Los personajes pertenecer a Stephenie Meyer.

La historia es mía y está protegida por Safecreative. ¡No al plagio!

No doy autorizaciones para su publicación y tampoco para su adaptación.

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Canciones del Capítulo:

"Disparo al corazón" Ricky Martin

"Fantasie Impromptu" Chopin

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Capítulo 13:

De: Edward Cullen

Para: Isabella Swan

Fecha: 13 de enero de 2014 21:16

Asunto: Fuentes danzantes v/s Fuentes de Versalles.

Estimada señorita lo discuto todo:

Definitivamente las fuentes danzantes del Bellagio es un espectáculo que no debía dejar pasar. Tengo que confesar que las veces anteriores que estuve aquí, así como también en Dubái, estaba demasiado ocupado para detenerme a disfrutar, gracias a usted, me he dado cuenta de lo que me estaba perdiendo. Aún bailan en mi mente las notas de «Fly me to the moon», Sinatra, el complemento perfecto para semejante muestra de arte, música y danza.

Ahora si hablamos de fuentes danzantes, un lugar que no puede dejar de visitar al vivir en Francia, es el espectáculo nocturno que se lleva a cabo en los meses de verano en el Palacio de Versalles; pasear por sus jardines al son de música clásica y maravillarse con los juegos de agua del estanque de Apolo y de Neptuno. Al caer el sol, los favoritos Anne, fuegos artificiales, estoy seguro que ella querrá que usted nos acompañe.

PS: La comida del restaurante del Bellagio es un asco, creo que le haré otra visita a Victoria para que me alimente con más comida para «nene».

Edward.

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De: Isabella Swan

Para: Edward Cullen

Fecha: 14 de enero de 2014 07:08

Asunto: Museo de la mafia.

Estimado señor Cullen:

¿Versalles en verano? Sinceramente, ¿cree que lleguemos al verano sin que quiera deshacerse de mí o yo de usted? Aunque por complacer a Annie, estaré encantada de acompañarlos.

Como observé que tiene una cierta fijación por la seguridad y por controlar las situaciones ilícitas, creo que una visita al Museo de la Mafia le será liberadora, al ver que esa inmensa cantidad de mafiosos han sido erradicados del planeta; aunque lo cierto es que los habitantes de Las Vegas tenemos mucho que agradecerles, después de todo, nuestra amada ciudad dejó de ser un pequeño pueblo en el desierto gracias a ellos.

PS: Si su engreída boca lo ha traicionado para cuando lleguemos al verano, puede resarcir su falta, trabajando como mi guía personal de palacio.

Bella.

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De: Edward Cullen

Para: Isabella Swan

Fecha: 14 de enero de 2014 22:07

Asunto: Louvre y Jardín de las Tullerías

Estimada señorita lo discuto todo:

¿Deshacerme de usted? Siendo sincero…, aunque a veces me piquen las manos para ponerla en mi regazo y darle unas buenas nalgadas, lo dudo…

Lo mejor del Museo de la Mafia —obviando la parte en que usted se burla por mi obsesión por la seguridad y la situaciones ilegales— ha sido el elegante edificio neoclásico que han elegido para su instalación y que, contradictoriamente, fue un juzgado en los años 30, aunque debo reconocer, que me ha parecido interesante cómo plantean de un punto de vista emocionante y auténtico, la influencia del crimen organizado en la ciudad.

Ahora como hablamos de museos, no puedo dejar de mencionar el Louvre. Supongo que usted ya lo conoce, aunque no entero. Suelo llevar a Anne los fines de semana para mostrarle las obras de arte, si usted desea, también podría acompañarnos, para después disfrutar de nuestro momento favorito: helado de chocolate, tenderse en el césped situado entre la explanada del museo y el jardín de la Tullerías, y simplemente maravillarnos del entorno que nos rodea. Es increíble la paz que te brinda el lugar a pesar de estar en pleno centro de la ciudad.

Cuando estaba en la universidad, Anne era un bebé, no tenía un euro en los bolsillos y necesitaba de tranquilidad para estudiar, ese lugar se convirtió en mi santuario. Solos ella y yo, una manta y un libro…

PS: Si mi boca me sigue traicionando, tal vez no solo me convierta en guía de palacio, si no que de museo o tal vez de todo París…

Edward.

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De: Isabella Swan

Para: Edward Cullen

Fecha: 15 de enero de 2014 06:45

Asunto: ¿De todo París?

Estimado señor Cullen:

¿Nalgadas? ¿De verdad? ¿No tendrá una afición oculta al igual que cierto personaje, protagonista de unos famosos libros eróticos? ¿Tiene un cuarto rojo escondido en el tercer piso de esta casa, señor Cullen? Ahora comprendo, porque no quería que me acercara a su habitación.

Por supuesto que conozco el Louvre, sería un sacrilegio llevar casi siete meses viviendo en París y no haberlo visitado, sin embargo no la cantidad de veces que hubiese querido, la mayoría por falta de tiempo, y las visitas guiadas que ahorran la terrible fila de ingreso, no está al alcance de mil bolsillos. Con cuerdo con el jardín de las Tullerías, todo el entorno es como estar viviendo un sueño, aunque no he tenido el privilegio de sentarme a contemplarlo por tanto tiempo, llevo meses siendo bailarina casi a tiempo completo.

¿Será mí guía de todo París? ¿Eso significa que se seguirá comportando como un vil presumido? Creo que este juego se torna interesante… Hablando hipotéticamente, si se convirtiera en mí guía, ¿cuál sería el primer lugar donde me llevaría?

PS: ¿Tendré que continuar provocándolo para que pague su castigo? ¿Cree que podemos tutearnos? No me gustará estar paseando con un guía todo estirado y relamido.

Bella.

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De: Edward Cullen

Para: Isabella Swan

Fecha: 15 de enero de 2014 22:56

Asunto: Mi lugar favorito

Estimada Isabella:

No me des ideas…, ya que habría puesto las manos al fuego para asegurar que tu género literario era el romántico, algo me decía que suspirabas por todos esos héroes dramáticos y atormentados de los clásicos, pero si te gustan «Los Amos», ¡que desilusión! Jamás quisiera verte sumisa, creo que tengo una adicción a tus insolentes pecas.

Si tuviera que elegir un lugar donde llevarte gracias a mi engreída boca, ese lugar sin duda, sería Montmartre. Explicar para mí, los sentimientos que tengo arraigados por ese lugar no me es fácil, es parte de mi historia, cuando era un niño lleno de sueños que con nada más que un atril, papel y un lápiz de carbón intentaba ganarse la vida…

Como buen arquitecto, tengo un deseo imperioso de contemplar las ciudades desde lugares altos, apreciar la vista general, analizar las estructuras de las calles, edificios, tejados y ventanas, darme cuenta que mil historias se están viviendo en ese preciso instante bajo mis pies… y para mí, el sitio perfecto para poder hacer todo esto, son las escaleras que están como antesala del Sacre Coeur, donde se produce la mezcla perfecta de turistas, vendedores de souvenirs, artistas callejeros —como yo— y la paz que me brinda saber que el ritmo de París no para, pero yo he escapado de él.

PS: El «castigado» guía… creo que se llama Edward.

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De: Isabella Swan

Para: Edward Cullen

Fecha: 16 de enero de 2014 06:15

Asunto: Mi lugar favorito

Estimado Edward:

¿Yo sumisa? ¡Ni en un millón de años, Cullen! Con respecto al género romántico sólo diré: ¡Touche! Sin embargo ahora mis pecas están curiosas, ya que aunque reniegues, les parece que estás muy bien informado sobre el tema BDSM… y ellas hubiesen apostado su existencia, para asegurar que en tus estanterías, encontraría solo libros de arquitectura.

¿Qué puedo decir? Antes de ser la niñera de Annie, en mi escaso tiempo libre trabajé por cuatro meses en un café en la esquina de Boulevard de Clichy y Rue Caulaincourt. ¡Qué lugar más mágico! ¡Amo Montmartre! Y creo que lo amaré aún más, mientras lo redescubro con un experto. ¿Sería mucho pedir que en nuestro recorrido me cuentes la historia de los edificios?

¡¿Eres artista callejero?! ¿Un pintor de retratos tal vez? Cada día me sorprendes más, Edward Cullen… No sé porqué, pero algo me dice, que las turistas hacían cola para retratarse contigo.

Si tuviera que elegir un lugar de todos los que amo de Nevada, ese definitivamente sería el desierto. Tenía doce años la primera vez que mi mamá me llevó a dormir bajo las estrellas, solas, ella y yo, una tienda, sacos de dormir y un telescopio. Contemplábamos el atardecer, nos perdíamos en su increíble matiz de anaranjados hasta que el sol se fundía con la tierra, para dar paso a un espléndido cielo estrellado, cada estrella fugaz era un deseo, Renée me regaló tantas estrellas que creo que ya soy dueña de varias constelaciones; aunque sea de corazón. Era nuestro ritual y lo repetimos cada año hasta que vine a vivir a París. Extraño a mi madre…

PS: Me gusta llamarte Edward.

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Tres días después:

De: Edward Cullen

Para: Isabella Swan

Fecha: 19 de enero de 2014 15:59

Asunto: Rumbo a casa.

Estimada Isabella:

Cuando recibas este mail, espero que Anne y tú estén durmiendo plácidamente y no, disfrutando de las «pijamadas de chicas» que hicieron a mediados de semana en época de colegio y Ballet.

Estoy haciendo la fila para abordar al avión, serán unas interminables 15 horas, estoy ansioso por verlas.

Quisiera decirte tantas cosas, pero es extraño, me he quedado sin palabras… Isabella, conocerte ha sido… Creo que prefiero decírtelo en persona.

Edward.

