Los personajes de Crepúsculo son propiedad de Stephanie Meyer, esta historia hace parte de mi muy loca imaginación.
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Cuando todo cae.
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Edicion ElyRockerita-AS
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En la oscuridad del bosque se escuchaba el leve aullido de un lobo, la luna llena estaba en su punto más elevado y en contraste, todas las criaturas del bosque respondían a un llamado ancestral y éste era la voz del lobo que comandaba el enigma de la oscuridad y de la noche; era el aullido febril del deseo, de la necesidad de sentirse uno solo con la que era la elegida para él. Cada luna llena Emmett McCarthy deambulaba sólo por los bosques del lugar donde se estuviese alojando, desde aquella vez que cuando era solo un muchacho y llegó a su casa siendo un humano se había negado la posibilidad de amar.
Intento odiar a las mujeres, pero resultó ser un sentimiento estéril que no daba espacio a la luminosidad de su alma; por ello era imposible, él era un ser completamente carnal y necesitaba ese frenesí intenso al que solo una mujer tenía el poder de llevarlo. Pueda que fuese un ser de la noche y la atracción de la oscuridad pudiese hacerlo aún más cruel de lo que su naturaleza significara, pero en él, como hombre de cualidades humanas y míticas existía más que esos elementos primitivos. De humano poseía un buen cuerpo y una sonrisa completamente arrebatadora, o al menos eso decía Roxanne, pero luego cuando él dejó todo por ella, cuando la convirtió en su esposa y pensó que todo podía estar bien, que la vida seria dura pero que ella estaría junto a él para apoyarlo, se topo con la más vil de las traiciones, ella su mujer, su esposa la única dueña de su corazón lo engañaba. Entonces el amor significaba un estado de carencias que en nosotros mismo no conseguíamos y él buscaba llenarlo creando la dependencia propia de la pareja. O eso era lo que trataba de convencerse durante tantas lunas.
Emmett no comprendía la traición, se volvió taciturno y lejano en el terreno del corazón. Su alma se transformo en un ente voluble y dejó que el tiempo consumiera su delirio amoroso y lo transformara en algo más útil que no involucrara la fatiga que dejaba enamorarse. El dolor. Así que su cuerpo era su centro y el amor físico y de placer indecoroso representó su más elevada naturaleza, sujeto a ese estado de embriaguez que deja el acto de la copula. La reminiscencia de los cuerpos. Emmet creyó conquistarlo todo; la luna; el alma, pero nunca venció el corazón, no lo sabría hasta este momento.
Verlo con sus ojos de muchachillo enamorado con el corazón y el pecho rebosante de amor lo había deshecho, esa noche mientras corría desesperado introduciéndose en las profundidades del bosque el miembro más joven de la familia McCarthy había entendido la vieja frase que su padre expresó una vez a William y Thomas sus hermanos mayores "Solo el amor tiene la capacidad de transportarte al cielo o joderte reventándote en el puto infierno".
Palabras sabías.
Y ese era el lugar donde justamente Emmett vagaba desde hacia seiscientos años… El Infierno.
Un infierno autoimpuesto de rabia y dolor, un infierno que quemaba su boca pero alimentaba su vida, tenía mujeres, muchas mujeres pero ninguna le llenaba el corazón ya que eran un polvo más en su vida, alguien con quien satisfacer el deseo de su cuerpo más no el que anhelaba en el alma, con los años aprendió a controlar sus instintos para poder sobrevivir y pensaba que todo estaba calmo hasta que Rosalie Hale se cruzo en su vida.
Ella y su olor toxico, ella y el recuerdo de que una vez amo, ella y su deseo enfebrecido de tomarla hasta que sus huesos fueran reducidos a la nada. Ella era el símbolo de su vida, que se empeñaba en arrancarle la piel y bañarla en sal. El dolor se soportaba si fuese realmente físico, pero cuando es la sal en la llaga de un corazón herido, se vuelve insoportable, incapaz de sostenerse de pie. Rosalie era eso y mucho más
Rosalie era la oscuridad de su vida, el abismo negro de su alma, ella era la caja de pandora que contenía sus más oscuros secretos… Solo ella podía condenarlo o liberarlo. Darle sufrimiento eterno o la esperanza de redimirse de su pasado.
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Llevaba varios días al asecho, vigilando cada movimiento de ella, cada movimiento de él y de los dos humanos que se encontraban en la casa. Quería atacar, quería arrancar de sus entrañas aquel engendro que era fruto de la traición y el engaño, pero no era su momento, aún no… Si algo aprendió Paul en el transcurrir de los trescientos años que tenía siendo una bestia era que la perseverancia era la madre de todos los planes; una y otra vez había esperado el momento perfecto para atacar, Edward se lo dejaba bastante fácil al permitir que Bella permaneciera sola en un día de Luna llena. Era el momento perfecto para atacar, no se permitía cometer errores, así que era cauteloso en su espera letárgica.
Sólo requería llegar y tomar lo que le pertenecía, pero ella siempre se negaba por lo cual no le quedaba más remedio que hacer que su vida se extinguiera. Su mente psicótica y posesiva no daba espacio a la reconciliación y el perdón. Para él, con su mente retrograda no era concebible que ella le perteneciese a otro hombre y menos que llevara en su vientre el constante recordatorio de la traición. Era demente, sí, tenía plena conciencia de ello, ¿pero qué es la naturaleza de un hombre lobo sino existe la rivalidad y el deseo de venganza y sangre? Sí la felicidad no estaba hecha para él tampoco seria para Edward, si en sus manos dependía hacerlo infeliz.
