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Declaimer: Los personajes pertenecen a Cassandra Clare. Sólo la trama es mía.

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De una manera diferente

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-XIV-

Epílogo

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Clary

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―¿Qué?

La mirada de Valentine era oscura y cruel sobre la mía. No le importaba mi estado mental, claro. ¿Por qué habría de hacerlo?

―Lo que escuchaste. Ya que no eres mi hija creo que te he dado tiempo suficiente para que te recuperes. Así que ahora te pido que te vayas de mi casa. Oh, y no te molestes en volver a tu departamento. Pudo ser un regalo de tu madre pero fue comprado con mi dinero.

―Valentine ―protestó Jocelyn con voz débil. Su rostro se encontraba blanco como la cal.

La mirada de mi padre se volvió a ella.

―No digas nada. Has perdido ese privilegio ya ―se levantó de la mesa y desapareció de nuestras vistas.

―¿Qué? ―repetí nuevamente a nadie en particular.

No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija.

Esa frase parecía haber sido cincelada a martillo en mi mente.

No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija.

Miré a mi madre con asombro. Sin poder creérmelo.

No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija. No eres mi hija.

―¿Cómo…? ―respiré entrecortadamente―. ¿Cómo pudiste hacerme algo así?―cuando toqué mis mejillas noté que se encontraban húmedas.

―Lo hice por tu propio bien ―sollozó mi madre.

―¿Por mi propio bien? ¿dices que lo hiciste por mi propio bien? ―reí sin ganas, sin poder creérmelo―. No digas cosas que no son, por favor. Si lo hiciste fue por tu propio bien. No el mío.

Me levanté y comencé alejarme.

―¡Clarissa, detente! ―llamó ella―. Déjame explicarme.

Me detuve.

―No quiero escuchar nada de lo que tengas que decir. Pero sí quiero algo de ti ―me di la vuelta para enfrentarla―. Dime su nombre.

Su seño se frunció.

―¿De qué hablas?

―De mi verdadero padre ―casi gruñí―. Quiero su nombre.

―Clary, no creo que sea conveniente…

―Tú ya dejaste de tener la autoridad moral para decirme a qué es o no es conveniente. ¡Dime el maldito nombre!

―Lucian. Lucian Garroway.

Fruncí el seño cuando noté que el nombre me era conocido de algún lado.

―¿Lo conozco? ―ella asintió lentamente y mi seño se frunció más―. ¿Quién es?

―Luke. Él es el jefe de Jace Herondale.

No recuerdo mucho lo que sucedió luego. Sólo sé que empaqué en un bolso lo poco de ropa que tenía allí y salí de aquella casa para nunca más volver.

Luego me encontraba en frente de una librería de aspecto normal. Creo que estuve allí unos cuantos minutos antes de tener la valentía de poner un pie adentro. Caminé lentamente por los pasillos y esperé a que la gente ―dos muchachas― pagaran y salieran por la puerta antes de entrar en su línea de visión.

Los ojos de Luke se abrieron como platos al verme allí. Pero no dijo nada. Y yo tampoco pude decir nada. No sabía qué decir porque no se me había ocurrido preguntarle a Jocelyn si Luke sabía de aquello. Él jamás había dado signos.

―Clarissa ―su voz se rompió en la última sílaba y yo supe que él sabía.

Él sabía.

―¿Desde hace cuanto tiempo lo sabes? ―pregunté sin poder dejar que la acusación sonara en mi voz.

―Sólo… desde el accidente ―contestó pacíficamente. Pero pude notar cómo sus ojos se llenaban de preocupación. Asentí con la cabeza―. ¿Y tú? ―preguntó―. ¿Te lo ha dicho Jocelyn?

―No. Valentine decidió que no quería seguir siendo hospitalario con la hija del amante de su madre ―respondí venenosamente―, así que fue tan amable de escupirme la verdad a la cara.

Luke hizo una mueca con los labios.

―Me imagino ―murmuró. Luego su mirada se quedó trabada y me di cuenta de que miraba mi bolsa.

―Me echó de la casa ―mascullé y respiré hondo―. Y no tengo a dónde ir.

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El timbre seguía sonando.

Gruñí y me levanté de la cama. Mientras caminaba hacia la puerta, acomodé mi cabello para que no se viera tan mal. Aunque mucho no me importaba.

