Capítulo [14]


¡Saludos! Este nuevo capítulo titulado: "Tan cerca, pero tan lejos", pese a que es uno transitorio, no por ello está falto de buenas piezas contribuyentes al desarrollo de la trama. Confieso que se me hizo difícil titularle. Llegando a cambiarle el título unas tres veces. Gracias a las últimas escenas es que me pude decidir. En donde, como se explica en dicho título, nuestra querida pareja se distancia cuando más cercanos se encuentran uno del otro. Como sucede en toda pareja cuando el fuego es muy abrazador.

Bien, en no que los diversos, y en algunos casos estúpidos, choques se muestran en la pareja de Ares y Xena, ésta última va teniendo un par de recuerdos más a su lista. Ya fuesen por su propia cuenta o ayudada por el dios de la guerra. Dios, que como siempre, hace sus comentarios mentales o en voz alta sobre el pasado de su guerrera. Como se den, igualmente he de mencionar los episodios de la serie en los que se habla de ello. De los cuales algunos ya los había comentado con anterioridad pero por si se comparte mi mente despistada, igual los repito.

Los primeros son de la 2da temporada en donde ocurre tanto angustia como comedia. Comenzando con el ep.7 de Un extraño dentro de mí (Intimate stranger) en el cual tenemos a la famosa Callisto, que luego de haber muerto, retorna al mundo de los vivos en el cuerpo de Xena gracias a la ayuda de Ares en el inframundo quien realizó el intercambio. El siguiente lo es el ep.8 de Diez pequeños guerreros (Ten Little Warlords) en el que el rey Sísifo (presentado por vez primera en la 1ra temporada durante el ep.9 en Muerte en peligro (Death in Chains) le roba la "Espada de la Inmortalidad" a Ares, convirtiéndose el dios por ende en un ser mortal que dejaba bacante su puesto. Por último de esta temporada, lo está el ep.22 de Comedia de Eros (A Comedy of Eros) en donde el arco y las flechas del dios del amor caen en manos del fruto obtenido entre él y su amada Psique. Causando que en la tierra serios problemas de amor.

Pasando a otra temporada más distante, tenemos a la 6ta, en la que se halla al ya mencionado ep.10 de El viejo Ares tenía una granja (Olda Ares Has a Farm) en el que como igualmente varias veces con anterioridad se ha explicado, éste vuelve a ser un mortal necesitado de la ayuda de su amada Xena. Para terminar lo está el ep.13 de esta misma temporada de Estás ahí (You Are There) en donde en mi opinión, la comedia puesta en esta absurda trama no iba a la par con la intriga. En donde se definió la separación de nuestra heroína del dios de la guerra al negarse a consumir la dorada manzana que la haría toda una diosa. Tuvo partes chistosas, lo admito, pero no concordaban con el asunto primordial. Y eso de un periodista del presente, ¿ALGUIEN ME PUEDE DECIR DE DÓNDE DIABLOS SALIÓ?

Ahora, a leer!

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DISCLAIMER:

La serie de Xena: Warrior Princess o como comúnmente le oíamos mencionar en nuestra lengua castellana, Xena: La Princesa Guerrera, fue creada para el año 1995 por los ingeniosos directores y productores Robert Tapert y John Schulian, con el respaldo de los igualmente productores Sam Raimi y R.J. Stewart. Por lo que no se necesita comentar que tal memorable producción, junto con todos los personajes que presentó en su trama, no han de pertenecerme. Que yo en este fanfic sólo les tomo para la elaboración de una secuela sin fines de lucro.


~Eterna Obsesión~

~o~

Tan cerca, pero tan lejos

La miraba como si fuese la última vez que le mirase en la vida. Verla, sólo eso, era para él lo más reconfortante del mundo. Su princesa, su bella mortal, su guerrera. Nunca supo cómo pero sí que fue el primer día en que le vio toda hecha una mujer de la guerra cuando a su corazón llegó un puñal que le penetró su dura coraza y se quedó clavado ahí por siempre. Un platinado y divino filo cuyo único dolor que causaba era el de cuando disponía a salirse. En lo demás, siempre era un aura esperanzadora, un sentido a su errante y eterna vida, una inspiración, un sueño, un deseo y sobre todo, una esperanza. Sentimiento que pudo llegar a conocer a fondo cuando en su tiempo mortal, le planteó a su amada si tenía una posibilidad con ella. Ella que le dice que sí, pero que en una en un billón, él que se regocija en que al menos sí existía. Queriendo alcanzar algún día esa lejana oportunidad. La cual podía darse en cualquier momento. Asegurándose de estar al pendiente de ella cada instante de su existencia. Pues aunque tenía devuelta a su guerrera, reconocía que aún no era suya del todo. Y mientras eso no sucediese, jamás descansaría. Así tuviese que convertirse en un alma en pena en busca de la de ella.

Xena se encontraba tranquilamente leyendo sus ahora interesados libros, sobre una plana roca al borde de una de las orillas del río que cruzaba por los campos. Ése que venía desde las altas montañas del norte y en aquellos dominios contribuía a la formación de un lago suplente de agua para su gente, antes de continuar su recorrido hacia el sur. Si no fuese porque la observaba en puro silencio, hacía rato que le hubiese dicho que dejara de remojarse sus blancos pies en aquellas frías aguas de dicho norte. Como mínimo, alcanzaría un resfriado si seguía con ese lento chapoteo de niña distraída. Con lo sucedido anteriormente con las sádicas criaturas de Poseidón, ya no se confiaba con que Xena anduviera tan siquiera a doce pies de un cuerpo de agua. ¿Cómo sugerirle tan siquiera que se alejara de allí cuando exactamente unas cinco horas atrás ésta que le dejó claro que no quería ni verle? Una discusión de todos los días. Diferenciándose de las demás que esta vez no fue por algo de ellos, sino por un tercero. Es que de pensarlo, le daban ganas de retractarse de su decisión de dejar con vida a ese sobrante.

