Holi c: ¿Cómo están, girls? Oigan, muchas gracias por los reviews. ¡Dos y hacemos los 200! lloro de emoción, las amo y son geniales ;)
Este capi es más dulcito, creo qe es el más feliz de todo el fic xd así qe disfrútenlo.
¿Les cuento? ¡Tenemos página oficial del fic en Facebook! A algunas ya les había dicho junto con la respuesta de su review, pero por si acaso, aquí está: www(punto)facebook(punto)com/pages/S%C3%B3lo-esta-Noche-Fanfic-APH/227843667288279 Hay dos canciones del fic y se agregan más ;)
Tengo que decir esto: Alfred F. Jones & Camila Vallejos: Un Amor Prohibido.
Oh gott, qe manera de webiar en el colegio, el tercer capi de las aventuras de la bernarda trata de eso. XD
Y eso po washis ;) Muchas gracias por todo, espero disfruten el capi, se cuidan!
PD: Camila Vallejos es una dirigente estudiantil, miembro de las juventudes comunistas de Chile. XDDD Los opuestos se atraen :B aunqe iwal haya cagao al pobre de Iván con el gringo D:
Sólo esta Noche
Entonces era otro de esos días en los que Mattie se encontraba sin más compañía que la que Kumajirou podía ofrecerle. No era algo nuevo, con el paso del tiempo se había acostumbrado de buena manera y ahora, con sus mellizos, no era como si se sintiese solo. Había estado ocupado la mayor parte de la mañana ordenando la habitación de los bebes (porque Matthew quería que los primeros meses de vida, tal vez años, los niños se mantuvieran juntos; le parecía cruel separarlos cuando fueron concebidos uno al lado del otro) y colocando su ropa en el ropero barnizado que Iván y él habían comprado hace unos días. Los peluches de los niños los puso sobre las repisas, algunos en la cuna grande de color amarillo y luego el pequeño lugarcito donde los mudaría, lo adornó con las colonias, cremas y demás.
Ahora suspira algo agotado y se va a la cocina a buscar qué comer. Kumajirou duerme una siesta sobre su cama y él tiene la cita con su doctor en un par de horas más; mira el reloj, son las dos de la tarde. Alfred quedó en pasarlo a buscar a las 2:30. No sabe qué hacer ahora, no tiene nada en que ocupar su tiempo. Se rasca el cabello, coge una soda y vuelve a sentarse al sofá. En el lado que siempre ocupa Iván. Rusia partió a su país hace dos días, y Matthew le extraña. Con Guillermo han estado hablando pero no es lo mismo, a veces piensa que necesita al europeo a su lado.
Tiene planeado pasar a comer luego del doctor, le dirá a su hermano que lo mejor sería almorzar afuera y disfrutar un poco del aire libre, le ahoga estar en casa.
Y, al fin y al cabo, en todas estas cavilaciones se le ha pasado media hora. Se levanta con cuidado porque su vientre de siete meses le pesa mucho, y los pequeños parecen no parar de moverse nunca, lo toma con cuidado y camina a su habitación. Ahí encuentra a su oso que todavía duerme y Canadá sonríe dulcemente sin despertarlo, se limita a dirigirse al armario y sacar y planchar la ropa que se pondrá. Una polera verde de material muy delgado, casi seda, y pantalones café claro que le llegaban poco más abajo de las rodillas. En sí, Matthew pensaba que la ropa no era lo demasiado masculino como para usarla, pero no le quedaba de otra porque era lo único que tenía como para embarazado de siete meses y lo obtuvo de un desfile de modas del que participó con su jefe; el conjunto se lo habían obsequiado, a esperas de que se convirtiera en padre con alguna nación femenina. Matthew sonríe ante la paradoja. Su estómago creció muy rápido, y la ropa que anteriormente ocupaba traída de Rusia no le cabe, y tampoco es como si en Estados Unidos existiera ese tipo de cosas; Matt no quiere que su embarazo sea algo público en el país de su gemelo.
Así que la plancha, mirando como su mascota se estira y respira otra vez, y se levanta bostezando y buscando algo que comer. Es una escena muy divertida para Canadá, y en unos momentos su ropa ya está lista.