Abrí la puerta y el rostro de Jace se encontraba detrás de ésta.

―Clary…

Y cerré la puerta nuevamente. Quizás con más fuerza de la que debería.

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Limpié el polvo de los libros pero los dejé en el mismo lugar desordenado en el que estaban. La casa de Luke era confortable y espaciosa. Y ahora yo vivía en ella.

Sabía que en cuanto dijera aquellas palabras él me ofrecería quedarme con él. No porque fuera mi padre, sino porque desde que lo conocí él fue la segunda mejor persona que no pude evitar querer de corazón.

El sonido la de puerta al abrirse y cerrarse me sacó de mis pensamientos. Suspiré y caminé hasta la sala con una sonrisa que se desvaneció tan rápido como apareció.

―¿Qué hace él aquí? ―gruñí.

Jace sonrió.

Era enervante. Hacía dos semanas que no le hablaba ni lo veía.

―¿Frustrada porque no puedes cerrarme la puerta en el rostro? ―preguntó con actitud.

―Creí que en la primera vez captaste el mensaje ―respondí con los brazos cruzados sobre el pecho.

―Lo siento ―se lamentó él―. Mi madre me enseñó que debo ser persistente en la vida.

Bufé, molesta.

Me volví hacia Luke.

―¿Por qué lo has traído?

―Clary, creo que has llevado esto demasiado lejos con Jace. Él no tiene la culpa de nada. Además, estoy a cargo de él.

Miré a ambos para luego darme la vuelta y caminar rápidamente hacia mi habitación.

Escuché los pasos detrás de mí así que me apresuré y llegué pero antes de poder cerrar la puerta, Jace metió un brazo y la detuvo. Me alejé, él entró y cerró la puerta detrás de él.

―Jamás creí que fueras tan infantil ―suspiró.

―¿Infantil? ―pregunté mientras me sentaba en la cama con la espalda erguida―. ¡Sabías que mi verdadero padre era Luke y no me lo dijiste!

―¡No era mi secreto para contar! ―exclamó y comenzó a pasearse por la habitación―. Además, habías tenido un accidente. ¿Qué querías que hiciera? no era fan de decirte la nueva noticia de buenas a primeras.

Fruncí el seño y miré mis manos.

Cuando lo ponía de aquella maneras…

Suspiré y él se acercó a mí, apoyando una de sus rodillas en el suelo y tomando mi rostro entre sus manos.

―Hey ―murmuró―. Sé que debe ser difícil y que estás dolida pero yo estoy aquí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas y lo abracé fuertemente. Él me devolvió el abrazo.

―No estoy dolida del hecho de que Valentine no sea mi padre ―murmuré en su hombro―. Me duele el hecho de que me privaron de Luke y me impusieron a Valentine, Jace. Pudo haberse ahorrado tantos disgustos mi madre. Ahora no tengo nada ―sollocé―. Sólo un hombre que me odia, un hermanastro que sigue sus pasos, una madre que me mintió toda la vida para su beneficio y un padre al que no conozco.

―Pero tienes amigos que te quieren y un hombre que te ama. Y escúchame bien ―sus ojos dorados se clavaron en los míos―: yo siempre te amaré.

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Jace

Cuatro años después…

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―Creí que no llegarías ―comentó Luke cuando llegué a su lado.

―Jamás me perdería este día. Llevamos esperándolo mucho tiempo para esto, ¿verdad?

Luke me sonrió.

Cuando la verdad de su paternidad se descubrió, creí que estaría devastado. Y con razón. Pero Luke, muy a su manera, decidió ver el vaso medio lleno y no medio vacío. Aprovechó la oportunidad que la vida le dio y llegó a conocer a su hija como si la hubiera criado él mismo.

Por mi parte, desde aquel día en el que Clary me había perdonado, nunca más me había separado de ella. Lo que significaba que veía a Luke muy seguido.

La relación padre-hija llegó hasta un punto en el que me maravillé. Cuando en el pasado Clary hablaba de su padre Valentine, lo hacía siempre con una sombra de tristeza y enojo. Y ahora, su padre Luke era la persona más maravillosa del mundo para ella.

Después de mí, claro.

Tomaron la relación de apoco, conociéndose y hablando. Pasearon y se conocieron más. Seis meses después, ya se comportaba como lo que eran: padre e hija.

