XIII

DONDE ORFEO FALLÓ

―Parte 2―

―¡Albafica! ―Gritó Regulus tomando la rosa negra incrustada en la pierna de Agasha para sacarla cubierta de sangre.

Era una rosa piraña. Se le había hecho extraño que dicha flor no destruyese por completo los huesos y la carne dado a su poder destructivo pero prontamente el Santo de Leo pensó que quizás eso se debía a que Albafica realmente estaba luchando contra la flecha de odio y por eso no estaba usando al máximo su cosmos dando como resultado esa herida mínima (dentro de lo que cabía), o eso Regulus quería pensar.

Albafica de Piscis, el hombre que al alcanzarlos su cabello ya estaba a la mitad de negro al igual que la flecha en su pecho, incrementó su cosmos con enfado por ver a Regulus protegiendo a la causante de su furia, una que crecía con cada segundo que pasaba.

Él por ser la víctima de Eros no podía recordar las palabras ni su encuentro anterior con el dios así como no podía ver la flecha negra introduciéndose más y más en su carne y alma. Lo único que ahora sabía era que la vida de la mujer que Regulus de Leo se esmeraba en proteger le causaba tanto daño que no podía dejarla vivir.

Al diablo los códigos, al diablo ese lado suyo que tanto ansiaba apartar a esa mujer de Regulus y atraerla a sí mismo. Una mitad de él quería poseerla, atesorarla como un regalo divino. El otro lado más fuerte quería eliminarla.

Se acabó el tiempo para pensar. Pronto llegaron otras molestias para intentar frenarlo.

Shion de Aries, como el resto, no pudo evitar sentir que el alma se le iba cuando vio la sangre cubriendo la sábana blanca.

―¡Regulus! —Gritó preocupado—. ¡¿Cómo está Agasha?!

―¡Nada grave! ¡Fue la pierna!

―El próximo golpe será en su corazón ―juró Albafica tomando más rosas entre sus dedos.

La flecha se adentró un poco más y el cabello de Albafica fue tiñéndose de negro.

¿Qué hacer? ¡¿Cómo pararlo sin matarlo?! ¿Cómo hacerlo reaccionar?

Huir estaba siendo agotador y ya hace poco habían dejado atrás Rodorio para evitar a los curiosos. Los Santos Dorados, en medio de un páramo boscoso, formaban un campo de protección enfrente en frente de Agasha y Regulus.

Todos hallaron en esa la colectiva que nadie sabía cómo resolver: ¿qué hacer?

«Este no es Albafica» meditó Dohko.

«Este hombre es sólo una malformación creada por el odio» Kardia preparó sus puños.

«No debemos permitir que le haga daño a Agasha y los condene a ambos» Shion pensó en la herida en la pierna de la muchacha.

«Sea como sea, sólo espero que esto termine rápido» Manigoldo formó una sonrisa torcida, «aunque admito que siempre quise golpear esa cara de niño bonito».

Regulus, teniendo en su cabeza un escondite, sujetó a Agasha.

―La sacaré de aquí ―musitó a los mayores previniéndolos de su movida.

―Te lo encargamos ―dijeron Dohko y Shion al mismo tiempo.

Albafica entrecerró sus ojos sobre todos ellos creando ilógicamente ilusiones donde Agasha hubiese podido mantener algún tipo de relación malsana con cualquiera de los hombres frente a él. Después de todo lo quisiera Albafica o no, la joven irradiaba una luz propia que cualquiera de esos malnacidos mataría por obtener.

Ni siquiera el muchacho Regulus escapaba de la lista.

Su celoso razonamiento guiado por el enfado le hizo pensar a Albafica que el único motivo por el cual protegían a Agasha era porque ella había sido la amante de todos ellos. ¿Se burlaban de él acaso?

Seguro ella les dijo: "Me meteré primero con Albafica, le llenaré la cabeza de basura y luego podré visitar a los otros".