Tomó las plantas que recolecto de regreso a su escondite y observó la herida abierta que tenía aún a la altura de su pecho; colocando las hojas húmedas en la magulladura y siseando un poco por el ardor que esta producía, suspiró fuertemente dejándose caer en el rígido suelo de la cueva y palpó su costado sintiendo los huesos que permanecían rotos. Seth luchaba con mucha fuerza y entereza, era una lástima que su hermanito siempre hubiese preferido a Edward que a él mismo que era su sangre. Oculto en la cueva de lo más alto de la colina recolectó las suficientes plantas para curarse, pero su herida, ocasionada por lobos, sus costillas rotas y astilladas no sanarían tan rápido como él deseaba, podía correr y huir en caso que lo necesitara, por ello estuvo bajando hasta los límites de la casa de Edward y vigiló meticulosamente cada lugar de la casa, buscando un punto por donde pudiese colarse; la piel de venado junto con plantas con propiedades fungicidas y bacterianas ayudaban a esconder su olor corporal haciendo una capa entre su piel y el olfato de Edward o el perro sarnoso de Emmett McCarthy. No podía durar mucho tiempo en la intemperie pues su aroma natural era fuerte y penetrante, casi tan fuerte como el de Isabella.
Isabella…. Su cuerpo entero tembló al recordarla en la mañana, hizo un poco de sol y ella estaba en el jardín con aquella chica de cabellos negros que había llegado junto con el otro humano, tenía una camisa sencilla y unos short que dejaban ver sus kilométricas piernas. El solo recuerdo hizo que el animal en su interior rugiera y sus manos se movieran agiles hasta atrapar su erección en un puño.
El dolor era parte del placer exótico para Paul, mientras recordaba momentos de lo que vio en la mañana, su miembro se torno duro alzándose hasta su abdomen cuando lo libero de sus jeans para darse placer. Desde que Seth lo hirió Paul no tuvo oportunidad de auto complacerse con la imagen de Isabella; en su memoria a pesar que el dolor era como un subidón de adrenalina en sus entrañas, el recuerdo de verla era punzante. Presionó la cabeza marrón de su miembro sobre la palma de su mano abierta haciendo que ésta latiera a causa de la presión mientras con su otra mano subía y bajaba rápidamente por su eje. Su cuerpo se sacudía en arremetidas salvajes y placenteras, sus gemidos llenaban la cavidad oscura que servía como su escondite, miles de imágenes pasando una y mil veces por su cabeza, su mente pasando una jugarreta en donde Isabella se entregaba a él por voluntad propia.
La mano subía y bajaba rápidamente sintiendo los primeros temblores del orgasmo, la luna comenzaba a salir y esa noche él quedaría a completa merced de ella… Pero esta no era su noche, esperaría, haría todo con calma, dejaría que las defensas se bajaran, que todo retornara a la calma y, allí cuando nadie recordara quien era, Paul Atenas atacaría.
Sintió sus testículos pesados llenos con el semen que no derramaba hacía mucho tiempo, la película que reproducía su mente junto con el calor demencial que producía el ser un hijo de la luna, el deseo corriendo por cada una de sus terminaciones nerviosas su mano haciendo bombeos con rapidez mientras sentía los músculos tensos, la oscuridad en cada uno de sus sentidos, aumentó el ritmo en su mano causando movimientos veloces y fieros hasta correrse estrepitosamente en su pecho; aullando a la luna que recién mostraba su halo místico, haciendo una promesa silenciosa que en la próxima luna llena sería el cuerpo de Isabella Swan el que recibiría su semilla.
Ella tendría su hijo, era hora.
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Los ojos de Isabella Swan rodaron en sus cuencas al sentir el placer arremolinándose en su vientre bajo, Edward llevaba varios minutos saboreando su sexo con lamidas suaves y certeras, succiones fuertes y profundas, adentrando su lengua tan intensamente como le era permitida llegar. Con una mano en su pecho izquierdo y la otra firmemente agarrada a los mechones de cabello de su hombre, ella se entregaba al placer sublime que solo él le otorgaba, podía sentir su hambre, su deseo. La Luna llena ordenando en sus instintos y ella estaba a punto de morir arrastrada por una ola frenética de pasión incontrolable.
Alzo su cabeza de la almohada para ver a su hombre zambullido entre sus piernas, sus labios marcando un ritmo ágil en la succión de su pequeño e hinchado clítoris, su lengua lamiendo cada diámetro de su sexo mientras ella se retorcía. Apretó más su agarre en el cabello levantando sus caderas exigiendo mucho más de lo que el cobrizo le daba. Lo quería todo completo. Sus manos, su boca, su perfecto miembro. Nada en sus veinte años de vida la había hecho sentir tan feliz.
