Reanudaron su viaje, ya satisfechos por saber el camino por el que debían ir. La gente del pueblo se despedía de ellos eufóricos por haberle ganado al príncipe. Esa acción alegró a Sho y a Kakeru, quienes le atribuyeron el crédito a Makoto, que estaba en el interior del remolque, sentada en un rincón con la mirada gacha y deprimida.

-¿Ya se les olvidó lo que nos dijeron en el palacio? ¿Que nos tomará meses llegar a la Ciudad X? -recalcó la niña, ocultando su rostro entre sus piernas-. El equipo ST nos persigue y no sabemos si lo lograremos.

Sho no quiso seguir escuchando las quejas de su amiga, lo mejor era no pegarse su mala voluntad. Él sí creía que lograrían llegar a la Ciudad X, sí podía ser paciente y esperar meses para llegar a ese lugar, pero Makoto estaba desesperada por querer volver a casa y prefirió no decir nada para no molestarla, por lo que decidió pensar en qué hacer para subirle el ánimo.

No quería hacerla enojar luego del berrinche en el palacio por su propia estupidez. Ni siquiera le dijo que, por su culpa, su hermano se había enterado que casi se casaría con el príncipe Ryota.

Pararon en un restaurante a descansar del viaje y recuperar fuerzas. Ahí se encontraron con Hitomi nuevamente, pero iba sola, no había ni un rastro de que estuviera acompañada. La rubia notó que la pelinegra no estaba de buen ánimo, por lo que prefirió no emitir ni un comentario.

Makoto seguía con su humor de perros buscando qué pedir para comer en el menú, pero a la vez pensaba en la desventaja que había en perder refacciones.

-Pero hay que alimentarse muy bien para recuperar energías -dijo Kakeru, tratando de aliviar el ambiente.

-¡Es cierto, cuando tienes hambre, sueles ponerte de mal humor! -exclamó Sho, sin intenciones de molestarla, pero logró lo contrario.

-¿De mal humor? ¿De quién mierda hablas? -escupió Makoto, con un tic en el ojo. Sus amigos no dijeron nada más.

-Hitomi, ¿sabes cómo hacerla sentir mejor? -susurró Sho. La rubia suspiró.

-Creo que el único que puede subirle el ánimo es Kyoichi, pero él no está aquí -respondió.

-Pues... mejor no molestarla y pidamos...

-¡Una copa de helado! -el grito alegre de Makoto interrumpió a Sho.

Sus amigos la miraban extrañados. O la niña estaba en sus días o simplemente era su momento de bipolaridad.

Claro que la "copa de helado" sólo fue una canasta fría de una mandarina y chispas de chocolate. Makoto lanzó la canasta por la ventana, sin importarle haberla roto y asustando a los garzones, quienes intentaron reprocharle, pero ella los mandó a comer mierda. Salió furiosa del lugar y sus amigos la siguieron.

-Muy bien, Makoto, cálmate, todavía podemos buscar helado -trató de tranquilizarla Hitomi.

-Pero aquí no encontraremos nada -dijo Sho.

-Pues yo buscaré una verdadera copa de helado -espetó Makoto, comenzando a caminar.

-¡Cuidado con el...! -gritó Hitomi, pero no alcanzó a terminar cuando Makoto de repente desapareció de su vista-... agujero.

Makoto había caído por el agujero que daba a las alcantarillas. Si la rabieta por el helado no era nada, pues cabe decir que al caer por ese agujero, el demonio saldría a la luz.

La ayudaron a salir de ahí, sin importarles que estuviera mojada por el agua contaminada. Hitomi sacó una toalla del remolque y la cubrió con ella, pero la niña seguía de mal humor. Los chicos la dejaron un momento sola para que se calmara, después de todo, sólo lograrían que se enfadara más con sus palabras de aliento.

-Su hermano es igual -dijo Hitomi, mirándola, y a la vez, atrayendo las miradas de los niños-. Kyoichi odia a los psicólogos, por eso digo que son iguales con las palabras suaves cuando se enfadan.

-¿Él lo figura con un psicólogo? -preguntó Sho, aguantando las ganas de reír.

-No te rías, eso era serio.

-Y cuando se enfada... -empezó diciendo Kakeru, sin saber cómo formular la pregunta.

-¿Si son iguales? -el peliazul asintió-. Mira, una cosa es que Kyoichi se enoje sin llegar a desatar la guerra de Troya, pero cuando se enoja de verdad, es peor que Makoto.

La cara azul de los niños demostró el temor que tenían de ver a los hermanos unidos. Volvieron al lado de Makoto, ya seguros de que se había calmado... por lo menos para que no cometiera un crimen. En eso, la chica manifestó su decisión de no seguir con el viaje, cosa que los sorprendió.