¿Y qué tal si Kardia se había aprovechado de ello también? No dudaba que ese infeliz en particular tuviese la indecencia de meterse en la cama de la mujer de un compañero.

¡Malditos!

¡Malditos fuesen todos ellos!

Usaría todas sus fuerzas para matarlos si era necesario. Su principal objetivo, era eliminar a la mujer causante de su enfado, sólo así se sentiría en paz. Matarla era la única solución a su locura, de eso estaba seguro.

Albafica reaccionó cuando vio a Regulus escapar con Agasha mientras los otros se posicionaban enfrente para hacer una barricada entre él y su objetivo.

El maldito niño de cabello rubio y brillante sonrisa debió haberse sabido heroico llevándose a Agasha como si pudiese salvarla. El estómago de Albafica se contrajo. Aunque no tuviese alma, Agasha se veía tan hermosa, que verla yéndose con él lo puso aún más irritado de lo que ya estaba.

Albafica no se percató de que la flecha negra se impulsó más en su interior.

―No van a escapar ―masculló convocando las Rosas Pirañas.

Las lanzó en dirección a Regulus y Agasha pero estas fueron retenidas por el muro de cristal de Shion.

«Malditos sean» entrecerró sus ojos frente a sus compañeros.

Corriendo, Regulus de Leo llegó hasta los techos de Rodorio.

En el fondo creyó que no sería una maniobra tan inteligente llevarse a Agasha de regreso al pueblo, sin embargo no había otros sitios adecuados a donde pudiesen ir. Si salían más allá de Rodorio podría ser perjudicial para el cuerpo sin alma de la joven.

Además, acaban de salir del pueblo, lo mejor era despistar a Albafica y hacerle pensar que había huido a alguna cueva o cascada. El Santo no esperaba que los encontrase en la florería de Agasha.

Cuando llegó notó 3 presencias ahí. Una niña, un niño y una mujer madura.

«¿Parientes?» Pensó cayendo de golpe frente al negocio.

La señora Tábata y sus hijos, Edesia y Demóstenes, saltaron sorprendidos por la repentina aparición del Santo Regulus.

―Eh… ¿hola? —Nervioso, Regulus vio los pálidos rostros de la familia al mirar a Agasha siendo apenas cubierta por una sábana blanca que de por sí ya se hallaba manchada de sangre―. Eh… ¿les molesta ignorar que estamos aquí? Verán, esto algo confidencial…

Una enorme explosión resonó a los lejos, la pequeña gritó aferrándose a la toga de su madre. Claramente toda alma que habitaba en Rodorio ya se había percatado de que había un problema.

―Algo muy confidencial ―se rio más nervioso―. ¿Puedo confiar en ustedes?

―Po-por supuesto… pero… ¿Agasha está bien? ¡Está sangrando del pie!

Si tan solo supiesen que el mayor problema de Agasha no era el pie.

―S-sólo está inconsciente —mintió—. Yo me ocuparé de eso ―desligó el Santo―, por favor. Sólo ignoren nuestra presencia y todo estará bien. ―Sudando frío, Regulus apretó los dientes, «eso espero».

―De-de acuerdo ―dijo Tábata―. ¿Ne-necesita ayuda con…? ―Miró la herida de la chica.

―No se preocupen —acomodó a Agasha en sus brazos—, estaremos bien.

Sin decir nada más, emprendió camino al segundo piso de la casa.

Tábata no hace mucho que había llegado a casa de Agasha. Una de sus clientas le avisó acerca de la visita del Santo de Aries y de su posterior llamado al Santuario. Decidida a devolverle todos los favores que le debía a la chica, Tábata tomó a sus hijos y fue rápido hasta el negocio de Agasha para esperarla hasta que ella pudiera regresar y hacerse cargo. Mientras tanto Tábata notificaba a los clientes la ausencia de la florista puesto que no sabía los precios y tampoco es como si pudiese vender flores así como así.

