-No es que no podamos, princesa… - le sonrió Michiru, tomándola de las manos. – Solo pensamos que es mejor hacer las cosas del modo correcto por ahora. Y la transferencia de Hotaru al colegio primario a donde Sammy va en secundaria, es un poco complejo, pero… creemos que en una semana estaremos allá. – la de cabellos aguamarina miró a Haruka, quien secundó lo dicho por ella.

-Ah... yo… - Serena abrazó a Haruka y a Michiru con añoranza. – es que me hacen tanta falta, chicas…

-A nosotras también, Cabeza de Bombón. – rió Haruka. Ésta, deshizo el abrazo. – No hay nada de qué preocuparse en esta ciudad ahora: la barrera durará por unos cuantos años, y ya era hora de tomar las batallas en otro escenario, ¿No creen? – Preguntó de broma.

-¡Apoyo a la señorita Tenô! – Rió Yaten, para malhumor de Seiya. - ¿Qué? ¡Tú no digas nada que te vimos espalda con espalda con Sailor Uranus! – le replicó mientras agarraba la mano de Mina.

-¡Calla! ¡Ni me lo recuerdes! – exclamaron los dos interpelados, con humor de perros, y haciendo reír a todos.

-¡Hablando de recordar! – saltó Serena, casi golpeándose la frente. - ¡Tengo que ir al Ministerio dentro de unas semanas!

-¿Y eso? ¡Si ya hicimos todo los trámites! – se desconcertó Darien. De inmediato, Sirius fijo una mala mirada en él. ¡Ningún hombre mayor corromperá a su sobrina! - ¡Harry ya está establecido legalmente contigo y mamá Ikkuko!

-No se trata de eso… - ella negó con la cabeza. – Solo que Madame Bones me citó para algo que ella me informaría ese día. No tengo ni la más remota idea de lo que pueda ser.

-Es raro, y sospechoso. – meditó Darien. - ¿Qué crees tú, Remus? – se dirigió al hombre-lobo, quien le dedicó una afable sonrisa, quien el pelinegro devolvió, sin notar la mala mirada que Sirius le lanzaba.

-Amelia Bones es una mujer con carácter fuerte e inquebrantable. – dijo en tono reflexivo. – fue pupila de Charlus Potter, el padre de James, y no creo que sea sospechoso, ya que, sabiendo la existencia de los legendarios Cristales y sus portadores, actuará bajo conciencia y siempre toma las decisiones correctas. Ella quiere explicaciones antes de tomar una decisión o cuando tiene que juzgar a alguien o a algo. – Miró a Sirius, quien miraba a Darien con los ojos entrecerrados. – Ella fue una de las que discrepó en enviarte a Azkaban sin un juicio previo.

-Ese detalle, - Serena fulminó con la mirada a su tío. – te lo pasaste de largo, tío Sirius. Ahora necesitaré que confíe en mí sobre esto. Necesito que esté conmigo sobre todo lo que Dumbledore oculta. – Volvió a mirar a las Outers, quienes tenían el rostro impasible. – Las estaremos esperando.

-Usako. – le llamó Darien. Se acercó a ella, y le tomó la mano donde el anillo de compromiso descansaba. – Yo no podré ir con ustedes, - eso desconcertó a Serena. – La verdad, - se rascó la nuca. – hoy acabo de faltar a una práctica del Hospital por todo esto.

-¡Darien! – se preocupó ella. - ¿No podías…?

-No, - le cortó él. – No podía sabiendo que parte de mí estaba siendo amenazada. – le sonrió. – Tengo que irme, según mis cálculos, me quedan tres horas de práctica de cinco. ¿Sabes? Creo que meteré la coartada de que mi prometida estaba con fiebre alta y no me negaba a ir a las prácticas hasta que desistí de la insistencia de ella. – bromeó con gentileza. – Pero, en serio, tengo que ir. – le miró con tristeza. Le besó la frente, y se fue separando poco a poco de ella. – Hasta diciembre, peque.

-¡Darien! – Exclamó ella, corriendo hacia él. Le hizo dar media vuelta, y ella le hizo bajar la cabeza, para poder acceder a un último beso.

Detrás, en la entrada de la mansión de Haruka, Sirius echaba chispas.

-¿No haces nada, Lunático? ¡Es tu ahijada, Merlín! – se tiró de los cabellos, para gracia de los demás. - ¡No ves como nos la quita! ¡Tenemos muy poco tiempo con ella! ¡Es una niña!

