IN VINO VERITAS

CAPITULO XIV


De nuevo en Londres, a Draco le pareció que estaba en otro mundo. Uno en el que ya no quería vivir. Especialmente en Wiltshire, donde la ancestral mansión de sus antepasados le pareció todavía más oscura y opresiva. Había regresado una semana después de Año Nuevo y lo primero que había tenido que enfrentar fueron las airadas recriminaciones de Astoria y el severo trato de su madre. Aunque no estaba muy seguro de que su esposa se lo hubiera contado todo. Seguramente, lo que Narcisa pensaba era que su hijo tenía una querida en alguna parte. Y aunque le mirara con ese aire de reprobación, Draco sospechaba que no se atrevería a poner el tema sobre el tapete. Hasta donde él sabía, su padre no había sido el hombre más fiel del mundo. Y a pesar de sus reiteradas amenazas, Draco dudaba de que Astoria sintiera el menor deseo de humillarse públicamente sacando a la luz las inclinaciones de su marido.

Tal parecía también, que ninguna de las dos se había sentido con ánimos de hacer partícipe de la infidelidad de su hijo a Lucius. Bastante tenían con aguantar sus constantes desvaríos, producto de varios cuidadosos hechizos que Draco había dejado funcionando durante su ausencia. Maniobra especialmente pensada para alejar sospechas tanto de él como de su hijo.

Armándose de toda la paciencia de la que fue capaz, Draco se dispuso a pasar las siguientes semanas a la espera de que, a principios de febrero, Harry aterrizara de nuevo en Londres. Con él al tanto del plan ideado inicialmente por Scorpius, ya no era necesaria la presencia de su hijo para introducir clandestinamente a Harry en la mansión, para la segunda etapa de apariciones.

Ahora más que nunca Draco estaba seguro de que Harry y él tenían un futuro juntos. De que las pequeñas cosas que habían salido a flote durante aquellas escasas tres semanas, no eran impedimento para que lograran adaptarse el uno al otro después de tantos años. Habían comprobado que eran capaces de dar su brazo a torcer para facilitar la convivencia con el otro cuando era necesario.

Harry había accedido finalmente a seguir sus consejos, y había dejado que le planificara gastos e inversiones para mejorar la gestión de In Vino Veritas, con la promesa de consultarle antes de saltarse alegremente alguna de las instrucciones que específicamente Draco le había señalado debía seguir. Por su parte, Draco había entendido que demostrar el afecto que uno sentía por los demás no era debilidad, ni mucho menos podía considerarse vergonzoso. Y reconocía que jamás se había sentido tan libre como aquella última semana en Nueva York. Había comprendido también que, a diferencia de él, Harry expresaba su afecto sin coartarse. Que necesitaba tocarle, achucharle o besarle sin preocuparse de otra cosa que no fuera lo que su corazón le pedía. Y una vez aceptado, Draco se preguntó cómo había podido complicarse tanto la vida. Aunque, quizás, aquel largo camino había sido necesario. Para ambos.

Después de la inusual experiencia en aquel club, Draco se había sentido como si le hubieran vacunado de la viruela de dragón. Inmune. No tenía intención de que volviera a repetirse -punto en el que Harry estaba de acuerdo-, pero reconocía que había gozado intensamente de su momento de gloria. Sin embargo, había celebrado el Fin de Año mucho más acorde con sus gustos. Draco había tenido oportunidad de conocer a los amigos neoyorquinos de Harry, porque todos habían cenado esa noche en casa de uno de ellos. Y a Merlín gracias eran normales. Es decir, parecían tenerle bastante apego a que sus camisas permanecieran donde debían estar y ninguno aparentaba tener tampoco alguna enfermiza predilección por el color amarillo.

En general, había sido muy bien recibido. Todos habían expresado sentirse muy contentos de que por fin el dueño de In Vino Veritas volviera a tener a alguien en su vida. Todos a excepción de ese tal Marcus No Sé Qué, que no dejó de mirar a Draco con expresión resentida durante toda la velada. Frank, uno de los dos amigos de Harry que, como él, también se dedicaban al negocio de la restauración, le había cuchicheado en un aparte que por lo visto Marcus había tenido esperanzas con Harry cuando Laurie había fallecido. Pero que, a pesar de que éste le había rechazado, las había seguido manteniendo a lo largo de aquellos casi tres años en los que Harry no había estado formalmente con nadie.

-Es normal que te odie -había dicho Frank con una pequeña sonrisa.

Y Draco había sentido su sangre Slytherin rebulléndole en las venas. Una antigua sonrisa había asomado a sus labios y, alumno aplicado como siempre había sido, había decidido poner en práctica sus recientemente adquiridos conocimientos sobre desinhibición. Seguramente aquella noche en la cena de Fin de Año, no había habido hombre más besado, sutilmente acariciado y cariñosamente abrazado que Harry Potter.

