al tocar levemente una de ellas notó que ya tenían retoños, creía que los maceteros dentro del castillo finalmente podrían servir a su propósito real; el de embellecer. Posteriormente salió al patio trasero encontrándose con el humandrill para brindar de agua a las plantas de afuera. Mientras estaba en ello, el sol llegaba dulcemente a su piel dándole un encubridor calor, cantaba al juguetón animal que tenía a su lado, quien animado corría por los alrededores y acumulaba ramas en un rincón cerca de Kaylee. Cuando ya tenía suficientes comenzó a enterrar cada palo en el suelo construyendo de a poco un fuerte. Los babuinos a lo lejos chillaron, ella se levantó de donde estaba, al parecer él estaba cerca. Acarició a su humandrill, estaba un poco tenso a raíz de los gritos de sus antiguos compañeros, abrazó a su dueña con fuerza para que no se saliera del fuerte y la retuvo. Al cabo de un corto tiempo ambos escucharon la puerta del castillo.
El babuino la soltó y Kaylee entró por la puerta del sótano, donde se almacenaban los vinos. El humandrill no entró porque era demasiado estrecho para él, por lo que corrió hasta uno de los grandes ventanales para esperar que ella lo dejara entrar. El recién llegado no podía escucharse, ella caminó despacio, muy atenta a los sonidos, salió del sótano y subió hasta el salón principal. Lo único que escuchaba claramente en esos momentos era el humandrill que la llamaba desde el otro lado de la puerta de vidrio que estaba hacia la sala de estar.
—Silencio, pequeño —posó su índice sobre sus labios—. Necesito escuchar.
Para su infortunio, al abrirle no hizo más que intensificar su ruido, moviéndose de un lado a otro. Trató de tranquilizarlo pero estaba muy lleno de energía, entonces optó por pedirle que simplemente no la siguiera y avanzó hacia la gran escalera.
En medio de su camino por la escalera pisó su falda, tropezó y sus brazos evitaron que dañara su rostro, se quejó sin modular sus palabras mientras arremangaba su larga falda para evitar cualquier caída, al incorporarse, tomó con sus manos la prenda enseñando gran parte de sus piernas, subió deprisa hasta que lo sintió delante de ella, las manos que sostenían su falda se abrieron para soltarla fugazmente y así ocultar sus extremidades.
— … —carraspeó y bajó hasta ella—. ¿Irás a descansar?
Hubo un momento de silencio, ella estaba boquiabierta, pensando en lo vergonzoso de su situación.
—Sí —respondió sin darle la cara.
El pasillo estaba en silencio, como siempre durante las mañanas. Un olor dulce alcanzó su nariz, miró hacia la ventana, estaba nublado. Se había quedado dormido leyendo sobre su cama, pasó la palma de su mano sobre su cara, aún sentía agotamiento. Botó aire con fuerza y se levantó sin obedecer a su cansancio sino que a su interés. Bajó las escaleras hasta la cocina, el lugar estaba vacío pero el aroma penetrante de algo que había sido cocinado todavía alcanzaba su cara. Dio un vistazo a su alrededor, entonces divisó con claridad una tartaleta.
Colocó su mano a unos centímetros de ella, estaba tibia. Agachó un poco su columna y se acercó un poco para sentir su aroma. No tenía una gran decoración, las frambuesas estaban esparcidas a lo largo del relleno de crema.
Llevó sus dedos a sus labios, en actitud reflexiva. Disfrutaba de la pastelería, aunque, para su desgracia, no era capaz de cocinar ese tipo de manjares. Sólo con mucho esfuerzo fue capaz de seguir a la perfección unas cuantas recetas para almorzar decentemente; claro está, después de muchos errores. Sonrió para sí al contemplar la delicia que tenía frente a sus ojos y, con delicadeza, sacó un poco del relleno con su índice. El sabor encajaba con su exquisito aroma.
— ¿Qué haces? —preguntó Kaylee a unos metros atrás de él.
—Hmm —Mihawk volteó, su expresión se tensó—. ¿Hace cuánto que sabes cocinar éste tipo de cosas?
—Aprendí un par de recetas hace mucho, con el cocinero que escapó: Kesa… De la antigua tripulación —bajó su cabeza al recordarle, tras una pausa agregó—: Recién, durante mi estadía en una Isla, comencé a practicar más, ¿Está mal?
—No, está más que aceptable —le indicó sin quitar sus ojos de este.
