NOTA:
Hay un poco de Lemon, aunque nada demasiado explícito si requiere discreción y criterio amplio.
Capítulo 14 Un Adios Agridulce.
Llegaron al 1411 de la calle Broadway, el imponente edificio estaba hermosamente iluminado, era la sede del Metropolitan Opera Center, esa noche se presentaba una de las obras maestras de la ópera, Rigoletto, una obra de traición, venganza y tristeza.
La tía Elroy los había dejado asistir solos alegando que estaba indispuesta, la realidad era que quería darles espacio, se había dado cuenta de que ambos habían hablado con Terry, y si bien se preguntaba la razón, confiaba lo suficiente en la sensatez y prudencia de Candy y Albert, así como en el honor del futuro duque de Grandchester como para no inmiscuirse. Lo único que le extrañó un poco fue recibir un telegrama dirigido a Candy de parte de Eleanor Baker, pero simplemente lo dejó sobre el tocador de Candy.
Al igual que las veces anteriores, la prensa estaba congregada, pero esa noche los dejaron en paz, tomaron las fotos necesarias, pero no preguntaron indiscreciones. Sus preguntas solo fueron relacionadas al atuendo y joyas de Candy. Ella contestó con una sonrisa que cautivó sus corazones, y después subió los peldaños del teatro del brazo de Albert.
Candy no lo sabía, pero Albert había pasado la mañana en la biblioteca moviendo las influencias de los Andrew con tal de parar a la prensa y asegurarle dos días de tranquilidad a su familia, incluso los tabloides tendrían que medirse, ellos no sabían a ciencia cierta la posición de William Andrew, aunque algunos aseguraban que él estaba prácticamente arruinado, para los editores no fue nada divertido su llamada furiosa y amenazas ante lo que habían publicado sobre su hijo.
La primera llamada al editor que había iniciado el rumor no tuvo efecto inmediato, pero después de haber comprado el periodicucho en tiempo record y ordenado que fuera cerrado, los demás entendieron que no podían correr riesgos. Después de todo al parecer aún comandaba la fortuna de los Andrew, aunque no estuviera a su nombre. Lo que ellos no sabían era que Albert había comprado la casa editora con su propio dinero, Dean le había recordado que no era prudente arriesgar de esa forma su limitado capital, pero Albert había hecho caso omiso y le había ordenado encargarse de la negociación y medidas posteriores.
Cuando entraron al recinto se mezclaron con los ahí presentes, la función aún no empezaba, era común platicar, incluso hacer negocios antes de que empezara la función. Albert se sentía feliz de llevar a Candy a su lado, ella atraía las miradas, y saludaba con gracia a los conocidos. Albert divisó a Robert Rockefeller y a su esposa en una esquina del lugar. Eran una pareja de la edad que sus padres hubiesen tenido, ambos habían sido amigos de sus padres, y tenían un afecto especial por Albert, aunque no lo frecuentaran mucho.
William, que bueno que llegaste. – Robert le dio un abrazo efusivo.
Gracias Robert. Ariadne, como siempre cada día estas más hermosa. – dijo el rubio al tiempo que le besaba la mano.
William, eres un descarado. Candy, bienvenida… ¿no te molesta que te llame Candy verdad?
¿Cómo más podría llamarme? – preguntó Candy inocentemente olvidando por un momento que no había visto antes a la hermosa mujer de cabellos plateado y ojos violetas.
Sra Andrew por supuesto. Dijo Robert con mirada divertida, había escuchado sobre la inocencia y frescura de ella, pero su pregunta sin pretensiones le había enternecido.
Candy está bien Sra…
Sólo Ariadne Candy, es un placer conocerte, William es cómo un hijo, aunque casi nunca lo vemos lo apreciamos por los años que tenemos de conocerlo. Lamentablemente no teníamos el gusto de conocerte, cuando se casaron estábamos de viaje. Y después te nos escapaste todas esas veces, aunque viendo las fotos de los diarios entiendo porque, tus hijos son bellísimos. -
Gracias Ariadne. –
Bien muchacho, dime si son ciertos los rumores que corren de que te encargaste del periodicucho que osó publicar semejante tontería. –
¿Cuál tontería? - interrumpió Candy, ella no había tenido tiempo de ver la prensa.