Prácticamente a una semana del esperado regreso de Harry, Draco tuvo un interesante encuentro en el Ministerio. Después de su última visita al despacho de la Ministra Weasley, aunque para Draco siempre sería Granger, había procurado mantenerse apartado de su camino. Sin embargo, esa mañana caminando cada uno de ellos desde ambos extremos del mismo pasillo para acabar convergiendo frente al ascensor, fue bastante difícil evitar a la Señora Ministra.

-Buenos días, Malfoy -saludó ella con bastante amabilidad.

-Señora Ministra -Draco inclinó ligeramente la cabeza.

Y aunque no tenía intención de decir muchos más, comprendió inmediatamente por la expresión en el rostro de ella que no sería posible.

-La familia bien, espero -habló de nuevo Granger.

Draco esbozó una sonrisa de compromiso, asintiendo.

-Espero que también la suya -dijo.

Ella también asintió, en su caso de forma ausente, como si aquella palabrería sólo fuera el preliminar a la verdadera conversación que la Ministra quería entablar. Las puertas del ascensor frente al que ambos esperaban junto al asistente de la Ministra, se abrieron. Antes de entrar, ella volvió de nuevo el rostro hacia Draco y dijo:

-Me preguntaba si tienes tiempo para acompañarme a tomar una taza de té, Malfoy. Si es que no estorba tus asuntos, claro -añadió educadamente.

Como si pudiera decirle que no, pensó Draco.

-En absoluto -afirmó-. Estaré encantado.

El asistente de la Ministra pulsó el botón del primer piso y ella pareció relajarse un poco tras la respuesta de Draco. Cuando abandonaron el ascensor, éste la siguió en silencio hasta su despacho, entendiendo que ella no deseaba volver a hablar hasta que estuvieran a solas.

Como la vez anterior, Granger le indicó a Draco los voluminosos sillones orejeros delante de la chimenea del despacho y, tras sentarse, apareció en la mesita que había entre ambos un completo servicio de té.

-Olvidemos los formalismos -dijo Hermione mientras servía una taza de té para Malfoy- ¿Qué tal tu hijo?

Draco tomó la taza que ella le tendió a continuación.

-Bien -respondió-. Él y Mike volvieron a Nueva York para reanudar sus estudios.

-Estupendo -dijo ella, sirviéndose su propia taza-. Mike me pareció un muchacho encantador.

-Lo es -contestó escuetamente Draco.

Pero observó a Granger sorbiendo estudiadamente su té, como si estuviera meditando sus próximas palabras.

-Quiero que sepas que los gays me merecen el mayor respeto -dijo Hermione-. Pero entiendo que sientas la necesidad de proteger a tu hijo y a su novio.

-Eres una mujer inteligente, Granger -Draco dejó su taza de té sobre la mesita-. Supongo que sobran las explicaciones.

Ella afirmó lentamente con la cabeza, observándole con detenimiento.

-¿Me has hecho venir aquí sólo para decirme que sabes que mi hijo es gay, Granger? -preguntó Draco, un poco fastidiado.

-Weasley -rectificó ella con cansancio.

Draco hizo un ligero movimiento con su mano, dando a entender que tanto le daba. Durante unos incómodos momentos, ninguno de los dos habló.

-Voy a confesarte una cosa -dijo Hermione de pronto-. Durante bastante tiempo estuve convencida de que tanto ese chico como tú, seguramente tu hijo también, sabíais quién era la persona que tenía la varita de Harry.

Draco le devolvió una mirada impasible, aunque su estómago dio un pequeño vuelco.

-¿Y puedo preguntar qué te hizo concebir esa absurda idea?

Ella se encogió de hombros, sin ánimo de responderle.

-Sin embargo, he cambiado de opinión -declaró después.

-Entonces no llamaré a mi abogado todavía -sonrió sarcásticamente Draco.

Ella le devolvió una sonrisa resabida.

-De hecho, fueron unas palabras que tú mismo dijiste la última vez que hablamos. Les he dado muchas vueltas, créeme.

Aun sin comprender a dónde quería llegar Granger, Draco se arriesgó a seguir con su línea irónica.

-Entonces debieron ser palabras sabias -afirmó, tomando su taza de té de nuevo.

Hermione siguió sonriendo y Draco empezó a sentirse un poco inquieto.

-Verás, primero pensé que te tomas demasiadas molestias sólo para que no llegáramos a la conclusión de que ese chico era el novio de tu hijo -explicó Hermione.

Draco entendió que dentro de "demasiadas molestias" estaba implícito el restringente que había tomado Mike contra el veritaserum.

-Es obvio que querías protegerle de habladurías. Y que, de hacerse público, tu familia no lo hubiera pasado demasiado bien. Pero que te hubieras convertido en una persona tan condescendiente y tolerante, no dejaba de asombrarme, Malfoy. Después de todo, Mike es un mago hijo de muggles, hasta donde yo sé, gente trabajadora que no está ni mucho menos a la altura de vuestra familia.