Se cambia, se peina, se perfuma y está listo. Ya son las 3 y 15. Ordena un bolso con algo para beber y papel higiénico, últimamente sus deseos de ir al baño han aumentado considerablemente y no quiere molestar a Alfred con algo tan mínimo y trivial. Se mira al espejo, luce muy bien, le sonríe y observa su vientre y sale, cerrando la puerta de su cuarto y buscando a Kumajirou. Lo encuentra en la cocina comiendo una lata de pescado que ha dejado abierta y lo agarra del pelaje, lamentablemente el osito se revuelve incómodo y cae al suelo, y Canadá no puede agacharse y cogerle porque su embarazo no se lo permite. Hace una mueca. Hay muchas cosas que sus hijos evitan que haga.
Matthew oye un sonido de auto fuera de su casa, y se asoma por la ventana a ver. Sí, es Alfred, que baja con un paquete de regalo en la mano. De inmediato esconde su cabeza esperando que no lo haya visto, pero abre rápido cuando escucha la puerta ser tocada. Estados Unidos tiene una bonita y gran sonrisa en la cara –la de siempre, la carcajada de plástico, la del héroe- y cuando le permite entrar, le da un abrazo fuerte, disfrutando que su estómago muy abultado se roce con el plano de él. El contacto produce en Canadá una contracción, una leve patada de los bebés, que pasa desapercibida para Alfred. Matt no le contesta el abrazo.
- ¡Hi Mattie! –habla muy fuerte. El aludido le sonríe sin demasiadas ganas.- ¿Estás listo?
- Sí… sí, vamos.
- Les traje un regalo.
Estira la mano y lo ofrece. Matthew lo toma, sonríe y lo deja en el sofá, asegurando que lo abrirá cuando lleguen de vuelta.
Se despide de su oso dejándole agua y comida en el patio, coge las llaves, su bolso y puede partir con su hermano. Sube al auto ayudado por él, y cierra la puerta. Alfred se pone arriba también y emprenden marcha.
- Y… ¿cómo han estado? –pregunta mirando hacia el frente.
- Bien, gracias –responde. No tiene muchos deseos de hablar ahora-
- ¿Te has sentido agotado?
- ¿Eh?
- Están muy grandes, deben pesar.
- Ah, eso, pues sí. ¡Y han pateado mucho últimamente!
- ¿Enserio? Oww, estoy tan emocionado por verlos. ¿Voy a escuchar su corazón?
- Yes.
- Oh, God –Alfred se muerde el labio, ocupando el manubrio para voltear a la izquierda- ¿Cómo es tu doctor? ¿Le dijiste que irás conmigo?
- No es necesario decirle esas cosas. Puedo ir con quien quiera.
- Pero esta vez vas a ir con el papá de tus hijos, eso es importante, ¿no?
- Siempre he ido con Iván –Matthew murmura aquello disfrutando del sabor que deja en su boca. Se siente muy bien contra su paladar y su lengua, el sentimiento de soledad y de culpa que expele Alfred, él puede alcanzarlo. Desvía la mirada hacia la ventana, observando el cálido día y no puede evitar pensar en aquella noche en que su hermano abusó de él. Obtuvo tanto sufrimiento ese día, fue su primera vez, lo recuerda, dolió como mierda, más porque Estados Unidos no fue un amante delicado y aprovechó la oportunidad para dar rienda suelta a sus instintos cavernarios. Luego en la mañana se despertó y aún estaba acostado en la incómoda posición que lastimaba su espalda, intentó vestirse pero despertó a Alfred, que le imitó sin decir una palabra. Listo, suficiente, tiene que dejar de pensar en eso.
Tiene una nueva vida ahora, junto a Dennis, a su hija y a Iván. ¡Oh, ha olvidado por completo que debe elegir el nombre para la niña! Pero es feliz, lejos de Estados Unidos y su animal interior, ese que no puede controlar ni del que puede escapar, porque uno jamás puede separarse de su otro yo, aunque aquello le parta el corazón. Él se va pero su corazón se queda durmiendo al lado del de Alfred.
