Capítulo 14 - El hechizo más poderoso
La primera vez que había escuchado el tiempo que faltaba para el gran evento, Francis había creído que faltaba mucho para que llegara y cada vez que lo recordaba le parecía irreal, algo que nunca llegaría, que estaría en el futuro por siempre. No obstante, el inexorable paso del mismo no podía ser detenido por la mano de un simple hombre, así que la distancia entre el día de hoy y ese punto en el futuro se había ido reduciendo. Cuando quedaban dos semanas aún se aferraba a esa fantasía de que no iba a ocurrir, por mucho que Antonio le hubiera rechazado diciendo que estaba comprometido y que no podía cometer tales insensateces.
Las clases a posteriori de tal evento fueron de las más tensas que recordaba. Era como si hubieran vuelto al inicio de su relación y Antonio esquivaba cada tema fuera de los terrenos de la enseñanza con una habilidad digna de mención. Los días fueron pasando y a mitad de la siguiente semana las clases se terminaron. El romano tenía cosas que preparar y tanto él como Diago le pidieron perdón por el cese de las mismas, que duraría incluso un tiempo después de la celebración. Incluso en ese instante creyó que el día no llegaría, pero estaba muy equivocado.
Se había aferrado con las uñas al paso del tiempo, inconscientemente pensando que podría ganar a algo tan poderoso, pero sólo había dejado el rastro de sus uñas por la línea temporal. Cuando abrió los ojos, asustado por un sonido estridente, observó el techo de la habitación ausentemente. Se escuchaba el ruido de la lluvia chocando violentamente contra la ventana y durante medio segundo la estancia se iluminó totalmente por un rayo que había caído no muy lejos de donde se encontraba. Le siguió un sonido fuerte que hizo vibrar hasta la ventana. Se pasó la mano por la zona derecha del rostro y suspiró con pesadez, mientras los dedos se llevaban parte del sudor frío.
Últimamente no había dejado de tener sueños extraños en los que Antonio no terminaba demasiado bien. El primero había sido el del campanario, que se había ido repitiendo durante los días que siguieron. Sin embargo, aquella vez el escenario había sido diferente y eso era lo que más le había desconcertado. Su pesadilla había estado ubicada en el río, en aquel en el que habían compartido ese último momento íntimo antes de que él se comportara como un niño malcriado y hubiera tomado lo que no le pertenecía. Había intentado moverse, pero su cuerpo no reaccionaba y allí, de espaldas, observando el río, vio su silueta. Le llamó, pero su voz no pasaba más allá de un suspiro frustrado. Pudo ver cómo avanzaba de repente hacia el río, sin dudarlo ni un momento. Éste era más profundo de lo que recordaba y empezaba a cubrirle hasta que de Antonio ya no quedaba más que el rastro de burbujas que flotaban hasta la superficie y que explotaban al entrar contacto con ésta.
Durante eternos segundos permaneció anclado en ese lugar y sus gritos continuaban ahogados por una fuerza todopoderosa. Entonces fue como si le soltaran, como si de repente fuera consciente de su propio cuerpo y pudiera moverlo según su voluntad. Corrió, se metió en el agua helada y buscó con desespero hasta que vio unos brazos. Tiró de ellos, intentando sacar de allí a Antonio, pero parecía que algo más hiciera eso mismo en dirección contraria. Jadeó, forcejeó hasta que la fuerza contraria desapareció y él pudo por fin coger el cuerpo del hispano. Le asió por las axilas y notó su cabeza floja, vio los ojos cerrados y lejos de lo que hubiera sido lógico, quizás el intentar reanimarle de algún modo, intentar hacerle respirar de nuevo, en ese instante supo que le había perdido y por eso mismo le abrazó al mismo tiempo que sus mejillas se mojaban por las lágrimas que estaba derramando.
Sinceramente, no comprendía por qué no dejaba de soñar que Antonio se quitaba la vida una y otra vez, sin cesar, como si fuera una premonición de algo que pudiera suceder en un futuro. La idea le aterrorizaba y le paralizaba por completo hasta el punto en que tenía que arrancarse a sí mismo de esos pensamientos para poder continuar con su vida con normalidad. Había una vocecita en su interior, pequeña y molesta, que le recordaba aquella tristeza que había visto en los ojos de su Eros y entonces una pregunta brotaba.
«"¿Quién me dice que realmente tiene motivos para no hacerlo?"»
En las habitaciones contiguas escuchaba el ir y venir de gente, los pasos apresurados y los cuchicheos. Su cerebro embotado, aún afectado por lo que había experimentado en el sueño, no quiso prestarles atención pero fue imposible cuando unos golpes sordos le sacaron de su ensimismamiento. Antes de que pudiera dar paso siquiera, la puerta se abrió y alguien entró corriendo y se lanzó sobre él. Notó un dolor intenso y aunque intentó zafarse no fue posible bajo todas aquellas cobijas.
— ¡Vamos, Francis! Tienes a Catalina de los nervios. Nadie quiere llegar tarde, ¿sabes? No todos los días nos invitan a una boda. Así que ya sabes: levántate, ponte tus mejores galas y vámonos. La ceremonia es antes del mediodía, no podemos llegar tarde o seremos la vergüenza de toda Caesar Augusta.
Tan pronto como había llegado, Pierre se levantó de la cama y corrió fuera de la habitación. El rubio asomó la cabeza de debajo de su cubrecama y miró hacia la ventana con amargura. Fuera estaban cayendo chuzos de punta y por la oscuridad del cielo no parecía que fuera a amainar pronto. Todo el mundo cuchicheaba acerca de ese inusual matrimonio. Como Antonio no tenía familia cercana ni un hogar al que Lorena pudiera venir, había sido Diago, en un arranque de bondad, que les había proporcionado la que sería su vivienda como una familia unida. Además, pobre y sin un trabajo en el que ganara un jornal, Antonio no había provisto de dote. Había muchas habladurías sobre el tema y todo el mundo parecía dispuesto a expresar su opinión respecto a un tema que en el fondo ni les iba ni les venía.