Al principio Edward se había negado a tocarla en pro del pequeño cachorro que ambos crearon, incluso ella habló con Emmett preguntándole entre avergonzada y osada si aún podía tener sexo con el que era su pareja. Edward había tragado en seco agradeciendo que sus cuñados no estuvieran ahí. Emmett simplemente reventó en una sonora carcajada mientras Isabella le dio un pisotón y se marcho indignada del estudio, era una mujer jodidamente embarazada de un humano o un perro, pero estaba de encargo y su libido junto con sus alborotadas hormonas estaba a punto de enviarla a un manicomio. Edward no ayudaba mucho, todas las noches salía a medio vestir del baño o cuando cortaba leña en la parte de atrás de la casa, y el sólo olor de su sudor mezclado con su aroma a hierba y tierra húmeda la encendían como si su sexo estuviese siendo sometido a torturas con hierro caliente. Tenía una pequeña curvatura en su vientre que había salido un par de semanas después de que Emmett la revisara por primera vez, algo, solo perceptible para ella y los lobos de la casa, su cuñada Alice estaba también de encargo y una que otra vez le había hecho notar que ella también lo sabía, aún así su hermano no daba muestras de saberlo. Los suministros médicos que Emm solicito llegaron pronto y no solo le estaban sirviendo a ella, sino también a Alice que había presentado una pequeña descompensación, razón por la cual no pudieron abordar su vuelo de regreso a Londres.
Mordió su labio cuando la lengua viperina de Edward tocó un punto en su interior que la hizo ver las primeras chispitas de colores de su orgasmo. Estaba a punto, tan cerca con las piernas abiertas, el corazón acelerado y el cuerpo bañado en sudor que sería fácil dejarse llevar, pero ella no lo quería así, necesitaba que Edward se adentrara en ella, quería sentir la longitud de su miembro adentrándose en su sexo mientras éste se expandía para recibirlo.
—¡Edward! —Gimió con voz ronca y rota, tirando de sus cabellos mientras que los labios gruesos y suaves succionaban su clítoris— ¡Oh, por los clavos de Cristo…! ¡Detente! —Tiró aún más de sus cabellos intentando alejarlo—. No quiero llegar así —murmuro entre dientes, siendo ignorada por Edward que parecía un sediento en mitad del desierto, bebiendo cada uno de sus fluidos que para él eran el mejor elixir que podía beber— ¡Detente ahora maldición! —los dedos de sus pies se retorcieron— ¡Joder, Edward! —el cobrizo agarró con fuerza sus muslos y ella tiro de sus cabellos con ambas manos mientras con sus talones golpeaba su espalda.
Edward alzo su vista, sus ojos negros se enfocaron en ella hambrientos y deseosos. Vio en el movimiento rítmico de su respiración, la vida de él contenida en una mitad de su alma que era compartida con el cuerpo de ella. Tan hermoso y resplandeciente por el placer, como Psique al recibir en su lecho, a oscuras, al amante Dios Eros que tomaba de ella cada gota de sus fluidos como si se tratase de una maravillosa ambrosia. La belleza que no se permite ser vista por la mortalidad, pero sí disfrutada y glorificada por la divinidad. Rápidamente sus dedos sustituyeron su lengua para alzarse completamente ante su mujer. La mujer que sí podía verlo con ojos mortales, pero con aún sin la capacidad desde los ojos de la inmortalidad y trascendental; Bella era la reencarnación de su obsesión y su lujuria reprimida. En ella se condensaba la vida que le permitía respirar
—¿Qué deseas? —su voz sonó ronca, gutural como si hacía mucho tiempo no bebiera nada y su garganta estuviese seca— Sólo pide y yo te lo daré. —Las venas en sus brazos sobresalían ante cada palabra, la piel dura de su pecho parecía tensarse aún más mientras que su respiración seguía acelerada y sus dedos bombeaban dentro y fuera de ella.
—A ti… Te quiero a ti, sobre mí, dentro de mí…
—¡NO! —el rugido fue profundo y cualquier otra persona se hubiese asustado pero Isabella lo miro con más determinación.
—No, deseo tus dedos dentro de mí —agarró con toda su fuerza su brazo mientras intentaba sin éxito inmovilizarlo, miró de soslayo la prominente erección que lloraba por un poco de atención—, por favor —suplicó— siseando, ya que los dedos de Edward seguían en su bamboleo arrebatador—. Por favor…No me hagas llegar sin ti, —pequeñas lagrimas se escurrieron de sus ojos ante el infinito placer que ya no podía controlar, sabía que una vez que Edward entrase en ella se correría sin reparos y luego sería su turno para demostrarle cuanto le amaba.
—Puedo hacerte daño, —murmuró él con voz distorsionada mientras apretaba su miembro erecto y siseaba— la luna… El cachorro…
—Estamos bien… ¡Ambos! —Chilló la última palabra— No me harás daño… ¡Por favor! —Dispuesto a no escucharla más y hacerla llegar Edward volvió a su posición anterior lamiendo ávidamente el capullo de su mujer… La deseaba, deseaba estar en su cuerpo, dentro de ella pero su lado más salvaje se lo impedía, sabía que tan pronto el calor y la humedad de ella lo arroparan dejaría que sus instintos resurgiesen y podría lastimarla a ella o al bebé. No, No quería eso.
Isabella volvió a patearlo fuertemente mientras sus dedos tiraban de sus cabellos y él rugió con el clítoris entre sus dientes, haciendo que todo el cuerpo de su mujer temblase. En un rápido movimiento ella estuvo sobre él. Sus ojos trancados con los de ella, marrones con negros, piel contra piel.