Calínico se había ido a vender su propia mercancía y comprar algunas cosas para la cena de hoy mientras ella se quedaba en la florería con sus 2 hijos. Jamás pensó que Agasha regresaría inconsciente, herida de la pierna y en brazos del Santo Dorado, Regulus de Leo.

En Rodorio se habían sentido algunos temblores, luego rumores de avistamientos de los Santos de Oro yendo a dirección al bosque… nadie sabía qué estaba pasando. No hace mucho, el Santo Hasgard de Tauro había dicho que todo estaba en orden, pero dados los temblores y habladurías del resto de los Santos por Rodorio… era difícil mantener la cordura.

―¡Qué te quedes quieta! ―Exclamó Demóstenes―. ¡Mamá, dile algo a Edesia!

―¡¿Ahora qué?! ―Preguntó irritada regresando su atención a ellos.

Hace unos momentos sus hijos acababan de rodar por el piso porque Demóstenes no quería que Edesia hiciera un recorrido por la casa de la señorita Agasha mientras ella no estaba. Tábata casi había olvidado que cuando Calínico no estaba para incitar a su hermano a las travesuras, su vástago menor era un chico responsable y muy educado.

―¡Mamá, sólo quiero ir a ver cómo está la señorita Agasha!

―¡Lo que tú quieres es ir a molestar a Regulus! ―Demóstenes tiró del cabello de su hermana, jalándola bruscamente al piso.

Al caer de culo, Edesia rompió a llorar. Demóstenes no se inmutó ni se disculpó, pensando que había sido culpa de su hermana por no estar quieta. De hecho, el niño tenía ganas de meter el puño adentro de la boca de la niña pues sus gritos lo exasperaban.

―¡Demóstenes! ―Exclamó Tábata―. ¡Edesia! Deja ya de llorar y mantente quieta ―ordenó severa.

―¡No quiero! ―Llorosa, se lanzó contra su hermano tratando de buscar venganza.

Lamentablemente Demóstenes era más grande y fuerte, el niño le inmovilizó las manos y luego le dio la vuelta para atraparla en un abrazo asfixiante.

―¡Demóstenes, basta ya! ¡Suelta a tu hermana! ―Tábata se levantó dispuesta a darles de golpes a los dos por no mantenerse en orden por lo menos durante una hora.

Repentinamente el piso tembló haciendo que los tres perdiesen el equilibrio y cayesen al suelo. Edesia gritó por el dolor y porque ya hace poco había empezado a llorar, Tábata por su lado sobó su rodilla pues ésta estaba empezando a sangrar.

―Mamá ―se acercó rápido Demóstenes.

―Estoy bien ―dijo la mujer cubriéndose la herida con la falda de la toga―. No te preocupes.

―Mamá ―sollozó Edesia yendo a ella para que la abrazara.

―Relájense, si fuese algo realmente malo los Santos nos avisarían. Y recuerden que aquí está el joven Regulus. Estaremos bien.

Sus hijos se unieron a ella para que los abrazara, Tábata tuvo un mal presentimiento y algo le decía que Agasha tenía algo que ver con ello.

Miró atenta el techo de la casa, tratando de entender por qué el joven Regulus traía a Agasha en brazos y por qué él también estaba oculto en la casa de la florista sin decir nada realmente relevante.

La curiosidad era enorme.

Fastidiado hasta la médula, Manigoldo estaba a punto de convocar todo su poder y hacer que Albafica mordiese el polvo. Al pararse del suelo después del último golpe que lo mandó lejos, el Santo de Cáncer no llegó a ver a Shion uniéndosele violentamente para tirarlo de nuevo.

Los dos cayeron uno sobre otro.

―¡Quítate de encima! —Exclamó Manigoldo apartado a Shion—. Ese hijo de…

―No es él ―le recordó Shion parándose junto al Santo de Cáncer.

