Capítulo XIV: Buenas intenciones
Pasaron seis meses desde que Hermione tuvo aquella discusión que las separó de sus amigas y no daba muestras de querer reconciliarse con ellas. Tampoco pensaba mucho en Ginny, a quien no había visto desde que se cambió de celda. Se hallaba sola, en parte porque no deseaba compañía y además porque nadie deseaba estar en esa celda, después de la discusión que protagonizó con Laura, Stephanie y Luna. Todas las internas del Ala Sur supieron lo que ocurrió con Ginny hace seis meses atrás y la gran mayoría de ellas apoyaban a la pelirroja, a menudo haciendo comentarios bastante ácidos a propósito de la actitud de Hermione con su ex amiga. La castaña, aburrida de que la desacreditaran en todos lados, pidió al alcaide que no deseaba ninguna clase de compañía en su celda para tener un poco de tranquilidad y un respiro ante tanta desacreditación. Jamás, en sus dos años y medio de presidio, tuvo que soportar esta clase de situación.
Hermione siempre temblaba de rabia cada vez que pensaba en Ginny, según ella, la persona que había arruinado su vida. Ya casi no recordaba cuando se conocieron y conectaron de inmediato, convirtiéndose en buenas amigas casi de la noche de la mañana. Todos los días de esos seis meses se repetía hasta la náusea que la pelirroja no hizo otra cosa que engañarla todo ese tiempo, pues simuló que estaba en contra de las relaciones homosexuales, sólo para atreverse a pasar un rato en el baño con otra mujer. De hecho, cada vez que veía a Ginny y a Stephanie deambular por el patio y los pasillos, conversando alegremente, sus manos se comprimían en puños y fruncía el ceño sin que ella le hubiese ordenado a su cuerpo hacerlo. Ecos de voces que todavía retumbaban en su mente después de seis meses la molestaban cada vez que divisaba a esas dos mujeres en la distancia. ¿Acaso son celos los que estoy escuchando? ¿Acaso estás celosa de mí y de Ginny? Esas fueron las palabras de Stephanie hace seis meses cuando tuvo lugar aquella desastrosa discusión.
Ese día, Hermione caminaba sola por el extenso patio de Nueva Nurmengard, mirando en todas direcciones para distraerse un rato. Era hora de recreo y la inmensa mayoría de las internas paseaba por los terrenos, dialogando, jugando o besándose, las que eran pareja. Nadie quería juntarse con ella, la mujer que dejó llorando a Ginny en su celda y que no deseaba aceptar que sentía algo por la pelirroja. Era verdad: sentía algo por Ginny, pero no podía tolerar sentirse atraída por alguien que la traicionó de forma tan flagrante. Todavía recordaba la discusión con las mujeres que fueran sus amigas, cuando le dijeron que ellas sabían que ella no estaba en el Ala Sur cuando, supuestamente, ella estaba besándose con esta estúpida de Sylvia.
Involuntariamente, Hermione se preguntó cómo Ginny pudo haberla confundido con la mujer que estaba desnuda besando a Sylvia. Por lo que pudo escuchar del alcaide, la mujer tenía cabello castaño enmarañado, igual que el de ella. Bien Ginny pudo pensar que era ella, aunque todavía no podía tolerar que se hubiera atrevido a delatarla sin asegurarse que era, en efecto, Hermione. Era culpa de la pelirroja que ella tuviera que pasar dos semanas en completa oscuridad y en compañía de sus peores miedos. Sin embargo, le sorprendió y aterró a partes iguales que, mientras yacía de espaldas en el suelo del agujero del demonio, contemplara imágenes de Ginny cayendo al piso como si fuera víctima de una bala errante, sus ojos ausentes y vidriosos, su boca entreabierta, sin signos de vida. ¿Por qué tenía ese temor? Después, se dio cuenta que estaba pensando tonterías. El agujero del demonio no era ninguna máquina del tiempo que mostrara el futuro; Hermione era lo suficientemente inteligente como para entender que predecir lo que iba a ocurrir era símil a tratar de determinar la cantidad exacta de granos de arena en todas las playas del mundo.