Ese día en el que ahora se encontraban distanciados, era el quinto desde lo ocurrido entre ambos. O sea que al ponerse el sol se marcaría la sexta noche desde que el dios de la guerra se presentó como un titán en sus tierras. El punto es que en este preciso quinto día de dicha semana, éste que se acuerda de que tiene un prisionero muy importante en las mazmorras. Extrañándose un poco porque su guerrera no le hubiese preguntado por él. ¿No que se habían hecho muy "amigos"? Con sólo a la amfipoliana querer exigirle algo o antojársele en irse en su contra, para la misma noche en la que pasó aquel tumulto de choques, al menos habría de haber preguntado por su deparo. No siendo así al menos hasta más tarde. Pues en lo que respectó a ese quinto día, Ares acudió ante el frío y sombrío lugar de las mazmorras.

Dicha prisión se encontraba en su gran totalidad bajo tierra o entre muros de piedra en donde se tenían retenidos a casi unos doscientos hombres. Internada entre uno de los gigantescos muros de roca adyacentes al denominado centro público de Aresia que tomaba papel de coliseo cada vez que se amotinaba la gente en éste. Tal vez por la simple razón de que cada vez que querían celebrar algún evento de luchas, prácticas o hasta de unas propias competencias de gladiadores, tenían a la mano a los pobres confinados para usarlos como tiro al blanco. Por lo que fuese, fue allí en donde Ares tomó su decisión respecto a ese tercero que ahora tenía de malas a su guerrera.

Pasando de largo en medio de mal olientes, húmedas y oscuras celdas, Ares despertó con el pesado andar de sus botas a quien aún conservaba el don del sueño en tan macabro lugar. Muchas manos se estiraron desde los barrotes de cárceles y enrejados pozos e intentaron suplicar misericordia a un dios sordo y ciego ante sus males. Por él, podían acabar de morirse allí mismo de hambre, sed, frío o de lo peor, soledad. No había venido para arrojar panes a mugrientos cuya existencia no le importaba en lo más mínimo. Que le imploraran a Deméter por un grano de arroz si tanta hambre tenían. Porque él iba a continuar su camino hasta donde se le hacía que debía de encontrarse el más imbécil, pero al mismo tiempo listo, de sus hombres.

―¿Cómo te ha ido, Tarkan? ―le sacó de su tranquilo dormitar al buscado general en cuanto lo halló en una de las altas celdas sobresalidas de los túneles bajo tierra gracias a unas construidas y alzadas torres.

El descendiente de los persas, reconociéndolo sin tan siquiera haber abierto los ojos, respondió con suma tranquilidad. Sin imploraciones, súplicas, humillaciones o necesidad de misericordia por aquel dios.

―Ah, creo que me pudiese haber ido peor, ¿sabe? Al menos a mí sí me entra la luz del sol ―habló al señalar una pequeña ventana a lo alto de la celda―. Colándose por ese pequeño y enrejado cuadrado llamado ventana por donde he podido tomar un poco de lluvia en este pequeño cucharon milagrosamente olvidado ―continuó al mostrar el descrito objeto de metal―. Ya que a mis queridos compañeros tenían mucha prisa al momento de llenarme de agua hasta arriba ese rajón. ―Muestra la vasija de barro en una esquina―. Ya seco por completo en el día de hoy. Hasta ayer me rindió un duro pan como la piedra. Y como si fuera poco, el propio dios y señor de la guerra que viene a visitarme personalmente. No, para nada. No puedo quejarme porque en definitiva me pudo a ver ido peor. ―Con atrevimiento, se rió pese a su situación.

―Tú lo has dicho, Tarkan. Te podía a ver ido peor. ―No dio muestras en físico, pero la provocación le llegó a Ares. Aquel hombre suyo sí que era todo un ejemplo de sus seguidores. Siempre listo para el menor tiro que pudiese llegar a lanzar―. Como aún te podría ir. Así que cierra esa mugrosa boca que tienes, ¿te parece? ―se jactó de prepotencia al cruzarse de brazos y recuperar su partida sonrisa, mensajera de puro desprecio o jactancias si eras alguien que nada bien que le caías.

―¿En serio? ¿Qué me hará entonces? ¿Torturarme? ¿Matarme? Lo dudo mucho, ¿eh? ―retó el para nada escarmentado anatoliano tras ponerse de pie y acercarse a los barrotes que lo separaban de Ares―. Porque de desearlo, hace rato que ya lo hubiese hecho. ¿No cree?

Ares sustituyó la ira que le causaba aquel simple ente ante su vista, por una hueca carcajada. ¿Por qué dejarse provocar de semejante escoria ante sus ojos cuando mejor podía reírse de su desgracia? Y no precisamente porque estuviese encarcelado y necesitado de alimentos.

―En eso no te equivocas. Ya lo he dicho, la muerte sólo es un descanso en los mortales. No sintiéndome a gusto si te viera dirigirte a las manos de Hades cuando yo podría hacerte pagar verdaderamente con las mías.

Aunque por lo escuchado no tragó hondo, Tarkan sí se quedó pensativo en las palabras de su dios. Prefería todo, la misma muerte, menos que le dejaran vivir sin poder pelear por lo que deseaba. Por algo que le hizo ver que valía la pena existir en la vida. Por algo que lo motivaba a soñar y a plantearse metas en esa misma vida cuando hasta entonces nunca creyó que tales cosas pudiesen ser sentidas en alguien como él.

―¿Por qué esa cara, Tarkan? ―le sacó ahora de su presentimiento un Ares que en la propia cara del general, atraía del piso con sus poderes, el señalado momentos atrás, cucharón de metal y con un mero ademán de su parte, en éste que aparecía una refrescante y cristalina agua.

