Capítulo 14.

"Shippou ¿estás seguro de querer venir con nosotros?" le preguntaba Sango al pequeño zorro, quien insistía en acompañarlos a la batalla, aunque aún dudoso de hacerlo.

"E… Estoy decidido…" tartamudeaba Shippou, temblando "I… Iré con ustedes, po… porque yo también formo pa… parte de este equipo…"

"Es una gran muestra de valentía de tu parte, pequeño zorro" le dijo Miroku, dándole una palmada en la espalda. "Pero hubiese sido mejor que te quedaras con la anciana Kaede, para ayudarla a curar a los heridos. No es por ser fatalistas, pero no sabemos si saldremos con vida de esta batalla…"

"Lo sé…" contestó Shippou, tragando saliva. "Pero de todos modos quiero estar ahí…"

"¿Y entonces por qué tiemblas?" le preguntó el monje, divertido.

"Yo… yo… yo no estoy te… te… temblando, tonto… So… son ideas tuyas…" decía Shippou, intentando contenerse.

"Bueno. Ya que todo quedó aclarado, sigamos adelante" dijo Sango, finalmente. Y, subiendo todos sobre el lomo de Kirara, se dispusieron a ir en busca de Inuyasha y Kagome.

"¡Vamos, Kirara!" exclamó Sango, acariciando el costado del animal. "¡Llévanos con Inuyasha cuanto antes!"

El viento había dejado de soplar y todo parecía demasiado tranquilo desde las alturas. Miroku, Sango y Shippou pudieron ver cómo el humo ascendía desde los límites de la aldea hasta tocar el cielo negro. Por suerte, habían podido terminar con la masacre a tiempo, aunque muchos aldeanos ya habían muerto cuando ellos llegaron.

De pronto, la atmósfera cambió radicalmente.

"Percibo una poderosa energía negativa sobre este lugar…" dijo Miroku, agudizando los sentidos.

"¿Naraku?" le preguntó Sango, ansiosa.

"Tiene que ser él… Pero, algo ha cambiado…"

"¡Miren, muchachos!" exclamó de repente Shippou, señalando con el dedo. "¿No es ése Inuyasha allá abajo?"

Pudieron entonces divisar a Inuyasha a la distancia. Pero ¿qué estaba haciendo?... ¿Acaso estaba arrodillado en el suelo? Y la extraña figura que tenía en frente…

"¡¡Es Naraku!!" lo reconoció Miroku.

"¿Qué fue lo que le sucedió?" preguntó Sango, asombrada. "Luce muy distinto…"

"¡El muy bastardo está utilizando los poderes de la Perla de Shikon!" exclamó el monje, apretando el puño.

"¡Oh, no!" dijo Sango.

"¡¿Y ahora qué haremos?!" quiso saber Shippou, asustado.

"Lo mejor será bajar con Inuyasha de inmediato" contestó el monje. "Pero debemos ser muy precavidos; Naraku ya no es la misma criatura demoníaca de antes. Ahora, es prácticamente invencible y puede que ni siquiera Inuyasha tenga posibilidades de enfrentársele…"

Y, así, los guerreros bajaron a tierra a toda velocidad. No tardaron mucho en reconocer la locación.

"Fíjate bien, Sango…" le dijo el monje, susurrando. "Ésa es la cueva de Onigumo…"

"Es cierto…" respondió Sango. "Pero ¿qué es lo que planea Naraku al venir a este lugar?"

"No lo sé"

"¡¡INUYASHA!!" gritó el pequeño zorro, dirigiéndose a donde estaba el hombre mitad bestia. "¡¡YA ESTAMOS AQUÍ!!"

Inuyasha, quien hasta ese momento se encontraba postrado a los pies de Naraku, se giró lentamente al oír la voz de Shippou.

Muchachos…

"¡¡Naraku!!, ¡¿Cómo te atreves a humillar a Inuyasha de esa forma?!" le gritó Shippou al monstruo, indignado. "Debería darte vergüenza…"

Pero a Naraku le bastó con dirigirle una sola mirada terrorífica, con esos grandes ojos rojos, para poner al zorro en su lugar. Muerto de miedo, Shippou fue a esconderse tras Sango, quien, al igual que Miroku, se sentía terriblemente asqueada ante la imagen tan grotesca del monstruo.

