❤ ❤ ❤ ❤ ❤Inesperada Partida
Jade Conner fue el nombre que arrojaron los resultados de ADN a 20 días de que el cuerpo putrefacto fuese encontrado en los montes Apalaches en aquella gran extensión boscosa. Su hallazgo fue una mera suerte, una casi imposibilidad, un milagro de la casualidad, obra del destino o inclusive de una deidad divina.
Fue encontrado por unos campista acaudalados amantes de la naturaleza y las expediciones familiares. Contrataron a un experto citadino para que los adentrara en las profundidades de los montes. Querían maravillarse con la majestuosidad de la naturaleza, la pureza y el sosiego que emana cualquier entorno natural. Cual fue su sorpresa al buscar una planicie en la que pudiesen montar tiendas, fogatas, parrillas y demás trastes modernos propios de la sociedad comodista, que se toparon con una escabrosa escena que traumatizó a sus hijos y causó más de un estentóreo grito.
Allí tendido se encontraba un carcomido cadáver. Estaba en los huesos, lo que lo mantenía unido eran los harapos que alguna vez fueron ropa de alpinismo. Le faltaba una pierna, de ella solo restaba su bota que estaba a un par de metros, esta había sido arrancada por un animal salvaje, el resto de carne fue carcomida por animales carroñeros e insectos.
Mientras los infortunados cubrían los ojos de sus hijos, calmaban al prójimo, desviaban la vista, o se acercaban a picotear con una vara al occiso, el guía y su par de ayudantes se comunicaban a la central de guardabosques donde informaban el descubrimiento.
—Llama a la policía— decía el guía con una anormal tranquilidad obtenida por los diez años de trabajo y toda una vida radicando en aquellos bosques que le acercaron a accidentes mortales, extravíos fatídicos, apariciones funestas y enfermos homicidas que creían aquel santuario un basurero en el que podían desechar el resultado de sus enfermas pulsiones— Hemos encontrado un cadáver— esperó unos segundos mientras escuchaba atento los cuestionamientos— No losé, ya no queda nada, la madre naturaleza ya hizo su trabajo. Lleguen pronto, que estos turistas ya lo quieren adquirir como recuerdo— espetó discretamente mientras dirigía una mirada hosca a la comitiva que resguardaba.
—Esos ricachones que creen que su dinero lo puede todo— agregó osco el interlocutor y finalizó la comunicación.
Por igual capricho del destino Artur y Kentin fueron los designados de atender aquel día en un pueblo aledaño un fallido allanamiento en el que los ladrones estaban robando una casa. Contaban con que aquel día la morada estuviera vacía, pues la familia Stevens estaría de vacaciones. Lo que ignoraban es que dejarían a su trabajadora del hogar a cargo en aquella semana de fuga rutinaria.
Cuando se desocuparon y atendieron el llamado, se encontraron con unos sinuosos senderos naturales que requerían una buena condición física para poder ser recorridos con plenitud. Entre matorrales espinosos, hiedra venenosa, suelo inconsistente y un pequeño precipicio del que Kentin junto con policías, guardabosques, un par de criminólogos y un forense tuvieron que descender a estilo rapel para acortar camino, mientras que, un grupo precedido por Artur que rehuía a las alturas por fobia o simple miedo, optaron por rodear con lo más pesado del equipo.
Así fue la primera vez que Jade Conner, Kentin Allen y Artur Delacroix se encontraron. Ciertamente fue una reunión incipiente, sin el maratónico camino habría pasado desaperciba y se hubiese convertido en uno de tantos casos más que resolver, sin embargo algo pareció decidir lo contrario, convirtió el cadáver de Jade Conner en el inicio de una peripecia que fue detonada por los resultados que la base de datos del sistema de la policía arrojó.
Entre expedientes, un eficiente sistema, una necropsia y la burocrática espera de recibir un acta de defunción y demás papeles, los detectives subieron a un automóvil que era manejado por el hombre mayor y se encaminaron a la casa de la viuda.
Manejaron hasta un condado cercano a los Montes Apalaches, allí se dirigieron a una de las áreas más alejadas en las que las casas se encontraban muy alejadas de entre sí mismas y el bosque comenzaba a ganar terreno.
Llegaron casi hasta al final, hasta una de las penúltima y más coloridas moradas que hubiesen podido ver. Aquella construcción era singular y bella a la vez; era hogareña y moderna, lujosa y sencilla, sobria y colorida. Las contradicciones que en ella se encontraban eran increíblemente armónicas, tal vez por el talento del diseñador o por la exótica flora que la rodeaba y que daba un toque particular al lugar.
Detuvieron el auto anonadados por los sauces, pinos y demás árboles que no pudieron nombrar. También había bonitas y exóticas flores adornando el jardín delantero y la acera, una enredadera que grácilmente se enmarañaba en los pilares de la entrada de la casa.
—Es un poco extraño— manifestó Artur
—Tanto como lo era el dueño— concordó Kentin, aludiendo a las fotos de la víctima que su esposa proporcionó a la policía para que se anexaran al expediente y se elaboraran folletos de "Se busca". La viuda tuvo que proporcionar dos fotos recientes debido a los excéntricos cambios de look de su marido, al menos eso le platicó Page (una policía) a Artur, quien recordaba perfectamente el suceso debido a la extravagancia del desaparecido.
—Créeme, si su cadáver hubiese aparecido en la primer semana lo abríamos referido de inmediato. Con esa mata era inconfundible— le dijo al detective mientras le mostraba una de las fotos en las que un hombre de unos 24 años decoraba su look con cabello verde agua que era encendido por sus llamativos ojos que eran de un similar verdor — Mira, no era feo al natural— comentó mientras señalaba la segunda foto que dejaba ver al mismo individuo con su cabellera rubia — Recuerdo que su mujer lloraba mucho y aseguraba que no había huido con otra, bueno, pues parece que acertó— concluyó con indolencia.
