CAPITULO 12

La mañana siguiente

—¿Por qué tienes que vivir aquí arriba, Silvan? Eres como un águila calva que hace su nido en lo alto de la montaña —dijo Pauna mientras abría la puerta de su cámara de la torre (ciento tres escalones por encima del castillo propiamente dicho) con un vigoroso empujón de la cadera—. Tenías que posarte en la rama más alta, ¿verdad?

Silvan MacAndrew levantó la cabeza de un libro para mirarla con una expresión de sorpresa. Una abundante melena de un blanco plateado enmarcaba su rostro, y Pauna lo encontraba terriblemente apuesto con su aire de sabio, aunque nunca se lo diría.

—No estoy calvo. Tengo un montón de pelo.

Silvan volvió a bajar la cabeza y reanudó su lectura, deslizando el dedo a través de la página.

Pauna pensó que aquel hombre pasaba la mayor parte del tiempo completamente absorto en su mundo particular. No era la primera vez que se preguntaba cómo había conseguido tener hijos de su esposa. ¿Habría cerrado ella los libros de golpe, pillándole los dedos entre las páginas, y se lo habría llevado luego bien agarrado de la oreja?

Vaya, eso sí que era buena idea, pensó Pauna mientras lo observaba con ojos que no traicionaron, como no lo habían hecho jamás en los doce años que llevaba allí, una sola brizna de los sentimientos que abrigaba hacia Silvan.

—Bebe.

Puso la jarra sobre la mesa al lado de su libro, asegurándose de que no derramaba ninguna gota encima de su preciado tomo mientras lo hacía.

—No será otro de esos repugnantes brebajes tuyos, ¿verdad, Pau?

—No —dijo ella con expresión pétrea—, es otro de mis espléndidos brebajes. Y lo necesitas, así que bebe. No me iré de aquí hasta que la jarra haya quedado vacía.

—¿Le has puesto algo de cacao?

—Sabes que casi se nos ha terminado.

—Pau—dijo él con un prolongado suspiro mientras pasaba una página de su libro—, sigue con tus cosas. Ya lo beberé más tarde.

—Y ya puestos, bien podrías saber que tu hijo se ha levantado de la cama —añadió ella, las manos en las caderas mientras golpeaba impacientemente el suelo con un pie a la espera de que él bebiese. Como Silvan no replicó, siguió hablando—: ¿Qué deseas que haga con la muchacha que apareció anoche?

Silvan cerró su tomo, negándose resueltamente a mirar a Pauna para que sus ojos no delataran lo mucho que le gustaba contemplarla. Se consoló a sí mismo con la promesa de que luego ya no habría peligro alguno en lanzarle unas cuantas miradas subrepticias mientras ella fuese hacia la puerta.

—No te vas a ir, ¿verdad?

—No hasta que te lo hayas bebido.

—¿Qué tal se encuentra?

—Está durmiendo —le contó Pauna al perfil del hombre. Llevaba años hablándole a su perfil, ya que él rara vez la miraba, que ella supiese—Pero no parece haber sufrido ninguna lesión permanente.

«Demos gracias a los santos por ello», pensó, sintiéndose ferozmente protectora hacia aquella muchacha que había llegado allí sin nada de ropa encima y con la sangre de su doncellez en los muslos. Ni a ella ni a Silvan les había pasado inadvertida aquella sangre cuando metieron en la cama a la muchachita y la arroparon. Se habían mirado nerviosamente el uno al otro, y luego Silvan había acariciado con una expresión de perplejidad la tela del plaid de su hijo.

—¿Ha dicho algo acerca de lo que le ocurrió anoche? —preguntó mientras pasaba distraídamente el pulgar por encima de los símbolos repujados en la encuadernación de cuero de su libro.

—No. Aunque farfullaba en sueños, nada de lo que dijo tenía ningún sentido.

Las cejas de Silvan subieron.

—¿Piensas que le han hecho daño… de alguna manera que haya afectado a su mente?