20 de enero de 2014

Faltaban veinte minutos para las cinco de la tarde, cuando al avión que traía a Edward de vuelta a casa, tocó suelo parisino. Impaciente esperó que la aeronave se estacionara en la losa y, en cuanto el aviso de soltar los cinturones se apagó, saltó del asiento. Necesitaba retirar sus maletas lo más rápido posible, le había prometido a Bella que jamás volvería a perderse una presentación de Marie Anne y estaba con el tiempo justo, la invitación era a las siete.

A grandes zancadas salió del avión y caminó entre los pasajeros hasta el área de equipaje, donde impaciente corroboraba la hora cada dos segundos. Mientras contemplaba la cinta transportadora, el mail que Bella le había escrito hace una semana vino a su cabeza. Sonrió sin ganas, menuda reprimenda se llevó de parte de ella por no haber asistido al anterior show de Anne.

No quiso preguntar quién lo delató de su horrible falta, si Anne o Alice, sólo se limitó a jurar que no volvería a pasar. Su cambio de actitud no tenía que ser exclusivo para con Bella o el mundo exterior, sino que por sobre todas las personas, para su pequeña hija; aunque dejar caer su fría máscara, le retorciera el alma. Ya no bastaba que estuviese para ella de manera económica y presencial, también debía estarlo de manera emocional, volver a ser el padre tierno que alguna vez fue, o en el que se convertía protegido por la penumbra de la noche, cuando contemplaba dormir a su hija.

Por esa razón, a pesar que el regaño no le hizo ninguna gracia, aceptó su error con un seco: «Ahí estaré». Por otra parte, debía admitir que, la vehemencia con que Isabella lo enfrentaba y demostraba preocuparse por su pequeña, le encantaba; era una inyección de oxígeno para sus oprimidos pulmones, Bella parecía amar a Marie Anne.

Pero ese hecho no menor, no implicaba que ese amor se extendiera para él.

Edward sabía que debía conquistarla con pruebas concretas, demostrar que era un hombre en el que se podía confiar y este, sería el primer paso. Cumpliría su promesa, lo último que deseaba era destruir la complicidad que entre ellos se había creado, como tampoco quería que ella otra vez lo llamara señor Cullen. Cada vez que escuchaba su nombre pronunciado por la dulce cadencia de su voz, sentía que poco a poco, iba disminuyendo ese enrome hueco de dolor, que hace muchos años habitaba en su corazón. Por su parte, también disfrutaba llamándola, Bella, como también que las formalidades entre ambos hayan quedado atrás.

Se montó en un taxi, suplicando que no hubiese demasiado tráfico, si la suerte estaba de su lado, en veinticinco minutos estaría traspasando los portones de su casa.

Diez minutos para las seis de la tarde, el taxi se estacionó en la puerta del número 11 del Boulevard Jean Mermoz, Edward pagó sin esperar el cambio y se bajó del vehículo apremiando al hombre para que lo ayudara con sus maletas. Corriendo subió las escalinatas del hall de entrada, al mismo tiempo que Claire y Rachel salían a su encuentro.

—¡Bienvenido, señor Cullen! —saludaron al unísono ambas mujeres, sorprendidas que, después de quince días de ausencia, vieran de su jefe nada más que su esbelta y alta figura en una loca carrera.

—¡Gracias! —gritó pasándolas y enfilando escaleras arriba.

—¡¿Podemos ayudarlo en algo, señor?! —alcanzó a preguntar Claire, antes de que Edward desapareciera en el rellano que llevaba al segundo piso.

—¡Mi equipaje, por favor! —Se oyó a lo lejos.

Claire y Rachel se miraron como si en los ojos de la otra, estuviera la respuesta para el extraño comportamiento de Edward. Jamás, en el año y medio que llevaban trabajando para él, lo habían visto perder la seriedad y la compostura, mucho menos, correr por la casa cual adolescente y por sobre todas las cosas, no interrogarlas cual agente de la interpol, de todo lo que había pasado en su ausencia con respecto a Marie Anne y la niñera.

—No digas nada —advirtió Claire, cuando vio que Rachel iba a abrir la boca y se limitó a recibir las maletas de Edward del impaciente taxista, que esperaba en la puerta.

Después de todo, ¿qué podría decir que no fuera evidente? Ellas eran testigos, el lúgubre aire de la mansión, había cambiado desde que en ella vivía Isabella Swan.

La loca carrera de Edward continuó dentro de su habitación. Se duchó y afeitó en tiempo record y se vistió de manera sencilla, pero adecuada, unos toques de perfume y ya estaba listo —al menos en apariencia— para el esperado reencuentro con su hija e Isabella.

Intentando contener su ansiedad, que lo haría rebasar el límite permitido de velocidad, se montó en el Volvo y como un bólido salió de su casa internándose en las calles de Neuilly sur Seine.

Mientras conducía, sus reflexiones iban centradas en el increíble torbellino de sentimientos que llevaba experimentando, desde que Isabella entró en su vida. Desde el terror que sintió por ella en cuanto la vio, la indigna necesidad de usar sus servicios como niñera para luego despedirla en cuanto llegara a París, a los locos deseos de conocerla, reír junto a ella, de poseerla en cuerpo y alma; primordiales deseos que aceleraban su corazón, al punto de creía que iba a explotar dentro de su pecho.

Necesitaba comprobar con sus propios ojos, que la complicidad compartida en cada uno de sus mails, no era producto de su imaginación o del desesperado anhelo de conquistarla. Sólo esperaba que el viejo Edward no lo traicionara, sobre todo después de añorarla tanto; tenerla en frente sería una circunstancia abismalmente diferente.

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—Bella, mi papi va a llegar, ¿verdad? —preguntó Marie Anne con sus ojitos muy abiertos observando todo lo que sucedía a su alrededor, tras bambalinas del teatro del colegio.

La gran mayoría de sus compañeras del curso de Ballet, estaban acompañadas por al menos uno de sus padres y su corazón, latía acongojado ante el miedo que le provocaba que Edward no apareciera. Los papás parecían compartir una amena conversación y las madres, ajustaban los últimos detalles de los trajes y peinados así mismo como lo hacía Bella. Anne se había negado en rotundo que la ayudara Alice, mucho menos su abuela.

—Por supuesto, cariño —Bella aseguró con vehemencia ajustando las últimas horquillas de su moño—. ¡Listo! ¡Estás hermosa! —alabó tomando una de las manitos de Anne y la hizo girar en el lugar, inspeccionando que el atuendo estuviese perfecto.

El tutú repolludo y erguido, con aplicaciones de cristales que ella misma se había tomado el tiempo de coser, la malla alba y sin arrugas, las manguitas de mariposa, etéreas.

—No estés nerviosa, Annie. Ya verás cómo lo sorprenderemos —cómplice le susurró a Anne y le guiñó un ojo ganándose una mirada envenenada de mademoiselle Valcuort, quien deambulaba entre sus alumnas impartiendo instrucciones finales; ponzoñoso mirar que Isabella ignoró.

El primer encuentro con Heidi Valcourt fue por lejos agradable. La maestra de danza, tomó como insulto personal el pedido de la joven bailarina le hizo, el lunes siguiente de la partida de Edward. Lo mínimo que escuchó cuando fue a por Annie al colegio —después de pasar la mañana practicando Pole Dance con sus amigos—, fue que era una descarada por solicitarle la coreografía y la música del recital, además de las odiosas comparaciones con Edward, aludiendo a que Bella era tan mal educada como el padre.

Ni siquiera se detuvo un minuto a cuestionarla. Bella ya estaba enterada que la mujer era una de las principales involucradas en la suspensión de Anne, después de la pelea con Kim Newton, hecho que la llevó a concluir que la última entrevista con Edward no había sido agradable. No obstante, las pesadeces gratuitas por parte de Heidi, habían valido la pena.

Desde ese día habían practicado todas las noches y, aunque Bella llegaba exhausta de sus propios ensayos ―luchaba por obtener el papel principal en «El lago de los cisnes»―, todo el dolor, el cansancio físico y mental, rindieron frutos. Anne había mejorado su técnica, además de verse considerablemente más contenta, al tener como objetivo darle una sorpresa a su padre. Las monstruosas travesuras que Edward y Alice intentaron esconderle y, que esperó con temor, jamás ocurrieron.

Ese fue uno de los alicientes que la llevaron a enfrentar a Edward, cuando una de las tardes una triste Anne, se negaba a ensayar porque su padre no había asistido a su anterior recital.

«Edward», suspiró y musitó en la mente, como si alguien fuese a escuchar el anhelo con que pronunciaba su nombre, y su mirada se perdió en los cristales del tutú que noche a noche, empeñada en que Anne destacara entre sus compañeritas, se dedicó a bordar.

Él llegaría a tiempo, lo había prometido y Bella, confiaba en el Edward que conoció gracias a los mails.

Tierno, suspicaz y divertido, eran algunas de las cualidades, que descubrió en cada una de sus letras; contradictoras talantes de su carácter, que por lo general era engreído y vil. Su relación había cambiado tanto, no era perfecta, pero Bella disfrutaba de lo que juntos habían creado. Aun existían los tiras y afloja, de hecho estaba segura que sus pequeñas batallas jamás terminarían y por extraño que pareciera, le brindaban satisfacción.

Así fue como día tras día, Isabella se descubrió despertando más temprano ansiosa por leer la respuesta de Edward, por conocer una parte más de este hombre que le parecía tan complicado como enigmático. Sin vislumbrarlo, los mails se convirtieron en el motor de su día y, muchas veces mientras preparaba su audición para obtener el papel de Odette, se encontró fantaseado sobre lo que Edward le había contado, incluso en algunas ocasiones podía verse con él y Anne paseando por París.

Edward poco a poco fue entregándole pistas, que le hacían completar el puzle que Bella se propuso resolver desde que lo conoció y, de alguna manera, se sentía especial por eso, convencida de que pocas personas en la vida del joven padre tenían ese privilegio.

Y lo admiró aún más. Como retribución, ella no solo le contó sobre sus lugares preferidos de Las Vegas, también le regaló pasajes de su vida. Le gustaba que Edward conociera una parte de ella, aunque ese afán le haya significado una buena reprimenda por parte de su madre, por los datos omitidos sobre su jefe y por su soez comportamiento para con él.