—Guíame —su voz salió oscura, peligrosa y jodidamente excitante, Isabella tocó el miembro con suavidad y dureza esparciendo el líquido que salía de su uretra por todo el glande; a pesar de que sabía que no lo necesitaba, su sexo estaba completamente humedecido por sus propios fluidos y la saliva de Edward que siseo fuertemente enseñándole los colmillos cuando sintió la suave caricia. Poso la punta roma de su miembro en la entrada oculta de su cuerpo y se empalmó suavemente sintiendo como los corrientazos del orgasmo suprimido chocaban fuertemente contra ella. Edward la tomo de las caderas hundiéndose en ella de un solo tirón y dejando salir el bramido arrebatador que broto desde su pecho.
Sus dedos se retorcieron ante las contracciones del sexo de Isabella en toda la extensión de su falo, la atrajo a su pecho fervientemente y con sus colmillos rasgo el pequeño trozo de piel que mostraba que era suya. Isabella jadeo sintiendo como nuevos espasmos recorrían sus terminaciones nerviosas, gimió y maldijo enterrada en el cuello de Edward mientras una vez más el placer se extendía por todo su cuerpo.
Edward acarició su espalda, y amaso sus nalgas mientras ella intentaba calmar el errático latir de su corazón, él estaba erecto aún con sus músculos tensos y la sangre hirviendo en sus venas.
Su instinto le pedía empujar dentro de ella, su parte humana le suplicaba que esperase un poco más, varios minutos después Isabella se incorporó sobre su pecho quedando sentada a horcajadas de él sintiendo cada vena palpitante de su miembro dentro de ella, tenía una sonrisa victoriosa y de satisfacción y sus ojos brillaban de manera maliciosa, sus mejillas aún sonrojadas y su pelo levemente enmarañado; poso ambas manos en su pecho, se impulsó hacia fuera emitiendo un pequeño jadeo y obligando a Edward agarrar su cintura con fuerza. Repitió el mismo acto causando que los ojos de su hombre se retorcieran, una, dos veces… Hasta acostumbrarse a un ritmo más rápido y certero. No tardó mucho en sentir como su cuerpo cobraba vida nuevamente, como cada sensación parecía triplicarse en su interior, las venas sobresalidas en la frente y cuello de Edward le anunciaban que su liberación también estaba cerca, continuo con el vaivén de caderas hasta que su cuerpo entero explotó, su vista se llenó de muchos puntos de colores y sintió el agónico aullido de Edward dando gracias al cielo que la habitación era a prueba de sonidos.
Cayo laxa y cansada sobre su cuerpo mientras sentía las manos de Edward en su espalda—. ¿Estás bien? —preguntó él con la voz aún ronca y parcialmente erecto en su interior mientras su lengua se paseaba por la piel rasgada entre su hombro y cuello.
—Ahora lo estoy —susurró ella dejándose mimar, sintiendo su miembro aún encajado en su interior y dispuesto para un par de rondas más—, quince minutos de descanso y podemos hacerlo de nuevo —murmuró con voz rasposa. Edward sonrió y ella alzo su cabeza para encontrarse con un beso de su amado.
Eran los días más felices de su existencia, sabía que el peligro que Paul significaba en sus vidas estaba latente, pero en casi dos meses no tenían paradero de él, Edward seguía buscándolo junto con Emmett, y aunque le perdió el rastro desde aquella noche que había acabado con Seth, Isabella no podía negar que le tranquilizaba que estuviese lejos de Edward.
Sintió las manos rusticas y callosas apretar su trasero al tiempo que un movimiento muy leve en su vientre la alertó, haciendo que sonriera despreocupadamente; faltaba alrededor de dos horas para la media noche y sus cachorros querían disfrutar un poco de la acción. Uno entre besos y caricias y el otro desde la seguridad de su vientre.
Moviendo sus caderas en forma circular se dejo llevar nuevamente por los deseos de Edward.
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Los aullidos en las profundidades del bosque y la brisa nocturna haciendo que el árbol de afuera golpease la ventana, no eran los causantes del insomnio de Jasper Swan. Había vuelto a tener esa maldita pesadilla que día tras día lo hacia hundirse en un agujero de desesperación, su frente y torso estaban cubiertas por una pequeña capa de sudor.
Escuchó un ruido contundente en el exterior de la casa y se levantó de la cama con rapidez para observar desde la ventana. Solo alcanzo ver a un lobo corriendo a toda velocidad hasta perderse en los matorrales.
Lobos… Una de las jodidas cosas por las cuales odiaba la casa de la abuela en Forks, la última vez que había venido de niño un gran lobo negro se había cernido sobre él, olisqueó su cuerpo y luego se alejó sin dejar rastro, él, recordó, que se había tapado la cara con sus manos, como si eso hubiese podido evitar que fuese un aperitivo para el animal.
Observó a su esposa dormir profundamente y sonrió ante los movimientos que se podían observar en su crecido vientre, esperaba que Emmett el amigo de Edward diera el alta pronto para poderse marchar a Londres, su padre no estaba muy feliz de que hubiese dejado la empresa a su suerte por venir a buscar a la casquisuelta de su hermana. Sus palabras no las de él. Pero Charles no conocía a Isabella y tampoco a sus pesadillas.