Fue entonces cuando le sacudió un pensamiento, con la fuerza de la más poderosa ola durante una gran marejada: Antonio se iba a casar. Ese hombre al que tanto había perseguido durante el último año, al que había intentado conquistar fallidamente y con el cual había cosechado una amistad iba a contraer matrimonio y comprometerse con esa mujer para siempre, por toda la eternidad. Y aún cuando fue consciente de todo eso, una voz se alzó por encima de todo y pensó: "No, quizás en el último momento no pase". Eso fue lo que le motivó a salir de la cama, quitarse las ropas de dormir y ponerse su mejor túnica. Era blanca, impoluta, hecha del material más fuerte y suave que existía por esos lares, anudada en dos broches de bronce pulido que hubieran relucido impresionantemente si el sol hubiera brillado en el firmamento. Sobre éste se puso un chlamys largo de piel gruesa, ideal para los días lluviosos y frescos como ese, que contaba con un broche de oro adornado con joyas pequeñas de diversos colores. Se puso unas sandalias cubiertas, que le llegaban a medio muslo y se miró en el espejo.
Aunque su apariencia fuera impoluta, su rostro no enseñaba su mejor faceta. Puede que fuera también el clima pero no estaba en su mejor momento. Cogió un peine que tenía sobre su cómoda y se fue peinando con dedicación, cuidando que sus mechones quedaran ordenados y pulcramente recogidos en el hueco entre su dedo pulgar e índice de la mano izquierda. Cuando terminó, lo dejó sobre la superficie sólida y agarró el lazo blanco, que anudó rodeando su coleta. De un movimiento grácil hizo un lazo que por su propio peso cayó pegándose a la mata de pelo.
Se quedó en silencio con los brazos a los lados de su cuerpo, mirando hacia un punto en el infinito. Hubo un segundo en el que deseó suspirar con pesar, dejar que sus hombros se quedaran gachos y descender la mirada hacia el suelo. Pero entonces surgió su espíritu luchador, su deseo de no darlo todo por perdido. Así pues, alzó el rostro y sus labios se curvaron en una sonrisa confiada, esperanzada.
«— "Antonio no se va a casar. Cuando me vea puede que le entren las dudas y recuerde a todo lo que va a renunciar si se casa con esa mujer. Huirá por la puerta de atrás en cuanto tenga la ocasión. Sí, eso ocurrirá."»
Un pensamiento tan simple como ese fue el que le motivó a salir, el que le empujó hacia la sala común donde el resto de los habitantes de la granja se encontraban. De entre ellos, sólo él podría pasar por un hombre con cierto estatus social. Ellos se veían hombres del campo, pero también era verdad que habían empleado sus jornales en otros menesteres. Cada uno gastaba en lo que quería y eso no te hacía ser mejor o peor que el otro. El viaje en el carro cubierto fue lento y Bartolomé, por mucho que buscó evitarlo, se mojó por las repentinas rachas de aire que cambiaban la dirección de la lluvia y permitían que se adentrara parcialmente en el carro. Le hubiera gustado quedarse mirando el agua formando charcos, ausentemente, pensando en ese sueño que ahora mismo le recordaba la tromba que estaba cayendo, pero Pierre estaba hablador ya de buena mañana, así que le tocó prestar atención a su verborrea. Lope, que desde un principio parecía que iba a intentar conciliar el sueño el rato que durara el trayecto, observó a Petrus como si tuviera intención de patearle a la intemperie, pero no dijo nada y permaneció durante un buen rato intentando fulminarle con la mirada.
El viaje se hizo eterno y deseó que así fuera. No quería llegar al monasterio y el día daba muestras de compartir su opinión. Su deseo no fue cumplido y rato después Catalina señaló a la lejanía y anunció que ya veía el monasterio. El rubio mordió su labio inferior por dentro, con disimulo, y desvió la mirada hacia el camino que estaban dejando atrás. Tuvo la tentación de bajarse y correr de regreso a la granja, pero la idea de mojar su cabello y sus ropajes y de caminar bajo una tormenta con rayos incluidos no le parecía nada tentadora.
Dejaron el carro cerca de la entrada como el resto de los numerosos invitados que se encontraban en el lugar y al apearse del transporte corrieron hacia la entrada para guarecerse del diluvio. Sacudió los hombros del chlamys y después pasó las manos por su cabello para tratar de eliminar el rastro de agua que le había caído. Las primeras filas de la iglesia, adornada con flores blancas en las bancas y lugares más estratégicos, se encontraban ocupadas por los más madrugadores, que charlaban mientras no empezaba la ceremonia. Caminaron entre la gente y lograron sentarse en las últimas filas. Esperó a que el resto de sus compañeros pasaran y él se sentó justo al lado del pasillo a propósito, para poder asomarse y ver mejor en caso de necesitarlo. Si Antonio pasaba corriendo, podría agarrarle y entonces escapar con él.
Porque esa boda no se iba a celebrar.
Un monje cruzó la sala, de extremo a extremo, ataviado con una austera sotana y se sentó al órgano. De manera solemne empezó a presionar las primeras teclas, emitiendo las notas que lograron que la gente se fuera callando y la iglesia se sumiera en el más profundo de los silencios. Las puertas que había a la derecha de la iglesia, las cuales conectaban directamente con el monasterio, se abrieron. Encabezando la comparsa iba Diago, también acicalado con una sotana de mejor calidad. Detrás de ellos había un par de monjes a los que conocía de vista y tras éstos se encontraba Antonio, con una expresión inmutable, incluso más atractivo de lo que le había visto hasta la fecha. Llevaba una túnica rojo vino cuyo bajo ondeaba con gracilidad. La susodicha tela tenía adornos en dorado, simples cenefas que le daban más vida al traje y a la vez lo terminaban de sofisticar. Se detuvo frente al altar y observó a la multitud congregada bajo aquel techo. No todos los días uno se casaba y para darle más significado había unas costumbres se seguían desde tiempos inmemoriales.
