Apenas me había desocupado como para ver el reloj, fui de inmediato al aparcadero en donde Johansson contabilizaba un maletín de LSD que recién había llegado, dejé sobre la mesa las bitácoras de mi registro y él levantó la mirada.

- Oye –dije titubeante—, ¿me podrías cubrir por una hora? –me senté frente a él

- ¿Una hora? ¿Por qué tanto?

Moví las manos y Johansson dejó el pequeño sobre de alucinógenos en el maletín.

- Es que… -pasé la mano por la parte trasera de mi cuello y lo miré—, debo ir a pagar una deuda y bueno… tú sabes, el tipo es algo especial. Debo estar puntual sino…

- Sí, sí, comprendo. Y ¿a qué hora debes estar ahí?

- A las tres –él miró el reloj.

- Oh, aun tienes mucho tiempo…

- Pero iré hasta Nürnberger –dije quejándome.

- ¿ Nürnberger? ¿Por qué tan lejos?

- No lo sé. Será porque él vive cerca de esa avenida… –dije en tono de obviedad.

El ruso bufó y volvió a mirar el reloj de pared situado a la derecha por sobre nuestras cabezas.

- Bien –buscó entre algunos papeles regados en el escritorio—, ¿podrías entregarle esto a Dante? –extendió para mí un par de carpetas blancas.

Mi rostro lo hizo sonreír, no identifiqué si era de burla o algún otro motivo.

- El Inferno queda de paso a Nürnberger, no te desviarás nada. Anda.

- Y ¿yo por qué? –solté indignado.

- Porque tú vas por ahí. Tom –resopló y movió los ojos—, por favor, el Inferno queda a veinte minutos de aquí, puedes pasar, dejárselo y continuar tu camino.

- Otros quince minutos más –dije enfadado tomando las carpetas.

- Oh vamos, después de eso, ya puedes tomarte la tarde, si quieres –suspiró fastidiado—. Ya. ¿Contento?

Torcí los labios y me fui. Perfecto, ahora llegaría tarde por culpa del viejo ruso.

Por primera vez deseé que Amber sea como las típicas chicas que llegan después de diez o veinte minutos.

Ya luego me inventaré una justificación para él.


¡Mierda, mierda, mierda! Había llegado como alma que lleva el diablo pero no la encontré, tomé asiento cerca de la puerta intentando visualizar a todo el que entraba, no había ni rastro suyo. Una de las meseras se acercó a pedir mi "orden", fue ahí donde aproveché a preguntarle si había visto a Amber, traté de ser lo más específico posible al dar sus referencias físicas, la chica no tardó en darme respuesta: según ella, una joven que frecuenta mucho ese lugar, con esas mismas características, había llegado hace casi media hora y se sentó en una de las mesas del fondo, parecía esperar a alguien, su novio llegó pero rato después comenzó a sentirse mal y aquel sujeto se la llevo.

Qué caraj… ¿su novio?

Por un momento creí que la chica se había confundido. Cuando la mesera se fue, sin mi pedido por cierto, yo ya no sabía si esperar o irme. Opté por la segunda opción y mientras manejaba suponía lo que probablemente sucedió: Amber me esperaba, llegó un tipo que conocía del Inferno, charlaron y para obligarlo a que se lo llevara, fingió una jaqueca o algo por el estilo, el tipo se lo llevó en un auto de lujo y ahora mismo estarán no sé dónde cogiendo y bebiendo cuanto licor se les antoje.

Pero… él no pudo haberme dejado; cuando pidió que habláramos se notaba muy serio, y sé muy bien porqué quería que nos reuniéramos hoy, antes de que se prolongaran más días. A Amber no le convenía que alguien supiera lo de su familia, quizá por táctica, quizá por cuestiones personales; el caso es que él no es un tipo que ande contando ese tipo de cosas a cualquiera, lo había visto esa noche en que sólo por el licor y su enfado pudo desahogarse de esa manera.

No pudo haberme dejado plantado.

Necesitaba hablar, y yo tenía algunas dudas que probablemente me cuesten resolver, porque conociendo lo que ya conozco, Amber no me soltaría toda la verdad de su pasado ni aunque lo acabara a golpes. Tampoco podía emborracharle de nuevo, el licor le hacía daño, no como a todos los demás, sino un daño peor… un daño interno, espiritual. Entonces, ¿por qué se fue con ese tipo?, sus ánimos no se habrán regenerado en tan pocos días. No. No lo creo.

Él no pudo haberse ido así porque sí. Simplemente me negaba a creerlo.

Anduve dando vueltas por el auto, vueltas y vueltas por las calles cercanas a ese lugar en donde nos veríamos. Y no encontré nada, absolutamente nada. Suponía que su personalidad era siempre una caja de sorpresas, pero el no llegar a una cita definitivamente no era su estilo.

