Hola a todas y a todos, perdonen por la demora con ésta historia pero…había estado un poco ocupada. Les agradezco muchos a quienes comentaron el chap anterior! Muchas gracias, les envío un abrazo enorme. Ya saben quedan pocos capítulos, espero sean de su agrado.
Disclaimer: Los personajes de ésta historia le pertenecen a Akira Toriyama
EN LA OSCURIDAD
Cap. 13
Una conversación pendiente
Recordaba aquellos momentos, después de que ese asqueroso metamorfo se atrevió a aparecerse en su edificio, seduciendo a sus empleadas y tratando de intimidarlo, de advertirle sobre Bulma, ese miserable; pero pensaba con mayor detenimiento sobre todo ese asunto mientras estaba a solas en su departamento, mientras esperaba que Bulma descanse y se encuentre mejor porque ya sabía lo que venía.
No podía tranquilizarse. La ansiedad lo devoraba por dentro, su bestia se removía sedienta, gruñendo, rabiando, mientras los recuerdos de Bulma siendo perturbada por ese sujeto lo asaltaban uno tras otro. Y la imagen de su cuerpo desnudo en aquella fotografía, amarrada a una cama, con la piel sonrosada y al borde de un orgasmo, acudía a su memoria cada vez que cerraba los ojos.
Se pasó una mano por el pelo, notando la piel pegajosa por el sudor. Se estiró sobre el sofá, clavando la mirada en el techo acristalado de su departamento, observando el infinito cielo oscuro y estrellado. La luna era una franja más estrecha que la de la noche en la que Bulma y él compartieron aquellas mismas sábanas para sudar y jadear juntos por primera vez, descubriendo lo que era el placer y la lujuria compartida. Aquella exquisita vez que la besó, que la tocó, que la acarició.
En esos momentos en que Shirota la tenía drogada, no era normal que permaneciera impasible ante los acontecimientos, ese estado de inactividad solo provocaba más dolor y más anhelo. Se había ablandado con este asunto, en lugar de pelear por el favor de la hembra, estaba esperando a que ella tomara una decisión. La decisión de abandonar a su marido para estar con él. Pero la desesperación lo obligó a ir tras ella, tras su rastro hacia aquel pent house en donde vivía con el metamorfo.
No era una decisión fácil de tomar, era incómoda, dolorosa y compleja, porque Bulma era demasiado bondadosa y sufría. Tenía un corazón tan generoso que pensaba en los demás antes que en su propia felicidad. Y Vegeta había estado tan convencido de los sentimientos que Bulma buscaba en él, de su demostración de amor y pasión, que no había previsto la posibilidad de que ella quisiera marcharse para no volver.
¿Acaso no había manifestado varias veces que amaba su cuerpo, que la adoraba con sus atenciones, con sus palabras? Había cumplido con el aspecto físico, había satisfecho sus anhelos, la había respetado, la había saciado, ¿necesitaba también una demostración emocional de lo mucho que la deseaba? Porque no solo deseaba su cuerpo, deseaba su mirada, su atención, su voz. Su sexo, su lengua, sus manos, a ella. A toda ella.
Recordaba que habían transcurrido dos noches desde que la tocara por última vez. No podía soportar la angustia, tenía que actuar, tenía que hacer algo, imponerse sobre el derecho legal de Shirota y llevarse a Bulma con él. Secuestrarla contra su voluntad si era necesario, traerla a su hogar para amarla a todas horas, para satisfacerla cada minuto, para abrazarla y no soltarla jamás. Era su única opción, su marido la había atado a la cama, no la dejaría marchar sin más. En esos momentos la idea de que, con toda probabilidad, mientras Vegeta se consumía en la melancolía, ambos pudieron estar manteniendo intensas relaciones sexuales, susurrándose encendidas palabras de amor y aquello sólo lo desquició.
Lanzó un gruñido de frustración, sintiendo que se le formaba una bola de rabia en el estómago. No podía permitir una cosa así. No podía dejar que Bulma se entregara a su marido, Vegeta sabía que no se sentiría tan satisfecha como con él y por eso es que se apareció la noche anterior en su pent house, por eso es que luchó por ella, por eso es que las cosas se salieron tanto de control que no tuvo más opción que acabar con el metamorfo, a pesar de su propia intromisión, a pesar de haberse enfrentado a Cordera. Ahora llegaba lo más difícil de todo esto, decirle a la mujer que quería que, había tenido que matar a su marido porque este era una bestia cambiante y totalmente descontrolada. Sí claro, sería tan fácil.