—¡Mira Carlisle, nuestra princesita está hermosa! —exclamó Esme explotando la ensoñación de Bella, que recordaba los regaños Renée―. ¿Necesitas ayuda, Isabella? ―ofreció acariciando el infantil rostro de su nieta.

—Buenas noches, señora Cullen ―saludó dedicándole una suave sonrisa―. Estamos bien, gracias ―aseguró mirando al hombre de mediana edad que llevaba del brazo a Esme y quien supuso, por el parecido y la ilegal belleza, era el padre Edward.

―¡Abu! ―chilló Anne saltando a los brazos de su abuelo, dándole a Bella la respuesta―. ¡Viniste! ¿Y tus pacientes? ―inquirió adorable y frunciendo el ceño al igual que lo hacía su padre.

―No me perdería verte bailar, por nada de mundo ―aseguró Carlisle besando la frente de Marie Anne, clavó sus ojos azules en la bailarina y agregó―: Y esta muchacha tan linda, no puede ser otra que la famosa Isabella Swan. Carlisle Cullen, gusto en conocerte al fin.

―Señor Cullen.

Bella correspondió el saludo con una educada venia, conteniendo las ganas de preguntar a que se debía lo «famosa», ya que imaginaba que nada bueno sobre de ella había salido de la boca de Esme, aunque su fallida relación tuviese una tregua.

La noche después de su paseo a la Galería Lafayette, la madre de Edward la sorprendió con una llamada telefónica, en la cual se disculpaba por su duro comportamiento para con ella. Bella sin pensarlo la exoneró de su falta, aunque no creyó una palabra de su peculiar discurso.

Estuvo en lo cierto.

Esme Cullen intentaba disimular lo mejor posible el desdén que le provocaba la muchacha, a la que consideraba usurpaba el lugar que por derecho le correspondía; si se retractó, fue exclusivamente para no tener más problemas con Edward, al sospechar que Bella después de desafiarla, correría a contarle el enfrentamiento entre ellas.

No había nada más que mortificara en el mundo a Esme, que el frío comportamiento de Edward hacia ella, además de sus constantes peleas; tal vez había una sola cosa y esa, era que Carlisle adulara a otras mujeres. Su celosa naturaleza, la mayoría de las veces gobernaba su espíritu y ahora su marido, le había dado una razón más para detestar a Isabella Swan.

Las uñas clavadas en el antebrazo de Carlisle Cullen, fueron la silenciosa alarma. Ni una amabilidad más, debía ser dedicada a la linda muchacha que con sus profundos ojos castaños lo observaba, sino le iría mal. Contuvo una exhalación, preguntándose cuando sería el día en que Esme no lo celara, estaba harto de sus escenas, sobre todo porque no tenían ningún asidero; la niñera de Marie Anne podría ser su hija.

―Bueno ―Carlisle carraspeó incómodo, dejó a Anne en el piso y para dejar feliz a Esme agregó―: Aunque parece que tú… ―tocó la nariz de la pequeña con el dedo índice―, eres mucho más famosa, ¡han venido a verte muchos admiradores!

«Demasiados», Bella pensó atribulada. El grupo completo de amigos cerró filas para ver a Anne y, aunque estaba feliz de la que niña recibiera tanta atención, a la vez le mortificaba al evocar lo aprensivo y controlador que era Edward. Nerviosa mordió su labio inferior, ¿qué opinaría él de todo esto?

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—Buenas tardes, señor Cullen —saludó Paul, que esperaba por él en el estacionamiento del colegio—. ¿Tuvo buen viaje?

—Ha habido peores —dijo Edward llegando hasta él y se dieron un buen apretón de manos―. ¿Todo bien?

―Todo, señor. Marie Anne y Bell… ―Edward alzó su ceja derecha, silenciosa advertencia al oír como el chofer había llamado a Bella, y Paul de inmediato corrigió―: … y la señorita Swan, están en el teatro. Su hermana y sus padres llegaron hace quince minutos.

Edward no se molestó en contener la mueca de desagrado a la mención de sus padres, para él no era una sorpresa su presencia, la daba por hecho, empero le era inevitable; aún permanecían arraigados en su corazón, pasados sentimientos de repulsión hacia ellos. Suspiró pesado lamentando la ausencia de Eleazar y Kate, si ellos no se hubiesen excusado por un inconveniente personal, el encuentro con Carlisle y Esme hubiese sido más llevadero.

«¡Y qué decir con Bella!», pensó nervioso dándose cuenta que a pesar de todo lo que deseaba verla, no estaba ni remotamente preparado para enfrentarla, mucho menos, mostrar sus intenciones para con ella delante de su familia.

De pronto se sintió inseguro de su decisión, tanto como no quería claudicar y, como prueba fehaciente de sus intenciones, la única rosa roja que orgullosa destacaba entre todas las blancas que conformaban el arreglo para su hija, que Paul sacaba de dentro de la limusina.

«No seas marica, Cullen ―se regañó e inspiró profundo―. Importa un carajo quien presencie tus pobres intentos de seducción», estaba aterrorizado, pero no daría pie atrás.

—Gracias por la ayuda —dijo mirando el ramo que el chofer sostenía en sus manos, con los ojos clavados en la solitaria rosa que era para Isabella Swan―. Entrégamelas cuando termine la presentación.

Paul asintió.

—¿Vamos? —invitó al chofer a entrar con él y, a grandes zancadas, ambos hombres caminaron hacia el interior del antiguo colegio.

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Bella no alcanzó a reflexionar sus temores, con respecto a la reacción de Edward para la presencia de todos sus amigos, porque unos pasos fuertes y decididos hicieron eco por el pasillo. Su corazón, que ya palpitaba impaciente dentro de su pecho, se disparó. Aunque pocas veces había tenido el privilegio de oírlo, en cualquier parte reconocería ese elegante y resuelto caminar.

—Edward…—susurró su nombre, arreglando de manera inconsciente las inexistentes arrugas de su vestido azul marino, al mismo tiempo, que aparecía la alta y masculina humanidad del joven tras bambalinas.

Bella contuvo una exhalación.

Era ilegal tener ese garbo y esa magnética presencia. ¿Cómo vistiendo como un simple chico y llevando el cabello apuntando en todas direcciones podía asemejarse a un príncipe azul? Los verdes ojos de Edward se clavaron en ella y felinos la examinaron de los pies a la cabeza, Bella se estremeció, pero lo que terminó de desarmarla, fue la tímida y linda sonrisa que adornó su rostro de dios, que arreboló sus mejillas.

Sus miradas se encontraron, verde con chocolate, expresando la felicidad del esperado reencuentro sin necesidad de decir palabra, así permanecieron unos segundos, hasta que los gritos de alegría de Marie Anne rompieron el hechizo.

—¡Papi! —llamó la pequeña a Edward, sintiendo como sus infantiles y justificadas aprensiones se desvanecían, dando rienda suelta a la alegría que sentía en su corazón—. ¡Papi! —dijo otra vez y se fue corriendo hacia él.

«Mi pequeña», pensó Edward, sintiendo como el vacío que taladró su pecho por dos semanas, se cerraba por cada paso que acortaba la distancia entre ellos.

Sus acostumbradas represiones amenazaron con gobernar el reencuentro, quiso envararse en el lugar, esperar a que el pequeño cuerpo de su hija colisionara con el suyo y lo abrazara por las piernas, como era su costumbre; sin embargo, luchó. Si quería recuperar su vida, debía comenzar enterrando su frívolo actuar. Así fue que mientras la bestia rugía y arañaba por salir a la luz, Edward, aunque aterrorizado, la ignoró atreviéndose a dar el primer paso: abrió los brazos para Anne, invitándola para que se arrojara en ellos. Con delicadeza la atrapó en el aire y de inmediato le apretó contra su pecho.

—¡Te extrañé mucho, papi! —dijo Annie, rodeándole el cuello con sus bracitos y besando su mejilla.

Edward inhaló el perfume de bebé del dorado cabello y conteniendo las intensas emociones que lo embargaban susurró—: Yo también, mi pequeña. Mucho…

—¿Me trajiste muchos regalos? ―emocionada curioseó la pequeña traviesa, colgándose del cuello para mirarlo a los ojos.

Edward frunció el ceño, escondió su sonrisa y con fingida seriedad preguntó—: Hmm, regalos… ―reflexionó unos segundos―. ¿Te portaste cómo prometiste?

—¡Muy bien! ―Anne dio saltitos en los brazos de su padre.

―¿Segura? ―Edward alzó una de sus pobladas cejas.

―¡¿Cierto Bella que me porté muy bien?! ―Annie llamó a Isabella por ayuda, pero está no contestó, parecía inmersa en sus pensamientos.

―¿Señorita Swan? ―Edward alzó la voz y la llamó en tonó juguetón.

―Eh…―las mejillas de Bella se encendieron al mismo tiempo que mortificada, pensó, «¡demonios!, que no se dé cuenta que los estaba mirando como boba, por favor»

―Anne le hizo una pregunta ―insistió Edward.

Bella abrió sus labios para explicar quién sabe qué, ya que estaba tan deslumbrada mirando la escena padre-hija, que no escuchó una palabra que le decían. No llegó a responder, Esme Cullen interrumpió la conversación, sorprendida ―y no de grata manera― que su hijo y la nueva niñera, parecieran tener su propio e íntimo mundo.

—¡Edward! ¡Amor mío! —exclamó sin contener la emoción que la embargaba, soltó el brazo de Carlisle, acortó la distancia que los separaba y se abalanzó en los brazos de su hijo para llenarlo de besos.

—Esme…—Edward, adusto correspondió el saludo y los besos, e hizo un paso hacia atrás para deshacerse del abrazo.

―¡Cariño estoy tan feliz que hayas vuelto! ―insistió la mujer tranzando la línea de su masculina mandíbula, luego acarició una de las mejillas afeitadas con pulcritud.