La noche llegó y en el Inferno todo pasaba como de costumbre, mujeres bailando, hombres cortejando o pasando a otro tipo de prácticas con sus compañeras de turno, todos bebían y bailaban en el primer piso, mientras que en el segundo, los pervertidos gozaban con jugar con las velas, arrojando la cera caliente sobre la piel de sus acompañantes, las mujeres vestidas con ropas de látex o cuero… En fin todo se movía con la rapidez de siempre, pero sin el eje en el que giraba todo ese ambiente de perversión.

Vaya, yo pensando así de Amber, maldita sea. Su actitud avasalladora en medio de todo ese ambiente le daba una luz a toda esa oscuridad, una quietud a tanto movimiento, el Inferno no parecía el mismo y yo comenzaba a notarlo.

Había pasado más de veinte años viviendo sin su presencia, y unos cuantos meses me hacen ser tan observador como para detectar que cada rincón de ese enorme bar lo extraña. Mejor me hubiera quedado repartiendo droga por las calles, así me ahorraba el enorme placer de conocerlo.

Esa noche pasó, y no fue de las más tranquilas, por cierto, ya que tuvimos que sacar a varios bravucones que sólo entorpecían la noche. Al día siguiente la luz del día me recibió con una noticia demasiado extraña: Amber había desaparecido.

«¡Los malditos americanos!», pensé yo de inmediato cuando Johansson me soltó el motivo por el cual estábamos yendo con Dante, lo miré, se veía tan sorprendido como yo. Si esos tipos lo tienen, joder, probablemente a estas horas le estarán haciendo… mejor ni lo pienso, sacudí la cabeza arrojando al vacío esos pensamientos. Con lo que él sabe de Dante, a esos hijos de puta les convenía tenerlo de su lado, pero no quería ni imaginar los medios por los que le sacarían toda la información necesaria.

Por un momento me sentí un idiota por no haber llegado a tiempo, quizá hubiera podido…

- Pues ya déjalo, no podemos hacer más nada –comentó Johansson.

Dante se volvió y golpeó el escritorio fuertemente con la palma de las manos, lo miró enfurecido y yo supe que estaba tan desesperado como yo.

Sí, yo desesperado por Amber…

- Eres un idiota, o ¿qué? –gruñó con su voz rasposa y mandataria—. Si Amber habla, nos jodemos todos. No puedo dejar que esos infelices sepan lo que quieren.

- No creo que se atreva a hablar. –argumentó el ruso.

- ¿Por cuánto tiempo más? –dije yo tomando la misma actitud que Dante—, si a ti te estuvieran torturando desde hace más de doce horas, ¿no hablarías? Debemos de investigar dónde diablos lo tienen e intentar sacarlo de ahí.

- Definitivamente no debe ser lejos de aquí. –comentó Dante.

- Hay que rodear toda la zona y que busquen hasta en el basurero –completé levantándome del sillón.

- Esto es una locura, Dante, no puedes movilizar a todos tus hombres, sólo por… él. –se levantó mientras miraba a Dante descolgar el teléfono y marcar un número—. Tú no sabes cuántos son ellos, no arriesgarás a tus hombres sólo por uno. Si lo haces, los americanos reafirmarán que es importante para ti, y entonces…

- Es que lo es, imbécil –interrumpió pegando el auricular a su oreja—, y no me importa formar una guerra. Amber tiene información valiosa sobre el negocio, ¡sobre mí!, si casualmente se le ocurre soltarlo todo… nos iremos a la mierda. Ustedes y yo.

Dante alertó a que fueran a buscar los alrededores. Mientras daba indicaciones Johansson y yo quedamos en completo silencio escuchando la voz de nuestro jefe retumbar por toda la oficina haciendo que hasta las mismas arañas temieran. Para cuando terminó la llamada volvió la mirada hacia Johansson.

- Espero que ese infeliz no haya dicho nada, mientras tanto –se volvió hacia mí— te necesito aquí vigilando el edificio.

Pero qué… él no podía dejarme fuera de esto. No de esa manera.

- Dante… -hablé pero fui interrumpido por Johansson.

- Yo me quedaré. Tom tiene mejor contacto con los demás de abajo. –dijo seriamente.

Dante dudó, lo dudo por unos segundos que a mí me parecieron una eternidad, observó mi rostro y luego habló.

- Sólo por hoy, ve y date una vuelta por las carreteras, ve con los compañeros que creas necesarios. La orden es: como sea, tráiganlo de regreso. Como sea.

Había pasado varias horas rodeando la ciudad, buscaba desesperado algún indicio de esos malditos, pero tal pareciera que se los había tragado la tierra, y claro, junto con ellos a Amber.

