Capítulo 13: Princesa de la noche
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Susana leía una vez más, entre risas, el pasaje acerca de los molinos de viento en Don Quijote de la Mancha, mientras Wilbur hacía una pésima caracterización del protagonista. "Como actor, soy un excelente comerciante de libros", se disculpó con mofa, desatando un nuevo ataque de risas de la rubia. "¡Eres tan divertido, Wilbur!", exclamó, como tantas veces lo había hecho las últimas semanas. Eran las nueve de la mañana, pero Wilbur siempre irradiaba energía por los poros, como si estuviera en plena mitad del día, y ella no podía evitar contagiarse con su vitalidad. Los últimos días había pasado más tiempo de lo usual en la librería, pero a él parecía no importarle, e incluso permitía que ella lo ayudara en la venta de algún libro cuando llegaban clientes a la tienda, y se sentía productiva, radiante, y todo gracias a este gordito que sabía hacer de la vida una gran fiesta.
Lo que no imaginaba la rubia era que él acostumbraba observarla mientras ella leía en voz alta cada capítulo de la pieza literaria. En Susana había encontrado una nueva amiga a quien hacer reír, y alguien con quien olvidar la historia de su nacimiento, así como el daño que pudiera causar a otros con su cobardía; y mientras practicaban para la supuesta obra de teatro en conjunto basándose en el escrito de Cervantes, él no dejaba de cuestionarse, en su interior, qué pasaría con ella en cuanto terminara de leer Don Quijote, o peor aún, qué haría la chica si se enterara del paradero de su novio. 'Es muy extraño', pensó él, 'el joven Granchester no mencionó nada acerca de una novia en Nueva York, al contrario', frotó sus sienes, confundido, mientras ella hacía una excelente interpretación de Dulcinea, 'no dejaba de hablar de esa otra chica, Candy…'
En su habitual escondite, Russell y Patty espiaban a la pareja de amigos. Si bien era cierto que la chica de anteojos finalmente se había dado a la tarea de frecuentar los lugares favoritos de Stear en Londres, a la larga siempre terminaba sucumbiendo a la curiosidad de saber qué había sido de Terry, y qué acciones tomaría Susana a partir de ello, motivo por el cual acompañaba a la actriz en diversas diligencias, y no pudo evitar sentir una creciente admiración por esta chica que había sacrificado parte de su físico, y con ello su trabajo, para salvar al hombre que amaba.
Por alguna razón que desconocía, sintió que Candy estaba fuertemente ligada a esta situación. Antes de haber tomado el barco a Southampton, había leído en los periódicos que su amiga había salido en una expedición familiar camino a Egipto, aún así, tenía la urgencia de saber qué era lo que sucedía con Terry, pues sabía que, a pesar de todo, Candy no soportaría que algo malo le hubiera sucedido al actor. Así pues, la jornada de luto que había propuesto guardar para Stear había pasado a otro plano, y junto a ella, Russell procuraba que los esfuerzos de ambos en conocer la verdad no fueran en vano. Cada mañana, luego de vigilar a Susana y a su amigo, el señor McCormick, salían de paseo por las calles londinenses, y una que otra vez compartían un helado, o lanzaban palomitas de maíz a los pájaros que volaban por el parque. Era la primera vez que Russell viajaba fuera de Estados Unidos, y aunque no lo hacía en plan de vacaciones, sus ratos de ocio con Patty bien valían la pena el inesperado viaje. No tenía idea de qué sería de él una vez el joven Terry estuviera de regreso con los suyos; tal vez sería despedido por no haber seguido instrucciones de permanecer en Broadway, pero debía evitar que la joven Susana cometiera un disparate, aún cuando la joven no contaba con dinero suficiente para ir a más ninguna otra parte. "¿Logras ver algo?", preguntó a su amiga.
Patty estaba al pendiente de todo cuanto ocurría dentro de la librería a través de unos binoculares que había adquirido la tarde anterior. "Lo de siempre, Russell", respondió, aunque la nueva adquisición hacía más fácil la vigilancia. "Ellos continúan leyendo el mismo libro, y parecen divertirse mucho", dijo, sintiéndose culpable por invadir este espacio de tranquilidad en la alterada vida de Susana. "No hay ninguna novedad, Russell." Y justo cuando estaba por apartar los binoculares para limpiar sus anteojos, un objeto que había escapado de la vista de ambos hasta ese momento, llamó perturbadoramente su atención. Temblando de pies a cabeza, soltó los binoculares, y limpiando con rapidez sus anteojos, arregló su vestido, y observó al pelirrojo diciendo: "Creo que debemos entrar, Russell… acabo de descubrir algo de suma importancia, y sé que en cuanto lo veas, lo reconocerás tú también."
"Pero Susana no sabe que estoy aquí, y que la estamos espiando-"
"¿Qué prefieres… que sepa la verdad por sí misma?"
"Si tan sólo supiera qué fue lo que viste o de qué me estás hablando…"
"Lo sabrás en cuanto entremos", aseguró ella con determinación. A pesar de que era un manojo de nervios, en sus manos estaba resolver este asunto de una buena vez, aunque al hacerlo, cambiaría la vida de alguien para siempre. "¿No fue por esto que viniste a Londres… porque querías saber sobre tu jefe?" Y sin dar explicaciones, entró a la librería, y en cuanto Susana la vio, se llenó de inmensa alegría. "¡Hasta que al fin decides venir a la librería, Patty!", exclamó, hasta que vio a un chico pelirrojo detrás de su amiga. "¿Russell?"
El asistente de Terry saludó con la cabeza. "Sé que esto debe resultar extraño para usted, señorita Susana, pero a su debido momento explicaremos todo."
"Señor McCormick", interrumpió Patty, conciente de la premura y grandes repercusiones de lo que estaba por hacer, "¿Podría ver lo que usted tiene en lo alto de aquel estante?"
"¿Eh?" Todos, incluyendo a Wilbur, miraron perplejos a Patty. "¿Qué hay allá arriba, Wilbur?", preguntó Susana con una sonrisa. "Desde mi silla no se puede apreciar nada, y debe ser algo muy importante para haber capturado la atención de Patty… Por cierto, Patricia, ¿cómo fue que lo viste? Apenas acabas de entrar a la tienda…" Pero sólo el silencio le respondió, y al buscar con la mirada a Wilbur esperando una respuesta, su amigo sudaba copiosamente, sus manos temblando de ansiedad… 'Nunca lo había visto así', pensó preocupada, y entonces Wilbur preguntó, con creciente ansiedad en su voz: "¿De qué… de qué estante me hablan?"
'Está mintiendo', dedujo Susana de inmediato, ya que Wilbur era un pésimo actor, mientras Patty no retiraba la vista del dueño de la tienda. "Russell, vé por una escalera y busca el sobre que hay encima de ese estante", la oyó decir.