"Vaya… Los amigos de Inuyasha han venido en su ayuda…" comenzó a decir Naraku, con su típico tono irónico. "¡Qué conmovedor!"

"Te atreviste a usar los poderes de la Perla, desgraciado…" le recriminó Miroku, mirándolo con desprecio.

"¿Y qué hay con eso?" replicó el monstruo. "¿Acaso tú ibas a impedírmelo, monje de pacotilla?" y, luego, esbozando una malvada sonrisa, se le quedó mirando fijamente. "A propósito, ¿cómo está tu agujero negro?... ¿Te sigue doliendo?"

Miroku se llevó la mano al rosario que sellaba el agujero que tenía en su mano derecha.

"Maldito…" balbuceó, sintiendo cómo la transpiración corría por su frente.

"Qué lástima que ya no puedas utilizarlo contra mí. Aprecias demasiado tu vida como para intentarlo ¿verdad?" continuó burlándose el monstruo, soltando una ruidosa carcajada.

"¡¡Excelencia!!" saltó Sango, enfurecida. "¡¡Deje que yo me encargue de este sujeto!!" y, alcanzando rápidamente su arma, se dispuso a lanzarle uno de sus ataques a Naraku.

"¡¡HIRAIK…!!"

"¡¡NO, SANGO!!" le gritó Inuyasha, poniéndose de pie para detenerla. "¡No puedo permitir que hagas eso!"

"Pero… Inuyasha…" balbuceó Sango, sin comprender la reacción del hombre mitad bestia.

"Kagome… Kagome está con él…" le dijo, bajando la mirada.

"¡¿QUÉ?!" fue la exclamación conjunta de todos. Observando a Naraku con mucha atención, finalmente lograron visualizar aquella imagen tan espantosa. Los corazones se revolvieron intranquilos dentro de su pecho y se les puso la carne de gallina.

"Ka… Kagome… está…" musitó Sango, sin poder completar la frase.

"¡¡Atrapada en el cuerpo de Naraku!!" exclamó el monje, horrorizado.

"¡¡NO PUEDE SER!!" gritó el pequeño Shippou, llevándose las manos a la cabeza.

Naraku rió con ganas.

"¿Se dan cuenta? Por mucho que quieran, nunca podrán derrotarme. Sólo les queda asistir al espectáculo de sus propias muertes, porque los iré eliminando uno por uno" comenzó de nuevo, disfrutando del sufrimiento ajeno. "¡Y verán cómo acabo con sus compañeros en frente de sus propias narices!... Y ninguno de ustedes podrá hacer nada para evitarlo…"

La rabia y la impotencia se apoderaron de todo el grupo. Era cierto; no podían hacer nada, aunque quisieran. Naraku los había dejado en una terrible desventaja. Parecía que esta vez sí se saldría con la suya. Era una verdadera pesadilla.

"Dime, Inuyasha… ¿Fue peor la vez anterior?... ¿O te sientes más desesperado ahora?" le preguntó Naraku, apretando el estómago para poder absorber a Kagome lo más pronto posible.

"¿Qué…?" dijo él, no pudiendo pensar en otra cosa que no fuera hallar la manera de rescatarla.

"Esa sacerdotisa desconfió de ti en el pasado y fue por eso que te mató. Luego, esta extraña mujer del futuro te volvió a la vida, pero ¿para qué?... ¿para volver a matarte? Porque eso es lo que está sucediendo ahora, Inuyasha: te estás muriendo por dentro al ver cómo se extingue su vida con cada segundo que transcurre" le decía Naraku, intentando provocarlo aún más. "Lo cierto es que no pudiste protegerla al final, así como tampoco pudiste hacer nada por la miserable de Kikyou…"

"Eres un maldito desgraciado…" le contestó Inuyasha, apenas y resistiendo las palabras del monstruo.

"La Perla de Shikon y la sacerdotisa que la custodia siempre me han pertenecido" continuó Naraku. "No sé cómo pudiste imaginar que te dejaría tenerlas"

Naraku soltó su típica risa estrepitosa. Amaba ver ese odio en el rostro de todos, e Inuyasha era quien lo aborrecía con mayor intensidad.