Robert, has sido imprudente. – le reprochó Ariadne – querida, hubo un periódico que puso en duda la paternidad de William… -
¿La paternidad de William con Rosemary?
No Candy, mi paternidad de Stear, porque no es rubio como nosotros.
¡Cómo se atreven! Debo hablar con George para que haga algo…
No es necesario querida, tu flamante esposo al parecer ya lo hizo, si los rumores son ciertos compró y cerró el periódico en menos de una hora, por supuesto nadie más se atrevió a negarse a dejarlos en paz. - le dijo Ariadne
Gracias William.
Dime hijo, que se siente ser un caballero en armadura.
Robert, no puedo dejar que cuestionen el honor de mi esposa, ni el origen de mis hijos, no hice nada extraordinario.
No te hagas el modesto, para lograr las cosas así de rápido debiste desembolsar una buena cantidad, y conociéndote eso no salió de las arcas de los Andrew, sino de las tuyas.
Robert…
Estoy siendo entrometido de nuevo, chicas, espero que me perdonen si me robo a William un momento. – dijo incluyendo a su mujer en el "chicas" y sonriendo.
¿Te molesta...?
No William, ve.
Yo le haré compañía, no te preocupes, y no te dejes mal influenciar por Robert los veremos en el palco. - dijo cariñosamente Ariadne.
Los caballeros se fueron, y Ariadne condujo a Candy al palco. Aún faltaba alrededor de cuarenta minutos para que iniciara la función.
Espero que no te moleste que hayamos venido al palco. –
Para nada, ha sido un día ocupado, así que agradezco la oportunidad de alejarme del bullicio. –
¿Puedo serte franca? – La pregunta directa sorprendió un poco a Candy, pero no le molestó, odiaba la falta de franqueza de muchos en el círculo dónde se movían.
Claro que puedes ser franca. -
Te admiro por poder estar aquí hoy con la frente en alto, del brazo de William, como si nada hubiera pasado.
No tengo opción, por un lado, y por el otro, no me cuesta nada.
¿Sabes que te ama?
Ariadne…
Estoy siendo entrometida, lo sé, por eso pregunté si podía ser franca, si estoy siendo demasiado imprudente puedes callarme. Pero escúchame. Creo que te ama, porque ningún hombre le entrega a una mujer todo, por más culpable que sea. Primero muertos que ceder el poder, y William te ha dado toda la fortuna Andrew, y el poder que conlleva.
El hizo el prematrimonial mucho tiempo atrás.
Candy, un hombre tan poderoso como William Andrew no se deja vencer tan fácilmente, sé que me dirás que Elroy Andrew estuvo de tu lado, pero la realidad es que él hubiese pasado por encima de ella sí así lo hubiera querido. Así que mi conclusión es que lo tienes en la palma de tu mano.
¿Y de qué sirve? Yo no quería la fortuna Andrew, ni tenerlo en la palma de mi mano, yo lo quería a él.
Nunca le vi la cara que tenía hoy cuando estaba con ella.
Tú los viste…
Me los topé algunas veces, y puedo decirte que contigo se ve feliz, con ella se veía atormentado, molesto, decepcionado consigo mismo. No quiero abogar por él, quiero ayudarte a que te sientas bien, a que superes esta etapa, a que te des cuenta de que tienes mucho poder, y te preguntes que vas a hacer con él aparte de hacer más dinero para los Andrew.
¿A qué te refieres?
Tienes una posición única, muy pocas mujeres tienen la oportunidad de hacer algo para cambiar la situación de otras mujeres, y tú tienes oportunidades ilimitadas, no tienes que pedir parecer para instituir las obras de caridad que tú quieras, tampoco para apoyar las causas que te apasionen, Candy, debes encontrar tú propósito en esta vida mucho más allá de ser la Señora Andrew o la madre de tus hijos, o la esposa de William Andrew.