"No sé de qué sobre me hablan", insistió Wilbur con nerviosismo.
Susana preguntó a su amigo: "¿Hay algo que yo deba saber?" Pero él bajó la cabeza, a lo que ella se movió en la silla de ruedas, hasta quedar cara a cara con Patricia. "Es Terry, ¿verdad? ¿Qué fue lo que viste, Patty?" Pero no hubo necesidad de que la otra contestara, pues Russell bajó de la escalera con el sobre en mención. El mismo estaba abierto, y al extraer su contenido, un distintivo e inconfundible instrumento musical brillaba con la luz del día. "La armónica de Terry", dijeron todos al unísono, a excepción de Wilbur, quien no dejaba de limpiar el sudor de su redonda cabeza, y de repente Susana lo miró furiosa y reclamó: "¿Qué sabes tú sobre Terry, Wilbur… y por qué no me habías dicho nada? Pensé que éramos amigos", e irrumpió en llanto, no por la información que él había ocultado sobre Terry, sino porque ahora que al fin había conocido a alguien que la comprendía y alegraba sus días, ese alguien la había traicionado… "¡Vamos, responde!"
"Eso no es todo", informó Russell, para sorpresa de Susana y de Patty, "aún hay más…" Y sacó del sobre una nota, en cuyo doblez figuraba el nombre de un solo remitente: Candice White Andley. "Es la letra de Terry", dijo Susana con tristeza, y volvió a arremeter contra Wilbur. "¿Qué sabes tú sobre Terry?"
Wilbur sacudió los hombros, dándose por vencido. Tres semanas atrás, lo menos que hubiera pensado era que una novia del actor buscaría hasta debajo de las piedras con tal de dar con él. Estaba perdido y lo sabía, pero ya era demasiado tarde, pues nada podía impedir que el joven Terry terminara lo que había comenzado… "No quería perder tu amistad", explicó a Susana con sinceridad, "tú has sido la primera, y única persona, a excepción de mi madre, que me ha mirado más allá de la superficie…" Y tomando la nota de las manos de Russell, la entregó a la rubia, quien se apresuró a leer en voz alta:
Tarzán pecosa: Cuando recibas este mensaje, será porque del mismo modo en que has encontrado tu propio camino, me he dirigido a tomar un nuevo rumbo, y aunque no olvido mis obligaciones, debo hacer un alto y ayudar a un amigo… y si no regreso, quisiera que tuvieras la armónica que me obsequiaste, y de la cual nunca me había separado, pues quiero que conserves un último recuerdo de mí.
Nada ha cambiado, y siempre te amaré… Terry.
Susana no dejaba de llorar al terminar de leer la nota, y exclamó con obstinación: "¡Esto no lo escribió él!"
"Es su letra, señorita Susana, yo la conozco", objetó Russell, apenado por el modo en que la novia de su jefe descubrió, o reafirmó, la realidad sobre los sentimientos del actor, "pero no es todo lo que hay en el sobre…" Y mostró dos pasajes de abordar de ida y vuelta, a lo que Wilbur explicó, sin ánimos de seguir ocultando lo que ya era evidente, "Son para sus padres, en caso de que no pudiera regresar-"
"¿Regresar de dónde?", preguntó Patty a son de gritos. ¿Acaso McCormick había secuestrado a Terry, o lo había enviado a prisión? Arrancando los boletos de manos de Russell, leyó los datos contenidos en los mismos, y dejó caer los pasajes al suelo. "Albert Andley está en Egipto", dijo, tragando saliva, "tal vez él nos pueda ayudar…"
"¿Qué sucede, Patty?", preguntó Susana, presa del histerismo, mientras que Russell también comenzaba a preocuparse. "¿Dónde está Terry?"
Esa mañana, Patricia O'Brien decidió no volver a tener miedo, y no dejarse llevar por los nervios. La vida era demasiado hermosa como para preocuparse por todo, y en ese momento, su prioridad no era seguir sufriendo, sino ayudar a sus amigos. "Russell, Susana…" Respiró hondo, pues de ella dependería la suerte de Terry, y con él la de Susana, e incluso la de Candy… "¡Debemos enviar un telegrama a El Cairo ahora mismo!"
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La luz del sol castigaba su espalda, y antes que el príncipe abriera los ojos, sintió un gran peso desde el comienzo de sus posaderas hasta la punta de los pies. A juzgar por el cantar de los pájaros, no debían ser más de las nueve de la mañana, por lo que el sol lastimaba su herida. Abrió los ojos con mucho esfuerzo, y observó que estaba acostado, desnudo, sobre su estómago, tal vez para recibir la atención médica adecuada. "Princesa…" Miró a su alrededor, y se sorprendió al descubrir que había sido llevado a la habitación de ella. 'Ella me trajo hasta aquí', dedujo, 'y se quedó en Anatolia, por mí…' Con sus piernas entumecidas por el plomo que sentía sobre ellas, y los músculos de la espalda adoloridos, asomó la cabeza por encima del hombro, y cuando lo hizo, un rojo más intenso que la pasión misma inundó su rostro. Llevando sólo el vaporoso camisón que él adoraba, y cubriendo su cuerpo con el de ella, la princesa se había quedado dormida, sus suaves mejillas apoyadas sobre la parte posterior de él.
¿Qué había acontecido para que ella pasara la noche abrazada a su cuerpo, en semejante posición? No recordaba nada luego que ella comenzara a retirarle la bala en plena calle, así que tuvo que haber perdido el conocimiento en aquél momento, y con toda probabilidad, también tuvo habría sufrido de fiebre y convulsiones. El edredón debajo de él estaba empapado con su propio sudor, y la pintura de su cuerpo había sido revestida con su perspiración, lo que validó aún más su suposición sobre el grave estado en el que había llegado. Trató de no moverse, pues con ello la despertaría, y quería verla así, dormida sobre él, con la huella de todo un trayecto de lágrimas en su agotado rostro, y unas profundas ojeras que rodeaban sus lindos ojos. "Estuviste en vela, llorando, casi toda la noche", dijo con voz queda, alargando el brazo para acariciar la cascada de cabellos sueltos que enmarcaba su rostro, y supuso que, debido a la urgencia con que lo habían llevado al cuarto, no hubo tiempo de asearlo, y sintió alivio al saber que nadie lo había visto tal cual era bajo las capas de pintura que seguían adheridas a su piel.