Artur no le reprochó, la comprendía, en aquel tiempo su esposo le engañó con otro, fue el chisme del año y el divorcio más escandaloso que presenció en sus largos años de servicio.
Llegaron a la puerta y jalaron la aldaba, dieron un par de golpes hasta que una voz susurrante les pidió que cesaran.
—Buenas tardes, Policía — se presentó Artur con placa en mano en nombre de los dos cuando una elegante mujer asiática vestida con un traje sastre de alta costura rosa entreabrió la puerta como medida de seguridad y por causa de una delgada cadena que fungía como seguro.
El rostro de la mujer a medio asomar no se inmutó ante el cargo de los visitantes. Tenía un corte asimétrico que cubría tenuemente sus finos rasgos que además eran resaltados con un delicado maquillaje.
— ¿En qué les puedo ayudar? — preguntó en un susurro indiferente.
Kentin imaginó que aquella mujer muy probablemente era nacionalizada: "Nació aquí o llegó desde muy pequeña" dilucidó al escuchar una fluidez nata que no era teñida por algún acento extranjero.
—Somos los Detectives Allen…— Kentin asintió y estiró aún más su brazo para que la interlocutora contemplase mejor su distintivo. El modo fue tan exagerado que pareció que restregaría su identificación en su rostro, inclusive ella retrocedió unos centímetros a la vez que le lanzaba una mirada ofendida— ...y Delacroix — carraspeó al final y se golpeó el pecho para ahogar una fingida toz que ocultaban una indirecta hacia Kentin quien espabilado captó y procedió a bajar su brazo con la misma rudeza con la que lo subió — ¿Es usted la señora Li Conner? —
—Sí, soy yo ¿Necesita algo? Sucede que estoy muy ocupada— murmuró a la par que acunaba los brazos y redirigía su mirada a un bulto turquesa engalanado con graciosas ovejas que en ellos reposaba.
Unos ojos verdes la escudriñaron discretamente. Causó sorpresa el radical cambió maternal del rostro de Li cuando este se posó en el bebé que cargaba. Fue un gran choque que se igualaba al de la decoración interior que Kentin alcanzó a percibir al escrutar sobre el hombro rosado. Su casa era una mezcla entre modernidad y naturaleza, no pudo más que describirlo como un majestuoso santuario moderno.
—¿Es su hijo? — La mujer asintió con una mirada impaciente que exigía una transcendental, inaplazable y vital razón que excusara la pérdida de su valioso tiempo o, por consiguiente que se largaran en ese preciso instante— Es sobre su esposo Jade Conner— explicó Kentin con suavidad y semblante afable que contrarresto el humor con el que arribó y se presentó—¿Será posible que pasemos?, comprendemos el imprevisto que implica nuestra visita, pero es importante…— Li permaneció meditabunda— Será rápido, se lo aseguro—
—De acuerdo— suspiró Li— Permítanme un momento— se disculpó y cerró la puerta. Se escuchó como botaba dificultosamente la cadena que impedía el libre acceso anteriormente— Esperen…— advirtió— ¿Pueden empujar? — pidió ya con un metro de distancia que daba entrada libre a la pareja— Cierre y ponga seguro— se dirigió a Kentin quien fue el último en ingresar— Síganme— ordenó.
Li los guió a la sala de estar y los invitó a sentarse, por su parte colocaba al bebé en un moisés mientras le cantaba con meliflua voz una canción que ninguno de los presentes pudo distinguir debido al idioma en el que entonaba.
Aquella melodía acentuaba el ambiente hipnótico y analgésico del lugar. Tal vez fuera por sus grandes ventanales que permitían el libre paso de la luz natural, las inmaculadas paredes, el piso de caoba, los pintorescos sillones y su mesa central de cristal, el verdor de las plantas, o todo en conjunto, pero la confortabilidad que allí se sentía era impresionante.
—¿Chino? — se aventuró Artur cuando la mujer terminó su arrullo y el pequeño se encontró protegido en la cuna.
—Sí— confirmó Li — Imagino que adivinó— Artur asintió avergonzado— Todos lo hacen, la mayoría de las personas no distinguen entre Chino, Mandarín, Japonés o Coreano— confesó sin molestia, estaba acostumbrada a esa clase de preguntas y confusiones, toda su vida se basaba en explicaciones y aclaraciones con respecto a su origen.
— ¿No pensará mudarse? — inquirió repentinamente cuando Kentin con un suave toque de zapato a zapato y un movimiento sutil de cabeza le señaló unas cajas ocultas tras uno de los sofás.
— Sí, recién tomé la decisión— confesó Li.
— ¿A doné irá? — indagó Delacroix.
— A Toronto — Lanzó la respuesta como si le obligasen a decirla.
— ¿Se irá del país? ¿Porqué dejar un lugar tan pacifico? Urbe-pueblo es algo radical — prosiguió interrogando el detective mientras guardaba la información en su medio calva cabeza.
— Mis padres viven allá y he conseguido un buen trabajo— aclaró.
— Aquí también lo tiene Señorita Li— interrumpió Kentin quien hasta el momento solo escudriñaba e hipotetizaba— Su nombre es conocido en el rubro de la decoración de interiores, tengo entendido que ha trabajado para grandes celebridades y magnates—
— En efecto, y no veo porque deba de interesarle— manifestó con impaciencia Li.
—¿Cuánto tiempo lleva radicando aquí señorita Li? — le increpó tan repentinamente Kentin que ella se irguió tensa y dejó de achuchar el moisés para responderle con hosquedad, aunque sin olvidar moderar el volumen de su voz.
—Nací aquí, desde siempre he tenido nacionalidad. Así que sí busca chantajearme con deportarme pierde su tiempo— alegó molesta.