Valentine le había quitado todo a Clary pero no siendo ella una persona material, no le importó. Aunque Luke estuvo más que contento de proveerle todo lo que necesitaba. Lo que curiosamente no le dio fue un departamento o una casa para su propio uso. Nada que la alejara de él. Y yo presentía que tenía algo que ver conmigo. Claro, el ser padre vino con algunas responsabilidades y preocupaciones para Luke. Como, por ejemplo, no dejar que el novio de tu hija la manoseara bajo tu propio techo.

Algo que no me gustaba pero que entendía.

Volví al presente cuando nos sumergimos en el mar de personas, buscando nuestros asientos. Los encontramos juntos a los de Simon e Isabelle. Jocelyn se encontraba al lado de ellos y la seguían Magnus y Alec.

El teatro se encontraba lleno y estaba seguro que pronto comenzaría.

Aquella noche Clarissa Adele Garroway se graduaba de la Escuela de Arte de la Universidad de Columbia.

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Clary

Dos años después…

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Por el Ángel.

Estaba embarazada.

Iba a ser madre.

Jace.

Mierda.

Esos fueron los primeros… cinco pensamientos que tuve al ver el palito con las dos líneas rosas.

Suspiré y me dejé caer suavemente en el suelo, junto al lado de la bañera. Seríamos padres, y el pensamiento me hizo temblar de miedo. Tendríamos que cuidar de una personita, hacernos cargo de él o ella. Cuidarlo, alimentarlo, quererlo.

Y de pronto, el miedo se convirtió en calor.

Un bebé. Mío. De él. Nuestro.

―¿Clary? ―me sobresalté ante el sonido de la voz de Jace―. Cariño, ¿te encuentras bien?

Me levanté rápidamente del suelo y tomé la prueba de embarazo mientras buscaba dónde esconderla. Sonreí cuando vi la caja de los tampones. Ningún hombre se atrevería a tanto. Abrí la caja y lo escondí.

―¡Clarý! ―exclamó Jace y me di cuenta de que se encontraba exasperado o muy preocupado. Abrí la puerta y lo miré de mala manera por interrumpirme. Él sólo sonrió―. Creí que te habías caído dentro del inodoro.

Rodé los ojos y salí de allí, tratando de no mostrar cómo mi rostro quería resplandecer.

―Estás siendo muy ruda conmigo esta mañana, señorita ―observó él mientras me seguía hacia la habitación.

―Lo siento, señor ―bromeé―. Pero sucede que tengo que estar en el trabajo en dos horas. Tengo que bañarme ―sentí cuando su pecho tocó mi espalda.

Gemí.

―Parece un poco nerviosa hoy ―susurró a mi oído―. Quizás yo consiga que usted… no sé, se relaje.

Sobra decir que perdí la batalla y la guerra al mismo tiempo. Su boca estuvo sobre la mía al siguiente segundo y mis piernas se enredaron en su cintura mientras depositaba besos en mi cuello y clavícula.

―Es ―beso― bueno ―beso― saberlo.

Reí mientras me llevaba hacia el baño.

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Me removí en mi asiento, incómoda.

―¿Podrías dejar de mirarme de esa manera? ―pregunté, irritada.

Maia sonrió.

―Lo siento. Es solo que… ―se encogió de hombros. Sí, yo sabía lo que quería decir pero eso no me hacía sentir más cómoda. Acaricié mi vientre sin siquiera darme cuenta del gesto.

Maia me había acompañado al consultorio. Un test casero no me conformaría porque quizás había sido erróneo. Pero yo lo sabía. Muy en el fondo yo lo sabía.

―¿Señorita Garroway? ―llamó la secretaria―. Pueden pasar.

Tomé un respiro hondo y me levanté con Maia a mi lado y ambas nos adentramos a la oficina. Cuando nos sentamos mi ginecóloga de toda la vida me sonrió, ordenando los papeles que sostenía en la mano.

―Felicidades, Clary ―dijo―. Como lo sospechaste, estás embarazada.

―Oh, Clary ―escuché murmurar a Maia antes de darme un abrazo que no rechacé. Y como una tonta me encontraba llorando de felicidad. Pero no me importaba.