Ambos estaban viendo a Albafica pelear cuerpo a cuerpo contra Kardia, El Cid y Dohko, los cuales estaban conteniendo su poder para no hacerle daño real a Albafica.

―Es esa flecha.

―Sí, sí, por esa porquería estoy siendo herido sin la posibilidad de regresarle los golpes como debería ―masculló Manigoldo enojado―. Pero una vez que recupere la cabeza, voy a romperle su hermosa nariz.

Dohko pudo encertarle un buen puñetazo a Albafica en su cara, lo que lo mandó lejos de ellos por unos momentos.

Kardia suspiró con pesadez.

―¡No podemos seguir así, es como si esa cosa en su pecho le diese energía extra!

Como dijo Eros. El odio y el amor eran poderosos por sí solos. Era increíble pensar que ellos cinco estaban enfrentando todo el odio del que Albafica era capaz de obtener.

―A él no le preocupará matarnos… y repelerlo no funciona, siempre vuelve ―meditó Dohko.

―Hay que buscar otro modo ―susurró El Cid.

Como si una iluminación se encendiese en la cabeza de Kardia, este alegó al ver a Albafica resurgiendo entre los escombros de árboles.

―Oye, tú.

―Eh, Kardia… ¿qué haces? ―Susurró Dohko no tan seguro de cualquier plan ideado por el Santo de Escorpio. Sea cual sea, no debía ser bueno.

―Sí, tú, imbécil. Dime una cosa antes de seguirnos machacando ―prosiguió Kardia ignorando a su colega de Libra―. ¿Por qué quieres matar a alguien que básicamente ya está muerta? ¿Eh?

Albafica detuvo sus pasos.

El resto arqueó una ceja. Cierto… si Agasha ya estaba muerta, ¿cuál era el afán de Albafica por rematarla? Su alma no estaba ahí.

―Responde ―lo retó Kardia con una sonrisa ladina.

Nadie esperaba que Albafica riese de una forma tan macabra. Kardia lo miró irritado.

―¿De qué mierda te estás riendo, estúpido?

―Me río porque crees que ella está completamente muerta ―dijo, miró hacia la dirección que había tomado Regulus con ella.

Al no tener a nadie lo suficientemente cerca para que lo retuviese, Albafica se adentró entre los árboles para seguir el camino que la sangre del pie de Agasha había dejado entre las hojas. De alguna forma él podía olerlo.

Parcialmente gracias a la flecha que Eros le había lanzado, no sólo su cosmos había adquirido más fuerza, sino que sus instintos se habían agudizado hasta tal grado de saber por dónde se habían ido sus presas sin la necesidad de verlos. Como si fuese un animal, rastreó a su próximo objetivo.

―Sin duda se volvió loco ―espetó Manigoldo, harto de perseguirlo—. ¿En serio vamos a estar así toda la tarde?

―No hay más que decir, sigámoslo ―El Cid alzó los hombros.

Agasha estaba en los Campos Elíseos a solas. La diosa Nyx dijo que regresaría pronto y se desvaneció.

»No te acerques al río y menos al lago, ¿oíste bien? No toques el agua si no quieres desaparecer —ni idea de que quiso decir la diosa Nyx con eso pero Agasha acató bien el punto que era evitar dejarse llevar por la curiosidad que le producía el suave arrullo de la corriente de la preciosa agua azul.

Absorta en la imagen natural y celestial, la chica miró un poco más de cerca el lago siendo cuidadosa de no hacerlo demasiado. Sonrió echándose sobre su espalda encima de las flores para contemplar el mágico cielo.

La luz del sol que alumbraba los campos no era molesta, aunque no pudo verla bien debido a su fuerza; sentía una temperatura cálida en toda su piel, sus músculos estaban relajados como su espíritu. Sin preocupaciones ni dudas; su florería… ¿bah? Nadie iba a extrañarla, y sus escasas posesiones materiales a nadie le beneficiarían.

Estaba en paz.