—Me... alegra —bajó su cabeza, no convencida dadas las palabras de él.
— ¿Algún motivo especial? —preguntó, intrigado mientras se servía un pedazo.
—No —dijo, dubitativa.
Se sentó en el ancho sillón de la sala de estar, frente a ella había una taza de té y un plato con su porción de tarta, ambos casi intactos. Tenía sus brazos cruzados, su rostro mostraba cierta preocupación, tras un suspiro, levantó su cabeza.
—He estado pensando en mis nuevas metas —comenzó a hablar—. Durante el tiempo que estuve afuera me di cuenta que no han cambiado muchas cosas. Todavía existe una gran discriminación, si mi apariencia hubiese sido otra, sería también otra experiencia la que estaría contando en estos instantes. Estoy decepcionada, hasta mis propias convicciones han cambiado.
—Eso ocurre al afrontarse con la realidad —apuntó luego de beber un poco de su taza de café.
— ¿Por qué conceptos tan importantes como la justicia tienen tantas interpretaciones? Palabras, cuyos significados son tan necesarios conocer, son los más subjetivos —expresó con seriedad.
—La justicia, hoy en día, está condicionada por el entorno en que se ha concebido su concepto. Ya sabes... el contexto es un factor muy determinante —afirmó mientras se servía otro trozo de tartaleta.
—Si un noble mata a un hombre inocente no caerá sobre él el peso de la ley, ocurre todo lo contrario con cualquier otro ¿No debería el gobierno velar por el interés de todos? ¿Por qué existen éstas distinciones?
—Hmp
Hubo un largo momento de silencio, Kaylee se enojó, extendió su mano a su taza de té y bebió hasta la mitad, luego cogió su pedazo de tartaleta y sólo llevó un bocado a su boca; si bien le gustaban los dulces, no tenía una gran preferencia por la repostería.
—Este tema parece incomodarte —tras una pausa se cruzó de brazos—. ¿Por qué sirves al Gobierno Mundial?
—Tengo mis razones, aquellas, no tengo motivo de compartirlas contigo —respondió dirigiéndole una mirada indolente, al mismo momento en que se servía otro trozo de tarta.
—No eres diferente a esos corruptos entonces ¿Es que no te das cuenta del mal que ha causado esa institución? ¿No te importan las personas que están sufriendo ahora? ¡No puedes ser tan insensible! ¿Es que sólo velas por tus propios intereses?
— ¿Te atreves a juzgarme? —cuestionó, dejando su tarta sobre la mesa—. ¿Has pensado siquiera en alguna de las razones que podría tener? Si quieres juzgar a alguien debes al menos ponerte en su lugar—su cabeza ladeó de un lado a otro en señal de incredulidad—. Ja, ¡Y alardeas que me conoces! Recuerdo que me dijiste eso una vez: "no es necesario para mí conocer tu historia, sino que parte de tu corazón"... Mi corazón, que por cierto tantas veces has calificado de insensible. No te entiendo.
Él se levantó y se acercó a ella desafiante, esperando su respuesta.
—Tienes razón —admitió con molestia, levantándose a su vez pero dándole la espalda.
—A veces tienes una actitud tan inmadura —dijo Mihawk con resignación.
— ¡Oh! ¡No me digas que actuar molesto a causa de un pañuelo es algo normal! —alegó.
—Y, ¿Cuándo te marchas sirena? —preguntó, cortante.
—...—volteó hacia él con angustia y los ojos muy abiertos—. Sueles repetir esa frase cada vez que te enojas conmigo. ¿Es acaso que detestas mi compañía?. Prefiero que seas más directo y me digas simplemente que no me quieres ver más.
Silenció de golpe, las palabras de ella habían sido como una flecha. Su corazón dio una palpitación dolorosa. Sus músculos se tensaron y un frío penetrante recorrió rápidamente su pecho. Se acercó a ella lentamente y posó ambas manos a los hombros de ella.
—No te odio —dijo con suavidad, en un susurro cálido.
— ¿Por qué otra razón me hablarías de semejante manera?
— Escúchame —exigió con gravedad agarrando con más fuerza el cuerpo de ella—. Yo, no sé cuándo hiero con mis palabras.
"¡Uh!", se escuchó un chillido que provenía de la habitación en que se alojaba la dama.
— Sirena... ¿has entrado a ese animal sin mi consentimiento? —cuestionó con gran confusión.