-La gente madura, Granger -rebatió Draco, tratando de recordar qué malditas palabras había podido pronunciar que habían inspirado tanto a la Ministra.

-Es cierto -admitió Hermione-. Pero es curioso que al final de nuestra anterior conversación dijeras: siempre se intenta dar a los hijos lo que uno mismo no ha tenido ¿verdad? -Hermione sonrió-. Y tú lo has tenido todo, Malfoy. Así que empecé a pensar qué podías estar dándole a tu hijo, que tú no habías podido tener.

La Ministra guardó un pequeño silencio, dejando que hicieran efecto sus palabras. Se preguntó si Malfoy realmente parecía un poco más pálido de lo que lo había estado tan sólo medio minuto antes.

-¿Y has llegado a alguna conclusión ó me has hecho venir aquí porque supones que voy a darte la respuesta? -preguntó Draco tiñendo de indiferencia toda la frase.

Ella sonrió suavemente, y su tono fue mucho más dulce que el que había mantenido hasta ese momento.

-Le has permitido a tu hijo el tipo de relación que tú mismo no pudiste tener. Eso es lo que pienso, Malfoy. Le has dado lo que tu padre jamás te permitió tener a ti.

Era difícil tomar a Draco desprevenido. Y sin lugar a dudas, Granger acababa de asestarle un golpe que no esperaba. Su cerebro trabajaba con celeridad para decidir si dar una respuesta u optar por el silencio. Granger se adelantó a sus cavilaciones.

-No creas que no te comprendo -dijo la Ministra-. Yo por mis hijos haría cualquier cosa...

Ella dejó la frase en el aire y Draco no la ayudó con el silencio por el que se había decantando, a la espera de saber por dónde tiraría ahora Granger.

-Por ellos o por una persona por la que realmente sintiera un profundo afecto -Hermione titubeó unos instantes- Malfoy, por favor, si realmente conoces al que tenía la varita de Harry, yo estoy dispuesta a...

Draco suspiró, dejando de nuevo la taza de té sobre la mesa. ¡La muy puta! Tanto circunloquio para acabar en el mismo sitio.

-¿No habías dicho que habías cambiado de opinión respecto a eso? -le recordó Draco, interrumpiéndola.

La expresión de Granger fue de absoluta desolación.

-¡Merlín! Debes estar desesperada, ¿verdad?

No hubo asomo de burla en la afirmación de Draco. Y su mente, como siempre, trabajando a toda velocidad, saca sus propias conclusiones. Era más que evidente que durante todo ese tiempo Granger había estado dando palos de ciego sin poder llegar a nada definitivo. Hasta le dio un poco de lástima.

-Lo que has dicho es cierto -dijo, logrando que los ojos de la Ministra se iluminaran con celeridad-, le he dado a mi hijo lo que yo no tuve -y que se desencantaran igual de rápido-. He amado a un solo hombre en mi vida. Pero murió hace mucho tiempo. Así que, aparte de mi hijo, no hay nadie por quien yo fuera capaz de mentir. Y, como comprenderás, a Scorp y a Mike cualquier asunto sobre Potter les pilla demasiado lejos como para que puedan tener algún interés en él.

Ella asintió con un movimiento lento, decepcionado. Lo que Malfoy acababa de decir no carecía de lógica.

-¿Tú padre llegó a enterarse? -preguntó sin embargo, entrando sin saberlo en el juego de Draco.

-En realidad, no lo sé. Pero seguramente no le habría hecho ninguna gracia.

-Seguramente -musitó Hermione-. He oído que no ha estado muy bien últimamente...

Bien, el rumor se había extendido por el Ministerio. Draco adoptó una perfecta actitud de hijo preocupado.

-El medimago nos ha insinuado que puede ser algún tipo de enajenación degenerativa. Pero te agradeceré que esto no salga de este despacho.

-Tienes mi palabra -aseguró Hermione-. Lo siento mucho.

Draco la observó con detenimiento. La Ministra había abandonado su actitud combativa y un tanto agresiva. Ahora sólo era una mujer triste.

-Oye, Granger. Yo también siento lo que sea que haya pasado con Potter -dijo-. Comprendo que era tu amigo. Te aseguro que si alguna vez llego a enterarme de algo, serás la primera en saberlo.

Draco abandonó el despacho de la Ministra de Magia, dejando plantada la semilla de la futura culpabilidad de su padre.

o.o.o.O.o.o.o

-Joder... -jadeó Draco dejándose caer sobre el colchón-... te juro que eres el muerto más vigoroso que he visto en toda mi vida.

Harry, todavía de rodillas entre las piernas de Draco, se apartó el húmedo flequillo con gesto cansado. Después empujó suavemente a su amante para que le hiciera sitio a su lado.

-Te aseguro que ahora mismo sí lo estoy -gruñó.

Draco sonrió, observando una traviesa gota de sudor que resbalaba por el cuello de Harry. Le había arrastrado prácticamente del asiento del avión a la cama sin darle tiempo a respirar.