Esa mañana, ninguno de los dos novios había comido. Para ser honestos, tenía tanta hambre que se comería una vaca entera él solito si le dejaran. Cuando Antonio examinó a la audiencia se encontró con más de un rostro conocido, incluso los padres de Eduardo, después de todas las perrerías por las que su padre les había hecho pasar, estaban allí, asistiendo a la boda del hijo del hombre que había llevado al suyo a la muerte. Pero nada le impactó tanto como ver que Francis, que tanto había proclamado adorarle, estuviera allí presente observando inmutable como iba a contraer matrimonio. En ese instante descubrió algo que le dejó absolutamente sorprendido y que un segundo después ocultó en lo más profundo de su pecho para no recordarlo jamás: estaba decepcionado por esa aparente tranquilidad que desprendía. Tanto había practicado por el camino que ahora ni la más ligera brizna de tristeza se mostraba en su semblante. Por eso mismo el hispano supo que tenía que casarse, porque Francis ya estaba luchando por seguir adelante y él sólo estaba confundido por lo cariñoso que había sido la última vez. ¿Quién le decía que ya no tenía interés en otra persona? Debía apartarse, formar su propia familia y así dejarle lugar a él para que formara la suya.
El rumor se levantó en la sala cuando entró la novia andando orgullosa, con el pecho hinchado y la cabeza bien alta. No mentiría, Lorena había odiado la idea de casarse en un principio pero, con el tiempo, después de conocer a Antonio mejor, había pensado que no estaba tan mal. Dentro de lo que podría haberle tocado, el hispano era un hombre benevolente, cariñoso y atento, que la escuchaba y que por encima de todo no se escandalizaba cuando ella demostraba iniciativa y carácter fuerte. La primera vez que se le había escapado un comentario brusco pensó que él la observaría con horror y que buscaría la manera de huir del compromiso, como otros tantos, pero lo que había hecho había sido reír por lo bajo y apuntar que era una mujer fuerte. ¿Así que por qué no casarse con alguien que le apreciara de esa manera? No iba a encontrar nada mejor allí fuera y la idea de tener una familia con ese joven ya no le parecía tan repugnante. Deseaba poder salir de su hogar e ir a un sitio donde nadie pudiera controlarla, donde haría sus tareas y luego podría leer, pintar y todas aquellas aficiones que había abandonado por el bien común. Sí, sería un buen compañero, un buen marido y le sorprendía que en el fondo incluso quería tener algún hijo con él. ¿Sería esto el amor del que siempre hablaban?
El vestido de ella le llegaba hasta los tobillos, era de un color azulado y había sido teñido a mano por los mejores empleados de su padre. La cintura fina de la joven estaba rodeada por un cinturón ancho con joyas incrustadas que a cada relámpago, a cada titilar de la vela, relucían como si estuvieran embrujadas. Sus hombros y cuello estaban cubiertos con un chlamys que le llegaba hasta más de media espalda y que, colocado con idea, se iba abriendo hasta dejar al descubierto parte del vestido por delante. Su cabello largo castaño y ondulado estaba recogido en un moño, que dejaba a algunos mechones sueltos la libertad suficiente para moverse a su antojo. Lorena le dedicó una mirada de soslayo al que sería su futuro marido en breves y encaró a padre Diago, el encargado de oficiar la misa aquel lluvioso día. Habló de la palabra de Dios, de cómo bendecía a ambos jóvenes con una vida familiar que les entregaría todo aquello de lo que habían carecido hasta el momento. Mientras escuchaba las palabras, Francis no dejaba de pensar que todo aquello estaba mal. Mientras los monjes y el resto de los creyentes, incluidos los novios, cantaban las oraciones dedicadas a un ser supremo al que jamás habían visto, él solo miraba la espalda de Antonio.
Su sueño no se había cumplido, no se había inmutado al verle allí, así que todo se había terminado. Después de tortuosos minutos, la ceremonia prácticamente tocaba a su fin, por lo que los novios tenían que jurar sus votos. La primera fue Lorena, que juró entregarse a él en cuerpo y alma como una esposa benevolente, cándida y atenta, desde ese momento hasta el fin de los tiempos. Cuando llegó el turno de Antonio, un escalofrío le recorrió y le tensó.
— Yo, Antonio, juro serviros hasta el fin de los días, mi señora.
Curiosa era la sensación de ahogarse fuera del agua, de notar que se hundía en la miseria cada vez más aunque estaba sentado sobre una superficie sólida. Una cosa era que una persona jurara amor y devoción eterna a él porque el romano podría estar rechazando esos sentimientos en su fuero interno, pero otra cosa muy distinta era que Antonio estuviera también haciendo eso mismo.
— Os entrego mi cuerpo y mi alma y os acompañaré en los momentos de felicidad y en los más tristes para que jamás os encontréis sola.
Esas palabras no tendría que estar dirigiéndoselas a ella, no debería estar jurando ser algo por toda la eternidad que Francis sabía que no era. ¡Menudo estúpido...! ¿Por qué había tardado tanto en darse cuenta? ¿Aunque realmente hubiese servido de algo? Atrás quedó el Francis que admiraba a Antonio, que se perdía en su físico y que soñaba con observar su belleza hasta el fin de los días. Iluso, había negado algo: todo aquello había cambiado. Desde hacía un tiempo, por culpa de conocerle, por ese corazón débil y enamoradizo que él poseía, había pasado de la simple admiración al amor sincero, profundo, que desea a pesar de todos los defectos y que ensalza las virtudes, únicamente para enamorarse incluso más de ellas. El joven visigodo había caído preso del último y más poderoso hechizo de su Eros, el del amor. Y lo peor no era saberse enamorado de un hombre, tema tabú en una sociedad cada vez más restrictiva, lo que se llevaba la palma era que esa persona se estuviera comprometiendo sin dudar, sin temor ni remordimientos delante de sus ojos y ser consciente de que aunque quisiera no podía hacer nada sin que un destino infinitamente peor viniera a por ellos.
Le dolía el pecho de manera inimaginable y notaba sus propios ojos acuosos por aguantar las ganas de llorar. Antonio se escapaba de entre sus manos y su presencia no era suficiente para evitar esa desgracia. La persona a la que había admirado y había aprendido a amar se estaba casando y tras toda esa lucha ahora sabía que nunca sería suyo, jamás estaría con él, jamás podrían vivir juntos y ser una pareja. Ser consciente de lo fuerte que era el amor que sentía en ese momento, de lo que lo estaba perdiendo, fue como recibir un golpe por la espalda. Sus ojos descendieron a su propio regazo, en el cual sus manos apretaban la tela de la túnica, justo en el momento en que Diago pronunció la sentencia final.
