Disclaimer: Rose, Scorpius, sus cuestionables parientes y demás personalidades reconocidas pertenecen a J. K. Rowling. Lo demás, humildemente, me pertenece a mí.

Ron no quería a Scorpius Malfoy cerca de su hija, pero alguien tenía otros planes. Una muchacha inocente y un joven manipulable en medio de una disputa que siempre les será ajena. Una venganza, tres corazones rotos y una historia que no se deja olvidar. La tormenta está por llegar.

¡Mejor tarde que nunca! Ultimamente actualizo muy tarde, pero al menos trato que sea todavía miércoles XD ¡Gracias por sus bonitos Reviews, son geniales! Aquí les va lo que sigue:

Capítulo XIV

Tatuaje

(Parte II)

Rose no sabía si debía o no contarle a Sam lo que pasaba con Hugo. Pujaba dentro de ella aquella sensación de que todo ese asunto no era suyo, no le pertenecía y no tenía derecho a compartirlo. Sin embargo, sinceramente necesitaba hablarlo con alguien. Lily, lejos de ser un apoyo moral, más bien se apoyaba en Rose con todo el peso de su angustia y desesperación; no podía contárselo a Albus, definitivamente no, por más bien que se llevaran, y ahí acababa su (no) lista de personas íntimas con las cuales podía hablar de temas personales. Sus compañeras de curso, o amigas, dependiendo del caso, estaban bien y eran buenas chicas, pero no podía hablar de algo como eso con ellas.

–Tengo que hablar contigo–Le dijo a Sam apenas la vio durante el desayuno, sin darle tiempo siquiera a sentarse a la mesa. Su amiga, quizá por lo mortalmente seria que Rose se encontraba, no le hizo preguntas.

Fueron a las cocinas, por supuesto. No había criatura más discreta que un elfo doméstico, más aún si se le pedía expresamente que guardara el secreto; Entraron dentro de la fragante y cálida habitación, y Rose se dispuso a hablarle a borbotones: el cambio en la personalidad y el carácter de Hugo, su conducta extraña, sus desapariciones continuas, aquel extraño tatuaje de dudoso significado y procedencia. Sam la escuchó atentamente, sin soltar ni una de esas bromas que eran habituales en ella.

–Creo que estaba equivocada–Repuso finalmente, cuando Rose hubo terminado su relato.

– ¿Equivocada? –Repitió la muchacha, esperándose cualquier respuesta menos esa– ¿En qué?

Sam cruzó las manos sobre el regazo, cuidadosamente, y fijó sus ojos allí un momento. Parecía medir sus palabras con cuidado, y que hiciera eso sólo inquietó más a Rose.

–Sobre esos chicos de la reunión secreta en la biblioteca–Hizo una breve pausa, y el corazón de Rose se congeló–. Quizá…sean más que eso después de todo.

– ¿Qué quieres decir? –Farfulló, aunque lo sabía perfectamente. Sam la miró haciendo una mueca de dolor.

–No me hagas decirlo.

Rose se dejó caer en una silla, sintiendo un repentino y violento malestar en el estómago. Un elfo doméstico, que ella sabía se llamaba Puck, se acercó para asistirla.

–Quizá necesita un vaso de agua…–Sugirió Sam mirándola con preocupación. Rose asintió, tragando con dificultad, y su amiga soltó una maldición al tiempo que Puck salía disparado a toda velocidad–Y eso que intenté decirlo con la mayor delicadeza posible.

–No es tu culpa, yo…–Rose sacudió la cabeza, y agradeció a Puck el vaso de agua. Le había puesto un poco de azúcar en el borde, y eso la ayudó bastante a reponerse–. He estado ciega. Todo este tiempo, acerca de todo. ¿Cómo no pude darme cuenta de que mi hermano estaba actuando diferente?

–A cualquiera puede pasarle–Murmuró Sam, pero Rose negó con la cabeza.

–No hablaba con él desde hacía semanas. Semanas–Repitió Rose, mirando a su amiga, atónita–. Es impresionante, y lo peor de todo es que la última vez ni siquiera fue una conversación. Me había acercado sólo porque Hugo estaba hablando con Scorpius. ¿No soy la peor hermana del mundo?