Al verle beber de aquella agua, al moreno anatoliano se le contrajo la garganta. Amenazando con quebrarse si no tomaba aunque fuese una gota de aquella fuente de vida. Entonces por unos momentos se llenó disque de "esperanzas". Creyendo que el dios si tenía planes de torturarlo y no de privarle de luchar por aquello que deseaba obtener. El amor de una legendaria pero hermosa guerrera. Pero cuando a su alrededor aparecieron canastas de alimento como panes y frutas, jarras con agua y hasta vino, esa ilusión se le hizo añicos.

―No te dejaré morir de hambre, ni de sed ni por una hipotermia ―le declaró al desprenderse de una negra y fina capa que llevaba al estilo romano sobre espalda y pecho, para arrojársela―. No podría hacer tal cosa cuando podría disfrutar más la cara que pongas cada vez que veas a tu inalcanzable nube a mí lado y en mis brazos por los días que te queden de vida. Después de lo de la noche, del aquelarre ese que tenían montado, a Xena le a quedado perfectamente claro cuánto me pertenece.

―Infeliz… ¡¿Qué diablos le hiciste?!

―Un poco de todo si te soy sincero ―se volvió a jactar. Estaba dándole donde le dolía.

―Será mejor que nunca me saques de aquí porque…

―Porque ¿qué? ¿Qué podría hacer un maltrecho gusano como tú a un dios como yo?

―Tal vez no mucho físicamente. Pero antes de cruzar al otro lado, podría irme con la victoria de haberle tirado el telón a su teatro.

La inquisitiva y preocupación pasaban ahora al plano de Ares. «¿De qué demonios está hablando este mamarracho?», se preguntó. Al que podía exprimir con una sola mano y librarse de su fastidio para siempre y por siempre.

―No sé de qué diablos hablas ―pidió respuestas a preguntas todavía no formuladas con un apretado roce entre sus dientes.

―¿No me diga? ¿Entonces por qué los dioses se jactan de saberlo todo?

―¿Qué quisiste decir?

―¿Qué no también leían la mente? ―inquirió sonriéndole con descaro y al mismo tiempo buscándose lo que no se le había perdido.

―¡Habla! ―demandó un Ares que le recordaba cuán fuerte era al levantarlo en los aires por su frágil cuello.

―Yo... Yo lo sé todo.

―Entonces dilo o te exprimo el pescuezo ahora mismo.

―Sé que a usted no le… in-te-re… Que no le interesa si ganamos o no en la gran guerra que nos tiene deparaba ―revelaba en medio de la asfixia―. Que lo único que quiere es que esta sólo se dé. Gane quien gane, al fin de cuentas se habrá hecho la guerra. Obteniendo más poder en el proceso.

―Miserable, y ¿crees que me preocupa que el mundo entero sepa eso? Yo soy Ares, y desde siempre he apoyado al que lucha y se batalla con verdadero espíritu. Si mis seguidores piensan que les he de abandonar, ha de ser porque están conscientes de que aún no me han entregado sus almas y su espíritu de guerra.

―Eso no es todo. Sobre ella, Xena…

―¿Qué con ella? ―Sus orbes se le encendieron al escuchar el nombre de su amada de la boca de aquel bastardo ante sus ojos―. ¿Qué con ella? ―quiso saber con desespero y apretando más la región cervical de ya un falto de circulación de Tarkan.

―Ella… ella… e…

Con disgusto, Ares no sólo lo dejó caer al duro y mugriento piso, sino que también lo aventó. Que un mísero parásito mortal e interesado le hablara de la mujer que amaba, era suficiente como para querer matarle. Para él, Xena ya no se encontraba entre los humanos. Su nombre no debía de ser pronunciado abiertamente por éstos sin al menos recibir alguna titulación. Porque para él, ella pronto sería una diosa.

―Escupe lo que dices saber, pedazo de estiércol.

Entre jadeos e intentos de recuperar el aliento, a Tarkan le regresaba la descarada sonrisa al rostro. No había duda que el dios podía matarle. Pero tan poco de que hasta sus últimos momentos de vida, él le fastidiaría en lo absoluto.

―Sé lo obvio y lo real, señor ―habló arrastrando las letras en la última titulada palabra―. Xena no es más que una mera mortal. Siempre lo fue en su primea vida y siempre lo será en esta segunda que tiene.

―No digas idioteces maldito mal…

―Ella nunca bajo de un cielo rojo y en llamas como cuentan. Ella nació como cualquier mortal y murió como igual. No tengo en claro cómo es que la resucitó, más sí de que ella no regresó al mundo de los vivos por su propia cuenta. Siendo algo que en sus cinco sentidos y en perfecta consciencia, jamás hubiese hecho.

Ares se le quedó mirando. Poco le faltaba para pasarlo de sus manos a las de Hades. Más recordando que al enemigo había que tenerlo con las riendas cortas, cerca y con el ojo echado, le permitió permanecer en la tierra hasta nuevo aviso.

―Escúchame bien, imbécil. Xena sí va a convertirse en una diosa. Y tú no podrás hacer otra cosa que tragarte sus estúpidas palabras mientras envejeces y al fin mueres.

―Veremos quien realmente termina tragándoselas, señor. Pues hasta el momento Xena podrá tener interés en seguirle al Olimpo. Más uno nunca sabe cuando pueda terminar por recordar sus tiempos como seguidora del bien y ser ella misma, la que le derrumbe el telón con todo y teatro.

Lo menos que se imaginó Ares al acudir a aquellas mazmorras es que Tarkan, como prisionero en éstas, le saldría con tan profundo conocimiento. Cuando pertenecía a toda una amplia población de seguidores a la que con los años se encargó de rememorar a la legendaria Princesa Guerrera, como eso, como una mano derecha suya puesta sobre la tierra para dirigir a sus ejércitos. Una poderosa mujer en la tierra representativa de sus fuerzas divinas. Una reina guerrera entre guerreros. Alguien que con tan sólo levantar una espada a los aires, le invocaba indudablemente. Una fuerza surgida de sus propias manos, del calor de la batalla.