"¡¡¡KAGOME NO TE PERTENECE, MALDITO!!!" le gritó, dando rienda suelta a toda su furia. "¡¡¡NO PERMITIRÉ QUE TE QUEDES CON ELLA!!!"

"¿Y qué vas a hacer? No puedes intentar nada contra mí… ¿O piensas que…?" pero Naraku no pudo continuar con su discurso, ya que en ese momento, rápida como el viento, una flecha desconocida le dio justo entre el estómago y la costilla que le sobresalía, logrando disolver el material viscoso que rodeaba a Kagome.

La puntería era impecable.

"Una flecha sagrada…" balbuceó Miroku. "Pero ¿de dónde salió?"

"¡Mire eso, excelencia!" exclamó Sango, respondiendo a la interrogante del monje.

A sólo unos metros de ahí, de pie sobre la deteriorada roca que revestía la tenebrosa cueva, se encontraba Kikyou, imperturbable y serena como de costumbre.

"¡La sacerdotisa Kikyou!" exclamó el monje, al reconocerla.

Naraku estaba totalmente descolocado.

"Ki… kyou…" musitó, sintiéndose repentinamente enfermo. Y no era para menos; el ataque de la sacerdotisa le había provocado un gran daño.

El costado de Naraku comenzó entonces a hacerse pedazos, provocando que Kagome cayera al suelo, resbalándose por entre medio del material viscoso. Inuyasha, quien también había presenciado la escena con estupor, corrió hacia ella al instante, llevándosela lejos del monstruo.

"¡¡KAGOME!!" gritó, liberando a Kagome del material gelatinoso que aún la cubría. "¡¡DIME ALGO, KAGOME!!

Como despertando de un profundo sueño, Kagome abrió lentamente los ojos y su rostro se iluminó al ver a Inuyasha ante ella. Pero ¿qué le ocurría a él? Sus mejillas estaban empapadas y emitía ahogados sollozos. ¿Acaso estaba llorando?"

"Inu… yasha…" murmuró, acariciándole el rostro. "¿Estás llorando?"

"Kagome…" le dijo él, abrazándola con fuerza. "Pensé… Pensé que te había perdido…"

Mientras tanto, Miroku, Sango y Kirara estaban atentos ante cualquier movimiento que pudiera efectuar Naraku. Era evidente que Kikyou lo había afectado gravemente… Aunque ahora la sacerdotisa parecía haberse esfumado.

"¡Maldita mujer!" gritaba, furioso.

"Las reglas del juego han cambiado, Naraku" le dijo Miroku, sin descuidar la guardia. "Te has debilitado y ahora no dudaremos en acabar contigo de una vez por todas"

"Tonto… ¿Olvidas que los poderes de la Perla de Shikon me hacen invencible?" rió Naraku, muy seguro de sí mismo. "Esto no es más que un rasguño"

El costado de Naraku comenzó a reconstruirse, y su asqueroso estómago expulsó un montón de sucios y repulsivos demonios. Sólo que estos seres habían adquirido una habilidad especial: no importaba cuántas veces fueran eliminados, siempre revivían, y con un poder aún mayor. Sin embargo, los guerreros estaban esforzándose al máximo para poder combatirlos.

Kagome continuaba en brazos de Inuyasha, quien ya se había secado las lágrimas con la mano.

"¡¡KAGOME!!" le gritó de pronto, como volviendo en sí. "¡¡No debiste volver aquí!!... ¡¡Las cosas se han salido completamente de control!!"

"¡No me pidas que te deje, porque no lo haré!" le contestó ella, decidida.

"¡Pero, entiende…!

"¡No!" volvió a contrariarlo. "¡Entiéndeme tú a mí! No pienso abandonarte, Inuyasha. Si regresé, fue sólo para estar contigo y de ninguna manera te dejaré solo en esto"

"Kagome…" sonrió, emocionado.

"Nunca más me separaré de ti… Te lo prometo" le aseguró Kagome, besándolo tiernamente en los labios. A pesar de todo el miedo y la confusión, Inuyasha no podía negar que se sentía inmensamente feliz de poder estrecharla contra sí y sentir su calor una vez más.

