La saga The Legend of Zelda y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Nintendo.
Capítulo 14:
La Trifuerza de las diosas y el prometido de la princesa
Su respiración era rápida y pesada, su corazón latía muy rápido. Link dio unos pasos hacia atrás, hasta que sus piernas no lo sostuvieron más y cayó al suelo sentado, exhausto. Zelda corrió hacia él y se abalanzó, abrazándolo.
— ¡Cuidado! —exclamó Link con una pequeña risa.
— Lo siento —se disculpó Zelda apartándose un poco—. ¿Estás bien?
— Un poco dolorido y con algunos rasguños. Por lo demás todo bien.
Zelda volvió a abrazarlo y esta vez él también la rodeó con uno de sus brazos mientras sostenía la espada con la otra mano, permaneciendo así varios minutos.
— He pasado tanto miedo —dijo Zelda hundiendo su rostro en el pecho de él—, pensaba que te mataría.
Con su mano libre, Link acarició con suavidad la mejilla de Zelda, quien alzó la mirada, y esbozó una sonrisa tranquilizadora.
Se levantaron y observaron a su enemigo caído. Aunque habían derrotado a Ganondorf, la lucha aún no había acabado, la guerra todavía asolaba la frontera con el desierto. Link se encaró a Zelda y la cogió de la mano, la izquierda de él con la derecha de ella.
— Necesito que me hagas un favor Zelda —le dijo con súplica—, necesito que me dejes tu fragmento de la Trifuerza.
Zelda lo miró confusa, no entendía muy bien para qué lo quería, pero igualmente afirmó con la cabeza. No sabía qué tenía que hacer para entregarle su fragmento pero lo intentó de todas maneras. Aún cogidos de la mano, cerraron los ojos y se concentraron en las marcas de sus manos. Éstas comenzaron a brillar, de la de Zelda, surgió un fragmento, y de la de Link dos.
Frente a ellos, los tres fragmentos se juntaron, formando la Trifuerza. La Trifuerza permaneció ahí, flotando a poca distancia del suelo. Parecía estar hecha de oro puro y era más alta que ellos. Link soltó la mano de Zelda y se acercó a aquel objeto sagrado. Alzó su mano y la tocó.
— ¡Diosas de la Trifuerza, escuchad mi deseo! —rogó—. Devolved la paz a Hyrule. Haced que la guerra acabe.
La Trifuerza brilló intensamente y desapareció.
— ¿Qué ha pasado? —preguntó alarmado—. ¿A dónde ha ido?
— Una vez concedido el deseo, la Trifuerza vuelve allá donde debe reposar, a la Tierra Sagrada.
Link suspiró aliviado, por un momento había pensado que había desaparecido sin concederle su deseo. Zelda se acercó a él y lo cogió de la mano, entrelazando sus dedos con los de él. Link la miró y le sonrió, ella le devolvió la sonrisa.
— Todo ha acabado —dijo él.
— Sí —afirmó Zelda—, gracias a ti, Link. Has estado magnífico.
— No ha sido nada, además no lo hecho yo solo —respondió quitándole importancia—. Cualquiera hubiese hecho lo mismo.
Zelda negó con la cabeza.
— No, Link. En este mundo hay poca gente con el corazón lo suficientemente puro como para no usar la Trifuerza en beneficio propio.
— La verdad es que durante un instante he estado tentado. Me hubiese gustado pedirle estar a tu lado, pero no hubiera estado bien. Prefiero luchar por ti con mis propios medios.
Zelda sonrió y le rodeó el cuello con los brazos. Tiró de él, acercándolo, y lo besó. Link no tardó en devolvérselo y pronto se fundieron en un profundo y apasionado beso. Se separaron justo en el momento en que comenzaron a escuchar un estruendo de pasos que se acercaban por el pasadizo, aunque permanecieron abrazados.