Hermione tomó asiento en uno de los tantos banquillos diseminados por el patio, observando su entorno. En la distancia pudo ver a un grupo de chicas musculosas rodeando a otro grupo de mujeres de una apariencia más ortodoxa. Una de las brutas sacó un cuchillo que emitió un brillo gélido a la luz del mediodía y desapareció entre el grupo de mastodontes que acorralaba a las pobres mujeres que provenía, obviamente, del Ala Sur. Hermione pudo escuchar un grito agudo antes que las atacantes se retiraran del lugar, dejando a las trémulas mujeres acuclilladas frente a algo que la castaña no podía ver. Curiosa y asustada, Hermione se puso de pie y caminó hacia el grupo de chicas, quienes lloraban de angustia y horror. Cuando vio qué tenía a las mujeres tan devastadas, se llevó una mano a su pecho, respirando con dificultad, sin poder evitar que las lágrimas cayeran de sus ojos.
Una mujer de cabello rubio y ojos verdes tenía el cuello rojo, la sangre escapando lentamente de su cuerpo. La chica temblaba violentamente, sin emitir ningún sonido, pues su garganta había sido destruida por la estocada de esa estúpida prisionera del Ala Norte. Terribles dos minutos pasaron hasta que la chica dejó de convulsionar, sus ojos vidriosos, su pecho no se movía. La mujer acababa de morir.
Hermione escuchaba una cacofonía de llantos y gritos y maldiciones que llenaban el aire, lo cual llamó la atención de los guardias, quienes se acercaron a la multitud que se aglomeraba alrededor del cuerpo. Ellos hicieron preguntas acerca de lo ocurrido, pero ninguna de las presentes podía decir nada, demasiado asustadas como para narrar la trágica muerte de la interna. Hermione supuso que las presentes tenían miedo que las brutas tomaran acciones de represalia en contra de ellas si alguien se atrevía a confesar, por lo que se acercó a uno de los guardias y entregó su versión de los hechos, sin miedo y mirando hacia el grupo que había atacado a la desdichada muchacha. Una de las brutas miraba fijamente a Hermione, pero la castaña no se dio por enterada y siguió hablando con el guardia como si no hubiera muerto nadie en el patio.
Diez minutos después, el alcaide ordenó que todas las internas regresaran a sus celdas y Hermione obedeció al instante, subiendo al tercer piso del corredor principal del Ala Sur y esperando que las celdas se cerraran solas. Minutos después que Hermione ingresara a la suya, todos los barrotes se cerraron al mismo tiempo, haciendo que todas las prisioneras se taparan los oídos a causa del horrible sonido de metal contra metal sonando en todos lados. La castaña pensó en la mirada de odio que le dirigió la mujer con aspecto de orco antes de seguir narrando lo que ella vio a lo lejos y de cerca, pero sabía que jamás iba a poder hacerle algo, pues tenía la protección del alcaide y, antes que pudiera dirigirle siquiera una mirada envenenada, todo lo que tenía que hacer Hermione era hablar con la administradora de la prisión y, en menos de lo que la agresora esperaba, ya estaría contemplando la oscuridad en el agujero del demonio.
Hermione, aunque ahora estaba sola, sin amigas y sin nadie que la apoyara, de algún modo, agradecía el cambio, puesto que ya no debía preocuparse por nadie ni confiar secretos a ninguna persona. Sólo le quedaban cuatro meses de condena, después de los cuales sería una mujer libre y podría reunirse con su esposo, quien en la última carta que le envió, hace una semana atrás, decía que tenía buenas noticias en lo que respectaba a la inocencia de Hermione. En palabras de él, descubrió que un intermediario desconocido tenía en sus libros de contabilidad una transacción que no parecía haber sido autorizada por tal intermediario y que conducía precisamente a la cuenta de Gringotts de Hermione. También le dijo que estaba investigando a ese intermediario para ver si se trató de un error o de una maniobra intencionada y que estaba esperando su liberación con ansias porque le tenía una gran sorpresa en la casa cuando ella regresara.
Sin embargo, el destino actuaba de formas extrañas.
Ginny no podía concebir tanta aceptación por parte de las internas del Ala Sur, sobre todo, de su mejor amiga. La pelirroja y Stephanie se volvieron muy unidas en los últimos seis meses y, aunque jamás volvieron a experimentar juntas, sí tenían un nivel de complicidad tal que varias chicas intuían que había algo más que amistad entre ellas. Se entendían a la perfección y Laura y Luna no podían estar más contentas por eso, aunque todavía no eran capaces de olvidar lo ocurrido con Hermione, pero Luna siempre les animaba a que olvidaran el asunto, repitiéndoles pacientemente que la castaña iba a volver a ellas por su cuenta.