Tomó un vaso con agua de la mesita de Alice y volvió a recostarse en la cama y cerrar los ojos intentando conciliar el sueño. Alice como presintiendo lo que atormentaba a su esposo, se colocó lo más cerca que su vientre le permitió acariciando con sus pequeñas manos el pecho de su esposo en un suave y mudo "Estoy aquí".
Pero no podía dormir, una y otra vez la pesadilla se repetía en su mente, el animal místico y extraño alzándose victorioso frente a su hermana, desgarrando su vientre y comiendo sus vísceras, la vida de Isabella escapando de su cuerpo ante sus estupefactos ojos.
Se sentó en la cama en un grito agónico haciendo que Alice se levantara junto con él.
—Fue un sueño… –susurro la pelinegra—, no es real amor, no lo es, tu hermana está a salvo en la habitación conjunta con Edward —dijo lo que sabía que su esposo quería escuchar.
—Isabella… —dijo aún consternado por la pesadilla—. Tengo que verla Ali…. Isa —su respiración era entrecortada y su corazón latía rápidamente.
—Está en la otra habitación, con Edward —susurro la morena—, son casi las dos de la mañana, no vamos a despertarla ahora, trata de tranquilizarte cariño —acarició sus hebras doradas— mañana tienes que contarle a Isabella de tus pesadillas, te he dado tu tiempo y no he querido interceder, pero no podemos estar por siempre aquí Axell va a nacer y tu empresa te necesita, además Bella tiene a Edward, y créeme cuando te digo que ese hombre daría la vida por ella. —Entre murmullos cariñosos y caricias suaves Alice logró que Jasper volviese a recostarse y tratara de dormir.
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Edward corría rápidamente por el bosque entregándose a los designios de su luna regente. Le hizo el amor a Isabella varias veces sintiendo con satisfacción como su mujer alcanzaba el cielo a través de sus manos, su boca y su miembro. Necesitaba más de ella, su lado salvaje insistía en volver y hacerla suya de la única manera que un hombre de su naturaleza podría tomarla, pero el bienestar de Isabella y de su pequeño cachorro eran más importantes que cualquier instinto o deseo que él pudiese tener, un instinto sobreprotector lo acogía.
Llevaba poco más de una hora buscando a Emmett, sabía que para su amigo no estaba siendo fácil mantener sus manos lejos de Rosalie, y también intuía que quedaba muy poco de su fuerza de voluntad, a pesar el odio que su amigo creía profesar a su pareja sabía perfectamente bien que si llegaba a lastimar a la rubia sería un golpe demasiado duro para él.
Porque el amor que se profesaba a su pareja de vida era lo bastante fuerte, puro y limpio como para llegar a lastimarla; no solo Emmett le preocupaba, por otro lado estaba Paul. Desde la muerte de Seth inició una búsqueda, necesitaba encontrar al lobo negro, pero éste parecía que la tierra se lo hubiese tragado, si tan sólo pudiese quedarse tranquilo con eso. Conocía perfectamente a Paul, sabía que estaba esperando el momento oportuno para atacar. Intentó hablar con Jasper sobre su verdadera naturaleza pero Isabella le dijo que su hermano los tildaría de locos, era un verdadero alivio para él que Jasper aún continuara en su casa.
Aunque estuviese consiente que era por poco tiempo…
Siguió el olor de Emmett hasta encontrarlo cerca del acantilado en su forma lobuna, caminó con suavidad hasta quedar a su lado haciendo el esfuerzo de volver a su forma humana, la media noche había pasado, ambos se entregaron al frenesí intenso que era bañarse con los rayos de su astro reinante, ahora solo quedaba la satisfacción de una vez más haberse entregado al régimen de su naturaleza.
— Casi la hago mía aún en contra de su voluntad. —No esperaba la confesión de su amigo, más aún así no le tomó por sorpresa—. Estuve a punto de entrar y obtener lo que mi cuerpo pedía.
—Pero no lo hiciste —murmuro Edward.
—No, no lo hice… —suspiro derrotado—. Llegué hasta la entrada de la cabaña pero algo me lo impidió.
—¿La amas?
Emmett negó con la cabeza— Es mi compañera de vida Edward, es la mujer que me traicionó…
—Eso no contesta mi pregunta.
—¡Joder no lo sé! —Se levantó del barro sin importar que estaba completamente desnudo, de hecho Edward también lo estaba—. Es algo que no puedo explicar… La deseo, la deseo como un maldito maniático, pero me resisto a hacerle daño… —Caminó de un lado a otro—, es como si algo dentro de mí, no me dejara realizar lo que quiero.
—¿Y qué es lo que quieres? —Edward arqueo una ceja en su dirección.
—La quiero a ella, desnuda, con sus pezones aplastados por mi pecho, con su trasero golpeando mi pelvis…. Joder Edward, he fantaseado tantas veces con hacerla mía por su voluntad, pero mi paciencia se está acabando. Estoy seguro que no soportaré hasta la próxima luna llena.
—Te entiendo… —Emmett rio sardónicamente—. Aunque no me creas, fue difícil al comienzo con Bella… Tú, Tú estabas allí.
—Lo sé, —dio un largo suspiro— Edward no soy buena compañía ahora, quiero estar solo. —El cobrizo asintió—. Mañana iré a revisar a la esposa de Jasper… Puedo checar a Isabella también.