Rápidamente, un gran número de guardias llegaron a la sala y los rodearon, apuntándolos con sus lanzas.
— ¡Suelta a la princesa de inmediato! —exclamó uno de los guardias en tono amenazante.
— ¡Identifícate! —exclamó otro.
Link sujetó con fuerza la espada con una mano y a Zelda con la otra.
— ¡Bajad las armas! —ordenó una voz proveniente del pasadizo.
El rey Gustav de Hyrule entró en la sala seguido de Impa. Al verlo, aunque confusos, los guardias se apresuraron a obedecer la orden de su rey y a apartarse de su camino.
— Me alegro tanto de ver que estáis bien —dijo Gustav con alivio—. Cuando he visto la entrada destrozada he temido lo peor.
Su vista se desvió de ellos hasta el cuerpo tendido de Ganondorf.
— ¡Ganondorf! —exclamó sorprendido—. ¿Está…?
— Sí, padre, está muerto —respondió Zelda soltando a Link—. Link ha acabado con él.
El rey miró al joven de arriba abajo y sonrió.
— Majestad —llamó Impa.
Gustav se giró en su dirección y vio que le señalaba algo con un gesto de cabeza, se volvió a girar y miró lo que le señalaba, la espada que Link sostenía en su mano. Su vista enseguida se dirigió hacia el centro de la sala, hacia el lugar de reposo de la Espada Maestra. Pero no estaba ahí, efectivamente estaba en manos de Link. Sus ojos se abrieron del asombro, aquello solo significaba una cosa, que el héroe elegido había regresado. Su sonrisa se ensanchó más.
— Limpiad este lugar —ordenó a los guardias—. Tú Impa, llévatelos y que descansen.
— Sí, Majestad.
Zelda y Link siguieron a Impa hasta la habitación de la primera. Impa abrió la puerta y se hizo a un lado, dejándolos pasar.
— Descansad —sugirió—. Volveré en un rato.
Se marchó cerrando tras de sí la puerta.
— ¿Te importa? —preguntó Link señalando la cama de Zelda.
Ella negó con la cabeza. Sin perder ni un instante, Link se dejó caer sobre la cama, bocabajo. Estaba completamente exhausto. La cama de Zelda era muy blanda y cómoda, ya no recordaba la última vez que se había tumbado en algo tan cómodo. Notó cómo el colchón se hundía a su izquierda. Miró y vio a Zelda tumbada de lado junto a él, mirándolo con una pequeña sonrisa en sus labios. Alargó el brazo hasta él y le apartó el flequillo de la cara, acariciándole suavemente la frente.
— Pareces el héroe de la antigüedad, vestido de verde y con la Espada Maestra en tu mano —dijo señalando con la mirada la espada en la mano de él.
No se había percatado que aún la empuñaba. Aquella espada se amoldaba tan bien a su mano, que era como si fuera una extensión de su brazo, como si sostenerla fuera lo más natural para él.
Link alargó la mano hasta Zelda, pero se detuvo antes de tocarla. Vio que sus manos estaban cubiertas de sangre, la sangre de Ganondorf. Notó cómo se formaba un nudo en su garganta.
— Será mejor que me lave las manos —dijo levantándose.
Caminó hasta el otro lado de la habitación, donde había un barreño y una jarra con agua para llenarlo. Dejó la espada a un lado, se quitó los guantes y sumergió las manos en el agua, frotó con fuerza e insistencia hasta que no quedó ni una gota. Miró su reflejo en el espejo que había frente a él. Tanto en su rostro como en la túnica había también manchas de sangre. Cogió agua con ambas manos y se la llevó a la cara, lavándola.