«Que no hable, que sea lo suficientemente astuto como para no hablar», rezaba en mis adentros, deseando por sobre todas las cosas que él estuviera bien.

Porque quiera o no era parte principal de todos nosotros en el negocio. Y porque a Dante le interesaba, le interesaba y mucho.

Daba vueltas y vueltas, sí, en solitario, tratando de buscarlo, de la manera en que sea, y para cuando di la tercera visita a la gasolinera entendí que lo que hacía era algo absurdo e iba como idiota rumbo a lo desconocido.

Regresé a donde Dante, él estaba enfurecido y parecía que con solo mirarle estallaría y te mataría. Hablamos y pareció tranquilizarse, hasta que de repente en uno de esos silencios que dejan espacio las palabras, su móvil sonó. Ambos supimos de qué se trataba. Descolgó y su aspecto serio e impasible se endureció al escuchar las palabras de su interlocutor.

Arrojó el móvil al escritorio y caminó hacia la puerta, de inmediato lo seguí.

- ¿Qué pasa?

- Esos imbéciles fueron a saquearnos –gritó exasperado—. Amber habló y ahora esos malditos ya saben dónde escondemos toda la droga.

Salió colérico dando de zancadas, me quedé de una sola pieza al imaginar las condiciones de nuestra situación, miré al escritorio, tenía que hacer algo, rápidamente tomé el móvil y Dante gritó mi nombre para que lo siguiera, corrí hacia él.

- Hijos de puta –bufó mientras bajábamos las escaleras—. Tú ¿a dónde diablos vas? –soltó al verme aparecer detrás de él y correr hacia las otras escaleras que guiaban al primer piso.

- Voy a intentar algo –respondí sin detenerme, ahora él me seguía—. Tú encárgate de que ellos no nos jodan.

Me detuve y me volví hacia él.

- Me llevo esto –levanté el móvil entre mi mano y él de inmediato abrió la boca para hablar. Yo me adelanté—. Sólo confía en mí, ¿de acuerdo?

No dijo nada, y yo me fui deseando que lo que iba a hacer a continuación funcionara.

Cuando estuve en el reformatorio, a los quince años, había conocido a Fenix, un muchacho algo extraño y solitario; éramos compañeros de celda y durante esos seis meses en el que estuve compartiendo con él, logramos llevarnos bastante bien, y a pesar de que es mayor por dos años, yo siempre alejaba a los bravucones que pretendían meterse con él, a cambio, Fenix se encargaba de lavar mi ropa y encargarse de cualquier inconveniente dentro de la celda. Era un trato justo para un par de adolescentes.

Nunca supe su nombre verdadero, ahí todos lo conocían como el Fenix, el apodo fue debido a una madre piromaniaca y a un accidente que casi le cuesta la vida y que sólo lo dejó con una quemadura en la mitad de la cara, lo habían declarado muerto, pero milagrosamente regresó a los cuarenta segundos. Él siempre contaba esa anécdota a quien se lo pidiera, muchas veces me burlaba al creer que era una fanfarronería de su parte, sin embargo cuando despertaba por las noches muy agitado o hablaba dormido sobre el accidente mis sospechas se desvanecían.

No era que presumiera, era que en verdad estaba traumado por ello.

Cuando sucedió lo de mi madre fui a refugiarme ahí mismo, pero no tardé mucho en irme de nuevo ya que fue ahí cuando conocí a Johansson y el rumbo de mi vida se quebró para ser lo que soy ahora.

Bien sabía que Fenix, continuaba experimentando en la red, complementando los conocimientos que en aquel entonces ya eran demasiado específicos y hasta cierto punto profesionales.

Toqué la puerta con ansias, deseando que ese hacker criminal estuviera despierto.

- Ya le dije que... -el hombre gordo en el marco de la puerta frenó sus palabras.

- Fenix, necesito de tu ayuda.

El hombre me examinó, entre cerró los ojos color marrón detrás del vidrio de sus lentes hasta que al final de un par de segundos recordó.

- ¡Tom, maldita rata blanca! -exclamó familiarmente soltando el filo de la puerta para darme un abrazó—. Pensé que te habían matado.

- Joder, hombre -dije apartándome de su lado-. Hueles peor que la mierda.

Él soltó una carcajada y entró, lo seguí en ese aspecto familiar en que me había recibido.

- Unos tipos me ofrecieron unos miles por penetrar el software de una empresa y desviar fondos. Lo malo es que aún no encuentro el maldito acceso. –refunfuñó volviendo a la moderna PC que conectaba a un enorme conjunto de cables regados por toda la sala.

Ya sabía que cuando él se proponía algo no había poder humano que lo hiciera dejar la máquina, sino hasta lograrlo. No me sorprendería saber que lleva ahí pegado una semana sin visitar la regadera.

