14

Cuando Juvia abrió los ojos a la mañana siguiente se encontró en la misma postura en la que se había dormido, acurrucada al lado del cuerpo de Shu.
Al abrirlos le costó situarse, ya que lo único que fue capaz de ver fue el cuerpo de su compañero, parcialmente vendado. Fue entonces, cuando vio las vendas, cuando se acordó de todo lo ocurrido la noche anterior.
Se quedó pegada al costado de Shuusei, con la nariz rozando su piel, y buscando el calor que desprendía mientras repasaba los hechos de la noche anterior, con una sensación extraña en el cuerpo, como si se le estuviera olvidando algo importante.
Alzó la mirada, ausente en sus pensamientos, y descubrió al joven con la cabeza ligeramente ladeada, observándola en silencio. Cuando Juvia cuadró sus oscuros ojos con los brillantes ojos del chico, abandonó sus pensamientos y le dirigió una sonrisa de medio lado.

-¿Cuánto tiempo llevas despierto?

-Un rato –repuso él sin apenas moverse de su posición.

-¿Y no me has dicho nada? –añadió ella sin perder la sonrisa.

-¿Y desaprovechar la oportunidad de tenerte acurrucada a mi lado? ¿Estás de broma? –repuso devolviéndole la sonrisa.

Juvia se incorporó un poco para separarse de él y levantarse de la cama, pero Shuusei lanzó su brazo derecho en captura de la joven, movimiento que le provocó un profundo dolor en el pecho que le dejó tumbado de nuevo sobre el colchón, y con algunas lágrimas apareciendo por sus ojos.

-J-joder… -repuso, reprimiendo el impulso de utilizar palabras mayores ante aquel dolor.

Juvia, al ver aquello, volvió a sentarse sobre la cama, a su lado. Pero no le miró con preocupación, sino que parecía divertirse.

-No sabía que fueses tan llorón –repuso con una sonrisa pícara.

-No lo soy... –respondió él, molesto-. Pero es que esto… -añadió mientras estiraba el brazo hacia el techo, y en su cara volvía a aparecer rastro del dolor que aquello le causaba.

-Estate quieto, o te saltarás los puntos –dijo Juvia, obligándole a bajar el brazo a la cama.

Tras dejar a Shu acomodado en la cama se dispuso a levantarse de nuevo, pero esta vez el chico logró atraparla, cogiéndola de la muñeca con la mano izquierda. Ella se giró hacia él, soltando un suave suspiro, pero sin mostrar molestia en sus ojos, solo dulzura.

-Estoy herido, necesito mimitos –repuso Shu, mirándola con ojos tiernos.

-¿Ah, sí? –dijo ella mientras se tumbaba de nuevo a su lado-. ¿Y qué clase de mimos puedo darte?

-Sorpréndeme –añadió con una sonrisa de medio lado.

Juvia apoyó todo el peso de su cuerpo en las manos, colocadas a ambos lados del cuerpo de Shuusei, y se inclinó sobre él, con cuidado de no llegar a rozar la herida del pecho. Posó los labios con suavidad sobre la herida de la frente y le besó con ternura. Continuó dejando danzar los labios por la cara del joven, recorriendo la frente, los ojos, la nariz y las mejillas antes de alcanzar los labios de Shu y besarle con paciencia y lentitud, mientras el joven se dejaba llevar por ella. Shuusei alzó el brazo que podía mover con mediana libertad y colocó la mano tras el cuello de Juvia, atrayéndola más hacia él. Ella, sin separar la unión de los labios, pasó la pierna izquierda por encima del cuerpo de Shu, colocándola al otro lado y quedándose sentada sobre él. Shuusei se esforzó por levantar el brazo derecho y lo colocó en la espalda de la joven. Juvia se separó de él, y posó su frente sobre la del chico, tomando aire con los ojos cerrados mientras él la observaba con detenimiento.

-Juv, dime que anoche llamaste –repuso con seriedad.

-¿Llamar? ¿A quién? –preguntó ella mientras se separaba de él, confusa.

-Mierda… Gino nos va a matar…

Juvia miró a su compañero sin comprender. Pero entonces se acordó de la charla que tuvieron con su superior antes de salir la noche anterior, y la que tuvieron después del robo en la tienda de electrónica.

-Oh, vaya…

-Oh, vaya –corroboró Shu, asintiendo lentamente con la cabeza.

-Será mejor que llamemos…

-Mejor tarde que nunca.