-Está bien -dijo Draco en tono condescendiente- te dejaré dormir.

-Oh, muchas gracias, amo Malfoy -se burló Harry acurrucándose, sin embargo, contra el cálido cuerpo del rubio-. Como ya has exprimido hasta la última gota de mí, me mandas a dormir.

Draco dejó escapar una pequeña carcajada.

-Me gusta cómo suena eso de amo Malfoy.

-Dios me libre de llevarte jamás a un club de adictos al cuero -suspiró el moreno.

-¿Qué tipo de club es ese? -preguntó Draco con curiosidad- ¿Me gustaría?

Harry abrió los ojos y levantó un poco la cabeza hacia Draco, enviándole una mirada preocupada.

-No quieres saberlo...

Draco dejó dormir a Harry hasta prácticamente la hora del té, confiando en que se habría recuperado suficientemente del jet lag. Él había pasado una mañana bastante ajetreada preparándolo todo para esa noche. Sería la primera aparición del fantasma de Harry de una forma totalmente reconocible para su padre, quien hasta ese momento sólo lo había visto de lejos u oído su voz. Al principio, Draco había maldecido una y mil veces a Scorpius y a Mike por darse tanta prisa en enterrar ese viejo esqueleto en el sótano. Seguramente, buscando con cuidado, habría encontrado algún cabello en la americana o en la camisa que Harry había vestido. Lo que habría permitido que la poción multijugos llevara a Harry a la edad que tenía cuando teóricamente murió. Así que había vuelto loco al moreno haciéndoles rebuscar tanto en su casa como en la de Severus, prendas que pudieran haber guardado de esa época. Finalmente, había sido la buena de Eileen -tenía que haber confiado en esa mujer desde el principio-, quien rescató del garaje un par de cajas llenas de ropa vieja y otras cosas que, en lugar de ir a parar a la caridad como era su objetivo, habían quedado enterradas en un rincón debajo de dos ruedas de moto, una vieja funda de sofá y varios cojines, y se las dio discretamente a su hijo. El resultado no fue un Harry de dieciocho años, sino de veintidós, pero la diferencia no era mucha, para mortificación del propio Harry. Las anticuadas gafas redondas y el pelo desordenado hacían el resto. Aunque durante las pruebas que Draco realizó en sí mismo con algunos de los cabellos que Harry le había enviado, cuidadosamente envasados en un pequeño frasco de cristal, se llevó alguna que otra sorpresa. Por ejemplo, un guapo castaño de ojos miel y un rubito de ojos azules que tenía un sospechoso aire a él.

Después de despertar a Harry, lograr que se levantara y que se metiera debajo de la ducha, Draco meditó cuidadosamente si contarle su conversación con Granger. Hacerlo, seguramente sólo provocaría en Harry más culpa y desazón, así que finalmente decidió callársela. Realmente no era necesario que Harry supiera el grado de desesperación de sus amigos. Más tarde, mientras comía un par de sándwiches, Harry le preguntaría si había alguna noticia nueva sobre el Ministerio y su varita. Y Draco respondería que debían haberse encontrado en un callejón sin salida, porque nadie había vuelto a molestarle.

Sobre las siete de la tarde, Draco dejaba caer cuidadosamente un cabello en el vaso de poción multijugos que sostenía. Harry, con la nariz convenientemente arrugada, miraba toda la operación con cierto asco.

-Toma -dijo el rubio tendiéndole el vaso-. A ver si hay suerte y resulta que ese cabello SI era realmente tuyo.

Harry puso los ojos en blanco y tomó el vaso con resignación. Por lo que podía recordar, el sabor de la multijugos era asqueroso, y la transformación para nada agradable. A pesar de todo, se llevó el vaso a los labios y bebió.

-¡Joder! Esto es peor de lo que recordaba -se quejó, aguantándose las arcadas.

-¡Ni se te ocurra vomitar, Potter! -amenazó Draco, sosteniéndole el vaso- No tenemos demasiados cabellos y mucho menos la seguridad de que todos sean tuyos.

Harry le dirigió una mirada asesina. Pero Draco se encogió de hombros, dedicándole una sonrisita burlona.

-Yo no tengo la culpa de que fueras un pendón -dijo.

Para alivio de ambos, un jovencito Harry, que muy bien podía pasar por tener diecisiete o dieciocho años, apareció ante los ojos de ambos, reflejado en el espejo del baño. Draco se sintió incluso más impresionado que cuando su propio cuerpo se había transformado en ese Harry de apariencia todavía adolescente. Porque ese era el recuerdo que había tenido de él durante todos aquellos años en que había creído que estaba muerto. Si en ese momento Harry hubiera estado vistiendo el uniforme del colegio, Draco habría sido el primer convencido de que alguien había accionado un traslador y habían viajado en el tiempo.

-Ahora te va un poco holgado -dijo tirando de la manga del traje negro que Harry llevaba-. No... no recordaba que fueras tan delgado.