Tecleó algunas cosas y yo observaba mi alrededor, la sala parecía un museo de un acumulador compulsivo de cajas y equipos electrónicos. El lugar casi no había cambiado, todo seguía igual, sólo con más cajas y cachivaches inutilizables.

- ¿Puedes localizar domicilios por medio de números telefónicos? –solté ansioso, él me miró detrás de la pantalla plana de su computadora.

- Depende…

- Mira –saqué el móvil de Dante y se lo entregué—, el último número, quiero su paradero.

- Sólo con el número no puedo hacer nada. Necesito que se establezca la conexión. Captar la señal… Sólo así.

- Necesito que lo hagas –interrumpí inclinándome directamente sobre su cara—. Tienes que hacerlo, Fenix.

Él resopló y revisó algunas cosas en el celular, sopesó el aparato en su mano y le dio la vuelta estudiándolo, luego me miró serio y yo insistí.

- La cosa está algo complicada…

- Inténtalo.

Viendo mi interés sonrió y me miró perspicaz, como una hiena a punto de atacar, conectó el móvil a unos cables, que sepa el diablo a dónde contactaban y agregó:

- Esto tendrá un costo, Tom… Esto no es tarea fácil.

- ¿Qué es lo que quieres? –dije más ansioso que nunca.

- ¿Qué tienes para ofrecer?

Me atacó con esa amplia sonrisa de dientes chuecos que sólo hacía cuando algo se trataba de dinero, hice un breve repaso a mis pertenencias, lo más valioso estaba en el departamento, y éste se encontraba del otro lado de la ciudad, bien me llevaría una hora entre ir y regresar, una hora en la que él puede ocuparse en mi encargo.

- Qué te parece el reloj –agregó al notar mi incertidumbre.

Sin pensarlo más me quité el Ralph Lauren y lo asenté en la mesa, Fenix era muy bueno oliendo las cosas caras, y aquel reloj, regalo de Dante en mi último cumpleaños era todo, menos barato. Fenix lo pegó a su cara observando la correa para después escuchar los engranes del reloj, golpeé con la palma de la mano el escritorio y él salió de su trance.

- Lo quiero para hoy.

- Haré lo que pueda.

- No, no. Lo vas a encontrar. –ordené y él asintió pesadamente.

- ¿Con quién quieres dar, Tom? –preguntó mientras comenzaba a teclear cosas en su computadora.

- Debo irme –dije encaminándome hacia la puerta, él rió—. Volveré en unas horas. Más te vale tener algo.

- A sus órdenes, jefe.

Estaba por salir cuando inesperadamente el teléfono sonó, miré directamente hacia el escritorio y Fenix me miró con los ojos bien abiertos, las piernas me temblaron, ¿qué diablos debería hacer ahora si eran esos tipos?

- ¿Qué esperas, idiota? Contesta –demandó apurado—. Es el mismo número desconocido… Querías tu conexión ¿no?

Corrí de regreso y tomé el móvil con todos los cables conectados, dudé, cualquier cosa que dijera podría repercutir con Amber, o con la emboscada en el almacén. Si arruinaba las cosas, Dante me mataría por hacer todo lo contrario a lo que él me había confiado.

Me acerqué al oído el celular, rogando a que las cosas no se complicaran.

- ¿Cómo te supo eso, eh? Hombre todopoderoso… Gracias por tu contribución a nuestro negocio.

- Eres un maldito hijo de puta –gruñí sin poder contenerme más.

El hombre de la voz rasposa sonrió detrás de la bocina y habló:

- Me imaginaba diferente tu voz, Dante –hizo hincapié en el nombre—. ¿Dime qué te ha pasado? La humillación te cambió.

- Devuélvenos a Amber –espeté mientras miraba fijamente a Fenix teclear lo más rápido posible—. Ya tienes la droga, ¿no?

- Pero no es suficiente, Dante. Queremos más. Todo, para ser precisos.

- Sobre mi cadáver, imbécil –solté con todo el veneno que me provocaba la burla de ese hombre.

Él rió de nuevo e hizo un sonido de desaprobación.

- O quizá sobre el de Amber… -dijo en tono burlesco.

- ¡Imbécil! –golpeé el escritorio, Fenix saltó sobre su silla—. No se saldrán con la suya, ¿me escuchas? Voy a encontrarte y haré desaparecer esa estúpida sonrisa que tienes ahora, hijo de puta.

- ¡No me digas! ¿Tú y cuántos más, niño?

- ¡No sabes lo que te viene, pedazo de mierda! –dije lanzándole una mirada a Fenix que me observaba sorprendido—. Lamentarás haberte metido con nosotros. Voy a encontrarte, sí, a ti que estás detrás de ese maldito teléfono y haré que pagues cada una de tus putas palabras con sangre. Porque voy a ir directo a matarte, infeliz.