—Pienso —dijo Pauna, escogiendo sus palabras con mucho cuidado—que cuantas menos preguntas le hagamos por ahora, tanto mejor. Salta a la vasta que necesita un sitio donde quedarse, habida cuenta de que no tiene ropa ni posesión alguna. Te pido que le des cobijo tal como hiciste conmigo aquella noche, hace ya muchos años. Deja que su historia salga de ella cuando esté preparada.

—Bueno, si esa muchacha se parece en algo a ti, eso quiere decir que nunca sabremos qué le ha ocurrido —dijo Silvan con una estudiada despreocupación.

Pauna contuvo la respiración. En todos aquellos años él no le había preguntado ni una sola vez qué sucedió la noche en que se le dio cobijo dentro del castillo Andrew. El hecho de que Silvan hiciera aunque sólo fuese una referencia tan casual a ello era más raro que ver crecer un pino púrpura. La intimidad siempre era respetada entre los MacAndrew, algo que a veces era una bendición y más a menudo una maldición. Los hombres del clan no eran muy dados a entrometerse en los asuntos de los demás, y habían sido muchas las veces en las que Pauna deseó que uno de ellos lo hubiera hecho.

Cuando, hacía una docena de años, Silvan la encontró yaciendo en el camino, molida a golpes y dejada por muerta, Pauna no se había sentido con deseos de hablar de ello. Para cuando se hubo curado de sus heridas y estuvo lista para confiarle su secreto, Silvan —que le había sostenido la mano y había luchado por ella mientras yacía presa de la fiebre— se había retirado serenamente de la cabecera de su lecho y nunca había vuelto a hablar de ello. ¿Qué tenía que hacer una mujer? ¿Contar a toda prisa su triste historia como si estuviera buscando simpatía?

Y así fue como una distancia cortés e infinita llegó a formarse lentamente entre el ama de llaves y el laird. Como tenía que ser, se recordó Pauna. Inclinó recelosamente la cabeza hacia un lado mientras se advertía a sí misma de que no debía leer entre líneas en la tranquila observación de él.

Cuando vio que ella no decía nada, Silvan suspiró y le dijo que le proporcionara ropa apropiada a la muchacha.

—Ya he sacado del armario algunos de los antiguos vestidos de tu esposa. Y ahora, ¿quieres hacer el favor de beber de una vez? No pensarás que no me he dado cuenta de que últimamente no te encuentras demasiado bien. Mi brebaje te ayudaría si dejaras de tirarlo por el agujero del excusado.

Él se sonrojó.

—Silvan, apenas comes, apenas duermes, y un cuerpo necesita ciertas cosas. ¿Por qué no quieres probarlo y así veremos si te ayuda en algo?

Él alzó una blanca ceja y le lanzó una mirada de sátiro.

—Mujer entrometida.

—Viejo zorro cascarrabias.

Una leve sonrisa danzó en los labios de Silvan. Después levantó la jarra, se apretó la nariz con dos dedos y engulló el contenido. Pauna observó moverse su garganta durante varios minutos antes de que Silvan torciera el gesto y volviera a poner la jarra sobre la mesa con un golpe seco. Por un breve instante, los ojos de Pauna se encontraron con los de Silvan.

Después Pauna dio media vuelta y fue hacia la puerta.

—No te olvides de la muchacha —le recordó envaradamente a Silvan—. Tienes que verla, asegurarle que aquí dispone de un sitio durante todo el tiempo que haga falta.

—No lo olvidaré.

Pauna inclinó la cabeza y salió por la puerta.

—Pauna.

Ella se quedó inmóvil con la espalda vuelta hacia él. Silvan llevaba años sin llamarla Pauna.

Silvan se aclaró la garganta.

—¿Has hecho algo para cambiar tu aspecto? —Ella no replicó, y él volvió a aclararse la garganta—. Se te ve…, esto, lo que quiero decir es que se te ve más bien…

Se calló, como si lamentara haber empezado a hablar.