Sabes que voy a Europa para…
¿Convertirte en una gran dama? Ya lo eres, una amiga me contó cómo enfrentaste la situación con Amelia en el Hilton, y Robert me ha dicho el excelente papel que hiciste en el corporativo, nadie puede acusarte de tratar mal a tu esposo en público, te has dado tu lugar, y estos meses de descanso te los mereces, no digo que no viajes, solo creo que tal vez aparte de aprender francés o el arte de servir el té, podrías aprender sobre cosas que te apasionen, qué te den propósito y sentido.
William me dijo que se había fijado en ella por su sofisticación, y por… - Candy enrojeció.
Porque era buena en la cama. Así son los hombres a veces, unos brutos, pero eso no importa, no importa en que se fijó, tu eres la señora Andrew, la mujer de la que él se enamoró años atrás, la que escogió para ser la madre de sus hijos, Candy, no hay punto de comparación, no hay competencia, ni siquiera te dignes en recordarla. Él sigue a tu lado, aun sabiendo que el día que quieras te divorcias de él. No dignifiques esa relación tratando de cambiar para ser lo que según él vio en ella. Haré una pregunta más indiscreta aún. ¿Durante ese tiempo, lo sentiste distante en la cama?
No, incluso, creí que estábamos alcanzando nuevos lugares juntos, ahora veo que la inspiración fue ella.
¡No! Sí él hubiera estado satisfecho con ella, se hubiera distanciado de ti.
¿Cómo puedes estar tan segura?
No puedo estar 100 % segura, pero he vivido lo suficiente como para saber leer entre líneas. Sí ella no hubiera armado el escándalo, ¿dirías que tu matrimonio con él era feliz?
Sí, sobre todo esos últimos meses, fue como al principio, nos dimos tiempo, nos disfrutamos, Rosemary es la prueba más fehaciente de ello.
Piensa en lo que te dije sobre encontrar tu propósito más allá de ser la señora Andrew, podría ser interesante.
Justo de eso hablábamos William y yo en cierta forma, me sugirió crear una fundación de los Andrew para beneficiar alguna causa, y le decía que quiero apoyar más orfanatos, cómo en el que crecí, el buscará opciones estos meses para ir planteando los proyectos, así que yo investigaré también al respecto del manejo de las fundaciones.
Es un buen lugar dónde empezar, te felicito. ¿Has pensado que vas a hacer si te divorcias?
Pues, eso es algo que me preocupa un poco, tal como están las cosas ahora, seguiría ligada completamente a los Andrew de por vida, y aunque mis hijos son Andrew, creo que yo no quisiera seguir siendo la matriarca. William no hará nada por dañar a sus hijos, estoy segura, aunque sé que lo más inteligente es poner candados para asegurar el patrimonio de ellos… Eres bastante diferente ¿lo sabes?
Pensaste que hablaríamos de modas y frivolidades. También puedo hacerlo, pero, aunque no nos habíamos conocido antes, tenemos muchas cosas en común, no es algo que publico, pero tampoco conocí a mis padres, y Robert en su momento también tuvo su desliz, digamos amablemente, así que quería platicar contigo, para ofrecerte mi apoyo incondicional como mujer. Tengo un buen abogado si quieres renegociar los términos del divorcio o del prenupcial. Un agente de bienes raíces que te conseguirá una casa o departamento nuevo para empezar de cero, contactos suficientes para conseguirte trabajo dónde quieras, incluso un hijo de la edad de William que se rehúsa a casarse porque las mujeres que conoce no tienen en la cabeza nada más que frivolidades, así que considérame tu amiga. Y, por cierto, quien ofreció la fiesta no fuimos nosotros, sino mi cuñado, y él es, por decirlo suavemente otro tipo de hombre.
Gracias Ariadne, aprecio tu franqueza. –
Albert y Robert habían llegado justo en ese momento, tomaron asiento al lado de sus respectivas esposas y el telón se abrió. Candy nunca había visto Rigoletto, el dramatismo de la historia y la excelente música la cautivó. Al finalizar había lágrimas en sus ojos.