Agasha inhaló profundo, extrañándose que de pronto la luz bajase lenta, pero rápidamente. En reemplazo, unas estrellas preciosas se alzaron en el firmamento. La luna también podía visualizarse, y… oh.

¡Por todos los dioses!

«¿Qué son esas cosas?» Agasha soltó un respingo al ver a lo lejos círculos luminosos de diversos colores; uno rojo, otro anaranjado, ¡incluso uno color caqui tenía un enorme anillo rodeándolo! ¡¿Qué eran esas extrañas cosas que se visualizaban a lo lejos?!

Por ignorancia, ella no lo supo, pero lo que sus ojos contemplaban eran los planetas que marchaban junto a la Tierra en perfecta sincronía, cada quien en lo suyo, sus propios ritmos y tormentas interiores que no podían ser captadas a simple vista.

Anonadada, Agasha admiró a Júpiter, Saturno y Neptuno; sus colores la deslumbraron.

Los movimientos gravitacionales de todos los planetas le entretuvieron por mucho tiempo antes de que la diosa de la noche regresase y la descubriese contemplando las maravillas de la galaxia que guardaba hospedaje a la humanidad y aun así no llegaba a ser ni siquiera el 1% de todo el universo.

―¿Te gusta? ―Preguntó Nyx llegando de donde sea que se hubiese ido.

―Es asombroso ―musitó Agasha soltando un respingo cuando una estrella fugaz pasó cerca de la luna, la cual ya no deslumbraba sino se mostraba como un mini-planeta rocoso cercano a la Tierra.

―Este es mi verdadero hogar.

La chica no comprendió.

―¿Acaso los Campos Elíseos no lo son?

―Mi niña, mi hogar lo conforma todo lo que ves ―señaló con elegancia el cielo oscuro con todos sus deslumbrantes ocupantes―, mira y fascínate con lo que no puedes admirar cuando eres una mortal ciega de la verdadera belleza que te rodea sin que lo sepas.

Haciendo caso de su consejo, Agasha contempló Saturno.

―Apuesto que tu cabeza está llena de dudas ―Nyx posó su mentón en el hombro de Agasha.

―Las tengo, ¿qué son esas cosas? ―Señaló Venus y Marte.

―Planetas.

―Planetas ―suspiró Agasha sorprendida.

―Ese ―señaló la Tierra―, es el planeta que alberga a los humanos. Tú estabas en ese punto ―con su dedo señaló Grecia entre un montón de espacio rocoso y azul―, esos son los mares. Y otros países.

―Wow… somos tan… ―miró por el resto a los otros planetas―, pequeños.

―Diminutos.

―Los humanos… no somos nada en este universo.

―Una muy, muy pequeña parte. Pero sí, lo son.

Agasha sonrió visualizando esta vez a Urano. Claramente no supo que ese precioso y enigmático planeta (significado nuevo para ella) se llamase así pero a ella le atrajo su color.

―Constelaciones…

―¿Disculpa?

―¿Po-podría ver… las constelaciones?

Temiendo que la diosa dijese que no, Agasha se preparó para oír un regaño. Nyx sólo sonrió, alzó una mano al cielo y vertiginosamente, la chica vio a los planetas alejarse del cielo oscuro. Luego vio un vórtice, y más allá, y más allá.

De rodillas cayó al suelo cubierto aún por flores mientras el cielo deslumbraba las estrellas más resplandecientes. Aquellas que ella sólo podía ver al anochecer y cuando pasaba horas y horas contemplándolas desde el techo de su casa junto a su padre.

―¿Te gustan? ―Le preguntó Nyx con calma.

―Son increíbles… las palabras… no bastan ―suspiró Agasha maravillada―. Su hogar es hermoso.

Nyx sonrió cuando Agasha la miró con admiración.

―Todos los humanos y dioses somos bienvenidos en este basto universo. Nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos.

―Creí que los dioses no pueden morir.