-Sirius, déjala, - le regañó su amigo. – Trata de no hacer ese berrinche y ponte a ver como es Darien con Serenity. Además, - tranquilizó su semblante. – no podría hacerlo ni aun cuando no lo conociera, porque ellos se conocen desde tiempos remotos. – y negó con la cabeza. Ese perro no se daba cuenta de las mirada que se lanzaban esos dos, era profunda y mucho más deslumbrante que las que se daban sus fallecidos amigos, padres de la rubia. – No eres para nada observador, pulgoso. – se burló Remus.

-¡Oiga! - Haruka miró al animago con advertencia. – Si haces algo en contra al príncipe y algo que nuestra princesa no quiera, - señaló a Darien y Serena. – Se quedarás sin melena, entrometido. – su mirada refulgía fuego, que asustó al animago.

-¿Y esta? – se preguntó en un susurró, detrás de Remus, escondiéndose. - ¿De dónde salió con ese carácter? – casi llora con lágrimas de cocodrilo, eso sacó una carcajada de Remus.

-Me tengo que ir, princesa. – le dijo con risa, mientras ella no lo soltaba. – Y tú le debes una escusa maravillosa al director del colegio y a la… ¿Cómo es? – se hizo el desentendido. – ¿Cara de Sapo? – Ella rió, pero lo dejó ir. – Te mandaré algo en mi próxima carta, te lo prometo.

-¿Cuándo me dirás que es lo que tramas con Sammy? – hizo un puchero, mientras se alejaba.

Él solo rió, le mandó una rosa roja al aire (que ella atrapó con delicadeza), y desapareció en un orbe dorado del tamaño de un iglú. Seguido, el orbe dorado explotó, y se convirtió en una lluvia dorada que recayó en Serena.

-¿Cuál era el hechizo para pasar por la estatua? – preguntó Seiya, que iba a la cabeza.

-Déjamelo a mí. – Rei apartó bruscamente al cantante. Se podían oír los lejanos murmullos de los alumnos del otro lado. – Discendio. – golpeó la pared con la varita levemente, y esta cedió, haciendo que la pelinegra empezara a empujar. Una vez fuera de pasaje secreto, miró a los lados. – Está limpio. – informó, dejando pasar a los demás.

-¿Y ahora? – suspiró Yaten. - ¿Qué hacemos?

-Busquemos a Harry. – le dijo Serena, con tranquilidad. – Hay cosas que hacer. Vamos. – caminaron con ligereza hacia afuera, mirando hacia todas las direcciones.

-¿Y si buscamos en la Sala Común? – Habló Taiki, mirando hacia los costados. – Supuestamente las clases acabaron hace unas horas para él. – dijo divisando la hora en su reloj.

-¿Y si nos dividimos? – sugirió Amy. – Lita y yo a la biblioteca y en los terrenos, Taiki y Seiya, a la sala común y el gran comedor, Mina y Yaten a las mazmorras y en el vestíbulo, Rei y Serena por los pasillos que los gemelos frecuentan y entre las aulas. – Los demás, concordar en separarse y empezaron a trotar para las direcciones.

-Lo que le veo un poco de desconfianza, - le habló Rei a Serena, corriendo. – es a esa parejita en las mazmorras, el profesor Snape no permite a nadie que ande fuera del horario de clases o si no perteneces a Slytherin.

-Es lógico, - dijo la rubia de la misma manera. – La sala común de Slytherin está allá. Pero bueno… - las chicas pararon su trote, entrando a un pasillo donde el viejo la miraba con firmeza. - ¿Y ahora qué? – se quejó ella en japonés.

-Entren a mi despacho, señoritas. – Ordenó Dumbledore, extrañamente tranquilo. –Hay cosas que debemos aclarar. – y las dos se dieron cuenta que no era referente a lo sucedido hoy. – Bombones de Menta.- La gárgola que adornaba el pasillo, fue girando en su eje, subiendo y mostrando una escalera de caracol, por donde el viejo fue subiendo. Detrás de él, y a un metro y medio de distancia, las chicas le siguieron. Luego de cruzarla, se encontraron con una espaciosa salita de diez metros cuadrados, adornada por dos cuadros laterales (que debían de ser los fundadores del colegio, gravados al óleo muggle, por lo cual, no se movían) y una puerta de dos metros y medio y de madera de fresno, tallada y antigua, bien conservada (suponiendo que le habían echado el hechizo de preservación).

El director abrió la puerta de su despacho, dejando pasar a las adolescentes, sin cambiar su aspecto pasivo.