Se dirigieron a la recepción en el Waldorf Astoria, o al menos eso era lo que Candy pensaba cuando subieron al auto.
¿Por qué dejaste que Jones se fuera?
Tenía algo personal que hacer.
Me estás mintiendo…
¿Cómo lo sabes?
Pasaste tu mano por el cabello, sueles hacer eso cuando mientes.
En verdad me conoces pequeña, dime, ¿qué te pareció Ariane?
Es una mujer muy directa.
Sí, ¿te incomodó?
No realmente, tuvimos una plática interesante. ¿Qué hay de ti y Robert?
Nos pusimos al corriente. Me ofreció algunas inversiones interesantes.
¿Para los Andrew?
No, para mí.
¿Es necesario hacer más dinero?
No realmente, pero de algo tengo que vivir.
William, no es cómo que te falta nada… William, ya no estamos en la ciudad.
Así es…
¿A dónde vamos?
Ya lo veras, es una sorpresa.
William, debíamos ir al Waldorf, Ariadne y Robert nos esperan, Terry nos espera.
Candy, hoy no me importa quién nos espera, tú te vas en poco tiempo.
William, no lo hagas difícil.
Candy, ya he hecho que todo sea difícil, te juro que no es mi intención hacerlo más difícil. Por favor, aunque sea solo por esta noche confía en mí. Déjame ayudarte a olvidar.
Albert había detenido el carro a un costado de la carretera, y clavaba su mirada suplicante en la de ella. El temor, el dolor, la decepción amenazaban con hacer erupción dentro de ella, pero la mirada de él le permitía ver su alma atormentada. Y en algún recóndito lugar de su corazón, debajo de tantas barreras aún había un vestigio de sentimiento por el monumento de hombre que tenía enfrente, y la duda de si lo que Ariadne le había dicho era cierto la carcomía, ¿sería que lo tenía a su merced?
Está bien William, vamos.
Gracias hermosa.
¿Falta mucho?
Jajajaja, impaciente como siempre. Un poco más, pero te prometo que valdrá la pena.
Tengo hambre…
Ahora entiendo la impaciencia. Te prometo que te alimentaré pronto. - su voz era diferente, no había tensión, ni reserva, era el tono dulce y tierno de antaño, ese timbre la hizo estremecerse.
Manejaron por diez minutos más en silencio, llegaron a un paraje, Albert estacionó el auto y le dijo que esperara un momento. Rodeó el auto y le ayudo a descender, la brisa marina golpeó su rostro, el murmullo de las olas, la humedad del ambiente, el olor de la sal del mar. Sus sentidos se inundaron de la belleza del entorno que los rodeaba, la luna un perfecto círculo de plata trazando un líquido camino en las aguas, el firmamento lleno de estrellas, era cautivador. La inmensidad del mar, su imponente grandeza, la hicieron sentir como sí todo incluyendo sus problemas y ella misma fuesen pequeños, había algo en la vista que le imponía, la muestra de algo superior capaz de contener las aguas en su límite, aun cuando estas embestían la orilla una y otra vez.
Es hermoso…
No tanto como tú, pero, me da gusto que te agrade. Ven, quiero llevarte a un lugar.
William,el vestido, los tacones, la capa que me regalaste, todo se estropeara con la arena y la sal.
Candy, la mujer con la que me casé no hubiese pensado en eso ni por dos segundos…No es reproche mi amor, sé que tampoco soy el mismo, pero quisiera que por esta noche pudiésemos ser solo Albert y Candy, el hombre amnésico y sencillo que vivía solo por ti, y tú el hermoso ángel dispuesta a sacrificarlo todo por lo que creía era correcto. Seamos las dos sencillas personas que prometieron compartirlo todo. Seamos los que éramos antes de perdernos en el laberinto de poder y obligación que conlleva ser un Andrew.
William…
No, Albert, por favor, aunque sea solo por esta noche.