Aquella respuesta coincidió con las especulaciones que Kentin creó en torno a Li Conner. Efectivamente su inglés era innato, además sus costumbres no coincidían con la cultura oriental; no les pidió retirarse los zapatos y ella misma usaba zapatillas dentro del hogar y en un fino piso de caoba. Ello significaba que el matrimonio que mantuvo con Jade Conner no tuvo un fin burocrático, lo que dejaba dos opciones: interés monetario o sentimientos genuinos.
Satisfecho por sus deducciones, al joven no le interesó aclarar el porque del cuestionamiento que incordió a la mujer. No hizo amago por disculparse ni cuando Artur le dirigió una fulminante mirada. Por su parte Li tampoco permitió el espacio pues un bip-bip acompañado de un molesto vibrar intensificado por el material de la mesa cristalina ganó su atención.
— Tienen solo 5 minutos— Advirtió una vez que leyó el contenido— así que pregunten lo que necesiten y lárguense— dictaminó mientras respondía con un texto.
"Mi hijo enfermó, tuve que esperar a que mi esposo llegara. Me disculpo por la demora, llego en 10 minutos " le escribió la demorada niñera que se encargaría de cuidar a su bebé mientras asistía a una última junta laboral. "De acuerdo" le respondió lacónica. Miró la hora que amenazaba con causar demora en la importante cita del que planeaba sería su último y distinguido cliente. Regresó con evidente enfado el teléfono en el mismo sitió del que le cogió. Le frustraba la impuntualidad, con la madurez comprendió la importancia de esta, tanto de forma personal como para el resto de humanos. No quería que su reputación se menguara siquiera un atisbo, pero en aquel punto tampoco podía desprenderse así como así de su mayor tesoro, su hijo Jade Wang a quien concibió casi cuando su padre desapareció y quien con sus tres cortos meses de vida se convirtió en uno de los sucesos que más le fortaleció y le hizo crecer personalmente.
Despegarse de él le costaba, pero era necesario, debía de tomar la batuta por primera vez en su vida, al fin y al cobo no sería ni la última ni la primer madre soltera en el mundo. Contaba con el apoyo a distancia de sus padres, con la ayuda del matrimonio Smith, quienes se encargaban del aseo y mantenimiento de su hogar y en ocasiones de vigilar a su hijo. Les contrató por insistencia de Jade quien no pudo resistirse a la petición de aquella senil pareja pueblerina que buscaban afanosos trabajo. Ella se negó en primer momento, no le apetecía tener a un par de desconocidos rondando por su casa. Después de una acalorada discusión ella cedió, con la advertencia de un divorcio ante el primer robo, mal entendido o desaire de los Smith.
Con el tiempo les tomó aprecio, aquello nunca se lo confesó a su marido, prefería fingir indiferencia que lacerar su orgullo.
Cuando Jade desapareció estuvo a punto de correrlos, de quemar las plantas y borrar cualquier existencia de este, sin embargo el apoyo que ellos le mostraron le hicieron retractarse. Al final de cuentas Jade le volvió mejor persona, y ellos eran muestra tangible de su evolución.
De buena gana los Smith se habrían encarado de Wang aquel día, pero un accidente aquejó al señor Marthín Smith. Aquella mañana se disponía a cambiar un par de tejas de la casa, pero un descuido le hizo caer de la escalera. El suceso terminó con un hombro dislocado y el llamado a emergencias que trasladó al matrimonio a un hospital privado costeado por Li.
Ante tal catástrofe Li se vio obligada a llamar de improviso a una locataria de confianza que fungía habitualmente como niñera, sin embargo está le advirtió de un posible retraso debido a asuntos familiares, que ahora que ya conocía a la perfección no se atrevía a refutar, pues de a ver sido al revés ella ni siquiera habría accedido a cuidar un niño ajeno que no fuese el suyo…
— Li, necesito que tome asiento— pidió Artur mientras colocaba un una carpeta beige en la mesa cristalina e interrumpía sus pensares— Necesito mostrarle algo…—
Li obedeció hasta que el teléfono estuvo lejos de sus manos, se reclinó con elegancia y cruzo la pierna mientras centraba su atención en los hombres.
— Bien— arqueó una ceja y apretó sus manos con tal fuerza que su piel comenzó a perder pigmentación— Les escucho— susurró tras tragar saliva.
Li no pudo contener los nervios, sus ojos se desorbitaron y dejaron de parpadear, dejó de respirar y los labios perdieron la hidratación que su frente comenzó a supurar mediante pequeñas gotitas de sudor que no lograban ser lo suficientemente grandes como para rodar. Estaba a punto de llorar sin ser consciente de ello, no fue sí no hasta que Kentin le otorgó un pañuelo y escuchó un amable ofrecimiento " Si me dice dónde está la cocina puedo traerle un vaso de agua" que reaccionó.
El mutismo le impidió pronunciar palabra alguna, por lo que limitada verbalmente movió su cabeza de izquierda a derecha y recibió el pañuelo con temblor en las manos.
Kentin volvió a su sitio con el rostro más rígido que antes. Delacroix reconoció aquel gesto y actitud petulante que su pupilo mostró durante aquel caso. Se defendía, el joven se resguardaba, así era Kentin, tenía que mostrar su facha de burdo acero cuando algo le descolocaba aunque fuese ínfimamente, no obstante era capaz de mostrar vulnerabilidad, afabilidad, benevolencia en el momento justo, necesario.
— Encontramos a su esposo— Dijo Artur con suavidad.
—¿Qué? …¿Qué?...¿Qué? — preguntó Li incrédula dejando largos intervalos entre los ¿Qué?, que fueron concluidos por el asentimiento y la mirada de Kentin — ¡Ho! ¡Por Dios! ¡No me digan qué!... — las lágrimas rodaron por sus ojos desmesuradamente abiertos que se clavaron en la transparente mirada de Kentin.