―Podemos, pero no es sencillo ―Nyx tocó el hombro de Agasha―. Tengo que atender otros asuntos, ¿podrás quedarte sola mientras vuelvo otra vez?

―No se preocupe por mí ―dijo Agasha, honrada de ser tratada tan bien por la diosa. Sentía un aura tan imponente como poderosa provenir de ella que la dejaba sin aliento―. Estaré bien en su casa.

―Vuelvo en seguida ―desapareció en una nube de humo negro.

Acostándose encima de las flores, Agasha puso las manos atrás de su cabeza, mirando las constelaciones. Por lo que había notado, cada una de ellas tenía cientos de planetas en su interior. Puso ojos a la obra para tratar de ubicar las que su padre le enseñó.

Veía la constelación de Leo, la constelación de Cáncer, la constelación de Canis Minor, Canis Mayor…

«Dónde… dónde» buscó y buscó entre varias constelaciones que sus ojos pudieron captar hasta que finalmente la encontró después de ver las constelaciones de Capricornio, Acuario y finalmente…

Soltando un suspiro soñador, Agasha se llevó las manos a su pecho.

«La Constelación de Piscis». Alzó una mano hacia el cielo tratando de alcanzar al menos una de sus estrellas.

Su estado de asombro e ilusión se rompió como un huevo cuando la mano que había alzado fue víctima de un fuerte pinchazo que la hizo gritar.

Agasha se sentó rápido mirando su palma…

¿De nuevo?

Esta vez su mano sí estaba sangrando, y en medio de ella, un agujero se asomaba como si la hubiesen atravesado con un clavo… o algo más.

Usó su delgada toga para cubrirla, la sangre no dejaba de salir y como si el dolor se vengase de ella por intentar escapar de él, se aseguró de hacer que su mano punzase violentamente.

Agasha se quejó notando que sea lo que sea que la haya herido, había atravesado su mano, pues su dorso también sangraba.

«N-no puedo mo-molestar a, a la se-señora Nyx» temía que al llamarla, la herida se hubiese curado y sólo molestase a la deidad. «N-no es nada» quiso animarse, «¡no es nada!».

¡Maldita sea!

Regulus estaba intentando contener a Albafica. La flecha de odio había desaparecido por completo adentro de su pecho y el cabello que una vez negro confirmaba la culminación de la obra de la flecha de odio de Eros.

La casa de la chica era un desastre, por no decir "añicos"; por suerte la señora Tábata y sus hijos habían corrido a tiempo antes de que los ataques de los Santos Dorados se hubiesen llevado consigo la construcción del hogar de la florista y básicamente toda su mercancía también.

Debió haber supuesto que Albafica seguiría las gotas de sangre de la pierna de Agasha, ¿cómo? Era algo que no sabía, pero ahora le habían herido una mano.

Dohko, Shion y el resto de Santos evacuaron Rodorio; aún no sabían qué iban a decir para evitar que los aldeanos culpasen a Albafica de todo el desastre cuando… si bien era cierto que básicamente era su culpa, nadie de los presentes había podido prevenir lo que pasaría.

Ya se les ocurriría algo.

―¡No, Albafica! ―Regulus quitó a la chica de los escombros de donde la había dejado, pero lamentablemente esta vez la rosa perforó la mano derecha―. ¡Rayos!

Sin hacer nada ni mostrarse adolorida, Agasha permaneció muerta en sus brazos.

Una nueva lluvia de rosas piraña cayó sobre Regulus y Agasha, por suerte, Shion llegó a tiempo para taclear a Albafica y apartarlo de ellos. El joven Santo de Leo derrapó entre algunos escombros con la chica en brazos. Al reponerse, el joven Regulus miró los despojos maltrechos de un buró y bajo de ellos algo rojo.

Aprovechando que Shion estaba con Albafica y los otros habían llegado, Regulus abrió aún más los ojos al mirar una flor roja que, de alguna forma, había sobrevivido al derrumbe de la casa de Agasha. La comparó con la rosa que arrancó de la mano de la muchacha y se dio cuenta de que eran iguales.