Desconfiadas, Serena y Rei entregaron su atención a los sentidos y la magia que rodeaba el lugar.

-Hay magia muy antigua en este lugar… pero no llega al que sentíamos cuando fuimos a la Luna, ¿Recuerdas? – le dijo Rei a la princesa, en su idioma. Ella asintió, mirando hacia adentro, encontrándose con un escritorio, dos sillas, montones de libros en varios estantes, y cuadros en los techos, moviéndose. En el escritorio, delicados artefactos que ellas quizá conozcan, se encontraban ordenadamente y apagados. La Sailor del fuego compartió una mirad con la Sailor de la luna. – Este viejo es muy sospechosos.

-Hay objetos que son del Reino Dorado, que yo he visto en los aposentos de Endimion en el pasado. – le comento, mirando algunos y en estado pensativo.

-¡Hala! – no se contuvo Rei, acostumbrada ya al inglés. - ¿Qué hacías en la habitación del príncipe en esa época? ¡Picarona! – rió ella.

-¡Cállate, Mars! – le siseó ella, sonrojada, acercándose al centro del despacho.

-¡Serena! – la rubia fue rodeada por unos brazos.

-¿Harry? – se confundió ella. ¿Qué hacía él acá? ¿Y como no lo vio ahí?

-Señorita Potter. – le llamó el director. – Siéntese, por favor. Usted también, señorita Hino. – indicó, apareciendo dos sillas más.

-Preferiría estar parada, Director. – le dijo la pelinegra, mientras que su protegida se sentaba y la guerrera de Marte se ponía detrás de su silla, y haciendo desaparecer a la cuarta silla. – Profesor, Snape. – se inclinó, al ver que este estaba sentado a un lado de la rubia. Él devolvió el gesto.

-Me gustaría saber, - El anciano miró a la rubia. - ¿En dónde estaban? No tienen permiso de salir fuera del castillo, y mucho más, en estos tiempos.

-No se preocupe. – le contestó una Serena de voz y rostro inexpresivo. – Fue un tema personal. No tengo el porqué decirle que es lo que hice.

-Como Director del colegio…

-No, no lo tiene. – le cortó ella, ganándose el respeto de Snape por tener dominación en la conversación. – No tiene obligación de saber nada de mi vida. Y esto es una orden. – la chica ondeó su varita, mientras conjuraba un "Accio" para sus pertenencias, y atraer un documento, que cayó en sus manos. – Son órdenes del príncipe Endimion, heredero del trono terrestre. – eso, hizo que el viejo dejara caer su varita, sorprendido.

-¿Y puedo saber cómo una chica de diecisiete años sabe de tal cosa? Solo los más importantes magos y de alta categoría lo saben. – Miró fijamente a los ojos de la chica, intentando penetrar su mente. Una barrera invisible, casi lo tira hacia atrás.

-Eso no es su asunto, viejo. – le dijo Rei, mirándolo con fijeza.

-Cálmate, Mars. – le susurró Serena, casi inaudible. La rubia le tendió el documento al director, quien no había dejado de mirar los papeles. – léalos y me dice si puede o no preguntar cuales son mis decisiones.

-Con respecto a lo que sucedió este verano… - tornó su mirada entre los hermanos. - ¿Porqué sacó a su hermano de la casa de su tía?

-Usted, más que nada, debe saberlo, señor Director. – le dijo ella fríamente. - ¿Qué madre como lo es Petunia, encierra a un bebé dentro de una alacena durante casi diez años? ¿Qué clase de familia maltrata, explota e ignora a un niño que no sabía de su pasado como un mago y no sabe nada de sus padres? ¡Usted sabía que yo estaba viva y lo mandó igualmente a esa casa! – a estas alturas, ella se había parado del asiento, reprochándole por eso.

-Tengo una razón para que vuelva este verano con ellos, señorita Potter. – el semblante del director era tranquilo, al igual que ella, se había parado de su silla con tranquilidad y apoyando sus manos en el filo de su escritorio.

-¡Yo no volveré a esa casa! – saltó Harry, con un brillo en los ojos. - ¡No lo haré por el simple hecho de tenerla a ella! – apuntó a su hermana con el dedo índice. – Mucho menos después de todo lo que el Ministerio hace.

-Potter. – le advirtió el profesor Snape, en un tono pasivo, tratando de avisarle que no pierda los estribos. Se ganó una mirada de rendición del ojiverde, haciéndole caso.