Ya no fueron necesarias las palabras, las miradas de los detectives rebelaron la fatídica noticia. Li se lanzó a llorar con estruendo, sacó el dolor que guardó desde que Jade no cruzó la puerta otra vez. Se recriminó por haberle deseado la muerte a mitad de año cuando pensamientos de una fuga romántica extramatrimonial se cruzaron por su mente. No obstante, en aquel momento anheló, pidió, imploró que estuviese con otra, en un motel, en brazos ajenos, en el corazón de alguien más, pero vivo, sano, salvo.
El llanto frenético de Li despertó a su bebé que comenzó a berrear a todo pulmón, imploraba los mimos de su madre, deseaba su regazo calmo que era un fuerte anti tensión. Renegaba con desespero la ansiedad que en la habitación se sentía, renegaba de la desesperación que también le apuñalaba su pequeño y recién palpitante corazón como si fuesen sentires propios.
La madre no podía moverse, no podía dejar de llorar. Se llevó las manos a los odios en un intento exasperado de aislarse de su realidad. Artur se levantó y cogió al pequeño con suma delicadeza y con el cuidado necesario que le fue enseñado por sus dos hermanas cuando estas tuvieron hijos, se lo llevó a otra estancia y lo acarició como si fuese el hijo que nunca pudo tener. Kentin permaneció allí hincado, otorgando pañuelos y contemplando a la desdichada.
— ¿Dónde lo encontraron? — fue lo primero que preguntó cuándo por fin pudo decir algo.
— Apareció en la zona norte de los bosques Apalaches—
— ¿Qué?... ¿Tan cerca?... — parloteó Li mientras recibía un conciso "Si" de Allen— ¿Qué le pasó? ¿Cómo?... — se fugaron sus palabras.
— Se calló de un precipicio y se fracturó el cráneo. Murió al instante, no sufrió—
"No sufrió" retumbó en su mente como un tónico consolador para la recién enterada viuda que permaneció ida por bastantes minutos con la mirada clavada en un librero donde varias masetas con begonias de distintos colores decoraban.
— A él le encantaban— señaló las flores de la planta— Decía que las begonias eran sus favoritas…— explicó sonriente hasta que la sucesión de información recibida turbó su expresión— No…no…no…— negó compulsiva y se abalanzó hacia Allen que con reflejos avilés atrapó sus manos y le detuvo— No, el no, él sabía…no, es imposible…— balbució sin sentido hasta que su voz se transformó en un gritos histéricos— ¡Lo mataron! ¡Lo mataron! — jaló el cuello de su camisa con violencia— ¡Escúchame! ¡Lo asesinaron! …— se dejó caer abatida.
Mientras el joven contemplaba a Li, unas llaves y unas inteligibles palabras se escucharon tras la puerta. Artur se asomó de entre la cocina y Kentin giró la cabeza expectante.
—Vaya retraso— se escuchó en forma de reprimenda una voz femenina.
—Mi hijo estaba enfermo— respondía otra mujer…
Geovanna Bennet arribó a la casa de su jefa Li. Descendió de su Audi negro con elegancia, alisó su falda gris y caminó contoneando las cadera al son del gracioso tap -tap de sus plataformas negras. Se echó a la espalda su largo cabello excesivamente rizado tan característico.
Jugueteó con el juego de llaves que Li otorgó debido a los años de confianza y trabajo eficiente que le brindó los lujos que ahora disfrutaba. Se plantó en la puerta y esperó altiva la llegada de una mujer pelirroja que casi alcanzaba los cuarenta años y que ha paso acelerado se dirigía a su encuentro.
—Tenía que haber llegado hace casi una hora— sermoneó con rigidez. Geovanna no era una mujer que se condujera con rodeos, sus casi 30 años le enseñaron que la única manera de sobrevivir en una nación racista eran la firmeza y sensatez. Era una afroamericana de clase media que tuvo el infortunio de vivir en la infancia agresiones debido a su origen étnico. Aquello le marcó de tal manera que su temple se endureció y su carácter se trastocó hasta el punto de convertirse en lo que más odiaba sin que pudiera darse cuenta.
—Lo sé, ya me disculpe con Li— se excusó Elvira, la mujer que desde su adolescencia se dio a conocer como la niñera "ideal", o por lo menos la mejor opción en aquel poblado alejado de la mano de Dios y olvidado por la urbanización.
—Es su niñera no su amiga— reprimió Geovanna— Remítase a realizar bien su trabajo — profirió petulante mientras introducía las llaves en la cerradura.
—Vaya retraso— repitió con voz elevada para que Li escuchase.
—Mi hijo estaba enfermo— explicó nuevamente incordiada Elvira— Pero que sabrás tú de ser madre— espetó mientras contemplaba con ira a la casi treintañera y bien torneada mujer que creía que su belleza y útero le durarían por siempre.
—Llamar a una agencia es más seguro y efectivo— replicó con serenidad Geovanna mientras se dirigía a la sala— ¿Pero qué hace usted aquí? — increpó agresivamente al encontrarse a Arthur como una barrera humana.
Alarmada de sobremanera por la presencia del intruso que además cargaba descaradamente al bebé de su jefa, retrocedió hasta posarse al lado de Elvira que de igual manera comenzaba a crear historia delictivas en su cabeza.
—Soy oficial de policía— se Adelantó Delacroix al ver la palidez en el rostro de amabas.
—¡Li!— clamó Geovanna sin permitir enseñar placa o dar explicación alguna. Empujó a Elvira y corrió a la estancia en donde encontró a su Jefa en un mar de lágrimas frente a un hombre joven que dedujo también era agente. —¿Qué ha pasado? — pidió respuesta
— Cancela mi cita Geovanna— dijo Li a la desconcertada secretaría que se quedó clavada con la mirada desorbitada y la tez pálida en el umbral de la sala— Cancela mi cita que Jade apareció—
No necesitó más explicación, el rostro de Li decía todo. Se llevó las manos a la boca y ahogó un "No puede ser", por su parte Elvira se colocó a su lado y le sobó la espalada en una señal de apoyo incondicional.