Lamentablemente su momentánea distracción fue interrumpida por otra ráfaga de rosas. Regulus reaccionó rápido partiéndolas con sus relámpagos. O eso creyó.

―¡Basta, Albafica! ―Le exclamó Shion―. ¡¿En serio quieres matarla?!

Con un brazo sobre su cuello, el polvo que habían levantado se fue esparciendo. Dohko sujetaba el brazo izquierdo, El Cid el brazo derecho, Kardia y Manigoldo habían corrido hasta Regulus, quien gritó.

―¡Mierda!

Shion se giró para ver al joven Regulus levantar del suelo la espalda de Agasha, sobre su pecho se asomaba una terrible rosa blanca, la cual poco a poco se alimentaba de la sangre de su víctima.

―Demonios ―gruñó El Cid.

Agasha gritó cuando el siguiente pinchazo que sintió fue en el pecho, justo sobre su corazón.

¿No se suponía que siendo un alma en los Campos Elíseos no podría ser dañada?

Se llevó la mano derecha, aún herida, sobre su pecho derecho en un inútil y doloroso intento de hacer que la sangre dejase de escapársele del cuerpo. Soltó un suspiro en completo estado de terror y pánico.

Estaba asustada.

¿Cómo le había pasado esto? ¿Por qué?

Cayó al piso, acostada bocarriba. ¿Acaso los muertos podían volver a morir? ¿Desaparecería?

Temerosa, Agasha miró borrosamente la constelación de Piscis y exhaló lento.

Inhaló lento. Exhaló lento, inhaló lento; exhaló muy lento…

Al aflojar todos sus agarres por la sorpresa que les ocasionó ver su momentánea misión perdida, Albafica se soltó y a pasos lentos fue hasta ella.

―¡Ni pienses en moverte un centímetro más! ―Gritó Kardia jalando el cabello negro. Para su desconcierto, en vez de atacar, Albafica siguió caminando sin importarle que varios cabellos suyos se quedasen en la mano de su compañero.

El Santo de Escorpio vio con atención como esos cabellos entre sus dedos volvían a su color natural. Miró a Albafica, cuya cabellera seguía siendo negra. Dohko, Shion y Manigoldo vieron con seriedad cómo Albafica se acercaba a Regulus y la chica.

―Maldición. ―Regulus intentaba quitar la rosa del pecho de Agasha antes de que esta consumiese toda su sangre, pero no podía―. Maldición, maldición. ¿Por qué no sale? ―Como si esa rosa infernal quisiera molestar, se negó a marcharse por más fuerza que el joven invirtió.

El chico soltó un respingo cuando vio a Albafica arrodillarse al lado de Agasha, sin decir una sola palabra, tomó del suelo la rosa roja que Regulus había encontrado momentos antes.

Silencioso y con una cara estoica, él la sostuvo entre sus manos por corto tiempo antes de girar su mirada a Agasha y vagar en otra época.

Oía caer la lluvia… veía a una niña corriendo tratando de ocultarse de ella. Luego se vio a sí mismo dándole su propia capa para cubrirla con ella.

Esa rosa roja… él se la había dado. ¿O no?

Lentamente su mirada se dirigió con calma a la rosa blanca a punto de teñirse de rojo.

«A-Aga-sha». Albafica parpadeó lento, poniendo la rosa encima del regazo de Agasha; ignorando la presencia de Regulus, se acomodó sin dejar su postura de rodillas y bajo la vista de todos, Albafica inhaló profundo.

Rápidamente Albafica perforó su propio corazón con su mano derecha.

―¿Pero qué…?

La sangre salía a cántaros, sin inmutarse ni decir nada. Albafica se inclinó para que dicha sangre cayese sobre el pecho de Agasha y fuese consumida por la rosa, la cual iba tiñéndose más y más de rojo. Como si algo le disgustase Albafica frunció levemente el ceño antes de volver insertar otro golpe a su pecho, otro y otro más.