Todo eso y muchas cosas más era lo que se había encargado a inculcar a sus fieles sobre la gran Xena. Una líder con la que obtendrían la victoria si cabalgaban a su lado. No una simple mortal que terminó usando su espada a favor de los débiles y sufridos en vez de continuar haciéndolo en grandiosas batallas cargadas de poder y gloria. Si con algo así hubiese querido "motivar" a sus seguidores, les hubiese presentando al arcángel San Miguel, al insoportable de Eli (predicador y profeta de un sólo dios omnipotente) o aún peor, a cierta barda metiche llamada Gabrielle. Quienes de seguro les dirían que cambiaran las espadas por rosas.

―En este presente me sorprende que alguien tan joven como tu sea conocedor de esos datos. Informes sobre sucesos que sin duda alguna, condujeron a la perdición a la referida en esta conversación ―dejó saber con un rostro vestido de la más lejana paciencia. El descontrol era un defecto humano. No pareciéndole propio de un dios padecerlo, mucho menos delante de un mortal que en cualquier momento podía mandar a la otra vida―. Aunque por otra parte, no debe de extrañarme a gran escala siendo Xena la mujer que fue. Una guerrera que recorrió los cuatro puntos cardinales del planeta, conocidos y quedados por conocer. Una guerrera cuyo nombre todavía es recordado por los más ancianos. Quienes lo escucharon de sus padres que a su vez lo hicieron de los suyos. Por lo que este debe ser tu caso. Y sabes qué, no me preocupa.

―No es de donde obtuve el conocimiento de lo que debe preocuparse, sino de lo que puedo llegar a hacer con él ―le daba con seguir derrumbando la paciencia que un dios como Ares milagrosamente había podido obtener ante un insignificante mortal como él.

―Como si pudieras hacer gran cosa, Tarkan. Por lo que veo, tu tanto como yo sabes lo que sucedería si Xena descubriera el segundo camino que tomó al final de sus días.

Ahora el dios era el que una vez más, tenía la palabra. En su interior Tarkan tenía que admitirlo. No es que conocía a la perfección del pasado benefactor de la guerrera. Pero sí lo suficiente como para saber, que si en éste no decidió entrelazarse con un poderoso dios como el que tenía delante, mucho menos lo quería hacer con un simple hombre como él. Y no nada más por eso. Es más esto, era lo de menos. Si la última Xena que caminó por la faz de la tierra regresaba, no habría cosa más grande que quisiese hacer que alejarse de todo mal y sentido de guerra con el que se estuviese envolviendo. Queriendo hacer lo imposible para enmendar unos errores que alguna vez enmendó, y que ahora los estaba cometiendo de nuevo. En resumen, eso significaba que se marchara muy lejos. Lejos de todo, hasta de la vida misma. Lejos de las probabilidades de las que se esperanzaba en poder estar a su lado.

―Como verás, Tarkan, será mejor que no cometas ninguna idiotez, que te mantengas al margen de MI futura reina diosa, y que te dediques mejor a servirme productivamente como hasta hace poco estabas haciendo bastante bien. A pesar de lo mal que ahora me caes, sigo consciente que representas una llave para adentrarme entre las puertas de oriente. Por lo que sería una lástima y un desperdicio que la única que fueras abrir fuese la de la mansión de Hades. ¿No crees?

Tarkan sonrió. Pero de complacencia. Aquello era sinónimo de un perdón por parte del dios. Como si lo necesitase. Como momentos atrás dijo, si lo dejaba con vida, era por verle retorcerse por algo que no podría nunca alcanzar.

―Ares ―se atrevió a dirigírsele por su nombre―, sólo te digo que yo no tengo nada que perder. Porque al fin de cuentas en esta vida no tengo nada. Pero… ¿Y tú?

Pese a que esa pregunta si le llegó a lo más hondo, Ares no mostró afección alguna. Como se decía, sólo era un mísero humano con lo que estaba tratando.

―Yo, soy y seguiré siendo un dios.

―Una vez renunció a su divinidad por amor. ¿O fue por conveniencia?

«¡Demonios!», maldijo en sus adentros ante la sorpresa de lo recién escuchado. Ahora sí… «¿De qué infierno ha asacado esto?», se preguntó sin llegar a imaginarse una respuestas tan siquiera. Él que se despreocupó tras entrar en la mente del anatoliano y descubrir que apenas conocía la superficie del pasado de Xena, y ahora que le salía con un evento en el que se encontraba claramente involucrado por no decir que fue el centro del asunto. «¡Malditos sean todos los pergaminos que la aún más maldita barda anduvo escribiendo!»

―Sí, y la recuperé. ―Tuvo que armarse una vez más de control. Por nada del mundo permitiría que su cara reflejase la más mínima preocupación o asombro ante la de un insignificante mortal―. Como te estaba diciendo. Soy un dios. Y los dioses jamás tienen nada que perder. Su vida eterna le garantiza que a sus manos tarde o temprano retorne lo que una vez pudo haberse desprendido de éstas.

―¿Como Xena?

―Como todo. En cambio, ustedes los mortales… Bueno, que te aproveche la comida que te dejé ―cambió de tema de golpe mientras al mismo tiempo daba paso a una "despedida". Ya se había dicho lo que se tenía que decir―. No todos los días al dios de la guerra le entran momentos de misericordia ―re captó. Y de ese modo, se encaminó un par de pasos a distancia de la celda, de vuelta hacia las escaleras por las que había subido a aquella torre, para finalmente desaparecer en medio de un resplandor turquesa.