Harry asintió en silencio, dándose una mirada crítica en el espejo. Se puso las gafas y desordenó un poco más su pelo.

-¿Puedes hacer algo? -preguntó, tan absorto en su propia imagen que no se dio cuenta de la profunda turbación de Draco- Ajustarlo un poco o algo así... ¿Draco?

Éste parpadeó como si regresara de una sesión hipnótica.

-Déjame ver... -musitó, sacando su varita.

Después murmuró un par de hechizos, hasta lograr que el traje se ajustara un poco más al ahora delgado cuerpo de su compañero.

-Mucho mejor -aprobó el moreno-. Al menos no tropezaré con los pantalones si tengo que salir corriendo.

-No vas a tener que correr -aseguró Draco-. Yo estaré ahí para negar tu presencia, recuérdalo.

-Sí, claro. Y le habrás quitado antes la varita a tu padre, ¿verdad? Sólo por si acaso...

Draco sonrió. Tomó el joven rostro de Harry entre sus manos y le besó. Sus labios se notaban diferentes, más finos y encontró a faltar la cerrada barba sobre la piel de su cara.

-Oh, por favor -murmuró después-, casi me siento como un pederasta.

Harry soltó una gran carcajada.

-¿Cuánto tiempo tenemos? -preguntó después, en tono insinuante- ¿Una hora?

-Ni lo pienses, Potter -rehusó Draco, agitando las manos frente a él y abandonando el cuarto de baño a toda prisa-. Me niego a profanar un cadáver...

Harry salió sonriendo detrás de él.

-¿En qué quedamos, Malfoy? ¿Pederasta o profanador...?

o.o.o.O.o.o.o

Lucius se sirvió un whisky. Un vaso generoso. Hoy había logrado tener un día bastante decente. De los más decentes que había vivido en mucho tiempo. Había encontrado sus zapatillas al levantarse de la cama. Y su varita seguía encima de la mesilla de noche, donde la había dejado el día anterior. El Profeta estaba junto a su plato durante el desayuno. Con todas sus páginas. No recibió a lo largo del día ni vociferadores ni lechuzas reclamándole asuntos que no recordaba. Su querido bastón, que le costó sudores recuperar, estaba en su sitio de siempre. Sus libros tampoco habían desaparecido y estaban en el estante correspondiente, en la biblioteca, donde en ese momento se encontraba, leyendo un poco antes de cenar.

El patriarca dio un sorbo a su whisky mientras ojeaba un libro sobre hechizos rusos, siguiendo su infructuosa búsqueda de la respuesta a todo lo que le estaba pasando. Pero no había encontrado nada, al igual que en los últimos veinte libros que había consultado. Lucius sabía que no estaba loco. Jamás admitiría siquiera la mera posibilidad. Apenas soportaba la constante y agobiante atención de Narcisa sobre él. Ni las miradas preocupadas, incluso en ciertos momentos hasta irritadas, de su hijo. Ni ese pretencioso medimago sediento de galeones diagnosticando enfermedades imaginarias. Lucius habría sospechado de Draco, si no fuera que en ocasiones habían estado en serio peligro algunos de sus negocios. O las relaciones con sus socios. Y su hijo había tenido que hacer verdaderos malabares para que no se fuera todo al traste. O de su nieto, si no se encontrara en Nueva York con aquel degenerado con el que compartía su vida. A pesar de todos sus problemas actuales, Lucius no perdía la esperanza, y tenía muy claro que tarde o temprano Scorpius volvería a donde le correspondía estar.

La biblioteca estaba a media luz. La iluminaban un par de candelabros en la entrada y la vela que flotaba sobre la mesilla junto a la que Lucius estaba leyendo. Tal vez fuera ésa la razón de que el pequeño resplandor que de pronto empezó a refulgir al fondo de la inmensa habitación, llamó inmediatamente su atención. No se movió inmediatamente, con la mirada clavada en ese punto frente a él. Sin embargo, la varita ya estaba en su mano, preparada. La figura se definía poco a poco, pero por lo que ya se podía adivinar, parecía un muchacho. Enfundado en un traje negro, demasiado serio para alguien tan joven. El recién llegado permaneció quieto y en silencio, sin que aparentemente tuviera ninguna intención de iniciar un diálogo con él. Finalmente Lucius se levantó y, despacio, sorteó los demás sillones y mesas que se diseminaban por toda la estancia, hasta detenerse a una distancia prudente del muchacho que le había mirado acercarse, inmóvil y tranquilo.

-¡Por todo lo más sagrado! -jadeó, casi ahogándose con su propia voz.

Durante unos instantes Lucius sólo pudo oír el sonido de su propia respiración, conmovida por el impacto, mientras su mente se negaba a aceptar lo que sus ojos le mostraban. Pálido, los verdes ojos hundidos en unas profundas ojeras oscuras tras unas gafas redondas demasiado reconocibles. Sus labios apenas sin color, mientras que su pelo parecía más negro que nunca, deshilachado en mechones irregulares y agresivos. Por primera vez, el ánimo de Lucius tembló. Porque frente a lo que no podía ser otra cosa que el espíritu de Harry Potter, todas sus teorías de conspiración contra él acababan de derrumbarse.