Siguen sin hablar, ahora la luz del semáforo está en rojo y se detienen. La mano de su gemelo se mueve lentamente hasta su muslo y da un saltito al toque, no lo esperaba, pero Al le calma con la vista, esos ojos que le queman por dentro.
- Sé que todavía no me perdonas.
Nunca te he culpado.
- Pero quiero que tengamos una relación buena, Matt. Por lo menos por los niños. No lo hagas por nosotros, acéptame por los bebés, para que ellos tengan un padre presente.
Matthew traga saliva.
- Lo van a tener siempre porque Iván es lo mejor que he podido encontrar.
Estados Unidos hace una mueca y responde despacio.
- Sin embargo yo soy el padre biológico. Y quiero estar cerca de ellos, que sepan que su daddy es los Estados Unidos de América, y que su mom es Canadá, y que se llevan bien, que se quieren. Somos gemelos de todas maneras, Mattie.
- I know.
- Te quiero –murmura levemente. Matthew agacha la mirada, qué deseos tiene de responderle que él también lo quiere, que lo va a seguir amando incluso si le daña más, pero algo de orgullo le queda circulando.
- Con Iván buscamos nombre para los niños.
Alfred sonríe tristemente, así que evitará ese tema lo más que pueda… bien, tal vez sea mejor así.
- ¿Si?
- Sí. El niño se llama Dennis. Dennis Adrik, me gustan mucho sus nombres, son llamativos. No demasiado comunes ni algo tan desquiciado, creo que están bien.
- Son lindos –acepta, está de acuerdo- ¿No han buscado uno para la nena?
- No.
Alfred piensa un momento. Hace un tiempo, hubo un hombre al que le hizo ponerse en el caso hipotético de que fuesen padres. Muy bien, con eso, deberían escoger un nombre, y a Estados Unidos le parecía encantador convertirse en padre de una niña, entonces, quería un nombre para ella. ¿Sería acaso capaz de preguntarle a Matthew si podía ser él quien decidiera? Se ha estado comportando como un hombre responsable no desde hace mucho, y le da miedo que con eso rompa todo lo que ya ha creado. Cierra sus ojos fuertemente por unos momentos, la imagen que se forma en su cabeza son unos orbes verdes. Por supuesto que aquel nombre que Arthur eligió era bellísimo y de su gusto, y Alfred había lastimado tanto a Inglaterra, que esto sería una especie de… bueno, puede hacerlo. Si Matthew no sabe sobre la procedencia del nombre, nada está mal.
Se ponen de pie cuando Matthew es llamado por Joseph, siempre con una sonrisa en el rostro delicado, siempre esperando que él venga con la mejor disposición posible. Canadá le saluda con un beso en la mejilla y recibe el ''te ves muy bien'' con una mueca bonita. Alfred lo hace con el ceño fruncido.
- Tú debes ser… -comienza el doctor observando a la principal potencia mundial. Alfred estira la mano.
- Alfred F. Jones, los Estados Unidos de América.
- Un gusto –dice, sonriendo. Así que este es su patria. La última vez, sólo le había visto un par de minutos y parecía alguien tan desagradable.
- El gusto es mío.
- Bueno, pasen chicos. Vamos a comenzar.
Los gemelos caminan muy cerca, uno pegado al otro. A veces sienten que ese tipo de contacto les hacía mucha falta, toda su vida se habían comportado de esa manera, el uno al otro con mucha piel, acariciando y abrazándose porque percibían al contrario simplemente como una extensión de sí mismos. En otras palabras, cuando Alfred tocaba a Matthew, sentía como si estuviese palpando una parte de su propio cuerpo.
Se sientan en ambas sillas frente a la de Joseph, el doctor revisa en su laptop la ficha médica de Matt, y cuando tiene todo listo procede con una serie de preguntas que Alfred escucha con mucha atención. Aquí todo es maravilloso y nuevo para él, el aroma incluso le parece más suave, casi idílico. Mira a Matthew como si su vida dependiera de ello. El doctor lo nota y se ríe.
- Muy bien. Estados Unidos mantiene una excelente relación con Canadá.