El día siguiente al terrible asesinato de aquella pobre chica del Ala Sur, toda la población carcelaria se enteró del destino de la agresora. Nadie había visto al alcaide perder los estribos, pero aquella fue la primera vez, cuando se enteró de lo que le ocurrió a esa desdichada prisionera. Toda la población de Nueva Nurmengard presenció la ejecución de la asesina, cómo esa patética imitación de mujer fue conducida a una sala con tres dementores dentro de ésta y todas las prisioneras contemplaron con horror mal disimulado cómo los tres seres se acercaba a la condenada y la besaron al mismo tiempo. Los chillidos de terror se detuvieron al instante y la mujer quedó tirada en el suelo, con una expresión ausente en su cara, sin moverse, sin pensar ni sentir.
Su destino fue peor que el de la muerte.
-Espero que esto abra los ojos de aquellos que intenten matar a una prisionera dentro de estas paredes –rugió el alcaide y la gran mayoría de las internas asintieron con un miedo mudo. Instantes después, todos los presentes se retiraron, temblando y comentando en susurros lo ocurrido. Ginny se dio cuenta que el alcaide no siempre era una buena persona con buenas intenciones. Supuso que no podría haber obtenido el cargo siendo suave e indulgente.
Al día siguiente, después de engullir su frugal desayuno, Ginny salió al patio para pasear, distenderse y olvidar las terroríficas imágenes de ayer, sin conseguirlo del todo. Queriendo pasar desapercibida, la pelirroja tomó asiento en un banquillo alejado de los grupos de chicas que conversaban en todos lados. Pudo ver a un grupo de gorilas del Ala Norte muy juntas y hablando en tonos bajos. Parecían estar discutiendo algo sin que las demás se enterasen. Ginny supuso que no debían estar planeando nada bueno.
Una persona se sentó a su lado, tomándole el hombro para hacerle ver que no estaba sola.
-Hola Ginny –dijo una voz alegre y despreocupada.
-Ah, hola Luna –respondió Ginny al saludo, sonriendo ante la compañía. La rubia, pese a su aspecto estrafalario, nunca estaba triste y aquella felicidad podía llegar a ser contagiosa, daba buenos consejos y tenía un sentido del humor extraño, pero satisfactorio.
-Quiero hablar algo contigo –comenzó Luna, sin abandonar su aire jovial, aunque la pelirroja pudo notar la seriedad de sus palabras-. Es sobre Hermione.
Ginny, al oír el nombre de Hermione, se sintió como si estuviera sufriendo un infarto. Pese al tiempo transcurrido, la pelirroja todavía sentía dolor al recordar la forma en que la abofeteó y la insultó, después de haber tenido una extraordinaria amistad.
-Sé que te causa dolor recordarla, pero no creo que ustedes deban estar distanciadas para siempre –dijo Luna en un tono conciliador, dando a entender que estaba allí no para criticar o sermonear, sino para ayudar-. Estoy segura que Hermione no va a hacer nada para que ustedes dos se reconcilien, por lo que debes ser tú la que tome la iniciativa. Tienes que hallar la forma de hacerle ver a Hermione que todavía la valoras y la quieres, pese a que te duela pensar en ella. ¿Es eso lo que sientes en este momento, verdad?
Ginny asintió por toda respuesta.
-Creo que ustedes dos están destinadas a estar juntas –continuó Luna, poniéndose de pie y mirándola con amabilidad-. No permitas que se aleje de ti, bajo ninguna circunstancia.
Y, con esas palabras finales, Luna se alejó hacia el edificio del Ala Sur como si estuviera en medio de un campo colmado de flores en lugar de en el patio de una prisión. Ginny volvió a mirar hacia la extensión del patio, pero el grupo de brutas ya no estaba allí. Sin embargo, para su sorpresa, vio a Hermione caminar sin rumbo, paseando presumiblemente para distraerse y olvidar la escena de ayer. Para su sorpresa y susto, se dio cuenta que el grupo de bestias se acercaba a Hermione por su izquierda y ella, distraída en sus propios pensamientos, no las vio. Instantes después, la castaña estaba rodeada por animales en cuerpos de mujer.