—Supongo que no podré mudarme? ¿Verdad? — atinó a cuestionar a Kentin como una forma de quebrar el silencio sepulcral.
El detective le respondió con un sucinto "No" que no percibió pues su mirada y pensar se hallaban pérdidas en la nada de su pared.
Aquella tardé Geovanna no llegó a casa, se dispuso a cuidar al hijo de Li y a suplir a la señora Madeline Smith a la par que la mantenía informada de la fatídica noticia.
Geovanna se convirtió en la guía de la catártica Li, quien en un trance debido al shock perdió la capacidad de conducirse sola y realizar cualquier insignificante actividad. También llamó a los progenitores de su jefa para informarles de lo ocurrido y de lo imprescindible de su presencia. Pasó por alto la jerarquía de su jefa. Con tal atrevimiento, sabía que se llevaría una reprimenda, pero era necesario para su salud emocional. Le gustase o no, Li no tenía capacidad de decisión ni de segregación.
La investigación se puso en marcha. Los padres de Jade radicados en Texas fueron informados por la no tan apreciada Li mediante una llamada telefónica.
Le afligía no poder avisarles de una manera más personal, pues aunque jamás congeniaron, ellos siempre se mostraron ecuánimes en torno a su matrimonio. Incluso le ofrecieron ayuda cuando se enteraron de su embarazo.
Roger y Lilia Conner viajaron junto con su hijo menor Steve a California de inmediato, avisaron a la escuela de su hijo y a sus respectivos trabajos. Tomaron el primer vuelo que pudieron. Solo dejaron a Kenia su hija mayor atrás, ella prometió alcanzarlos después, tenía que dejar preparado su hogar y encontrar una niñera fiable de tiempo completo que cuidase debidamente a sus hijos mientras su esposo laboraba.
Los Conner se sentían incrédulos, vacíos, nerviosos, angustiados. Querían escuchar que las muestras de ADN eran erradas, que un mal protocolo ocasionó una confusión. Tenían la esperanza de que Jade les llamase y les confesase una huida o algo por el estilo.
Desde su desaparición siempre vivieron con una zozobra latente y permanente, con una angustia que les corroía lentamente. Algunas veces se imaginaban lo peor, otras veces se contentaban creyendo que Jade se había marchado en busca de la chica con la que vivió una tórrida infidelidad que casi acabó con su matrimonio. Nunca le conocieron, solo escucharon de ella cuando Jade apareció en su casa con una maleta y porte muy diferente a la extravagancia con la que siempre se condujo. Se cortó el cabello y dejó que su rubio natural reemplazara al tinte verde, también ensombreció su guardarropa y se convirtió en el prototipo de oficinista Estadounidense.
Se quedó poco más de dos meses en casa de sus padres, encerrado en la que una vez fue su habitación, arrepentido por fallar a la mujer que amaba y desesperado por no obtener su perdón. Aquel estado lamentable que tenía aprensado a Jade conmovió a su madre, quien haciendo a un lado sus sentires viajó hasta California para ver a Li y convencerle de otorgarle una segunda oportunidad a su hijo.
Pese a la reticencia de Li, esta al final aceptó y entre terapia de pareja y medio año de distanciamiento permitió que jade volviese a casa. Tres meses después esta se embarazó creyendo que aquello volvería a ser una familia feliz.
Era una jugada muy sucia la que les propinó el destino, pues cuando las familias comenzaban a armonizarse, este les arremetió soberado golpe con la inexplicable desaparición de Jade.
Tal vez era egoísta, pero para los Conner que Jade se hubiese fugado era un ferviente anhelo que se destrozó cuando la comparación de su ADN para con el del cadáver resultó positiva. No cabía duda, Jade estaba muerto.
–Mi hijo merece una digna sepultura– lloriqueaba la madre junto a su familia que ocultaba su dolor para que esta no se terminase de romper.
–Es imposible– explicaba Li mientras le ofrecía un poco de Té– No devolverán el cadáver hasta que acabe la investigación–
–Mi hijo no era tan idiota, algo le hicieron– carraspeaba el padre con la mirada encolerizada.
–Lo sé– sentenció Li ganándose la mirada de los presentes, incluida la de sus padres que al otro extremo de la sala se encargaban del cuidado de su nieto –No descansaré hasta saber que sucedió realmente–
La tención incrementó desmesuradamente y la mujer comenzó a colapsar mentalmente. Geovanna dudaba entre llamar una ambulancia o correr a buscar un tranquilizante, su esposo aterrado temía que un infarto le arrebatara también a su esposa, sus hijos se encargaron de brindarle aire con abanicos improvisados y los señores Smith se ofrecieron a ir en busca de un vecino que ejercía la carrera de medicina.
–No hace falta– se adelantó Mei la madre de Li a la acción del señor Smith– Yo me encargo, usted vaya a ayudar a su esposa a la cocina– le ordenó con amabilidad a la empleada.
Levantó a su nieto con cariño maternal y le tendió el vacío biberón a su esposo, con suave andar se dirigió hasta la casi colapsada mujer y se hincó con imperceptible dificultad ante ella.
–Sujételo– ofreció a su adormilado nieto cuando estuvo a una altura adecuada– él la necesita– le ayudó a colocarlo entre sus brazos para alivio de Li que temió que la endeble mujer le dejase caer– Usted será la encargada de transmitirle las memorias de su Linaje, quien mejor que una madre para honrar la memoria de hijo– le susurró parsimoniosa y con una expresión tan serena que está logró dominar sus nervios.
Era lamentable que Jade no presenciara tal unión en vida, al menos su muerte sembró algunas dichas, por lo menos su partida dejaría el inicio de una reconciliación y una nueva vida…
Una semana después Li quedó en soledad cuando la familia de Jade regresó a california y sus padres por petición de ella retornaron a California.