- Y ¿cómo lo harás, siguiendo contestando las llamadas de tu jefe?

- Imbécil.

Él carcajeó y yo me encolerizaba mientras más escuchaba su voz.

- Sigue así, muchacho, quizá algún día logres ser como el hijo de perra de tu jefe.

Lo dijo con tanta ironía que mi reacción fue simplemente terminar esa maldita llamada, mi rostro estaba ardiendo en furia y Fenix podía notarlo ya que su sonrisa había desaparecido y ahora me miraba con cautela.

- Dime que lo tienes o te arranco la…

- Toma –extendió un papel que recién salía de la impresora a un lado del escritorio.

Observé la hoja viendo el pequeño mapa y las coordenadas hacia el supuesto lugar, me di la vuelta y atravesé la sala como un relámpago, Fenix dijo algo pero en ese momento no podía escuchar a nadie que no sea el eco de mis demonios diciéndome que debía matar a alguien.

Salí rumbo a esa dirección, era un lugar en el distrito próximo a donde estaba, manejé como loco mientras le pasaba a todos las coordenadas exactas. Saqué mi Desert Eagle de la guantera y al llegar repasé todo lo que haría, noté que en la parte baja era un negocio de tatuajes, quizá ilegal ya que no tenía ningún anuncio, sólo por la decoración de la puerta pude percatarme de qué se trataba, una mujer salió y supuse que el lugar estaba en la parte trasera o en el piso de arriba del gran edificio que al parecer todavía seguían construyendo. Entraría y mataría a quien fuese necesario, debía de ver cara a cara al hijo de puta que llamó, desquitarme, meterle la pistola por el culo y hacer que se humillara para soltar esa rabia que me había provocado su voz.

Detuve mis ansias, esperaría mejor a que los demás llegaran, si ellos, que es lo más seguro, me superaban en número, moriría antes de llegar al segundo piso.

Y ahí sí quedaría como un idiota.

Moví el auto, di una vuelta para no verme sospechoso, ellos habían planeado bien las cosas, ya que siendo un lugar transitado, un lugar que acostumbra reunir gente, nadie en su puta existencia pensaría que tienen dentro a alguien secuestrado.

El auto con Zack y cinco más llegó, me siguieron y ellos bajaron en la esquina, me estacioné justo frente del lugar y bajé, lentamente crucé la calle mientras ellos caminaban desde mi flanco izquierdo hacia el lugar. Entré, una campana sonó, había un hombre terminando un dibujo y otro más en un sillón, el lugar era extremadamente pequeño y hasta cierto punto insalubre, con cajas y jeringas por todas partes, no caminé mucho cuando saqué la pistola y disparé, primero al hombre que dibujaba, al infeliz cliente y al otro del sillón, logré escuchar pasos acelerados arriba y busqué con la mirada las escaleras, observé a mi alrededor cuando Zack y los demás entraron revisando los alrededores, me fije bien en la pared de fondo, algo fallaba, la segunda bala que disparé contra el tipo del sillón, perforó la pared dejando un hoyo que mostraba una luz que rebotaba en el vidrio del mostrador. Me acerqué a mover el enorme mostrador que se interponía, indiqué a que me ayudaran y efectivamente, la pared era falsa, bastó sólo con empujar un poco para que cediera como una pequeña puerta lo suficientemente ancha para que pasara una persona, entré hacia un pasillo totalmente oscuro con una única bombilla blanca que iluminaba las escaleras hacia los pisos de arriba, miré hacia atrás, los demás habían llegado, de repente escuché pasos acelerados, empuñé la pistola y subí corriendo.

El pasillo constaba de una serie de habitaciones, como departamentos que se levantaban de lado a lado, varios hombres corrieron a nuestro encuentro pero fueron recibidos por nuestras balas, intenté abrir un par de puertas pero no cedieron, siete hombres entraron hasta el fondo del pasillo, y la balacera no tardó en escucharse, de inmediato pensé en que si Amber estaría en alguna de esas habitaciones o quizá…

- ¡¿Eso es todo lo que tienen, imbéciles?!