Candy dormía con intranquilidad cuando percibió un ligero movimiento debajo de ella, y también sobre su cabello. ¿Acaso era su imaginación, o Tarkan había comenzado a reaccionar? Abrió los ojos con pesadez, pues había tenido muy mala noche, y cuando alzó la cabeza para ver cómo seguía el príncipe, él estaba volteado, mirándola, mientras que con su mano acariciaba sus rizos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, observándola, mientras ella seguía durmiendo sobre su…? Se levantó de golpe, apenada por haber sido descubierta en tan inusual posición, y comenzó a reír con nerviosismo, conciente de que él estaba sin ropa, y para entablar conversación exclamó: "¡Buenos días, príncipe! Vaya que nos ha dado un susto a todos", levantó un pulgar e hizo su característico guiño de ojo, "¡si no llega a ser por su lindo caballito, y porque Anatolia ganó la batalla, otra hubiera sido la historia!" Trataba de manejar, con humor, su alegría de verlo recuperado, y fue entonces cuando pensó en los cuatro días de vigilia que había tenido Tarkan, cuando había sido ella la que estaba al borde la muerte. Había estado la noche entera abrazándolo, calentándolo con su cuerpo, pidiendo a Dios que lo sanara… ocultó las lágrimas que amenazaban con echar abajo su montaje de ánimo. "¿Sabes? Pediré a Edwina que prepare una rica sopita para que te restablezcas más rápido…" Pero sus palabras se perdieron en el silencio del cuarto, pues en vez de responderle, él sólo la contemplaba, con una sonrisa de gratitud en los labios, y su cuerpo de costado, luchando contra el dolor… "¡Oh!", corrió a su lado, y colocando una almohada contra el respaldo de la cama, lo ayudó a acostarse sobre la misma. "¡Ouch!", gritó Tarkan al sentir la suavidad de la almohada rozando el vendaje. "¡Esto duele, princesa!"
"Lo sé", dijo ella con una sonrisa, olvidando lo cerca que estaba de él y de su desnudez. "Soy una enfermera muy mala, y no dejo a mis pacientes tranquilos hasta que me muestren que son obedientes."
"Me tratas como si fuera un niño."
"¡Porque a veces te comportas como uno!"
El llevó los brazos arriba de su cabeza, disfrutando de la cómoda posición. "¿Por qué no dejas de disimular tu llanto con esa fachada de enfermera servicial y vienes aquí?"
Ella tartamudeó, pues no creyó que él fuera a darse cuenta de su mediocre actuación, pero debía mantener la calma hasta el final. "No voy a llorar", porfió, cruzándose de brazos, pero él, tan astuto como siempre, separó las piernas de forma tal que ella podía ver con claridad lo que había entre ellas. "Si no vienes, te obligaré a mirarme… día y noche", dijo, con una sonrisa pícara en los labios, "aunque veo que ya lo estás haciendo."
Candy observaba el tesoro oculto entre las piernas del príncipe cuando oyó la voz de él, y como saliendo de un trance, sacudió la cabeza con enfado. "Qué tonta soy… yo aquí preocupándome por ti, y tú sólo te empeñas en mostrarme tu-"
"De hecho, Nadire, quería darte las gracias por salvarme la vida, y por haber cuidado de mí anoche, pero no me lo has permitido…"
"Porque fue Saglam quien te salvó, no yo."
"No sabía que existían caballos graduados de medicina", bromeó él, y ella le aventó una almohada que había caído al suelo, pero él la atrapó en la mano, y cuando ella se acercó para quitársela, él la tomó de las muñecas, haciendo que cayera sentada sobre su regazo. "¡Tarkan, puedes lastimarte!"
El la observó con profundos ojos plateados. "¿Sabes qué me lastimaría? No abrazar a mi princesa… eso sí me dolería", y la atrajo a su pecho, haciendo que ella liberara, al fin, su alegría de tenerlo vivo, de vuelta en el palacio, y bromeando como siempre solía hacerlo… y comenzó a llorar a viva voz, colocando sus manos sobre el pecho del príncipe, pues no quería abrazarlo por miedo a lastimarlo. "Así está mejor", dijo él con suavidad, trazando círculos sobre la espalda de ella, y Candy sonrió, feliz de tenerlo nuevamente junto a ella, tocándola, y mirándola como si fuera realmente una princesa. El apartaba los rosados labios con una mano cuando la puerta del dormitorio se abrió, y Edwina apareció con una fuente de caldo en la charola. "Traje esto en caso de que el príncipe desp-" Pero casi dejó caer la bandeja al suelo al ver a Tarkan como Dios lo trajo al mundo, mientras él cubría su masculinidad con una de las almohadas. "Disculpe, señor", dijo ella al borde de las lágrimas, cubriéndose el rostro con las manos, "pensé que aún dormía y…" Y se echó a llorar, por lo que Candy corrió a abrazar a su amiga. "¡Vamos, Enise, no llores! Eso le puede pasar a cualquiera…"
"Mis lágrimas no se deben a que el príncipe esté bien dotado", aclaró Edwina, haciendo que Candy y el príncipe se sonrojaran al máximo, "sino porque los interrumpí en un momento privado."
Tanto Candy como el príncipe se aclararon la garganta, hasta que él señaló: "No tienes que sentirte mal, Enise. Después de todo, no sabías que yo había despertado."
Candy alisó el cabello al descuido de la cocinera. "Tarkan tiene razón… no tienes por qué apenarte", dijo, y luego de haber secado sus lágrimas, Edwina volvió a dejarlos solos, y él probó del plato que había preparado la ayudante, aún cuando no tenía apetito. Candy lo observaba, en silencio, mientras terminaba de comer, hasta que él cayó tumbado sobre la almohada, consumido por un nuevo episodio de calentura. "¡Tarkan!" Una vez más, se dispuso a atenderlo, y así estuvo por espacio de dos días consecutivos, dándole las medicinas, aplicándole compresas de agua fría, cubriendo su afiebrado y desnudo cuerpo con el suyo… no se movió de la habitación un solo instante, y aunque deseaba asearlo, pues a medida que pasaban los días sería más difícil remover el maquillaje, él estaba demasiado débil para dejarse limpiar… hasta que una tarde ella despertó, y él ya no estaba a su lado. "¿Tarkan?" Se levantó de la cama, y sin cambiarse el camisón, llamó a Zerrin, pero en su lugar llegó Hüveyda a la habitación. "¿Dónde está Zerrin?", preguntó Candy con cautela.
Hüveyda se aproximó al ropero, extrayendo las piezas que ella misma había ayudado a confeccionar, y acariciando las finas telas con una mano anunció: "El príncipe finalmente se ha puesto en pie, y él y Zerrin están en una audiencia con el Sultán, y no volverán hasta dentro de dos días."
Ella miró a la concubina con desconfianza. "¿Cómo sé que es cierto lo que me dices?"
Hüveyda advirtió la palidez de la princesa… en verdad había vivido un infierno tratando de sanar al príncipe. "Supongo que merezco tu aprehensión, pero no me conviene mentir… al menos no si quiero ascender de posición en el imperio."
"¿Y a qué vienes entonces?"
"Nadire…" Hüveyda cerró el ropero, y asumiendo el control absoluto de sus acciones, se sentó al borde de la cama. "La razón por la que el príncipe pernoctará en Yildiz varios días, es que ya empezaron a llevarse a cabo los preparativos para la ceremonia…"
"¿Cuál ceremonia?"