–Necesito estar sola, vivir mi duelo– explicó.
Bastante reacios Mei y Wang abandonaron a su hija con la premisa de que les llamase diario y les permitiese regresar dentro de un mes para ayudarle. Se quedaban intranquilos, sobre todo porque Li insistió en descansar a su amiga la secretaria y al matrimonio Smith.
–Necesito estar sola con mi hijo– repitió incordiada ante la preocupación de sus padres– será por poco tiempo, Charlotte me ofreció vacaciones en San Francisco o vivir con ella cuando se mude a Washington, y estoy pensando quedarme un par de meses en lo que me fortalezco– confesó para aminorar el desasosiego de sus progenitores quien al escuchar aquel conocido nombre redujeron su incertidumbre.
–¿Por qué no te vas de una vez? – increpó con agobio su madre quien consideraba que su delicada hija no debía hallarse en total soledad.
–Imparte unos talleres de manejo del estrés en una transnacional de San Francisco. Regresa en una semana– Explicó.
Charlotte sería la única excepción, ella era la única a la que necesitaba cerca en tan difícil situación. Ella era su mejor y más fiel amiga, le conocía desde la infancia y pese a las visitudes de la vida siempre se mantuvo al pie del cañón junto a ella. Eran muy afines, conocían todas sus caras, todas sus facetas, sus peores y mejores decisiones. Siempre tenía el consejo exacto, la palabra ideal. Necesitaba un apoyo sincero y sensato como el de ella.
Decidió aceptar a medias una de las tantas propuestas que Charlotte le ofreció. Esta consistía en invitarle a San Francisco (con viaje redondo y gastos incluidos pagados), en donde radicaba provisionalmente mientras impartía unos talleres de motivación laboral, control y manejo emocional y cómo lidiar con el estrés en la época actual. Aceptaría su convivencia, más no viajaría hasta dicha ciudad. Le era más asequible invitarla a su casa, donde encontraría confort, naturaleza, tranquilidad y remembranza de los viejos tiempos. Aquellos buenos tiempos en los que ellas pasaban noches enteras en vela riendo de superficialidades, trivialidades cómicas, amores y sueños, donde los problemas se quedaban detrás de la puerta, donde nada parecía imposible y las ansiedades no trastocaban sus vidas.
La vería dentro de una semana cuando sus obligaciones laborales hubiesen terminado, la recogería en el Aeropuerto, pasarían a realizar compras pertinentes, después regresarían a casa a ponerse al día, a compartir penas y alegrías. Compartirían tiempo con su hijo, que buena falta le hacía a ella, pues sería la futura madrina.
Construía castillos en el aire de las próximas vacaciones, de futuros planes como una manera de negar la realidad, de ignorar lo que sentía mientras discutía con su madre sobre su salud mental cuando el golpeteo de la aldaba que le arrancó con brusquedad de la ensoñación propia de la fantasía. Ello fue el pretexto implorado que Li obtuvo para desafanarse de la llamada telefónica con la promesa de telefonear nuevamente cuando esta se desocupase.
Se quedó en el umbral de la puerta contemplando a Kentin, con la expresión casi indescifrable, de la que se lograba asomar apatía, frustración, tristeza, abatimiento.
–¿Puedo pasar? – pregunto Kentin al no obtener algún saludo o tipo de movimiento.
Li se encogió de hombros y se hizo a un lado, resignada, no le quedaba más que dejarle entrar, no quería problemas legales, era lo que menos necesitaba, suficiente tenía ya con sus penurias, con el inicio de un duelo.
–¿Quiere café? O ¿té? – ofreció Li para sorpresa del detective. Por un momento creyó que olvidó como hablar, además la prepotencia con que la conoció desapareció, era como lidiar con alguien diferente –¿Quizás agua? – insistió al percibir una posible negativa de su visita.
–Café de favor– aceptó a sabiendas de que alteraría su gastritis.
Al recibir respuesta Li huyó con un pretexto servicial. Le dejó esperando en aquella llamativa sala, junto al moisés que cobijaba al niño. Se asomó para ver a la criatura plácidamente dormida que chorreaba baba y aún tenía los característicos rasgos de un recién nacido, no obstante alcanzaban a percibirse cierta fisionomía asitaica, sobretodo en los ojos que no eran más que dos pequeñas ranuras.
Dejó en paz la cuna, no quería ser el responsable de perturbar aquella onírica infantilidad. Se interesó en la estancia que percibió diferente; las paredes blancas ahora presumían cuadros familiares, en uno de ellos aparecía Jade junto con Li, se percibía radiante y feliz, desde su plena sonrisa, hasta el colorido estilo de cabellera e indumentaria. De igual manera las cajas de cartón que se hallaban tras el sillón ahora ya no estaban, probablemente parte de su contenido se hallaba vertido en aquella estancia que ahora tenía más objetos decorativos. Del lado izquierdo del sillón que daba con una esquina se encontraba una caja medio abierta, en ella se encontraban unos cuantos libros y objetos envueltos en periódico tan meticulosamente que perdían su forma original.
—¿Pensaba mudarse? — curioseó Kentin en cuanto Li se asomó con una charola en la que tenía un par de tazas y canapés.
—Lo contrarío— explicó mientras servía— He estado reflexionando, si lo hago dejaría lo que mi marido y yo construimos juntos— señaló las bien cuidadas plantas— Él le dedicó mucho tiempo a esto, aquí se quedó una parte de él, no podría soltarlo— Li contempló a su primogénito y le cobijó , el frío otoñal empezaba a impregnar el ambiente, lo último que deseaba era que le aquejara un resfriado, además no quería que se despertase, bastante lata le dio la noche anterior— Creo que aquí conocerá más de su padre, mire el lugar, es como si hubiese dejado plasmada su alma—
Kentin observó con descaro el lugar, escrutó hasta el más mínimo detalle, escaneó con la mirada las fotos por enésima vez, al final le recordaron su cometido y una pregunta que le surgió cuando recién tuvo el expediente del occiso y pudo ver las fotos que su vida llevó.