Muy bien Albert, te apuesto que llego antes que tú hasta la orilla.- dijo ella mientras se quitaba los tacones y levantaba las faldas para correr descansa sobre la arena, la luz de la luna jugando con la pedrería de su vestido. Los diamantes de sus joyas destellando arcoíris multicolores, sus cabellos dorados desprendiéndose el peinado y cayendo sobre su cuello.
Albert la observó correr por unos segundos, recogió los zapatos que ella dejó tras de sí y corrió tras de ella, él era más alto por lo tanto sus zancadas eran más grandes, y estaba a punto de alcanzarla cuando ella llegó a la orilla y sin previo aviso, ignorando la fresca brisa, se despojó de la capa y del vestido para introducirse al agua. El corazón de Albert se saltó dos latidos y luego comenzó una marcha acelerada.
¡Candy! el agua debe estar helada.
Ven tú mismo a comprobarlo.
Él sonrió, y juntó las cosas de ella, mientras la observaba brincar las olas que se embestían contra ella. Se deshizo de su frack y caminó lentamente rumbo a dónde ella se encontraba, ella volteó a verlo, la luz de la luna iluminaba su cuerpo, sus cabellos habían crecido en los meses que él había estado alejado del corporativo y al volver, no se había molestado en cortarlos, normalmente los llevaba en una discreta coleta, pero la carrera y la brisa se habían encargado de deshacerla, ella observó sus músculos perfectamente delineados, su ancho pecho y angosta cintura que hacía esa forma en V que corta la respiración, sus estrechas caderas y poderosas piernas, lo observó como la primera vez que lo vio, anhelando sentir sus manos y su boca recorriendo su cuerpo, pero también había un deseo de tener el control, de no dejarlo tocarla hasta que ella se lo dijera, de torturarlo con su cercanía, con su boca en la de él, con sus delicadas manos recorriendo la dureza de su cuerpo, y con su suave seno apretado contra él.
Albert pudo sentir su mirada, y camino hacia ella viéndola a los ojos directamente, se introdujo lentamente en el agua, ella estaba parada, la espuma del mar se remolineaba a su alrededor, las olas chocaban contra su espalda y cintura, a veces la cubría hasta los hombros y otras veces dejaba sus exquisitas piernas al descubierto, era la imagen de la mismísima Afrodita emergiendo del mar después de uno de sus encuentros furtivos con Poseidón.
Él llegó hasta ella y se paró muy cerca, tan cerca que podía sentir su aliento y el calor que su piel irradiaba, pero no la tocó, algo en su mirada le decía que ella quería tener el control, y a decir verdad, él estaba dispuesto a que ella tuviese el control de él y de su vida por toda la eternidad.
Él familiar aroma varonil la asaltó, ella sabía perfectamente lo que se sentía recorrer con sus manos sus hombros, bajar por sus pectorales, rozar levemente con sus yemas las puntas ya erectas de sus pezones, continuar su camino por su abdomen, hasta su cintura, y un poco más allá.
No había cordura, ni celos, ni dolor, o enojo en ese momento, solamente deseo, pasión, lujuria, anhelo, y aunque era difícil reconocerlo, aún había amor. La llama de su amor estaba muy cerca de extinguirse, pero podía ser suficiente para encender una hoguera si se atrevían a tomarse de la mano y no mirar atrás.
Se quedaron muy quietos muy cerca del otro, sus cuerpos apenas rozándose, pero sus miradas entrelazadas. Ella levantó su mano y la puso en el abdomen de él mientras le sonreía pícaramente. Él con voz ronca le dijo:
¿Qué pretendes?
Aún no lo sé… dime, ¿estamos en propiedad privada, o corremos el riesgo de ser descubiertos?
Estamos en propiedad privada, y me he asegurado de que nadie nos descubra.
Entonces, dime que planeabas al traerme aquí. - dijo ella mientras deslizaba su mano hacia sus pectorales y con la otra rodeaba su cintura para posarla en su muy bien dotado trasero. Él estaba haciendo uso de toda su fuerza de voluntad para no moverse y tomarla en brazos para hacerla suya en ese preciso instante.