Sus manos comenzaron a temblar. Hasta ese momento no había sido plenamente consciente de todo lo que había sucedido. Había luchado contra Ganondorf y había acabado con él. Aquel había sido su deber. Desde el momento en que había empuñado la Espada Maestra había sabido que solo él podía hacerlo. Pero había acabado con la vida de una persona, malvada y perversa, sí, pero una persona al fin y al cabo. Durante mucho tiempo había deseado acabar con aquel hombre y vengar a sus padres, había deseado proteger a Zelda y salvar a la gente de aquel reino, pero ahora que sus manos se habían manchado de sangre, deseaba no haber tenido que hacerlo.
Notó algo sobre su hombro. Se giró y vio a Zelda junto a él con una toalla en la mano. La cogió y se secó las manos y la cara con ella.
— Link —dijo Zelda casi en un susurro—, has hecho bien, Link. Había que hacerse, de otra manera Ganondorf no se hubiese detenido hasta que hubiese conseguido su propósito.
La miró a los ojos. Tanto en sus ojos como en su voz había sinceridad. Él sabía todo aquello, pero ello no lo hacía más fácil de soportar.
Intentó posar su mano sobre la mejilla de ella, pero se detuvo en el último momento, dudando. Zelda cogió aquella mano y la apretó contra su mejilla.
— Eres una buena persona, Link. Eres dulce y amable, no dejes que lo de hoy te afecte.
Zelda cogió la mano de Link y besó la palma. Él la miró fijamente. No sabía cómo lo hacía, pero solo con aquel gesto, Zelda había conseguido que aquellos sentimientos negativos se esfumaran en un instante. Agarró el rostro de ella con ambas manos y depositó un suave beso sobre sus labios. Cuando se separaron le sonrió.
Llamaron a la puerta. El rey e Impa entraron. Parecían cansados, pero aún les quedaba mucho por hacer. El rey Gustav se acercó a Link y Zelda con una sonrisa.
— Has hecho un gran trabajo, Link —dijo ofreciéndole la mano—. Mi reino te estará eternamente agradecido por ello.
Link inclinó levemente la cabeza y estrechó la mano del rey.
— Solo he cumplido con mi deber, Majestad.
El rey soltó una carcajada y le dio unas fuertes palmadas en el hombro, desequilibrándolo por un instante.
— No hace falta que seas tan modesto, chico —dijo entre risas—. Ahora, me gustaría que me contarais con pelos y señales lo ocurrido.
Los cuatro se sentaron en el sofá y los sillones y Zelda les relató lo ocurrido desde que habían llegado a la sala subterránea hasta que Ganondorf había caído muerto. Gustav e Impa escucharon sin perder detalle el relato y, cuando éste acabó, el rey soltó un largo suspiro y se recostó sobre el respaldo del sillón.
— ¿Puedo verla? —le pidió a Link.
Link afirmó y sostuvo la Espada Maestra con ambas manos, una en la empuñadura y otra en la hoja, mostrándola. Misteriosamente, la sangre de Ganondorf había desaparecido de su hoja. Gustav alargó las manos, pidiendo que se la dejara, y Link se la entregó. La empuñó con su derecha y la observó atentamente.
— Que espada tan magnífica —dijo maravillado—. Pese a los años que ha pasado ahí abajo, no tiene ni una mancha de óxido, incluso después de una ardua lucha como la de hoy, ni una mella desluce su hoja. Parece nueva, recién forjada.
Tras echarle otra ojeada, le devolvió la espada a Link.
— Es como dice la leyenda —dijo el rey de forma pensativa—. "Cuando el mal amenace de nuevo, el héroe se alzará otra vez y empuñando la espada sagrada, cuyo brillo disipa todo mal, traerá de nuevo la paz a estas tierras" —recitó.
Zelda encontró similitudes en las palabras de su padre con lo que vio escrito en las tablas de piedra del Templo del Tiempo.
Durante unos minutos reinó el silencio.
— ¿Qué ha sido de los que han atacado la ciudad? —preguntó Zelda, rompiéndolo.
— Tal y como había imaginado, han sido un grupo de gerudos —respondió Impa—. Ganondorf les había ordenado que crearan una distracción. De hecho toda la guerra ha sido una distracción para poder infiltrarse en el castillo.