Pauna se volvió en redondo para encararse con él, los labios fruncidos y las cejas juntas. Silvan abrió y cerró la boca varias veces mientras su mirada recorría el rostro de Pauna. ¿Podía haber llegado a percatarse realmente del pequeño cambio que había efectuado ella? Pauna había pensado que él nunca se daría cuenta. Y en el caso de que lo hiciese, ¿la tomaría por una vieja tonta que trataba de acicalarse un poco?

—¿Más bien qué? —quiso saber.

—Esto…, creo que… la palabra podría ser… atractiva.

Más suave y delicada, pensó Silvan mientras su mirada recorría a Pauna de arriba abajo. Dioses, pero si para empezar aquella mujer ya era tentadoramente suave.

—¿Es que has perdido el juicio, anciano? —replicó ella en un tono muy seco, porque no podía sentirse más desconcertada, y cuando Pauna no podía sentirse más desconcertada lo que hacía era enarbolar el malhumor como una espada—. Tengo el mismo aspecto que todos los días —mintió.

Después puso bien recta la espalda y se obligó a salir majestuosamente por la puerta.

Pero en cuanto supo que ya no podía ser vista, corrió escaleras abajo entre un revoloteo de faldas, con las manos en el cuello y los cabellos que se le soltaban.

Pauna se alisó las vaporosas hebras de pelo que había dejado un poco más cortas aquella misma mañana para que fueran similares a los cabellos de la muchacha, porque el aspecto que le daban a ella le había parecido realmente digno de admiración. Si un cambio tan pequeño le arrancaba un cumplido —¡nada menos que un cumplido, por Dios!— a Silvan MacAndrew, tal vez decidiera coserse aquel nuevo vestido del lino más suave en el que llevaba algún tiempo pensando.

¡Atractiva, nada menos!

Candy despertó poco a poco, emergiendo de un montaje de pesadillas en las que corría de un lado a otro completamente desnuda (luciendo el máximo de kilos que había llegado a tener jamás, por supuesto, y no después de una semana de dieta coronada con éxito) para perseguir a Albert y perderlo a través de puertas que desaparecían antes de que Candy pudiera llegar hasta ellas.

Respiró hondo y trató de poner un poco de orden en sus pensamientos. Se había ido de Estados Unidos porque la vida que llevaba le parecía despreciable. Se había embarcado en un viaje a Escocia para perder su virginidad, averiguar si tenía un corazón y darle una buena sacudida a su mundo.

Bueno, no cabía duda de que había conseguido alcanzar todos sus objetivos.

«Nada de un simple recogedor de llores para mí —pensó—. Yo me hago con un genio capaz de viajar por el tiempo que llega acompañado por un mundo entero de problemas y me hace retroceder a través de los siglos para que los solucione.»

Cosa que a ella no le importaba nada hacer, naturalmente.

Candy ya había decidido que las expresiones «compañero del alma» y «Albert MacAndrew» eran sinónimas. Por fin había conocido a un hombre que la hacía sentir con una intensidad que nunca había sido capaz de imaginar, que era brillante y sin embargo no tenía nada de frío. Albert sabía cómo reírse de ella y ser cálido y apasionado al mismo tiempo. La encontraba hermosa, y era un amante fenomenal y de lo más erótico. Simplemente, Candy había conocido al hombre perfecto y lo había perdido, todo en tres días. Durante ese corto período de tiempo, Albert había despertado en ella más emociones de las que Candy había sentido en toda su vida.

Lentamente, abrió los ojos. Aunque reinaba la penumbra, la tenue claridad dorada de un fuego se esparcía por la cámara. Candy parpadeó ante la profusión de púrpura que la rodeaba, y entonces recordó la fascinación que había sentido Albert por aquel chándal púrpura en Barrett's. Su insistencia en llevar calzones o una camiseta de color púrpura, una petición que ella había rechazado.

Era el detalle que faltaba. Ahora Candy estaba en el mundo de Albert.

Un suntuoso cobertor de terciopelo púrpura se extendía debajo de su barbilla. Encima de ella, un dosel de color lavanda hecho con una tela tan fina como la gasa cubría la cama de madera de cerezo elegantemente tallada. Una piel de oveja de color lila —«oh, vamos», pensó ella, «ya sé que no hay ovejas de color lila»— estaba extendida sobre sus pies. Almohadas púrpura con ribetes de hilo plateado se alineaban a lo largo de la cabecera.

