Creo que mirarla a la cara por última vez fue el mejor regalo que la vida pudo haberme dado, comprobar que fue real, que no la soñé. Y cuando me di la vuelta y encadené la puerta, vi su rostro. Estaba ahí, y supe que ya se había dado cuenta de lo que ocurriría. Quise salir corriendo y tirar todo el plan por la borda, pero ella no se merecía eso. Ella se merecía algo mejor. Se merecía libertad, un futuro seguro, y yo iba a dárselo. Di cuatro tiros al aire y cubrí mi rostro con un pasamontañas. La gente se echó al suelo y se cubrió la cabeza con las manos. Me acerqué al mostrador, donde los empleados ya habrían activado las alarmas silenciosas. Deposité una de las tarjetas que había preparado delante de los ojos del primer empleado. Que, siguiendo la indicación de la primera línea y bajo el terror del cañón de mi arma, leyó en voz alta.

"Di por el micrófono que traigo una bomba en este bolso. Y si alguno empieza a comportarse como un cretino, la haré explotar." Justo después de leer, tembloroso, el hombre gordo y corpulento me miró.

-¿No vas a hablar? –Yo negué con la cabeza. -¿Tienes una bomba? –Yo asentí con la cabeza. -¿Eres mudo? –Yo volví a asentir con la cabeza. –Deposité otra nota ante sus ojos.

"Llama a Finn Collins y a John Murphy por el micrófono." Él obedeció. Los malditos cobardes asquerosos no querían acercarse, pero finalmente los rehenes los delataron y ambos se arrastraron hasta mis pies. Se notaba la escoria que eran solo con mirarlos; trajeados, viejos, borrachos. Como si la maraña de canas que le cubrían la cabeza y a uno de ellos la cara significara sabiduría.

"Busca dos sillas." Volví a ordenarle con una nota. Él mandó a dos mujeres a traer las sillas, donde senté a Collins y Murphy. Creo que valía la pena empezar a tutearlos, iba a ser un largo día e íbamos a estar juntos. La gente seguía aterrorizada, tirada en el suelo, cubriéndose la cabeza y llorando. Vi llegar los coches de policía, sus sirenas eran luminosas y ruidosas. Sonó el teléfono. Yo ladeé la cabeza indicándole a mi voz que respondiera.

-¿Hola? –Dijo asustado. Yo apreté el botón de manos libres.

-¿Es usted quien ha encadenado la puerta del banco?

-No. –Respondió él mirándome.

-Pues pásele el teléfono al responsable. –Yo negué con la cabeza.

-No habla. Pero está escuchando. –Yo le hice leer la siguiente tarjeta. –Dice que quiere que todo lo que diga por teléfono se escuche a través de megafonía en toda la calle.

-No vamos a hacer eso.

-¡Tiene una bomba! –Exclamó el dueño de mi voz, exasperado, asustado y estresado.

-¿Una bomba? ¿La ha visto? –Yo inmediatamente deposité el bolso sobre el mostrador y lo abrí para que pudiera verla.

-Sí. –Respondió sudando y tragando saliva. He de esclarecer que en mi posición conseguir una bomba no era tarea difícil, sobre todo porque Collins no se mostró reacio a concederme ese favor en pos de que iba a devolverle su inversión. Simplemente mandó a sus hombres a meter una bomba, que yo revisé posteriormente, en el maletero del coche en el que me fui. Pero esa no era ni una pequeña parte de lo que tenía pensado. Jaha, Wallace, Lexa y su padre estaban fuera. Y Woods y su hija no estarían fuera de peligro hasta que Collins y Murphy estuvieran muertos.

-Está bien. Todo el mundo escuchará. –Yo le quité el teléfono y lo colgué antes de que el negociador pudiera seguir hablando.

"Pon a todo el mundo en fila y cuéntalos en voz alta para que pueda oírte. Arrastra las sillas de Collins y Murphy hasta la parte frontal, para que todos puedan verlos a través del cristal de la puerta." Él, primero contó. Parecían pobres ovejas, casi me compadecía de ellos.

-Cuarenta y cuatro. –Todos se arrodillaron con las manos a la espalda, tal y como les dije que hicieran. El teléfono volvió a sonar y mandé a mi voz a que volviera a contestar. De su pecho pendía una plaquita dorada en la que se leía "Christopher" en letras cursivas.

-¿Sí?

-¿Qué quieres? –Preguntó el negociador. Yo hice que Christopher leyera la siguiente tarjeta.

-"Quiero cincuenta bolsas opacas y cincuenta esposas". –Las bolsas opacas sirven para cubrir el rostro de una persona y que no pueda ver absolutamente nada. Las esposas, bueno, eso sobra explicarlo.

-¿Para qué? ¿Vas a robar? –Preguntó nuevamente el negociador. –Para eso no necesitas una bomba, deja ir a la gente. –Yo volví a quitarle el teléfono a Christopher y a colgar.