-¿Qué quieres? -preguntó- ¿Por qué me importunas?

El fantasma, espíritu o lo que fuera de Potter no respondió. Se limitó a mirar con inalterable calma a Lucius. Como si se burlara de la inutilidad de la varita que el mago enarbolaba contra él.

-¡Habla! -exigió Lucius de nuevo, dando un paso más- ¿Has sido tú quien me ha atormentado todos estos meses? ¡Exijo una respuesta!

-¿Padre?

Unos pasos resonaron sobre el pulido suelo de mármol, sin que Lucius les prestara mayor atención, concentrado sólo en lo que tenía ante él.

-Padre, ¿qué sucede? ¿A quién amenazas?

Lucius volvió apenas el rostro hacia su hijo, quien le miraba de forma extraña.

-Tranquilo, Draco. Déjame esto a mí -dijo con determinación.

La expresión de Draco fue de total desconcierto.

-¿Dejarte qué, padre? -Draco alzó la mano y la puso sobre el brazo de su padre- ¿Por qué no bajas la varita?

Durante unos momentos los acerados ojos de Lucius fueron de su hijo a Potter y de Potter a su hijo.

-¿No le ves? -preguntó con voz ronca.

-¿A quién? -preguntó a su vez Draco, en un tono suave y calmado, como si realmente estuviera hablando con alguien que no estaba en sus cabales.

-¿No le ves? -preguntó de nuevo Lucius y esta vez su tono voz dio una pequeña inflexión de inseguridad.

-Padre, me estás asustando...

Inesperadamente, en un acceso de rabia, Lucius dio un paso hacia delante y su brazo se agitó con toda la intención de lanzar un hechizo. Draco se interpuso rápidamente entre él y su objetivo, golpeando la mano que sostenía la varita en el proceso. Forcejearon durante unos segundos. Draco era un hombre alto, ahora más que Lucius, quien había empezado a reducir centímetros con la edad. Así que durante la breve pugna, el cuerpo de Draco ocultó la fantasmal aparición el tiempo suficiente como para que ésta desapareciera.

-¡Ahí no hay nadie, padre! -gritó Draco, sosteniéndole con fuerza por los hombros- ¡Nadie!

Cuando Draco por fin se apartó, Lucius contempló con expresión tormentosa el vacio que antes había estado ocupado por la sorpresiva aparición. Desde la puerta de la biblioteca, Narcisa y Astoria contemplaban la escena con el corazón encogido.

El de Harry, quien estaba agazapado en un rincón bajo su capa de invisibilidad, estaba a punto de salírsele del pecho.

o.o.o.O.o.o.o

A finales de marzo Harry seguía en Londres. Un poco desquiciado, con un par de canas en el flequillo -que Draco le impidió arrancarse para que no le salieran más-, y a punto de pedirle a su amante que compartiera con él las pastillas que tomaba para el corazón.

-De la próxima, no salgo -solía decir dejándose caer en la cama después de quitarse traje y maquillaje-. Draco, tú lo sabes. Yo lo sé. Hasta tu padre lo sabe. Me freirá a hechizos la próxima vez que asome la nariz de la capa de invisibilidad.

-No digas tonterías. Yo siempre estoy ahí -le consolaba Draco, jugueteando con el flequillo de su amante para esconder aquellos dos ofensivos cabellos blancos-. Formamos un equipo perfecto. Tú, yo y tus dos canas -en este punto, Harry siempre resoplaba-. Además, mi padre empieza a estar verdaderamente asustado, créeme.

Y tal vez ya fuera siendo hora de dar el siguiente paso. Sobre todo, porque sólo quedaban un par de cabellos y había que mantener los dedos cruzados esperando que, a pesar de ser oscuros, realmente fueran de Harry.

Una vez más, pensó Draco, se demostraba que ese tal Murphy, muggle para más señas, había acertado con esa ley tocapelotas que se había inventado. Porque ahora que quería coincidir con Granger a toda costa, era imposible encontrarla en ningún corredor, ascensor o incluso en el atrio. Y no quería pedir una cita formal, porque necesitaba que el encuentro fuera casual.

Costó casi dos infructuosas semanas que Draco y Hermione coincidieran en el mismo ascensor. Él saludo educadamente y puso cara de circunstancias. Ella le devolvió el saludo y después le miró de reojo, preguntándose a qué se debería la expresión abstraída de Malfoy. Mucho más circunspecta que de costumbre.

-¿Todo bien, Malfoy? -preguntó amablemente- Pareces preocupado.

Él hizo como quien salía de una profunda reflexión.

-Perdone, señora Ministra, ¿decía?