No estarás aquí en tu cumpleaños, así que pensé en celebrar antes de que te fueras.
¿Y tus planes incluían esto?
Pequeña, sólo en mis más locas fantasías pensé que obtendría tanto el día de hoy.
Aún no hemos hecho nada, y no sé si lo haremos.
Él verte correr, despojarte del vestido, ver tu ropa interior transparentarse por el agua, y pegarse como una segunda piel es mucho más que nada. Y sí contamos además que tus manos recorren mi piel por primera vez en muchos meses, créeme que, aunque no hiciéramos nada más soy el hombre más feliz de esta tierra. – Ella vio en sus ojos su alma, leyó verdad en lo que decía. Le sonrió y le dijo mientras posaba su mano en la nuca de él y se ponía de puntillas.
Bésame... borra con un beso todo lo que hemos pasado estos meses. Hazme perder la noción del tiempo, haz que el mundo de vueltas y se detenga a la misma vez.
Él la rodeó con sus fuertes brazos, apretándola contra su cuerpo, y levantándola para compensar la diferencia de altura con un solo brazo enredado en su cintura, tomó con la otra mano su rostro, rozó con sus yemas sus labios, y viéndola a los ojos le dijo.
Te amo. –
No la dejó responder, la besó, metódica y concienzudamente, primero apenas rozando sus labios con su boca, ella se aferraba a él con sus brazos alrededor de su cuello, el profundizó el beso un poco más, disfrutando de su sabor, de la suavidad de su cuerpo tan íntimamente pegado al suyo. Después invadió su boca con su legua, y mordisqueó levemente sus labios, ella lo atrajo más hacia sí, queriendo borrar cualquier vestigio de espacio entre ellos, rodeó su cintura con sus piernas, y tomó su rostro con sus manos. Eran demasiados meses de hambre acumulada, de deseo, sus cuerpos se conocían perfectamente, y reaccionaron a su cercanía, pero él no la tomaría ahí en ese momento, disfruto de ella, y poco a poco fue relajando un poco el beso y caminó con ella hasta la orilla, con cuidado desenredó sus piernas de su cintura, y la puso de pie en la arena. Ella entendió que quería tomarse las cosas con calma, y recargó su cabeza en su pecho, permanecieron abrazados mientras sus acelerados corazones se calmaban, y la brisa fría hacía lo propio con el resto de sus sentidos.
Muéstrame la sorpresa…
¿Cómo sabes que habrá una sorpresa?
Albert, eres el hombre que inundó de dulce Candys la mansión de Londres para mi cumpleaños, el que me llevó a volar en globo para ver el amanecer y pedirme que fuera su esposa, él que acaba de comprar un periódico con tal de que se callen los rumores sobre nuestro hijo… por supuesto que hay una sorpresa.
Ahora que mencionas todas las anteriores, tal vez esta no es tan espectacular, pero vamos. – le dijo mientras la cubría con la capa y la tomaba de la mano para caminar por la orilla de la playa.
¿y nuestras cosas?
Aquí estarán cuando regresemos, no te preocupes, anda vamos. – Él sólo se había puesto la camisa encima y abrochado dos botones.
Caminaron y más adelante Candy distinguió el fuego de antorchas que iluminaban un camino.
¿A dónde lleva?
Ya lo verás.
Dime…
No, es sorpresa, anda vamos.
Candy caminó entre las antorchas y divisó al final una mesa, sillas, y una enorme tienda blanca, al lado de las mesas había una hielera de plata con una botella en ella. Y una mesa hermosamente preparada con alimentos estaba cerca de la mesa conde comerían.
¿quieres ponerte algo seco?
¿Tenemos algo seco que ponernos?
Claro, entra a la tienda. Puedes cambiarte ahí dentro.
