Buenas! ¿Qué tal estáis? Espero no haber tardado demasiado, pero la universidad y los exámenes me absorben mucho tiempo. Aprovecho ratitos libres para escribir aquí, porque tengo otros proyectos entre manos y no doy para todo.

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Y sin más dilación, os dejo con el capítulo 14.

EL DE CUANDO LAS POCIONES SON NECESARIAS

Draco apenas probó bocado durante la cena. Removió varias veces la comida, de un lugar para otro, pero con el estómago hecho un nudo. Apenas había estado con la sabelotodo en el último día, y encima tenía su Sala Común llena de Gryffindors petulantes, pobretones y con afán de fama y gloria eternas. Estaba seguro de que Potter se encargaba de que su cicatriz no se borrarse, e incluso que se marcase más, sólo para llamar la atención. Por no olvidarse del orangután peludo de Viktor, que entraba y salía de allí como si fuese su propia casa, y encima ahora pretendía quedarse a vivir en el Castillo. ¿Qué sería lo próximo?, ¿pedirle una cita formal a la sabelotodo? Por encima de su cadáver. Además, ella no aceptaría. Se decía a sí mismo, mientras convertía el contenido del plato en un puré pastoso, debido a la energía con que removía con el tenedor su contenido.

-Hola, Draco,-saludó una enrojecida Pansy Parkinson-. ¿Quieres que te haga compañía?

El chico la fulminó con la mirada. Estaba de un humor de perros, y encima ¿pretendía que aguantase sus estupideces? ¿Y qué más?

-Prefiero la compañía de un montón de avispas asesinas, Parkinson. Al menos sus zumbidos y picaduras serían menos molestas que tu voz aguda, chillona y desagradable,-y sin mediar más palabra, se levantó muy digno, y se largó del lugar-.

-¡Yo no tengo la voz aguda!,-gritó chillonamente, haciendo que la gente que estaba cerca tuviera que taparse los oídos-.

-Por una vez debo coincidir con Draco,-comentó Blaisse burlonamente, tocándose la oreja, que le zumbaba levemente-.

La morena prorrumpió en un llanto desconsolador, y se fue llorando del Gran Comedor, como si terminasen de humillarla delante de todo el Colegio.

Cuando el rubio entró en su Sala, oteó el horizonte. Parecía que no había nadie a la vista. Pero con esos Gryffindors, uno nunca está seguro, se dijo a sí mismo el chico, con el ceño fruncido.

-¡Apestosos Gryffindors, con su honor de pacotilla!,-gritó en un evidente ataque a cualquier miembro de la Casa que estuviese en las inmediaciones y pudiese oírle. Nadie contestó-. Estupendo,-sonrió maliciosamente. Quería atenciones y las quería en aquel instante-.

Antes de entrar en la habitación, lanzó un hechizo avanzado contra la puerta de la Sala. No quería interrupciones de ningún amiguito de la sabelotodo, y menos de ninguno de sus pretendientes. Gruñó levemente.

-¡Granger!,-gritó con felicidad entrando en su habitación-. ¿Cómo estás?

-Mal,-su voz sonó ronca, lastimera y congestionada-.

-Por Merlín, tienes un aspecto horrible,-dijo con cruel sinceridad el rubio, viendo los pelos de loca que tenía, los ojos lagrimosos y la nariz roja e irritada-.

-Lo sé,-respondió la chica, poniéndose colorada-. Vete. No quiero que me veas así.

-¿Y perderme la diversión de tener esta imagen tuya en mi cabeza? Para nada,-y sonriendo de medio lado, se sentó en la cama de la Gryffindor-.

-Eres odioso,-dijo ella tapándose la cara con la almohada-.

-Siempre sabes que decirme para ponerme cachondo, amor,-dijo el rubio, tumbándose entre risas y abrazando a la enferma con cuidado-.

-Idiota,-respondió ella como toda ocurrencia-. ¿Sabes que a veces te odio, verdad?

-Por eso me pones tanto. Me gustan las emociones fuertes, y tu odio es indescriptiblemente excitante,-beso sus labios levemente-.

-Te lo voy a pegar.