La verdad es que estaba asustado, ¿Qué sucedería si Bulma no lo entendía? ¿Si lo dejaba allí sólo? ¿Si lo abandonaba?
Tenía que demostrarle a Bulma lo mucho que la deseaba, tenía que convencerla de que ella era una mujer femenina que merecía tener todo lo que deseaba y no conformarse con un hombre tan déspota como el doctor Yamcha. Ella tenía que saber que podía ser libre de elegir lo que anhelaba. Ser feliz.
Él estaba convencido de que era su felicidad.
Se levantó de un salto y se vistió de manera apresurada con un único objetivo en mente: encontrar a Bulma en su departamento y ésta vez, hablar con ella y esconderse por un tiempo, llevársela por la fuerza si era necesario. Debía salvarla de las garras de los metamorfos que de seguro empezarían a buscarlos, de esa vida que nadie le dejaba vivir tranquila. La rescataría y la protegería de todo.
Salió al pasillo, pero no avanzó ni un paso. A los pies de la puerta de su departamento encontró un paquete de color marrón. Lo habría ignorado si «Vegeta» no hubiera estado escrito con letras negras y enormes, demasiado sospechoso para pasarlo por alto. Se agachó a recogerlo y en el aire flotó un aroma conocido que lo puso de muy mal humor, maldita sea al parecer ya estaba comenzando todo.
No había remitente, pero sabía perfectamente quienes se lo enviaban. Lo palpó y sintió un escalofrío, imaginando lo que contenía. De nuevo, en lugar de actuar como debería, en lugar de tirar aquel paquete y correr a su casa con Bulma, regresó a su departamento y abrió el sobre. Le temblaban las manos como a un idiota y eso solo sumó varios grados a su enfado. Volcó el contenido y un puñado de fotografías se esparcieron sobre la mesa. Apretó los dientes al notar la embestida de su bestia interior, ofendida ante aquella provocación, al parecer el miserable de Shirota no había estado solo.
Todas las imágenes eran de Bulma, una docena de fotografías en las que aparecía desnuda. En una de las imágenes, ella estaba tumbada sobre la cama, con las muñecas atadas al cabecero y un antifaz negro cubriéndole los ojos. En otra, se mostraba solo la curva de sus caderas y sus nalgas. La fotografía que más lo impactó fue aquella en la que Bulma, desmadejada entre sábanas blancas, con el cuerpo brillante de sudor, tenía las muñecas atadas a los tobillos y de entre sus muslos sobresalía lo que con toda probabilidad era un vibrador.
Vegeta aplastó las imágenes sobre la mesa, gruñendo. Resopló por la nariz, furioso, temblando de pies a cabeza.
En aquellas fotografías se podía apreciar la satisfacción y el gozo en las facciones femeninas. A pesar del antifaz, los labios entre abiertos de Bulma eran prueba suficiente del profundo gemido de placer que brotaba de su garganta. La forma de su postura, las curvas de su cuerpo, la tensión de sus músculos, la piel brillante y el contraste de la imagen en blanco y negro, hacía que las sensaciones saltaran del papel hacia Vegeta. Fue como verla ante él, pero sin poder tocarla, olerla, amarla. Y éstas fotografías estaban en manos ajenas, tenían un arma poderos a su favor. Ella sólo podría verse así para él, jamás la expondría a la vergüenza, a la deshonra.
Las tiró a un lado, pero enseguida las recogió, nervioso por maltratar un recuerdo de Bulma. Aunque no hubiese sido él, el autor de las fotografías, ni había estado presente, las atesoraría por igual. Eran eróticas, excitantes, hermosas. Eran unas imágenes de las que podía sacar mucha información, en cuanto pudiera tomarse unos minutos para analizarlas sin que la furia limitara su parte racional.
Tenía que buscarla y hablar con ella de una vez.
Abandonó su refugio ignorando las advertencias de su instinto, espoleado por la sed de su bestia. Ni siquiera fue consciente de entrar en el edificio en el que vivía hasta que las puertas del ascensor se abrieron en el piso número siete. Con gran revuelo se acercó hasta la puerta y llamó con enérgicos golpes pues había olvidado las llaves, antes de darse cuenta de que eran las dos de la madrugada y todo el mundo estaba durmiendo. Cerró los puños y apretó los dientes, estremeciéndose. Se había jurado a si mismo ser discreto en este asunto y aparecer a esas horas era la imbecilidad más grande que había hecho en su vida adulta. Parecía un cachorro en lugar de un adulto.