La morena miró con lástima a la princesa, pero alguien tenía que decirle, pues Zerrin y Enise se habían negado a hacerlo. "El príncipe obligó a la servidumbre a mantener en secreto el asunto de su… circuncisión."
La rubia se encogió de hombros. "¿Qué hay con eso? En los hospitales se lleva a cabo ese procedimiento casi a diario con niños judíos y musulmanes, o con pacientes que necesitan detener o evitar una infección…"
"Pero ninguno de ellos ha sido operado sin estar sedados, o en su adultez, frente a cientos de personas."
El corazón de Candy latió a toda prisa. "¿Qué quieres decir… que a Tarkan lo van a… a…?"
"Si se crió en Londres, como dicen, debió haber sido como cristiano", expuso Hüveyda, "y no creo que esté contento con la idea de alterar su apariencia, y menos si se trata de complacer al Sultán para convertirse al islamismo." Caminó hacia la ventana, pues la verdad que estaba por revelar acabaría para siempre con las esperanzas de ser ella, y no Nadire, quien ganara el favor del príncipe, pero había llegado el momento en que la odalisca mostrara, con uñas y dientes, si realmente estaba enamorada de él. "El príncipe había intentado convencer al Sultán, por todos los medios, de no pasar por ese proceso, pues conllevaría cambiar sus creencias, que tampoco eran muy firmes; y aunque al principio el Sultán se había concedido un tiempo para analizar las palabras de su hijo, su opinión cambió por completo en cuanto te vio."
"¿Yo?" Un fuerte dolor de cabeza comenzaba a molestar a la enfermera. "¿Qué tengo que ver yo con esa ceremonia?"
Hüveyda exhaló una fuerte bocanada de aire. "Según escuché en la cocina, cuando el Sultán te vio en Yildiz, deseó tanto ser él quien te desvirgara en lugar del príncipe, que pasaron varias horas de debate entre ambos, hasta que el Sultán finalmente cedió… bajo una condición", con la boca reseca de anticipación, se sirvió un vaso de agua de la mesita de noche. "Si al cabo de un mes el Sultán examinara a la princesa de la noche, y confirmaba que la chica seguía siendo una doncella, no sólo se la quedaría para él, sino que además, y como parte del trato, el príncipe tendría que realizar el rito de su circuncisión, aquí en Topkapi, dentro de cuatro días, en el pabellón de las circuncisiones que está en el cuarto atrio."
Una campanilla de alarma resonó en la mente de Candy. El cuarto atrio, el pabellón solitario, y las evasivas de Tarkan al hablar sobre religión… Ahora comprendía el por qué de su animosidad cuando se mencionaba el tema del islamismo, o el pabellón del cuarto atrio: Tarkan sabía, desde el principio, lo que sucedería de no cumplir su objetivo de convertirla en su princesa de la noche, y aún así, había puesto una mordaza a las sirvientas para no comentar nada a ella. "¿Y qué dijo el príncipe al respecto?"
"Estuvo de acuerdo."
"¡No puede ser!" Ella se sostuvo de una columna para no perder el balance. "¿Por qué Tarkan haría algo así?"
Los ojos de Hüveyda se llenaron de ira. "¡De veras que eres estúpida! ¿No tienes ni la más remota idea de por qué el príncipe mantuvo todo esto en secreto?" Tomando a Candy por los hombros, la zarandeó con fuerza. "¡Ni te imaginas la manera como el Sultán revisa los cuerpos de sus esclavas! Introduce dedos, boca, manos, en lugares donde jamás hubieras pensado que te tocaría… y está más que claro que el príncipe no desea eso para ti."
"¿Y por qué no me contó sobre la circuncisión?"
"Porque no quiere hacerte suya por obligación", respondió Hüveyda con impaciencia. "No se necesita tener dos dedos de frente para darse cuenta que el príncipe te ama, Nadire, ¡te ama! Es por eso que he tenido celos de ti todo este tiempo, pues desde el momento en que el príncipe puso los ojos sobre ti, supe que la batalla estaba perdida."
"¡Hüveyda!" Candy estalló en llanto, pensando en todo lo que Tarkan estaba dispuesto a sacrificar por ella: su deseo, su religión, el aspecto de su virilidad… Recordó el momento en que lo había bañado, y más recientemente, cuando él abrió sus piernas, mostrando las joyas con las que había nacido; y sintió náuseas de sólo imaginar que aquel cuerpo tan hermoso como una obra de Miguelángel iba a sufrir algunos cambios… por ella, porque no quería forzarla a acostarse con él sin desearlo, y porque no quería someterla al minucioso escrutinio del Sultán. Nadie había sacrificado tanto por ella con anterioridad a excepción de… Terry, cuando estuvo dispuesto a manchar su propio prestigio y perder sus privilegios como joven duque de Granchester al haber abandonado el colegio San Pablo. Cada paso que daba hacia Tarkan, la acercaba más a Terry, como recordatorio de lo que había dejado atrás, y el futuro que tenía por delante… Mirar hacia adelante… había dicho Terry en una ocasión, y ahora que Tarkan le había dado la oportunidad de marcharse de Anatolia, la había dejado perder, aunque al final valió la pena, pues el príncipe al fin estaba a salvo del disparo. 'Mirar hacia adelante', repitió, '¿pero qué dirección debo tomar?' De pronto, reparó en el intento de asesinato a Tarkan, y antes que Candy hiciera la pregunta de rigor a Hüveyda, ésta ya había leído su mente, teniendo la respuesta: "El príncipe también tenía pensado no acusar a Ziyaeddin de haberlo herido, pues cree que éste pudo haberte visto a las afueras del harén, y si saliera a la luz la acusación, Ziyaeddin pudiera hacer mención sobre tu presencia en la ciudad, y el Sultán te arrancaría de los brazos del príncipe, sin mencionar que Tarkan también estaría en aprietos."
Candy no paraba de llorar. En su propósito de protegerla, Tarkan había tomado toda clase de medidas, de las cuales muchas lo afectaban directamente. No se había dado cuenta de que Hüveyda se había marchado sigilosamente de la habitación, pero le estaba agradecida por haber hecho a un lado su orgullo y decirle la verdad… una verdad que nunca hubiera conocido a no ser porque ella viniera, con el corazón en la mano, contarlo todo. ¿Pero por qué Hüveyda estaba interesada en que ella estuviera al tanto de todo? 'Para que tomes una decisión', dijo una voz en su interior, y lloró más fuerte, pues a pesar del sentimiento tan fuerte que tenía hacia Tarkan, había una atadura muy difícil de desprender: Terry Granchester. Terry era el obstáculo que impedía que ella corriera a los brazos de Tarkan y le devolviera con cariño todo lo que él le había brindado incondicionalmente. Continuó llorando en la soledad de su habitación, al igual que los días subsiguientes, ya que no estaba de ánimos ni tan siquiera para ayudar al doctor Dujardin; y estaba durmiendo una siesta vespertina cuando sintió una mano acariciando su llorosa mejilla, y al abrirlos, el príncipe, ataviado con un caftan blanco, y llevando el peculiar fez, la miraba, embelesado, y con su voz carraspeada dijo, sin titubeos: "Acaba de llegar una goleta procedente de Egipto, y si no te importa viajar como polizonte, mañana puedes abordar antes que zarpe de vuelta a ese país."