-¡Sólo quiero volver a casa, pero no esperaba que el viaje fuera tan largo! -espetó.

-¿Crees que a nosotros no nos cansa? Por mí, me quedaría para siempre en este lugar, pero no es mi hogar -dijo la rubia.

-¡Pero es un viaje muy agotador!

-¡No estás viajando sola!

-¡Hitomi tiene razón, sólo tuviste un mal día! -exclamó Sho, tratando de consolarla-. ¡Mañana te irá mucho mejor!

-¡Lo dices porque siempre tomas las cosas a la ligera! -espetó Makoto.

-¡Muy bien, Makoto, suficiente! -intervino Hitomi-. Nadie dijo que sería un viaje fácil, no eres la única que está aquí. Yo viajo con tu hermano y tengo que verlo decaer por el esfuerzo inhumano que hace por seguir de pie.

-¡No veo a mi hermano desde la batalla en la escuela!

-¡Que no lo veas no quiere decir que lo sepas, él se desvela por ti y por tus amigos!

Makoto frunció los labios sin saber qué decir. La rubia amiga de su hermano había dado en el clavo. Hastiada, se levantó, se quito la toalla y se la entregó.

-Pues dile que cuando esté cerca de la Ciudad X, me avise -fue lo último que dijo antes de caminar hacia la cabaña donde se quedarían esa noche.

-¿Así hablas de tu hermano mayor? Makoto -la llamó, sin esperar una respuesta de su parte. Suspiró-. La verdad es que nunca he tenido que lidiar con sus berrinches -les contó a los niños, quienes se encogieron de hombros, concordando con ella.

En la noche, mientras todos dormían, Makoto decidió salir a tomar aire. Hosuke despertó un momento después y le llamó la atención ver su bolsa rosa de dormir vacía. Tampoco Hitomi estaba con ellos, aunque ella siempre mantenía su distancia, no tanto como el rubio del casco. Si bien, la chica pasaba mucho tiempo con ellos, pero él no se acercaba tal vez porque le temía a Hosuke o para no darles problemas, y ella no estaba implicada directamente con esos problemas.

Makoto estaba apoyada en el barandal de un puente, viendo el agua del río correr debajo de ella y su reflejo deprimido. Luego alzó la vista, posándola en las dos lunas crecientes que adornaban el cielo oscuro, viendo en ella la imagen de su querido hermano mayor, tanto como un chico común y corriente como en su faceta encubierta. Sonrió a la imagen, realmente lo echaba de menos.

Unos pasos detrás de ella llamaron su atención y volteó a ver a Hitomi. La bufanda no cubría su rostro y la rubia tenía una sonrisa tranquila.

-¿Pensando en tu hermano, pequeña? -preguntó, sacándole una sonrisa a Makoto. Llegó a su lado, haciéndole compañía.

-Hice mal en hablar así de él -dijo la pelinegra. Hitomi posó una mano en su hombro.

-Estabas enfadada, dices cosas sin pensar cuando estás así -sonrió la rubia-. No creo que Kyoichi se enfade contigo por eso, eres su hermanita. Te adora.

-Pero...

-Eres su hermanita -recalcó. Makoto sonrió, resignada a hacerle caso-. Y dime, ¿aún declinas a seguir con el viaje?

La pelinegra bajó la cabeza, no había pensado en eso. ¿Realmente había sido un impulso por estar enfadada? No lo sabía, pero sí sabía que el viaje resultaba agotador de lo largo que era y que tal vez no podía soportar tanto. No sabía si realmente quería continuar con el viaje. Se encogió de hombros, y Hitomi no dijo nada por eso, es más la entendía.

-No te preocupes, pero debes saber que es mejor tarde que nunca -Makoto sonrió y la abrazó. Lo bueno de conocer a Hitomi desde que tenía memoria era que había confianza entre ellas.


A la mañana siguiente, el grito de Kakeru los despertó. El peliazul dio la mala noticia de que saqueado el remolque. Todos corrieron a ver qué pasó y el remolque estaba destrozado, le faltaban ruedas, incluso el interior estaba hecho un desastre. Kakeru entró a revisar si faltaba algo, pero al parecer no habían robado lo esencial.

En eso, Hosuke recordó que anoche no vio ni a Hitomi ni a Makoto.

-Ustedes dos estaban despiertas a medianoche, ¿no habrán visto algo? -preguntó. Hitomi miró hacia arriba, tratando de recordar haber visto algo, pero no encontró nada guardado, ni en el fondo de la caja.

-Estuve con Makoto, pero no vimos nada -respondió la rubia.

-Makoto, ¿dónde estaban anoche? -preguntó Sho.