-Es necesario que vuelvas, - continuó el ex profesor de transformaciones, como si no hubiese pasado nada. – porque la sangre de tu madre, que corre también por las venas de tu tía, te protege desde que ella se interpuso entre Voldemort y tú. Al aceptarte, Petunia firmó parte de ese acuerdo que te mantiene en protección. Es un encantamiento puro, de noble corazón como tu madre lo era. – miró de reojo a los demás. – Esa magia, permite que nadie con magia te haga daño o entre al área de las casas de Privet Drive.

-Entonces, dígame, profesor, - dijo Harry, con voz calma y mirada penetrante. - ¿Porqué ocultó que mi hermana estaba viva, sabiendo que parte de la sangre de mi madre corre también por ella, pudiendo hacer ese contrato con Serena? ¡Pudo haberme enviado con otra familia junto con ella! ¿Sabe como hubiese querido criarme con ella en otra familia? ¿En otro país?

-Harry. – le cortó su hermana. – trata de calmarte, por favor. Y a usted, - se dirigió al director. – le recalco que él no volverá con Petunia, ni con una mejor protección volverá con ella. Ya ha sufrido bastante en esa casa.- Miró a su hermano y a Rei. - Ikimasho.- ordenó ella, saliendo por la puerta, seguida del ojiverde y la pelinegra.

La puerta se cerró con un portazo, que hizo temblar unas vitrinas y un viejo cuadro que se encontraba arriba de la puerta.

-Has estado haciendo todo mal, Albus. – le dijo un raido sombrero viejo, ganándose el asentimiento de los cuadros. El viejo, mirando al profesor de Pociones (que tenía el semblante igual que Harry), suspiró.

-Severus… - le habló él.

-Director. – le dijo con enojo en los ojos, pero sin cambiar su inexpresivo rostro. – Se ha acabado. – Se dirigió a la puerta – y no se preocupe, seguiré infiltrándome con los Mortífagos. – y salió del despacho, dejando un abatido director.

Las siguientes tres semanas, se la pasaron entre tareas importantes (No las que mandaba la cara de sapo) y cartas hacia mamá Ikkuko, Sammy, Darien y los Merodeadores. En el último fin de semana, salieron a Hogsmeade, yendo al bar Las Tres Escobas y tomando Cerveza de Manteca y comiendo pastelitos de melaza y de calabaza dulce, riendo y recordando algunos sucesos de la secundaria de Juuban.

Cuando el día lunes comenzó, una lechuza imponente, con un lazo azul y oro en una pata, se ganó la atención de todos. Especialmente, del director, quien estaba desayunando. Todos sabían que esa lechuza, era del ministerio. El ave, una lechuza parda con cola gris, voló y derrapó suavemente frente a Serena.

Inmediatamente, el animal le dejó la carta que sostenía en su pico de lado del zumo de naranja, y voló devuelta hacia donde vino.

-Quizá… - Serena observó el remitente. – Mh… Madame Bones. – dirigió una mirada a Rei. – Hoy… - la nota era corta, precisa, pero sin dejar de ser amable. – a la una y media, vendrá Kingsley Shacklebot a buscarme y escoltarme a su despacho en el ministerio. – dijo mientras volvía a su desayuno. – Lo malo, me perderé Encantamientos y Transformaciones.

-Le pasaré mis apuntes, Hime-sama, no se preocupes. – le dijo Amy, sonriendo.

-Gracias, Mercury. – rió ella. – Además, creo que cuando los tenga copiados, hablaré con el profesor Flitwick y la profesora McGonagall… - Iba a seguir hablando, pero un irritable carraspeo, detrás suyo, la interrumpió. Dio vuelta su cabeza, con altivez, para encontrarse a Dolores Umbridge mirándola con una expresión espantosamente dulce. - ¿Sí, señora Umbridge? – La rubia pudo oír la risa ahogada de sus amigas.

-¿Puede darme lo que acaba de recibir, señorita Potter? – parecía más una orden que una pregunta.

-No entiendo, señora, el porqué debo dársela. – Serena se paró, marcando la gran diferencia de altura. – No es suya.

-Como representante del Ministerio y Suma Inquisidora, yo… - pero el gran golpe que le dio la rubia a la mesa, la hizo respingar y callarse.

-Se lo repito, no es suya, y no se meta conmigo, Dolores Umbridge, porque le aseguro que quedará encerrada en los confines de la luna, ¿Entendió? – siseó solo para ella. – Con su permiso, - se reincorporó, y recogió sus cosas. – tengo clase con el profesor Snape, y luego tengo Runas, por lo que no me permito llegar tarde.

