Capítulo XIV – Hobbies
Si algo adoraba Hermione de su nueva vida, además de su familia, eran los pequeños hobbies que tenían cada uno.
Ella se podía pasar horas y horas sentaba en el despacho de su marido, leyendo, se olvidaba del tiempo y hasta que no le sonaba el despertador, se olvidaba del mundo. Aprendió a ponerse el despertador desde el día en que la Sra. Harrison trajo a sus hijos a casa, porque se había olvidado de irlos a buscar a la salida del colegio, tuvo que inventarse una salida imprevisible que acabo en un atasco y que recién llegaba a casa, con las pintas que llevaba en el momento, cualquiera juraría que era verdad. No volvió a olvidarse de sus hijos jamás. Esa noche cuando se lo contó a Draco, el se rió y rió, ella se sentía tan mal, que mala madre era. Ahora que había dejado su trabajo para poder educar a sus hijos en casa, dado que no paraban de hablar de Hogwarts y su magia accidental tenía cada vez más y más estallidos que podían acabar en accidente, ya no podía pasar tantas horas como quería en el despacho de su marido, tenía que ocuparse de su familia.
Por otro lado, Draco prefería algo menos tranquilo, y pasaba al menos dos días a la semana durante dos horas enteras, en el campo de tiro del departamento de policía, o se iba con sus amigos a escalar, hacía cualquier cosa que fuera moverse. A veces bromeaban con que lo hacía porque echaba de menos el Quidditch, subirse a una escoba y volar persiguiendo una bola dorada. Sin saberlo, Hermione había acertado la primera vez que lo dijo, si había algo en todo el mundo mágico que Draco echara de menos, era el Quidditch. No había nada como estar subido en la escoba e ir de un lado para otro buscando a la escurridiza snitch dorada, más todavía si la perseguía para aplastar a Potter. Ya no podía hacerlo, tenían vecinos no-mágicos, sus hijos cogerían un mal ejemplo… ¡Lo echaba tanto de menos!
Tampoco era como si fueran los únicos con hobbies dentro de la casa, sus hijos, todos diferentes unos de otros, desde que eran pequeños, habían dado muestras de favorecer una u otra costumbre que acabaría como afición.
Empezando por Viola, cuando la veían bailar y saltar, y girar en el aire, Hermione la apuntó a clases de ballet, y sobresalió, "como toda una Malfoy, era perfecta", sin embargo, no se la veía feliz, no le gustaba eso de estar en un apretado tutú y unas bailarinas de puntilla, no, cuando su padre le regaló un invierno unos patines, la sonrisa iluminó toda la casa. Y terminó apuntada a clases de patinaje sobre hielo. Había competido una u otra vez, no por ganar, simplemente por divertirse y ya en Hogwarts, tendría que dejarlo, aunque no se iría sin una o dos medallas de bronce o plata. Menos mal que Draco no era como su padre y no le exigía el oro, entendía que si su pequeña era feliz, bastaba.
Scorpius fue un poco más complicado situarle en algo que le gustara, probó con todo, fútbol, baloncesto, tenis, atletismo, natación, cuando cumplió los ocho años lo descubrieron jugando con la pequeña espada de su disfraz de pirata, lo apuntaron a esgrima, y le había encantado. Los duelos era lo suyo, levantar la espada ropera y atacar de frente, sin recibir un solo toque. Tenían que admitir, sin embargo, que si sacaban a su pequeño de la esgrima, el pobre lo pasaba fatal y terminaba dejándolo sin acabar. No era vago, ni siquiera torpe, es que si lo obligaban a hacer algo en lo que no sobresalía, acababa por hacerlo peor de lo que podría si se esforzase un poco.
-Quiere ser perfecto, ¿qué hay de malo en eso?
-Pues no mucho, ¿qué te parece el hecho de que si no es el mejor, lo deja sin intentarlo más lejos? – Era la respuesta de Hermione – Es una actitud muy mala en un niño.
Siendo gemelos y siendo tan diferentes, Viola lo pasaba mal si hacía algo que no le gustaba, pero no se quejaba, Scorpius lo pasaba mal si no sobresalía y se quejaba por ello hasta que lo dejaran salirse con la suya.
Por suerte para sus padres, encontrar lo que hacía mas feliz a Regulus fue fácil. El niño adoraba la música, y cualquier instrumento que caía en sus manos, violín, guitarra, piano, teclado, batería…, acababan sonando a música celestial. Improvisaba a todas horas, lo que había tardado la magia en mostrarse, sus habilidades musicales se dieron a conocer desde que le regalaron un pequeño xilófono de juguete. Pronto su padre le compró un pequeño piano de juguete y al cumplir los seis años un violín, no por presionarle, no por mimarle, si no por el simple placer de verlo sonreír y empezar a investigar su nuevo juguete. A la tierna edad de ocho años sabía tocar el piano, el violín y estaba aprendiendo la guitarra eléctrica que denominaba de "muy simple" por tener menos acordes que el piano.
Valeska era una auténtica genio en todo lo que se propusiera, no era perfecta, ni mucho menos, Hermione reconocía que ninguno de sus hijos era perfecto o santo, pero Valeska destacaba en todo, tenía una vena cabezota "sacada de su madre", según Draco, que la hacía buscar la manera de ser la mejor, incluso si odiaba lo que hacía. No tenía el ritmo de su hermano, era incapaz de generar una nota agradable y cualquier instrumento que cayese en sus manos sonaba a gato estrangulado. Pero, el ballet, la pintura, la gimnasia…todo eso para ella era algo grato. A veces tenían que alejar las pinturas porque embadurnaba sus zapatillas de ballet de pintura y se ponía a girar sobre la moqueta en la habitación de sus padres hasta hacer algún dibujo. También destacaba en ciencias, era muy curiosa y la ciencia le gustaba. Draco había esperado que acabase estudiando veterinaria si la carrera de diseño no le salía bien. Con sus hijos mayores en Hogwarts, acabaría siendo cualquier cosa.
-Se nos irá a Rumania. – Le había dicho un día Hermione, mirando las estrellas entre los brazos de su marido – Y se casará con los hijos de Charlie Weasley.
-¿Por qué dices eso?
-Charlie Weasley trabaja con dragones, dejó toda su familia aquí para irse a Rumania a estudiar dragones, y mi niña le seguirá los pasos desde el momento en que los estudie.
-Claro que si, cariño, también estudiara hombres lobo, centauros, calamares gigantes…
-No lo decía en broma, Draco, no quiero que mi hija acabe estudiando animales peligrosos que pueden achicharrarla si bostezan.
Y lo dejó en medio de la noche, deseando que su mujer se equivocase y que su hija no se acercara a un dragón en su vida. Y menos casándose con un Weasley.