—¿Crees que todo saldrá bien? —preguntó algo asustado, todo en lo referente con el embarazo de Isabella era un misterio para él.
—Yo espero que sí amigo, aunque es la primera vez que atiendo algo como esto… Intentaré no fallarte de nuevo. —Antes que Edward pudiera agregar algo a la conversación Emmett había adoptado su forma lobuna y se alejaba rápidamente. Él hizo lo mismo partiendo hacia el lado contrario.
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Isabella sintió una pequeña patada en su vientre y sonrió acariciándose suavemente, era casi las seis y ya su pequeño cachorro clamaba por comida, no le era del todo raro, había tenido una noche bastante agitada. Cerró los ojos y suspiró fuertemente al recordatorio de Edward entre sus piernas, Edward dentro de ella y las demás cosas que ella le empujó a hacer. Una patada más le recordó que debía dejar de pensar como mujer y actuar como madre, su cachorro pedía comida y era su deber alimentarlo.
Salió de la cama y observó el camisón desgarrado en el suelo. Había logrado que Edward se quedara con ella hasta conciliar el sueño, eran apenas las siete y sabía que a media noche él perdería la razón de sí mismo y se entregaría a los placeres de su naturaleza. Moría de ganas por estar con él nuevamente en una noche de luna llena, pero Edward era demasiado protector y hacia poco más de un mes que no la tocaba sexualmente hablando; exactamente el tiempo que Jasper se instalo en su casa. Caminó en dirección al armario sacando un nuevo camisón y bajo las escaleras con cuidado. No amanecía aún y la oscuridad de la noche se filtraba dentro de la vieja casona. Llegó a la cocina y abrió el refrigerador encontrando un filete que Edward compró la semana anterior. Estaba magro y perfectamente limpio, el solo verlo hizo que su corazón se acelerase mientras la boca se le hacía agua. Sacó el trozo de carne cruda del refrigerador y caminó hasta la mesa de granito pulido para cortar un buen trozo, deslizó el cuchillo por los bordes cortando y llevándoselo a la boca, gimiendo de satisfacción al degustarla. Repitió la acción con hambre voraz disfrutando cada pequeño trozo como un hambriento frente a un bufete; no quería pensar si estaba bien o mal, su bebé pedía comida y ella estaba famélica, cortó un trazo más tan ciegamente que no calculo bien y terminó cortando su dedo con el filoso cuchillo.
—¡Estúpida! —se reprendió una vez más al notar que el corte era profundo, abrió la llave del fregadero colocando el dedo bajo éste.
—No te sentí bajar —la voz de Jasper se coló por su oído antes que sentir sus pasos, no quería preocupar a su hermano, bastante preocupado estaba ya por haber extendido su viaje a Forks y la salud de su esposa—. ¿Te ha sucedido algo? —preguntó cuando la vio con las manos dentro del fregadero.
—Yo… —Jasper se acercó a ella rápidamente mirando sus manos con el seño fruncido.
—Pensé que te cortaste o algo así —dijo mirando el cuchillo y la carne en el mesón—, recuerdas cuándo eras niña, tú y la cocina son enemigas —Isabella no respondió, su mirada estaba enfocada en la pequeña herida por la que segundos atrás brotaba sangre, ahora estaba completamente cicatrizada y Emmett no estaba cerca, llevó una mano a su vientre sintiendo las pequeñas patadas de su bebé—. Bells —la voz de Jasper le hizo girarse a verlo, su hermano se veía ojeroso, como si no hubiese dormido en toda la noche, dio gracias a Dios que la habitación de Edward era a prueba de sonidos porque sino su hermana habría escuchado su pequeña danza íntima con su pareja.
—Dime…
—Estas subiendo de peso hermanita —sonrió—, te ayudo a preparar esa carne y todo lo correspondiente para el desayuno. —Isabella asintió antes de acercarse a su hermano y darle un gran abrazo sin dejar de pensar en la cicatriz de su dedo.
Para cuando Edward y Alice bajaron a la cocina una hora después Jasper e Isabella habían preparado una gran cantidad de comida para el desayuno, al rubio no le había pasado desapercibido el gran apetito que poseía el que ahora era su cuñado, él y el nuevo novio de Rosalie comían como si no hubiese fondo. Comieron entre charlas y anécdotas pero a Edwrad no le paso por alto que Isabella no comió nada de lo que había puesto en la mesa, mientras los demás comían ella se quedó con un vaso de leche mientras intentaba no mirar la carne asada que reposaba en su plato.
Emmett llegó justo antes de terminar el desayuno y luego de haber engullido más de la mitad del bufete, examinó a Alice encontrándola apta para viajar y dando algo de paz al alma de Jasper que le urgía por regresar a su vida; nunca le había gustado Forks, le daba miedo y tedio. Era una de las razones por las cuales Londres era su entorno normal, luego de unas cuantas preguntas a Emmett por rutina y preguntar una vez más por Rose, Isabella, Edward, Alice y Jasper decidieron dar un paseo por el pueblo. Jasper decidió por petición de Alice quedarse un par de días más; días que se convirtieron en una verdadera pesadilla para el rubio, durante las noches las pesadillas asaltaban sus sueños, el gran animal de pelaje negro asaltaba a su hermana dejándola desvalida sin que nadie pudiese hacer nada por ella.
