Disclaimer:Ouran no me pertenece, no hago esto con fines de lucro, mh, y eso.
Categoría:
M, porque me gustan las emes, y quizás por el lemon, la violencia, y las palabras soeces.

Notas
Mecano es Dadá de manifiesto y Ernesto Sábato de El Túnel y Naranjas Mecánicas como películas.
Que me ha costao, asdasdads, ¡pero ya queda poquito!


NAVAJA DE OCCAM
«Lo que necesitas, existe»


10

Si yo grito:

Ideal, ideal, ideal
Realidad, realidad, realidad
Desconocimiento
Bumbum, bumbum, bumbum

Si yo grito: ¿alguien va a escucharme?

Si todos aún tienen la razón de la irracionalidad,
y aún todos han de intentar no tenerla,
yo por esencia no poseo ni una ni la otra.

Las píldoras son todas de Valium.

No es para los abortos
Que todavía adoran su ombligo

Encerré toda mi ropa en lo más profundo del armario, y cerré con llave. Deshojé los libros que por tantos años fueron compañía, y escribí en ellos mi nombre, del que no es mi nombre, hasta que las letras empastadas no pudieran distinguirse por encima de la tinta.

No volví a llevarle lirios a Hikaru. No volví a entrar a la habitación de Kaoru.

Desempolvé mi habitación, me envolví en medio de los jeans desgastados, de las camisas hechas jirones, me maquillé con las tinturas para el cabello: fui la princesa que vuelve a su reino.

Fui la princesa/Soy la princesa/Soy la Reina que retorna
que vuelve
que destrona al bárbaro usurpador.

Cubiertas lo manos de telas míos me dejé enfrascar por el delicia de todo lo que es/fue siempre mío

Soy todo lo que siempre debí nacer y nunca debí dejar de nacer.

Reí mientras me observaba al espejo, gesticulando, despeinándome con los dedos, danzando sobre mis pies como una loca. Me di de golpes en la frente contra mi reflejo, repitiendo mil veces el nombre que siempre debió ser mío. Me sentí como Alex DeLarge sometido a la terapia de aversión. Terapiaersiándose. Terapiaversiándome. De seguro pronto comenzaría a vomitarme encima y a rodar los ojos a través del espacio, dándome choques eléctricos al meter los dedos en el enchufe.

Se desdibuja, tirita su burbuja al descontar latidos. Se decolora, porque esta lavadora no distingue tejidos.
Él se da cuenta y asustado se lamenta.

Yo soy como Dalí.
Pero yo no me lamento. Anhelo desdibujarme, quiero decolorarme.
Pero si estoy asustado, aunque creo eso pronto lo olvidaré.

—¿Hikaru? —Kyouya aparece justo por detrás de mí, y yo puedo observarle apenas me doy la media vuelta, cubriéndome con la camisa desgarbada que sostengo entre mis manos, cual ninfa desnuda. Él sonríe, mordiéndose los labios mientras no me aparta la mirada de encima—. ¿Qué se supone que haces?

Noto como mis mejillas se ruborizan al sentirlas como si de fuego fueran. Sé que me ha pillado en un momento vergonzoso, y me siento como una niña a la que han avistado probándose un sujetador de la madre. Además, él se está riendo de mí. Menudo rollo.

—Nada que te importe, cuatro ojos—ataqué con tono aniñado, sintiéndome aún más tonto pero sin demostrarlo. Kyouya avanzó dos largas zancadas hasta llegar frente a mí, arrebatándome la prenda de las manos y tirándola al suelo descuidadamente. Di un respingo al sentir sus manos ascender por mi cintura, y un gemido ahogado escapo de mis labios cuando su boca hirviendo atacó a la mía. Sentí su lengua devorar a la mía, y antes de saber qué sucedía ya me encontraba bajo la completa merced de él. Su temperatura derritió mi paladar; su saliva era como un ácido que destruía mis defensas.

Boqueé cuando su boca se alejó de la mía, percatándome que en ningún momento había cerrado los ojos. Quería observarle hasta convertir tal acto en un pecado.

Si el pudiese decir mi nombre. Solo mi nombre. Solo una vez. Cuan feliz sería mi corazón de hilos, cuan regocijado se tejería este manto para envolverme en la paz eterna.

—Hikaru… Hikaru, tan, tan endemoniadamente hermoso. Mierda. Tan hermoso.

Si, Hikaru. Hikaru.

¿Es así como tenía que ser, no? No existe otra manera posible para que sea, o inclusive, es porque no es de otra manera. Porque lo tengo claro: si Kyouya hubiese querido enamorarse de mí, ya lo habría hecho. Pero… ¿pero él si me ama, no es cierto? Es a mí a quien besa, es a mí a quien acaricia, es a mí a quien en este preciso instante observa mientras sus manos se deslizan bajo mi ropa. Soy yo quien está a su lado, soy yo quien puede corresponder a sus salvajes besos. Soy yo quien le ama.

Entonces está bien, ¿cierto?
Si, si está bien. Lo está. Y si lo está, ¿por qué se siente un vacío inexplicable?
Yo soy como Dalí. Pero yo si quiero desdibujarme.

A Kyouya le encantaba que usara los jeans rotos y las camisas desarregladas. Pero nunca me dejó teñir el cabello, ni mucho menos beber, o consumir droga. Cada vez que veíamos una moto, se ponía pálido.

Estábamos fuera del Instituto, y sus manos habían comenzando a propasarse conmigo. Gemí roncamente cuando dio un apretón fuerte a mi entrepierna por encima del pantalón, y me sentí sofocado al bajar la vista y ver como su estado no era muy diferente al mío: ambos estábamos excitados en plena vía pública.

—Te estaba mirando por la ventana del salón mientras hacías deporte —gruñó, aplastándome contra un árbol cercano y ocultándonos a la vista de los demás—. ¿Desde cuando tienes unas piernas tan podidamente sexys, eh?

—Hmp, siempre las he tenido así de sexuales, Kyouya—presumí, o más bien, intenté hacerlo, ya que mi tono más que expresar altivez demostraba un poco de vergüenza y un mucho de excitación.

—No, no —murmuró, y volví a gemir al sentir sus manos cogerme de los muslos, casi levantándome. Sus dedos estaban moviéndose frenéticos por encima de la tela—. No las tenías así antes. Puedo apostar mi alma a que no las tenías así, maldito cabrón caliente.

A él le gustaba decirme palabras sucias; me insultaba "pasionalmente". De seguro a mi también debía gustarme, porque era un descarado. A pesar de ello, esa vez atisbé una pequeña luz al final de sus oscuros ojos, de mi túnel Sabatiano.

—Será que no soy yo precisamente.

Tan rápido como pronuncié aquello me arrepentí. Kyouya se alejó de mí como si el simple acto de tocarme le resultara repulsivo. Observé como en sus ojos abismales el desconcierto se debatía entre la pupila y la retina. Abrí la boca para decir algo que arreglase la situación, pero su voz ronca me detuvo.

—Estás loco.

Ah, así que era eso. Estaba loco.

Y el túnel se cerró.