-Yo nunca me pongo enfermo. ¿Por quién me tomas?,-la miró con gesto enojado-. ¿Qué hay de ese idiota peludo? ¿Es verdad que piensa quedarse por aquí más tiempo? Le habrás dicho que no quieres verle ni en un lienzo dibujado, ¿verdad?

-¿Estás celoso?,-preguntó ella, un poco divertida a pesar de que le doliese todo-.

-No. Yo nunca me pongo celoso. ¿Acaso crees que es competencia para mí? Por favor,-dijo encogiéndose de hombros-. Soy mil veces mejor, y como eres suficientemente lista, te das cuenta de ello,-comentó como si fuera lo más evidente del mundo-.

-Por Merlín. Realmente te crees lo que estás diciendo,-dijo ella entre risas-. ¿Nunca jamás te pones celoso de nadie?

-Amor. No ha nacido nadie capaz de hacerme competencia. Soy Draco Malfoy,-y sonrió triunfantemente, como si aquella fuera explicación suficiente-.

-No sé por qué me gustas. Ni siquiera me caes bien, prepotente ególatra,-dijo ella riendo levemente-.

-Tú tampoco me gustas. Y desde luego no me caes bien,-dijo el muy serio-. Eres tan sabionda y empollona. Con esos aires de saber más que nadie sobre nada…,-la chica le miró con enfado-. Pero me encantas,-concluyó partiéndole la boca de un beso húmedo y profundo, que hizo que la temperatura de Hermione subiese de golpe y porrazo-.

Aquella noche Draco se limitó a abrazar a Granger, y a darle algún que otro beso furtivo. Se ocupó y preocupó de que tomase sus medicinas y de que la fiebre no le subiese. Estaba seguro de que aquella sabioncilla le había echado algún filtro de amor en el zumo de calabaza, porque no era capaz de entender por qué se preocupaba tanto por ella. Aunque evidentemente, no lo confesaría ni ante tortura de Cruccios.

No durmió en toda la noche, intranquilo y pendiente de que ella estuviese bien. Y cuando comenzó a salir el sol, y ella por fin había conseguido conciliar el sueño, le dio un casto beso en la comisura de los labios, y se fue de la habitación sin hacer el más mínimo ruido. Se puso un uniforme limpio, tomó una poción herbovitalizante, desbloqueó la puerta, y se fue a desayunar como si hubiese dormido un montón de horas, en vez de haberse dedicado a cuidar de su amada.

En la puerta de la Sala se cruzó con Ginny Weasley, que le miró con cara de pocos amigos, y ni siquiera le saludó.

-Buenos días, pelirroja,-sonrió risueñamente el rubio, con diversión y maldad-.

-Vete al cuerno,-respondió ella, recordando aún la última conversación que había tenido con el chico, y la forma en que se había ido del lugar-.

-Siempre es un placer verte, preciosa,-dijo guiñándole un ojo seductoramente, lo que provocó el sonrojo de la Weasley, que bufó levemente. Draco rió divertido. Le gustaba incomodar a la gente. Era uno de sus hobbies favoritos-.

Una vez estuvo en el Gran Comedor, pudo observar como Ron miraba con preocupación hacia los lados, como si tuviese miedo de que alguien o algo apareciera de pronto. ¿Habría sido capaz Viktor Krum de amenazarle como había hecho con su persona?, se preguntaba Draco, divertido.

Fuera cual fuese la respuesta, el pelirrojo parecía estar intranquilo, y aquello reconfortaba a Draco, por todas las cosas malas que le había dicho el Gryffindor a lo largo de los años. Está bien, puede que él se las mereciera. Pero nadie le daba una lección a un Malfoy. Simplemente dejaba que el chico actuase, y se quedaba callado y modosito, como hacía Neville Longbottom. A Draco le encantaba meterse con aquel patán. Nunca jamás decía palabra. Como debía ser. Sumiso y respetando a sus superiores, es decir, a él mismo. Todo esto estaba pensando el rubio, cuando vio un borrón negro que apareció en el Gran Comedor. Potter asustó sin querer al pelirrojo, e hizo que se atragantara con el zumo de calabaza que estaba bebiendo. Draco lo celebró internamente. Aquel día pintaba más que bien.