Impa les contó toda la información que habían podido conseguir. Al parecer, desde el principio, el objetivo de Ganondorf había sido Zelda, o más bien su fragmento de la Trifuerza. Aprovechando que el grueso del ejército estaba ocupado defendiendo la frontera y que la Ciudadela estaba prácticamente desprotegida, había aprovechado para colarse junto a un puñado de gerudos sin que nadie se diera cuenta. Las gerudos se habían dividido en dos grupos, uno había creado la distracción en la Ciudadela y otras se habían introducido en el castillo, de esa manera Ganondorf había podido campar a sus anchas. Después de una ardua y larga batalla, pudieron reducirlas y apresarlas.
Una vez que la lucha hubo acabado, les habían contado a las gerudos sobre la muerte de Ganondorf, pero, en vez de estar furiosas por la muerte de su rey, parecían estar agradecidas. Al parecer, muchas en la tribu no compartían las mismas ambiciones que él, pero era su rey, no les quedaba más remedio que obedecer sus órdenes.
— Nos han ofrecido un tratado de paz a cambio de que las dejemos libres —explicó el rey—. Para ser un pueblo de ladronas, son bien extrañas.
— Pese a lo que se dedican, las gerudo son un pueblo pacífico y con honor, si no se las molesta, ellas te dejan en paz —dijo Impa—. Son orgullosas y jamás pondrían la mano encima a alguien indefenso y débil.
— También se han ofrecido a mediar para alcanzar la paz con las otras tribus que Ganondorf gobernaba, pero no nos pueden asegurar nada.
— ¿Las habéis liberado? —preguntó Zelda.
— Así es —afirmó el rey—. Las hemos dejado marchar a todas excepto a su líder, que ha querido quedarse como muestra de buena fe hasta que todo acabe. También quiere agradecerte personalmente lo que has hecho, Link.
— ¿A mí?
— Como ya te he dicho, no estaban muy contentas con Ganondorf.
— Entonces el deseo se ha cumplido, ¿no? —preguntó Zelda mirando a Link.
— ¿Qué deseo? —preguntó Gustav, confuso.
— Link ha usado la Trifuerza para pedir que la guerra acabe —informó Zelda mostrando el dorso de su mano, en el cual la marca había desaparecido.
El rey Gustav suspiró y esbozó una pequeña sonrisa.
— No hay duda que estoy en deuda contigo, Link —dijo—. Tendré que recompensarte.
— No es necesario, Majestad.
— Por supuesto que lo es —insistió—. Piensa durante los próximos días en algo que desees, haré lo que esté en mi mano para concedértelo.
— Muchas gracias —dijo Link con una reverencia.
Una vez que los sucesos de aquella noche estuvieron explicados y aclarados, el rey e Impa se marcharon, no sin antes sugerir que durmieran y descansaran.
Zelda fue hasta detrás de una mampara donde se cambió de ropa y se puso su camisón para dormir. Cuando salió, Link también se había cambiado, llevaba la ropa que se había traído del bosque, y estaba tumbado en el sofá.
— Link —llamó, él la miró sin moverse—. Métete en la cama.
Los ojos de Link se abrieron desmesuradamente y sus mejillas se tiñeron de rojo.
— No pienso dejarte dormir ahí en el sofá, te mereces dormir en un sitio más cómodo.
— Pero…
— Nada de peros —insistió cogiéndolo del brazo y tirando de él—. Vamos.
Link finalmente se levantó y la siguió. Zelda no tardó en meterse en la cama y echarse a un lado, dejándole sitio. Link permaneció de pie, pensativo. Finalmente apagó las lámparas y se metió bajo las sábanas, guardando cierta distancia con la princesa. Zelda soltó una risita y se acurrucó junto a él.