-¿Pero has visto la hora que es? –repuso ella mientras se levantaba de la cama y comenzaba a pulsar botones en la pulsera que llevaba en la muñeca izquierda.

-Seguro que ya están todos allí.

-Voy a llamar a la oficina –informó Juvia tras pulsar un último botón-. Espero que no lo coja Gino…

Pero los deseos de Juvia no se vieron cumplidos. El inspector Ginoza respondió al otro lado de la línea y, en cuanto se enteró de que era Juvia, comenzó a gritarle desmesuradamente. Ella no pudo hacer otra cosa nada más que escuchar en silencio, respondiendo con monosílabos a los gritos de su superior. A los pocos minutos la comunicación se cortó desde el otro lado y Juvia soltó un largo suspiro.

-¿Qué tal? –preguntó Shuusei temeroso.

-Breve pero intenso –respondió ella-. Nos quiere ya en la oficina.

Ambos se vistieron rápidamente, Shu con una camiseta que Juvia le había dejado para reemplazar la suya, rota y bañada en sangre. Ella le ayudó con infinita paciencia a vestirse, para que él evitara cualquier movimiento brusco que pudiera abrirle la herida.

Tomaron un taxi hasta el edificio de Seguridad Pública, ya que la moto de Juvia aún seguía en el taller, y la joven aún no tenía noticias sobre su vuelta a casa.
Entraron, ambos temerosos y en silencio al edificio, y se dirigieron a la oficina. De pie en medio del pasillo con los brazos en jarras se encontraron con Ginoza, y con Akane, tímidamente asomada desde el marco de la puerta al exterior. Shuusei y Juvia al verle agacharon la cabeza y caminaron hacia él en silencio.

-Garuko –comenzó con tono serio e intimidador-, entrégame tu identificación.

-¡¿Qué?! –la joven alzó la cabeza rápidamente hacia su superior.

Ginoza extendió la mano, presionándola a entregar la placa, mientras la miraba con los ojos entrecerrados.

-¡Pero Gino…!

-Te avisé, Garuko. Conocías perfectamente las consecuencias por desobedecer a tus superiores. Ahora entrega la acreditación y vete a casa. No me obligues a transferirte de Unidad.

Juvia agachó la cabeza y se mordió el labio con fiereza.

-Gino –comenzó Shuusei-, ella no ha sido la única que ha desobedecido. Yo también debería…

-Fue a ella a la que atropellaron y dejé seguir en el caso con la única condición de tomárselo con calma. Pero no lo hizo –repuso Ginoza con brusquedad-. Será suspendida de empleo y sueldo, pero si quiere seguir así será también transferida de Unidad.

-Ginoza… -se escuchó la suave voz de Akane-, será mejor que hablemos esto dentro –repuso la joven, mirando a su alrededor.

Las puertas de las oficinas vecinas se habían abierto y varias miradas curiosas pasaban la vista desde Ginoza a los dos chicos de pie delante de él. El interpelado suspiró y se apartó del pasillo para dejar pasar a los dos ejecutores al interior de la oficina. Una vez estuvieron todos dentro, Akane cerró la puerta, y Ginoza se dirigió a su mesa, para apoyarse sobre ella y mirar a los dos jóvenes, esta vez más preocupado que molesto. Akane se situó al lado de su compañero, mientras los demás ejecutores trabajaban con la mirada fija en sus pantallas, sin hacer caso a los recién llegados. Shuusei y Juvia se quedaron parados en medio de la oficina, escuchando únicamente el teclear de sus compañeros y viendo únicamente sus zapatos, que jugueteaban punta con punta, nerviosos por lo que Gino les pudiera decir.

-Creía que os había quedado claro la última vez –comenzó Ginoza, mucho más calmado que antes-. ¿Tanto os costaba llamar después de hacer lo que quisiera que estuvierais haciendo? ¿O me vais a decir que otra vez Kagari resultó herido y os dormisteis los dos antes de daros tiempo a llamar?

Shuusei se llevó rápidamente la mano izquierda, la que más ágil tenía en movimientos, a la frente, y se revolvió el flequillo, tapándose la herida de la frente. Pero aquel movimiento no pasó inadvertido para Akane ni Ginoza. Ella se tensó al descubrir lo acertado de las palabras de Gino, y él soltó un largo suspiro.

-Lo siento Garuko, pero voy a obligarte a tomar unos días de descanso. Debes pasar una temporada alejada de la oficina y tomarte algo de tiempo para ti.