–Espera, ¿Qué? –Exclamó Sam, abriendo los ojos como platos. Rose parpadeó, y le bastó ese instante para comprender el aplastante peso de sus propias palabras. Se llevó una mano a los labios–Por favor, Rose. Eso sí que no entiendo cómo no pudiste verlo. ¿No te pareció raro ver a Hugo hablando con Malfoy?

–Pues…sí, por supuesto–Balbució–. Pero como Scorpius fue tan espantosamente grosero conmigo, yo ni siquiera me acordé de preguntarle a Hugo qué hacía hablando con él…

–Pues es un buen momento para hacerlo–La interrumpió Sam. Rose negó con la cabeza al tiempo que terminaba su agua con azúcar.

–No voy a preguntarle a Hugo. Obviamente no va a responderme con la verdad–Dejó el vaso sobre una mesa cercana y se puso de pie–. Voy a hablar con Scorpius.

Sam enarcó una ceja.

–No te ofendas, Rose, pero Malfoy tampoco es lo que se dice "sincero" contigo.

–Si no quiere hablar voy a tener que obligarle–Aseguró con una determinación que sonó a amenaza–. No me importa qué es lo que tenga que hacer para conseguirlo, pero va a tener que hablar.

Sam la estudió con la mirada durante un momento, con gesto casi cauteloso.

–No has dormido, ¿Verdad?

–No–Rose supuso que la pregunta se debía a sus evidentes y oscuras ojeras, producto del insomnio de la noche anterior.

–Rose, esto voy a decírtelo porque te quiero–Sam le puso ambas manos sobre los hombros, mirándola severamente–. No te encuentras bien, estás estresada y agotada.

–Eso ya lo sé–Rose enarcó las cejas, y Sam asintió.

–Habla con quien quieras. Sólo no hagas nada estúpido.

Quizá Sam tenía razón. No, rectificó mientras ambas iban camino a la clase de Pociones, Sam tenía razón. No había duda de que estaba estresada, y por encima de todo agotada. Lo mejor que podría haber hecho era tomarse alguna poción para dormir y sacrificar sus clases de aquel día, pero ciertamente se sabía incapaz de conciliar el sueño, y además, tenía que hablar con Scorpius Malfoy. Costara lo que costara.

Rose recorrió frenéticamente con la mirada la fila de alumnos frente a la puerta del aula, y sólo se tranquilizó –al menos momentáneamente– al ver que Scorpius no se encontraba entre ellos. Pero ya llegaría. Asistía con una puntualidad religiosa a todas sus clases, mucho más a la de Pociones.

–No hagas nada estúpido–Le recordó Sam cuando Rose se dejó caer contra el muro de piedra.

–No voy a hacerlo–Le dijo, y en ese momento lo vio aparecer por el corredor. Sam le tiró del pelo, obligándola a volver la vista al frente–. ¡Ay!

–Ahora vamos a entrar al aula.

–Pero si Slughorn todavía no llegó…–Pero Rose se tragó sus palabras, porque su profesor había hecho acto de presencia.

Aquel día el aula de Pociones estaba tan cálido y fragante como las cocinas, sólo que su aroma era mucho más…embriagador. Sorprendida, Rose distinguió el olor a cuero, a libro nuevo, y a aquel distintivo y dulce perfume que siempre había usado su padre. Y Scorpius también.

–Por favor–masculló Sam, mirando en derredor una vez que se sentaron–. Es sencillamente maravilloso.

Rose iba a responderle, pero el profesor Slughorn habló antes de que ella pudiera decir nada.

–Buenos días a todos–Saludó con aquella amplia sonrisa que parecía tener reservada para las clases de la mañana. Todos gruñeron una respuesta somnolienta–. Hoy vamos a continuar analizando los efectos del Filtro de Muertos en Vida. Pero antes, señores y señoritas, les he traído una pequeña sorpresa–Señaló un pequeño caldero a su izquierda, cuyo vapor ascendía en lentas espirales–. ¿Alguien puede decirme qué contiene este caldero?

Rose alzó la mano, dispuesta a responder. Había sabido la respuesta ni bien había sentido aquel maldito perfume. Sin embargo, alguien le ganó de mano.