Esa maldita voz; la cólera me regresó, fui siguiendo el ruido, pasé una reja oxidada que daba paso a otro pasillo con muros y al fondo estaban ellos, con una barricada improvisada de mesas de plástico, me lancé a una pared próxima mientras los disparos se escuchaban, de repente arrojaron un contenedor de gas lacrimógeno, corrí apartándome de inmediato; entre la balacera y el humo corrí hasta estar a pocos metros de la barricada, noté que ya no había nadie, los pocos que quedaban estaban siendo rodeados por nosotros, disparé, pero el maldito humo me había nublado la vista, entre maldiciones y disparos torpes, logré darle a dos de ellos y corrí al interior de la puerta que custodiaban, era una gran habitación con otra puerta en el fondo, froté mis ojos, no había recibido tanto del humo, sin embargo comenzaba a sentirlos irritados, solté una maldición mientras escuché pasos y la voz de Johansson dirigir a los demás, no me esperé, recargué la pistola y avancé casi corriendo haciéndome paso entre ellos para llegar a la puerta, ésta daba a otras escaleras, ¿qué era esto, un maldito laberinto?, ¿un mal chiste de la arquitectura?

Subí tan rápido como mi visualización me permitía, al fondo pude notar al hombre del parche en el ojo correr junto con otro hombre que arrastraba entre empujones a una figura alta de cabello revuelto, el infeliz del parche de vez en vez volteaba el rostro para reír, corrí detrás suyo mientras disparaba pero mis ojos parecían no ayudar, me refugié detrás de una pared mientras ellos disparaban hacia mí, los hombres detrás mío disparaban contra otro grupo que atacaban de nuevo, los americanos disparaban y corrían, Johansson entró disparando, Amber le dio con el codo y el hombre se tambaleó, un disparo anónimo le llegó por la espalda, luego yo solté un par de mis balas contra su cabeza. El hombre cayó casi sobre Amber que de inmediato lo empujó hacia un lado tirándose al piso para cubrirse de la balacera. Johansson me alcanzó y avanzamos hacia el fondo en donde estaba una última puerta que daba al vacío, vimos a un último hombre arrojarse, Johansson le disparó pero era demasiado tarde, no pudo ni asomarse porque los disparos venidos desde abajo le impidieron acercarse a la puerta, ellos gritaron y sus gritos se alejaron rápidamente, Johansson se asomó al fin, y maldijo.

- Se están escapando en una camioneta. Joder.

Los malditos cayeron sobre una camioneta de carga de quien sabe qué material y ahora huían como vil cobardes.

- ¿Qué esperan? ¡Síganlos! –ordené a lo que los demás corrieron escaleras abajo.

Me volví buscando a Amber que yacía en el piso mientras todos iban rápidamente detrás de los americanos, por un instante me olvidé de la rabia que tenía y desaté la soga que marcaba sus muñecas y él se quejó ante mi brusco jalón que le indicó a que se sentara.

- Mierda. –dije notando que su brazo sangraba.

Separó sus muñecas y sin mover su brazo herido se lanzó hacia mí en un fuerte abrazo que yo no supe ni cómo traducir.

- Pensé que jamás llegarías. –dijo a mi oído.

- Oye hombre, ¿estás…bien? –Zack interrumpió a lo que yo aparté su brazo alrededor de mi cuello.

- Sí, sí. Sólo que necesito que me lleves con Dante, no creo poder manejar en estas condiciones. –volví a frotar mis ojos.

- Para eso me mandó el ruso –hizo una seña con la mano a que me levantara, mientras se acercaba-. Madeimoselle… –extendió la mano hacia él ayudándole a ponerse de pie.

Con una botella de agua que Zack llevaba de casualidad en el auto pude deshacerme de ese malestar en los ojos, para cuando llegamos con Dante yo ya veía a la perfección. Amber se había aprisionado el brazo durante todo el camino, y aunque manchó los asientos del auto me sentía aliviado de que estuviera de nuevo entre nosotros.

Estaba con un labio roto y con algunos moretones en los brazos, aparte del raspón de bala en el brazo derecho, fuera de ello se veía bien, y en parte me tranquilizaba, aunque la duda de que si dijo algo más sobre Dante o el negocio continuaba atizándome cada vez más.

Entramos a la enorme mansión del jefe, custodiada por hombres de más de dos metros de altura, con un amplio jardín y una gran fuente principal que antecede a la puerta, habían figuras talladas, desde madera hasta piedra y plata, sí, plata; todo ello era desborde de elegancia y poder que simplemente no podría describir lo ostentosa que era esa maldita casa.

En su interior no era menos, las paredes estaban repletas de obras de arte, armas de la época medieval y escudos pegados que daban una vista algo inusual para ser una simple sala.

Las ventanas eran enormes y dejaban ver la luz del día haciendo que los rayos amarillos rebotaran en la plata original de las armaduras situadas a media casa, como si aquello fuera el pequeño rincón de un museo.

Sentía que con sólo respirar podría romper alguno de los objetos tan caros que rodeaban el lugar.