— Yo os declaro, marido y mujer.
Las palabras produjeron una sensación de vacío que le hizo encogerse sobre su asiento mientras el resto de las personas congregadas se levantaban, aplaudían y vitoreaban a la pareja. El rubio no pudo moverse de donde estaba, con la vista azul fija en el respaldo del banco que había delante del suyo y el corazón en un puño. A su lado Pierre se dio cuenta de que a su compañero le ocurría algo. Se inclinó y le puso una mano sobre el hombro que le quedaba más cerca. Ante ese contacto, el rubio se tensó pero no le dirigió ni una mirada.
— ¿Estás bien, Francis? Tienes mala cara, estás pálido.
— No, creo que no estoy muy bien —murmuró ausente—. Llevo todo el día sintiéndome ligeramente enfermo. Debería regresar a casa. Buscaré un medio de transporte y volveré. ¿Le podrías decir a don Antonio y a su hermosa esposa que les deseo lo mejor y que lamento no haberme quedado?
— ¿Te vas a ir solo? Estoy seguro de que Bartolomé y Catalina te llevarían a casa —replicó preocupado.
— Estoy bien como para regresar solo, no te preocupes —le tranquilizó Francis con una sonrisa débil, la cual le costó una barbaridad mostrar—. Nos vemos más tarde en casa, disfrutad del banquete por mí.
Se levantó aprovechando que todo el mundo había hecho lo mismo y se escurrió entre la gente, buscando huir cuanto antes mejor del lugar. Sin embargo, después de abandonar la iglesia, se detuvo y observó la escalera mojada por la lluvia que seguía cayendo imparable. Iba a acabar empapado, pero seguro que era mejor que quedarse en aquel lugar y observar a la pareja ahora que sabía que todo lo que sentía era más intenso y serio de lo que había pensado en un principio. La culpa, al final, recaía únicamente sobre sus hombros. Se había arriesgado, había intentado volar cerca del Sol y cuando lo había podido ver de cerca se había quemado y las alas se habían derretido. Ahora se estaba precipitando sobre el vacío y en cualquier momento, cuando impactara contra la realidad, se sentiría incluso peor.
Por encima del ruido de la gente y de la lluvia una voz se alzó y llamó su nombre. Su cuerpo se tensó e irguió la cabeza, que había estado gacha desde que la había dirigido a los escalones. Podría reconocer el dueño de la voz que había clamado su atención aunque pasara años sin escucharla, estaba seguro de ello. Cuando se dio la vuelta se encontró con Antonio, que parecía un acalorado. El joven hispano había pasado entre el gentío todo lo rápido que había podido, evitando felicitaciones y abrazos que no merecía y no deseaba, sólo por llegar allí antes de que el rubio se marchara. Éste estaba atónito, puesto que no comprendía qué hacía allí cuando en la iglesia había toda una fiesta dedicada a la que iba a ser su nueva vida ahora. ¿Por qué se le veía tan preocupado?
— Gracias a los cielos que he dado con vos antes de que os marcharais. Me ha dicho vuestro amigo que no os encontráis demasiado bien. No deberíais marcharos con el tiempo que está haciendo hoy. Puedo pedirle a Pedro que vaya con vos, o ver si puedo escaparme un momento para conduciros sano y salvo hasta vuestra granja.
Parecía una broma de mal gusto que dijera aquello después de haber declarado su devoción a otra persona. Pero después de todo Antonio a él sólo le veía como a un amigo a lo sumo. Ese joven no era consciente de que aunque antes hubiera tenido poder sobre su ánimo, ahora era el completo dueño de sus emociones y que sus acciones se teñían de inocente crueldad. No tenía el pobre la culpa, él no había hecho todo lo posible por enamorarle, había sido él el que había caído solo. Incapaz de hacerle sufrir a él por su egoísmo, por mezquina venganza, sonrió y negó con la cabeza.
— Eso no es posible, mi señor. ¿Cómo podría pediros que abandonarais este lugar el día en el que vos sois protagonista de tanta dicha? No podría hacer algo tan horrible. Ya que os tengo aquí, os desearé lo mejor en vuestro matrimonio y que vuestros hijos crezcan sanos y fuertes. Ha sido todo un placer conoceros, Antonio. Estos días, para mí, han sido geniales. Os lo agradezco, de todo corazón.
— ¿Por qué parece que os estáis despidiendo para siempre? Nuestras clases aún van a seguir, ¿verdad? Vos aún tenéis mucho que aprender.
— Creo que nuestras clases no van a seguir —admitió con melancolía en su rostro.
Los labios entreabiertos del hombre de ojos verdes eran claros indicadores de que algo más quería decirle, pero que su cerebro estaba demasiado sorprendido por lo que le había transmitido, o quizás por su expresión facial. No sabía cuánto más podría contenerla, así que prefirió virar sobre sus talones y meterse bajo la lluvia, que pronto empezó a empaparle. Notaba unos orbes fijos en él mientras se alejaba del lugar. Los dedos se apretaron contra la palma de su propia mano y las uñas se clavaron irremediablemente contra la piel. Después de todo ese tiempo, no se veía capaz de continuar de esa manera: adoraba la presencia de Antonio, no lo negaría, pero, ahora mismo, no había otra cosa que le hiciera más daño. Aunque no había sido cruel con él, el rechazo silencioso le había dolido más que otra cosa. No podría tener su amor y ahora mismo tampoco creía querer su amistad.