Despertaba envuelto entre la bruma del terror y el sudor, su fiel Alice siempre dispuesta para él lo ayudaba a volver a dormir entre susurros tiernos y caricias suaves, diciéndole con voz armoniosa que debía decirle a Edward y Bella lo que sus sueños estaban mostrando. En lugar de ello, Jasper pasó su ultimo día en Forks tratando de que Isabella se fuese con él a Londres una temporada, incluso Edward también estaba invitado. Al ver la negativa de ella y la tensión en el cuerpo del cobrizo, decidió hacer lo que su mujer le solicitaba y a pocas horas de partir los dos hombres se encerraron en la habitación en la que hablaron el primer día que Jasper llegó entre murmuro sosegados y una copa de brandy añejado Jasper contó a Edward el origen de sus desvelos.
La sombra negra que se cernía sobre Isabella arrastrando con ella su vida.
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Transcurrió un mes desde que Jasper se marchó y no hubo un día que Edward no recordara sus últimas palabras.
"Es como un animal cauteloso y muy rápido, pero no puedo divisarlo ni hacer nada, simplemente veo como se arroja sobre mi hermana y arrebata su vida."
Miró la Luna llena desde su ventana y suspiró. Insinuó a Isabella que se ataría a la habitación en la noche lo cual era completamente estúpido porque sabía que a la hora del llamado el reventaría esas cadenas y buscaría a su astro regente, verificó cada una de las salidas de la casa, asegurando las ventanas con madera y hormigón; contrató un par de guardaespaldas para que defendieran a Isabella, incluso él mismo le dio un arma cargada con balas de plata por si Paul osaba en aparecer. Todo era una completa estupidez, solo él podría proteger a Isabella si a Paul se le daba por aparecer, en un momento pensó sacarla de Forks llevarla a algún lugar seguro, pero dado a su estado de embarazo Emmett había recomendado que estuviese en reposo.
Emmett era otra de sus preocupaciones, la tensión en su amigo era palpable. La abstinencia lo estaba enloqueciendo, la desesperación por no saber cómo hacer que su pareja de vida lo aceptara lo carcomía. Emmett se estaba calcinando en las entrañas del infierno, él podía sentirlo y temía que su amigo cometiera alguna locura de lo que luego se arrepentiría.
Aunque la posición de Emmett lo inquietaba, su prioridad era la mujer que descansaba en su lecho, totalmente satisfecha por sus caricias, parcialmente desnuda, con el estómago hinchado por su cría; era increíble la manera como su estómago se abultó con el pasar de los días.
Sentado en el suelo en posición India, Edward velaba los sueños de su mujer no quería tocarla, no quería olerla, sabía que cualquier roce podría desatar la bestia en su interior, y aunque había estado en meditación para afrontar la revelación a la Luna era diferente cuando ella estaba sobre su cabeza.
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Isabella abrió los ojos admirando al hombre frente a ella, cada vena de sus brazos mostraba el esfuerzo que él estaba haciendo para permanecer ahí, tranquilo sin que su naturaleza floreciera, se bajó de la cama silenciosamente arrodillándose frente a él y acariciando sus cabellos suavemente. Edward observó su rostro crispado sabía que sus ojos estaban cambiando de color simultáneamente era una de los rasgos de la guerra que el animal y el hombre tenían en su interior.
—Ve…—susurro y él negó con la cabeza—, no es necesario que estés aquí. Peter y Estefan están abajo, puedes dejarlos en la entrada de la puerta. —Edward negó una vez más—. Esto te hace daño, él y yo estaremos bien.
—No —su voz fue ronca y pesada—, no te dejaré sola… Y puede ser un "ella"—sonrió a medio lado haciendo que el rostro de Isabella se relajara.
—Creo que será un "él"…Pero no me cambies la conversación necesitas ir allá —señaló el bosque a través de las ventanas cubiertas—, estaremos bien.
—No me moveré de aquí, vuelve a la cama nena.
—Edward… —iba a decir algo más pero un gemido desgarrador broto de las profundidades del bosque, Edward lo intuía, Emmett estaba jugando con los límites de su paciencia y, la Luna era poderosa cuando de su naturaleza se trataba, miró hacia la ventana con impotencia. Los aullidos de Emmett eran cada vez más desgarradores más profundos, sabía que no lo iba a conseguir, no esta vez, y quería ir hacia él, pero no podía simplemente dejar a Bella sola, un trueno retumbó en el cielo colorando de violeta la oscuridad, seguida de un aullido aún más agónico—. Es Emm ¿Verdad?... —un deje de preocupación surco el rostro de la castaña— ¡Edward! ¿¡Dímelo, es Emmett!?... Rose —sus ojos se encontraron los grises/amarillos mirándola con frustración, mientras ella lo observaba llena de dudas y preocupación— ¡Edward!
—Emmett está en los límites de la cordura… Lleva cuatro meses célibe, anhela y desea a su mujer pero las cosas no están fáciles con Rose, ella simplemente no le cree.
—¿Crees que la lastimaría? —Edward calló, en esos momentos Emmett estaba perdiendo la batalla entre el humano y el animal— Va a lastimarla —ella afirmó—¡Edward!