Candy iba a abrazar a Tarkan, pues su corazón se llenó de regocijo al verlo por primera vez en varios días, completamente recuperado, hasta que escuchó sus contundentes palabras. No movió una sola pestaña, a la espera de que él le dijera que todo se trataba de una broma, y que él sólo la estaba molestando con el fin de hacerla enojar. Entonces él pronunció las palabras que tanto había temido escuchar, y al oírlo, su mundo se derrumbó por completo: "Eres libre de hacer lo que quieras, princesa… desde ahora dejas de ser mi prisionera." Y antes que ella hiciera toda clase de preguntas, él salió del kiosko, y una vez más, ella irrumpió en llanto. ¿Cómo decirle que ya estaba enterada de todo, de lo que él estaba dispuesto a hacer por ella? Ahora no sólo estaba dispuesto a practicarse la circuncisión, sino que además le dejaba el camino libre, a sabiendas de lo que habría de ocurrirle a él. El príncipe había hecho las averiguaciones necesarias para encontrar una vía de escape para ella antes que el Sultán la tuviera entre sus manos, y luego pagaría él mismo las consecuencias de sus actos. "No puedo dejar que arriesgues tanto por mí, Tarkan", dijo en voz alta; y probando apenas unos cuantos bocados de la exquisita cena que Edwina había preparado para ella, tomó una firme resolución…
Esa noche aguardó a que el príncipe se bañara en la alberca, y cuando lo sintió regresar al aposento donde ahora pernoctaba, se levantó de la cama, y salió al patio, caminando rumbo al dormitorio de las concubinas. Era tarde, y sabía que a esa hora Zerrin y Edwina ya estarían preparando las camas para dormir. Se detuvo frente a la sólida puerta de madera, y golpeó la misma varias veces, hasta que una de las concubinas abrió, y cuando Candy entró al edificio, todas sus ocupantes se habían levantado de sus camas, incluyendo Edwina y Zerrin, pero no tenía tiempo que perder, así que dijo en voz alta, causando conmoción entre todas las mujeres: "Voy a hacerlo… seré su princesa de la noche."
A pesar de las barreras del idioma, las concubinas se aferraron, incrédulas, al pie de la escalera, mientras Hüveyda sonreía de oreja a oreja, y Edwina corría al interior del dormitorio, y Zerrin se acercó con lentitud a Nadire y preguntó: "¿Por qué quieres hacerlo, princesa?"
Candy alzó la cabeza; y aunque su mente había dado infinidad de vueltas buscando una razón para haber tomado tan importante decisión, su respuesta fluyó de sus labios, con la misma naturalidad con la que había despertado su corazón. "Porque lo amo", dijo en un susurro, moviendo hasta la última fibra de la voluntad de roca de la intérprete, "Me enamoré de él, Zerrin…", y era cierto. Terry Granchester había sido el muchacho que la había hecho conocer la linda ilusión de la juventud, pero Tarkan era su presente, su ahora, y tal y como él había fanfarroneado al inicio de su convivencia en el harén, en un mes se había adueñado de su mente, de su alma, de su corazón… Terry nunca quedaría borrado de su memoria, pero el príncipe había hecho de su vida en cautiverio un paraíso sin fin. Ya era hora de dejar a Terry en el pasado, y comenzar las páginas de una nueva historia, aunque no sabía el final de la misma. No tenía idea de lo que el destino le tenía deparado, si volvería con los suyos a Pony, o si permanecería en el harén para siempre… de lo que sí estaba segura era de que no volvería a cometer el error de no confiar a la persona que amaba sus sentimientos. Esta vez viviría el presente, miraría hacia adelante, y no pensaría en más nada ni nadie… sólo ellos, pues quería hacer feliz a Tarkan, y ella quería ser feliz con él, por muy poco que durara su felicidad.
Edwina bajó llevando en manos un fino y escotado caftan color hueso que no dejaba nada a la imaginación. "Es un diseño hecho por Hüveyda", dijo, "y es el vestido más bonito que se haya visto en este palacio..."
"Lo hice para ti", confesó Hüveyda, "siempre supe que cederías."
"Y yo siempre supe que terminarías siendo una muy buena modista", comentó Candy, provocando las risas de todas, y acto seguido, las chicas la sentaron junto a un tocador, y aplicaron un discreto, pero femenino maquillaje. "Los labios en coral", ordenó Zerrin, "el rosado es para las niñas."
"¡Estás más nerviosa que todas nosotras, Zerrin!", exclamó Edwina, desencadenando más risas en el grupo. "Pero tienes razón… el coral es el tono que mejor sienta a Nadire esta noche", y procedieron a empolvar su cuello y rostro. "¿Creen que debemos ponerle un collar?"
"Si él la desea como todos pensamos, de seguro lo hará trizas", rió Hüveyda. "Lo que sí hace falta es un buen perfume", y aplicó una esencia de almizcle y frutas cítricas en el escote, muñecas, y detrás de sus oídos, y Candy se contagió con la risa de sus compañeras. A casi un mes de haber llegado a Topkapi, había conseguido hacerse amiga de todas las concubinas, en especial de Hüveyda, y se sintió feliz al ver que todas la ayudaban a arreglarse para la gran noche. "Ajústale más el vestido", ordenó Zerrin a una de las chicas, "aunque a decir verdad, no creo que lo lleve puesto mucho tiempo."
"Pues más vale que el príncipe no lo rompa", advirtió Hüveyda a modo de broma, "¡Me dio mucho trabajo hacer ese vestido!" Y todas volvieron a reír, excepto Candy, quien guardó silencio de repente. "¿Qué sucede, Nadire?", preguntó Zerrin, mientras peinaba la abundante cabellera de la rubia hacia un lado.
Ella tomó las manos de sus nuevas amigas. "¿Qué tal si él me rechaza? El no sabe que voy a buscarlo, y su herida es muy reciente. Tal vez está dormido y necesita descansar-"
"Pues en tus manos estará despertarlo", dijo la sabia mujer. "Siempre quiso que fueras tú quien acudiera a su lado, y eso no tiene por qué cambiar", y dándole un beso en la frente, la levantó de la silla, y todas suspiraron de admiración al ver a la princesa arreglada para su hombre. "No uses la tiara ni los zapatos", indicó Zerrin. "Si estuviera profundamente dormido, los accesorios pudieran restarte tiempo…" Y seguidas por la comitiva de esclavas, ambas caminaron hacia la salida. "Está en la recámara que pertenecía al rey Murat III", colocó un objeto en la palma de su mano, "y aquí tienes la llave para abrir la puerta."