Las dos naciones se sonrojan.
- ¿Tú eres el padre, verdad? –Joseph siempre ha sido alguien muy directo, y no se sentirá menos aun así esté hablando con la representación antropomórfica de la patria que le dio pecho. Alfred sonríe levemente.
- Sí. Los mellizos son míos.
- Supongo que esto afianzará más las relaciones entre ambos. Dos hijos nunca son imperceptibles. ¿Sus superiores saben de esto?
Ambos se miran.
- El mío sí –dice Canadá, asintiendo. Estados Unidos se encoge de hombros.
- Obama no sabe nada.
- ¿Y cuándo pensabas decírselo?
Alfred se sorprende, sin estar realmente a corriente sobre ello.
- No lo sé.
- Como sea, espero que estén bien. Esos mellizos que vienen pronto se merecen tener un padre y… una madre que los quieran.
- Los tienen –asegura Matthew.
Joseph sonríe y deja algo que estaba anotando. Se pone de pie para buscar las cosas necesarias para la ecografía de Matt, Alfred le pregunta qué ocurre y es respondido; el hermano mayor asiente levemente. Mira todo curioso, observando detalladamente los movimientos del moreno y sus sonrisas mientras conversa con su gemelo. Canadá luce muy feliz con él, eso hace que Alfred se sienta igual.
Finalmente, Joseph le dice a su paciente que puede quitarse la ropa y acomodarse en la camilla. Matthew asiente y comienza a quitarse la blusa, la deja en la silla, luego se desabrocha los pantalones y los baja un poco, junto con su bóxer, se recuesta y respira profundamente.
- Puedes sentarte aquí si quieres –le dice Owen a Alfred, acercándole una silla. Alfred se levanta torpemente pero se acomoda al lado de su hermanito, mirándole sin entender mucho.
- Muy bien… ¿todo listo, Mattie?
- Todo listo.
Enciende la máquina y derrama el gel sobre el estómago de Canadá. Estados Unidos lo ve con los ojos muy abiertos, el transductor se mueve por sobre el vientre de Matthew, y aquello le produce cosquillas y ríe. Alfred cree que es la carcajada más hermosa que ha oído en su vida. Joseph comienza a moverlo de un lado hacia otro, esperando porque los niños aparezcan.
- Mmm… ¿cómo te has sentido?
- Bien, aunque la espalda me pesa mucho.
- Sí, es normal. Van creciendo. ¿Cuánto se han movido?
- ¡Demasiado! –dice efusivo. Alfred se siente excluido de la conversación- No me dejan dormir. Es como si cambiaran de posición o algo por el estilo, hacen que me maree.
- Son unos traviesos –asiente.- ¡Oh, mira! ¡Mira, ahí están! ¡Tan grandes!
- Sí… -sonríe cariñosamente, siempre lo hace cuando ve a sus hijos- la última vez los noté más pequeños.
- Mira, Alfred –dice Joseph, el gemelo mayor estaba divagando sobre el embarazo y el crecimiento, y el hecho de que se ha perdido todas esas etapas- Ahí están tus hijos.
Con las dos últimas palabras, Alfred gira su cabeza y sus ojos se abren desorbitadamente. Pestañea un par de veces, para creer en lo que está viendo. Ahí, en la pantalla, hay dos manchas blancas flotando en un mar negro, y se mueven delicados, pero lo hacen, y Estados Unidos siente que su corazón se acelera y su estómago se hace un nudo y hay algo en su garganta que no le permite hablar. Se siente sin fuerzas, entumecido, rígido, en sus oídos está solo el sonido del corazón de sus niños que late a pesar de todos los pesares. Se pasa una mano por la cara, ayudando a que su pelo vuelva hacia su cabeza y no le cubra los ojos, quiere ver.
No sabe qué decir, sólo atina a mirar fijamente la pantalla, sin hacer ningún movimiento. Joseph y Matthew se observan sin hablar.
Alfred siente que quiere llorar. Los dos bebés parecen complementarse, amarse.
- Mira cómo se acarician… -murmura Owen- Los gemelos y mellizos pasan el mayor tiempo de su gestación conociendo a su hermano más que a ellos mismos.
