Jared por su parte estaba conteniéndose. No sería bueno dejarse llevar él mismo con ella. No la primera vez. Aun así, contestaba a su furioso deseo con el suyo propio.
Cuando buscaba sus labios él se los ofrecía, cuando gemía "más fuerte" él obedecía.
Había decidido que esa primera vez fuese inolvidable para ambos.
Sujetándose en peso sobre ella, no apartaba la vista de su rostro más tiempo del necesario, nunca separaba sus ojos de los de ella, tan cálidos, tan brillantes, tan profundos. Eran dos profundos pozos llenos de deseo al mirarse en ellos. Los suyos propios, uno de cada color, tenían el poder de mirar tan fijamente que helaban la sangre al más valiente, pero también podían ser tan tiernos y dulces que hacían sentir que sus huesos se volvían de mantequilla al mirarse en ellos, como le pasaba a Rodmilla en ese momento.
Nunca había pensado que un hombre con unas manos tan grandes que podrían estrangularla con facilidad pudiera acariciarla con ellas como si su piel fuese un tesoro de valor y fragilidad incalculables.
Notaba esas manos, tan rudas de empuñar la espada, suaves y tiernas reverenciando cada poro de su piel al acariciarla. Largos escalofríos la sacudían al notar tal placer, haciendo que se mordiese el labio inferior.
Al verla, Jared asaltó su boca tomando posesión de ella. Sin darse cuenta, sus manos de largos dedos se habían entrelazado con las de Rodmilla, quien se las apretaba animándole a ser menos delicado.
Podía notar como se sacudía debajo de él. Pronto llegaría, y él quería asegurarse de que el momento fuese perfecto para ella, al fin y al cabo, era su primera vez.
Sus besos se volvieron más urgentes, su cuerpo más tenso y duro, sus embestidas más rápidas y fuertes.
Los gemidos de ambos retumbaban en las paredes. La chimenea crepitaba y una larga lengua de fuego se elevó hacia el lejano cielo justo cuando de ambas gargantas surgía un grito de placer.
Como si ese grito que había saciado sus fuegos interiores se hubiese llevado con él la fuerza de las llamas de la chimenea, la luz reinante en la habitación bajó su intensidad, dándole a esta un aspecto más privado para los agotados amantes.
Aún estando unidos, Jared acariciaba amoroso el rostro de su amada. Ella tenía los ojos cerrados, pero la sonrisa se mantenía en su rostro. En un arrebato, besó su sonrisa. Era tan deliciosamente bella…
- ¿Te arrepientes, amor? – la miraba preocupado de repente.
- No – su sonrisa permanecía tranquila – No, de nada.
Abrió los ojos, y él pudo ver todo el amor que desprendían.
Ambos suspiraron a la vez, y sendas sonrisas gemelas se perfilaron en sus bocas antes de compartir un beso lleno de amor.
- ¿Queréis regresar a casa, querida mía? – en el tono de su voz se podía entre ver que esa idea no le seducía en absoluto.
Rodmilla sonrió.
- Debería, pero este lugar es tan acogedor, y mi casa está tan lejos…
En su voz, Jared notó lo cansada que estaba.
- Duerme un rato mi amor, yo velaré tu sueño.
Dicho lo cual, la cogió en brazos y la llevó hacia su propia cama. La abrió y la metió en ella. Usando su torso como almohada, Rodmilla pronto cayó dormida en u sueño apacible. Apenas creía que acababa de quedarse dormida cuando unos golpes la despertaron. ¿Dónde estaba? Esa cama no era la suya eso estaba claro y, ¿Por qué estaba desnuda?
Con el ceño fruncido descubrió su vestido en el suelo. Se levantó y se vistió con rapidez.
Volvieron a llamar a la puerta, y cuando Jared entró, Rodmilla recordó todo lo que había pasado y lo que ese hombre le había hecho y se sonrojó profusamente al mirarle.
- Oh, bien, veo que te has vestido. Perfecto. Venía a eso, a pedirte que te vistieras.- decía él con voz animada.
- ¿Por qué? – le miró entre curiosa y de pronto asustada. "¿Es que me está echando después de lo que ha pasado entre nosotros?" Pensó.
Él rió con gracia.
- Porque no sería decoroso que el sacerdote entrase aquí para casarnos y viese que el matrimonio ya ha sido consumado antes de tiempo.
No había terminado de hablar cuando Rodmilla ya se había lanzado a su cuello y le abrazaba emocionada.
- ¡Oh, Jared, mi amor!
Con sus palabras, supo que la había echo feliz.
- Está todo preparado. El señor Burke, un hombre de mi total confianza será nuestro testigo durante la ceremonia. Si necesitas bañarte o peinarte te dejaré para que puedas hacerlo, ¿O quieres que te mande a alguien que te ayude?
- No, no hace falta, yo puedo sola. – sonrió ella.