-Pero Gino… -comenzó ella.

-Me da igual lo que digas. Nada va a hacerme cambiar de opinión. Debí haber hecho esto hace tiempo. Me arrepiento de hacerlo tan tarde, pero mejor ahora antes de que pase algo por lo que lamentarnos.

-Gino, yo no debería ser quien tomase la baja –repuso ella con rapidez, para no volver a ser cortada.

La joven notó la mirada de Shuusei, y él le reprochó en silencio el haber tomado esa dirección en la conversación.

-Debería ser Shuusei quien… -continuó.

-No Garuko –le cortó Gino-. Puede que Kagari esté herido, pero si tú no te tomas unos días de descanso, terminarás peor que él. Eres demasiado temperamental, y debes cambiar eso para poder seguir trabajando aquí.

Ginoza volvió a alzar la mano para tomar la identificación de Juvia. Ella, tras sostenerle la mirada durante varios segundos, se llevó una mano al bolsillo interior de la chaqueta y sacó la tarjeta que le acreditaba como ejecutor. Avanzó unos pasos hasta el inspector y le puso la tarjeta en la mano. De nuevo se quedó mirándole a sus impasibles ojos, hasta que finalmente se decidió a darse la vuelta y salir de la oficina sin mirar a nadie más.

Juvia pasó varios días de absoluta agonía encerrada en su pequeño apartamento. No salió en ningún momento, y casi no tuvo contacto con nadie. Él único con el que hablaba durante algunos minutos a lo largo del día era Shuusei. El chico le llamaba tan pronto como llegaba a casa de la oficina, y le contaba a la joven los principales detalles del caso en el que estaban trabajando en aquel momento.

Según le contaba el chico, la Unidad se había encontrado con un Criminal Asintomático, una persona inmune a las Dominators y, por tanto, capaz de escapar del sistema Sybil. Esa persona, Shogo Makishima, era la mente criminal detrás de muchos de los casos de los que se había hecho cargo la Oficina de Seguridad Pública, y había vuelto a aparecer, según parecía, para vengarse de su antiguo enemigo, Shinya Kougami.

Shuusei le contaba como cada día Makishima se les escapaba utilizando sus juegos. Pero últimamente la situación parecía haber empeorado porque el tal Makishima había creado unos cascos que mantenía el psycho estable, aún cuando se estaba cometiendo algún crimen. Aquello ya se les estaba escapando de las manos a la Oficina, y a Juvia le cabreaba la infantil postura de Ginoza al no dejarla entrar de nuevo en la Unidad para poder ayudar con el caso. Lo único que la decía cada vez que ella sacaba el tema era que lo primero que haría ella sería correr detrás de Makishima, aunque le costara la vida, y lo último que quería él en su grupo era un kamikaze suicida.

Y así pasaba Juvia los interminables días de su aburrida baja. Uno tras otro, sin diferencia, salvo en los relatos de Shu, que cada día le contaba algo nuevo sobre las acciones de Makishima.
Sin darse ella apenas cuenta, había empezado a pensar en el caso, y a trazar sus teorías únicamente con la información que recibía de Shuusei. Necesitaba mantener su cabeza alejada, inmersa en algún caso que le apartara de su insufrible vida.

Fue una tarde, mientras ella repasaba las notas tomadas en un pequeño cuaderno sobre Makishima, cuando el telefonillo que daba a la puerta principal del edificio sonó, sacándola de sus pensamientos. Molesta por haber perdido el hilo de deducción, se acercó a la pantalla que había en la pared y la activó. Al principio, lo único que le reveló la pantalla fue la calle desierta, pero al rato apareció el sonriente rostro de Shuusei.

-¡Sorpresa! –repuso el chico sin perder la sonrisa.

Juvia, al verle, desvió la mirada al despertador que reposaba en el cabecero de la cama. Tal y como pensaba, aún era pronto para que el chico hubiese salido de la oficina. Confundida, volvió a enfocar la mirada en la pantalla, encontrándose con el rostro de Shu, que le miraba divertido.

-¿Qué haces aquí?

-¿No puedo darte una sorpresa? ¡Vamos, baja rápido! –añadió animado.

Juvia fue a replicar, pero Shuusei salió corriendo lejos del rango de captura de la cámara. Se quedó varios segundos observando la calle desierta de nuevo, en silencio. Finalmente soltó un suspiro mientras una sonrisa se formaba en sus labios. Se calzó con unas zapatillas de tela y cordones y salió, según estaba vestida, con un pantalón corto y una sudadera, a la calle.