–Señor Malfoy, bien–Sonrió el profesor, y Rose apretó la mandíbula. La vida parecía burlarse de ella, y no porque no hubiera podido responder precisamente.

–Es Amortentia–Repuso el muchacho con aquella voz moderada que la ponía enferma. A su lado, Sam volvió a tirarle del pelo.

–Parece que fueras a vomitar–La reprendió en voz baja–. Cálmate.

–Venga aquí, venga aquí–Lo llamó el profesor Slughorn alegremente, y Scorpius se levantó de su asiento situado al fondo.

Rose entrelazó los dedos de las manos y las escondió bajo la mesa, para que nadie pudiera ver cómo le temblaban. Lo miró, allí parado en frente de la clase, y el enojo le ardió en la garganta con una fuerza que la sorprendió. No creía odiarlo, el odio era un sentimiento demasiado venenoso y nocivo; pero definitivamente aborrecía aquella terrible apatía en sus movimientos, aquella frialdad de sus palabras, la forma en que la curva de su boca caía laxa sin expresión alguna. Sólo sus ojos, sus tempestuosos ojos, se agitaban en una vorágine de sentimientos tan turbulentos como indescifrables.

–Dígame, señor Malfoy, ¿Cómo se percató usted de qué se trataba de Amortentia? –Preguntó el profesor sonriendo ampliamente.

–Por el humo, en espirales. Y el brillo–Scorpius se inclinó cerca del caldero, y la piel de su rostro resplandeció suavemente. Aquello sumado a su imperturbable semblante lo hacía parecer menos humano todavía–. Nácar. "Un experto fabricante de pociones puede generar un poderoso enamoramiento, pero nadie ha conseguido todavía crear el único sentimiento verdaderamente indestructible, eterno e incondicional que merece ser llamado amor." –Scorpius alzó la vista, y miró al ahora encantado profesor–Hector…

–Dagworth-Granger–Concluyó el hombre, fascinado–. Excelente, muchacho. Eres puro talento. ¡Veinte bien merecidos puntos para Slytherin!

Hubo un tibio aplauso por parte del reducido grupo de Slytherin dentro del aula; Scorpius cruzó la habitación, regresando a su asiento, y por un instante sus ojos grises y turbulentos se fijaron en Rose. La muchacha apretó fuertemente los labios, y Sam le obsequió un puntapié por debajo de la mesa.

– ¿Por qué haces eso? –Se quejó, apartando la vista de Scorpius.

–Porque Agatha Dolohov te miraba como si tuvieras tres ojos, por eso.

– ¿Y a mí que me importa cómo me mire Agatha Dolohov?

–No estás entendiendo–Sam la miró con severidad–. Si Agatha Dolohov nota que estás actuando como psicópata, le dirá a Malfoy. Y entonces definitivamente no va a querer hablar contigo. Mucho menos a solas.

–Ya, está bien–Rose le echó una ojeada sorprendida–. Puedes ser la sensata del grupo cuando quieres.

–Ante casos desesperados, medidas desesperadas–Sam le tomó una de las manos y le puso una pluma entre los dedos–. Y ahora te conviene anotar, que Slughorn está hablando de los ingredientes.

–No tengo el menor interés en saber cómo hacer Amortentia–Se indignó Rose, y Sam la miró entre atónita y divertida.

–Por supuesto que no. Está hablando del Filtro de Muertos en Vida–Le dio unos golpecitos en la cabeza, y se inclinó sobre su pergamino para tomar apuntes–. Céntrate.

Y Rose lo hizo, o al menos lo intentó. Tomó nota de las palabras del profesor Slughorn, pero ciertamente no estaba concentrada en ellas. Su mente volaba una y otra vez a lo acontecido durante aquel último tiempo, hacia Scorpius y su repentina frialdad, su hermano y aquel fuego gélido en sus ojos, el llanto desgarrado de Lily, las mentiras, los miedos. No podría tranquilizarse, no podría estar en paz consigo misma a menos que llegara al fondo del asunto, y cuanto antes.

La clase tocó a su fin y Scorpius salió disparado del aula sin siquiera esperar a sus amigos. Rose lo siguió con la mirada, empezando a guardar sus cosas a toda velocidad.