-Que pareces preocupado -repitió Hermione con la misma cordialidad.

-Oh, no es nada -respondió Draco, ofreciendo una sonrisa de compromiso. Una muy poco convincente.

La Ministra se le quedó mirando, como si esperara que él dijera algo más. Después se dio cuenta de que el hecho de estar acompañada por dos miembros del Wizengamot era una buena cortapisa para que Malfoy se sintiera inclinado a guardar silencio. Cuando el ascensor se detuvo en la siguiente planta, Draco saludó educadamente y salió.

Tres días después, Hermione logró cazarle, casualmente, en el despacho del Consejero Bordenet. Desde su último encuentro en el ascensor, tenía la sensación de que Malfoy hubiera querido confiarle algo si no hubiera sido por la presencia de Williams y Ackerley, los dos miembros del Wizengamot. Realmente no sabía cómo empezar la conversación, porque no era ningún secreto que Malfoy era una persona reservada. Tal vez se ofendería, o peor, se pondría a la defensiva si insistía en preguntar. Pero aquel sexto sentido que Hermione se jactaba de tener, le decía que Malfoy estaba guardándose algo demasiado importante como para dejarlo pasar.

-¡Casi las doce! Y todavía no he hecho ni la mitad de lo que me había propuesto para hoy -se lamentó-. Odio tener que comerme un sándwich a toda prisa en mi despacho...

Malfoy le sonrió amablemente.

-Yo pensaba comer en una cafetería que está muy cerca de aquí. A dos pasos del Ministerio, en realidad. Después tengo que volver para cerrar algunos asuntos.

-¿Podría considerar tus palabras como una invitación? -preguntó Hermione.

-Si a la señora Ministra no le importan las habladurías... -ironizó él.

-¿A estas alturas? -se rió ella- Creo que ahora mismo escandalizaría más que permitiera que volvieran a subir el impuesto sobre los calderos, que si tuviera algún asunto turbio contigo, Malfoy.

-¡Merlín, Granger! Tú sí que sabes cómo acabar con el orgullo de un hombre.

Cuando llegaron a la cafetería, Hermione ya había logrado que Malfoy le confesara la preocupación de su familia por la salud mental de su padre.

-Soy consciente del poco aprecio que mi padre despierta en algunas personas -confesó Malfoy en un tono un poco taciturno-, pero es mi padre, Granger.

-Claro, lo comprendo -dijo ella-. Después de todo, uno no elige a sus progenitores.

Y pensó que, en otra época, seguramente Malfoy ya le habría mandado una maldición por sus palabras. No obstante, el hombre sentado frente a ella se limitó a volver la mirada a la carta de platos combinados que servían en la cafetería.

-Y... ¿qué opina el medimago? -preguntó, tratando de ser amable- ¿No hay ninguna medicación que pueda ayudarle? -Hermione empezaba a sentirse un poco decepcionada. Realmente la locura del padre de Malfoy se la traía un poco al fresco.

-De hecho, ya la toma -respondió él-. Pero parece que no hace ningún efecto sobre su obsesión -levantó la vista de la carta y miró a Hermione, un poco incómodo-. Ve fantasmas.

-Oh...

Hermione se quedó realmente sin saber qué decir. El embarazoso momento lo salvó el camarero, que llegó para tomar nota de su pedido. Cuando éste se hubo marchado, durante los siguientes minutos se estableció entre los dos un silencio engorroso. Malfoy jugueteaba con la servilleta de papel y ella doblaba cuidadosamente las puntitas de su mantel, también de papel. La Ministra del mundo mágico empezaba a pensar que aceptar la invitación de Malfoy había sido un sin sentido.

-Verás, Granger, no sé cómo decirte esto... -dijo de pronto Malfoy. Después suspiró pesadamente y añadió-: Sobre el fantasma que cree ver mi padre.

Hermione le miró atentamente, tratando de adivinar por cada pequeño gesto en la expresión de él, qué podía estar a punto de decirle.

-¿Y bien? -le alentó, temerosa de que ahora que parecía que iba a escuchar algo interesante, Malfoy cambiara de opinión.

Los ojos grises del mago se clavaron en los suyos de una forma que hizo que Hermione se sintiera un poco turbada. Finalmente, Malfoy dijo:

-Mi padre cree ver a Harry Potter.

Durante unos segundos, Hermione tuvo la misma expresión petrificada que cuando había coincidido en su camino con el basilisco que estuvo a punto de petrificar también a medio Hogwarts.

-No es ninguna broma macabra, créeme -dijo Malfoy, muy serio-. He llegado a tener que forcejear con él y arrancarle la varita de la mano, porque está fuera de sí cuando parece que le ve.

-¿Y por qué crees que ve a Harry? -preguntó Hermione, con la voz un poco insegura- ¿Por qué precisamente a él?

Malfoy no le respondió de inmediato. El camarero llegó con sus platos y los dejó brusca y apresuradamente en la mesa, haciendo que Draco frunciera el ceño ante un servicio tan descuidado. De hecho, era la primera vez que iba a esa cafetería. Tampoco volvería.