Edward dio un nuevo paso hacia atrás.

―«Estamos» felices que hayas vuelto ―Carlisle se unió a la escena familiar corrigiendo a su mujer, quien acostumbraba a no incluirlo en los sentimientos que tenían que ver con su primogénito―. Bienvenido, hijo ―le dio a Edward y rápido, pero afectuoso abrazo.

―Gracias, papá. También estoy feliz, ansiaba volver a casa ―Edward admitió sonriéndole a su padre, a la vez que sus ojos, fugaces se posaban en la linda bailarina que, prudente, les daba espacio esperando a un par de metros de ellos.

Aquel gesto no pasó inadvertido para Carlisle Cullen, como tampoco lo fue el reencuentro de Edward con Marie Anne; algo o alguien, de sutil manera estaba haciendo cambiar a su hijo, sin embargo, no quiso hacer conjeturas de ningún tipo, consciente de que él, hace años había renunciado a cualquier tipo de amor.

«Sería maravilloso —pensó sintiendo como la culpa atacaba su conciencia y se preguntó por millonésima vez, cómo sería la vida de Edward, si hace siete años hubiese hecho lo que dictaba su corazón y no actuado, como un hombre gobernado—. Como un maldito cobarde.»

―¡Atención! ―llamó mademoiselle Valcourt, golpeando sus palmas―. La función está a punto de comenzar. Papás, mamás, por favor diríjanse a sus asientos.

―Deslúmbranos, princesa ―dijo Carlisle tocando con el dedo índice la nariz de su nieta y le guiñó un ojo.

Anne le regaló una sonrisa.

―¡De aquí a Prima Ballerina! ―canturreó Esme feliz de tener otra bailarina en la familia y besó la mejilla de la niña―. ¿Vamos cariño? ―ordenó colgándose del brazo de Edward, incitándolo a que soltara a Anne y se dirigieran al anfiteatro.

―Vayan ustedes, yo iré de inmediato.

La voz de Edward sonó gélida, ni siquiera se molestó en controlar su desdén para el postulado de Esme. Jamás permitiría que su madre se inmiscuyera en el futuro de hija, así como lo hizo con él. Reacomodó a Anne en sus brazos, impaciente porque sus padres desaparecieran y así, poder estar de una vez por todas a solas con Isabella.

―Pero…

―Esme, no presiones —advirtió Carlisle, queriendo evitar el eventual enfrentamiento entre ella y Edward.

La mujer suspiró disconforme, quiso renegar, pero se contuvo, consciente de que no era momento para exponer sus opiniones y lo más importante, no enfurecer a Edward que, si bien no fue cariñoso, al menos se comportó bastante amable. Frustrada tomó el brazo que su marido le ofrecía y, en un tenso silencio, salieron de tras bambalinas.

Las miradas de Edward y Bella se encontraron, un par de pasos y estuvieron frente a frente, cada uno con una sonrisa en los labios.

―Hola ―dijeron al mismo tiempo, sin saber que decir, sintiéndose como un par de adolescentes. Ahora que estaban cara a cara, ya no era tan fácil hablar como lo hacían hace un día, y con miles de kilómetros de distancia entre ellos.

—Creí que no llegaría…

—¿Cansado?

De nuevo hablaron a unísono, lo que provocó tímidas risas y un nuevo silencio, que Edward aprovechó para contemplar sin reparo la belleza de Bella, al mismo tiempo que ella pensaba, «¡vamos, di algo inteligente! ¿Qué demonios te pasa, Isabella Swan? ¡¿Tenerlo enfrente te ha consumido las neuronas?!»

Ambos volvieron a abrir la boca en conjunto, pero no llegaron a articular nada, porque Anne sorprendió a Edward diciendo―: ¡Papi, Bella le coció cristales a mi tutú!

—¿Qué? —Edward cuestionó sin comprender a que se refería su hija, y sus ojos viajaron hacia las capas de tul y muselina adornadas con pequeños brillantes, frunció el ceño, volvió a mirar a Anne e incrédulo soltó—: ¿En serio?

Sip —asintió la pequeña con frenesí.

Edward boqueó como un pez fuera del agua un par de veces, conmovido ante las desinteresadas muestras de cariño de Isabella; el nudo que se formó en su garganta no permitiría que su voz saliera con claridad. Carraspeó incómodo, intentando ahuyentar la angustia que oprimía sus cuerdas vocales y con esfuerzo musitó—: Gracias.

Estaba sin palabras, sin embargo éstas, enardecidas gritaban en su cabeza advirtiéndole que no lo fuera arruinar, que este hermoso y desinteresado acto, probaba que la decisión de conquistar a la muchacha era la correcta; ni siquiera Alice, había hecho algo tan lindo por Anne.

―De nada. —Bella se encogió de hombros restándole importancia al hecho, lo haría mil veces más, así como Renée también lo hizo por ella. Anne le había robado el corazón—. Además, te lo ganaste —tocó la nariz de la pequeña, desesperada por arrancar de la mirada de Edward, que la contemplaba con aquellos arrebatadores ojos, con un ardiente e hipnótico brillo.

—¡Cero travesuras! ¡Te lo dije papi!

Edward rio completamente derretido ante el excesivo entusiasmo y, además consciente de un importante hecho: Era la primera vez que no asociaba la adorable personalidad de su hija con Lili, sólo era su pequeña Anne.

Sintió su alma más liviana, el peso de cargar tantos escudos, poco a poco se comenzaba a desvanecer.

―Y para que fueras la más linda —acotó Bella y le guiñó un ojo en complicidad.

Un nuevo llamado de Heidi, invitando a los padres restantes a retirarse llegó a sus oídos. Edward de reojo le dio una mirada envenenada, bajó a Anne de sus brazos, se agachó a su altura y susurró―: Ve pequeña ―y con algo de esfuerzo besó su mejilla.

Pasaría algún tiempo, hasta sentirse cómodo con las abiertas demostraciones de amor.

―Recuerda, Annie ―dijo Bella con solemnidad―. La cabeza siempre en alto, los bailarines antes bailaban para los reyes ―y besó el tope de su cabeza.

Marie Anne sonrió dejando ver el diente que le faltaba y se fue corriendo, donde comenzaban a formase sus compañeritas.

―¿Qué fue eso? ―el joven padre preguntó, intrigado por la frase.

―Ya lo verás, es una sorpresa…

Bella sonrió suficiente y Edward la contempló fascinado, adivinado en un cien por ciento, en qué consistía la sorpresa. Hecho no menor, que le ayudaba a espantar sus miedos y volver a reafirmar sus intenciones que, constantemente, amenazaban con claudicar.

―Después de usted, señorita Swan ―dijo galante invitándola a avanzar y con delicadeza posó, una de sus grandes manos en la espalda baja de Bella y sin retirarla, los guio hacia la salida.

Bella sintió que se le enrojecieron hasta las orejas, reflejo involuntario que comenzaba a aborrecer con el alma, ¿qué le estaba sucediendo? ¡Sólo era Edward! El idiota, tierno, engreído, divertido y vil de Edward Cullen. ¿Cómo era posible que el hombre que consideraba su némesis, con un simple toque y una linda sonrisa la desarmara por completo? ¿Qué estaba pasando con su voluntad? Y lo más alarmante… ¿Riley?

«¡Dios, Riley! ¡Debes contarle que está él y todos tus amigos!», le advirtió su conciencia, pero no se sintió capaz.

Estaba abrumada, hechizada, no tenía palabras ni respuestas, solo la certeza de la masculina presencia de Edward, su perfume y el calor que aquella mano emanaba, traspasaba su ropa y quemaba de manera deliciosa su piel; la demoledora energía que parecía envolverlos y crepitar entre ellos, corriente eléctrica que tampoco era ajena para Edward.

Él por su parte, luchaba con la tonta sonrisa que tiraba de la comisura de sus labios, Bella le permitía tocarla por más tiempo del que hubiese imaginado y no parecía querer deshacerse del contacto; su caballerosa invitación la había hecho sonrojar. Quería decirle miles de cosas, agradecer hasta el cansancio por Anne, lo contento que estaba de verlas, pero se sentía como un crio y no se animaba a partir por ninguna, cada vez que abría la boca para hablar, la cerraba de inmediato y fruncía el ceño disconforme con el tema elegido.

El silencio que reinaba entre ellos era cómodo como también exasperante, silencio que Edward no llegó a quebrar por culpa del torbellino que se arrojó en sus brazos: Alice.

―¡Hermanito! ―exclamó abrazándolo por la cintura.

Bella contempló como Edward rodeó a su amiga con sus largos brazos, apoyó su mejilla en el tope de su cabeza, cerró los ojos y así permanecieron por un momento, expresando miles de sentimientos que no son necesarios decir con palabras. Era un abrazo, por lejos distinto al que le había dado a Esme.

―Venía a por ustedes ―informó Alice separándose de Edward y encarándolos con una sonrisa―. No creo que pueda guardar por más tiempo sus puestos, algunos padres están dispuestos a matar por la primera fila.

―Pero, Alice… Si tú estás aquí, ¿quién cuida…?

―Tengo a alguien…

Lo cortó la pequeña Cullen y Edward no quiso insistir suponiendo que era Jasper, a sabiendas que, no saldría nada agradable de su boca. La ola de celos que lo atacaba, cada vez que recordaba que Alice tenía novio, era incontrolable.

El trio caminó junto a los otros padres los pocos metros que les quedaban para entrar a la sala, Edward lamentado haber perdido el contacto con Isabella y ella, agradecida de la presencia de su amiga; ésta trajo aire para sus pulmones.

Por otro lado, los pensamientos de Alice eran positivos y efervescentes. Estaba loca por mirar a la pareja y así poder analizar el magnetismo que los rodeaba, como Edward guiaba a Isabella como si fueran dos imanes, quería saber cómo había sido su reencuentro y por qué razón demoraban en aparecer, no obstante, se contuvo, consciente de que cualquier intento de entrometerse desalentaría a Edward y enojaría a Bella.