—Probablemente —carraspeó y agachó su cabeza avergonzada.
Aquella tarde comenzó a llover, estaba en su habitación peinando su cabello. Seguía incómoda, la tensión de aquel momento seguía repercutiendo en su memoria. Los recuerdos se amontonaban y seguían emergiendo, un golpe de emociones azotaba su corazón. Lo que ella podía significar para él era su enigma más grande.
A veces no entendía cómo se debía acercar a él, si debía hablarle más cariñosamente o de la manera que él lo hacía. Creía que expresarse no debería ser difícil, pero también pensaba que ella estaba creando una barreara entre ellos. Comenzó a meditar qué cosas podían solucionar su estado de poca comunicación.
— ¡Ah! —sonrío para sí—. No me disculpé con él por haberlo juzgado. Yo fui prejuiciosa con él también. Además, no le he dado las gracias como corresponde y no me atreví a decirle que aquella tarta la hice para él.
El gran babuino veía llover, trataba de tocar las gotas que llegaban a la ventana, se extrañó al darse cuenta que tocarlas era imposible, lamió el vidrio en busca del líquido del cielo y desistió en sus intentos amargado. Dio un vistazo a la sirena y la tiró de su vestido, quería salir.
—No puedo ahora, no quiero resafriarme, ha bajado la temperatura—le aclaró con una suave caricia en su cabeza.
— ¡Huu! —no contento con su respuesta la tomó a la fuerza y la subió a su lomo.
— ¡¿Qué haces?! —preguntó con un poco de susto—. No, no bájame.
El humandrill abrió la puerta y con saltos ágiles llegó rápidamente al primer piso. Los alegatos de la sirena llegaron al espadachín quien, en aquel entonces, tomaba una siesta. Se levantó de su cama tomando su frente con rabia y se aproximó a la baranda que daba al piso donde ella se encontraba. Al momento en que se asomó, su presencia fue notada por el babuino. El gran animal se dio la vuelta y lo miró petrificado, su mirada emitió una amenaza clara, el animal temió lo peor y se agachó ocultando su cabeza. Ella también lo percibió. Bajó del humandrill que temblaba de miedo y lo tranquilizó.
—Aunque pasen los años siempre lo veré como mi pequeño humandrill —y agregó firme—: No es necesario que lo asustes. Noté esa intimidación.
—Encariñarte con el no te traerá más que problemas.
— ¡Pero…!
— ¿Qué buscas?
— ¿Tener recuerdos de quienes aprecias es tan malo? —preguntó con aflicción.
— ¿Qué quieres decir?... ¿No ves que esa unión sólo te causará más daño? —la miró fijamente en silencio y agregó—: Tarde o temprano sus instintos volverán, y va querer regresar donde sus iguales y luego, tú, estarás lamentándote de su separación.
—Las personas, no tenemos sufrimientos por encima de los que podemos soportar... Yo me preocuparía si no sufro tras eso, pues demostraría que no lo amé de verdad —aclaró bajando su cabeza hacia el mandril.
—Hablar de estas cosas contigo es inútil.
El babuino se incorporó nuevamente, aquel hombre se había ido. Ambos lo sabían tras haber escuchado un portazo. Ella suspiró y se llevó al humandrill al patio, ella se quedó bajo techo mientras el jugaba bajo la lluvia. Le pidió que durmiera a las puertas del castillo, pues sabía que su anfitrión no aceptaría su piso mojado. Sintió ganas de llorar, algo no andaba bien.
Tras sentirse más tranquila, subió al segundo piso, uno de sus dedos se acercó a su boca. Se detuvo en medio del pasillo, respiraba pausadamente, como esperando a que algo sucediera resultando tan solo en lo usual: sonidos del exterior. Comenzó entonces, a caminar en otra dirección, hacia la habitación de Mihawk, sus pasos eran lentos pero seguros conocía ese camino a la perfección y ya frente a la puerta, golpeó con suavidad.
— ¿Estás allí? —preguntó ella, pero no hubo respuesta.
Jugó con sus dedos impaciente, de repente lo oyó, sintió calor en sus mejillas, su mano derecha trató de detener ese ardor. Bajó su cabeza, y se balanceó de un lado a otro. Él ya estaba avanzando hacia la puerta. En ese instante el seguro de la cerradura cedió y la puerta se abrió con fugacidad.
— ¿Qué quieres?
Ella subió su cabeza, perdiendo su nerviosismo. Nuevamente le hablaba cortante, atinó a sonreírle.