"Estoy muy nerviosa, Zerrin…"
Ella sonrió. "Es lo normal; pero ya verás que todo va a salir bien… para ambos." Y luego de darle un último abrazo, cerró la puerta del dormitorio, y tras la misma, se escuchaban las risillas de Hüveyda y sus compañeras, y Candy caminó rumbo al aposento donde descansaba el príncipe, que no quedaba muy lejos de los Kioskos Gemelos. Al llegar, respiró hondo frente a la puerta. En otra sociedad, ella debía aguardar a estar casada, pero el único hombre con quien había pensado en esa posibilidad ya no estaba disponible para ella, y en el mundo otomano, ser la princesa de la noche de Tarkan era tan valioso como un documento firmado en papel. Por todo un mes habían convivido en el palacio, tomando las comidas juntos, bailando, dando un paseo, ayudando a los demás, y descubriéndose el uno al otro, como un esposo y una esposa gustaban hacer en Occidente. 'Es como si fuera nuestra luna de miel', pensó con una sonrisa, orgullosa de ser la mujer escogida por el príncipe para compartir su cama y su vida. No sabía si estarían juntos el resto de sus vidas, ni cuánto tiempo duraría su dicha, pero en esta ocasión, y a diferencia de lo ocurrido con Terry, no iba a dejar que nada empañara su felicidad. Amaba a Terry, y siempre lo amaría, pero estaba enamorada de Tarkan Reshad, y a partir de ahora sería su princesa, en todos los sentidos. Tomó la llave entre sus dedos, y con manos temblorosas abrió la puerta, pero al entrar, todo era tan oscuro que apenas podía ver sus propios pasos. "¿Tarkan?", lo llamó en voz baja, temiendo que él estuviera dormido y no quisiera ser molestado. No sabía cuán grande era la habitación, ni cómo estaba decorada, pues el dormitorio era tan cerrado que ninguna luz exterior entraba a través de la misma. ''Y pensar que yo me había quejado de los kioskos gemelos", dijo con ironía, mientras caminaba en puntillas, pues no tenía idea de qué estaba pisando; tal vez tocaría en falso un escalón, y rodaría como una pelota por el piso, o quedaría sumergida en una tina de agua… '¿Dónde están las luces aquí?', preguntó en su interior, a medida que seguía avanzando en la oscuridad. De pronto, sus pies chocaron con lo que parecía ser una silla, y antes que pudiera mantener el equilibrio, cayó al suelo con la misma, lanzando un grito de dolor mientras aterrizaba en el suelo, provocando un gran ruido… y fue entonces cuando escuchó unos pasos que se apresuraban hacia ella, unos pasos cuyo sonido había aprendido a reconocer aún en sombras, y sintió la no menos inconfundible mano de Tarkan sobre su hombro mientras preguntaba: "¿Nadire?" Su voz se escuchaba diferente, lo cual era normal, pues muchas personas, al dormir, relajaban sus cuerdas vocales al punto de que se escuchaban diferentes a como solían ser durante el día. "¿Tarkan?"
El la ayudó a levantarse. "¿Qué estás haciendo aquí?" Sus cuerdas vocales seguían adormecidas, y al oírlo, ella no pudo evitar remontarse a sus días en el colegio San Pablo, donde la mayoría de los estudiantes eran londinenses, y Tarkan era de Londres.
Candy trataba de hablar, pero los nervios la traicionaban. "Yo… eh… Zerrin me dio la llave-"
"Shhhh", el colocó un dedo índice sobre los labios, "ven aquí." Tomándola por los hombros, la condujo hacia el fondo de la recámara, hasta que al fin pudo ver un hilo de luz de luna infiltrarse por la ventana. La habitación continuaba en penumbras, y apenas distinguía la silueta de Tarkan en sombras, pero al menos ya no estaría desorientada como antes. "Déjame verte", dijo él, colocándola bajo el baño de luna, y ella permaneció quieta mientras se habituaba a la escasa iluminación del cuarto. Tarkan, cuya piel y facciones no atinaba a ver, aparentaba llevar puestos unos pantalones de dormir, mas no reconoció prenda alguna en su torso. De repente, y aún sin poder encontrar su rostro, sintió los ojos de él sobre su figura, y de inmediato se arrepintió de haberse puesto ese caftan revelador. "¿Te vestiste así… para mí?"
'Estoy haciendo el ridículo', pensó ella, sintiendo un golpe de llanto en sus pupilas. ¿Cómo pudo haber pensado que él quería…? Se dio la vuelta para marcharse, pero él la detuvo por un brazo, y tomando su rostro en la palma de su mano preguntó: "¿Por qué estás aquí, Nadire… no piensas viajar mañana a Egipto?"
Candy escuchó el ruido ensordecedor de sus propios latidos. Había tenido la osadía de irrumpir, sin avisar, en la habitación del príncipe, y ahora que tenía su atención, no sabía cómo abordar el tema. 'Es ahora o nunca, Candy', dijo con firmeza en su interior, 'amores como éste no llegan todos los días…' Y aclarando su garganta para adquirir fortaleza, respondió: "He venido aquí, mi señor, porque… quiero aceptar lo que ha nacido entre nosotros…"
El escuchó, perplejo, la declaración de ella. Desde que la encontrara en aquel mercado, había ansiado este momento, pero por las razones correctas, y no por un puro cumplimiento del deber. Su princesa Nadire, o Candy White Andley, era la mujer que Dios había puesto en su camino, para bien o para mal, juntos o separados… e irrespectivamente de la existencia de otros que pudieran obstaculizar el gran amor que había germinado entre ellos, o de las circunstancias que habían propiciado su inverosímil y milagroso encuentro, éste era el tiempo de ambos, y antes que pudiera realizar su más anhelado sueño, tenía que volver a escuchar de labios de ella, a modo de confirmación, lo que había acabado de confesar. "¿Qué… qué has dicho?", preguntó con voz temblorosa, imposible de controlar.
Ella reunió el valor para ser más específica. "Yo…", se concentró en un punto azulado de la ventana, "yo… quiero ser tu princesa de la noche… quiero ser tu mujer… porque te amo", y no necesitó decir más, pues en un segundo él estaba sobre ella, besándola en los labios, y luego en la boca… y ambos se abrazaron con ahínco, mientras se exploraban con sus bocas, descubriendo lo mucho que se habían echado de menos… "¡Te he extrañado tanto!", exclamó ella, mostrando con mayor libertad sus sentimientos.