Y no sabe qué hacer, pero su mano se mueve sola y va a tomar la de Canadá y a entrelazar sus dedos, mientras no quita la vista de encima a sus hijos. Matthew se sonroja y desea separarse, pero no puede, siempre será más fuerte que él.
Tensa el contacto y le mira. Alfred lo hace también, sonriendo. Sus ojos brillan por las lágrimas contenidas.
- Son preciosos –le dice- Son hermosos, ¡y son nuestros! ¡Voy a ser el papá más feliz del mundo!
Canadá sonríe con melancolía. Cuánto desea creerle, cuánto.
- ¡Se movieron! ¡Se movieron, pude sentirlo! ¿Lo sentiste Mattie?
Canadá observaba por la ventana, no demasiado concentrado en Alfred ni en sus manías de niño pequeño. Ambos están en la cama del menor, él acostado y Estados Unidos con su oreja sobre el vientre de Matthew, prestando atención a cada onda que perciba su piel. No se han soltado de las manos desde que salieron del hospital.
- Sí, sí los sentí.
- Es tan genial… se mueven mucho. El doctor dijo que era normal, aunque debo admitir que me sentí preocupado al respecto antes. Pero dije: bueno, yo soy el papi, soy un héroe, así que mis hijos nunca serán dañados. ¡Puedo salvarlos de todo!
Oh, dear, ¿no lo hiciste dos veces?
- Es normal –acepta, bostezando. Su otra mano acaricia automática y monótonamente el cabello de su hermano.
- ¿Tienes sueño? ¡Puedo prepararte unos pancakes antes de dormir!
- Aún es temprano, ni siquiera son las siete.
- Bueno, podemos esperar. ¡Estoy tan emocionado por verlos nacer! ¡Y criarlos! Quiero que nazcan ya, ya, ya.
El pequeño niño aflora otra vez. Mattie le mira sin decir nada, y apoya su cabeza en el respaldo de la cama. La espalda le está matando a pesar de no encontrarse en pie. Se mira sus pies, un poco hinchados, y su vientre, todavía sujeto a la cabeza de Alfred. Estados Unidos parece muy excitado con toda esta situación, por unos momentos Canadá ha creído que él está siendo sincero y que quiere que ambos formen juntos a sus hijos, pero ya no puede dejarse llevar por esperanzas rotas, ni por sueños distantes, ni utopías falsas. Ahora ya abrió sus ojos, ya entiende, pero todavía no lo acepta.
Matthew jamás sería capaz de odiar a Alfred. Nunca. Porque a pesar de que le ha hecho tanto daño, él es su otra mitad, la persona a la que juró fidelidad por siempre y para siempre, en las buenas y en las malas, su aliado más sincero. No podría desearle mal, no quererlo, sería como no amarse a él mismo, y Canadá aún no cae en ese límite de la locura.
Así que fingirá un poco. Le acariciará más el rubio cabello, responderá con una sonrisa a todo lo que su hermano comente respecto de los niños y sólo se limitará a pensar. Parece un buen panorama para lo que queda de tarde.
- ¿Sabes? Estuve pensando en lo que dijiste.
- ¿En qué?
- A cerca de la niña. Ella no tiene nombre.
- Ah, no. Iván se encargaría de buscar uno.
- Uhm…
Matt le mira pestañando. Alfred se ha parado de él muy suavemente y se arrodilla en la cama observándole. Aprieta su mano un poco más, sólo un poco. Quiere sentirlo así otra vez, y otra, y otra más, para siempre.
- ¿Qué ocurre?
- Uhm… -vuelve a murmurar. Se acerca, y, a pesar de que Canadá se muestra reticente al contacto, el mayor acaba por acomodar su rostro en el recodo del cuello de su hermano, suspirando ahí. Le acaricia el dorso de la mano blanca y con la otra su vientre, mordiéndose el labio sin ser visto. - Yo… había estado cavilando en uno.
- ¿Eh?
- Sí. Si no te importara… también quiero sentirme responsable de ello.