— ¿Puedo hablar contigo?
— ¿Disculpa?
— ¿Puedo pasar? —dijo mientras daba un paso hacia delante.
—N-n…—dio un paso hacia atrás, y agregó volteándose—: Entra si quieres.
Advirtió que su habitación estaba fría, la esencia de la lluvia estaba allí adentro. De poder ver, hubiera notado también que la ventana que daba al balcón de su habitación estaba abierta, él había estado allí, ya que estaba empapado y había dejado un rastro de agua en el piso.
No pudo creer que había logrado entrar, su cara expresaba más caos que alegría. Casi no sintió su típico aroma a vino, se acercó a él y extendió su mano hacia él.
— ¿Por qué estás tan mojado? —estaba sosteniéndose de su camisa.
—Supongo que no has venido para hablar de eso —dijo con desgana, y mirando la mano de ella dijo más apacible—: Estaba afuera, en mi balcón.
—Dracule Mihawk —alzó su cabeza—. Estuve pensando en mis acciones del pasado. No fue correcto haberte juzgado. Por favor, discúlpame.
Deslizó su mano hasta su antebrazo y luego separó su mano, observó que en el rostro terso de la sirena se mostraba cierta vergüenza. Miró enseguida hacia su balcón y se dirigió hasta el. Afuera todavía había luz, un tono celeste pintaba todo el espacio, las gotas de agua se hicieron una suave llovizna. Se asemejaba a una nevada. Los pájaros volaban rápidamente en busca de un refugio entre las altas copas de los árboles. Extendió su mano hacia la puerta de vidrio y la cerró despacio.
—Sé que no crees en el destino, pero ¿serías capaz de afirmar que la vida de las personas, tal como la de la naturaleza, no es regida por una ley? —preguntó.
—Es una pregunta algo difícil de contestar... No creo en el destino, pues creo que el hombre es el que construye su propia historia con su propia voluntad —hizo una pausa—, de todas formas, si el libro del destino existiera éste necesitaría de nosotros para que las páginas se volteen. Si fue el destino o mi decisión el que yo esté aquí, es muy evidente cuál es mi opinión ¿No?
—Afirmativo —puso su puño sobre su mentón—. La primera vez que te recibí fue porque quería conocer un poco más al excéntrico Capitán enmascarado, después planeaba matarlo —clavó sus ojos dorados en ella—. Sólo que, no pude hacerlo.
— ¿Por qué?
—La curiosidad —respondió con simpleza—. Eras un misterio, más preguntas me rodearon, no se acababan...no se acaban.
—Si hubiese sido realmente el Capitán Mask ¿Me hubieses matado?
—Sí —dijo al instante.
—Entonces, si no hubieras tenido esas dudas no me hubieras acogido…
—Lo más probable
—Deberías ser más hospitalario —movió su cabeza de un lado a otro—. Tienes un gran castillo con muchas habitaciones, ayudarías mucho a quién esté perdido.
—Ya te dije en una oportunidad que no me darías más órdenes ni discursos moralesv —Respondió sentándose sobre su cama—. No me interesan...
—Hablaré de todas maneras, sé que me escucharás y algo de lo que digo llegará a tu conciencia —afirmó con una sonrisa desafiante.
—Nadie viene a esta isla... —respondió al cabo de unos segundos.
—Mhihihi, no está de más ser precavido, y si lo recuerdas bien yo soy una persona que llegó a éste lugar por mera casualidad.
—Sirena… ¿Pretendes hacer que cambie de opinión?
—Bueno —agregó ella sin ponerle atención a lo que había dicho—. Quiero que sepas que mi bote no lo sacaré de donde está en el lado este, ahora es todo tuyo, y espero que lo des a quién lo necesite...
—Eres tan insistente —dijo mirándola rendido.
— ¿Has visto mi pañuelo? El que me regaló Shanks. No lo encuentro, y no me gusta perder los regalos que me dan.
— Sí —respondió en un murmuro.
Avanzó hacia un baúl, de allí extrajo lo que ella le pedía. Retuvo el pañuelo con su puño cerrado, lo apretó y resopló, se aproximó a ella, tomó su mano nuevamente y depositó en la palma de ella el pañuelo que le pertenecía.
—Aquí esta… Si ya no tienes más de qué hablar puedes retirarte, estoy ocupado —dijo separándose de su mano.