-¡Hime-sama! – gritaron sus cuatro guardianas y sus tres amigos (estos últimos, auto-proclamados guardianes de ataque físicos). - ¡Matte Kudasai! – y los demás la siguieron, bajo la mirada de todo el comedor.

-Sé qué te parece extraño que te llame a esta altura del año, pero… tengo demasiadas dudas sobre todo esto. – Amelia Bones era una mujer imponente, casi parecida a la Reina Serenity. Su voz, era similar a la de Kingsley, con un tono siempre severo. – quiero que… bajes conmigo a un lugar… al Departamento de Misterios…

-¿Que es ese lugar? – dijo con un tono diplomático, el mismo con el que trataba con todos los adultos y cuando hablaba de temas de suma importancia. - ¿Qué es lo que la tienen tan afligida? – posó sus manos en el escritorio.

-Una profecía. – dijo parándose de la silla. – Una profecía, que fue hecha hace unos… dieciséis años, y que involucra a su hermano, y a Lord Voldemort. – al decir el "nombre" del mago, la rubia se dio cuenta que ella ni se inmuto. No le tenía miedo. – Pero será mejor que me acompañe, usted, junto con él mismo y su hermano, son los únicos que pueden tomarla. Uno, Voldemort y su hermano, porque es con relación hacia ellos, y usted, señorita Potter, porque posee el Cristal de Plata, y al tenerlo, le otorga a ti y al señor Chiba, que posee el Cristal Dorado, un dominio total de todo el mundo, sin ninguna excepción. ¿Me explicó mejor?

-No, lo entendí a la primera… pero… - la rubia siguió con la mirada a Madame Bones. - ¿De qué trata esa dichosa profecía?

-Sígame. – indicó sin decir nada, guiándola hacia fuera de su despacho.

Pasaron por un par de pasillos encubiertos con mármol negro, tanto el piso como las paredes y el techo. Las puertas, de madera, pasaban cada cinco metros a intervalos en zigzag en las paredes. Bajaron dos tramos de escalera (donde cada vez estaba más frío), llegando a una puerta negra, de apariencia de metal, tosca.

-Esta puerta, da a otras, donde solo una, se dirige a la sala de Profecías. – explicó, abriendo la puerta con magia. – Esta, se renueva cada tres años.

-¿Qué pasa con las que se perdieron? ¿No deben de tener una copia escrita? – le dijo con un leve tono de preocupación.

-Las guardan en un armario en esa misma sala. – dijo haciéndola pasar. – ahora, bien. Esta, - señaló a una puerta con cerrojo oxidado (a diferencia de las demás, que estaban como nuevos). – lleva a la sala de profecías. Te guiaré por ellas, hasta encontrar la que buscamos, y la analizaremos. Por aquí. – indicó, empezando a caminar con rapidez ente la oscuridad de la sala.

Cuando se internaban cada vez más en esa gran sala, más era la cantidad de extrañas y polvorientas esferas plateadas en los grandes y espaciosos estantes que estaban fila tras fila, dando pasillos tras pasillos. Izquierda, derecha, un escalón bajo, tres altos, izquierda, izquierda, derecha, izquierda, izquierda, izquierda, derecha. Serena se estaba perdiendo, pero se aliviaba que Madame Bones estuviera con ella.

-Llegamos… - susurró la mujer mayor. El orden de las estanterías era por número, y las esferas de profecías por descripción. – Tómala. – le ordenó amablemente.

S.P.T. a A.P.W.B.D.

Señor Tenebroso y (¿?) Harry Potter.

Con cuidado, tomó la pequeña esfera con su mano derecha, que temblaba levemente. Una barrera pequeña y débil la detuvo.

-Creo… creo que necesitaré usar el Cristal, solo levemente. – le habló la rubia a la mujer. Ella asintió, estando de acuerdo. – Entonces… - de entre sus ropas, sacó una fina y dura cadena, que sostenía su broche de transformación. Un Click débil resonó entre la gran sala, abriendo la tapa dorada del broche restaurado hace mucho. Dentro, esplendoroso, la representación del Legendario Cristal de Plata brillaba para su dueña y la mujer de alto cargo. – Poder Cósmico Lunar… - susurró, tocándolo levemente, y haciéndolo brillar con un poco más de intensidad. Su mano derecha, se volvió de un tono plateado, conjunto con su tono de piel. De reojo, miró a la esfera que necesitaba, y alzó su mano hacia donde se había detenido antes: su mano plateada pasó fácilmente por la barrera. – Lo tengo…- susurró, triunfante. Sacó su mando de entre las estanterías, para dirigirla hacia Madame Bones y tendiéndole la profecía. – Toda suya, Madame. – Y ya estaba hecho, la profecía estaba en manos de Amelia Bones.