Al reaparecerse en medio del templo, tuvo la coincidencia de hacerlo mientras que la protagonista de la conversación con el general, lo hacía por una sala. No teniendo tiempo de decirle mera palabra cuando ella que lo asaltaba con preguntas que sobre dónde había estado o qué andaba haciendo. Ahí que él le sale con la mera verdad, más le prohíbe que se acerque al encarcelado anatoliano permanentemente. Ella, a la que nadie le ordenaba nada, se agarra de aquello como un indicativo de libertad o revelación y exige querer ver al prisionero. Ares, colapsa por el interés de su guerrera en el simple mortal y hasta la responsabiliza en parte de lo que Tarkan, hasta el momento iba descubriendo. Xena, que no entiende nada del repentino estruendo de su dios, lo manda al infierno al pasarle de largo. Dios que no permite quedarse con la palabra en la boca y le sostiene por el brazo. Obteniendo como respuesta un puñetazo en su cara por el agarre. Agarre que profundiza, tirando con brusquedad del antebrazo de su guerrera para que se fuera de vuelta a las habitaciones del templo.

―¡Por mil y un demonios! ¡ARES! ¡Que no soy nada tuyo ni mucho menos tu hija! ¡Podrás tomar mi cuerpo cuantas veces se te venga en gana, más nunca mi voluntad! ¡Que te quede claro!

Sin más preámbulos, Ares le permitió que se fuera a donde quisiera hacerlo. Total, todavía no tenía idea en donde se encontraban las mazmorras, como tan poco había nadie a quién le pudiese preguntar. Y efectivamente, si la mortal anduvo buscando su ubicación, debió de haberse cansado cuando la encontró leyendo a la orilla del río uno de sus libros.

Como si las cosas no hubiesen andado mal, al día siguiente se tornaron un tanto peor. Ares que creía que luego de haber tenido otra gloriosa noche con su princesa, y que al fin ambos se iban a ir entendiendo, viene la curiosidad y el sentido de interrogantes que se implanta de repente en la cabeza de su guerrera.

―Ares ―se le dirige la guerrera luego de tragarse un mordisco de carne de un muslo de alguna ave de corral―, esto de la comida de mortales se te da bien para ser alguien que no necesite de ella.

―Para que veas todo lo que hago por ti, princesa. Y eso que no has probado...

―Por lo que me ha llevado a pensar en algo ―le cortó haciendo evidente que hasta que no terminara, no quería interrupciones―. Hace unos días, comentaste en dos ocasiones que fuiste mortal y hasta que tuviste que perseguir unos pollos para comer. ―Llegó al grano―. ¿Es eso cierto?

«¡Rayos! Porque tuve que haber freído un maldito pollo para la cena de esta tarde», se quejó en sus adentros cuando ya era demasiado tarde. Después que saliera de esa, se aseguraría de mantener a su princesa en una dieta vegetariana como castigo por su metiche interés.

―¿Y para qué quieres saberlo? ―intentó zafarse―. Al fin de cuenta, como puedes concluí al verme, volví a ser un inmortal y un completo dios.

―Sólo contéstame, Ares. Y con la verdad ―insistía concentrada en otra parte de aquel frito pollo que desmenuzaba en su plato. Las noches con aquel dios la estaban dejando con menos energías de la habitual.

Bien, ¿le decía o no le decía? Como ya se había percatado, la guerrera avanzaba en sus recuerdos al grado de que pronto recordaría más de lo necesario antes de que pudiese convertirla en una inmortal. Si le mentía, tarde o temprano descubriría que lo hizo. Y como no estaba exento de amenazadores soplones…

―Ares, estoy esperando.

Como si estuviese obligado a tener que contestarle. Pero bueno, lo mejor era mantenerla tranquila o esa noche no sería como el quisiese. A ver como hablaba del asunto sin que ésta lo pusiera en medio de más comprometedoras interrogantes. Hablar sobre la vez que vivió como granjero alimentándose de pollos en compañía de un perro llamado Horace, implicaba tener que divulgar sobre ciertas chiquillas a las que le salvó la vida y por las que perdió su divinidad. No, no podía hacerle saber que fue madre de una segunda criatura. Mucho más cuando faltaban par de días para que su guerrera entrara en ese ciclo natural de toda joven mujer. El sentimentalismo de seguro que la invadía por más fría que fuese. De esa y le daba con tirarse a buscar también a sus propios descendientes. Y si eso no resultaba nada grave, el recuerdo de la maldita amiga que tuvo se encargaría de ser la gota que colmara el vaso.

―¿Me vas a decir o qué?

¿Cómo se escapaba de ésta? ¿Cómo le decía que si llegó a ser un mortal sin decir por qué razón? ¿Cómo decía que… ¡Un momento! Pues claro que podía dar razones, y de sobra. Su guerrera le había preguntado si una vez llegó a ser mortal, no que cuántas veces. Teniendo la libertar de afirmar y hablar de cualquiera de esas veces. Eligiendo desde luego la más conveniente. Y desde luego, esa no sería en la que estuvo persiguiendo piojosos pollos por todo un corral en compañía de un aún más pulgoso perro que nada de ayuda que brindaba.

―Sí, Xena. Llegué a ser un mortal por un pequeño plazo de tiempo. ¿Conforme?

No esperaba que fuera cierto. Aun así continuó con sus interrogantes como si sorprendida no estuviese.

―¿Por qué razones?

Suerte que la conocía y sabía sobre lo condenadamente inconforme que era.

―Ah, por nada grave en sí.

―Aun así quiero saber.

Su interés ahora radicaba sobre lo que pudiese llegar a decirle. Echando su plato a un lado y cruzándose de brazos demostrando que no estaba dispuesta a levantarse de la silla en la que se encontraba sentada hasta que le brindara una explicación convincente.

―Simple y sencillamente me robaron mi preciada espada.

―¿Qué?

―Siempre he sido alguien en busca de más poder que el que tiene. Como tú también lo fuiste, y por tu conveniencia, espero que sigas siendo.

―¿Qué con esa espada? ―inquirió sin permitir que el dios se saliera de tema.

―Pedí a Hefesto que me la diseñara con la intensión de transferir mi poder a ella y así, al usarla en cada enfrentamiento, hacerla invencible y victoriosa mientras que al mismo tiempo yo también lo era.