Mihawk bajo su mirada a los labios sonrientes de ella, provocando en el una pequeña sonrisa, ni siquiera él podía creer lo seguido que hacía eso en presencia de ella, y aquella dama no tenía ninguna pista de que eso sucedía. Cambiando a su actitud normal, le pidió que se fuera de allí nuevamente, para apurar su paso, la acompañó hasta la puerta. Al sostener de la manilla sintió repentinamente que ella tomaba su rostro, haciéndolo voltear.
Repentinamente sintió que un beso era depositado fugazmente en su mejilla.
—Nunca te agradecí por haberme ayudado a salvar al humandrill —dijo con dulzura ya fuera de su habitación.
Miraba en su dirección, turbado. No respondió, sólo asintió levemente con su cabeza. Agachó su vista irritado y cerró la puerta de su habitación.
Una tarde, leía junto a la chimenea, ya se habían cumplido tres días desde la llegada de su huésped, y durante aquellas horas casi no le dirigía la palabra. Hace unos minutos que no volteaba la página del periódico, no podía absorber la lectura, leía pero no recordaba nada…
— ¿Qué me pasa? —se preguntó en voz baja.
Ya cansado, tomó su frente con ambas manos y suspiró. Se dirigió a un amplio salón del castillo y se aproximó al viejo fonógrafo que allí se encontraba, escogió un disco de vinilo, lo sacó de un gran sobre, sopló sobre éste para quitarle cualquier rastro de polvo y comenzó a tocar música.
En otro lado del castillo, la sirena pudo escuchar la suave melodía, el humandrill que antes se movía para todos lados, se detuvo de golpe embelesado con tal composición. Ella caminó absorta hasta el origen de la música acompañada del gran babuino, llegó hasta uno de los amplios salones del castillo y sintió que él estaba allí.
Él, al verla llegar la miró con apatía, traía consigo al babuino. Dio una rápida mirada al animal, no le permitiría entrar allí.
— ¿Qué necesitas?
—Recuerdo haber escuchado antes ésta música —dijo quedándose quieta en el marco de la puerta—. Siempre me pregunté cómo era posible que el origen de la balada fuera de una sola fuente, aún no sé qué es eso.
—Acércate —la invitó a aproximarse hasta él—. Pero que el humandrill no entre, ésta sala tiene un piso distinto al de las demás.
—Muy bien.
Cerró la puerta y se aproximó al espadachín, el tomó su mano y la colocó sobre el aparato.
—Éste es un fonógrafo, es el aparato que produce el sonido que oyes ahora —hizo una pausa—. Esto que escuchas es un vals.
—Así es. Es muy bello —rió levemente, con un dejo de tristeza—. No me has preguntado nada de mi viaje.
— ¿No es algo personal?
—Ninguno de estos días... —Alzó su cabeza—. ¿Cómo estás?
— ... —la miró fijamente, preocupado—. Kaylee, no esperes de mí algo que no puedo ofrecer.
— ¿Sabes? Ocurrieron muchas cosas, logré entablar una amistad con alguien que podría ser un futuro miembro de mi tripulación, un rey marino nos atacó, no sentí la lluvia durante un buen tiempo... Fui madre.
— ¿Qué? —Mihawk empalideció.
—Mhihhi, digamos que adopté por un tiempo a una niña en aquella Isla. Me pidió que fuese su madre, no pude negarme, me gustan mucho los pequeños.
—No tendría la paciencia... Me alegra saber que todo haya estado bien.
Mihawk, la observó por unos momentos. Ella tenía su mano posada delicadamente sobre el aparato, sintiendo las vibraciones emitidas por la música. Se veía sonriente y tranquila, parecía que estaba recordando momentos dulces de su pasado. Entonces, sin darse cuenta se acercó a ella y tomó su mano izquierda.
— ¿Mihawk? —trató de no retroceder.
— ¿Sabes bailar? —preguntó aún sin despegarse de su mano.
—No… Yo sólo vine a escuchar música y compartir un poco—admitió, asustada.
—Tranquila Sirena… No es difícil, haz como si nadaras —dijo tomando la posición.
— ¡Te acabo de pisar! —exclamó muy abrumada—. No quiero hacerte daño, no puedo hacerlo, es muy rápido.
—Sólo haz lo que te digo.