―¿De…? ―me aclaré la garganta y la doctora me sonrió aún más―. ¿De cuánto tiempo estoy?

―Cinco semanas, cariño.

―¿Cinco semanas? ―pregunté, haciendo memoria. ¿Cinco semanas? ¿cuándo pudo haber suce…?―… Oh ―mis mejillas se enrojecieron y la doctora y Maia se echaron a reír―. Ya… ya sé cuando sucedió ―murmuré, avergonzada.

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―¿Estarás bien? ―preguntó mi amiga con una mano en la puerta del auto. Como habíamos viajado en mi auto, yo la había llevado hacia su trabajo. Vi a Jordan saludarme desde la puerta del edificio. Le devolvió el gesto.

―Sí ―asentí―. Ahora debo ir al trabajo.

Maia asintió.

―¿Se lo dirás hoy? ―preguntó.

Suspiré y miré hacia el frente.

―No lo sé. Creo que debo asimilarlo primero.

Maia me sonrió y salió del auto para luego cerrar la puerta.

―Llámame si necesitas algo, ¿sí?

―Si ―asentí antes de salir de allí.

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Jace

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―Por favor ―escuché suplicar a Magnus Bane mientras me acercaba a la mesa. Como era domingo, Isabelle, Simon, Alec, agnus, Maia, Jordan, Clary y yo nos habíamos reunido en Taki's como hacíamos la mayoría de los domingos de cada año.

―No lo sé, Magnus ―respondió Clary cuando me senté a su lado y le tendí su té. Algo que me tomó por sorpresa cuando me lo pidió porque usualmente ella tomaba café sólo. Negro como mi alma, decía ella en broma. Pero desde hacía unos días ella se encontraba tomando té o sumos de fruta debido a una gripe estomacal que había tenido y que de la que aún no se recuperaba del todo―. Gracias ―me sonrió cuando se lo di. No pude evitar darle un beso rápido.

―¿Qué es lo que sucede? ―pregunté antes de dar un sorbo a mi café.

―Magnus está intentando convencer a Clary de que haga otra presentación de su nueva línea de ropa interior.

―No ―dije sin pensarlo. Todos me miraron con las cejas enarcadas. No iba admitirlo en voz alta en frente de ellos pero el pensamiento de que Clary volviera a modelar era… no muy grato. Sí, yo la había conocido de ese modo y jamás me olvidaría de ello pero no me gustaba la idea de que ahora, luego de años de una relación estable ―¡por el Ángel, vivíamos juntos!― ella volviera a sus orígenes.

Llámame hombre de las cavernas y tomo orgullo en ello.

―¿Disculpa? ―preguntó Clary.

Me aclaré la garganta.

―Me refiero a que, ¿te dejarán mostrarte así en el trabajo? Porque es algo serio ―tomé una media luna y tomé un mordisco de ella.

Alec me miraba con diversión mientras que los hombros de Simon se sacudían con risa inaudible.

Clary sacudió la cabeza y se volvió hacia Magnus.

―Lo pensaré, ¿está bien?

Magnus asintió con la cabeza y yo evité gemir de frustración.

Cuando salimos de allí y nos despedimos, Clary tomó mi mano.

―¿Podemos dar un paseo? ―preguntó.

―Como quieras ―me encogí de hombros y la besé antes de dirigirnos hacia el parque. Como era fin de semana, el parque estaba en su mayor parte lleno por familias que habían salido a disfrutar del sol del día. Caminamos por un buen rato disfrutando de la mañana hasta que ella comenzó la conversación:

―Jace, ¿te gusta mucho tu trabajo?

Abrí mis ojos con sorpresa. ¿Ella se encontraba preguntándome eso? ¿en serio?

―Claro que sí. Si no me gustara, no lo haría ―ella asintió con la cabeza y frunció los labios―. ¿Por qué? ―pregunté―. ¿Qué es lo que sucede?

―Oh. Nada ―negó con la cabeza. Miro hacia la distancia y sus ojos verdes brillaron―. ¡Quiero un helado!

Me arrastró hasta el puesto y sonreí.