"Y yo a ti, mi princesa", ronroneó él, en esa voz ajena a la que había conocido, pero indiscutiblemente europea; y como hiciera varias veces antes de esa noche, la levantó en brazos, y la llevó hasta la cama, su cama, cuyas sábanas mantenían el aroma que la había embriagado hasta dormir en su primera noche en Topkapi. Una vez allí, el príncipe llevó su mano al borde del pantalón, pero ella lo detuvo diciendo: "Déjame a mí", y tal y como había hecho en previas ocasiones, procedió a despojarlo de su ropa, pero esta vez apoyó su cabeza sobre el masculino vientre, y conciente de la sensibilidad de él en esa parte, depositó pequeños besos sobre su estómago, y en cada uno de ellos, los músculos internos de él se comprimían a tal grado que ella tenía que calmarlo con las manos. Su princesa de fuego estaba dispuesta a ser suya, sólo suya, y con sus besos lo estaba haciendo suyo primero… entonces le asaltó una duda, pues por más que la adorase, no quería embarazarla aún… no siendo ambos tan jóvenes, y en vista del futuro incierto que les esperaba a ambos, no convenía traer un niño al mundo, aún si ese niño fuera deseado y concebido con mutuo amor. Temiendo arruinar la magia del momento, alzó con lentitud el rostro de ella. "Nadire, ¿de casualidad tú…?"
Ella sabía a lo que él se refería. "Mientras me arreglaba, Hüveyda me dio a beber un remedio para no tener niños", lo abrazó por la cintura, con mucho cuidado de no estropear el vendaje en la espalda, "sé que no debemos encargar un bebé, aunque ahora que sé cuáles son mis sentimientos por ti, es lo que más deseo… pero hoy no", y volviendo a besarlo en el vientre, comenzó a deslizarle el pantalón, lentamente, hasta llegar a las rodillas. Buscó sus ojos con la mirada, y un azul tan intenso como el mar arropaba las hermosas pupilas de él. "Te amo, Nadire", dijo con suavidad, en ese tono que volvía a evocar un pasado del cual ahora se despedía, unos recuerdos que ahora dejaba atrás, "Te amo, Candy…"
Los ojos de ella se llenaron de lágrimas. No era la primera vez que se enamoraba, pero nunca antes había escuchado una declaración de amor tan simple y sincera. La había llamado por su nombre, y la amaba tal y como era, con su antes y su después… Terminó de quitarle el pantalón, y ahora él acariciaba sus cabellos con una mano, y fue así como ella decidió devolverle, con toda la expresión de su cariño, todo el amor que él le había entregado, pero no sabía cómo él iba a tomar su gesto de aprecio. 'Sólo hazlo', se dijo a sí misma, 'deja que sea tu corazón el que hable'… y bajó la cabeza en la oscuridad, probando el sabor de lo desconocido.
El príncipe tensó su cuerpo al sentir el contacto. Sabía que el Sultán la revisaría de pies a cabeza para asegurarse que había dejado de ser virgen en sus tres variantes, pero no estaba nada preparado para el regalo de amor que ella le estaba ofreciendo. Ella no tenía por qué hacerlo, y aún así, se dedicaba a él con gusto y abandono, sin miedo a que las corrientes de su deseo salieran de su cauce. Se entregó a la dulzura de ella, a la ingenuidad con la que ella lo exploraba y lo conocía con su boca, amándola aún más por eso.
Contrario a los comentarios que Candy había escuchado de algunas compañeras en la escuela de enfermería, amar a un hombre haciendo uso de la boca y los labios no era horrible ni depravado; y cuando por instinto se acercó al príncipe, su corazón había tomado la palabra, indicándole cómo tocarlo y besarlo sin hacerle daño, y lejos de sentir repulsión al respecto, sintió una enorme emoción al escuchar los primeros sonidos de gozo de él, y se llenó de alegría al verlo y sentirlo disfrutar de las atenciones recibidas, y cuando sintió que él cambiaba dentro de ella, el príncipe se apartó, y con delicadeza la acostó entre las almohadas olorosas a él. "No creas que yo no sé", comenzó diciendo, mientras bajaba con naturalidad el caftan debajo de su busto, "el gran sacrificio que acabas de hacer", continuó bajando la prenda de vestir hasta la cintura, "al decidir quedarte aquí, por mí", terminó de desprender el vestido del femenino cuerpo, dejándolo caer al suelo, "y prometo sacarte de aquí en cuanto se me haga posible…"
Candy había quedado desnuda a los ojos de este hombre por quien había aplazado, dos veces, su salida de Anatolia… y en lugar de avergonzarse, o de cubrir su cuerpo con las manos, había esperado con ansia que él la viera así, desprovista de todas sus capas materiales y emocionales. La carencia de vello que tanto le había molestado al principio, al final había resultado ser una bendición, pues sentía entre sus piernas el frío viento nocturno, haciendo su piel más sensible ante los ojos de él. "El único lugar donde quiero estar", dijo en un susurro, "es aquí, contigo…"
"Siempre conmigo…"
"Siempre contigo…" Y se colocó encima de ella, llenándola de besos en el rostro y en el cuello, mientras ella enterraba sus uñas en el cabello de él, que en realidad era voluminoso y de un corte mediano, a juzgar por la sensación. "Me gusta tu cabello", musitó, y él se colocó de costado, mientras con sus manos moldeaba sus contorneados muslos, luego su cintura, hasta que subió a los ya florecidos pechos, y rozó la punta de uno de ellos con la yema de sus dedos, haciéndolo por primera vez sin guantes, y ella arqueó la espalda, emitiendo notas de satisfacción a la vez que él procedía con el otro pétalo, y luego tomó ambos entre las manos, y con sus dedos comenzó a trazar círculos alrededor de ellos, causando en ella una vorágine de nuevas e intensas sensaciones. Ella no podía expresar lo que sentía con palabras; había decidido quedarse en Anatolia sólo por él, y aunque los primeros días él le había desagradado sobremanera, jamás habría imaginado que terminaría enamorándose de él, convirtiéndose en su todo, y mientras estuviera entre sus brazos, todo estaría bien.