– ¿Qué vas a hacer? –Le preguntó Sam, mirándola con cautela.

Rose metió su último pergamino en la mochila y se la echó al hombro.

–Seguirlo–Dijo, y salió también del aula a toda velocidad.

Todavía era demasiado pronto desde que finalizara la clase, muy pocas personas habían salido del aula. Rose las esquivó limpiamente sin apartar la vista de la nuca de Scorpius, quien se alejaba por el pasillo con una velocidad que en otro momento la habría sorprendido.

Pronto dejó a toda la gente atrás; la mochila empezaba a pesarle y estaba comenzando a desear que Scorpius se percatara de su presencia, como la anterior vez que ella lo había seguido, y le permitiera pararse a recuperar el aliento. Sin embargo, el muchacho siguió caminando a ese ritmo tan ligero hasta que llegaron ante una puerta a la cual Rose nunca le había prestado atención. Entonces Scorpius entró, y ella leyó el letrero: era un baño de varones.

En otro momento de su vida definitivamente habría esperado fuera a que él saliera, cuando menos; pero ese día, tal y como Sam había dicho, estaba estresada y agotada. Y se sentía decidida a hacer algo estúpido y que con toda seguridad lamentaría después: sin pensárselo dos veces, Rose empujó la puerta y se metió adentro.

Scorpius estaba frente al espejo, con ambas manos cerradas en fuertes puños sobre el lavatorio. Dejaba caer su peso en ellas, y el flequillo le ocultaba la cara. Por la mueca de su boca, parecía estarse conteniendo. Quizá para no gritar. Estaba sólo en camisa sobre los pantalones; su túnica, su corbata y su mochila eran todo un amasijo de tela en un rincón.

Los pasos de Rose hicieron eco en la habitación semi vacía. Scorpius dio un respingo al oírla entrar, y al alzar la vista se encontró con la imagen de la muchacha en el espejo, mirándolo fijamente.

–Rose–Murmuró, atónito. Se volvió hacia ella, pegando la espalda contra el lavamanos–. ¿Qué estás haciendo aquí? Es un baño de varones…

–Habla–Le ordenó ella, ignorando sus palabras completamente.

–No…

–Sé que tú sabes–Volvió a interrumpirlo, y él enmudeció en el acto–. Sé cosas. Más cosas de las que te imaginas.

La expresión desconcertada de Scorpius mutó a una cautelosa en cuestión de segundos.

–Creía que ya me habías dicho esas cosas.

–Sí, y yo creía que yo te importaba, mira tú qué curioso–Se mofó ella, con un fuego ardiendo en sus ojos de un celeste casi gris.

Algo en los ojos de Scorpius brilló con fuerza antes de volver a apagarse.

–Tienes que marcharte–Dijo en voz baja, recuperando aquel tono monocorde que la enloquecía.

–Voy a marcharme cuando yo quiera–Las palabras temblaron en la garganta de Rose con cierto tono estridente–. Y eso va a ser cuando me digas la verdad.

– ¿La verdad…? –Scorpius enarcó ambas cejas, pero por lo demás controló su expresión perfectamente. Le echó una ojeada calculadora a la puerta.

–No tienes opción–Empezó a decir ella, percatándose de sus intenciones–. No hay nadie aquí. Y no pienso dejarte salir.

–Eso no es…–Scorpius se calló al ver a Rose sacar la varita, apuntándolo con el pulso tembloroso–Rose.

–He dicho que no tienes opción–La muchacha se aferró a su varita tanto que el temblor en su mano aumentó–. Habla.

Scorpius la miró a ella, luego a la varita, después a la puerta, y finalmente de nuevo a Rose.

–No tengo nada que decirte–Repuso con voz fría.

–Por una vez en tu vida, dime la verdad–Insistió ella, acercándose a él sin dejar de apuntarlo con su varita.

–He dicho que no tengo nada…

– ¿Cómo puedes ser tan cínico? –Exclamó Rose sintiendo la indignación borbotear en su estómago– ¿Cómo puedes mirarme a los ojos y fingir que aquí no pasa nada?

Scorpius bajó la mirada, y sus pestañas se recortaron contra su piel.