- No es necesario –dice con total sinceridad.- Iván…
- No, yo quiero. Soy el papá, quiero ponerle un nombre, para que nunca se olvide de quién es y de donde pertenece.
Canadá se cruza de brazos, sin comprender.
- ¿Cuál?
Y Alfred recuerda. La noche, Arthur acurrucado en su pecho, su propia imaginación hundiéndole y el dolor en su corazón. ¿Cómo ha podido vivir con esto sin caer en el suicidio? ¡Oh, ya lo intentó una vez!
Aquel nombre sigue pareciéndole interesante y hermoso. Tiene un encanto sublime y una finura muy propia de la estirpe inglesa, pero que en una niña con las facciones de Matthew y sus modales exquisitos, luciría mucho mejor. Así que suspira, se aleja y baja la vista sonrosada para verlo inmediatamente después. Mattie le anima.
- Me gusta… me gusta el nombre Faloon.
Matthew nunca lo había escuchado antes y se sorprende. No es desagradable, sólo… extraño.
- ¿De dónde lo sacaste?
- De ninguna parte, me gusta y eso es suficiente. Me encantaría que ella se llamara así.
Él lo piensa. Es lindo, y realmente junto con Iván no ha tenido tiempo para buscar otro con que rebatir. ¿Por qué no? Alfred después de todo era el padre, algo de derecho tenía en todo este asunto.
- Es lindo.
- ¿Entonces?
- Si a ti te gusta, ella puede tenerlo.
Y Alfred le abraza más que emocionado, feliz. Mattie le corresponde también. Es un contacto en el que Estados Unidos entrega sin palabras todo el amor que le negó a su hermano durante los primeros meses del embarazo, y el que culminó con una tragedia que casi los asesina a ambos. Alfred siempre supo lo que tenía, siempre supo que Canadá le amaba fielmente y que jamás sería capaz de sentir lo contrario, pero él nunca pensó que pudiese ser capaz de perderlo.
O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O-o-O
- ¡Mattie! ¡Mattie, mira te tengo una sorpresa!
Canadá se levanta de la cama con pereza. Esperaba que su gemelo llegara, se estaba tardando un poco en el supermercado. Camina por el pasillo hasta llegar al salón y además de las bolsas y otros, lo que ve le hace abrir sus ojos con mucha sorpresa. Alfred tiene sobre el sofá a dos cachorros. Uno completamente blanco y con mucho pelo esponjoso y otro del mismo color pero con ciertas manchas negras. Son muy pequeños aún, así que están cubiertos por una camiseta de un equipo de béisbol. Enarca la ceja sin comprender, pero sabe que la raza del último cachorro nombrado es husky siberiano, porque luce mucho como el perro que Iván trajo cuando le contó de su embarazo.
- ¿De dónde los sacaste? –pregunta acercándose y sentándose. Los acaricia con cuidado.
- Los estaban vendiendo fuera de la tienda. Me dije: ''oh, son tan lindos y pequeños, no puedo dejarlos aquí, además, ¡mis hijos necesitan mascotas!''
- Tienen a Kumajirou.
- Tu oso no es seguro.
Frunce el ceño.
- Sí lo es.
- Como sea, ¿a qué no son hermosos? –se sienta a su lado, tomando al perrito blanco- Es un samoyedo –explica la raza- el otro…
- Lo sé.
- ¡Son adorables! ¡Siempre quise tener perros así!
Y Matthew no puede hacer otra cosa que sonreír y aceptarlos en su hogar, porque no tiene corazón para dejarlos en la calle. Son tan pequeños, tan delgados e indefensos, uno más tímido que el otro, le recuerdan a él y a Alfred.
- ¿Vamos a quedárnoslos?
- Claro que sí.
Otro abrazo, demasiados para un día, pero esta vez, hay cuatro cosas entremedio. Dos cachorros y dos niños. Sin darse cuenta y sin quererlo, Matthew ha comenzado a formar una familia.
Oww... me gustó como qedó, mas tiernucho (L) Los amo a esos dos xd aunqe Alfred sea bien maraco, iwal xd
Yaaapi, espero les guste, y nos estamos viendo ^^ Se me cuidan!
¿reviews?