Sus sentidos captaron sonidos y olores en el interior de su vivienda. A través del denso silencio de la noche escuchó unos pasos suaves y el roce de la ropa. Y también captó el aroma de Bulma al otro lado de la puerta. Se estremeció, su bestia lanzó un rugido y su cuerpo se tensó para contener al depredador.
Estaba cometiendo un grave error. Era humillante presentarse así frente a la mujer a la que deseaba, arrastrándose y lamentándose como un animal herido, intentando hacerle comprender que lo que había hecho fue necesario, pero ¿Con qué cara?, ¿Cómo le diría todo lo que ocultaba?. Él era Vegeta, un hombre, un lobo, y podía tener todo lo que deseaba sin tener que suplicar. Si deseaba algo, lo obtenía. Si quería a Bulma, la tendría, pero no le suplicaría. Se la llevaría. Estaba allí para arrancarla de las garras de su destino, para llevarla con él lejos donde esté protegida, a un lugar íntimo y secreto dónde el resto del mundo quedaría fuera y ellos estuvieran solos, sin preocupaciones, sin responsabilidades, sin necesidad de dar explicaciones de nada a nadie.
Cuando escuchó el cerrojo, el corazón de Vegeta retumbó dentro de su cabeza. Un segundo después, la puerta se abrió un poco y el rostro somnoliento y cansado de Bulma apareció por el hueco bajo la cadena del pestillo, hace unas horas le había hecho el amor hasta el cansancio y parecía que aquel deseo jamás desapareciera.
Se quedó sin respiración. Ella agrandó los ojos por la sorpresa, sus pupilas se dilataron, su olor se volvió picante y sus mejillas se ruborizaron. Vegeta se vio a si mismo embistiendo contra la puerta para entrar en su casa, cogerla en brazos y tomarla contra la pared de un modo violento y apasionado. No le costaría nada meterse entre sus muslos y penetrarla con una firme embestida, ahogándola en un apretado abrazo de sensaciones. No la dejaría pensar, la asfixiaría con un ardiente abrazo hasta escuchar sus gemidos, sus gritos, sus súplicas.
Pero se contuvo. Con gran esfuerzo, dominó a su bestia interior, controlando el alocado impulso de enterrarse entre los pechos de Bulma una vez más y aspirar su suave aroma o lamer la aterciopelada piel de su cuerpo. Ella estaba en su casa, con él, Vegeta no tenía ninguna necesidad de reclamar nada, ella ya era suya.
Justo en ese momento, se preguntó si estaba siendo un ingenuo. No pudo evitar un doloroso pensamiento. ¿Y si Bulma no sentía lo mismo que él? ¿Y si ella lo había engañado para tener una aventura y nada más? ¿Y si todo lo que se habían dicho en el teatro, antes de entregarse a la lujuria, era mentira? ¿Y si solamente lo usó para librarse de su marido?
¿Podía estar ella riéndose de él en ese momento, viéndole ante ella, a punto de suplicar patéticamente que se vaya con él?
—Buenas noches, Bulma —dijo, con la voz tan ronca que sonó como un gruñido
La vio estremecerse y el temblor de sus labios la delató. No, ella no lo había engañado, era imposible. Bulma era inocencia, pureza, una mujer con sueños, con anhelos. Con necesidades que Vegeta ansiaba cubrir en todos los aspectos para siempre. Había llegado a él llena de sinceridad, de dulzura, había abierto su alma, se había mostrado tal y como era, entregándose a una pasión desmedida y primitiva.
Bulma no lo había engañado. Y su primera noche de pasión no había sido una distracción, ni una infidelidad. Había sido un grito de auxilio y el día de ayer sólo había sido la muestra fehaciente de que estaban destinados a estar juntos.
—Vegeta…
Aquellas palabras consiguieron que su cuerpo se tensara todavía más. Se le erizó el vello de los brazos y notó una dolorosa pulsación entre las piernas. Agachó ligeramente la cabeza para mirar a Bulma de un modo penetrante, leyendo las reacciones femeninas de su cuerpo y de su rostro.
— ¿Dormiste bien? —preguntó.
La vio estremecerse y tocarse la garganta. Vegeta registró lo poco que veía de ella, su piel sonrosada, el batín de seda que se ceñía a su voluptuoso cuerpo y sus pies descalzos. Inspiró hondo para impregnarse con el aroma que brotaba de ella, disfrutando de nuevo de aquel matiz picante que tanto había añorado éstas pocas horas que habían estado alejados.