El príncipe no dejaba de admirar a la mujer que se retorcía de gozo para él. Por ella, había valido la pena aguantar más de dos meses de agonía e incertidumbre en suelo otomano, y por ella habría de enfrentar las dificultades que aún le aguardaban a su regreso al mundo real. Descendió una mano al interior de sus piernas, extasiado con la blanca piel de porcelana que ella detestaba enseñar, y con una mano abrió la puerta de ese manjar femenino, mientras que con los dedos de la otra acariciaba la perla que ahora quedaba al descubierto, y ella clavó las uñas en las almohadas, incapaz de creer que tanto amor y pasión fueran posibles. Reaccionó con deleite a los tiernos masajes que él le daba, hasta que le sobrevino un temblor en su interior, y antes que explotara de felicidad, él la sentó a lo largo de la cama, y haciendo lo propio detrás de ella, apartó sus piernas lo más que pudo, amarrándolas con las suyas, y llevó sus pequeños y delicados brazos detrás de su cabeza, mientras él echaba el sudoroso cabello de ella hacia atrás… y sus manos comenzaron a enamorarla, colocando las palmas sobre sus entumecidos pechos, mientras ella agitaba su cuerpo, inmóvil bajo el abrazo de él. Entonces él bajó una mano al centro de ella, el cual ardía en llamas, aventurando un dedo en ese canal amoroso nunca antes visitado, y cuando entró a conocerla, ella comenzó a luchar contra la inesperada intromisión. "Tranquila, mi amor", susurró él a su oído, sin dejar de sujetarla, "sólo te estoy preparando… eso es… relájate…", y sus palabras la calmaron, mientras él continuaba la invasión, procurando no lacerar su doncellez, y lo hizo con tanta dulzura que las lágrimas se asomaron a los ojos esmeralda de ella, a medida que un torrente de amor llenaba su interior, impregnándolo a él con húmedo sentimiento. "Eres mía", le dijo él al oído, dejándose llevar por su propia marejada de emociones, "la princesa que amo… es sólo mía", y entonces la soltó, mientras él se acostaba en el centro de la cama, y la colocó encima de él, listo para dar inicio al ritual de mutua entrega con su princesa de la noche. Sujetando firmemente el vientre de ella con una mano, volvió a abrir, con la otra, las compuertas de su femineidad, y fue bajándola poco a poco hacia él, hasta que ambos sintieron la llegada del príncipe a la puerta virginal… y fue entonces cuando él decidió que había llegado el momento de que ella supiera la verdad. Su princesa iba a ser suya en todos los aspectos, y no merecía estar ajena a él, ya que no quería tener más secretos para ella, pues habría de convertirse en su mujer, y ahora le correspondía a él abrirse por completo, desnudar su alma como ella estaba dispuesta a desnudar su cuerpo y su inocencia. Sin avanzar un paso más dentro de ella, encendió la lámpara que estaba en la mesita de noche… y así fue como ella descubrió todo.
Sorprendida por la repentina claridad de la habitación, ella buscó a Tarkan con la mirada, pero en lugar de hallar al camuflajeado príncipe dentro de ella, encontró un chico blanco y delgado, cuyo cabello oscuro, antes largo, ahora llegaba hasta los hombros…y unos penetrantes ojos azul zafiro que no dejaban de mirarla. "¡No!", gritó con espanto, tratando de liberarse del cuerpo aprisionado con el de ella, pero él la mantenía sujeta de las caderas, mientras ella buscaba frenéticamente a Tarkan por toda la habitación. "¡Tarkan!", gritó con desesperación, sin atreverse a mirar el cruel espejismo que la acariciaba con ternura. "Esto es una pesadilla", dijo a la traicionera imagen, "No puedes ser tú… ¡no puedes ser tú!" Buscó, con desesperación, algún indicio de que Tarkan seguía en alguna parte, hasta que vio el frasco sobre la mesa… la pintura corporal, en cuya etiqueta en inglés leía: IDEAL PARA OBRAS DE TEATRO, y todo comenzó a girar alrededor de ella… las supuestas quemaduras, que en verdad nunca existieron, el cabello aceitado para ocultar su verdadera longitud, la voz fingida y arrastrada… y la variación en el color de sus ojos, como resultado del efecto de las luces y de la claridad del día sobre el maquillaje hecho expresamente para resistir la fuerte iluminación de un escenario. "No puedes ser tú", repitió, inundada en llanto, "no puedes ser tú…" Pero las manos que seguían aferradas a sus caderas le producían la misma sensación que las del príncipe, y la carne que estaba a punto de derribar su muro de pureza también era la misma que ella había tocado y besado con intenso amor. Lo miró a los ojos, y a falta de la capa de pintura que lo disfrazaba de alguien más, el zafiro se mantenía intocable en sus pupilas, y lo que él hizo a continuación terminó de sacarla de toda duda razonable: tomando una mano de ella entre las suyas, la llevó a la parte posterior de su espalda, y allí lo encontró, el vendaje que ella misma le había colocado… y se dio a la tarea de tocarlo con las manos, asegurándose que era el mismo cuerpo que había disfrutado hacía unos segundos. Ahora todo tenía sentido: no era posible que ella amara a dos hombres al mismo tiempo, y cuando creyó haber encontrado un nuevo amor, en realidad se había vuelto a enamorar… de él. "Siempre lo supiste, Tarzán pecosa", dijo él, ahora con su verdadero acento, "siempre supiste que era yo, princesa… lo supiste todo el tiempo…", y tenía razón. Una parte de ella se había rebelado contra Tarkan, porque le recordaba a él en muchas cosas… aunque ahora había madurado y era un poco más serio. "Te amo, Nadire, Candy… mi princesa pecosa…" Aún estaba dentro de ella, y no comprendía qué hacía en Estambul, ni cómo había llegado allí… tenían mucho de qué hablar, pues estaba furiosa con él por muchas cosas, en especial por haberle ocultado la verdad, pero por otro lado… recordó claramente el instante en que había estado a punto de ser ofrecida a los comerciantes en el mercado, y cuando creyó que había llegado al fin, su único deseo había sido cambiar el curso de las cosas, decirle cuánto lo amaba… "Te amo, Terry…", dijo suavemente, llorando de alivio y de felicidad, al tiempo que se estremecía con un pálpito de él dentro de ella, "nunca dejé de amarte"… y en un inesperado movimiento, sus caderas sufrieron una sacudida al sentir que él se movía dentro de ella. "Te amo, princesa", dijo él, volviendo a retomar el acento que lo había vuelto loco los pasados dos meses, confirmando que, en efecto, Terry Granchester y el príncipe Tarkan eran la misma persona. Aún quedaban muchas cosas por aclarar, pero tenían el resto de la noche para sincerarse el uno con el otro; y sin resistir más su deseo de hacerla suya, embistió con todas sus fuerzas, y ella lanzó un alarido de dolor, pero él no podía detenerse… no ahora, que la había lastimado, y necesitaba ayudarla a mitigar su dolor, dejando que su pasión y amor guardados por tanto tiempo subieran como la marea… con infinita paciencia, siguió moviéndose en círculos dentro de ella, mientras acariciaba con suavidad la piel tersa de su vientre. Este era su Tarkan, su actor, su príncipe, su Terry… y llenándose de una paz y un gozo inexplicable, sus caderas respondieron al llamado de él, y perdiendo el control de sus impulsos, se meció contra él, dejándose llenar de su carne y de su piel, hasta que lo sintió temblar dentro de su ser, y algo dentro de ella se encendió en una fuerte llamarada, que sólo podía ser extinguida con amor, simple y puro amor; y ambos explotaron en una fiesta de alegría y éxtasis, uniendo sus bálsamos de amor en un mismo elixir… y una vez la marea había bajado, colapsaron uno en brazos del otro.