El anfiteatro era un hervidero de padres ansiosos, con algo de esfuerzo, Alice guio al par hasta las butacas centrales de la primera fila, donde, para sorpresa de Edward, no solo los esperaban Carlisle, Esme y Jasper, sino que, nada más y nada menos que Jacob Black.

—Jasper —saludó al novio de su hermana intentando sonar educado y apretó los dientes, para contener la furia que amenazaba con hacerlo explotar.

Quería regañar a Bella por la presencia de Jacob, empero inhaló profundo para intentar calmarse y no arruinar lo bien que se estaba comportando, acto inútil, el aire quedó atascado en su garganta al hacer una revisión rápida del entorno y percatarse que, no solo estaba presente el afeminado amigo de la bailarina. Detrás de los que supuso eran sus puestos, estaba su aborrecido rival Mister Tutú y junto a él, un chico rubio que vio en las fotos que Alice le envió el día que visitaron Disney.

Contrajo fuertemente los puños para canalizar su ira.

―¡Ojos verdes! ―canturreó Jacob, feliz de la vida y de un salto se puso de pie para saludarlo al mismo tiempo que Alice, se sentaba junto a Jasper―. ¡Dichosos mis ojos que ven tu sexy humanidad!

―Señor Black ―Edward saludó ceñudo y se envaró en el puesto cuando Jake, coqueto y sin vergüenza, le plantó un sonoro beso en cada una de sus mejillas.

―Jake, por favor, no lo abrumes ―regañó Bella murmurando, para que solo ellos escucharan.

―Oh, nada de eso, amore mío. Créeme, aunque «ojos verdes» no lo sepa, me terminará amando ―Jake contestó de la misma forma y de un ágil salto, se pasó hacia la butaca de atrás y se sentó al lado del rubio de finas facciones.

―No más que yo, cariño ―corrigió Demetri, tomó la mano de Jake y entrelazó sus dedos, gesto territorial, estaba algo celoso, aunque tenía que reconocer que su alocado novio tenía razón, el hermano de Alice estaba de infarto.

Bella vio como Edward rio de mala gana y como sus ojos, letales, se clavaron en sus amigos. Cuando abrió sus labios, previó que de ellos no saldría ninguna palabra amable, entonces lo detuvo tomándolo con suavidad del brazo y susurrando lo llamó:

―Ni se te ocurra, Edward Cullen ―advirtió y los verdes ojos del furibundo joven, se posaron en ella―. Están aquí porque quieren a Anne.

Seis míseras palabras, sumadas a la pasión que irradiaban los ojos castaños de Isabella, lo desarmaron.

Edward dejó escapar todo el aire de sus pulmones y rendido, asintió al pedido, regañándose mentalmente por haber estado a punto de sucumbir a sus primitivos instintos. La rabia que lo poseyó por un momento, fue más fuerte que su voluntad. Conocer a Riley justo el día que anhelaba como un loco reencontrase con Bella, le nubló el pensamiento y Jacob, hubiese pagado injustamente por sus incontrolables celos; el chico no tenía la culpa que él, hubiese elegido a una mujer con novio para volver a enamorarse.

Lo cierto es que el Jacob no le caía del todo mal, aunque le era extraño recibir piropos de manera abierta de parte de un hombre.

«Tampoco debes olvidar que Anne lo adora». —Le recordó la voz de su conciencia―. «Y viceversa», le respondió celoso y de mala gana.

Su mirada, asesina, volvió a posarse sobre el trio que curioso lo examinaba, pero principalmente sobre el individuo que le generaba irracional odio, hombre que, por supuesto no era Jack Black como Bella creía. La guerra recién comenzaba, verde radioactivo contra pardo furioso, porque Riley también lo fulminaba con la mirada, como si necesitara que Edward desapareciera de la faz de la tierra.

«Marica listo», pensó Edward, al darse cuenta que Mister Tutú, adivinaba sus intenciones para con su novia. Aunque no le daría tanto crédito. Si Edward tuviera la dicha que Isabella fuese suya, no actuaría tan sumiso como él, mientras otro hombre, con descaro la devora con la mirada.

Aprovechando la tranquilidad de Riley, pero asumiendo que de todos modos este le daría pelea, Edward permitió que el cínico que lo había gobernado todos estos años lo poseyera, escondió una sonrisa canalla, saludó a los chicos con un asentimiento y luego, galante se dirigió a Bella:

―¿Nos sentamos? ―y con un ademán de su mano la invitó a tomar asiento junto a él.

Una vez que estuvieron en sus puestos, pasó el brazo izquierdo por sobre el respaldo de Bella y lo dejó ahí, como si fuera un acto familiar entre ellos. De reojo miró a Riley, lo desafió con la mirada e infantil pensó, «ahora yo estoy con ella, quédate con la vieja fea de tu derecha, estúpido marica».

Riley enterró las yemas de los dedos en los brazos de la butaca, en un pobre intento de frenar la rabia que lo gobernaba comenzando a lamentar que, se haya cumplido el plazo de las dos eternas semanas ―como tanto deseó que pasara― para al fin poder pasar tiempo a solas con Bella.

Ahora no sabía que era peor.

Su carácter amable y complaciente blandía una batalla a muerte en su interior. Un bando le decía que todo estaría bien, que no había nada que temer, Bella era su chica y aquel tipo por muy impresionante que fuera, no era más que su jefe. El otro, el más fuerte y ponzoñoso, bramaba lo que desde un principio vaticinó gracias a las extrañas reglas del trabajo de Bella y, acababa de presenciar: Edward Cullen miraba a su novia como si quisiera poseerle el alma.

Bella se movía y él se ajustaba a ella como si fueran dos piezas de un rompecabezas, contemplaba su rostro de muñeca como un ciego que por primera vez ve el sol y, cuando ella no se daba cuenta, recorría su cuerpo y sus largas piernas enfundadas en unas transparentes medias, como si quisiera a quedarse a vivir entre ellas.

No podía engañarse y mantenerse sumiso, esos ojos verdes llenos de fuego desafiándolo eran la prueba, Edward sería para Riley mucho más un simple dolor de cabeza.

«¡Dale algo de crédito a Bella!», se regañó, al darse cuenta que sus celos estaban nublando su comedido espíritu, permitiendo que manipularan sus inseguridades y no, pensando en los sentimientos que ella le profesaba. Bella era «su» novia, no del hombre que la cortejaba con descaro, sin que ella pareciera percatarse de ello.

El telón se abrió, las luces bajaron y el teatro se inundó de aplausos, la madre superiora salió al escenario, le dio la bienvenida a los presentes y comenzó a explicar el programa de la noche. Palabras vacías para Riley, nada de lo que dijera Athenedora era relevante para él y por lo visto, mucho menos para Edward, quien se reacomodó en el asiento para quedar más cerca de su novia y susurrarle al oído:

―¿Bella?

Riley observó cómo Isabella giró la cabeza para enfrentar a su jefe, sus caras quedaron tan cerca que estaba seguro, chocaban sus alientos.

―¿Sí? ―Bella preguntó inocente, sin inmutarse o incomodarse por la extrema cercanía.

«¡Maldito!», rugió Riley en su interior, al ver como Edward nuevamente la miraba como si quisiera fundirse en ella y convertirse en su segunda piel.

―Gracias… ―dijo él, sin despegar la mirada de los sonrosados labios de su chica.

Bella le sonrió tímida, Edward también lo hizo, pero la de él era amplia, mostraba sus blancos y alineados dientes, claramente, una sonrisa patentada y con intención de deslumbrar. Ambos se contemplaron pareciendo compartir un significativo e íntimo secreto.

Para Riley fue imposible tolerar un segundo más lo que sus ojos veían, la sangre hirvió en sus venas y en un acto infantil e irreflexivo, extendió sus cuatro extremidades con desparpajo —para simular que se estaba estirando— y propinó una patada en el respaldo de Edward.

―Riley, ¡puedes quedarte quieto! ―lo regañó Jake, quien también recibió un guantazo, no quería ser interrumpido, ansioso esperaba por la actuación de Marie Anne.

―Perdón —Riley se disculpó sin una pizca de arrepentimiento, el golpe fue tal que cumplió su objetivo: romper la burbuja en que Edward y Bella, estaban inmersos.

Jacob lo miró con cara de pocos amigos, aunque en el fondo lo comprendía; para él, tampoco pasó desapercibida la inusitada conexión de la pareja que tenían enfrente.

«Pronto, quieras o no, tendrás que hablar conmigo, Bella Swan», pensó recordando que, el magnetismo que existía entre Edward y Bella, lo percibió el primer día en que los vio juntos, sólo que ahora parecía haber aumentado mil veces más.

El golpe, el grito de Jake, más los miles de «shhh» exigiendo silencio, tensaron el cuerpo de Bella de los pies a la cabeza; la realidad cayó sobre ella como un balde de agua fría. ¿Cómo era posible que la presencia de Edward la hiciera perderse en el tiempo y el espacio? Olvidarse que, ¿su tierno novio estaba sentado detrás, observando la peligrosa cercanía con la que estaba hablando con su jefe? ¿Qué explicación le daría para convencerlo que la escena reflejaba algo que no existía, que Edward y ella sólo eran amigos?

«Porque eso es lo que somos, ¿verdad?», Bella se cuestionó confundida y discreta se reacomodó en el asiento, intentando lidiar con el cúmulo de sentimientos que azotaba su corazón o mejor dicho, continuar negando lo que a simple vista era evidente.

Edward por su parte, hizo lo que Bella no se sintió capaz de hacer. Se volteó y miró a Riley con ojos asesinos, luego una sonrisa feroz se dibujó en sus labios.