Cuando llegó el momento le mandé a que recogiera la enorme caja con mi pedido a la entrada. Quizás sudara demasiado, y las manos le temblaran un poco. Pero a medida que avanzaba el proceso iba relajándose y afirmándose. Tenía buena disposición y gran agilidad. Ya no hacía falta que le agitara las tarjetas delante de la cara, simplemente las dejé sobre el mostrador y él las leía ordenadamente a medida que yo le indicaba.

-"Ahora todo el mundo se desvestirá y quedará en ropa interior. Las pertenencias quedarán justo en la pared de enfrente. Las filas se conservarán. Yo estaré vigilando, tengo muy buen ojo. Si alguien hace alguna estupidez, lo vuelo todo."

Oía llorar a algunas personas. Algunas no querían desnudarse. Pero todos acabaron haciéndolo. Los móviles sonaban en la pared donde toda la ropa, las mochilas, los zapatos y los bolsos habían sido abandonados. Parecía una fila de personas que se dirigía al infierno.

-"Repartiré un par de esposas a cada uno, y cada uno se las pondrá. Revisaré uno por uno. Si alguno quiere morir de un balazo en la cabeza, que desobedezca." –Siempre creí que la autonomía era la mejor forma de conseguir un trabajo bien hecho. Yo permanecía alejada de la puerta, seguramente habría francotiradores esperando un disparo limpio para acabar conmigo. La fila de personas se hizo frente a mí como si fuera a servirles comida. Revisaba sus esposas y hacía que Christopher, el único que no estaba esposado, pero sí desnudo, les pusiera la bolsa opaca en la cabeza y caminaran diez pasos para formar una nueva fila, que se había convertido en un pelotón. Empujó a todos los rehenes ciegos hasta que fueron invisibles para los espectadores que nos observaban desde fuera. El teléfono volvió a sonar, y Christopher seguía junto a mí para asistirme.

-Hola. –Respondió él.

-¿Ya nos dirás qué quieres?

-¿Está todo el mundo escuchando?

-Sí.

De pronto, hubo un enorme silencio. Ese silencio que ocurre en el vacío. Ese silencio en el que puedes escuchar a tu propio corazón latiendo. Este era uno de esos momentos en el que el destino te abofetea con su dañina mano y te obliga a reaccionar, te obliga a tomar una decisión, a huir o a enfrentarte a lo que te persigue. A enfrentarte a tus miedos, a tus victorias, a tus derrotas, a las nubes negras que siempre te han asechado. El destino te obliga a elegir entre ser valiente y ser egoísta, y yo había tomado mi decisión. Pero no la había tomado por exigencias del destino; lo que me había llevado hasta aquel momento no era yo. Era algo mayor que yo, que Dios, que el destino, que el infierno, que la justicia, que la verdad. Era algo mayor que el Universo entero. Lo que me había llevado hasta allí era Ella. El sistema necesitaba un culpable, la prensa necesitaba a alguien con quién ensañarse, el pueblo necesitaba un chivo expiatorio. Un expiatorio de todos sus males. Alguien tenía que cargar con la responsabilidad de los secuestros, las muertes, los robos y los asaltos. Alguien tenía que soportar la presión por la corrupción, por todo lo que había sucedido en los últimos meses. Alguien tenía que responsabilizarse por tanto dolor y tragedia. Porque eso no acabaría allí. Alguien tenía que asumir la culpa, para que los verdaderos asesinos y corruptos dejaran vivir en paz a la persona a la que yo amaba; para que la dejaran crecer, vivir y asumirse. Alguien tenía que hacerlo, para que Alexandria Woods se convirtiera en la gran mujer que estaba destinada a ser, para que fuera la heroína que es, para que pudiera vivir en paz y en libertad.

-"Si América fuera una gran nación, las cámaras de seguridad alcanzarían a enfocar la calle de enfrente, porque allí es donde he dejado a Alexandria Woods, junto a su padre, Gustus Woods, después de retenerla durante nueve meses. Y nadie ahora sabrá quién soy."

-¿Tú eres el secuestrador de Alexandria Woods? –Yo le hice una seña a Christopher para que volviera a asentir.

-"Sí. Yo quise inculpar a Cage Wallace por aquello y por la muerte de un hombre hallado en un apartamento a su nombre. Yo asesiné a Monty Green disparándole en la cabeza en su propio apartamento. Y hoy, hoy voy a acabar con la vida de la escoria que veis sentadas frente a la puerta."

-No es necesario hacer eso, no lo hagas. –Yo indiqué a Christopher que no se dejara interrumpir y que siguiera leyendo.