―Entonces…

―El único riesgo era que si la perdía, con ella de igual forma se iban mis poderes.

―Umm ―comprendió para proseguir con más interrogantes―. ¿Y por qué la perdiste?

Creyendo, hasta el momento, que todo el asunto se basaba en tal sencillez, Xena que toma una copa de vino y deja de acosar al dios con la mirada. No obstante, éste no queriendo quedar ante sus ojos como un idiota despistado que no supo dónde supuestamente dejó tan importante arma, se tira al medio con más explicaciones.

―¿Qué dices? Mujer, yo no la perdí ―se enfada un poco al recordar lo que tuvo que vivir en aquellos días―. Me la robaron.

―¿Así? ―duda la guerrera con unos sonrientes y humedecidos labios en puro vino que al dios le dieron ganas de probar. La cosa como que no era tan aburrida como había dado―. ¿Quién tuvo entonces la osadía de robarle la espada al gran señor de la guerra? ¿Por qué mejor no aceptas que te quedaste dormido y que vino esta nieta tuya, la hija de Eros con Psique, y te la robó como igual una vez hizo con el arco de su dichoso padre y…

Xena se cortó así mismas sus palabras en cuanto narraba aquel cómico suceso del que una vez fue testigo cuando realizaba sus andadas junto con la mejor compañía que había tenido en toda su vida, la de una buena amiga. A su lado, Ares le veía con esa cara de encontrarse en medio de una revelación espiritista o cosa que se asemejara. Tantas cosas importantes que verdaderamente tenía que recordar, y mirar con lo que salía de la nada, con un recuerdo de un estúpido suceso en el que se mostraban desagradables descendientes suyos. Eso le sucedía por juntarse con la alegorista de Afrodita.

―¿Decías algo, Xena? ―le quiso sacar de ese trance en el que se metió y no daba muestras de querer regresar. Él no tuvo nada que ver con aquella pasada travesura de su nieta, aun así de algo se enteró por boca de Afrodita cuando vino a hacerle y que responsable de las malas mañas que estaba cogiendo la nieta de ambos. Algo completamente irrelevante si la cuestión se quedaba entre esas deidades del amor y Xena. Más si sumamente preocupante si entre éstos se sumaba la barda de Potidea a tan reciente recuerdo de su princesa―. ¿Xena?

―Ah, ¿qué? Esto… yo

―¿Acabaste de recordar algo? ¿No?

―Eh, no. Bueno sí. Algo con lo que al parecer me topé en mi pasado. Pero esto, bueno, nada que ver con lo que me estas narrando. Así que continua, por favor ―le hizo ver que no dejaría que le cambiara el tema por un mero despiste suyo.

―¿A quienes viste en ese recuerdo? ―continuaba con la preocupación que en esa insignificante añoranza de su pasado, una cabeza con rubios y lacios cabellos se enfocara en la percepción de su guerrera.

―Pues como dije, sin saber de dónde, a tu hijo Eros, a Psique, a la cría de ambos y…

Otra vez para mortificación del dios, que le daba con callarse de golpe. Invadiéndole una incógnita e impaciencia que trataba de descargar con las clavadas de un cuchillo sobre la mesa.

―¿Y? ―le tuvo que traer de regreso a la tierra.

―Y pues… Eh, no sé ―contestó con toda la verdad. La aún falta de memoria se veía en medio de compañías, pero apenas podía distinguirles cuando no veía otra cosa que caras difusas cubiertas de alguna extraña neblina―. En verdad que no sé ―alivió al preocupado de Ares quién veía tras sus ojos que así era―. Supongo que tal vez gente, aldeanos al juzgar por el pueblo en que el tu nieta jugó sus travesuras. Viajantes, fieles que tal vez me seguían y servían, eh…

―Esta bien Xena ―ahora le cortaba él con el temor de que se le ocurría pronunciar la palabra amigos―. De seguro se trataba de gente sin importancia que nada tuvieron que ver contigo.

―Sí, así debió de haber sido ―le dijo sonriente. Estaba complacida de haber recordado una cosa más de su pasado por más insignificante que pareciese. Lo que no entendía, es que hacía ella ahí junto a deidades del amor cuando ella sólo vivía para las guerras. Se veía a sí misma lidiando con la pequeñín de Eros quien a todos estaba pinchando con sus flechas, provocando pasiones y amores en gente que primero prefería morir antes de ridiculizarse de esa manera. En gente… En gente como ella. A la que también le hubo de alcanzar una flecha.

―Que horror ―se dijo para sí con una amplia mueca en su cara.

―¿Qué sucede? ―se preocupaba por dentro un Ares al que de seguir así, pronto sabría lo que era una mala indigestión en los humanos.

―¡Tu nieta me hincó con una de sus flechas! ―le salió boquiabierta como si Ares tuviese la culpa de ello―. ¿Sabrás tú por qué diablos pudo pasarme semejante estupidez a mí? Digo, tu nieta podrá ser una diosa y una inmortal junto con todo los poderes divinos que eso conlleve. Pero aun así seguía siendo una escuincle maltrecha que estoy segura que pude haber estrangulado con una sola mano.

―Eh, Xena ―retrocedió con todo y silla al ver que la mano articulada de su guerrera daba muestras de querer hacer lo que decía con su propio cuello―. Yo, en donde sea y cuando sea que sucedió ese estúpido cuento de hadas, no tuve velas en su entierro. Por lo que…

―No sabes cómo me veo haciendo estupideces por culpa de ese maldito flechazo ―entraba en la paranoia una Xena cuyo pensamiento pertenecía al de aquella diabólica mujer que azotó ciudades enteras―. ¿Sabrías cuánto me podía afectar tal estupidez a mi alta posición de líder? ¡Oh, cielos, sabrá el Olimpo entero si así fue!