La chica lo ignoró y corrió a buscar las bolsas de dormir a la cabaña. Hitomi corrió detrás de ella y, al rato, los chicos y el búho fueron tras ellas.

-¿Vieron a alguien anoche? -preguntó sin rodeos Sho.

-Sho, ya les dije que no vimos nada -dijo Hitomi.

-¡Pues que me lo diga Makoto!

-¡Ella dijo que no vimos nada! -espetó Makoto, levantándose y volteando a mirarlos, al momento en que las bolsas se agitaban en sus brazos y refacciones de Flame Kaiser y el remolque caían únicamente de su bolsa. Eso dejó perplejos a todos.

-¡¿Qué hacían las refacciones en tu bolsa de dormir?! -explotó Sho.

-¡Te dijimos que no vimos nada y así es!

-¡Sho, suficiente! -intervino Hitomi.

-¡¿Entonces cómo explicas lo que vimos?! -siguió gritando Sho, sin siquiera escuchar a la rubia.

-¡Sho, yo nunca haría algo así! -se defendió Makoto.

-¡Con eso queda totalmente claro, si no, ¿quién? ¿Hitomi?!

-¡Dije "suficiente", Sho! -volvió a gritar la rubia, pero al momento de hacerlo, Makoto le propinó una fuerte bofetada al castaño y salió corriendo, sin importarle que hubiera empezado a llover y sus amigos tuvieran oportunidad de alcanzarla-. ¿En serio crees que Makoto sería capaz de hacer algo así? -increpó entre dientes, sorprendiendo a Sho.

Los chicos conocían a Hitomi por ser una chica alegre, simpática y que no se alteraba con nada. Sin embargo, no la conocían muy bien para juzgarla. Además, entre ellos, era la que mejor conocía a Makoto; era normal que se enfadara con Sho por culparla de algo que la pelinegra afirmaba no haber hecho y la defendiera a morir.

-Fue la impresión que me dio -se excusó Sho.

-Es tu mejor amiga, ¿cómo puedes desconfiar de ella? -espetó Hitomi. Luego suspiró y caminó hacia la salida-. Voy a buscarla -corrió en busca de Makoto, sin dejar que los niños dijeran algo más.

Su intuición le decía por qué camino se fue. Podrían haber huellas en el barro si no fuera porque llovía a cántaros y el agua las escondía. Siguió corriendo, ya casi completamente empapada hasta que la encontró en el umbral de una casa, protegiéndose de la lluvia, aunque era peor ya que no llevaba nada encima. La miró preocupada y caminó en esa dirección, al mismo tiempo en que vio a un encapuchado acercarse a ella.

Claro, ese "encapuchado" resultó ser una "encapuchada". Era la señorita Yuki, no la veían desde el conflicto con las hermanas. La saludó y al parecer, ambas pensaban lo mismo, porque sonrieron y se acercaron a la deprimida pelinegra.

-Pequeña -la llamó Hitomi. La niña las miró, sobre todo sorprendida a la señorita Yuki.


Unos hombres, llamados Pete y Danny, llamaron a la puerta de la cabaña, desafiando a Sho a una batalla en parejas. Kakeru no tenía una bicicleta, por lo que tendrían que convencer a Makoto para ser la pareja de Sho.

Pete era un hombre alto y delgado, vestía un traje verde y una corbata amarilla adornaba su camisa blanca, tenía un parche en el ojo izquierdo y un sombrero verde adornaba su cabeza. Danny era bajito y rechoncho, vestía un traje azul marino, un sombrero del mismo color y también llevaba un parche pirata, sólo que le cubría el ojo derecho.

Hosuke habló en el lugar de Sho, aceptando la carrera, y ganando un buen reproche por parte del castaño. El plan del búho era que Makoto y Sho hicieran las paces y volvieran a ser los amigos que fueron desde siempre si ganaban la carrera.

-¿Qué piensas hacer si perdemos? -preguntó Kakeru.

-Eh, no lo había pensado -dijo el búho, haciendo que Sho y Kakeru casi cayeran de la idiotez.

De vuelta con las chicas, la señorita Yuki y Hitomi se habían sentado a cada de Makoto, que seguía triste por lo ocurrido. La pelinegra le explicó, con ayuda de Hitomi, lo que le pasaba por el viaje, y Yuki la entendió.

-Estaba de muy mal humor al escuchar que nos tomaría meses llegar a la Ciudad X -explicó la niña-, y me duele que mi hermano no quiera saber nada de mí -confesó a punto de llorar. Hitomi sonrió.

-Por favor, pequeña, él tiene muchos problemas -repitió por milésima vez en todo ese tiempo-, por eso no quiere saber de ti: por protegerte.