Kagome… Mi dulce Kagome…

"Escúchame bien, Inuyasha" empezó a decirle ella, tomándolo de los brazos. "La Perla de Shikon está bajando hacia su estómago. Debes impedirlo porque, de lo contrario, su transformación se habrá completado"

"¿Su estómago…?" repitió Inuyasha.

"Yo iré por arco y flechas, y enseguida me reuniré contigo…"

"Pero…"

"No te preocupes" le dijo Kagome, sonriéndole alegremente. "Tendré mucho cuidado"

Estaban tan absortos en su conversación, que no vieron el peligro acercarse a grandes pasos.

"¡¡INUYASHA!!" gritó Miroku, volteando, a la vez que luchaba con un demonio. "¡¡Detrás de ti!!"

La despiadada garra de Naraku se había alargado para intentar asir a Kagome.

"¡¡REGRESA A MÍ!!" gritó el monstruo, con voz estruendosa. Pero Inuyasha alcanzó a interponerse a tiempo, y la garra se le incrustó en el hombro, dejándole una herida sangrante.

"¡¡INUYASHA!!" gritó Kagome, yendo a su lado, desesperada.

"¡¡Vete, Kagome!!" le dijo él, agarrándose el hombro, contrayendo el rostro de dolor. "¡¡Estaré bien!!"

Kagome asintió con la cabeza y salió corriendo del lugar, tal y como Inuyasha le había dicho. Naraku intentó perseguirla nuevamente, pero esta vez fue detenido por Colmillo de Acero.

"¡¿A DÓNTE CREES QUE VAS, MALDITO?!" le gritó Inuyasha, apuntando al monstruo con su poderosa espada.

Por su parte, Kagome se alejaba cada vez más del escondite de Onigumo.

Dónde podré encontrar un arco y flechas…se preguntaba, mirando hacia todos lados. Pensó que, inevitablemente, tendría que ir a la aldea o, incluso, infiltrarse en la batalla que se estaba llevando a cabo cerca de ahí, si es que aún continuaba, para tomar prestadas las armas de los muertos. ¡Rápido, rápido!… Debo regresar con Inuyasha lo antes posible…

Sin embargo, se detuvo a la mitad del sendero, ya que creyó ver una difusa figura que caminaba hacia ella, en ese instante. Más que por su rostro o sus ropas, Kagome pudo identificarla gracias a las criaturas que la acompañaban, tan religiosamente. Así que decidió salir a su encuentro.

"Kikyou…" le dijo, sonriendo. "Vaya susto que me pegaste…"

"¿Te parezco tan espantosa?" le preguntó la sacerdotisa, con tono irónico.

"¡No, no! Nada de eso" se apresuró a decir Kagome, intentando aclarar el malentendido. "Discúlpame… es que estoy un poco nerviosa"

Kikyou la miraba fijamente, sin ninguna expresión en su frío rostro. Llevaba el arco en la mano derecha y una gran cantidad de flechas estaban guardadas en su carcaj. Kagome contemplaba las armas, maravillada, deseando tener algo parecido para poder luchar junto a los otros. Fue entonces cuando recordó haber sentido un cálido destello sagrado que la liberaba de Naraku, hace unos momentos atrás. Ese poder… Sin duda, se trataba de una de las flechas de Kikyou.

"Fuiste tú ¿verdad?" le preguntó Kagome, acercándose a ella. "Quería darte las gracias por haberme salvado la vida. No sé qué hubiera hecho si…"

"¿Por qué regresaste?" la interrumpió Kikyou, secamente.

"¿Qué… por qué regresé?" balbuceó Kagome, confundida.

"No tienes nada que hacer en este lugar. ¿Es que nunca vas a entenderlo?"

"Pero…"

"Ya todo terminó, Kagome" le dijo, mirándola directo a los ojos. "Es hora de que te vayas a tu casa…"

En el campo de batalla de Onigumo, las cosas estaban poniéndose verdaderamente difíciles.

"¡¡Tu Viento Cortante no sirve!!... ¿Cuántas veces quieres que te lo repita?" le gritaba Naraku a Inuyasha, quien continuaba agitando la espada, una y otra vez.

"¡¡CÁLLATE!!"