Ginny se puso de pie violentamente. Su corazón comenzó a latir dolorosamente rápido, como si éste tuviera un mal presentimiento. Aquello significaba que sus sentimientos por la castaña no habían desaparecido; sólo estaban adormecidos. No podía escuchar la discusión que tenía lugar entre Hermione y las hienas del Ala Norte, pero supo que no era una plática agradable, a juzgar por los gruñidos que escapaban de la muralla de músculo que encerraba a Hermione. Pero, entre la maraña de brazos, tan gruesos como el tronco de un árbol joven, Ginny pudo ver algo que detuvo su corazón por instantes.
Una de las féminas llevaba un cuchillo.
A Ginny le importaba poco cómo hizo para obtener un arma dentro de las paredes de Nueva Nurmengard. Lo único que ocupaba su mente era que Hermione estaba en serio riesgo de morir asesinada como la chica de ayer. La pelirroja no podía permitir que ella fuera una nueva víctima que manchara con sangre el suelo de la prisión. Sabía que no tenía ninguna posibilidad de separar a esas tontas de Hermione, pero la repentina imagen de la castaña, tirada en el patio bajo un charco de su propia sangre la espoleó a entrar en acción.
A metros de Ginny, Hermione, aun cuando estuviera rodeada de cinco estúpidas mujeres malolientes, no tenía miedo. Por lo que pudo escuchar de los gruñidos de quienes la amenazaban, ella debía morir por soplona, pues la escucharon declarar a uno de los guardias lo ocurrido esa tarde con aquella patética chica que las pilló violando a otra mujer. En otras palabras, lo que estaban a punto de hacer era una acción de represalia, como siempre hacían cuando alguien las acusaba de estar haciendo algo al margen de lo establecido en la prisión.
La prisionera más grande, fuerte y fea del grupo se plantó delante de Hermione, su sombra cubriéndola por entero, y esgrimió un cuchillo de cocina, el cual refulgió a la luz del sol. La castaña miró el arma, sintiendo su corazón latir más de prisa a causa de la adrenalina, sabiendo que le quedaban segundos de vida. Cerró los ojos para no ver y, en lo posible, no sentir nada.
En efecto, no sintió acero inoxidable horadando su corazón, sino que escuchó a alguien gritar la palabra "asesinato" antes de oír un gemido ahogado antes del inconfundible sonido de metal penetrar en carne. Después de varios segundos, Hermione se atrevió a abrir los ojos y supo, en ese momento, que algo había salido mal, tanto para ella como para quienes la rodeaban.
Una figura se interponía entre la castaña y sus atacantes, con un cuchillo clavado en su pecho, sus manos aferrando el mango con manos temblorosas, sangre brotando lentamente del cuerpo de la persona que la había protegido. Hermione necesitó cinco segundos para saber quién le había salvado la vida y, cuando lo hizo, supo que debía pedir una dolorosa y sincera disculpa a alguien que golpeó, ridiculizó e insultó hace seis meses atrás.
Los guardias llegaron y apresaron a todas las brutas del Ala Norte, llevándoselas lejos e, inmediatamente después de los oficiales, unos hombres vestidos de blanco levantaban el cuerpo ensangrentado de Ginny y lo depositaban en una camilla, corriendo a toda prisa hacia la enfermería de la prisión. Para Hermione todo trascurrió como un borrón multicolor, una sola idea materializada en su mente, una idea que hace segundos atrás hubiera rechazado sin remisión.
Ginny acababa de sacrificar su vida por ella, pese a las diferencias, pese a que la había golpeado, pese a todos los insultos que le dedicó, pese a la indiferencia con que la trató por seis meses. La pelirroja le dio un tremendo tapabocas con un gesto que hizo que medio año sin dirigirle la palabra se desvaneciera de un plumazo. Y, cuando Hermione cobró conciencia que Ginny estaba a un palmo de distancia del purgatorio, corrió a todo lo que daban sus pies, siguiendo a los paramédicos que llevaban el cuerpo agonizante de la pelirroja, con un solo desesperado pensamiento colmando su mente.
Por favor Ginny, no te mueras.
Nota de Autor: He recibido quejas acerca de la tardanza en mis actualizaciones para esta historia y sólo quiero comunicar que me tardo en colgar capítulos porque soy un hombre que, aparte de escribir, tiene un trabajo absorbente y otras dos historias que actualizar, una de ellas bastante compleja que necesita una buena dosis de investigación y documentación seria.
Espero puedan comprender mis razones por mi tardanza.
Un saludo desde la Luna
Gilrasir.