Más de media hora después, su túnica estaba empapada y pesaba más de lo normal. Sus sandalias habían vivido también tiempos mejores y con el aire que corría empezaba a tener frío. Si continuaba posiblemente se caería, la tormenta había apretado y costaba ver más allá de un metro. Se apartó hacia uno de los laterales del camino y se resguardó bajo un par de árboles. Aunque caían gotas, en comparación con el aguacero que le caería de nuevo encima si abandonaba ese refugio aquello no era nada. Se apoyó contra uno de los árboles y elevó los brazos lentamente. Sus manos se estiraron y cubrieron sus ojos, que amenazaban con reflejar la desdicha que le atormentaba por completo. A pesar de intentar no pensar en ello, su mente viajó lo que había andado hasta ese momento y regresó al monasterio. Imaginó a Antonio sonriente, bailando con Lorena mientras el resto de la sala, embelesada, admiraba a la pareja de recién casados e intentaba adivinar lo que el futuro les depararía a los dos.
Ya que el cielo lloraba por los dos, Francis mantendría sus ojos libres de lágrimas mientras su corazón afligido mandaba un pinchazo a cada rincón de su cuerpo con cada latido.
El tiempo era cruel y con el paso del mismo Antonio fue cada vez más consciente de ello. Por mucho que intentara luchar contra él, los días se le escurrían entre los dedos como si fuera el agua de un río que pugnaba por ir a la desembocadura a encontrarse por fin con el mar, como si fueran amantes desde hacía siglos y no se hubieran visto desde el mismo momento en el que se enamoraron. En un principio la boda parecía que había ocurrido hacía horas y de repente se daba cuenta de que hacía casi un mes que había contraído matrimonio.
Inmediatamente después del banquete Antonio recogió lo necesario para una noche y abandonó el monasterio. El nuevo hogar, que quedaba a media hora del viejo, estaba hecho una pocilga y había mucho trabajo que hacer. Lorena sí había llevado sus cosas antes de contraer matrimonio por lo que mientras traía sus enseres personales al lugar, ella había ido avanzando. Normalmente les acompañaba un silencio extraño, algo que el tener anillos en los dedos anulares no había cambiado, aunque en ocasiones podían hablar sobre cualquier tema. Lorena era culta, lo demostraba con sus opiniones, con las argumentaciones que exponía para intentar ganar la disputa.
A excepción de la noche de bodas, no había vuelto a tocar a la muchacha y cuando pensaba en ello la idea le repulsaba. No debería de haber hecho eso con ella y se sorprendió al encontrar que el motivo no era otro que: "No quiero que piense lo que no es". Qué ironía encontrarse con un pensamiento de ese calibre dentro de su cabeza cuando, días atrás, había dicho que se entregaba en cuerpo y alma a ella. Nunca se había casado por amor o por atracción hacia su físico, se había casado por el miedo, esa era la verdad. No necesitaba su compañía para vivir, no anhelaba sus abrazos o su presencia a cada rato que no estaba. Había mucha gente que se casaba por conveniencia, por la familia, por lo que fuera menos por amor. En su caso era el miedo, lo tenía claro.
Odiaba admitirlo, pero seguía temiendo a Diago. Había visto en él lo peor que podía haber en un ser humano y en sus propias carnes había vivido el infierno sobre la tierra mundana. Ese hombre podría llamarse a sí mismo Lucifer y él no se extrañaría en absoluto. Es más, seguramente le encontraría muchísimo sentido. Así que por eso mismo había querido huir de sus fauces. Era cobarde, sí, pero necesitaba saborear la libertad de nuevo para obtener las fuerzas necesarias para luchar por ella.
Sin embargo su gozo había caído en un profundo pozo cuando vio que, a pesar de todo, su padre era capaz de abandonar ese monasterio que amaba por encima de todas las cosas para venir a ver cómo les iban las cosas. Como solía pasar, se portaba como una persona agradable, cariñosa, como un hombre amoroso que no albergaba más que bondad en su corazón. Su comportamiento se le antojaba pedante y le revolvía el estómago. Su esposa y su padre se llevaban bien, como si hubieran sido grandes amigos desde que ella fuera una niñita que no sabía de la maldad que habitaba en el mundo. Habían sido numerosas las veces en que había llegado después de comer para ver cómo les iban las cosas a la pareja. Lo único que le agradaba de las visitas de su padre, por fuerte que sonara, era que solía traerle libros, los cuales había echado de menos. Mientras él se ponía a ojearlos, ellos dos hablaban tomando un poco de vino mientras Lorena le ponía al día de las remodelaciones que habían hecho en la casa. El timbre de voz de su padre le exasperaba, escucharle reír con su esposa le producía una especie de urticaria que le ardía por dentro. ¿Por qué estaba allí otra vez? ¿Es que no había tenido suficiente con venir el día anterior? Aunque ella no se diera cuenta, él sí captaba las sutiles preguntas, los comentarios hechos con maldad o sus esfuerzos por sacar información de todo tipo de los labios de su inocente esposa.
Diago era el maestro de las marionetas y quería tener a su preferida, a la que en el fondo odiaba de manera visceral, bien controlada para que su escenario no se descontrolara. Se mantuvo apartado, centrado en la lectura, y ni siquiera el comentario de Lorena, argumentando lo antisocial que en ocasiones era, le hizo levantarse de su sitio. Prefería ser antisocial con su padre. Si esa pobre chiquilla supiera de lo que era capaz ese hombre, seguramente estaría corriendo calle abajo. Él no se metió en una vida de mentiras para seguir prácticamente igual que antes de marcharse de allí. Aunque sus ojos se seguían paseando tranquilamente por las palabras que años atrás algún gran pensador había plasmado sobre aquellas páginas, pudo notar la presencia de alguien acercarse a él. Por el lugar que ocupaba supo que debía de ser su padre así que, con tal de no molestarle y tener que aguantar un comentario burdo o una mala mirada, levantó la vista y le observó en silencio. Por su expresión, sabía que él iniciaría una conversación sin que tuviera que preguntarle nada.
— Estos dos sí necesito que los traduzcas lo antes posible. Hay algunas partes complicadas, pero como iré viniendo para ver qué tal os va y traeros aprovisionamientos si tienes dudas siempre puedes comentármelas entonces. Luego tenemos algunas comitivas de paz en los pueblos cercanos, por lo que te pediré que en caso de urgencia os dirijáis al monasterio. Supongo que alguno de los monjes más jóvenes se quedará y estará dispuesto a lo que sea con tal de asistiros.