-"Esto es para que el sistema deje de corromperse; esto es para que alguien de una vez pague por lo que tiene que pagar, para que las deudas dejen de azotarnos, para que los ricos dejen de vivir a costa de los pobres. Esto lo hago por lo que un día fui, y por lo que no podré ser jamás. Lo hago por mis sueños sin cumplir, por el resto de los días que no viviré. Lo hago para que mañana el bueno sea recompensado y el malo sea castigado. Esto es por la libertad. Esto es por el amor."

(…)

Yo seguía fuera con mi padre, abrazada a él intentando no seguir llorando, intentando convencerme a mí misma de que nada de lo que escuchaba era cierto y que pronto Clarke saldría por la puerta, me abrazaría y nos iríamos juntas lejos de aquí. Pero tras escuchar, "esto es por el amor", solo pude percibir el tono repetitivo del teléfono en señal de que habían finalizado la llamada. Todos estaban paralizados. Los policías querían seguir llamando. Todo ocurrió tan rápido, pero a veces pienso que lo suficientemente lento para que alguien hubiera podido evitarlo. Nadie se atrevía a avanzar, nadie se atrevía a caminar hacia la puerta mientras los minutos pasaban. Yo seguía viendo la diminuta figura de Clarke tras el mostrador, con la cara cubierta con el pasamontañas. Dio dos pasos hacia adelante. Querían dispararle, pero de alguna forma se les hizo imposible. Parecía no querer avanzar. Yo sabía lo que ocurriría, todos sabíamos lo que ocurriría. Mi padre me retenía mientras yo me esforzaba por escapar.

Luché, luché contra él y sus brazos. No podía dejar que eso pasara. Me zafé entre un histérico llanto y corrí hacia la puerta, cegada por las lágrimas, el ardor y el dolor. No podía creerlo, después de todo lo que había pasado, después de que por fin íbamos a estar juntas. No podía perderla. No podía alejarse de mí. Parecía estar tan lejos de mí, sentía que jamás llegaría a alcanzarla, que mis pies fallarían antes de poder estar junto a ella. Corrí con todas mis fuerzas, hasta que quise caer y darme por vencida. Quise morir en ese momento, enterrarme en el asfalto y olvidarme de mi propia existencia, pero no podía. Mi corazón sangraba y se retorcía, pero aun así era capaz, él solo, de tirar de mi cuerpo entero como un oscuro caballo que sabe exactamente a dónde se dirige. Seguí corriendo, Clarke alzaba los brazos sobre su cabeza. Corrí para salvarla, para salvarnos, corrí por la guerra que habíamos ganado, por lo que nos pertenecía, por los días en la cama y las noches encerradas. Corrí por volver a mirarla a los ojos, por sentir sus manos en mi piel. Corrí, e intenté llegar, intenté pararla, pero no pude hacer nada, porque como una tormenta inesperada, como un rayo fulminante… Todo explotó.

Me detuve en seco al ver el fuego salir en enormes aglomeraciones a través de las puertas de cristal. La onda expansiva hizo retroceder a los coches de policía unos cuantos metros, y yo estaba ahí, de pie, viendo como toda mi vida se apagaba en un segundo.

-No. –Musité mientras las lágrimas volvían a mis ojos. –No. –Repetí sabiendo que era un "sí", que todo se había acabado en un instante, que tenía las manos vacías. Que estaba muerta por dentro.

Volví a correr, no podía darme por vencida, no podía dejarlo todo en un momento. Tenía que seguir, tenía que aguantar hasta que ya mi corazón no pudiera sangrar más. Tenía que entrar y verla, tenía que saber que no había sido una enorme pesadilla.

-¡No! –Grité, lloré, pataleé y me retorcí. Antes de llegar a la puerta un policía corpulento me interceptó y me apretó contra su cuerpo. -¡No! –Seguí gritando y agitándome mientras me desgarraba por dentro, el fuego ya había desaparecido. Un montón de humo bloqueaba mi vista hacia el interior. No. Por favor. Que alguien me despierte. No. Esto no puede ser real. ¿Dónde estaba Clarke? ¿Por qué no había salido? Clarke, por favor, ven a buscarme, sal de ahí dentro y consuélame por tus estupideces. Clarke, por favor, no me dejes.

-Señorita, no puede entrar ahí.

-¡Déjeme! –Le grité al policía y le pegué tan fuerte como pude. Mi padre me apartó de sus brazos y me envolvió con los suyos.

-¡No! ¡Déjame ir! –Le pedí, le exigí, le imploré mientras estrujaba bajo mis manos su traje azul. –Papá. –Lloré tanto, tanto, que el dolor me atravesó la garganta y los pulmones. Un dolor que me perseguía y no solo persistía en mi corazón. Estaba en mi carne, en mis músculos, en mis huesos. El dolor de saber mi destino, el dolor de saber que nada es como esperaba. El dolor de tener algo entre las manos y darme cuenta de que se ha ido, y jamás volvería a verlo.