Yuki sonrió a la escena y decidió hablar-: En la vida hay que pasar por muchos obstáculos, no importa si son difíciles, tú tienes que levantarte y seguir.

-¿Usted también tiene momentos difíciles? -preguntó Makoto.

-Claro, a veces, como viajo sola -sonrió la pelirrosa. La rubia y la pelinegra sonrieron.

-Mírate, tienes suerte de tener unos amigos que soportan tus rabietas del demonio -bromeó Hitomi, sacándoles una risita-. No te deprimas por lo que no te sale bien, inténtalo hasta lograrlo.

La niña agradeció la atención de ambas mujeres, y en ese mismo momento, escucharon a alguien llamar a Makoto. Voltearon en ese dirección y vieron a sus amigos en el remolque ya arreglado. Makoto seguía enfadada con Sho, que con dificultad le explicó que los desafiaron a una batalla en parejas y ella sería su compañera. La idea no le gustó nada a Makoto.

-¡¿Pues por qué no participas tú?! -gritó.

-No pude hacer nada, el trato ya está hecho -se excusó Sho.

-Vamos, pequeña, participa -la incitó Hitomi. Makoto la miró, suplicándole que no le pidiera eso, pero la rubia no dio su brazo a torcer-. ¿Tu sueño no era ser una biker como tu hermano? Te están dando la oportunidad de competir y perfeccionar tus habilidades.

-Vamos, te prestaré mi impulsor -la incitó la señorita Yuki.

Makoto bajó la cabeza. No tuvo más opción que aceptar.


Kakeru no pudo hacer los ajustes adecuados a Flame Kaiser ni a Neptuno debido a que no tenían muchas refacciones, y al notar las dificultades que tenía Sho con los pedales, Pete y Danny sonrieron maliciosamente.

Como seguían sin arreglar sus diferencias, Sho y Makoto tomaron la delantera peleando, lo que desesperó a Kakeru y a Hosuke cuando los rivales tomaron la delantera. El castaño tomó un atajo y con eso rebasó a los piratas. Eso le sacó una sonrisa a Makoto.

Sho llegó a un punto en que tenía que saltar con técnicas de Trial, ya que la pista estaba inundada y sobresalían unas rocas. Iba llegando al otro lado del río cuando el pedal se rompió y cayó al agua, alcanzando a agarrarse de una roca y su bicicleta mientras sus oponentes cruzaban sin problemas. Al rato, llegó Makoto, que miró fijamente a sus oponentes para darse cuenta que poseían los pedales colgantes de Flame Kaiser. Descubrieron que ellos fueron los que destruyeron el remolque, y al momento, ellos se dieron a la fuga para continuar la carrera.

La pelinegra pasó al otro lado del río para ayudar a Sho a salir del agua. El castaño al principio se negó a recibir ayuda y le pidió que se adelantara, por lo menos hasta que Makoto le recordó que en sus manos tenía el único recuerdo que le quedaba de su padre. Una vez en la superficie, hicieron las pases y Sho le rogó a Makoto que ganar la carrera.

Enfadada, llegó al lugar donde estaban los rufianes, cerca de la meta. Danny retrocedió hasta llegar a Makoto y la empujó hasta que ambos cayeron al agua, dejándole el resto de la carrera a Pete. Sho observaba preocupado el lugar por el que se había perdido su amiga, pero en ese momento, un resplandor azul iluminó el mismo lugar, sorprendiéndolo y llamando la atención del oponente que quedaba.

Makoto estaba corriendo debajo del agua.

-No voy a perder, lo haré por Sho y por mí también -prometió-. ¡Mostraré las habilidades de la hermana de Kyoichi Shido!

Hitomi sonrió al escuchar eso.

La imagen de un delfín se apoderó de la confianza de Pete. El animal acuático llegó a rebasarlo, y finalmente, Makoto llegó a la meta.

La lluvia paró y ambos rufianes lanzaron sus emblemas, completamente humillados al haber perdido contra una "chiquilla incompetente". Sin embargo, eso sólo enorgullecía a sus amigos.

-Oye, ¿qué fue ese resplandor? -preguntó Sho, totalmente perplejo.

-Ya que es una bicicleta Idaten -explicó la señorita Yuki-, una MTB ordinaria nunca podría hacer eso.

-Entonces... -dijo Makoto, sorprendida- mi querida Neptuno es...

-Exacto -sonrió la pelirrosa.

La rubia observaba la escena desde una pendiente con una sonrisa. Ya todo volvió a la normalidad. Posó la vista en el arcoiris que se reflejaba a unos metros al mismo tiempo que los chicos lo hacían. Ensanchó su sonrisa.

Después de la tormenta, siempre sale el sol, ¿no?

Sin más, dio media vuelta y se fue del lugar.