―Xena, vamos, no te comportes como loca ―le comparó al ver como se llevaba las manos a su cabeza mientras que él se las bajaba y posaba sobre la mesa. Muy apegado ahora su cuerpo―. No menciones más al Olimpo ni a ningún pariente mío, ¿quieres?

―Ares, esto no es un chiste ―continuaba con la queja al verle sonreír como si aquel estúpido asunto no tuviese su grado de gravedad, Ahí la tenías Ares. Debiste ser tú el que se abstuviera de preguntas―. ¡Me veo con una cara de ninfa, con flores en la cabeza y profesándole amor a … ¿A Draco? ―se preguntó primero para sí y luego para el dios que tenía a su lado―. ¿A él? ―no se lo creía.

Ares debía ir hiendo ya por algún remedio antioxidante pues por la garganta comenzaban a querer salir ciertos gases. Lo que faltaba, que ahora su guerrera hablara sobre otro de sus tantos amantes. Tan bien que estaba hiendo la cena y…

―¿Él fue uno de mis amante? ¿Cierto? ¡ARES!

―Bueno mujer, si lo sabes para qué me preguntas ―se exaltó el nombrado al ver como su guerrera casi trepada sobre la mesa para darle alcance.

―¡Para ver si te atrevías a mentirme! Y ahí si que no podías escaparte con eso de que no estuviste todo el tiempo pendiente de mi vida porque… ¡PORQUE ÉL ERA UNA MADITO SEÑOR DE GUERRA Y TU SIEMPRE ESTAS EN ELLAS!

Adiós querida cena, gracias a una histérica Xena has de haber acabado en tu mayoría tristemente en el suelo. Tal y como observó un Ares echado para atrás en su asiento mientras una Xena sobre la mesa acababa por arrojar contra un muro el último plato que con alimento quedaba. ¿Ahora qué rayos le sucedía? Hasta donde tenía entendido, no había dado motivos de su parte para que se enfadara así de repente por algo en lo que como dijo, no tenía velas en aquel entierro.

―Maldición, lo besé ―confesó atónitamente al quedarse sentada sobre la mesa de costado hacia Ares y con las piernas colgando en el borde―. Pero si bien claro que tengo en la cabeza que yo ya le había dejado. No volviéndole a ver desde el día en el que acudí de regreso a mi pueblo en Amfípolis y todos me despreciaron. Comenzando por los mal agradecidos aldeanos y terminando por mi propia madre. ¡Maldición otra vez! Draco no fue algo que me conviniera…

―¿Lo dices o lo preguntas? ―indagó Ares meciéndose de adelante para atrás sobre su silla. Lo de Xena como que iba a durar un rato más y lo mejor era permitir que expresara y se quejara todo cuanto quisiese. «¡Mujer tenía que ser!», se dijo en silencio. Como que ya sabía porque estaba así media sacada de quicio.

―De seguro fue por las malditas flechas de tu nieta, Ares. De Hedoné ―nombró al brindarle un cantazo a uno de los cruzados brazos del dios―. ¡Cielos!

¿Qué tal si uno de mis hombres me vio? ¡Oh, rayos, y si ese fue el comienzo de la caída de mi gloria! ¡Y si al verme en ese ridículo papel de mujer enamorada no pensaron que podía seguir siendo digna de liderarlos ―parlaba confundida en el tiempo―. Y si…

―¡XENA!

Ares ya no daba para aguante. O su princesa se tranquilizaba o la tranquilizaba él. Pero sus berrinches era una cosa, que en esos momentos, no estaba para soportar.

―Ni una flecha, ni dos, ni tres, ni cuatro, ni cinco y ni diez mil fueron la causa de tu maldita perdición en la vida. Sino otra cosa disfrazada de ángel.

―¿De ángel?

―Además, eso sucedió mucho tiempo después. No para ese que has recordado ―le evadió la interrogante junto con toda y cara de confusión―. Tiempo en el que sólo ibas de paso y caíste, como tu mismas has recordado, en la comedia causada por la hija de mi hijo con una diosa que todavía no entiendo cómo es que pude andar a su lado por largos siglos ―comentó refiriéndose a Afrodita. Ahora el que tenía una cara en medio de las añoranzas y arrepentimientos, lo era él.

―Pues eso espero. Porque a mí nadie me encadenó a su vida. ―Y dicho eso, que le coquetea al dios inclinándose ante su vista mientras le surcaba el contorno de su boca.

―¿No me digas?

―Sí te digo. Y ahora, continua con el robo de tu dichosa espada que quiero saber cómo retornaste a la inmortalidad ―le atrajo de vuelta al primer tema a tiempo que se escurría hacia su silla. Cruzaba las piernas y con un ademán de su mano indicaba que se estaba demorando.

Se veía que era ella, Xena. Quien de pronto podría estar a punto de matarte, y luego retroceder con todos y unos seductores gestos. O en ese momento manifestaba ese típico comportamiento suyo o…

―Como se nota que ya casi estás en tus días, mujer.

La guerrera se quedó boquiabierta. ¿Qué cosa le había dicho?

―¿Qué dices?

―Eh, pues esa espada… Caray esa espada me la robó el maldito del rey Sísifo ―prosiguió con su interrumpida narración sin percatarse que el nombre que acababa de mencionar estaba de más.

―¿El rey Sísifo de Éfira, la antigua Corinto?

―El que siempre estuvo rehuyendo de la muerte.

―De cuyas manos una vez yo rescaté ―rememoró― a Celesta, la Muerte que por poco se muere ―explicó al ver la cara de rareza que ponía él dios. Pensando que su inquisidora mirada se debía a que no estuvo presente en tal acontecimiento. Cuando verdaderamente el dios siempre sabía de ellos y de muchos más. Temiendo en su divina forma que al ser éste otro de los hechos ocurridos mientras la guerrera ya andaba en compañía de cierta innombrable, su maldito nombre de arcángel le asaltara la cabeza.