— Zelda —dijo él con reproche poniéndose tenso—. ¿Qué haces?
— Oh, vamos, no te hagas ahora el tímido. Solo busco calor. Cuando volvíamos de la finca bien que te pegaste a mí por la noche.
— La situación era diferente, y estaba en la forma de lobo.
Zelda lo rodeó con los brazos y se pegó más a él.
— Esta noche no quiero separarme de ti, Link. Déjame dormir junto a ti.
Link suspiró, se relajó y la abrazó también. Pronto, ambos se quedaron profundamente dormidos.
Cuando Zelda despertó al día siguiente, la luz de la mañana se filtraba a través de una pequeña ranura de la cortina. Aún seguía abrazada a Link, parecía que ninguno de los dos se había movido en toda la noche. Lo observó atentamente. Siempre que lo había visto dormir había sido como lobo, por lo que aquella visión era nueva para ella. También era la primera vez que despertaba por la mañana y él conservaba aquella apariencia. Se fijó en los rasgos de su rostro, en la forma de su mandíbula, en su nariz recta, en sus largas pestañas rubias, en sus finos labios que la tentaban a besarlos,… era tan hermoso… Su corazón comenzó a latir muy rápido. Quería besarlo. Posó su mano sobre la mejilla de él y se acercó. Cuando sus labios rozaron los de él, oyó un grito seguido de un estruendo.
Miró por encima del hombro de Link y vio a una de sus doncellas de pie junto a la puerta, parecía sorprendida, asustada incluso. Link despertó y miró confuso a Zelda antes de girarse en dirección al ruido.
— ¡Un hombre en la cama de la princesa! —exclamó la doncella.
En ese momento entró Impa, que había escuchado el estruendo y se había apresuró a ir hasta su origen.
— ¿Qué ocurre aquí? —preguntó.
Pero no necesitó que nadie le respondiera, los hechos hablaban por sí solos. Suspiró y echó de allí a la doncella, no sin antes advertirle que no debía contar a nadie lo que había visto. La doncella recogió la bandeja que se le había caído y se marchó corriendo.
— Sabes que no te hará caso, ¿verdad? —dijo Zelda.
— Debía intentarlo.
Link estaba confuso, acababa de ser despertado de golpe y aún no entendía qué estaba pasando.
Impa los miró y se giró para marcharse.
— Daos prisa y cambiaros —dijo desde la puerta—. Su Majestad os espera en el comedor.
Se marchó y cerró la puerta de nuevo. Link estaba aún más confundido, no les había regañado ni reprochado por haber dormido juntos.
En el comedor del castillo, el rey los esperaba sentado en la cabecera de una larga mesa. Les señaló unos asientos para que se sentaran y unos sirvientes se apresuraron a servirles el desayuno. Zelda se sentó a la derecha de su padre, frente a Impa, y Link junto a ella.
Zelda observó cómo los sirvientes los miraban sin poder disimular una sonrisa. Tal y como había supuesto, la doncella no había sabido mantener la boca cerrada.
— ¿Habéis dormido bien? —preguntó el rey de manera casual.
— Creo que han dormido demasiado bien —respondió Impa con reproche.
Gustav la miró confuso y Zelda se sonrojó. Puesto que no estaban solos, Impa se acercó al oído del rey para explicarle la situación. Cuando se apartó, Gustav soltó una carcajada.
— ¡Qué bonito es ser joven! —dijo sin dejar de reírse.
Ahora sí que Link estaba completamente perdido.
— Parece que la Ciudadela ha recuperado su calma de siempre —informó Gustav—. ¿Por qué no dais un paseo? Os irá bien salir y tomar el aire después de lo de ayer. No hará falta que llevéis escolta, creo que mientras estés con Link no correrás ningún peligro.
— Es una gran idea, padre —dijo Zelda con una gran sonrisa.
— Luego, cuando volváis, reuníos conmigo en mi estudio, tenemos cosas de que hablar.