–No estoy fingiendo. No tengo por qué–Alzó la vista, y sus ojos de tormenta se clavaron en ella, dolorosos como puñales–. Déjame salir. Rose–Insistió al ver que ella se quedaba dónde estaba–. Apártate.

Scorpius avanzó hacia ella a paso resuelto, ahora ignorando su varita en alto. La tomó deliberadamente por los hombros y la apartó de su camino. Rose se sacudió, todavía apuntándolo con su varita, pero sintiéndose incapaz de embrujarlo.

– ¡Es mi hermano! –Gritó, sintiendo sus ojos llenarse de lágrimas de impotencia. La varita temblaba en su mano escandalosamente. Scorpius, de espaldas a ella, se quedó estático frente a la puerta– ¡Mi hermanito!

Por un momento se hizo el silencio. Rose se oía sollozar, aún sin lágrimas.

–No sé de qué hablas–Murmuró Scorpius finalmente, y aquello la hizo perder la poca compostura que le quedaba.

– ¡No finjas, sé que tú lo sabes! ¡Lo sabes todo! –Rose se echó a llorar esta vez, sacudiéndose con cada sollozo–Mi hermano…mi hermano no ha sido el mismo, él… Y ese tatuaje…–Scorpius se volvió hacia ella con celeridad, y Rose sintió una amarga, ácida sensación de triunfo–Lo sabes. Lo sabes, ¡Maldito seas! ¿Por qué se hizo eso? ¿Qué significa? ¡Y no me digas que es sólo un tatuaje porque no soy tan estúpida como crees! ¡Habla! –Le gritó ante su mutismo.

Scorpius bajó la vista de nuevo, evitando mirarla.

–Rose, tienes que irte–Murmuró–. Ahora.

–No vas a deshacerte de mí esta vez–Insistió ella, tajante–. Esta vez no se trata de que te hayas aburrido de mí.

Scorpius alzó el rostro velozmente para mirarla.

–No me he aburrido de ti–Sentenció.

–Puedes fingir que no me conoces de nada, y actuar como un auténtico hijo de puta igual que siempre, y no te diré nada–Continuó ella con vehemencia, las lágrimas rodando por sus mejillas–. Pero esta vez se trata de mi hermano y aquella estúpida secta tuya.

Por una vez una expresión genuina y primaria surcó las facciones de Scorpius; un miedo real.

– ¿Secta…?

–Sé lo que un tatuaje significa cuando lo comparten todos en un mismo grupo asqueroso de magos oscuros–Le espetó Rose–. Y tú mejor que nadie, ¿Verdad? Sino pregúntale a tu padre.

Scorpius cerró los ojos un momento, respirando profundo.

–Por favor–Pidió, pero su voz sonó a orden–, vete.

–Te he dicho que no voy a irme hasta que me digas la verdad–Rose dio un paso hacia él, en sus ojos una determinación feroz–. Muéstrame tu espalda.

La miró con ojos redondos como platos.

–Por favor, Rose, tienes que irte.

– ¡He dicho que me muestres tu espalda! –Chilló ella, acercándose tanto que podía tocarlo con apenas un roce.

–Y yo que te fueras…–Scorpius la tomó por los hombros tirando de ella para sacarla del baño.

– ¡No hasta que me muestres tu maldita espalda…! –Rose se aferró a su camisa, tirando fuertemente en un intento desesperado de que él no la obligara a marcharse…

La tela se rasgó entre sus puños. Rose lo contempló, fijamente, la piel blanca, los contornos firmes, el abdomen y el pecho delgados y esbeltos. Por un instante, la visión del cuerpo pálido, esbelto y muy atrayente de Scorpius la turbó y la hizo enrojecer por puro instinto. Aflojó ambas manos, dejando escapar la tela, y sus dedos lo rozaron por un instante. Él suspiró, y cuando sus ojos entraron en contacto con los de ella, tan tormentosos y dolientes como siempre, el hechizo se rompió. Rose se apartó velozmente, y él parecía demasiado conmocionado como para sujetarla. Scorpius intentó cubrirse, pero Rose se las arregló para colocarse frente a su espalda…

Y la piel se veía lisa y perfecta, sin mácula alguna. No había tatuaje.