Bajó de las grandes escaleras doradas con alfombra color rojo vino, tenía el rostro serio y su mirada se fijó directamente en quien acabábamos de recuperar. Zack y yo nos miramos y al volver los ojos hacia él, Dante se acercaba rápidamente hacia Amber y…

- ¡Imbécil! –gritó al tiempo que le daba un fuerte revés que lo arrojó al piso.

- ¡¿Qué te sucede?! –gritó de nueva cuenta tocando su mejilla mirándolo con enojo.

- Tú me tienes que explicar muchas cosas, infeliz ¡traidor!

Lo tomó del cabello y literalmente a rastras lo llevó a su estudio, cerró la puerta de un azote y un silencio tenso inundó la sala. Zack disimuló una sonrisa y fue a sentarse al sillón forrado de terciopelo negro.

- Escuchemos ahora el concierto. –dijo extendiendo los brazos a sus costados como si fuese el dueño de aquel mueble.

- No seas…

El ruido de un jarrón roto y a continuación la discusión se escuchaba entre ratos. Me senté pensativo, Dante no era muy amable cuando se enfurecía, menos cuando se sentía traicionado.

- ¡Eso no te justifica de nada! –gritaba Dante.

- Tú jamás entenderías lo que es estar ahí. Si no hablaba, esos idiotas iban a entregarme en pedacitos. –le respondía.

- Hubiera sido preferible…

Hubo un silencio, largo rato, y yo me sentía nervioso, Amber no parecía del tipo que se dejaba intimidar fácilmente y eso lo hacía más peligroso, si Dante llegaba a sus límites…

- ¡Jódete! –gritó Amber con desprecio.

Acto seguido escuchamos un disparo y yo de inmediato me puse de pie mirando hacia el estudio, incluso Zack se miraba sorprendido, no se escuchaba nada, y yo caminé hacia ahí hasta que las puertas se abrieron y Dante empujó a Amber fuera, ahora él tenía una contusión en la mejilla y caminaba lentamente, volvió la mirada hacia Dante mientras se limpiaba un rastro de sangre en la boca.

- Ahora lárgate que no quiero ver tu maldita cara de zorra traidora cerca de mí. ¡Desaparece!

Respiraba agitadamente, y a pesar de verse frágil, Amber estaba como un muro, a pesar de los golpes y el disparo recibido se dio vuelta y mientras apretaba su brazo caminó lentamente hacia la puerta, sin una lágrima, sin una palabra más, con el rostro lleno de cólera, una cólera que no era tan perceptible debajo de ese hermoso rostro con maquillaje corrido y dañado por los golpes.

- Yo lo llevo –dijo Zack encaminándose hacía la salida

- No –lo detuvo Dante—. Déjalo, que se vaya solo como la maldita perra que es. Ojalá lo encuentren los americanos y lo maten.

Gruñó entrando de nueva cuenta al estudio, Zack y yo nos miramos seriamente.

- ¡Tom! –gritó desde adentro.

- Suerte –gesticuló el rubio levantando ambos pulgares.

Él salió al jardín y yo entré con Dante, él se encontraba sentado en el escritorio bebiendo mientras reprimía un ataque de histeria por todo lo sucedido hoy.

- Cierra la puerta.

Obedecí y me acerqué a él, con un movimiento de cabeza me indicó a que me sentara, lo hice. Él golpeó la mesa lleno de ira, yo intenté hablarle para hacerlo calmar pero tal pareciera que la ira se apoderaba más de él. Me comentó sobre todo lo que habíamos perdido tras el saqueo de los americanos y sus ansias de matarlos uno a uno. Esto que acababa de pasar lo hacía quedar muy mal con el concejo que supuestamente lo había elegido, había movilizado a todos sus hombres, sin embargo cuando llegaron, ya había sido tarde como para contratacar. Lo poco que quedó a penas y había sido trasladado a otro sitio secreto en donde reforzó la custodia.

Pero ese ya no era el chiste en este drama. Los americanos se habían burlado de nosotros, habían logrado sacar esa información vital y quién sabe cuántas cosas más sobre Dante. Y lo peor de todo esto es que quien había hablado era Amber, la llave a todos, o a la gran mayoría de los secretos de Dante, el único en quien confiaba medianamente como para permitirle compartir las noches a su lado, o al menos eso me habían contado.

No era tanto lo sucedido con los americanos, sino esa traición, ese golpe bajo que le obligó a actuar así, le dolía el verse descubierto por una persona que contempló como la más leal a su lado.

Lejos de todo esto, no había más que despecho.

Él continuaba bebiendo botella tras botella que tenía en el exhibidor de cristal a un lado de la ventana, él se desahogaba conmigo mientras yo intentaba tranquilizarle, las cosas se nos habían salido de las manos, a cualquiera le pasa, ¿no?

- Al menos, no dijo otro tipo de información… -comenté

Arrojó la botella de whiskey que tenía entre las manos y me miró.