Ella abrió con curiosidad la tienda y se encontró con que el lugar estaba alfombrado con un hermoso tapete persa multicolor, sus finos hilos de seda formaban hermosas flores, había montones de cojines, y suaves mantas de seda y cachemira. En una esquina había una jofaina y un lavabo de porcelana blanca sobre una base de metal forjado, y a su lado un hermoso baúl. Candy se acercó para abrirlo y encontró una hermosa bata de lino color turquesa bordad con hilos dorados. Se despojó de la ropa interior mojada y se puso encima la bata, era de mangas largas, se ceñía debajo del busto le llegaba hasta los tobillos, tenía aberturas a los lados y un generoso escote. Vio un par de hermosas pantaletas de encaje del mismo color y se las puso debajo, pero omitió el sujetador que se encontraba con ellas, hizo lo que pudo con su cabello, que comenzaba a ensortijarse alborotado alrededor de su cara y salió
Traté de imaginarte una y otra vez usando esa bata, y nunca logré tanta belleza.
Es perfecta, gracias.
Ven, sé que te mueres de hambre, comamos.
Ella se acercó a la mesa para decidir que servirse, había carnes frías, quesos, panes, fruta, postres, todo hermosamente servido, y exótico, era lo que ella había imaginado que sería una cena con el Conde de Montecristo en su cueva secreta. Esperaba ver aparecer sirvientes de oriente aparecer en cualquier momento. Mientras ella se servía Albert había entrado a la tienda a cambiarse, y salió de ahí con un pantalón de lino color arena y una camisa azul marino, que tampoco había abrochado mucho.
Y bien, ¿así lo imaginabas?
¿qué?
Una cena con el Conde de Montecristo.
Jajajaja no puedo creer que lo recuerdes.
Claro que lo recuerdo, ese iba a ser nuestro viaje de segunda luna de miel, Italia, Corisca, y el mar mediterráneo en busca de la cueva de las mil maravillas.
Tiene varios años que no leo ese libro.
Lo sé… pero pensé que sería un buen regalo de cumpleaños-
Lo es, gracias.
Comieron hasta saciarse, y bebieron vino hasta sentirse un poco mareados. Él la invitó a bailar al ritmo que el viento y las aguas marcaban, la atrajo a él y bailaron al ritmo de su vals favorito tocado en sus mentes. Él sintió que ella se estremecía con la brisa.
¿Quieres que entremos a la tienda?
Sí, hace frío.
Vamos.
Entraron y se tumbaron entre los cojines, ella se recargó en su pecho y el la rodeó con su brazo.
¿No se preocuparán por nosotros?
No, le mandé una nota a la tía para avisarle que no volveríamos esta noche.
¡Oh Dios! Habrá que enfrentarla mañana.
No veo porqué, somos marido y mujer.
No quiero pensar en ello ahora. Dime, ¿de quién es esta propiedad?
Es tú regalo de cumpleaños.
¿Albert?
La compré con mi fortuna personal, quería construir una casa para nosotros y los niños aquí, estaba a mi nombre, pero pedí que lo pusieran al tuyo para que fuera tu regalo de cumpleaños.
Albert, ¿qué tan amplio es tu 2 por ciento?
Jajajajaja, ¿porque lo preguntas?
Porque sigues gastando como si las arcas de los Andrew siguieran a tu disposición.
Olvidas que tengo el don de Midas. Mi dos por ciento, ha aumentado cuantiosamente en estos meses. Pero solo porque quiero seguir mimándote, todo el dinero es para ti y los niños. La fortuna de los Andrew ha sido una carga y una bendición para mí desde pequeño, por ella tuve que vivir entre las sombras desde que mi padre murió, pero también por ella te tengo a ti.
Albert, yo quiero…
Quieres irte, lo sé, y te prometí que no te lo impediría. Pero tú me prometiste que por esta noche podíamos se los de antes.
Y según tú, ¿Qué implica eso exactamente?
Que puedo desnudar mi alma delante de ti.
¿Qué quiere decirme tu alma?
Que te amo, eres la mujer más hermosa que he conocido, te admiro, como mujer, como esposa como madre.