Zelda afirmó.
Una vez acabaron de desayunar, Zelda y Link se disculparon y se dispusieron a marcharse.
— ¿Has pensado que vas a pedirme, Link? —preguntó el rey Gustav justo cuando iban a salir por la puerta, Link afirmó con la cabeza—. Perfecto entonces.
Mientras caminaban por los pasillos, Zelda pudo observar cómo sirvientes y guardias los miraban y cuchicheaban entre ellos. Si prestaba atención podía escuchar palabras como amantes, dormir, cama, besar, y otras palabras más explícitas. Estaba avergonzaba, aquellos rumores sobre ellos se estaban extendiendo como la pólvora.
Link no se había percatado de los comentarios y rumores, ni cuando salían del castillo ni a la vuelta, estaba demasiado distraído pensando en otras cosas. En el momento en que el rey le había dicho que lo recompensaría con aquello que pidiera, él ya sabía qué quería, pero dudaba de si el rey aceptaría realmente su petición.
— En cinco días celebraremos una fiesta —les informó Gustav—. Celebraremos la derrota de Ganondorf y el fin de la guerra.
Tal y como les había pedido, tras volver de la Ciudadela, habían ido hasta su estudio. Habían dado un agradable paseo, visitado los diferentes puestos del mercado y también se habían sentado junto a la fuente de la plaza central a disfrutar del espléndido día. Link había expresado lo feliz que era de haber recuperado de forma definitiva su verdadero aspecto. Zelda también estaba feliz por aquello, aunque una parte de ella echaría de menos a aquel lobo tan magnífico.
Aunque todavía la gente parecía confusa por los sucesos de la noche anterior, la noticia de la muerte de Ganondorf, el Rey del Desierto, había recorrido ya toda la ciudad y la gente parecía feliz, el fin de la guerra estaba próximo.
— ¿No es un poco pronto para celebraciones? —cuestionó Zelda.
— No, está bien así —respondió el rey—. Después de toda la tensión sufrida y las preocupaciones, la gente necesita algo que les levante el ánimo y que les haga olvidar aunque sea un momento todo ese sufrimiento.
Durante largo rato, les estuvo explicando sus ideas para la fiesta. Todos en la Ciudadela y alrededores estarían invitados, por lo que se prepararía el gran salón del castillo y los jardines para albergar tal acontecimiento. Se repartiría gran cantidad de manjares y una orquesta animaría el ambiente con su música.
A Link no le acababa de convencer la idea. Después de tantos años viviendo en soledad, no se sentía muy cómodo teniendo que asistir a un evento con tal cantidad de gente. Para colmo, el rey Gustav quería anunciar ante toda aquella multitud que él era quien había derrotado a Ganondorf. Solo de pensar en todas aquellas miradas fijas en él, hacía que se le revolviera el estómago.
— Antes has dicho que ya tenías tu petición —dijo el rey.
Link afirmó. Durante unos instantes se mantuvo en silencio. No sabía muy bien cómo plantear aquello y estaba nervioso, no sabía cómo el rey de Hyrule reaccionaría ante su petición.
— Majestad, me gustaría que me dierais permiso para cortejar a vuestra hija.
Reinó el silencio. El nerviosismo de Link iba en aumento ante la falta de respuesta del monarca.
— Sé que solo soy un plebeyo y que solo los nobles pueden hacerlo, pero os ruego que hagáis una excepción. Amo a vuestra hija y haré lo que sea para ser digno de ella y hacerla feliz.
Pese al nerviosismo, permaneció serio y firme.
— Eso no va a ser posible —dijo Gustav, tirando por los suelos todas sus esperanzas.
Bajó la cabeza, apenado, esperaba que al menos le diera la oportunidad. Notó cómo Zelda lo cogía de la mano, la miró y vio que le sonreía. ¿Por qué sonreía?