- ¿Te parece poco esto? ¡Ahora por culpa de esa zorra soplona debo cubrir todos los gastos de la droga robada! Debo conseguir más, hablar con nuestros clientes. ¡Maldita sea, Tom, ese imbécil…!

Se cubrió la cara con ambas manos, se notaba frustrado.

- Debí matarlo cuando podía… –apartó las manos de su cara y sacudió la cabeza mientras bebía de un trago—. Lo odio porque no puedo matarlo.

- ¿Por qué dices eso?

- Porque soy un idiota. ¡Por eso! Le di demasiado poder a esa maldita puta.

Apretó los dientes enfurecido, yo simplemente lo observaba.

- No puedes matar a tu gallina de los huevos de oro, ¿verdad?

¿Eso era Amber para él?

- Depende de cuál sea la situación. –respondí

Él me miró fijamente y afiló la mirada, se sirvió más whiskey de otra botella asentada en el escritorio y habló:

- Y ¿qué pasa cuando, a pesar de las situaciones, simplemente no puedes porque le diste un valor por sobre las cosas? Un maldito valor que no se merece…

¿Estaba escuchando bien?

¿Valor? ¿Valor de qué? ¿Sentimental?

- Amber sabe demasiado… -su voz se tornó más tranquila y yo me mantuve callado—. De mí, de esto, de todo. No supe en qué momento se fue metiendo a mis secretos como la maldita sanguijuela que es.

- Quizá sin darte cuenta, se lo permitiste… -sugerí, y él asintió de inmediato.

- Y ¿sabes por qué? –rió torpemente—. Porque esa puta, esa maldita zorra me ha salvado el culo cuando estaba por ser remplazado –tomó más de su copa—. Cuando hice el pacto más importante de mi maldita vida, fue por él por quien cerramos el trato. Los clientes ya se acostumbraron a ver su maldita y perfecta presencia para negociar. Y los entiendo, yo también lo haría. Amber es una 'mujer' bella, ¿verdad?

Se hizo hacia atrás en el respaldo de la silla y me miró, había lanzado esa pregunta y yo por un momento me sentí descubierto al pensar de inmediato la respuesta.

- ¿Qué no es… bella, atractiva?

Yo asentí evitando mirarlo, Dante, más ebrio y resentido que nada, ignoró mi rostro de culpa.

- Si no fuese por él… esa vez hubiese muerto ¿Entiendes lo que te digo? –se inclinó hacia mí—. Amber es una maldita caja de sorpresas que me conviene, malditamente me conviene. No es que dependa de ella… no, no. Es cuestión de estrategia, ¿entiendes?

- Sí.

Sonrió y volvió a desparramarse en la silla, miró hacia el techo y siguió:

- En mi juego de ajedrez, él es la maldita reina a la cual nadie debe de tocar. Nadie… sólo yo.

Un silencio frío nos invadió, miré el vaso de cristal que Dante había servido para mí sobre el escritorio, no lo había tocado en todo ese rato, me sentí incómodo y sin más bebí de un solo trago, él sonrió complacido.

- Por eso estás aquí, muchacho. Porque tú… tú jamás me has defraudado. Maldita sea, tú eres de otro nivel, Tom. No eres como los demás. Eres tan… tan como yo que con sólo verte me siento orgulloso, de ti, de lo que he hecho contigo. ¿Lo entiendes?

- Por favor, no exageres ya. –Él rió y sirvió más en mi copa.

- No exagero. Es… en serio –bebió de nuevo y asentó su copa-. Tom… quiero que hagas algo.

- ¿Qué necesitas? –miré cómo él apartaba la copa.

- Vigila a Amber… -dijo clavando su mirada en mis ojos—. Cualquier cosa. Cualquier movimiento, cualquier palabra, quiero que me lo digas. Necesito saberlo, y… sólo en ti puedo confiar.

- Dante será mejor que…

- Tom, debes de hacerlo. ¡Joder, hazlo! –él se puso de pie y yo hice lo mismo al verlo tambalearse—. Tú… te quiero ahí… ahí afuera, observando sus pasos, sus movimientos, todo, absolutamente ¡todo! Y yo, yo lo quiero saber. No quiero que esa maldita zorra vuelva a hablar.

Me acerqué para sujetarlo ya que parecía que se caería en cualquier momento, Dante me tomó de los hombros y me dijo cerca de la cara.

- Tú tienes que estar ahí. ¿Entendido? Porque si me vuelve a traicionar… los mato a los dos.

No tenía más opción, Dante me miraba fijamente presionando a que asintiera, y lo hice, ¿ahora qué debía hacer? ¿Ser la sombra de Amber?

¿Esto es en serio?

Lo que me faltaba.