-Muchas gracias, Serenity. – y, por primera vez, Amelia sonrió como los hacía antes de la muerte de su hermano y su cuñada.

-Por favor, - Serena devolvió la sonrisa. – Prefiero que me llame Serena, Serenity lo usaré cuando la tierra lo decida.

-Me gustaría, si no te molesta, que me relates tu historia… eh leído el mito griego de Selene… - habló ella, dubitativa. – y, creo que es más hermoso y catastrófico de lo que yo conozco.

-Lleva razón, Madame. – Serena sonrió con tristeza. – Pero, como yo ya lo he repetido muchas veces, puedo enviarle a mi gata Luna, mi guardiana. – ofreció ella. – Ella sabrá contarla mejor que yo.

-Muchas gracias… - agradeció ella, nuevamente. - ¿Volvemos? – dijo sin borrar su pequeña sonrisa. En respuesta, la joven rubia asintió, mientras que guardaba su broche nuevamente, y su mano volvía a la normalidad.

-Así que era eso… - Amelia y Serena voltearon su mirada nuevamente a los pequeños cristales rotos que quedaban de la profecía. – Albus está constantemente en pensamientos erróneos…

-Totalmente… - concordó la rubia. – Ya le conté sobre la protección de mi madre sobre Harry. Y me encargué de que el sacrificio se trasladara a mí misma. Después de sus diecisiete años, pondré mis propias protecciones. – afirmó ella.

-Eso está bien… - susurró Amelia. – Trata de que mi sobrina esté cerca del grupo de Harry. – casi imploró. – Quiero que esté protegida.

-Eso no será necesario. – le sonrió ella. – Susan se ha convertido en una buena amiga mía y de Harry. Aunque no puedo evitar pensar… que ella siente algo por él. – admitió Serena.

-Yo también lo siento. – rió la mujer mayor. – Nada más me gustaría ver a Susan feliz como sus padres lo eran.

-Y a mí me gustaría que Harry no esté tan amargado constantemente. No pienso esperar a mi boda con Darien para verlo contento. – rebatió Serena con un suspiro. Eso tomó por sorpresa a Madame Bones.

-¿Tan temprano se va a casar? – dijo con escepticismo. – Sus padres, bueno, Ammm… recuerdo que la tuvieron a usted fuera de matrimonio, a los diecisiete, pero ellos se casaron a los veinte. – dijo en una expresión, que a Serena se le antojó "a dieciséis años atrás".

-Si… bueno… Hemos esperado millones de años para estarlo. – dijo con un suave rubor en las mejillas. – Tenga en cuenta, Madame, que el Milenio de Plata era una época primitiva.

-Mh… - la mujer entrelazó sus dedos, en forma pensativa. – Mas escucho eso, y más me dan ganas de saber esa historia. – sonrió ella. – Bien, ¿Puede entregarle esto a Susan, cuando vuelva a Hogwarts? – le tendió una carta y un paquete. – Entre nos, planeó llevarla de vacaciones de verano a las playas de Japón.

-Yo planeo lo mismo con Harry. – Rió ella. – pero necesito solucionar algunas cosas referente a él para que, si la profecía es cierta, no sea él quien venza o muera. – el rostro de Serena se tornó súbitamente serio. – Tendrá noticas mías, Madame, cuando haya concluido.

-¡Serena! ¡Soy Rei! – la voz de la pelinegra se oyó en la oficina de Amelia, sorprendiendo a la mujer. - ¡Se trata de Harry!

-Habla, Mars. – Serena no esperó, prendió su intercomunicador, viendo el ceño fruncido de la Sailor del fuego. - ¿Qué ocurre?

-Estamos todos frente al lago, y se ha desmayado. – comenzó a explicar ella, con seriedad. – Hay algo en el cuerpo de Harry que no tiene que estar ahí.

-¿De qué se trata? – Preguntó la rubia, preocupada, a la vez que Madame Bones se levantaba.

-Tiene… algo parecido a un trozo de espíritu… o algo más que eso. – Miró a un lado, seguramente, hacia el hermano de la rubia. – Tienes que venir.

-Ikimasu. – le dijo ella, cortando la comunicación. – Bueno, Rei, una sacerdotisa, lo ha descubierto. ¿Le pasa algo?