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En la noche, nos reunimos junto con Luke y el equipo para celebrar el cumpleaños de él que ya había sido el viernes pero festejábamos ese día. Estábamos de buen humor; Sebastian Penhallow había sido transferido a otro escuadrón a petición de Luke. Luego de lo que había hecho Aline, ella había sido examinada y luego declarada mentalmente inestable y peligrosa para su contorno así que la encerraron en un psiquiátrico. Sebastian no perdía oportunidad para pelear conmigo así que Luke se vio en la obligación de tomar cartas en el asunto y, siendo que Sebastian era quien siempre comenzaba las peleas, a Luke no le fue difícil elegir de quien deshacerse.

Llegaron todos con sus esposas e hijos o solteros y la noche estuvo llena de alegría. Sobra decir que ordenamos comida ―nada elegante― y no pude evitar burlarme de Clary tan solo un poquito por su inhabilidad para cocinarle algo a su padre por su cumpleaños.

Dejé de hacerlo cuando me aventó el mando a distancia del televisor.

Lo que encontraba gracioso era que desde que llegó Dylan, el hijo menor de Speed, el niño parecía no poder apartarse de Clary. En ese momento él estaba en su regazo y yo a su lado. Dylan se encontraba entretenido jugando con el móvil de su madre mientras Clary acariciaba su cabello. Se veía tan hermosa aquella noche con su vestido rosa corto y su cabello largo y rojo que me dejaba sin aliento.

Luke trajo el champagne y las copas.

―Aquí viene lo bueno ―exclamó Trepp mientras se frotaba las manos. Los demás rieron.

―Mmm. Creo que faltan más copas.

―Yo las busco ―sonrió Clary. Tomó a Dylan y se lo dio a su madre antes de levantarse del sillón. Pero cuando lo hizo, ella volvió a sentarse de golpe.

Pestañó.

―¿Clary? ―preguntó su padre.

―¿Estás bien?

―Sí, sí ―dijo ella antes de darnos una sonrisa débil. Volvió a levantarse pero no caminó. Sino que se llevó una mano a la cabeza. Lo siguiente que sabía era que ella se desplomaba y yo me aventaba para que ella no golpeara el suelo rudamente.

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Clary

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Abrí los ojos y fruncí el seño sin ser consciente de que mis manos apartaban lo que fuera que contenía aquel olor tan fuerte en mi nariz.

―¿Clary?

Mi visión se normalizó y pude ver a Jace a mi lado, sus rodillas en el suelo.

Fruncí el seño.

―¿Qué sucede? ―pregunté, mareada.

―Te desmayaste ―contestó él mientras tomaba mi rostro entre sus manos―. ¿Te sientes bien? Luke ya ha llamado al doctor.

Oh.

Ya habían comenzado los síntomas. Me mordí el labio y lo observé, odiando la expresión preocupada de su rostro.

―Hey ―murmuré mientras me incorporaba en lo que me di cuenta era mi antigua cama en mi antigua habitación―. No tienes que preocuparte. No necesito un médico.

―Ah, ¿no? ―preguntó con las cejas enarcadas―. Períteme diferir. Si no te atrapo a tiempo, te habrías golpeado la cabeza con la mesa. Sin mencionar el hecho de que te desmayaste. Y eso no es algo normal en ti.

Sonreí y extendí la mano para acariciar su mejilla.

―Quería decírtelo de otra manera ―suspiré. Pero de igual modo sonreí. Besé sus labios y acaricié su rostro nuevamente para deslizarla sobre su hombro, su brazo, hasta su mano. La tomé y la llevé hacia mi vientre. Sus ojos se ensancharon y pude notar cómo su pulso se aceleraba―. Estoy embarazada ―murmuré.

En el silencio de la habitación, podía oír el latido de mi propio corazón. ¿Estaría contento? ¿estaría enojado? No podía saberlo a ciencia cierta porque su rostro se encontraba en blanco.

Mi mano comenzó a temblar.

―¿J-Jace?

Sus ojos dorados volvieron a la realidad y me miraron.

―¿Tendremos un… un bebé? ―preguntó.

Yo asentí con la cabeza, sin poder decir algo. Hasta que sus ojos se llenaron de lágrimas.

―Vamos a tener un bebé ―volvió a repetir. Parpadeó y una sonrisa se extendió por su rostro―. Oh, Clary ―murmuró y enterró su rostro en mi vientre mientras yo reía de alivio y enterraba mis dedos en las hebras de su dorado cabello. Besó mi vientre y yo me solté a llorar como una tonta.