«Imbécil ―pensó sin dejar de desafiarlo―. ¿Creíste que una simple advertencia me alejaría de ella? Por más batalla que me des, juró que ganaré ésta condenada guerra», sentenció con la convicción que solo los celos pueden brindar, luego volvió a mirar hacia el escenario y, sin quitar el brazo del respaldo de Bella, ajustó su posición acortando todo lo que pudo la distancia entre él y ella, dispuesto a disfrutar de la función.

La madre superiora anunció a la clase de pre-ballet, la iluminación cambió sobre el plató y ases de luces iluminaron diferentes puntos de la boscosa escenografía, el «Vals de las Flores» se alzó por sobre el aplauso de los padres, y las pequeñas entraron en escena haciendo pequeños giros sobre su eje.

Para Edward fue imposible contener su emoción. Una amplia y boba sonrisa apareció en su cara y sintió como se le contraía el pecho al ver a Anne danzar junto a sus compañeritas; aquel dolor fue el que le recordó, porque no asistió a la presentación anterior. Tuvo miedo, terror de no poder reprimir los sentimientos que lo atacaban en ese momento ―y que mantenía a raya con bastante esfuerzo―, el deseo estrechar a su hija entre sus brazos y gritarle al mundo que ella era su vida.

Juntos habían pasado por tanto y, aunque sabía que faltaba mucho camino por recorrer, podía regocijarse de orgullo. Marie Anne, pese a que él era un padre frío y se equivocaba constantemente, se estaba convirtiendo en una preciosa damita. Se sentó en el borde de la butaca, sin tomar plena conciencia de lo que estaba haciendo.

La danza estaba coordinada a la perfección con los compases del vals y ejecutada con movimientos amplios y elegantes, en comparación al resto de las niñas que estaban convirtiendo la coreografía, en un conjunto de giros brazos y saltos propios de la edad, pero que de igual forma hacía sentir dichosos sus progenitores.

Sintió su corazón palpitar como un loco dentro de su pecho, al mismo tiempo que volvía el nudo a su garganta, al tomar conciencia que esa era la sorpresa que Anne preparó junto a Isabella. Fue inevitable, no quería perderse detalle del grácil baile de su hija, pero la necesidad de contemplar a la mujer que comenzaba a quitarle el sueño, fue más fuerte.

Miles de sentimientos bulleron en él cuando sus ojos se posaron en Bella, pero predominaron las ganas de colmarla de besos, al ver que ella también estaba sentada en la orilla del asiento y sus rosados labios, silenciosos contaban los tiempos de cada uno de los pasos que ejecutaba su hija.

El amor de tu vida, hará sonreír tu corazón…

Le aconsejó su abuela Marie Anne, días antes de morir, palabras que a los dieciocho años fue incapaz de comprender o tal vez, se negó a hacerlo cegado por el amor que sentía por Lili. Ahora, casi siete años después, comenzaban a tener sentido gracias a la fuerte mujer sentada a su lado, y que no podía dejar de admirar.

Bella sintió el poder, de los penetrantes ojos verdes de Edward sobre ella. Mordió su labio inferior ansiosa, no quería sucumbir al hipnotismo de su mirada, pero su voluntad fue débil. Sus miradas se fundieron al instante, Isabella se sumergió en los penetrantes ojos de Edward y él, sintió que ella podía leer su alma. Incómodo de revelar secretos que aún no estaba preparado para contar, Edward carraspeó fingiendo seriedad y volvió su atención, a la presentación que llegaba a su final.

Los padres estallaron en aplausos y también lo hicieron Edward y Bella que, incapaces de contener su emoción, terminaron aplaudiendo de pie.

Las pequeñas tomadas de las manos hicieron una graciosa reverencia, Marie Anne estaba exultante de felicidad, la sonrisa que adornaba los labios de su padre era maravillosa; en pocas ocasiones lo había visto así de feliz. Sin tener plena conciencia que era dicha lo que calentaba su pecho, deseó ver a Edward sonriendo para siempre.

El telón se cerró, Edward tomó la mano de Bella sin pedir permiso, entrelazó sus dedos y a grandes zancadas los dirigió tras bambalinas, mientras gran parte de la audiencia continuaba aplaudiendo.

Isabella se dejó llevar sin protestar, sabía que no debía hacerlo, que no debía permitirse compartir tan íntimo contacto con Edward, unión que por lo demás estaba reservada para Riley, pero le fue imposible dejar ir aquel delicioso magnetismo que comenzaba en la yema de sus dedos y se irradiaba por sus terminaciones nerviosas, hasta alojarse en el centro de su corazón.

Todas las alarmas se encendieron frente a semejante sensación, las ignoró, alentada por este nuevo Edward que era más cercano y atento, Edward que le ayudaría a resolver porque el antiguo era vil, reservado y misterioso.

Al llegar al pasillo que llevaba tras el escenario se les unió Paul, al igual que otros padres, y pronto la estancia se convirtió en mar de felicitaciones y abrazos.

—¡Papi! ¡Papi! —exclamaba Anne, dando saltitos de felicidad.

Edward miró su mano entrelazada con la de Isabella, preguntándose si debía dejarla ir para felicitar a Anne, pero Bella convencida en que debía brindarles espacio, fue más rápida y deshizo el enlace —reparando que de pronto su mano derecha se sintió demasiado vacía—, así el joven padre tendría la intimidad suficiente para abrazar a su hija.

Marie Anne saltó a los brazos de su padre y, de igual forma que la vez anterior, Edward la atrapó en el aire, la llevó a su pecho y enterró su rostro en el cuello de la niña.

Bella contempló por unos segundos el silencioso amor que padre e hija se profesaron, el privado intercambio de palabras, hasta que la pequeña soltó unas alegres carcajadas, que le hizo desear saber qué fue lo que él le susurró al oído, para que riera con tal alegría. Finalmente, Edward dejó un tímido beso en la frente de Marie Anne y la bajó de sus brazos, para que pudiera ser felicitada por Isabella.

La niña libró la distancia que las separaba, colisionó con el cuerpo de Bella, ella la rodeó con sus brazos y se agachó a depositar un beso el tope de la cabeza de la pequeña.

—¡Annie, Estuviste fantástica!

Canturreó Bella y Anne aun sonriente, elevó el rostro para mirar a su niñera y como siempre, sin medirse soltó—: ¡Bella, mi papi dijo que bailaba tan lindo como tú y prometió que la próxima vez iremos a verte juntos! —Risitas traviesas escaparon por sus labios y cómplice agregó—: También dijo que Kim Newton, baila como una momia electrocutada…

—¡Anne! —advirtió Edward como siempre tarde y resopló rendido, suplicando que la madre de la monstruosa cría, metros más allá abrazando a su hija, no la haya escuchado y se metieran en un nuevo lio.

Bella se unió a las infantiles risas, haciendo un esfuerzo sobrehumano porque no se arrebolaran sus mejillas y para no morderse el labio inferior, gracias a la parte que en verdad, le importaba de aquella sincera declaración.

«¿Bailo lindo? —pensó e inevitablemente mordisqueó sus labios—. ¿Será posible que la noche del estreno haya reparado en mi danzar?»

Por un instante, su mente viajó a aquella noche intentando recordar el rostro de Edward en medio del público, pero una rosa roja frente a sus ojos, la trajo de vuelta de la inútil reflexión que aceleraba su corazón.

—Para la hermosa y talentosa maestra —susurró Edward y con gesto galante le ofreció una rosa.

Bella miró la flor estupefacta, era carmesí, grande y hermosa. ¿Edward le estaba regalando un rosa con el color que simboliza el amor y la pasión? Sintió el corazón, latir en la base de su garganta.

—Gracias —musitó recibiéndola, dándose que cuenta que Anne, quien era abrazada por Paul, también había sido agasajada, pero un ramo de rosas blancas.

Llevó la rosa a su nariz para inhalar su perfume, perdiéndose en los hermosos ojos verdes del hombre, que la contemplaba con una tímida sonrisa instalada en sus labios.

«¡Dios mío! ¿Qué estás haciendo conmigo, Edward Cullen? —Las palabras gritaron en su cabeza a la vez que se regañaba sin mucha convicción—: ¡Céntrate Bella! Sólo es una rosa, sólo es el idiota de tu jefe».

Edward se sintió como un completo imbécil, ¿no podían salir palabras más inteligentes por su boca? De todo lo que deseaba decirle a la chica que tenía enfrente, como el infinito agradecimiento hacia ella por hacer feliz a Anne, ¿sólo fue capaz de articular esa horrible y cliché frase? Quiso golpearse por volver a ser aquel chico de diecisiete años, intentando conquistar a su primer amor; ahora que estaban solos, la fortaleza que le bridaron los celos se había desvanecido.

—¡Ojitos verdes! ¡Ojitos verdes! —Jacob irrumpió en la estancia desbordando emoción.

Bella siguió la voz de Jake y sus ojos no solo se encontraron con su mejor amigo, sino que también con todo el pack, más Carlisle y Esme y, en un abrir y cerrar de ojos, Anne fue envuelta entre besos y felicitaciones. Isabella, al igual como lo hizo con Edward, se retiró al pasillo para dejar a la pequeña disfrutar de su momento. Caminó abriéndose paso entre los padres que luchaban por entrar a tras bambalinas, cuando un tonificado y conocido cuerpo la apresó contra el muro, sus labios fueron atacados por un amoroso beso, el cual correspondió por inercia.

Riley sabía que sus acciones podían traer consecuencias, pero le fue imposible contenerse, lo único que rondaba en su mente era que el hermano de Alice, intentaba robarle a su novia. Necesitaba marcar su territorio, comprobar que todo estaba bien entre ellos y, aquel momento en que Edward de seguro estaría preocupado de su hija, le pareció más que perfecto.

Lo que Riley no imaginó, es que unos ojos verdes los observaban furiosos.

—¿Y esa rosa? —preguntó entre jadeos, extrañado de que Bella no lo rodeara con sus brazos, por estar sosteniendo la flor como el más preciado de los regalos.

Bella no llegó a contestar, una masculina voz a sus espaldas sentenció—: Se la regalé, yo.