— Déjame que te cuente una historia, Link —prosiguió el rey—. Hace ya unos años, yo tenía un gran amigo, un amigo en el que confiaba completamente. Era capitán de la guardia del castillo y un hombre honrado y honesto. Él tenía un hijo, un niño precioso de apenas un año. Tanta era la amistad que nos procesábamos, que decidimos unir a su hijo y a mi Zelda en compromiso cuando ésta nació. Aquello era perfecto, tenía la intención de que los dos comenzaran a conocerse desde bien pequeños, que entablaran amistad, podía ser que incluso se enamoraran, era la mejor opción, así Zelda no tendría que casarse con un desconocido. Solo con que aquel niño fuera la mitad de lo que era su padre, ya me daba por satisfecho, sería todo lo que deseaba para mi hija. Pero pocos años más tarde, sin darme un motivo, motivo que hasta hace poco no he sabido ver, él y su esposa decidieron marcharse de la Ciudadela, no sin antes prometerme que volverían cuando el niño cumpliera nueve años, para que de ese modo pudieran conocerse él y Zelda. Aquella fue la última vez que les vi.
Link conocía parcialmente aquella historia, Zelda ya se la había contado tiempo atrás.
— Los años pasaron en los que solo me comuniqué con él mediante esporádicas cartas, pero un día recibí la que me comunicaba que pronto volverían. Días después de recibir aquella carta, me llegó una terrible noticia, él y toda su familia habían fallecido. Habían sido asesinados. Quedé destrozado con aquella noticia. Pero ahí no se acababa todo, tenía que tomar una gran decisión, tenía que elegir un nuevo marido para Zelda, por eso decidí concertar entrevistas con los hijos de nobles más adecuados para el puesto al que debían aspirar. Por desgracia, a Zelda no le agradaba ninguno de ellos.
Zelda soltó una pequeña risa.
— Pero la historia no acaba aquí, pues las diosas parecieron sonreírme de nuevo. Hace poco tiempo descubrí que estaba vivo, el hijo de mi amigo había sobrevivido. Jamás se encontró su cuerpo, pero todo el mundo lo dio por muerto, pues no se encontró rastro de él. Pero está vivo y ha vuelto, por lo que los pretendientes ya no son necesarios.
Link apretó los dientes, su deseo más profundo no se cumpliría. Notó la mano de Zelda apretando la suya con fuerza, intentando reconfortarlo.
— Es un chico magnífico, no solo es todo lo que esperaba de él, sino que ha superado todas mis expectativas. Es un joven bueno, fuerte, valiente e inteligente, al igual que Líon, su padre.
El corazón de Link dio un vuelco. Aquel nombre no le era para nada desconocido. Era el nombre de su padre. Miró primero al rey y luego miró a Zelda, a quien su sonrisa se le había ensanchado.
— Tú lo sabías, ¿verdad? —dijo en tono recriminatorio.
Zelda afirmó.
— Desde hace tres días —respondió en tono culpable—. Padre me pidió que no te dijera nada, que era mejor esperar a que no te transformaras en lobo. Lo siento.
Bajó la cabeza, avergonzada. Le hubiese gustado poder contárselo enseguida, pero era cierto que mientras Link siguiera siendo un lobo, no era lo más adecuado.
Link esbozó una pequeña sonrisa. Era incapaz de estar enfadado con ella y menos cuando ella lo miraba con aquella expresión avergonzada tan adorable. Sujetó el rostro de ella con ambas manos y depositó un suave beso sobre su frente. Al ver la sonrisa de él, ella también sonrió.
Había una parte de él que todavía no se creía aquello, estaban prometidos, él y Zelda estaban prometidos desde que eran unos niños. Su padre jamás le había hablado de ello, ni siquiera que era amigo del rey de Hyrule, en realidad no recordaba que su padre hablara de cuando habían vivido en la Ciudadela.
— ¿Por qué mi padre nunca me contó nada? —preguntó.