No obstante, su sonrisa se borró de su rostro cuando vio aparecer al orangután húngaro junto a Snape, hablando con él. ¿Acaso terminaba Severus de reírle una broma? Estaba decidido. Esas Navidades no pensaba mandarle una postal de felicitación. Se enfurruñó levemente y desvió la mirada hacia el frente. Pansy le observaba a escasos centímetros de distancia, con una sonrisa bobalicona en su rostro, lo que hizo que el chico gritase sonoramente.

Todo el Comedor se le quedó mirando. Fulminó a Parkinson con la mirada, y se fue sin mediar palabra. Terminaban de joderle la mañana en menos de un minuto. Si el hechizo Imperio no estuviera prohibido, solucionaría todo en un periquete.

Cuando llegó a clase de pociones, Blaisse estaba esperándole en la puerta de las mazmorras. Cosa que el extrañó, pues solía llegar siempre tarde.

-¿Qué haces aquí?

-Esperando a ver si veía a Granger. He vuelto a soñar con ella. Es una fiera,-dijo con cara de obseso sexual. O la cara que Malfoy creía que tendría un obseso sexual-.

-Tranquilízate un poquito. ¿Eres consciente de que sólo era un sueño, verdad?

-A veces los sueños se hacen realidad.

-No esa clase de sueños,-respondió el rubio secamente-. Granger está enferma,-explicó ante la interrogativa mirada de su amigo-. Y no me refiero sólo a enferma por los estudios. Tiene gripe,-aclaró-. Y no te tocaría ni con un palo,-finalizó sonriendo con maldad-. Tiene mejor gusto.

-¿Te refieres a ese pelirrojo pobretón? Porque si es así, creo que nuestra amistad habrá terminado para siempre,-se cruzó de brazos, en pose defensiva-.

-No seas ridículo, Blaisse,-dijo el chico, haciendo un gesto con la mano para quitarle hierro al asunto-. Se trata de que eres un Slytherin. Y además amigo mío. ¿Realmente crees que te mira de esa manera?

-Puede que tengas razón,-entrecerró los ojos levemente-. ¿Y si no fuéramos amigos? Es una suposición,-dijo rápidamente al ver la cara de enojo de Malfoy-.

-Déjate de suposiciones. Sabes que soy el mejor amigo que tienes por aquí. No deberías cambiarme por ninguna tía. Ni siquiera por Granger,-dijo sin ser dueño de su lengua-.

-¿Qué es lo qué…?

Pero antes de que el moreno terminase su frase, Draco dio el golpe de gloria, y salvó la situación justo a tiempo, pues empezaba a llegar el resto de la clase.

-Me refiero a tu nivel de obsesión por esa rata de biblioteca.

-Oh,-dijo, pareciendo entender-. Dirás que soy estúpido, pero por un momento llegué a creer que…

Pero Draco no supo que fue lo que creyó su amigo, porque Snape apareció, y cuando Severus aparecía, los alumnos se callaban inmediatamente. Sabía que siendo un Slytherin tenía ciertos privilegios en contraposición al resto, sobre todo en comparación con los Gryffindors. Pero aquella situación le pareció perfecta para quedarse callado y hacerse el loco. No le gustaría que su amigo se enterase de nada.

"Al menos no por el momento. Y no así",-se sorprendió el rubio pensando-.

Ante tales pensamientos, se asustó enormemente. Su corazón comenzó a martillear con fuerza, y sintió un repentino mareo. Mareo que terminó con él desmayado en el suelo, y todos los alumnos a su alrededor.

Lo siguiente que vio Draco al abrir los ojos, fue su preciosa habitación amueblada con estilo y muebles caros, y la cara de la enfermera Pomfrey a escasos milímetros de la suya.

-¡Ya despierta!,-decía la rechoncha mujercilla-.

-¿Qué ha pasado?,-preguntó con la voz pastosa y la boca seca-.

-Te ha dado un desmayo, cariño,-le respondió la mujer, que parecía más tranquila al ver que el chico estaba intacto. O al menos, despierto y consciente-. Creo que tu compañerita de Sala te ha pegado la gripe,-dijo con voz lastimera- Lo siento, pero no podrás salir de tu habitación en varios días.