La pareja se separó ipso-facto, Bella sintió sus piernas temblar y Riley se giró para enfrentar al hombre; no tenía dudas de quien se trataba.

—Edward Cullen —Edward se presentó irguiéndose en su casi metro noventa, pagado de sí mismo al comprobar que rebasaba a Mister Tutú, al menos por diez centímetros—. El papá de Marie Anne y tú, ¿eres…? —interrogó presuntuoso y enarcando una ceja.

—Riley Biers —desafió—. El novio de Bella.

«El novio de Bella», la sentencia le cayó a Edward como patada en el estómago, aunque no peor que la escena que tuvo que observar, que parecía taladrarle la mente y creía jamás poder olvidar; el maldito marica besando a «su» chica, besando «sus» labios, acariciando «su» cuerpo. Apretó la mandíbula para dominar la retahíla de pesadeces que saldrían por su boca, la más suave que se le ocurría era: «¿Novio? ¿Qué novio? La señorita Swan jamás tendría un novio marica.»

Hasta pudo oír en su mente su risa malvada y, aunque deseaba con el alma poner en problemas a Bella, su parte honorable necesitaba conquistarla por sus propios medios; tampoco podía sacar a relucir sus reglas, no era el momento, Bella ya bastante había tenido de sus instintos pendencieros.

—¡Edward, cariño, tenemos que celebrar! —Esme se colgó del brazo de su hijo desbordando felicidad, salvando a la bestia que aún rugía por abrir su boca mordaz.

—¡Vamos a Sexy Boom! —acotó Alice, llegando hasta ellos junto a Carlisle y el resto del grupo.

—¡Amo los dulces de Sexy Boom!

—¡Yo también! —feliz exclamó Annie concordando con Jake.

Para Edward fue imposible contagiarse con tal felicidad.

Si bien Esme había ayudado a contener su carácter, tenerla colgada del brazo aumentó su incomodidad, ver a Anne tomada de la mano de Jacob le hizo ver rojo y para mal de males, mientras todos esperaban por su respuesta, el maldito marica, abrazó a su chica por la cintura y la apretó a su afeminado cuerpo, acto que elevó sus celos por la nubes.

Dio un paso hacía su hija arrebatándosela a Jacob, la tomó en sus brazos, la acomodó en su cadera e incapaz de ver la decepción en los ojos de Anne, se giró enfrentando a todos y dijo—: No.

Anne escondió el rostro en el cuello de su padre.

—¡¿Qué?! —varias voces inquirieron al unísono.

Sin embargo Edward, sólo se dirigió a Alice:

Petite, he pasado quince horas en un avión, la diferencia horaria me está matando, estoy cansado y quiero ir a casa. Si quieres llevar a Marie Anne a la dulcería, puedes hacerlo mañana.

—¿Tú, no vendrás?

Presionó Alice, rogando porque Edward luchara contra su volátil carácter y escondiendo la tristeza que le provocaba, que la inusual alegría que irradió su hermano se haya esfumado. Sabía cuál era el motivo, como también sabía, que no podría insistir más de lo que ya lo había hecho.

«¡Deja de actuar como un animal!», gritó la voz de la conciencia de Edward, pero no logró aplacar su ánimo y mucho menos su resolución, sólo gruñir—: Iré, nos vemos mañana —se inclinó a dejar un beso en la frente de su hermana y para los demás, articuló un seco—: Buenas noches.

Dio cinco grandes zancadas en dirección a la salida, seguido de Paul, cuando se percató que Bella no los acompañaba, se giró con violencia y fieros, clavó sus ojos en ella.

—¿No viene, señorita Swan? —preguntó con voz glacial—. Es día de semana y aún no ha terminado su horario de trabajo —y sin esperar respuesta retomó el camino hacia la salida, asumiendo que ella los seguiría.

Acompañados solo por eco de sus resueltos pasos en el frío piso de mármol, Edward se sintió como un desgraciado, sabía que se había extralimitado, pero a la vez estaba complacido de su sucio triunfo. Si por el momento no podía tener a Isabella Swan, tampoco la tendría Riley.

.

.

En la penumbra de su habitación, Bella repasaba una y otra vez los acontecimientos vividos aquella tarde, hechos que le ayudasen a contener la ira y decepción que le roía las entrañas o que al menos, justificaran el vil e inexplicable comportamiento de Edward; llevaba una hora de cavilaciones sin encontrar alguna.

¿Cómo Edward, podía haber pasado de ser encantador, tierno y considerado al idiota de siempre?

—¡Porque es un maldito lunático! —gruñó pensando en la linda rosa que Edward le regaló y ahora descansaba en el tacho de la basura.

Quiso ponerlo en su lugar, mínimo mandarlo a la mierda por ilusionar a la pequeña y luego comportarse como un desgraciado. Desafiarlo por tratarla delante de todos sin tacto alguno, como si ella fuese una especie de esclava o algo por el estilo, pero contra todas sus creencias y convicciones se contuvo. ¿El motivo?: Anne.

Durante dos semanas, observó cómo en el aura de la pequeña se sentía la ausencia de Edward. Acompañó cada uno de sus esfuerzos por prepararle la sorpresa, Anne tenía una necesidad imperiosa de ver a su padre sonreír. El alivio en sus ojos grandes y brillantes al verlo llegar, lo inusualmente amoroso que se comportó con ella, para después de todo, romper su corazón.

Edward había sido egoísta, un villano y ella, no se podía comportar de la misma forma, debía sobreponer su orgullo herido por sobre el bienestar de Anne, por lo que mordió su lengua y continuó actuando como si nada hubiese pasado.

Después de despedirse con rapidez de sus amigos y de Carlisle y Esme —quienes intentaban comprender qué era lo que había pasado con Edward—, corrió por los fríos pasillos del colegio hasta que les dio alcance, y en silencio caminó junto a ellos hasta llegar al estacionamiento.

Sorpresa para Bella fue, ver que Edward se montó junto a ellas dentro de la limusina y no en su plateado Volvo aparcado junto a esta, esperaba estar a solas con Anne, para intentar subir su ánimo y superar el mutismo en que se había inmerso, desde que él había pronunciado ese rotundo y gélido, no.

El ambiente dentro del lujoso transporte fue de una tensa calma, atmósfera que Isabella ignoró y mientras Edward, con sus puños apretados descansando sobre sus muslos contemplaba el camino, ella se dedicó a preguntarle a Marie Anne cuál era su postre preferido de la dulcería y, planeó el montón de diversión, que ambas tendrían con sus obsequios traídos de Las Vegas.

Poco a poco el espíritu de la pequeña se fue alegrando, hasta que se unió al entusiasmo de Bella, tema de conversación que, a la hora de encontrarse con sus presentes esperando por ella encima de su cama, se volvió algarabía y se extendió hasta la cena, acompañado por el silencio de Edward.

La hora de dormir llegó, Bella pensó que se llevaría a cabo el mismo ritual que presenció la primera noche, Anne le daría las buenas noches a su padre dejando un beso en su mejilla y él, permanecería sentado el comedor mientras ellas desaparecían por el corredor camino a la habitación de la nena, sin embargo cuando llegaron a las escaleras, Edward las sorprendió.

¡Bella, espera! —la llamó llegando presuroso hasta ellas.

¿Señor, Cullen? —inquirió Bella, plasmando todo el desagrado que estaba sintiendo por él en la pregunta.

«Después de cómo me trataste, ¿ahora me llamas, Bella?», pensó la muchacha con ganas de gritarle en su cara que era un idiota.

Yo… eh… —Edward titubeó e incómodo, cambio el peso de su cuerpo de un pie a otro, aquel frío señor Cullen fueron dagas que le atravesaron el pecho—. ¿Puedes comenzar a leer este libro para Anne?

La voz fue suave, casi tímida, a la vez que frente a ellas hacía aparecer un libro de negra portada, adornado con rosadas puntas de bailarina: «Zapatillas de Ballet.»

El libro favorito de Bella cuando era una niña.

Mirar la portada la conmovió, Renée se lo leía en la tranquilidad de su habitación, en las largas noches de lluvia; aquel santuario donde una pequeña Isabella, estaba libre de los maltratos sicológicos de su padre. Le costó unos segundos recuperarse de la coincidencia, tomó el libro que Edward aún le ofrecía y aceptó con un seco—: Está bien.

Buenas noches, pequeña —se despidió Edward acariciando el largo cabello de su hija y depositó un beso en su frente, pensando en lo tierna que se veía vestida con su pijama de ositos.

Buenas noches, papi —dijo Annie derretida por las amorosas caricias de Edward. Se sintió feliz, su papá, ya no estaba enojado.

Graci…—Intentó decir Edward, pero Bella lo dejó con la palabra en la boca y sin despedirse, se llevó a Marie Anne escaleras arriba.

Bella leyó el libro para Anne, encantada de sumergirla en aquel mundo que ella tanto amaba y, mientras las páginas avanzaban al compás de una clásica y melancólica melodía, la niña fue cerrando los ojos, hasta que dio un último bostezo y se quedó dormida.

Bella suspiró pesado e incómoda se removió en la cama, ni la tenue luz que la acompañaba, lograba calmar la lucha que se blandía en su interior; ya no sabía qué pensar.

¿Por qué Edward había vuelto a ser ese hombre frívolo y engreído? Restregó las manos en su rostro en un pobre intento de ahuyentar de sus recuerdos, la fiereza de su mirar y esa masculina mandíbula cerrada con severidad.

—¡Maldito egoísta! —gruñó Bella y, sin poder contener un segundo más todo eso que la estaba carcomiendo por dentro, de un salto se levantó de la cama y salió de su habitación en busca de Edward, necesitaba enfrentarlo o explotaría.

.

.

Las grandes manos de Edward, violentas presionaban las teclas de marfil, sus largos dedos se paseaban por las escalas con una rapidez impresionante; desafiaba las octavas fuera de sí, ya no podía controlar sus emociones. Cada nota interpretada, revelaba la decepción que tenía consigo mismo, la tristeza de haber arruinado todo lo que había avanzado.