El cuello de Diago se estiró y fue mirando hacia los lados de manera aparentemente casual. Antonio, que conocía demasiado bien de qué pie cojeaba, bajó los ojos verdes hasta poder ver el libro. Sabía que cuando la atención del monje se centrara de nuevo en él, ahora que Lorena se había retirado a la cocina a ordenar lo que el hombre de fe les había traído, no iba a ser dulce. Ahora venía ese hombre al que conocía, ese que estaba dispuesto a pisar sobre su cuello literalmente si no hacía lo que él le pedía.
— Quiero que te comportes en mi ausencia. Lorena es una mujer educada, atenta y la vida que tendrás con ella si dejas atrás tus viejos vicios será rica y seguramente hasta feliz. Es más de lo que mereces teniendo en cuenta de qué agujero de mugre saliste. Y, por favor, te pido que hagas la traducción lo antes posible y sigas con tus responsabilidades.
— Sí, padre Diago —replicó por lo bajo, con un tono de voz sosegado y obediente. Sabía exactamente cómo tenía que hacer vibrar sus cuerdas vocales para que el mayor no pensara que se burlaba de él. Aunque fuera a nivel psicológico, someterse siempre de aquella forma le dolía.
La postura del padre del joven hispano se relajó al igual que sus facciones. Con un solo vistazo por el rabillo del ojo había visto que Lorena regresaba con la cesta ya vacía. La dejó sobre la mesa, sin mediar en la conversación entre aquellos dos hombres, y se puso a mirar los libros que había sobre las estanterías, buscando un buen material con el que entretenerse durante las horas venideras. No obstante, cuando sacó un volumen chiquito con cubiertas polvorientas que amenazaba con desarmarse al primer soplido fuerte, a Lorena no le importó intervenir.
— Disculpad que os interrumpa, padre Diago. Antonio, vos que habéis leído ya todo lo que tenemos en esta casa, ¿me recomendáis este libro? —le preguntó, cerca de él, mostrándoselo para que fuera capaz de reconocer la obra.
— ¿Ése? Sí, claro que es bueno, aunque no sé si será un poco simple para vos. Deberíais quizás buscar algo de la segunda estantería. Éstos son libros para principiantes, querida.
Los dos hombres observaron la figura perfecta y curvilínea de la mujer, que fue a devolver el libro y buscar otro. A la mente de los dos acudió el mismo pensamiento. Antonio no quiso decir nada, demasiado absorbido por su mente, así que fue Diago el que sucumbió a la tentación y abrió la boca para sacar un tema que aún de vez en cuando tocaban.
— Hablando de principiantes, ¿no ha aparecido Francis a sus clases? —preguntó Diago, contrariado al pensar en ello.
— No, hace mucho que no veo a don Francis —murmuró—. La última vez que le vi fue en la boda, al entrar. Después hablé con uno de los habitantes de la granja y me dijo que se había marchado porque se sentía indispuesto. ¿Tú le has visto?
Por irónico que pareciera, le interesaba de verdad. Cuando se despidieron justo después de la ceremonia y antes del gran banquete, que se prolongó durante largas horas hasta que los invitados no podían comer ni beber más ante el peligro de indigestarse o caer preso de las garras de un envenenamiento etílico se dio cuenta de que no estaba bien. No era capaz de decir exactamente el qué era en esa postura tensa pero algo le decía que no es que se encontrara mal físicamente. ¿Pero entonces qué quería decir? Durante días había tenido la intención de preguntarle qué le había ocurrido. Había planeado asaltarle cuando viniera a las clases y presionar hasta que admitiera lo que fuera. Si no tenía que ver con él, quizás podía aconsejarle y si tenía que ver con él... Entonces no sabía qué iba a hacer.
Sin embargo Francis nunca vino a las clases de lectura y escritura, por lo tanto esa pregunta murió en su garganta y con el paso de los días la curiosidad candente se fue enfriando hasta que ya no sabía que pretendía con saberlo. Aquella era la segunda parte de, por así llamarlo, su miedo. Durante su vida después de la llegada al monasterio, el hispano no había sido bendecido con la presencia de amigos fieles, de confianza, en los que poderse apoyar. Cuando fue consciente de que en ese lugar él no era más que un prisionero sin derechos, no veía más que enemigos por todas partes. Tardó tiempo en confiar en Ana y ni por esas tenía una relación profunda y estrecha con ella. Jamás había establecido una conexión de ese tipo con nadie y hasta cierto punto de su vida, cuando conoció a Eduardo, nunca había querido establecerla tampoco.
La historia de cómo entablaron una relación más profunda era otra historia y cuando la recordaba inevitablemente una sonrisa se le instalaba en su rostro. Era un día caluroso de verano, por allá cuando tenía once años, y él se encontraba en un rincón de la iglesia mirando hacia el exterior por la ventana que había al fondo, al lado del órgano. Su padre le había pedido que tocara una pequeña pieza para acompañar los rezos que aquel día realizarían. Tuvo la tentación de negarse, pero después pensó en que aunque lo hiciera seguro que Diago no se lo permitiría. Recordaba estar totalmente apático en ese momento, deseando que todo el mundo saliera de allí para volverse a recluir en su cuarto o, en su defecto, en la librería, cuando de repente escuchó que alguien se paraba detrás de él. No olvidaría las primeras palabras que aquel joven, alto y fornido, le dedicaría por primera vez después del incidente que había cruzado su camino tiempo atrás y aún las podía escuchar como si estuvieran sucediendo en ese mismo momento.
— Si tenéis el ceño tan arrugado siempre, se os va a quedar así por toda la eternidad. Siento molestaros, mi nombre es Eduardo y venía a felicitaros por vuestra magnífica interpretación.
A aquella edad, después de palizas, de amenazas y demás por parte de su progenitor, Antonio era incluso más reacio a cualquier contacto con una persona externa, por lo que ni siquiera se dignó a mirarle, ni a intentar reconocerle. ¿Por qué tenía que venir a felicitarle por algo que ni siquiera había hecho bien? Diago siempre se lo repetía, que un perro moribundo tendría más talento que él al piano si se le diera la oportunidad, ¿por qué quería hacerle creer que era al contrario? Las primeras palabras que Antonio le dedicó formaron una pregunta no demasiado cordial.