Más tarde, cuando nos reunimos con los demás, tuvimos que contarles la razón de mi desmayo. Lo hizo Jace, y la sonrisa no dejó su rostro en toda la noche.

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Jace

Siete meses después…

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―Respira profundamente ―le dije mientras yo hacía lo mismo. En realidad, no sabía si lo decía porque quería ayudarla ―se veía hermosa aunque estuviera toda sudada y con el rostro blanco del susto― o por la mirada asesina que me dirigió en cuanto entré por la puerta de la sala de partos ya listo.

Clary me fulminó con la mirada pero de igual manera me hizo caso y siguió con las respiraciones que nos habían enseñado en las clases de preparto.

―¿Dónde estabas? ―preguntó entre dientes.

Hice una mueca.

―Recién llego ―le dije. Habíamos llegado de realizar un trabajo delicado y la verdad era que estaba cansado. Pero, además, lo que sucedió fue que me había quedado temblando en cuanto oí las palabras del mensaje 'El bebé está por venir, idiota. ¿Dónde demonios estás?' que había dicho Isabelle a través del móvil. Me tomó un par de minutos entender a qué se refería el mensaje.

―Muy bien, Clary ―entró la doctora mientras se acomodaba el barbijo. La revisó durante unos segundos―. Ya te encuentras lo suficientemente dilatada para comenzar a pujar.

―¿Usted cree? ―preguntó mi pelirroja con los labios apretados y un gemido de dolor―. Porque yo pi- HA!

Clary comenzó a pujar y tomé su mano, sintiéndome terrible por el hecho de que ella tenía que hacer todo el trabajo para traer a nuestro hijo o hija al mundo. Aun no sabíamos de qué sexo era y no era porque no quisiéramos saberlo, sino porque él cruzaba las piernas y no se dejaba ver. Creo que tenía mi personalidad, después de todo.

―Te juro ―dijo Clary entre uno de sus descansos. El sudor cubría s frente así que se lo sequé― que nunca más me tocarás, Jace Herondale.

Le dediqué una débil sonrisa porque me estaba planteando lo mismo en ese momento. Pero sabía que eso no pasaría.

―Vamos, Clary ―dijo la doctora con ánimo―. Puja. Puedo ver su cabeza ya.

Clary pujó con fuerza y luego sollozó.

―No puedo más. Ya no puedo.

―Hey, hey. Shh ―murmuré en su oído―. Tú puedes, mi amor. Es nuestro hijo. Imagínate que en unos minutos lo tendremos aquí ―besé su sudoroso cabello y le limpié las lágrimas.

Ella asintió.

―¿Estás preparada, Clary? ―volvió a preguntar la doctora―. Necesito que hagas un gran puje. Hazlo con todas tus fuerzas y el niño ya estará a fuera. Te lo prometo, cariño.

Clary volvió a asentir y tomó ambas manos mías. Apreté las de ella con fuerza mientras ella profería un grito desgarrador y su cuerpo se tensaba.

Luego, se escuchó el ruidoso llanto de un bebé.

Clary respiró con profundidad y se dejó caer nuevamente en la camilla.

―Felicidades ―rió la doctora―. ¡Es una niña! ―anunció―. ¿quiere venir a cortar el cordón umbilical, papá?

―Ve ―alentó Clary con voz cansada.

Tragué saliva y asentí con cabeza, alejándome de ella. La buena doctora me dijo donde cortar y luego me paso a la niña, quien aún lloraba y se movía.

―¿Se encuentra bien? ―pregunté, preocupado.

―Más que bien ―asintió ella―. Está probando que es muy sana.

Sonreí sin poder evitarlo y caminé hacia Clary con la niña en brazos.

―Mírala ―murmuré mientras la acercaba a ella. Mi hija se encontraba pegajosa y el color púrpura que había tenido cuando la habían puesto en mis brazos había desaparecido dándole paso a uno rojo―. Es preciosa.

Clary la tomó en brazos y fue en ese momento, cuando parpadeé, que me di cuenta de que había estado llorando desde hacía rato ya.

―Hola, mi amor ―murmuró ella mientras acariciaba su rostro. La bebé se calmó en cuanto escuchó su voz―. Tu papi tiene razón; eres preciosa.