—¿Qué sucedió aquí? — interrogó mientras colocaba en la mesa la única foto con Jade sobrio y con una vestimenta que se podría catalogar como normal.
La expresión de Li se perturbó, abrió los ojos, apenas rozó la foto con la yema de sus delgados dedos, parecía que le mostraba algo grotesco y no un llano papel fotográfico.
—Malas influencias— espetó mientras apretaba la mandíbula y los puños hasta un punto doloroso que era imperceptible por la evidente ira que le recorría.
—¿Qué tan malas? ¿Tan malas cómo para dañarle? —
—Tal vez— se encogió de hombros Li, quien evidenciaba su renuencia a hablar del tema— Era una loca controladora—
—¿Quién era ella? — le ametralló incesante el detective que paciente y atento escuchaba su discurso.
—Su amante— masculló molesta, nerviosa al percatarse de su descuido. Le sorprendió como su lengua soltaba aquella vergonzosa información.
—¿Quién era ella? ¿repitió Kentin en busca de algo conciso que le permitiese encontrar la punta de la madeja —¿ Cómo se llamaba? —
—No lo sé, solo la vi una vez, cuando los descubrí— Los recuerdo dolorosos fluyeron en su mente, la sensación de traición se avivó como llamaradas que son alimentadas con gasolina— Nunca quiso decirme algo de ella, además ella huyó en cuanto los enfrenté en la calle—
—¿Cómo era ella? —
—Rubia, delgada, no media más de uno sesenta. Su aspecto era infantil, no podría haber calculado su edad con exactitud, pero no aparentaba más de veinte años—
—¿Ella le conocía?—
—No, yo la alerté. La abofeteé en cuanto los alcancé—…
Kentin no obtuvo más que una patética telenovela, pero nada que pudiese servir para el caso. A tal paso su muerte quedaría como un típico accidente y se verían obligados a darlo por sentado. La carga laboral era basta, sus supervisores no permitirían que perdieran tiempo y recursos en hipótesis nulas o inexplicables.
Artur tampoco encontró nada, con quienes habló lo refirieron como alguien atento, amable y servicial, un amante de las plantas y un respetable ecologista que no caía en un radicalismo que le hubiese podido causar conflictos. No se encontraron deudas, vicios ocultos, aprietos legales escondidos, problemas con alguien, una vida secreta o alguna situación que pudiese haberle colocado en peligro. Lo más significativo era la amante misteriosa de la que no se obtuvo información, al parecer nadie sabía nada, ni colegas, ni familiares, amigos cercanos o sus cuentas de redes sociales que fueron escrutadas desde su computadora y teléfono celulares proporcionados por Li. Aquella mujer parecía ser un mero invento o alucinación colectiva.
Sin más testigos decidieron regresar a donde recién comenzó a laborar como maestro de universidad, interrogaron a profesores, directivos, intendentes y alumnos, pero nadie aportó algo útil concerniente a la vida que llevaba Jade o de la misteriosa mujer.
Nada, nadie descubrió algo. Ni kentin ni Artur podían vislumbrar una pista clara o hallar un indicio. Comenzaban a dudar en su intuición, en su habilidad deductiva cuando una llamada reavivó la marcha, aunque no de la forma que habrían esperado...
Kentin se plantó en la entrada de Li, una especie de molesta tristeza le perturbaba. Malhumorado reimprimió su sentir y empujó con suavidad, la puerta. Revisó la cerradura, que estaba destrozada.
—¿Quién fue? — se dirigió a un uniformado que se encontraba custodiando la entrada y alejando a los curiosos vecinos.
—Los servicios de emergencia y el vecino— explicó señalando la casa continua— Tuvieron que romper la cerradura—
—Comprendo. .. — miró detrás del hombro de su compañero y observó a otro uniformado conversar con un par de hombres de mediana edad— ¿Son ellos? —
—Si— afirmó el policía.
Sin obtener algo más útil, agradeció el meditabundo castaño.
Caminó por el pasillo principal en silencio, observando cada detalle, cada escaza mota de polvo. No había algo fuera de lugar, todo estaba como cuando vio con vida a Li por última vez. Se detuvo frente a las escaleras al escuchar pasos en la planta alta, aguardó a que quien o quienes estuviesen rondando arriba bajaran.
El berrido de un bebé anunció el descenso de una trabajadora social, cuyo semblante maduro y rígido era incrementado por el estridente chillido del menor . La mujer de unos cincuenta años y cabellera cubierta en su mayoría por canas, malarabeaba increíblemente con el niño y sus altos tacones negros. Con su mano izquierda se aferraba al pasamanos y con la derecha sostenía al menor. Por su parte Artur la escoltaba con una enorme petaca y una cámara fotográfica. Ambos usaban cubrebocas y gantes de látex, lo cual incrementaba el peligroso descenso debido a la consistencia lisa y plástica de los últimos.
Kentin se ofreció a cargar al bebé para que la mujer pudiese llegar a piso firme sin dificultad.
—Me contactaré con sus familiares más cercanos— avisó antes de marcharse con el infante y la petaca repleta de formula láctea, biberones , juguetes, cobertores y pañales. Ella nunca tuvo instinto maternal ni hijos, no sabía que requeriría ni en que dosis, cuando arribara al centro para protección de menores se lo enjaretaría a las enfermeras.
En canto se marchó la dura mujer Artur le pidió a Kentin que lo siguiese hasta el sótano, en donde el cuerpo de Li fue encontrado colgado de una viga.