Había mesitas para exhibir curiosidades recubiertas de sedas color orquídea y ciruela. Brillantes tapices con complicados motivos urdidos en tonos ciruela y negro adornaban los dos ventanales, y un enorme espejo con un elaborado marco dorado se hallaba colgado entre ellos. Delante de los ventanales había dos asientos, cuidadosamente centrados alrededor de una mesa encima de la que se veían platos y copas de plata.

Púrpura, pensó Candy en una súbita revelación. Un hombre tan electrizante y lleno de energía optaría de manera natural por rodearse del color que tenía la frecuencia más alta de todo el espectro.

El púrpura era un color intenso, vivido y erótico.

Igual que el hombre.

Candy pegó la nariz a la almohada con la esperanza de percibir el aroma de Albert en el lino, pero si él había dormido en aquella cama ya hacía demasiado tiempo de eso, o bien la ropa de la cama había sido cambiada. Candy volvió su atención hacia el marco del lecho exquisitamente tallado en el que se hallaba acostada. La cabecera tenía numerosos cajoncitos y compartimientos. Había un escabel labrado con un delicado trabajo de nudos célticos. Candy había visto una cama idéntica en una ocasión.

En un museo.

Aquella cama estaba tan nueva como cualquiera de las que se podían encontrar en una exposición de mobiliario de la era moderna. Apartándose las guedejas de la cara, Candy siguió recorriendo la cámara con la mirada. Saber que estaba en el siglo XVI y verlo eran dos cosas muy distintas. Las paredes estaban hechas de una pálida piedra gris, el techo era alto, y no había ninguna de esas molduras o rodapiés que siempre parecían tan fuera de lugar en los castillos restaurados frecuentados por los turistas. Ni un solo enchufe, ni una sola lámpara, meramente docenas de cuencos de cristal llenos de aceite y rematados por pábilos ennegrecidos. Gruesas planchas de madera color miel, pulidas hasta hacerlas brillar, cubrían un suelo en el que había alfombras esparcidas por todas partes. Junto a los pies de la cama había un precioso arcón sobre el que reposaba un montón de mantas dobladas. Más sillas con cojines habían sido dispuestas ante el fuego. La chimenea era de lisa piedra rosada, con una enorme repisa tallada. Un fuego de turba ardía en su interior, con ramilletes de brezo amontonados encima de los ladrillos secados aromatizando la cámara. En conjunto, era un lugar deliciosamente cálido, elegante y suntuoso.

Candy se miró la muñeca para ver qué hora era, pero al parecer su reloj había sido arrastrado por la misma espuma cuántica que había devorado su ropa y su mochila. La prenda que llevaba puesta la distrajo por un instante: era una larga camisa blanca ribeteada de encajes, con un aspecto anticuado y caprichoso.

Sacudió la cabeza, pasó las piernas por encima del borde de la cama y se sintió lamentablemente bajita cuando los dedos de sus pies quedaron suspendidos a un palmo del suelo. Con un salto lleno de exasperación, Candy se dejó caer desde lo alto de la cama y corrió a la ventana. Hizo a un lado el tapiz y descubrió que el sol brillaba intensamente más allá de los paneles de cristal de los ventanales. Candy luchó por un instante con el pestillo, consiguió abrirlo y aspiró profundamente el fragante aire de las Highlands.

Estaba en la Escocia del siglo XVI . Guau.

Debajo de ella se extendía una preciosa terraza circundada por los cuatro muros interiores del ala del castillo en la que se encontraba. Dos mujeres sacudían alfombras contra las piedras mientras hablaban entre ellas sin perder de vista a un grupo de niños que daban patadas a una especie de balón torcido, mandándolo de un lado a otro. Candy observó aquel objeto con los ojos entornados. «Aaaaj», pensó después, al acordarse de que Bert había dicho haber leído en algún sitio que los niños medievales jugaban con balones hechos de vejigas y otros órganos de animales.