En un segundo había vuelto a ser la bestia ruin que gobernaba sus días.

¡Qué sentimiento más nefasto eran los celos! Era la primera vez que los experimentaba a tal nivel, malditos, irracionales, traicioneros, ya no tenía cómo retractarse, ni tampoco, cómo olvidar la decepción en los ojos de Marie Anne y esa furia volcánica en los de Isabella.

Suspiró derrotado, sabía que le sería imposible enmendarlo, razón por la que optó por el mutismo, no podía confiar en su volátil carácter; al menos podía desquitarse con Chopin.

Al llegar al primer piso, Isabella, decidida siguió las vigorosas y dramáticas notas, por la penumbra del pasillo que llevaba a la sala de música de la casa. Si bien llevaba un poco de más de dos semanas viviendo en el monárquico inmueble, no había tenido tiempo suficiente para curiosear y, a pesar que no tenía intenciones de claudicar su objetivo, iba ansiosa de lo que iba a encontrar.

La puerta —al contrario de la primera noche que siguió la música interpretada por Edward— estaba abierta y, cuando sus ojos se posaron en su némesis, el aire se atascó en su garganta y se le atenazó el corazón.

Hermoso…

Sublime...

Atormentado.

Un ángel de alas rotas, fue lo que Bella vio detrás del piano, iluminado por el fulgor de la luna. Sus ojos cerrados, el broncíneo cabello convertido en un caos, el ceño severo acompañando el compás de cada nota, como también su esbelta figura; los labios fruncidos formando un pequeño puchero.

«¿Quién eres en verdad, Edward Cullen?», se preguntó Bella maravillándose del inigualable talento, el hombre que tocaba con semejante sentimiento no condecía con el egoísta de hace algunas horas. La melodía se tornó dulce, etérea, las harmonías despertaron a la bailarina, que deseó elevarse en sus puntas y danzar para que juntos crearan una obra maestra, pero se contuvo con un desilusionando y audible suspiro.

Edward abrió sus ojos al percatarse que tenía compañía, bajo el umbral de la puerta estaba ella…, la mujer que había vuelto su muerto corazón a la vida y, que antes de conquistar, ya había desencantado. Ella lo observaba con un sentimiento imposible de descifrar, sus castaños ojos brillaban como si estuviese conteniendo sus lágrimas. Continuó tocando sin dejar de mirarla e intentó dulcificar su semblante, a pesar de la tormenta que vivía en su interior, invitación silenciosa para que se acercara y Bella así lo hizo, caminó hacia él sin romper la conexión de sus ojos.

Bella se sintió presa de un embrujo, uno del cual no quería despertar y que le aceleraba el corazón; el conjuro, fue la preciosa partitura. Volvió a suspirar cuando estuvo junto a Edward, admirarlo de cerca era una imagen divina, tal como la música que interpretaba con la habilidad de un maestro. Tuvo que cerrar sus manos en puños y enterrar las uñas en las palmas, para contener el imperioso impulso, que le ordenaba acariciar su alborotado cabello.

Edward le sonrió con tristeza y se movió hacia un lado, invitándola a sentarse junto a él, cosa que Bella hizo sin dudar. Por unos segundos continuaron mirándose a los ojos, pero cuando la pieza tomó dramática vitalidad, Edward rompió el enlace, cerró los ojos y se entregó al sublime momento: excelsa música, acompañada de Isabella.

La muchacha aprovechó la imaginaria barrera que Edward creó entre ellos para de nuevo extasiarse de su talento, admirar como sus grandes manos atacaban las teclas una rapidez impresionante, la pasión que desprendía la interpretación y la tempestuosa aura que rodeó al pianista, hasta que la melodía se tornó melancólica y sus dedos acariciaron el teclado con la ternura que se acaricia a una amante y, la última nota quedó flotando en el aire, triste y fantasiosa.

«Celestial», pensó Bella después de ver semejante espectáculo, al mismo tiempo que Edward dejaba escapar el aire de sus pulmones en una cansada exhalación, encorvó su espalda y apoyó las manos sobre los muslos.

El silencio reinó en la sala de música, ninguno de los dos sabía qué decir. Edward no hablaría, no se arriesgaría a abrir la boca para seguir sumando faltas que Bella no perdonaría, por el momento le bastaba con que ella estuviera ahí.

Isabella por su parte, sentía que la cegadora rabia que la gobernó durante horas se había desvanecido. Deseó que Edward y ella volvieran a ser amigos, aunque eso no significaba, que dejara pasar los hechos acontecidos esa tarde.

—«Fantasie impromptu», es una de mis favoritas de Chopin —musitó Bella intentando quebrar el hielo, sus ojos estaban clavados en las blancas teclas que se veían plateadas a las luz de luna—. Eso fue hermoso, Edward…

—Gracias —se limitó a contestar el joven, cuando en verdad le hubiese gustado decir: «la mía también».

—¿Tocas de pequeño?

—De la edad de Anne —informó Edward sin querer dar mayores detalles, no tenía ganas de hablar sobre quien le enseñó, en su estado emocional no honraría su nombre como debía.

—Edward…

—Bella…

Dijeron al mismo tiempo, él con intensión de disculparse y ella, con la amigable intensión de llamarle la atención.

—Tú, primero —instó Edward.

Bella asintió, inspiró profundo para infundirse valor y sin pensar en las consecuencias que traerían sus palabras, sin anestesia soltó—: ¿Por qué tenías que arruinar la sorpresa de Annie? Te ha extrañado tanto y…

—¡¿Quién te crees que eres para venir a darme lecciones sobre mi hija?! —Edward explotó y se paró con violencia, no le permitiría decir una palabra más sobre Anne.

Bella observó sorprendida como las facciones de Edward se endurecieron, como frunció el ceño por completo y su mirada se volvió letal; su consejo despertó a la bestia, que permanecía escondida bajo aquel manto de frágil melancolía. No se amilanaría, aunque esos hermosos ojos verdes que poseía, destilaran todo el desprecio que sentía por ella en ese momento; por el bien de Anne debía enfrentarlo y hacerle entender que actuó mal.

—¡¿Qué quién me creo?! —Lo retó también poniéndose de pie y sin dejar de mirar sus ojos felinos—. ¡La primera niñera que ha cuidado de ella y no ha hecho ninguna fechoría! ¡Quien se esforzó junto a Anne cada noche porque quería hacerte feliz!

Ese fue último juicio que Edward pudo aguantar.

Desde el día en que se enteró que sería papá, su vida estaba en el ojo del huracán. Sus padres lo juzgaban, el mundo lo juzgaba, creían tener el poder de opinar qué era lo mejor para Anne; sin embargo, ninguno de ellos estuvo cuando su pequeña y él, necesitaban ayuda como aire para respirar. En las largas noches de estudio, cuando sostenía a su bebé en los brazos porque extrañaba a su madre y no dejaba de llorar, ni mucho menos, las incontables veces que tuvo que llevarla con él a diversas partes, como al trabajo o universidad, porque no había quien lo pudiese ayudar. Llevaba años aguantando críticas, indiscreciones con las que podía lidiar, pero no de Bella, no de la mujer que esperaba fuese su compañera.

Jaló su cabello con desespero, ya no sabía cómo actuar. Se sentía sobrepasado, lo único tangible que tenía era volver a ser el hombre que había sido todos estos años y, bajo la premisa que nadie la daba órdenes, tomó a Bella de los brazos, la acercó hacia él y casi encima de sus labios rugió:

—¡Crees que por compartir unos miserables mails, tienes derecho a increparme!

—¡No confundas las cosas! ¡Los mails no tienen nada que ver con esto! —gritó Bella, herida, intentando zafarse de su agarre. Quería insultarlo, decirle que era un insensible animal, que estaba arrepentida de haberle brindado su amistad, pero al ver que la ira que reflejaban los ojos de Edward se había esfumado y en ellos, solo habitaba una profunda tristeza, se limitó a ordenar—: ¡Suéltame, Edward!

—Claro que tienen que ver…—Edward liberó a Bella, soltó una risa oscura y agregó con voz letal—: Te he observado, Isabella Swan… Eres la típica niñita que ha tenido momentos duros en la vida y eso, cree que la faculta para dictar cátedra de todo y, por sobre todas las cosas, te crees mejor que lo demás, lo que da derecho a criticar…

—¡Eso no es cierto! Yo, sólo quería…—Intentó defenderse Isabella, pero él no la dejó terminar.

—Yo, sólo quería…—parafraseó Edward burlándose y negó con la cabeza—. No sabes nada… ¡Nada! —Dio un paso librando la pequeña distancia que los separaba, se cernió sobre ella y gruñó—: No te atrevas a volver a criticarme o siquiera inmiscuirte cómo debo criar a Anne, porque si no…

—¡¿Si no, qué?! —desafió Bella, sin intimidarse, sin embargo sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas.

—Nada…—susurró en tono sombrío, ver llorar a Bella, era más de lo que Edward podía soportar—. Nada…—y como un huracán, arrancó de la sala de música.


Bien mis hermosas qué puedo decir… ¡Roma no se construyó en un día! Tan rápido no puede cambiar Edward, perdonen a mi nene, está asustado…

¿Les gusto? Lindos RR, ¿Tomates? Sé que demoré, pero esta vez me demoré menos! Compasión trabajo en comercio época de Navidad! Un desastre!

Solo me queda desearles Feliz Año Nuevo! Que este año que comienza sea mil veces mejor! Este era su regalo de Navidad, pero resultó de Reyes, un poco atrasado pero, ya…

Para su felicidad el capítulo que viene esta casi escrito hace meses… faltan detalles…

Y por último, mil gracias por la infinita paciencia, espero que este largo capítulo haya recomenzado la espera.

Mil gracias a las chicas que me han agregado como autora favorita, historia favorita y a todas las que leen silenciosas!

Un Beso

Sol