-Creo… que… ya sé algo de lo que involucra a Harry, Voldemort y la profecía. – Y la miró con los ojos oscurecidos. - ¿Sabes lo que es un Horrocrux? – le preguntó.

-No. – admitió ella. Nunca había escuchado esa palabra. - ¿Qué…?

-Sé de buena fuente de que Severus Snape puede saber decirte. Incluso, ayudarte. – le cortó la pregunta.

-Yo confío en el profesor Snape.

-Pregúntale, yo no puedo decirte porque me horrorizo sobre ese tema… - le sonrió con disculpa.

-Está bien… Lo haré. – sonrió, agarró el paquete y el sobre para Susan, y caminó hacia la puerta. – Estaremos en contacto, Madame Bones. – y caminó fuera del despacho rumbo a la salida.

-¿Horrocrux? – el semblante de Severus Snape, cambió drásticamente. - ¿Está segura de que Madame Bones no se habrá equivocado?

-Lo oí claramente, profesor. – sin ningún ápice. – Amelia Bones se veía con el semblante preocupado por el tema. ¿Qué es un Horrocrux?

El profesor Snape, impertérrito, caminó hacia su silla, detrás de su escritorio, donde se sentó, y entrelazó sus dedos.

-Un Horrocrux, es un objeto, - comenzó él, suspirando levemente y cerrando los ojos. - donde una persona encierra una parte de su alma, para que pueda vivir eternamente. Para lograr dividir el alma, se necesita… atentar contra la naturaleza. Es decir…

-Matando a otra persona. – completó ella, un poco pálida. – Pero… ¿Cómo llegó una parte de él a mi hermano? – susurró aterrada. - ¿Cómo…?

-Tengo la teoría… - el profesor de pociones habló otra vez, con el ceño fruncido. – de que, en la noche en que el Señor Tenebroso atacó su casa, su alma se partió, y se impregnó en el ente vivo más cercano…

-Harry… - Serena se llevó una mano al pecho. – Yo no podría tenerla, porque estoy siempre protegida por el Cristal de Plata. – susurró para sí. – El Cristal de Plata… - levantó su mirada. – es tan puro, que deshace el mal, lo purifica.

-¿Dónde se encuentra su hermano? – Casi con sorpresa, la voz de Severus Snape tenía un ápice de sorpresa por la reciente revelación. – Quizá usted pueda…

-Claro que puedo… pero…

-Tranquilícese. – le dijo el profesor. – Solo inténtelo, y si no basta, buscaremos otra forma.

-¿Cómo está? – le susurró ella, en la enfermería, a Susan Bones.

Susan era una chica unos centímetros más baja que Harry, de cabello largo y castaño rojizo, de piel trigueña y de ojos celeste verdoso. Una chica muy carismática, muy hermosa y alegre. En su regazo, tenía un libro titulado "El Fantasma de Canterville", mientras estaba del lado izquierdo de un dormido Harry.

-Bien, pero no sé qué es lo que llevó a su desmayo. – le dijo débilmente. – Rei lo llevó directamente hacia acá, para cuando volvieras. – Serena suspiró, sentándose al lado de su hermano. Ella sonrió, mientras pasaba sus finos dedos por sus alborotados y negros cabellos, siguiendo con su rostro angelicalmente tranquilo, para dejarle un beso en la frente. - ¿Sabes que tiene?

-Si… pero preferiría consultarlo con Rei y Madame Pomfrey. – miró a Susan. – Tu tía me dio esto. – de su bolso, sacó el paquete y la carta, para tendérsela a la chica.

-Gracias… - le sonrió ella, tomando los objetos, y volviendo su mirada al pelinegro. Se sonrojó levemente, haciendo que la rubia sonriera. Desviando la mirada, desenvolvió el paquete que le enviaba su tía con delicadeza. Dentro, una caja de madera oscura rojiza, estaba decorada con trazos dorados – Una caja de música… - al instante de susurrarlo, Serena llevó su mano a su pecho, donde una cadena dorada sostenía su cajita en forma de estrella, donde, dentro de ella, guardaba la melodía favorita de Darien. Susan abrió la caja, dejando que una aguda y dulce melodía conocida, invadiera el área de enfermería. Susan sonrió.

-Claire de Lune… - rió Serena, con satisfacción. El ruido de un pergamino siendo desdoblado, se oyó con debilidad. En silencio, los ojos de la semi pelirroja iban y venían horizontalmente en el pergamino.

