Al día siguiente se pararon junto a una laguna para dar de beber a los caballos. Eragon y Murtagh bebieron también, cuando el áspero sonido metálico que produce una espada al ser desenvainada los alertó. Instintivamente y al unisono, aferraron las empuñaduras de sus espadasy se volvieron en busca del enemigo: sólo estaba Saeth, que ya blandía su espada violeta.
La joven señaló hacia una colina que tenían delante, en la que se veía a un hombre alto, a lomos de un alazán, cubierto con una capa marrón y con una maza en la mano. A su espalda había un grupo de unos veinte hombres a caballo. Nadie se movió.
-¿Pueden ser vardenos? -preguntó Murtagh.
Eragon tensó sigilosamente el arco.
-Según Arya, aún están a muchas leguas. Tal vez sea una patrulla o una expedición de ataque.
-Eso si no son bandidos.
Murtagh montó en Tornac de un salto y tensó también el arco.
-¿Y si intentamos escapar? –preguntó Eragon mientras tapaba a Arya con una manta.
Sin duda los hombres ya la habían visto, pero confió en poder disimular que se trataba de una elfa.
-No serviría de nada –dijo Saeth moviendo la cabeza – Tornac, Gorm y Nieve de Fuego son buenos caballos de batalla, pero están cansados y no valen para hacer carreras. Mira qué caballos llevan ésos: han nacido para correr. Nos atraparían en menos de medio kilómetro. Además, tal vez tengan algo importante que decir. Será mejor que avises a Saphira para que vuelva deprisa.
El grupo de hombres los observaba desde la colina.
-Si nos amenazan –Eragon les dijo a sus compañeros en voz baja –Saeth y yo podemos asustarlos y ponerlos en fuga con nuestra magia. Y si no lo conseguimos, nos queda Saphira. Me encantaría saber cómo reaccionarán al saber que soy un Jinete. Se han contado tantas historias sobre los poderes que tenían... Tal vez baste con eso para evitar la pelea.
-No cuentes con ello –dijo Murtagh con llaneza –si llegamos a luchar, tendremos que matar a bastantes atacantes para convencerlos de que no vale la pena que se esfuercen.
-Además, mi magia está nula en estos momentos convino Saeth.
El hombre del alazán hizo una señal con la maza e indicó a los demás que salieran trotando hacia los tres jóvenes. Los hombres blandían las lanzas en alto y aullaban con fuerza mientras se acercaban. De sus costados pendían las fundas abolladas, y tenían las armas sucias y oxidadas. Cuatro de esos individuos ensayaron sus flechas en dirección a Eragon, a Saeth y a Murtagh.
El cabecilla de la banda giró la maza en el aire y sus secuaces respondieron con aullidos mientras trazaban un círculo salvaje en torno a los chicos.
En cuanto Eragon, Saeth y Murtagh estuvieron rodeados por completo, el cabecilla tiró de las riendas para detener su caballo, se cruzó de brazos y los examinó con ojo crítico.
-Vaya, éstos están mejor que la escoria que solemos encontrar –afirmó enarcando las cejas –al menos esta vez están sanos. Y ni siquiera hemos tenido que tirar una flecha. A Grieg le encantará.
Los hombres se rieron.
-Además, mira a esta preciosura –tomó a Saeth por la barbilla –de seguro que esta vale como tres veces más.
La chica le lanzó una mirada despectiva y le retiró la mano con el filo de su espada.
-Bueno –dijo el cabecilla —, si tenéis la bondad de soltar las armas, evitarán que mis hombres los conviertan en aljabas humanas.
Los arqueros exhibieron una sonrisa significativa y los demás volvieron a reír.
El único movimiento de Murtagh fue para reorientar la espada.
-¿Quiénes sois y qué queréis? Somos libres y queremos cruzar estas tierras. No tenéis ningún derecho a detenernos.
-¡Ah, yo tengo todos los derechos! –Dijo el individuo en tono despectivo –En cuanto a quiénes somos... Los esclavos no se dirigen a sus amos en ese tono, salvo que quieran recibir una paliza.
Eragon fulminó con la mirada a los hombres que lo rodeaban.
Las arrugas de la cara del cabecilla se acrecentaron.
-¡Soltad las espadas y rendíos!
Los traficantes de esclavos se pusieron tensos y lanzaron gélidas miradas a Eragon, a Saeth y a Murtagh al ver que ninguno de los tres bajaba las armas.
Uno de los hombres tiró de la manta que tapaba a Arya y dejó al descubierto el rostro de la elfa. El bandido boqueó de asombro y gritó:
-¡Torkenbrand! ¡Es una elfa!
Todos se agitaron sorprendidos mientras el cabecilla espoleaba a su caballo para acercarse a Nieve de Fuego. Miró a Arya y silbó.
-Bueno, ¿cuánto vale? –preguntó alguien.
Torkenbrand guardó silencio un momento, luego extendió una mano y dijo:
-Como mínimo... Una fortuna inmensa. ¡El Imperio pagaría por ella una montaña de oro!
Los traficantes gritaron excitados y se palmearon las espaldas.
Saphira apareció en el cielo y se lanzó en picado. Eragon captó la atención de Saeth yMurtagh con una brusca señal y estos entendieron el aviso. Murtagh descabalgó al traficante de un codazo en la cara y clavó los talones en los flancos de Tornac. Agitando la crin, el caballo de batalla saltó hacia delante, dio una vuelta y se alzó sobre las patas traseras.
Murtagh blandió la espada cuando el caballo volvía a posar las patas delanteras y soltaba una coz en la espalda del traficante que él había desmontado. El hombre dio un grito.