Abrió la puerta principal del edificio, y miró a su alrededor, pero no vio a Shuusei por ningún lado. Entonces se fijó en la grúa que había estacionada en medio de la carretera. Antes de que pudiese fijarse en el vehículo que transportaba, Shu apareció por detrás de la cabina de la grúa, y se dirigió a Juvia rápidamente.

-¡Hola! –dijo, efusivo.

El chico se acercó a Juvia y la besó rápidamente antes de que ella pudiera reaccionar, gesto que la dejó helada bajo el marco de la puerta. Shu se colocó detrás de ella, posó sus manos sobre los hombros de la joven y la empujó con suavidad hacia la grúa.

-La has echado de menos, ¿verdad? –susurró a su oído.

Entonces Juvia alzó la mirada y vio, sobre la grúa, su moto, nueva, brillante, como el día que la recogió del concesionario. Sus ojos se iluminaron, y en sus labios apareció una gran sonrisa. Corrió hacia ella y comenzó a mirarla desde todos ángulos, mientras la plataforma comenzaba a descender para poder bajarla. Shuusei observó complacido a Juvia, y tuvo que reprimir las ganas de reír al ver a la joven tan emocionada. Después de varias vueltas alrededor de la grúa, Juvia se acercó a Shu, aún con ojos brillantes.

-¿Cómo…? -comenzó.

-Llamaron a Gino esta mañana para avisarle. He estado hasta ahora peleando con él para que me dejara traértela –se rió-. Él quería dejarte sin moto hasta que entrases en razón.

Juvia soltó un bufido de molestia. Si hubiese sido por Gino se habría quedado sin moto durante algunos meses. Shuusei se acercó a ella y le pasó un brazo por los hombros.

-Supongo que tendré que darte las gracias –repuso ella sin apartar la mirada de la moto.

-Sí, eso podría estar bien –contestó él, mirando al mismo lugar que ella.

Juvia torció los labios en una sonrisa traviesa y esperó a que la moto estuviera sobre el asfalto para salir corriendo a por ella. Shuusei se dirigió a la cabina de la grúa e intercambió algunas palabras con el conductor antes de quedarse ambos solos en medio de la calle.
Juvia no perdió un solo segundo más, y se montó en ella, poniéndola en marcha y disfrutando del rugir del motor. Luego se giró hacia su compañero y le invitó a sentarse detrás de ella, palpando el lugar con la mano. Shu sonrió a la joven mientras se acercaba a ella y tomaba asiento justo a su espalda.
Juvia hizo rugir con fuerza el motor de la moto, deseosa de coger velocidad. La joven rápidamente se alejó del edificio, internándose en las calles de la ciudad, repletas de vehículos y peatones. Esquivó coches, y aceleró para pasar los semáforos que amenazaban con cambiar de color, hasta que llegó a las afueras de la ciudad, donde aumentó la velocidad, dejando que el viento le apartara ferozmente el pelo de la cara. Shuusei, a su espalda, se aferraba con fuerza a su cintura, con la cabeza apoyada y levemente encogida sobre ella. Juvia se alejó de la ciudad, recorriendo aquella descuidada carretera, hasta llegar a un pequeño y apartado lugar, rodeado de árboles. La velocidad de la moto disminuyó lentamente hasta quedar completamente detenida en medio de todos aquellos árboles, y la joven se bajó, dejando a Shu solo sobre la moto, mientras observaba con detenimiento a su compañera caminar hacia el claro del bosque. Juvia cuando notó las rayos del sol sobre su cabeza, la alzó, dejando que la luz la cegase y la obligase a cerrar los ojos. Se concentró en los sonidos que podía oír a su alrededor. El susurrar del viento entre las hojas de los árboles, el piar de los pájaros, y el suave crujir de hojas y ramas al ser pisadas. Shuusei pasó sus brazos por encima de los hombros de Juvia, y los entrelazó por delante de su cuello. Enterró la nariz entre el revuelto pelo de la joven y respiró con tranquilidad, haciendo que el vello de la parte posterior del cuello de Juvia se erizara. Ella se giró hasta quedarse delante de él, aún con los brazos del joven entrelazados, esta vez detrás de su cuello, y se alzó lo justo para alcanzar los labios de Shu. Él le devolvió el beso gustoso y cuando se separaron le dirigió a su compañera una sonrisa que la hizo temblar de rodillas para abajo. Shuusei la estrechó entre sus brazos sin retirar la curva que torcía sus labios.