-Mi tía dice… que esta caja la mandó a hacer mi padre para mi madre… - susurro ella, levemente rota. – cuando… se comprometieron. – después, sonrió, mientras acariciaba las líneas doradas de la madera pulida. – Es muy hermosa…

-Lo es… - coincidió la rubia. – yo… tengo algo parecido. – de entre sus ropas, sacó el dije en forma de estrella, y lo abrió, dejando que la melodía sonara a grande rasgos. – ahora que recuerdo… hay una de mis canciones que está basada en esta melodía. – rió, recordando la canción "Moonlight Densetsu".

-Es preciosa… - alagó una sorprendida Susan. - ¿De dónde la sacaste?

-Es una melodía de muchos, muchos años atrás… - Serena acarició la luna creciente que se dibujaba dentro del gran dije. – Es la melodía favorita de Darien… - rió con un poco de dolor. – Y todavía no le he devuelto esto a él…

-¿No es tuya? – se extrañó Susan.

-En parte… - dijo Serena. – Esto se lo regalé a él, hace muchos años… una vez, lo encontré, y se lo quise devolver, pero dijo que me lo quedara hasta un tiempo… Si no entendiste, Su, pregúntale a Harry, yo no… yo… tengo cosas que hacer por el momento… - miró a su hermano. - ¿Puedes llamar a Rei, y decirle que venga aquí? Tengo que hablar con ella, y si las demás están allá, no importa, que vengan sin ningún problema.

-Está bien… - le sonrió ella, guardando la carta de su tía, y abrazando la caja de música. – Nos vemos, Serena. – ella solo sonrió en su dirección.

El silenció invadió el área de Poppy Pomfrey, mientras que Serena dejaba abierta la estrella y recostaba medio cuerpo en una zona libre de la cama de Harry. Cada tanto, prestaba atención a la nada y a la ventana, donde se podía ver el lago negro en su esplendor. En algunos momentos, se podían ver algunos que otros tentáculos del Calamar Gigante, haciendo que algunas olas suban a la orilla llena de conchillas.

-¿Serena? – la voz de Rei, y cuatro pares de pasos diferentes, la sacó de su ensueño. - ¿Necesitas algo?

-Si… - se irguió ante ellas, cerrando el dije de estrella, y guardándolo. – Rei, quiero que cierres la enfermería y que alguna vaya a llamar a Madame Pomfrey. – de un salto, Lita fue a la oficina de la enfermera, y Rei, junto con Mina, a cerrar las grandes puertas. – Amy, pon un hechizo de protección en ellas. – Serena se volteó hacia donde Lita y Madame Pomfrey, caminaban.

-¿Qué sucede? – la enfermera frunció el ceño, un tanto molesta.

-Quiero que todo lo que suceda aquí, no salga, ¿Entendió? – eso, la molestó aún más. – Por favor, es para extirpar el pedazo de alma de Voldemort que tiene mi hermano. – la rubia apretó los dientes, mientras que Madame Pomfrey se estremecía. - ¿Tengo su palabra de que no dirá nada? – la miró a los ojos, y supo que obedecería. - ¿Tiene veneno de basilisco? – le preguntó después.

-Sí, ¡Accio! – un frasco color ocre, revoloteó hasta la mano de la enfermera. - ¿Qué es lo que hará? – la miró con desconfianza.

-Mutilar el alma, para después purificar a Harry, ¿Es así, princesa? – habló Rei, parándose firmemente a su lado.

-Si, Rei. – asintió ella. – y, con respecto a lo que hablé con Madame Bones esta tarde, esto hará que Harry sea un adolescente común y corriente, de ahora en adelante.

-¿Nosotras nos encargaremos de Voldemort? – preguntó Mina, con una ceja arqueada. – Mira que me gusta la idea.

-Empecemos. –Serena miró a Rei, para después, agarrar el veneno de basilisco, y tendérselo. – en su cicatriz, solamente. – y la pelinegra se puso en marcha, mientras que Serena se concentraba en sacar el cristal de su interior.


Nota de Autora:

Y... se me fué la imaginación. Pero por más que pensaba y pienso ahora mismo, no se me ocurre que escribir. Por lo que les dejo a su imaginación. u.u

Bien, bien... ¿Que les pareció este capítulo? ¡Creo que decidiré no subir otro capítulo más hasta termnar el capítulo n°16! T.T Mes está costando un montón xD pero, de a poco, voy progresado. ¡No se desesperen!

Ya veré que se me ocurre. Otra cosa en la que estoy pensando, es en traducir una historia que me está costando entender porque uso el translate de google y parece que estuviera leyendo escritos de Tarzán xD

¿Que les parece la idea?

~¡Bye!