Ariadne me dijo que nunca te vio la cara que tenías conmigo cuando estabas con ella.
Tiene razón, Candy, sólo te he amado a ti. Ella fue mi más grande error…
Candy sabía que si seguían hablando corría el riesgo de romper la magia, así que en vez de dejarlo continuar lo besó. Él la estrechó contra él, y la hizo girar para que quedará recostada sobre su cuerpo. Sentir el peso femenino sobre él lo excitaba. Ella pudo darse perfecta cuenta de ello.
- ¿quieres que pare?
- No, quiero qué nos perdamos el uno en el otro.
Esa fue suficiente invitación, el giró para quedar sobre ella, y pasó de su boca a su oreja, descendió por su cuello, y con sus manos rozó por encima de la delgada tela sus pezones. Continuó su camino hasta sus muslos, descubiertos por las aberturas de la tela a los costados, la acarició, siguió dejando un rastro húmedo de besos por su cuello y su pecho, rozó apenas con su lengua por encima de la tela sus rosadas protuberancias y ella se estremeció y gimió un poco, el abrió la tela y dejó al descubierto sus blancos senos. La besó concienzudamente por cada rincón de su ser mientras la desvestía, la hizo voltearse y recorrió con su boca sus hombros y espalda, ella se estremecía y gemía ante su toque y la calidez de su piel y su aliento, la hizo alcanzar el clímax una y otra vez de diferentes maneras. La rosada luz del amanecer bañaba los cielos cuando él la miro a los ojos pidiendo permiso para entrar en ella. Ella sonrió y lo empujo de espaldas, él la miro sorprendido mientras ella se sentaba a horcajadas sobre su piel desnuda, y moviendo sus caderas lo hacía llegar a alturas que nunca había llegado.
Se durmieron uno en brazo del otro, satisfechos, cansados. Sus cuerpos se enredaban como si fueran uno solo. Esa noche no había sido sólo sexo, sus almas se habían tocado y habían vuelto a ser una.
Puerto de Nueva York, 24 horas después.
Obedezcan a mamá.
Si papi – dijeron los dos pequeños al unísono.
¿Vendrás a vernos? – preguntó Anthony.
Si, iré a verlos, te lo prometo, disfruta, te encantará el viaje. Los amo. -
Albert los abrazó, y los pequeños se aferraron a él.
Vengan, dejen que su papá se despida de su mamá. - dijo el actor con su característico acento británico mientras le extendía la mano a Albert en señal de despedida para después tomar de la mano a los pequeños y encaminarlos al barco.
William…
Candy, te amo, eso no cambiará, iré tan pronto como pueda, y espero que pronto podamos volver a ser una familia.
Gracias, por entender.
Sé prudente con Terry.
Lo seré, sin embargo, si lo acompañaré a ver a sus padres… no puedo creer que el duque esté tan enfermo, sabes que, si muere, tendrá que tomar una decisión acerca del ducado.
Te amo, y espero que quieras volver a mis brazos pronto.
Le dijo él mientras la abrazaba. Ella sintió que su corazón se oprimía un poco, dejó que tomara su cara entre sus fuertes manos y la besara suavemente. Después la dejó ir, la observó recorrer la pasarela hasta llegar al lado de Terry y los niños que la esperaban sobre la cubierta. Elroy, Dorothy y Rosemary ya estaban es sus camerinos. Él se quedó parado vi agitando su mando para despedirse de sus hijos hasta qué el barco se volvió demasiado pequeño, sólo entonces dio la media vuelta y subió a su auto con rumbo al departamento.
Nota:
Chicas, perdón por haberme tardado un poco, les prometo que no era mi intención, solo que he tenido mucho trabajo. Como siempre espero sus comentarios. Al final me pareció lógico que tuvieran una noche de despedida por así decirlo. Aún no sabemos que pensaron los dos después de esa noche, ni que pasará en el viaje entre Terry y Candy. No quiero jugar con los sentimientos de nadie, sólo esto fue lo que fluyó, espero les haya gustado.
