Tom Riddle.

Apariencias.

Los ojos viperinos de Tom Riddle miraban con desprecio a todo aquel que pasaba por su lado, escudados en una sonrisa amable y condescendiente, por unos modales sutiles y refinados. Ninguna persona que lo rodeaba merecía la pena, sólo eran peones, sin embargo, debía guardar las apariencias, mostrarse amable y educado. Aquellas sabandijas eran posibles seguidores que explotar para cumplir su meta.

La sangre.

Desde el día en que había descubierto su ascendencia se había obsesionado con pugnar aquel colegio y todo el mundo de esas asquerosas criaturas infectas conocidas como muggles, esos ladrones de magia, esos impostores que se dedicaban a estudiar un arte que les estaba prohibido, un poder que no debía de otorgárseles, una suerte de la que no debían participar. Parásitos que contaminaban su ideal de un mundo perfecto.

Pero no era algo nada fácil porque había muchos de ellos, muchos partidarios a su causa, entre los que se incluía la persona más molesta de todas: Albus Dumbledore. Aún no era lo suficientemente poderoso como para eliminarlo, aún no había obtenido la inmortalidad.

—Buen trabajo, Tom, sigue así —la voz del susodicho resonó en su cabeza, apartándolo de sus pensamientos, cuando le dio la nota del trabajo que había hecho semanas antes.

Los ojos azules del mago ocultaban su desconfianza del mismo modo que él. Le sonrió, como muestra de aparente gratitud.

Hasta entonces, era mejor seguir guardando las apariencias.


N/A: De todos los que he hecho, creo que es de los que menos me convence, aunque los que quedan tampoco me satisfacen del todo.

¡Un saludo a todos y gracias por leer!