La danza en un vals, es semejante a la pluma que es mecida delicadamente por el viento. Lograr la sintonía entre sus pasos, fue una tarea difícil. Se necesitó de paciencia y armonía entre ambos para lograr una buena coordinación, la que se estableció al cabo de unos minutos, ella estaba feliz y con ansias de aprender más, era la primera vez que bailaba con sus pies y no quería detenerse. La música los confinó a una atmósfera única. Ella sentía un mareo extraño, mariposas en el estómago. De repente, las canciones del disco terminaron y en el último paso Kaylee sintió una cercanía tentadora. El recuperó su compostura y ella estaba parada frente a él, en ese momento un silencio cálido detuvo el tiempo, el momento preciso para decirle la verdad.
—Mihawk—hizo una pausa —. Gracias por éste momento.
—Gracias, a ti también —dijo tras una pequeña sonrisa.
Se retiraron ambos del salón y fueron a la chimenea, estaba apagada. A pesar de ello, había tibieza, el sol iluminaba esa zona amigablemente. Se sentó a leer acompañado de un poco de vino tinto. Percibió que ella se veía un poco agitada, podía ser que el baile la había dejado agotada, pues respiraba con un poco de dificultad y estaba sonrojada.
Le dio otra mirada al cabo de unos minutos, dedujo que a lo mejor jugaba con su cabello pues había mucho silencio, sabía que a ella le incomodaba aquello y decidió hablar.
—Puño de Fuego, Ace… Ahora está preso y lo llevan a Impel Down —apuntó mientras leía.
—Siento algo muy profundo por ti —confesó ella sin rodeos.
Mihawk despegó sus ojos de su lectura con gran rapidez y la miró sorprendido. El pecho de ella subía y bajaba con rapidez, permaneció en su asiento y dirigió su cabeza en dirección a él, esperando su respuesta, su rubor incrementó. Él cogió su copa de vino y tomó un largo sorbo, dejó su periódico a un lado, dejó su sillón y caminó hacia ella, permaneciendo a su lado en un incómodo silencio.
—Temo, que tu sentimiento no es compartido —dijo tajante, e hizo ademán de continuar con su camino.
Kaylee aclaró su garganta suavemente, su corazón comenzó a palpitar rápidamente y empalideció. Hace años, desde que perdió el rastro de su madre que no había sentido un dolor tan grande en su corazón. Mihawk estaba cerca de ella, pero a la vez lejos y expresando con esas palabras rechazo.
— ¡Oh, no me digas! ¿Pensaste que era cierto? Sólo estaba haciendo una prueba. Quería saber cómo sería tu reacción, ya sabes… Nunca hemos hablado de temas relacionados con el amor. ¡Vamos! Yo tan sólo soy una amable conocida —aclaró intentado ocultar su nerviosismo—. ¡Oh! ¿Cuánto tiempo llevo aquí? ¡Qué descortés! Me marcharé hoy descuida.
— ¿Disculpa? —preguntó aún más desconcertado deteniendo sus pasos.
—Estoy algo preocupada por mi madre. Debo irme y solucionar eso. Muchas gracias por todo —sonrió débilmente.
El miró como ella caminaba en dirección a su habitación, iba muy despacio por las escaleras.
Ya en su pieza guardó todas sus pertenencias en su bolso y bajó lentamente por las escaleras vestida como el Capitán Mask, con una sonrisa vacía… El humandrill la acompañó, muy preocupado, le abrió la puerta principal y ambos se perdieron en lo profundo de la inmensidad del bosque.
"Adiós" alcanzó a escuchar mientras se alejaba.
—Definitivamente, no extrañaba esta sensación dolorosa —bajo su máscara, silenciosas lágrimas se deslizaban por sus mejillas—. Vamos a la costa, sólo necesitarás un tronco, yo te llevaré, nadaré hasta que no tenga más fuerzas… y me olvidaré de él.
Ya lejos de la isla, se escuchó un gran estruendo y un gran haz de luz emergió del cielo, era un rayo provocado nada más ni nada menos que por el velo que fue colocado sobre el momento de la tormentosa confesión.
FIN
Hey~
Fin de la Parte I.
Muchas gracias por leer esta historia! Agradezco a todos mis lectores fieles y quienes me dejaron bellos comentarios.
Continuará en la Parte II: Corazón vendado
En Corazón Vendado acompañaremos a Kaylee en su nueva aventura. ¿Encontrará a su madre? ¿Volverán los Blind Pirates? ¿Aparecerá un nuevo amor en su corazón o volverá quien lo rompió?
Nos vemos!
*** ANEXO
OC: Kesa