-Eso…eso es…terrible,-dijo el chico, mintiendo como un bellaco-. ¿Eso quiere decir que necesito calma y serenidad y puedo decir quién entra y quién no en mi Sala, verdad, Poppy?,-uso la voz de su registro de inocente víctima-.

-Por supuesto que sí, corazón. Necesitas calma y descanso.

-No quiero que haya nadie rondando por aquí,-dijo poniendo ojitos de cordero degollado-. Me siento tan mal. Creo que esta enfermedad es altamente contagiosa. No quiero que nadie caiga enfermo por mí culpa,-y culminó su teatro haciendo ver que volvía a desmayarse, y recuperando la consciencia en el último momento-.

-¡Señor Potter, señores Weasley!, ¡salgan inmediatamente del lugar! Desde ahora decreto cuarentena estricta. Estos dos alumnos apenas han estado en contacto y se han contagiado a velocidades increíbles. ¡Váyanse! Sólo yo estoy autorizada para entrar en la Sala de los Premios Anuales. Y lo haré a unas horas concretas. ¡Vamos!,-dijo dando palmadas para animar a los mentados a que se fuesen con rapidez-.

Draco escuchó los lamentos y quejas de los Gryffindors, y a pesar de que comenzaba a dolerle cada músculo de su cuerpo. Sonrió satisfecho. Una vez más, se había salido con la suya.

Estaba feliz, pero no tenía nada para hacer y se sentía muy mal. Le dolía todo, y cada vez que tosía, los abdominales le recordaban que tenía agujetas. Estaba aburrido, dolorido y cansado. ¿Y si iba a ver a la castaña? Al fin y al cabo, nadie entraría hasta dentro de un par de horas. Intentó ponerse de pie, y todo le dio vueltas. Se cayó en el suelo. Estaba frío, y debido a su elevada temperatura corporal, gimió de placer. Se quedó dormido como un lirón.

-¡Señor Malfoy!,-una vocecita aguda que no llegó a ubicar con su dueño le hablaba con miedo-. Señor, ¿se encuentra bien?

Abrió los ojos levemente, intentando enfocar la vista. Estaba espatarrado en el suelo, sin ningún tipo de clase. Un elfo doméstico con ojos del tamaño de pelotas de tenis le miraba con terror en su rostro.

-¿Se encuentra bien?,-repetía el elfillo-.

-Claro que sí,-mintió. Habría sido convincente si no se hubiese quedado afónico y su voz fuese tan rematadamente débil y ronca-.

-No me lo creo,-respondió el elfo, mirándole con ojo crítico-. Está tirado en el suelo, igual que un caballo que ha saltado mal. Es patético, señor,-y en aquel momento, el elfo gritó, y se golpeó contra la pared más cercana-. ¡Ahhhh! Perdón señor. Dobby no quería insultarle, señor.

-¿Por qué me ha tocado el elfo más loco de todo el Castillo? ¿Dónde está Poppy?,-preguntó con un tono de voz que sonó a súplica, a "por favor, llévense a este pirado masoquista lejos de mi vista, y traigan a la afable y rechoncha mujer que me recuerda a mi abuela"-.

-Ohhh. La enfermera está cuidando del amigo de Harry Potter. Señor.

Draco intentó comprender lo que aquello significaba. Se sentó en el suelo como pudo y dialogó.

-¿De qué estás hablando? ¡Y no te quedes ahí mirándome con cara de pasmarote! ¡Ayúdame a volver a la cama, Dobbuchungo!,-dijo sin recordar correctamente el nombre del elfo, a pesar de que éste hubiera trabajo en su casa durante varios años. Los elfos domésticos le parecían todos iguales, y no le caían bien. Con esas vocecillas agudas y esa pasividad tan horriblemente preocupante, pues ¿quién sucumbiría tan fácilmente a las órdenes?-.

Dobby volvió a golpearse contra la pared, ante las quejas del Malfoy allí presente, que quería que le hiciese caso y dejase de pegarse a sí mismo.

Una vez que el elfo creyó que había sido castigado suficiente, le ayudó a volver a la cama, y le ofreció una poción de color violeta, que le prometió le haría sentir mejor.