—He dormido muy bien pero…acabo de despertar y no sé dónde estoy.
— ¿No lo recuerdas? Bueno, aunque en realidad nunca entraste aquí antes, estás en mi casa.
— ¿Por qué estoy en tu casa? Solamente recuerdo una absurda pesadilla en que Yamcha me había atado a la cama, fue algo tan absurdo e impropio y no lo vas a creer pero…incluso en aquella pesadilla él se convertía en una bestia enorme y también vi a un hombre lobo, ¿Puedes creer eso? Creo que realmente necesitaba descansar, lo que no comprendo es… ¿Qué hago en tu casa, Vegeta?
Aquello lo cambiaba todo. Su bestia se agitó con violencia ante la posibilidad de que Bulma no recordase nada de lo sucedido hace pocas horas, no quería actuar a escondidas, mientras los metamorfos estaban fuera, esto no se lo esperaba.
Sabía de sobra que huir no sería un problema pero…si ella no recordaba nada ¿Cómo se la llevaría con él?, ¿Bajo qué excusa? Vegeta sabía que ella no necesitaría nunca más a ese mal nacido. Cuando se apresuró a llegar al pent house de Bulma la tarde anterior, la última idea que tuvo fue que él podría llenar de ardientes recuerdos su cuerpo y su mente, saciarla como la primera vez para después, largarse y dejarla temblando entre las sábanas de su cama. Esa hubiese sido una buena lección para Yamcha, hubiese sido demostrarle a ese imbécil que no estaba hablando con cualquier tipejo al que pudiera intimidar pero las cosas se habían salido de control.
— ¿No lo recuerdas? ¿No recuerdas todo lo que pasó? ¿Todo lo que Shirota te hizo?
Ella estaba tensa y nerviosa.
—No entiendo…
—Tu marido. ¿No recuerdas nada?
—Vegeta…
—Bulma —susurró con un tono tan áspero que ella se puso a temblar, pensó un poco antes de hablar y prosiguió— quiero saber si ese hombre con el que estás casada, te ofrecía todo lo que necesitas. Dime si te satisfacía carnal y emocionalmente. Sabes que quiero respuestas sinceras, puedes confiar en mí.
— ¿Por qué quieres saber eso? —murmuró ella.
—Porque quiero ofrecerte más de lo que él puede dar —necesitaba convencerla, hacer que acepte irse con él lejos, así podría protegerla y mantenerla a su lado.
Ella lanzó un suspiro.
— ¿Por qué me has traído aquí en realidad?
Vegeta reprimió un gruñido al escuchar el tono sedoso de su voz. Había tristeza, otra vez ese tono nostálgico que lo ponía enfermo. Esa resignación en ella lo puso de muy mal humor, todos los avances que había logrado aquella noche en el ballet y el día de ayer, se habían echado a perder. Bulma volvía a ser esa mujer abatida que él había conocido, la que buscaba aventuras, pero se sentía atrapada en un océano de responsabilidades y obligaciones.
—Te he traído para llevarte conmigo —confesó— Para liberarte de la prisión a la que habías regresado. No te das cuenta, pero fuiste y eres infeliz, porque veo en tu mirada que quieres regresar en tu marido incluso ahora. ¿Por qué? Conmigo te sentiste libre, deseada y amada. Con él no. Ni siquiera recuerdas lo que te hizo. No disfrutabas del sexo con tu marido con la misma intensidad con la que disfrutaste conmigo. Él no consigue que te ahogues y que empapes las sábanas, ni hace que tu cuerpo tiemble sin control. Tu marido no te satisface, nadie lo hará. Nadie te deseará ni amará de ésta manera.
— ¿Y tú sí? —exclamó ella.
—Yo sí. Yo te he besado tan fuerte que he probado el sabor de tus pecados. Te he abrazado con tanta firmeza que has sentido el ardor de mis propios demonios. No creas que te lo he dado todo, te he amado despacio, lo nuestro solo ha sido una pequeña dosis, una ínfima parte de todo lo que podemos hacer juntos. Porque yo te disfruto lentamente, porque para hacerlo deprisa, no te amaría. Y tú sabes que puedo tocarte sin usar las manos, hacerte arder de pasión y llevarte más allá de tu pensamiento sin ni siquiera rozar tu piel. Recuérdalo Bulma, recuerda aquella vez en que fuiste mía por primera vez…recuérdalo. Huyamos lejos de aquí, vayámonos lejos Bulma, lo necesitas…lo necesito.