Regulus y compañía esperaron sin interferir.

El cabello de Albafica no había regresado a su forma original, pero claramente algo de cordura debió a haber vuelto a él.

¿Acaso habría sido tarde?

Con atención Shion miró la rosa en el regazo de Agasha, siendo salpicada por la sangre de Albafica. Regresó su vista a su compañero, el cual dejó de golpearse a sí mismo para llevar su mano sanguinolenta a la rosa, para finalmente desprenderla.

Esta estaba completamente roja entre sus manos ensangrentadas.

Dohko se acercó cautelosamente.

―Niño ―le dijo a Albafica tomándole del hombro.

Lo hicieron sentarse encima de los escombros, a un lado de la muchacha, una vez ahí él les regresó la mirada, respirando entrecortadamente. Al querer abrir la boca para hablar, expulsó sangre.

Su mirada cristalina había vuelto; ahora había algo más que enfado irracional: un profundo arrepentimiento adjunta a una dolorosa sobriedad.

―Siempre lo supe… ―masculló sin una expresión en su rostro, más sin embargo sus ojos se notaban cada vez más llorosos, el dolor era palpable. Volvió a expulsar un poco más de sangre―. Mi lugar… no está con ella.

Antes de que cayese, Kardia lo tomó de la cabeza.

―Eso aún está por verse ―le dijo mientras veían cómo el cabello negro volvía lentamente a su color original―. ¿Y qué demonios sigue? Albafica se suicidó, ¿suicidarse es válido para ingresar a los Campos Elíseos?

―No estoy seguro ―dijo Shion, agachándose para ver si había algo que pudiesen hacer con las heridas de Agasha y Albafica.

―¿Y la chica ya estaba muerta? ¿Acaso la rosa ya le quitó la posibilidad de volver o qué demonios pasa?

Dohko y Manigoldo se cruzaron de brazos mientras Regulus suspiraba.

―No estoy seguro ―repitió Shion cada vez más convencido de que, como Orfeo, Albafica había fallado en su misión de ir por Agasha y traerla de regreso.

Y es que cualquiera podía ver y comprender por qué ninguna alma podría regresar a un cuerpo sin sangre ni mucho menos con un corazón hecho puré.

—CONTINUARÁ—


¡OMG! ¡Apuesto a que nadie lo vio venir!

Por lo de mi problema anterior puedo asegurar que ya estoy mejor; obvio, cada vez que lo recuerdo me siendo un poco deprimida pero la sensación ya no es tan fuerte como antes. Agradezco de corazón sus palabras de aliento. Estoy feliz de tener a tan buenos lectores, en serio.

En cuanto al capítulo sólo puedo decir que no soy fan de los clichés así que si alguien esperaba que esto saliese bien y ¡tarán! Todos felices para siempre, lamento decirles que no será tan sencillo. Cometo varios clichés en mis fics pero me esfuerzo por evitarlos. ¡Les prometo que valdrá la pena!

Por cierto, no sé si se habrán dado cuenta pero estoy modificando algunos capítulos, agregándoles o quitándoles pequeños detalles. ¡Ojalá les gusten!

Ahora, seguro se preguntarán: ¿Qué demonios le pasó a Albafica? ¿Realmente murieron nuestros protagonistas? ¿Ahora quién podrá defenderlos? Obvio, el fic no termina aquí sin embargo las respuestas a todas sus dudas se irán resolviendo con forme pasen los capítulos.

Espero no hayan perdido la fe en mí aún.

Saludos a todos.

Muchas gracias por leer, comentar y apoyar la historia:

dianix96, MacrossLive, Cristal-Libra y Nurarihyon Kou Taisho.

Agradezco de todo corazón su apoyo y sus mensajes de aliento.

¡Saludos y gracias nuevamente por leer!

JA NE! ;)


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