Candy se sacudió abruptamente. Necesitaba saber la fecha. Mientras ella se dedicaba a mirar boquiabierta por la ventana, el peligro podía haberse aproximado todavía un poco más a su amante de las Highlands.

Se disponía a quitar el cobertor de la cama y ponérselo a modo de toga cuando reparó en un vestido —de color lavanda, por supuesto— extendido sobre el sillón acolchado que había cerca del fuego, entre una variedad de prendas.

Corrió al sillón y, una vez allí, se dedicó a tocarlas con las puntas de los dedos mientras trataba de decidir en qué orden se suponía que debía ponérselas.

Y no había bragas, observó con abatimiento. Difícilmente se podía esperar de ella que fuera por ahí con el trasero desnudo debajo de su vestido. Candy contempló las prendas con el ceño fruncido, como si bastara con la irritación para materializar unas bragas a partir del aire. Luego recorrió la estancia con una mirada de promotora inmobiliaria pero, muy a su pesar, terminó llegando a la conclusión de que aunque cogiese la tela que cubría una mesa, tendría que anudársela alrededor como si fuera un pañal.

Se quitó el camisón y se pasó por la cabeza la suave prenda interior blanca. Una simple camisola; se le ceñía al cuerpo y le llegaba hasta la mitad del tobillo. El vestido iba encima de aquella prenda y luego venía la sobreveste sin mangas, de un púrpura oscuro bordado con hebras plateadas. Asombrada al ver que no lo arrastraba por el suelo, Candy levantó el extremo del vestido y soltó un bufido cuando vio que había sido limpiamente recortado. Al parecer ya se habían dado cuenta de lo bajita que era, pensó mientras se ataba los lazos de la sobreveste por debajo de los pechos.

Las zapatillas eran un chiste, varios números demasiado grandes, pero tendrían que servir. Candy cogió el paño de seda que cubría una mesa y lo rasgó por la mitad. Mientras estaba haciendo un par de bolas con él y las metía en las punteras de las zapatillas, su estómago gruñó vehementemente, y entonces se acordó de que no había comido desde el día anterior por la tarde.

Pero no podía salir al pasillo como si tal cosa sin disponer de un plan.

Orden del día: un cuarto de baño, café y luego, a la primera oportunidad, encontrar al Albert del pasado y contarle lo que había sucedido.

«Contarle… el peligro que corre» probablemente fuese lo que le había estado diciendo él antes de que se derritiese dentro del círculo de piedras. «Mostrarle…» obviamente se refería a la mochila de ella. Candy suspiró, deseando tenerla consigo. Pero Albert era un hombre brillante dotado de una mente muy lógica. Seguramente vería la verdad en la historia de Candy.

Ahora que pensaba en ello, la enfureció que Albert no le hubiera contado toda la verdad. No obstante, admitió de mala gana, lo más probable era que si se la hubiese contado, ella, con una infinita condescendencia, hubiera debatido la implausibilidad del viaje en el tiempo durante todo el trayecto hasta el sanatorio psiquiátrico más cercano.

Ella nunca había llegado a creer que Albert supiera desplazarse por la cuarta dimensión. ¿Quién y qué era aquel hombre al que había entregado su virginidad?

Sólo había una manera de averiguarlo. Candy tenía que encontrarlo y hablar con él.

«Hola, Albert. Ya sé que no me conoces, pero un tú futuro será encantado, despertará en el siglo XXI y me enviará hacia atrás en el tiempo para que te salve e impida que tu clan sea destruido.»

Candy frunció el ceño. No era algo que ella fuera a creerse, si un hombre aparecía en su tiempo con semejante historia, pero Albert tenía que haber sabido de qué estaba hablando. Estaba claro que quería que ella le contara la verdad al yo del pasado. Eso era lo que había estado tratando de decir.

Estaba hambrienta, tanto de comida como de tener aunque sólo fuera un atisbo de Albert.

Y era urgente que descubriera la fecha.

Embutiéndose las zapatillas, se apresuró a salir al corredor.

Continuara...