Draco la olió con gesto de disgusto. No le gustaba el olor. ¿Por qué no podían darle algo con sabor a fresas, o a frambuesas? Aquello olía a basura lavada. Se tapó la nariz, y lo tragó de un golpe. A los pocos minutos comenzó a sentir una sensación de bienestar que envolvía su cuerpo. Incluso la voz volvió poco a poco a sonar tan aterciopelada y grave como acostumbraba. Igual que la de un locutor de radio. Eso le habían dicho varias mujeres, caídas ante sus encantos masculinos, y él se lo creía.

-¿Qué decías del amigo de Harry Potter?

-¡Oh, señor! El amigo de pelo como fuego ha tenido un accidente, señor. Estaba jugando al Quidditch con el resto del equipo de Gryffindor y perdió el control de la escoba, señor.

-¿Se ha caído de su propia escoba?,-Draco casi gritó de satisfacción. Aquello no era posible. Sabía que el Weasley no era buen jugador, pero volar no se le daba mal del todo-. ¿Cómo ha sido?-.

El rubio reía levemente ante las desgracias ajenas, imaginándose la situación en su cabeza. Seguro que el pelirrojo se había distraído mirando una mariposa, o un pajarito, o cualquier tontería del estilo, se había golpeado contra uno de los enormes aros sin darse cuenta de que estaban allí, y había caído al vacío gritando "Haaaarryyyyyyy, salvameeeeeee". No sabía por qué, pero en su cabeza el Weasley llevaba puesto un vestido de color rosa pálido, y una corona dorada.

-No lo sé, señor. Fue el nuevo profesor de vuelo, Viktor Krum quien le trajo a la enfermería, señor.

-¿Krum? ¿Estaba él presente cuando ocurrió todo? ¿Y qué es eso de nuevo profesor?,-de pronto la situación no le parecía tan divertida. ¿Qué hacía el orangután peludo?, ¿había ingresado en el cuerpo docente?, ¿y si era así, por cuánto tiempo estaría? Porque dudaba que hubiera rechazado seguir jugando en la Liga profesional de Quidditch-.

-¡Oh, sí, señor! Le estaba dando consejos al niño de pelo de fuego que siempre es desagradable con Dobby sobre cómo ser mejor Guardián. Y se cayó solo de la escoba. Él ha aceptado sustituir a la profesora de vuelo durante dos semanas, señor.

El rubio deseó poder ir a golpear a Krum como si se tratase de un bludger, pero sabía que aquello era imposible. Tal vez, si le pegase la enfermedad sería suficiente tortura, pensó, mientras sentía como toda la habitación le daba vueltas. Además, la aguda voz del elfo no le ayuda nada con su dolor de cabeza martilleante.

-¿Cómo sabes que se cayó solo?,-pregunto Draco, que comenzaba a vislumbrar una desagradable verdad tras las palabras del elfo masoquista-. Contesta Dobbuchungo-, exigió, gritando demasiado y sintiendo un dolor agudo en la garganta-.

-El profesor Krum nos lo contó,-el elfo rió levemente-. Ese niño desagradable lo tiene bien merecido, por meterse con Dobby,-volvió a gritar, escandalizado, y a lanzarse contra la pared. Un sonido fuerte le señaló a Draco, que había caído al suelo catastróficamente. Al mirarle, lo corroboró-.

-¿Quién parece ahora un caballo que ha saltado mal, eh?,-dijo riendo triunfantemente, pero al reír le dolieron los abdominales y aulló de dolor-.

Dobby por su parte, también gritaba de dolor.

-¡Basta! Deja de golpearte. Vas a dejarme manchas de sangre por toda la habitación,-y un dolor agudo le recordó que estaba afónico-. ¡Aaaarrggghhh!, ¡quiero agua!,-se quejó como un niño pequeño-.

Mientras pedía agua el elfo continuaba golpeándose contra la pared.

-¡No debo reírme del amigo feo y narizón del señor Harry Potter!,-decía como un loco-. ¡No debo insultarle!,-y volvía a golpearse contra la pared-.