Pero lo cierto era que ni siquiera el poderoso Viento Cortante lograba alcanzar a Naraku, pues éste se había vuelto mucho más ágil que antes de absorber la Perla de Shikon. Sin embargo, el monstruo sí que podía dirigir feroces ataques en contra de Inuyasha, hiriendo gravemente su cuerpo con sus largas y afiladas zarpas. Tengo que quitarle la Perla de Shikon… se decía el hombre mitad bestia. Tengo que hacerlo antes de que se aloje en su estómago… ¡Pero me cuesta trabajo seguir sus movimientos!... ¡¡Maldición!!

Muy cerca de ahí, los demás guerreros continuaban batallando por una eternidad con las indestructibles criaturas que Naraku les había dejado para su entretención.

"¡Eso es, Miroku!" vociferaba Shippou, observando la pelea. "¡¡Pégale de nuevo con tu báculo!!... ¡¡Ahora tú, Sango!!"

Miroku y Sango voltearon a mirar a Shippou al mismo tiempo. Sus expresiones no eran precisamente de mucho agrado.

"En vez de estar ahí perdiendo el tiempo, podrías echarnos una mano ¿no lo crees?" le dijo Miroku, golpeando a una criatura maligna.

"Tus poderes serían de gran utilidad" agregó Sango, recibiendo su boomerang de vuelta.

Miroku la miró, extrañado. Luego, sonrió maliciosamente.

"No seas cruel, Sango" empezó a decir, alzando la voz, para que el zorro escuchara. "Es verdad que Shippou no sirve para nada, pero no hace falta que le digas tales ironías…"

Sango le siguió la corriente.

"Tiene razón, excelencia" continuó ella, para luego inclinarse ante Shippou. "¡Perdóname, Shippou! No fue mi intención insinuar que eras un inútil…"

El pequeño zorro había fruncido el entrecejo y apretado los labios, en señal de molestia.

"¡¿Cómo se atreven a decir que no sirvo para nada?!" les reclamó. "¡Ya verán!"

Y, saliendo de su escondite, Shippou fue en busca de un pequeño demonio, para exterminarlo.

"¡Tú, enano!" lo desafió. "¡¡Te destruiré ahora mismo!!... ¡¡FUEGO MÁGICO!!"

Pero lo que parecía ser un insignificante demonio era en realidad sólo la cola de uno de esos temibles monstruos. La criatura se lo quedó mirando y le rugió en la cara.

"¡¡AYAYAIII!!" salió corriendo Shippou, despavorido. "¡¡SÁLVESE QUIEN PUEDA!!"

Al ver que el pequeño zorro volvía a su escondite, a toda prisa, Miroku y Sango estallaron en carcajadas. De pronto, Sango sintió el abrazo de Miroku, quien ahora estaba acariciándole un pecho.

"Ay, Sango…" suspiró el monje. "Hasta en momentos como éste, no puedo evitar dejarme llevar por tus encantos…"

"¡¡AHHH!!" gritó Sango, ruborizada hasta no dar más. "¡¡SUÉLTEME!!"

El sonido de una gran cachetada hizo eco en las montañas…

Desde arriba, el panorama no era nada alentador para la pequeña Rin, quien ya comenzaba a dudar que el cuerpo de su amo aún continuase en aquel lugar, entre tantos demonios y monstruos asquerosos.

"¡No entiendo por qué insistes en regresar, niña malcriada!" le gritaba Jaken, sentado también en el lomo de la criatura que los llevaba volando.

"Estoy segura de que el amo Sesshoumaru no ha muerto" le contestó ella. "Tenemos que rescatarlo, señor Jaken"

"¿Acaso se te olvidó que Naraku lo mató ante nuestros propios ojos?" volvió a reprocharle Jaken, nada contento con la necedad de la niña. "Sé que te entristece mucho esta situación, al igual que a mí claro, pero no podemos hacer nada…"

"¡Si no quiere venir conmigo, entonces no lo haga!" fue la respuesta voluntariosa de Rin, quien hizo que la criatura aumentara la velocidad.

"¡¡RIIIN!!" gritaba Jaken, mientras resbalaba y caía, finalmente. "¡¡Te prohíbo que lo hagas!!..."

"Perdóneme, señor Jaken" dijo Rin, viendo cómo Jaken se perdía entre los árboles de lo que, anteriormente, había sido un frondoso bosque.