-Bueno... -Malfoy masajeó una de sus sienes, como si todo aquel asunto le estuviera causando un gran dolor de cabeza-... tal vez sea locura y mala conciencia entremezcladas. No lo sé, Granger. ¿Cómo puede nadie estar seguro de lo que le pasa por la cabeza en estos momentos?

-Pero has dicho mala conciencia -insistió Hermione.

-Sólo son suposiciones mías, Granger.

-¿Qué clase de suposiciones?

Malfoy la miró un poco a la defensiva. Ella se dio cuenta de que tal vez su tono había sido un tanto agresivo. Intentó relajarse y darle al mago una imagen de serenidad que le invitara a confiar en ella.

-Me refiero a qué te hace pensar que tu padre pueda tener mala conciencia... -dijo suavemente. Como no puede ser de otra forma, pensó para sí.

Él la miró, dudando. Parecía tener una lucha interna sobre si seguir hablando o guardarse lo que fuera sólo para él. Finalmente, para alivio de Hermione, Malfoy carraspeó brevemente y habló.

-Lo que voy a decirte es muy personal, Granger -en el tono de voz del hombre Hermione reconoció una implícita amenaza-. Si alguna vez vuelves a repetir a alguien estas palabras, te juro que sabré hacértelo pagar, por muy Ministra que seas.

Ofendida, pero al mismo tiempo con una buena dosis de temor en el cuerpo, y otra todavía más importante de curiosidad, Hermione asintió. Malfoy siguió dedicándole una mirada de hielo durante unos instantes, como si quisiera asegurarse de que ella había entendido bien las consecuencias de irse de la lengua.

-Tal vez me equivocaba cuando pensé que mi padre jamás había sabido de mi historia con ese hombre. Bueno, chico. Ambos éramos muy jóvenes por aquel entonces.

Hermione siguió a espera de que él continuara hablando. Pero eso pareció ser todo lo que Malfoy tenía que decir.

-¿Eso es todo? -preguntó.

Malfoy le dirigió una mirada burlona.

-¡Cirse bendita, Granger! Creí que eras lo suficientemente inteligente como para atar cabos.

Hermione enrojeció furiosamente. ¿La estaba llamando estúpida? ¡Un momento! Si no recordaba mal, Malfoy le había dicho que ese hombre estaba muerto. Desde hacía mucho tiempo. Sus ojos se abrieron de pronto desmesuradamente, lanzándole a Malfoy una mirada incrédula.

-¡No! -dijo con un pequeño jadeo.

-¿No? ¿Por qué no? -Malfoy alzó una ceja, su expresión entre airada e insultada- ¿Sólo porqué él nunca te lo dijo? Todos tenemos nuestros secretos, Granger. Y algunos no deseamos compartirlos ni con nuestros mejores amigos.

-Eso es imposible, Malfoy. Te lo estás inventando -acusó Hermione, tan agitada que no se dio cuenta de que estaba prácticamente gritando.

-Contrólese, señora Ministra -le advirtió Malfoy entre dientes-. Está llamando la atención.

Hermione apoyó las manos sobre la mesa, tratando de detener su temblor. Inhaló profundamente un par de veces, antes de volver a mirar a Malfoy. El mago tenía una expresión demasiado seria. A pesar de todo, a Hermione se le hacía un mundo aceptar las palabras de Malfoy.

-Es que... me parece tan...

-Creo recordar que dijiste que los gays te merecían el mayor de los respetos -la interrumpió Malfoy.

-No he dicho lo contrario -se defendió ella-. Sólo que...

-Que Harry no te lo dijo. Y eso es lo que no puedes aceptar.

Hermione le miró con resentimiento. No le gustaba que la psicoanalizaran. Y menos, Malfoy.

-De todas formas, él ya no está aquí para poder confirmarlo o desmentirlo -respondió mordazmente-. Así que tendré que confiar en tu palabra, ¿no es cierto?

Con sus platos todavía sin tocar frente a ellos, ambos se miraron de forma desafiante durante unos breves segundos.

-Bien -dijo Hermione, tomando la palabra de nuevo-, desvelar un secreto tan bien guardado durante años, debe tener una buena razón.

-Una tan buena que merece un Juramento Inquebrantable, Granger. Si estás interesada, busca un testigo y realicémoslo en el momento en que lo consideres conveniente, en el lugar que estimes oportuno.

Malfoy se levantó, con la comida sin tocar, mientras rebuscaba en su bolsillo la cartera.

-Mándame una lechuza con lo que decidas.

Seguidamente se dirigió hacia la caja para pagar el importe de la comida que ninguno de los dos había probado. Después abandonó la cafetería, dejando a Hermione con la sensación de que Malfoy ya lo tenía todo muy bien planeado y que su encuentro no había sido en absoluto producto del azar.

Continuará...