—Aparente suicidio— informó el detective a su pupilo— El piso de arriba se encuentra tan impecable como el resto de la casa— Dejó una nota— extendió una hoja cuadriculada en la que relucía un escueto "Lo siento, es demasiado" que se hallaba cubierta con una bolsa ziploc.
—¿Cómo la encontraron? — preguntó Kentin mientras clavaba su mirada en la evidencia.
—El vecino. Dice que salió a correr a la manzana y que escuchó llorar al niño. Le pareció extraño que nunca se detuviese, pensó que estaba enfermo y que tal vez la madre necesitase ayuda. Tocó para ofrecer sus servicios pero nadie le abrió—
—¿Servicios? — le miró confundido el muchacho.
—Es doctor— ¡ha! Respondió Kentin mientras daba pauta a su compañero para que continuase— Entonces sospechó y llamó al 911—
Cuando llegaron al sótano el cuerpo de Li estaba postrado en una camilla, junto a él dos peritos cubiertos estérilmente recolectaban evidencia y enumeraban los indicios. Marcaban desde la improvisada cuerda hecha de corbatas que se ataban a la biga, el banquillo tirado en el que Li subió para alanzar altura suficiente y fotografiaban cada recoveco de aquella estancia.
Uno de ellos se acercó a Kentin para tenderles el resto del uniforme, al acercarse se dio cuenta que era una mujer. La saludó y la siguió hasta el cadáver, junto con Delacroix que se abalanzó sobre el nudo de la cuerda.
—Está muy bien hecho— afirmó extrañado— Sabía lo que hacía— concluyó con duda.
—¿Y su computadora y móvil? — se adelantó Kentin.
— Ya fue enviado al laboratorio de informática— aclaró el segundo perito— Fue una ahorcadura completa— dijo el criminalista mientras señalaba el mallugado cuello de la occisa.
—El rigor del cuerpo indica que murió en la madrugada— explicó la mujer— No hay marcas defensivas—
Al decir aquello Kentin se inclinó para revisar la perfecta manicure de Li. Cogió su rígida mano, revisó debajo de las impecables uñas que no mostraban ni atisbo de mugre.
—¿Y su hijo? — Preguntó sombrío. Rebuscaba en su cabeza aquel día, la notó normal, dolorida, pero fuerte, no actuaba como alguien que quería suicidarse. Le habló de su hijo, de sus planes con él. Quería quedarse en aquella casa y continuar con su negocio, hasta le avisó de un viaje a San Francisco.
"—Visitaré a una vieja y gran amiga. Nos conocemos desde que entramos a preescolar, vivíamos en el mismo pueblo— le explicó mientras le tendía su tarjeta: "Charlotte Mcallen…Psicóloga clínica" …— Es el que dice número particular, allí me puede localizar—…
Pensaba a futuro, no mostraba una profunda desesperanza, su semblante era lozano, aliñado, su higiene personal era pulcra. No mostraba signos de una peligrosa depresión. Se le veía triste, sí, pero nada fuera de lo normal, vivía un duelo, era obvio que se le encontraría decaída.
—El niño estaba en la cuna, sucio y hambriento— informó Artur— Hablando de, tengo que mostrarte algo arriba—
Le arrastró a la segunda planta que efectivamente resplandecía, no había nada fuera de su sitio o roto. Pareciese que ninguna desgracia se suscitó, pareciese que la calma y felicidad reinasen.
—¿Raro no? — dijo Kentin cuando entraron al cuarto del bebé. Un lugar bien iluminado atestado de juguetes, decoración y plantas en un armonioso patrón.
Delacrox asintió — Hizo las compras de la semana— agregó— Encontré el ticket en la basura, además de una alacena y refrigerador atiborrados de productos orgánicos— se inclinó ante un oso de felpa que aún se hallaba en su empaque original de llamativo cartón— lo compró ayer— informó mientras le tendía el arrugado ticket protegido en una hermética bolsa de plástico al joven— Quería a su hijo, apenas ayer le dio un costoso juguete...Kentin, se lo que ronda en tu cabeza y te confirmo mis sospechas y te digo que no tienes culpa en algo aunque estemos errados—
El aludido permaneció en silencio. Se cruzó de brazos y endureció su rostro, no era momento de cavilaciones, el nunca dudaba, aprendió desde muy joven a que las dudas llevaban irremediablemente al fracaso. Lo que sucedió con Li no fue su culpa, aún en el improbable caso de suicidio sus manos estaban limpias al igual que su conciencia.
—No tenemos nada— rompió el silencio después de un tiempo— La evidencia física está en nuestra contra. Solo tenemos el tiempo entre cada muerte y a la amante—
—Sin embargo parecen coincidencias, no podemos usar algo para partir— agregó frustrado Delacroix— Ya nos hemos topado con estos casos, el cliché del suicidio por amor no será tan fácilmente descartable—
—Ya encontraremos algo— añadió Kentin con su habitual seriedad en un intento de levantar los ánimos— Más nos vale encontrar algo— sentenció en un susurró que apenas logró escuchar su interlocutor. Un susurró que Delacroix interpretó certeramente como sigilosa frustración, un susurró tan ahogado como los últimos latidos del corazón de Li, un susurro casi tan abatido como los pulmones de la madre segundos antes de que se detuviera para siempre su corazón.
Respondiendo:
Hola MinukiChan, pues gracias por tus palabras, me gustaría seguirte leyendo hasta el final de este proyecto. Con respecto al episodio anterior, pues creo que era necesario, ya que la vida así es, no es blanca ni negra, depende mucho incluso de la percepción de cada persona y de su experiencia de vida. Los tintes rosas son necesarios aquí, habrá más, al igual que la ambigüedad de la que te hablo, que es algo que quiera plasmar. Bueno, igual parece que acertaste y todo volvió a pintar mal para estos singulares personajes. Al paso que voy me voy a quedar sin protagonistas XD, saludos.