Nos quedamos allí por un momento más mientras contábamos los dedos de sus manitos y piecitos.

―¿Ya han elegido un nombre? ―preguntó la buena doctora.

―No ―rió Clary.

En ese momento recordé aquel sueño que había tenido años atrás, cuando recién había conocido a Clary.

Incliné la cabeza y miré a mi hija.

―Lily ―dije.

―¿Qué?

―Lilyan Herondale. Lily Herondale.

―Lily ―Clary probó el sonido de su nombre y me sonrió―. Lily Herondale ―anunció en voz alta.

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Clary

Tres años después…

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El sol brillaba en el cielo y el aire olía a rosas y jazmines.

Me encontraba debajo de la sombra de mi árbol favorito, disfrutando de su frescor en aquel calor de verano. Eran pocos los momentos que tenía para mi sola, la verdad. Acaricié mi abultado vientre de seis meses de embarazo mientras miraba hacia el cielo.

Ya no vivíamos en New York. Con Jace habíamos decidido que Lily merecía espacio verde para crecer así que habíamos comprado una casa en Idris, el pueblo natal de Jace. Era un lugar hermoso y nuestra casa muy hogareña, rodeada de su propio patio donde mi hija tenía su columpio y demás juguetes.

Escuché la puerta trasera de la casa cerrarse y miré hacia aquella dirección. Jace caminaba hacia mí. Llevaba puesto una camiseta ligera y blanca y bermudas verdes. Iba descalzo. Me sonrió mientras se acercaba y mi corazón comenzó a golpetear en mi pecho como siempre lo hacía ante una visión de él.

―Tenía la sensación de que estarías aquí ―sonrió y se dejó caer a mi lado. Pasó un brazo debajo de mi cabeza y la apoyé en su fuerte pecho.

―¿Lily? ―pregunté aunque ya sabía la respuesta.

―Durmiendo su siesta. Estoy seguro de que los ángeles que la protegen se desmayan cada vez que ella duerme ―rió―. Yo casi lo hago.

―Por alguna razón dicen que es igual a su padre ―murmuré y besé su pecho cubierto. Él sólo me sonrió brillantemente.

Lilyan Herondale con su cabello rubio rojizo, tez de porcelana y sus ojos dorados era la princesita de Jace. La luz de sus ojos. La razón por la que Jace ―sin dudarlo yo misma― podría llegar a matar.

Mi niña preciosa cumplía ese mismo día tres años de vida. Era extraño cómo el tiempo pasaba a nuestro alrededor y nosotros madurábamos para convertirnos en personas que no solo tienen a cargo sus vidas, sino la de seres más pequeños.

―¿Isabelle? ―pregunté.

―Está con los trabajadores que se encuentran montando la carpa en el patio delantero ―contestó―. Me apiadaría de ellos pero ―se encogió de hombros―… no quiero sufrir la ira de Izzy. Isabelle se había ofrecido a obtener los quebraderos de cabeza del día de hoy. Con suerte, en mi estado no era seguro cansarme―. Así que pensé en pasar tiempo de calidad con mi mujer ―murmuró antes de besarme. No era que me quejara, de hecho, en el segundo trimestre, Jace había tenido suerte de que en su tiempo libre sus pies tocaran el suelo por más de dos horas.

Pero en ese momento había cosas más importantes. Cosas muy importante que no deberían esperar. Así que le di un último beso y me separé de él antes de decirle:

―Tengo que hacer pis.

Jace dejó caer la cabeza en el césped y rió silenciosamente. Luego se incorporó y me tendió la mano para levantarme con cuidado.

―Vamos ―dijo, divertido.

Y juntos entramos a nuestra casa para continuar con el día, con nuestras vidas junto con nuestra hija, nuestra familia y el niño que llegaría al mundo en poco tiempo.

Estaba feliz porque ahora todo en mi vida era… de una manera diferente.

Y lo amaba.


[N. de A]: Y hasta aquí llegó la historia. Quiero agradecerles a TODOS los que siguieron este fanfic. A los que dejaron Reviews y a los que no, a los que pusieron esta historia en sus listas de Favourites y Follows. Y a los que no, también. Muchas gracias por su continuo soporte y por perdonarme cuando no actualizaba durante meses.

Ustedes son los mejores.

Muchas gracias por todo.

XOXO