— Supongo que estaba esperando a que tuvieras la edad adecuada para entenderlo —respondió el rey.
Sí, era muy probable. En aquella época, Link había sido un niño bastante inocente y despreocupado, el concepto de compromiso matrimonial hubiese sido difícil de entender para él. Teniendo en cuenta que querían volver a mudarse a la Ciudadela cuando él tuviera nueve años, posiblemente su padre estaba esperando ese momento para contárselo. Aunque aquello tenía sentido, todavía había un detalle que no acababa de comprender.
— Hay algo que no entiendo —le dijo al rey—. Por mucho que ambos fuerais tan buenos amigos, él era un simple plebeyo, ¿cómo es posible que pudierais acordar un compromiso con vuestra hija, la princesa, con el hijo de unos plebeyos?
El rey soltó una pequeña carcajada.
— Es cierto que tu madre era burguesa, una plebeya —respondió con una sonrisa—, pero no tu padre. Líon era hijo del conde Wald, un noble con gran influencia en la corte.
— Mi padre un noble —murmuró Link sorprendido—, no tenía ni idea.
— Es lógico, tu padre se vio obligado a dejar su familia cuando era joven —explicó el rey—. Al ser el menor de tres hermanos, a tu padre no le quedaba nada por heredar, todo se lo llevarían sus hermanos. Lo normal en estos casos es que el menor permanezca con el mayor, ayudándole y trabajando para él, pero Líon no se llevaba bien con sus hermanos y con lo orgulloso que era no quería tener que pedirles nada. Sabiendo eso, su padre le dio dos opciones, casarse con la hija de algún otro noble y entrar en su familia, o servir a la corona como soldado. No tuvo que pensárselo dos veces. En aquella época él y yo ya éramos buenos amigos, por lo que podía mover los hilos para que lo destinaran aquí, al castillo. De esa forma no tuvo que casarse con una mujer que apenas conocía.
— Aun así, es extraño —dijo Zelda—. Por mucho que fuera hijo de un noble, dejó la familia, perdió todos sus títulos. ¿No se quejaron el resto de nobles cuando anunciasteis el compromiso?
Ella también tenía curiosidad por aquella historia, cuando su padre le había dicho que Link era su prometido, había estado tan feliz que no había pensado en aquellos detalles, no había caído en la cuenta de que él no era noble.
— Por supuesto que lo hicieron, pusieron el grito en el cielo, pero, como antes he dicho, el conde Wald era una persona muy influyente y consiguió acallar cualquier tipo de queja. Por otra parte, Líon había demostrado ser un hombre de confianza y había conseguido subir en el escalafón militar con una rapidez asombrosa, ha sido el capitán de la guardia del castillo más joven de toda la historia. Les insistí en que aquella proeza debía ser recompensada.
Link sonrió. Él siempre había admirado a su padre, su sueño de pequeño siempre había sido ser como él. Escuchar como otra persona lo alababa de aquella manera, hacía que se sintiera lleno de orgullo.
— Cuando tu padre y yo acordamos el compromiso me hizo prometerle algo —prosiguió el rey—, me hizo prometerle que si alguno de vosotros dos no estaba de acuerdo se cancelaría. Zelda está más que de acuerdo, si tú también lo estás seguiremos adelante con ello.
La respuesta era evidente, minutos antes, cuando Link le había pedido permiso para cortejar a Zelda, había dejado muy claras sus intenciones con ella. La miró fijamente. ¿Cómo iba a decir que no cuando ella le devolvía la mirada con aquellos ojos llenos de adoración? Sabía que no estaba bien hacerlo delante de su padre, pero no pudo resistirlo, posando suavemente su mano sobre la mejilla de ella, le dio un corto beso en los labios.
— Por supuesto que lo estoy.
Comentarios: Aquí está el último capítulo. Tal y como prometí, os dejo a continuación el epílogo.