— ¿Y quién sois vos?
El nombre le sonaba familiar pero después de unas semanas duras en las que había sufrido "consecuencias" por su rebeldía, el hispano no supo ver en un principio que era el mismo Eduardo le había cargado hasta casa. Éste sonrió un momento, aprovechando que no le estaba viendo, y suspiró con resignación.
— No esperaba que fueseis tan frío conmigo después de que os ayudara a llegar hasta vuestra casa, Antonio.
Y ahí todo hizo clic. En Eduardo había encontrado algo similar a un hermano, un padre, un gran amigo y un modelo a seguir. Se había entregado a él, le había contado sus experiencias, siempre obviando el gran tema de su padre, y cuando se levantaba era siempre en vistas a un encuentro con él, a mostrarle tal lugar o a llevarle a visitar tal sitio. Eduardo había sido, al final, las alas del hispano que le llevaron a ansiar el exterior, que le hicieron desear ser libre, que le hicieron anhelar el amor y el cariño de alguien. Por supuesto cuando él había muerto, sus alas ardieron hasta dejarle una profunda cicatriz y volvió a recluirse incluso más profundo con tal de no salir herido de esa manera de nuevo.
Sin embargo, cuando menos lo había esperado, Francis había aparecido en su vida y la había puesto patas arriba. Había intentado resistirse, aferrándose a la idea de que lo sólo quería sexo, sin pensar en las consecuencias, pero con sus acciones le demostró que no había malicia en sus acciones. De repente, en él nació ese deseo de recuperar, aunque fuera, parte de sus alas. Pero, ¿cuál era el precio que debería pagar esta vez? Aunque considerara que lo que sentía por Francis no era para nada similar al amor, le tenía bastante aprecio y de pensar que su padre pudiera mandarle a tierras lejanas, un malestar se apoderaba de su estómago y se negaba a abandonarle. Francis se había convertido en uno de los pocos amigos que había tenido y eso le aterrorizó por completo. La última vez que Antonio había sentido algo similar había terminado en tragedia. Algo tenía bien claro, no podía cargar con algo así a sus espaldas. Así pues, antes de dejarse llevar por pensamientos irresponsables que producirían consecuencias incluso para los que estaban a su alrededor, Antonio había decidido contraer matrimonio. Quizás casarse con Lorena le dejaría ver que podía encontrar amistad en alguien del sexo contrario y haría que ese ímpetu, esas ganas de devoción que por un había llegado a sentir, se desvanecieran hasta que resultara menos peligroso para todos ellos.
Lo que sin lugar a dudas no había esperado era que el rostro de Francis reflejara dolor. Se suponía que todo aquello lo había hecho por su bien y, sin embargo, verle de aquella manera le produjo malestar también. Ya se había resignado a una realidad: aún por su bien, él no lo iba a entender como tal y no podía hacer a todos felices.
Pero todo esto eran suposiciones, claro está. No sabía a ciencia cierta si era eso, si le había ocurrido otra cosa o si sus sentidos le habían fallado y Francis realmente se encontraba mal en ese instante en el que le encontró fuera de la iglesia. Le hubiera gustado pedirle perdón, aunque realmente no sabía por qué debería disculparse, y al parecer jamás tendría la oportunidad de hacerlo. Quizás era mejor de esta manera, él reharía su vida y Antonio podría dedicarse a ocultar su voluntad y a estar con Lorena, como si fuera un marido normal y corriente.
— Sí, le vi hará cosa de una semana. Catalina me había llamado porque tenía unos problemas personales y necesitaba confesarse con urgencia. Después de eso, cuando ya me marchaba, encontré a Francis, que regresaba de una jornada de duro trabajo en el campo. Me preguntó que cómo me iba, hice eso mismo y le pregunté si había retomado sus clases. Me aseguró que no había tenido tiempo pero que iba a intentarlo y que lamentaba no haberme avisado. Pero si dices que no ha venido, entonces supongo que era una mentira piadosa. Espero que no le asustaras de alguna manera por tu bien. Es un muchacho amable y buena persona.
— No hice nada fuera de lo normal, eso te lo aseguro —dijo Antonio intentando ocultar aunque fuera parcialmente la molestia que ese comentario, fuera de lugar, le había hecho sentir.
— Bueno, debo marcharme ya o no llegaré a la siguiente oración. En cuanto pueda, os vendré a visitar —apuntó mientras andaba hacia la salida. Tanto Lorena como Antonio le acompañaron para despedirle. Una vez fuera, se dio la vuelta y les observó, con esa fingida candidez que a su hijo le horripilaba.
— Gracias por venir a vernos, padre Diago, su presencia aquí siempre es bienvenida —le dijo la mujer con una tenue sonrisa.
— No hace falta que me agradezcáis nada, lo hago porque nace de mí. Aunque sí que me gustaría veros pronto empezar a formar vuestra propia familia. Un hijo alegraría aún más el ambiente entre estas cuatro paredes y nada me gustaría más que ver al chiquillo al que acogimos ser un brillante padre. ¿No estáis de acuerdo, querida Lorena?
La chica desvió la mirada hacia su marido, que aparentaba tranquilidad, aunque por dentro sintiera demasiadas cosas demasiado complejas como para expresarlas en voz alta, y sonrió de nuevo, tímidamente, con hasta cierta ternura. Antonio se sentía culpable cada vez que le miraba de esa manera. Era como si pudiera ver que se enamoraba de él y el sentimiento no era correspondido. Se tensó de manera inapreciable cuando ella tuvo el valor de agarrarle de una de las manos, en un gesto íntimo. Aunque al principio no fuera así, con el tiempo la joven había pasado a sentir algo por él y cuanto más compartían, a más iba. Estaba segura de que todo iba a terminar mejor de lo esperado.
— Concuerdo con vos, padre Diago, Antonio seguro que sería un gran padre. De todas maneras, estamos esperando al momento apropiado. No queremos acelerar las cosas, puesto que la boda ya ha sido bastante precipitada y en eso estamos los dos de acuerdo. Quizás en un par de meses, o así. No sabemos, tenemos que hablarlo con más detenimiento.