Saeth gritó y atravesó a otro con la espada, para luego pararse en cuclillas sobre la montura de Gorm, como tiempo atrás había hecho en la de Saphira y dio un giro para tirar a otro del caballo.
Antes de que los asaltantes entendieran lo que estaba pasando, Eragon se apartó como pudo del alboroto, alzó las manos e invocó unas palabras del idioma antiguo. Un globo de fuego de color índigo se alzó en el suelo en medio de la refriega y estalló en un manantial de gotas derretidas que se disiparon como el rocío calentado por el sol.
Un segundo después, Saphira cayó del cielo y aterrizó al lado del muchacho. Abrió las mandíbulas para exhibir sus gigantescos colmillos y bramó.
-¡Atrás! –Exclamó Eragon por encima del barullo – ¡Soy un Jinete! –Blandió a Zar'roc en lo alto, con su filo rojo resplandeciente bajo el sol, y la apuntó hacia los traficantes de esclavos – ¡Huid, si queréis conservar la vida!
Los hombres gritaron palabras incoherentes y se atropellaron entre sí en su afán por escapar. En medio de la confusión, una lanza golpeó la frente de Torkenbrand que, aturdido, se tambaleó y cayó al suelo. Los hombres ignoraron a su jefe caído y se alejaron a la carrera, en tropel, lanzando miradas de terror a Saphira.
Torkenbrand se esforzó por ponerse de rodillas. La sangre brotaba de las sienes del individuo y le corría por las mejillas formando una redecilla carmesí. Murtagh desmontó y se acercó a él a grandes zancadas, con la espada en la mano. El traficante alzó débilmente los brazos, como si quisiera protegerse de un golpe. Murtagh lo miró con frialdad y luego le golpeó el cuello con el filo de su espada.
-¡No! –gritó Eragon, pero era demasiado tarde.
El tronco decapitado de Torkenbrand se desplomó entre una nubecilla de polvo y la cabeza cayó con un golpe seco.
Eragon se acercó corriendo a Murtagh al tiempo que pronunciaba furiosas palabras.
-¿Se te ha podrido el cerebro? –Gritó, furibundo – ¿Por qué lo has matado?
Saeth lo miró sorprendida, pero guardó silencio y le lanzó significativa mirada a Saphira, dándole a entender que se preparara para dividirlos si era necesario.
Murtagh secó el filo de su espada en la espalda del jubón de Torkenbrand. El acero dejó una oscura mancha en la tela.
-No sé por qué te enfadas tanto.
-¡Enfadarme! –Estalló Eragon – ¡Es mucho más que un enfado! ¿No se te ha ocurrido que podíamos dejarlo aquí y seguir nuestro camino? ¡No! En vez de eso, te conviertes en verdugo y le cortas la cabeza. ¡No podía defenderse!
Murtagh parecía perplejo por la ira de Eragon.
-Bueno, no podíamos dejarlo por en medio... Era peligroso. Los demás han huido... Y él, sin caballo, no habría podido ir muy lejos. No quería que los úrgalos lo encontraran y se enteraran de la presencia de la elfa. Por eso he pensado que...
-Pero... ¿tenías que matarlo? –lo interrumpió Eragon.
-Lo único que pretendo es salvar el pellejo –contestó Murtagh –Ninguna vida ajena me importa más que la mía.
-Pero no te puedes entregar a la violencia gratuita. ¿Qué se ha hecho de tu empatía? –rugió Eragon, al tiempo que se señalaba la cabeza.
-¿Empatía? ¿Empatía? ¿Me puedo permitir sentir empatía por mis enemigos? ¿Debo dudar entre defenderme o no porque podría dañar a otros? Si fuera así, llevaría años de muerto. Hay que estar dispuesto a protegerse a uno mismo y a cuanto uno quiere, cueste lo que cueste.
Eragon miró a Saeth en busca de ayuda, pero la chica s mantuvo al margen. Estaba de acuerdo con Murtagh, desde que abandonara a Galbatorix se había mantenido con vida quizá demostrando aún menos compasión por la vida de los demás. Pero de ninguna manera se pondría en contra de su mejor amigo y a favor de Murtagh.
Eragon enfundó a Zar'roc con brusquedad y movió la cabeza alocadamente.
-Eres capaz de justificar cualquier atrocidad con tus razonamientos.
-¿Te crees que me divierto? –Gritó Murtagh –Desde el día en que nací, mi vida está amenazada. Todas las horas que he pasado despierto las he dedicado a evitar peligros de cualquier clase. Y no me es fácil conciliar el sueño porque siempre estoy preocupado por si llegaré a ver la luz del alba. Si hubo un tiempo en que estuve a salvo, debió de ser en el vientre de mi madre, aunque ni siquiera fue así. No lo entiendes. Si tú vivieras con este miedo, aprenderías la misma lección que yo: no hay que correr ningún riesgo. —Señaló con un gesto el cuerpo de Torkenbrand—. Él era un riesgo y lo he superado. Me niego a arrepentirme y no pienso mortificarme por lo que ya está hecho –miró a Saeth –Ella me entiende –agregó sorprendiendo a la chica –por que ella ha tenido que pasar por lo mismo.
Eragon pegó su cara a la de Murtagh.
-Aun así, está mal hecho –Ató a Arya al vientre de Saphira y montó en Nieve de Fuego – ¡Vámonos!
Murtagh tiró de las riendas para que Tornac esquivara el cuerpo de Torkenbrand, tumbado boca abajo sobre el polvo ensangrentado. Saeth los siguió en silencio, algo molesta por que el chico la metiera en medio. Eragon tenía una imagen de ella sobre una chica que si bien había cometido sus errores, era incapaz de lastimar a alguien con intensión. No quería que su amigo supiera las cosas que había hecho en el pasado.