-¿Qué demonios pasa aquí?,-aquel era Snape, que entraba mirando con cara de desconcierto. Por un lado un elfo loco que gritaba y se golpeaba incansablemente contra la pared, mientras su alumno estrella y preferido, aullaba de dolor y se llevaba las manos a la garganta, en claro gesto de no poder hablar-. ¡Vete inmediatamente elfo ridículo!,-le espetó Severus, cabreado-. ¿No ves que así sólo consigues asustar al señor Malfoy? Es evidente que pretende pedir ayuda, pero como no tiene voz, no puede hacerlo,-hizo un gesto con sus manos y le miró con cara de decepción. Esperaba que Malfoy no fuese un cobardica que pidiese ayuda por un elfo doméstico un poco mal de la cabeza. O tal vez le había hechizado y por eso se golpeaba contra la pared. Sonrió satisfecho-.

Draco intentó quejarse y decir que él no pedía ayuda a nadie, pero su voz se había vuelto a ir, y apenas podía vocalizar dos palabras sin que sintiese un malestar horroroso. Mataría a Granger por haberle pegado la enfermedad, se prometió a sí mismo en un momento de dolor punzante y agudo.

Una vez que Dobby dejo de golpearse, pidió perdón y se marchó del lugar, cogiendo una bandeja que Draco había pasado por alto, con una poción igual a la suya. Seguramente sería para la sabelotodo, se dijo el chico. No era seguro que aquel psicópata estuviera a solas con la Gryffindor…

-Malfoy. He venido a verte por orden de tu padre. ¿Te encuentras bien?,-le ofreció una pócima de color fuxia, que el chico olió. Aquello sí que era buen material. Olía a fresas. Se lo tragó poco a poco, saboreándolo con gusto, y sintiéndose muchísimo mejor con una rapidez alucinante-.

-Gracias,-dijo escuetamente. No estaba acostumbrado a agradecer las cosas-. ¿Ha sido él mismo quien te ha pedido que me preguntes, o eso viene por tu parte, Severus?,-

-Sabes que él se preocupa por ti, Draco,-dijo el hombre en tono confidente, sabiéndose a solas con el muchacho, que era como un hijo para él-.

-Ojalá se preocupase la mitad de lo que tú lo haces,-dijo con rencor en la voz, y en un arrebato sentimentaloide-. No importa,-se apresuró a decir al ser consciente de sus palabras-. No es más que una gripe. Pero si pudieses pasarme más de esa poción, te estaría tremendamente agradecido.

-¿Te han traído la que sabe a basura lavada?,-preguntó Severus, sentándose en la cama junto al rubio y mirando si tenía fiebre-.

-Sí. Es horrorosa. ¿Por qué no hacen esta?

-Esta es de mi cosecha,-dijo Snape, dándose importancia-. Te traeré más, pero no lo pregones por ahí. Odio a esa enfermera idiota. Se cree que trabajo para ella, y me tendría todo el día esclavizado.

-Si sabes cómo tratarla puede ser agradable. Me recuerda a mi abuela Marie-confesó el chico-. Esta poción es rara,-entrecerró los ojos, desconfiado-.

-Es uno de sus efectos secundarios, me temo. Hace que se vayan el malestar, el dolor, la fiebre, la afonía…, pero saca a relucir la parte más sincera y enternecedora de cada persona. Es un poco desagradable para mi gusto, pero con que no te muestres en público hasta que se te pase la gripe…

-Lo tendré en cuenta. No quiero que me vacilen de por vida. Tengo una imagen que mantener,-dijo sonriendo de medio lado-.

- Me alegra ver que te encuentras mejor, Draco,-y le revolvió el pelo cariñosamente-. Nos veremos en clase.

-¿Qué hay de los deberes?

-Haremos cuenta de que ya me los has entregado, ¿de acuerdo?

-Perfecto,-el muchacho sonrió de oreja a oreja, y se quedó dormido casi sin darse cuenta, pensando en que debía hablar con Hermione sobre Krum, y sobre la Comadreja pelirroja-.

O-O-O-O-O-O-O

Fin del capítulo. Tanto si os ha gustado como si lo habéis odiado, hacédmelo saber con un review.

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Un besosote:

JoKe