— Esperar no viene al caso, a veces uno no sabe cuánto tiempo tiene hasta que nuestra vida termine y seamos juzgados en la otra vida. Creedme, es mejor seguir lo que os dicte el corazón en esto y formad una familia cuanto antes. Disfrutaréis aún más de esta unión tan bella que habéis formado. Nos vemos pues.
Antes de que Diago se alejara demasiado, Antonio ya se dio la vuelta y regresó hacia el interior de la casa. Lorena, que en un principio no se había dado cuenta, buscó con la vista a su esposo y no lo halló en el lugar en el que le esperaba. Parpadeó anonadada y se dio la vuelta, justo a tiempo para ver cómo cogía una silla, la plantaba cerca de una ventana y se sentaba a leer. Frunció el ceño y cerró la puerta antes de irse hacia él y poner los brazos en jarra.
— ¿Otra vez os vais a sentar a leer? Os pasáis la vida metido en los libros, Antonio. ¿Por qué no me acompañáis? Quiero ir a dar una vuelta por un mercado que han puesto no muy lejos de aquí. Van unos mercaderes, competencia de mi padre, y me gustaría ver qué materiales han traído. Quizás podría hacer un intercambio y conseguir bonitas telas con las que hacerme un vestido. ¿Qué me decís?
— Lo siento, Lorena, pero tengo trabajo que hacer. Ahora que padre Diago me ha traído esto, necesito empezar a leerlo y a pensar cómo voy a proceder con la traducción de este volumen. Es un trabajo dedicado, requiere mi concentración y cuanto antes empiece, antes terminaré. No quiero decepcionar a ese hombre que me dio un hogar en el que vivir, así que no voy a abandonar mis tareas.
— Pero si es sólo por unas horas—se quejó arrastrando las vocales. Su esposo no contestó; es más, ni la miró. Resopló, frustrada, al mismo tiempo que sacudía ligeramente su cabeza de un lado para otro y ponía los ojos en blanco. Desde que se habían unido en santo matrimonio no era la primera vez que era derrotada por un montón de páginas cargadas de letras—. ¡Está bien! ¡Pues me iré sola! Tampoco es que os necesite para ir a comprar.
De un movimiento brusco giró la cabeza hacia uno de los lados y su pelo se agitó en la misma dirección, añadiéndole dramatismo. Como había estado haciendo hasta ese momento, el hispano ignoró cualquier muestra de disgusto por parte de su esposa e intentó entender lo que tenía delante de él. Pues bien sabía, desde antes de la ceremonia, que Antonio era un gran adepto a la lectura, ¿por qué de repente se indignaba tanto por algo así? Si se pasaba la vida metido en los libros era simplemente porque su realidad daba asco. Allí estuvo, frente una ventana abierta que permitía que el fresco entrara y que el canto de los pájaros le acompañara en su tarea durante largas horas, mientras el cielo iba cambiando de tonalidad. La cúpula celestial pasó a adquirir unos tonos anaranjados, como si la mismo estuviera en llamas, y fue en aquel momento cuando Lorena regresó.
Estuvo hablando de fondo, aunque para el hispano no era más que un murmullo que no conseguía arrancarle de aquel interesante relato en el que se había inmerso. Viendo que no tenía respuesta, la muchacha quiso darle a probar su medicina, por lo cual se fue a la cocina y empezó a preparar la cena sin más. Comió sola, sin avisar a su esposo, y aunque intentó ser fría como un témpano, no pudo evitar que su conciencia la arrastrara hacia el salón una vez más para dejarle una vela al varón, que cerca del libro intentaba leer esos garabatos.
— Me voy a dormir, Antonio. Intentad no quedaros hasta las tantas. Mañana vamos a ir a ver a mis padres, queráis o no, para compensar el plantón que me habéis dado hoy.
El hombre murmuró, como dándole la razón, aunque no es que le hubiera escuchado del todo. Algo de compensarle había dicho. Eran esas responsabilidades maritales a las que no estaba del todo acostumbrado. La fémina negó, resignada, incapaz de ganar la batalla contra el libro, y pensó en marcharse. Sin embargo, dos pasos después pensó en que quizás era muy fría y tenía que, con pequeños gestos, ablandar el corazón del hombre. Se armó de coraje, roja como la grana, se dio la vuelta, rompió las distancias que le separaban y una vez a su lado se inclinó y besó la mejilla de Antonio, que ni se movió.
— Buenas noches —le dijo, cerca de su rostro aún, con el corazón latiéndole a mil por hora.
— Buenas noches, Lorena. Gracias por la vela —respondió.
No hubo una mirada, no hubo una sonrisa, no hubo complicidad alguna. Ahora mismo, para su esposo, ella no existía más que en la forma de una voz que seguramente hasta encontraba pesada, puesto que no se callaba y le dejaba continuar con su apasionante lectura. Resopló, audiblemente para demostrarle el disgusto que la poseía y se marchó con grandes zancadas, nada dignas de una dama de su clase, hacia la cama.
¡Buenas!
Primero quiero disculparme por tardar tantísimo. Llevo semanas pensando en actualizar pero al final me ponía a jugar o hacía otras cosas y se me pasaba el fin de semana y vuelta a empezar. Prometo que el próximo capítulo lo publicaré antes, lo juro. Si tardo otro mes, matadme xD
Sobre el capítulo: ¿os imaginabais que realmente se casaría? Ooopsss xD Perdonad por los sentimientos heridos en este capítulo. Paso a comentar vuestros review:
Zyxwvu17, jajaja Francis no podía estar ocultándolo eternamente y además con la lengua que tiene, estaba claro que en algún momento se le escaparía. Muchas gracias por seguir fiel al fanfic, por seguir comentando, me hacéis muy feliz con vuestro feedback y es el motivo por el que sigo publicando. Muchas muchas muchísimas gracias.
lluvia en el sol, awww me alegra que te haya gustado tanto el capítulo anterior! Antonio tiene muchos demonios internos, pero prometo que no lo acosarán durante toda la historia, por mucho que ahora parece que todo está muy pero que muy negro.
Eso es todo por esta vez.
¡Nos leemos en el siguiente capítulo!
Saludos
Miruru