Al llegar a tierra firme, Rin sintió temor ante el espectáculo que se le presentaba más adelante. Era mucho peor visualizarlo desde ahí que desde las alturas. Además, estaba todo muy sombrío y, en algunas partes, el suelo se había abierto. ¿Dónde está, amo Sesshoumaru? se preguntaba, buscando aquí y allá. ¿Dónde está…?

Finalmente, llegó a una zona en que el terreno era más bien plano y que estaba cubierto por una sustancia pegajosa. Podía sentir aquella viscosidad bajo sus pies. Naraku sepultó a mi amo bajo una sustancia como ésta… recordó la niña. Y, entonces, su expresión se llenó de regocijo cuando al fin pudo distinguir el rostro de Sesshoumaru, el cual se asomaba por aquel material pegajoso. Se acercó cautelosamente al cuerpo y, con sus pequeñas manos, intentó remover el resto, pero se hirió las palmas y las yemas de los dedos. La sustancia era demasiado maligna para ella.

"¡¡Amo Sesshoumaru!!" le decía Rin, meciéndolo. "¡¡Despierte, por favor!!"

Pero Sesshoumaru seguía sin moverse. Rin lo llamó una o dos veces más, cuando, de pronto, sintió un aliento fétido a sus espaldas, y luego, un jadeo monstruoso.

"Amo… Se…sshoumaru…" balbuceó, volteándose lentamente.

La criatura que tenía detrás emitió un gutural alarido y se abalanzó sobre ella, sin tener la más mínima consideración. Rin se debatió con todas sus fuerzas para evitar que las garras del demonio la alcanzasen, pero la criatura terminó por acorralarla.

"¡¡AMO SESSHOUMARU, AYÚDEME!!" gritaba desesperada, tratando en vano de zafarse.

En ese momento, la tierra bajo la sustancia viscosa pareció temblar y una especie de látigo venenoso, que salió desde el interior, la disolvió por completo.

La silueta de Sesshoumaru volvía a destacar en la oscuridad de la noche.

"Apártate, Rin" le ordenó el demonio, imperturbable.

Rin asintió con la cabeza y huyó para ponerse a salvo.

La criatura demoníaca retrocedió ante la brusca embestida de Sesshoumaru, quien le cortó la garganta con un solo movimiento. El monstruo cayó al suelo, derribado, y Sesshoumaru sacudió la sangre que había quedado en su espada.

"¡¡AMO SESSHOUMARU!!" llegó gritando Jaken, con lágrimas en los ojos. "¡¡ESTÁ VIVO!!"

Sesshoumaru observó a su sirviente, con calma. Éste tragó saliva, intimidado por la mirada fría de su amo.

"¡Amo Sesshoumaru, le juro que nunca lo traicioné!" empezó a excusarse, transpirando. "Si no regresé, es porque usted mismo me ordenó que, si algo llegaba a pasarle, me llevara a Rin…"

Pero el demonio sólo se volteó, enfundando su espada. Así que Naraku pensó que podía acabar conmigo… se dijo. Qué ingenuo de su parte…

Una gran explosión se sintió muy cerca de ahí. Ese poder era, sin duda, el causante de que la tierra hubiese sido surcada tan profundamente, por todos lados.

"Colmillo de Acero…" balbuceó Sesshoumaru, con los ojos brillosos. Se encaminó entonces hacia el lugar de donde provenía tal descarga de energía, pero se vio obligado a detenerse en seco: había percibido un extraño ruido, como de tejidos y músculos convulsionándose, y de sangre fluyendo.

"¡¡Amo Sesshoumaru, CUIDADO!!" gritó la pequeña Rin, previniendo a su amo.

¿Cómo era posible que el inmundo demonio que había destruido hace tan sólo un momento continuara con vida? La criatura se alzó sobre Sesshoumaru, más fuerte y amenazadora que antes, pero fue degollada por segunda vez por la poderosa espada Tokijin. Sesshoumaru no acababa de comprender lo que estaba sucediendo cuando ocurrió algo inesperado: su otra espada, Colmillo Sagrado, comenzó a palpitar. El imponente demonio estaba aún más extrañado… Sacó la legendaria espada de su funda; seguía palpitando. La observó detenidamente por unos instantes y una idea comenzó a gestarse en su cabeza…

Continuará…