-No conocía esa faceta tuya, Juvia.

-Ni yo la conocía. Todo es por tu culpa, Shu.

-Todo siempre por mi culpa… -resopló el joven.

-Por supuesto. ¿Acaso lo dudabas?

-Eres cruel, Juv.

-Siempre más que el día anterior.

Shu dejó escapar un débil quejido, pero antes de poder completarlo, Juvia alcanzó de nuevo sus labios, pasándole los brazos por detrás del cuello, y obligándole a agacharse. Cuando Shu se separó de ella por falta de aire le miró con los ojos entrecerrados y una ligera sonrisa en el rostro.

-¿Esta es tu manera de dar las gracias?

-¿Te crees que con eso ya he terminado? No he hecho nada más que empezar… -repuso ella, con una pícara sonrisa.

Juvia descendió una mano desde el cuello de Shu, siguiendo el recorrido de la corbata, agarrándola y tirando de ella hacia abajo. Shuusei deshizo la unión de sus brazos tras el cuello de Juvia y dejó sus manos danzar espalda abajo de la joven, acercándola más hacia él.

Tan absortos estaban el uno en la presencia del otro, que no se dieron cuenta de que el sol poco a poco se fue ocultando tras las numerosas nubes que se estaban formando el cielo, densas y grises. El agua de lluvia no tardó en empezar a caer sobre sus cabezas con fuerza, y empapándolos por completo. Juvia, al notar el agua chorrear por su pelo y cara, se rió, aún con los labios unidos a los de Shu, y notó como el chico sonreía, por la lluvia, o por escucharla a ella reír. Juvia alzó la mirada al cielo, sin soltar a Shu, cerró los ojos y dejó que la lluvia cayera sobre ella, alcanzando todo su cuerpo y sin dejar nada seco. Después de un rato volvió a bajar la mirada hacia Shu y le sonrió, mordiéndose ligeramente el labio inferior.

-Será mejor que nos vayamos –propuso el joven.

Juvia simplemente asintió antes de dirigirse corriendo a la moto, sentarse sobre ella y encender el motor.

Entraron por la puerta del pequeño apartamento de Juvia completamente empapados. Ella caminaba de espaldas sin separarse del cuerpo de Shu, con sus manos pegadas al pecho del joven, y él con sus brazos sobre los hombros de ella, guiándola a través de la entrada, ambos con sus labios unidos en un interminable beso. Shuusei cerró la puerta con un toque del talón y guió a Juvia hacia la cama, pero ella, antes de ser lanzada sobre ella, cambió de un rápido giro la posición en la que se encontraban, y empujó a Shu a la cama, que cayó de espaldas sobre ella mirando con sorpresa a Juvia. Ella torció los labios en una sonrisa y se acercó a la cama. Apoyó primero las manos, y luego las rodillas, a ambos lados del cuerpo de Shu y avanzó hasta cuadrar su mirada a la del joven.

-La última vez tú fuiste el seme. Esta vez me toca a mí… -sonrió maliciosamente.

El primer impulso de Shu fue el de echarse a temblar, pero luego sonrió, quedándose tumbado en la cama, observando cómo Juvia se acercaba a él. Shuusei se dio cuenta de cómo la joven miraba sus labios mientras se acercaba a ellos, gateando por encima de su cuerpo. Cuando al fin le alcanzó, se tumbó sobre él, pegando la ropa mojada a sus cuerpos, y abrazando la cabeza del joven con ambos brazos. Tras unos segundos, Juvia se incorporó, sentándose sobre él, dejando deslizar el nudo de la corbata y desabrochando la camisa. Le acarició el cuerpo con la yema de los dedos, a lo que le siguieron la nariz y los labios. El cuerpo de Shuusei no tardó en reaccionar ante aquellas caricias, y sus manos buscaron el cuerpo de Juvia para atraerla hacia él. Ella tomó una de las manos y se inclinó sobre él, rozando con los labios la cicatriz que aún se distinguía en el pecho del joven. Juvia siguió el recorrido de la clavícula, hasta alcanzar el cuello y la boca de nuevo, y dejó descansar el peso de su cuerpo sobre el de Shu. Él entrelazó los brazos a su espalda y le devolvió el beso, pero siempre dejando que fuese ella la que controlase la situación.
Aquel era su regalo de agradecimiento y debía disfrutarlo.