—¡No lo sé! — se levantó del suelo frustrado consigo mismo.
—Tienes que ir.
—¡No! —Rugió desde sus entrañas—, mi preocupación eres tú, es mi bebé — explicó con voz ronca—. Emmett y Rosalie son pareja, sólo ellos podrán arreglar sus problemas.
—Rosalie no es como yo Edward, tú mismo dijiste que Emmett estaba en los límites, ve con ella Edward —suplico en su pecho—. Por favor.
—No Bella, por favor… Por favor entiende…No puedo dejarte sola, Paul…
—¡Paul no ha aparecido en meses! ¡Tienes que ir!
—Cálmate Bella, piensa en ti, en mí. Piensa en nuestro bebé.
—¿Y Rose? —Dijo en un grito— ¡Quién cuida de Rose! No puedo dejarla allá fuera, sola Edward —un par de lágrimas brotaron por sus ojos, en el bosque los aullidos seguían sin parar, los rayos iluminando el cielo, la tormenta amenazando con arrasar todo—. No lo entiendes, ella cuido de mí Edward, cada pelea con Alec, cada discusión con mi padre… No puedo dejarla sola, —se limpió las lágrimas— si tú no vas, entonces iré yo —su voz era decidida y fuerte.
—No iras sola.
—No me quedaré aquí mientras mi amiga está expuesta a que sabe qué, he sido paciente porque confió en Emmett, pero ahora.
—Bella…
—Solo ve, ponla a salvo y regresa con nosotros —Edward gimió, sabía que Isabella hablaba en serio en cuanto a ir por Rose.
—Júrame que no saldrás de la habitación —sus manos tomaron su rostro hablándole con miedo y terror—. Júrame que mantendrás el arma que te di, contigo —Isabella asintió—. Júrame que te esconderás si sientes algún estruendo…
—Hare todo, sólo salva a mi amiga.
—Iré y volveré… —Unió su frente al de ella—. Mantente a salvo… por favor, sólo mantente a salvo Bella.
—Lo hare.
—Moriré si algo te sucede.
—Estaré bien. Ve.
—Te amo —acaricio su vientre—, los amo. Mantente a salvo —le dio un beso que supo a terror y ansiedad. Acaricio su mejilla y corrió hacia el balcón saltando desde ahí y transformandose antes de tocar el piso.
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Rosalie presintió esa sensación de temor desde hacía unas horas, desafortunadamente los aullidos que se escuchaban a una distancia prudente no ayudaban a sus nervios, tiró de la cadena una y otra vez. Emmett la había atado mucho más fuerte esta vez, miró sus manos resecas y delgadas por el cautiverio, sus uñas estaban llenas de tierra puesto hacía más de una semana que no tenía un baño completo.
Emmett estaba extraño, ansioso, desesperado, solo llegaba a la cabaña para darle de comer y luego se iba para volver al día siguiente. El lobo de pelaje amarillo había dejado de visitarla y lo extrañaba, era su única compañía en sus días de soledad. Sintió el aullido mucho más cerca y tragó grueso tensando su cuerpo, no podía correr, no podía defenderse sin duda alguna, si el lobo se acercaba un poco más la olería y ese sería su fin.
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Isabella observó el reloj, hacia media hora que Edward se había ido y alrededor de diez minutos que los gemidos cesaron junto a los aullidos, empezó a llover, las nubes grises amenazaban con que la lluvia sería toda la noche. La media noche estaba pasando rápidamente y el bosque estaba completamente silencioso, se recostó en la cama agarrando la pistola que Edward dejó en la mesa de noche, tenía seis balas de plata y era igual a la que tenían Peter y Stephan; los hombres en la casa eran silenciosos y por un momento quiso salir para acompañarlos, pero recordó la promesa que Edward le había hecho hacer antes de salir en ayuda de Emmett. Ella no saldría de la habitación sucediese lo que sucediese.
Se estaba quedando dormida cuando escucho un pequeño estruendo en la parte inferior, quejidos y luego disparos, tomó la pistola y la llevó a su pecho bajándose de la cama mientras sentía gruñidos y pisadas fuertes acercándose a la habitación. Buscó los lugares donde podría esconderse, con el corazón latiéndole como mil caballos a galope, su bebé se removió nervioso en su vientre y ella acaricio su piel tratando de calmarse, nada le pasaría, ella lo protegería.
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Para Paul fue demasiado fácil acabar con la vida de los dos simples humanos que Edward dejó cuidando a Isabella, una vez más la dejaba sola, a expensas de él. Caminó por las escaleras con pasos firmes mientras se dejaba llevar por el aroma inconfundible de su Bella opacado por el aroma del engendro que ella guardaba en su vientre.
Llegó hasta la puerta de la habitación en donde el aroma de su mujer era mucho más concentrado, ella estaba allí y no existía nadie que le impidiera llevársela… Todo estaba planeado, ella sería suya a pesar de que su cuerpo fuese profanado por aquel infeliz que pretendía tenerla para sí. Ella le pertenecía, completamente suya, por las buenas… o por las malas, ella cedería a él viva o muerta."
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¡Ohhh Dios! Llegamos al antepenúltimo capítulo de ésta historia, uno más y Bye Lobo :'( quiero agradecer a todas las que leen este fic. Se nos venía algo fuerte, Paul se canso de esperar!
Ary