―Desde luego, Hades una vez me contó sobre ello ―mintió en cierto modo. Si se dio por enterado fue por el desbarajuste que se dio entre guerreros, luchas y batallas que anduvo provocando. Por más que se clavaran las espadas uno con los otros, nadie moría. Tremendo problemita que tuvo al momento de proclamar vencedores.

Por andar metido en sus propios pensamientos, no reparó en que Xena también lo estaba en los suyos. Y dada la situación en la que en un dos por tres estaba recordando hechos de su pasado de este a oeste y norte a sur, debía de estar pendiente en cuanto se mostrara una amenaza con dorados cabellos. Que precisamente se encontraba al lado de la guerrera para esos días.

―¿Es por eso que te robó la espada? ¿Quería la inmortalidad que emanaba para él? ―cuestionaba tras un análisis de los hechos mientras que recibía la mirada aprobatoria por parte del dios ―. Siempre anduvo rehuyéndole a la muerte. Por eso encarceló a Celesta.

Ares estaba ansioso en que se llegara a la parte en la que era ella misma, Xena, le recuperaba y le entregaba su espada y a cambio él le devolvía su... Aunque… No… Un momento. Se contradecía así mismo. Eso equivalía a que pudiera verse en el cuerpo de otra rubia, pero con temperamento psicópata, que tan poco le latía que le recordara. Como se entendía, su querida princesa una vez anduvo en el cuerpo de su enemiga más grande. Pensándolo bien, tal vez la bruja de Alti como que le ganaba en posición. El punto es que ese intercambio se realizó por obra suya. En mala hora lo hizo a decir verdad. Apoyando a una desquiciada en vez de a una joya maestra. Que bueno que le devolvió el cuerpo a su obsesionada mortal o como que no iba a ser lo mismo cada vez que los dos…

―¿Ares?

―¿Qué? ¿Ah?

―Te decía que el caso del rey Sísifo es equivalente al del rey éste al que Perséfone le otorgó los óbolos que nos robamos, y a su mismo hijo, Gregorio II ―comparó sin que a Ares le hiciera gracia que le recordara las escenitas que tuvo que ver y soportar en aquel maldito castillo―. Me pregunto cómo estará este último. ¿Seguirá pensando que soy una sylio, una ninfa del fuego? ¿O ya habrá descubierto la jugarreta que le hiciste, Ares?

―Aún estamos cenando, Xena. No acabes por echar a perder lo que nos queda en el plato. Al menos lo que a mí me queda.

―Pues como que te vas a tener que aguantar. Porque, ¿sabes?, desde que llegamos de aquel castillo quería comentarte sobre un recuerdo que me surgió de la nada allí también.

«¿Otro más?», se arremetía con pesar un dios de la guerra que fingía indiferencia ante lo que pudiese revelar esa memoria. De todos modos, si fuera algo grave, hace rato que ya le hubiese afectado.

―Mientras buscaba los óbolos en aquel santuario, me topé con una extraña caja. Era de madera, pero sobre su tapa tenía grababa en bronce una mano humana. La curiosidad me incitó a posar la mía sobre esta, y la huella que se rota y… ¿Me estás escuchando Ares?

¿Qué si la estaba escuchando? Clarísimo. Sólo que no podía creer lo que su guerrera hablaba. Cuando se suponía que aquel artefacto, si es que era el que tenía en mente, desapareció milenios atrás. Mucho antes de que se llevara a cabo el gran diluvio que dio por terminada la Edad de Bronce entre mortales y dioses.

―Sí, Xena te…

―Cuando escuché el clack que emitió al rotarse un poco…

―Sigo escuchándote, Xena.

La guerrera se detuvo, mas esta vez no porque creyese que el dios no le atendiera, sino porque pensó que éste se reiría de ella.

―Lo sé. Pero… Es que de seguro te vas a reír de mí.

―Que pierda de nuevo mi inmortalidad si hozo en hacerlo ―juró con la garantía de saber por dónde iban las palabras de ella.

―Sé que parecerá extraño, a mí me lo pareció una vez y ahora que lo recuerdo, me sigue pareciendo.

―Xena.

―Pues según con lo que allí desenterré de mi memoria, esa caja no es otra caja que la mismísima y antigua Caja de Pandora.

Se le quedó fijamente mirando a su rostro a ver si daba señal alguna de querer reírse. Nada, seguía inmutable. No juró en vano ni tan poco se burló de ella.

―De acuerdo, no te ríes pero por dentro me das por loca. ¿Cómo no si…

―No, no, Xena. Te creo.

¿Le creía? En lo absoluto. Como que el mismo llegó a ver dicha caja antes de ser entregada a las manos de la creada Pandora. O era esa, o era una inigualable imitación.

―Bien, pero Caja de Pandora o no, lo que realmente me atrajo al descubrirla, es que ya la había visto antes. En mi primera vida, claro. En las manos de una mujer que afirmaba ser la descendiente de Pandora. Su nieta. Que abundando en el dato, igualmente se llamaba Pandora.

¡Con las cosas con las que se llegó a topar su princesa en su vida pasada! Y con las que por lo visto, seguía topándose. Ahora resultaba que la había visto antes y en las manos de la nieta de la Pandora original. No, ahí la cosa estaba media rara. Porque a menos que la disque descendiente fuera una inmortal con más de miles de años, es como podría creerse que eso fuese verdad. De hecho, ahora que lo pensaba, sí estaba al tanto de que la misma Pandora y su hija Pirra fueron mujeres propensas a la mortalidad pero de muy longevas. Aún así estaban metidos muchos años de por medio como para dar tan larga prevalencia a una nieta.

―Ahí sí que me cuesta creer lo que dices, Xena.

―Eso fue lo que me dijo esa mujer a mí y a…

―Entonces no era más que una bruja disparatera que vagaba con esa caja de a saber de dónde rayos se la pudo haber robado ―le interrumpió con la sospecha de que la siguiente persona a mencionar se trataba de la fastidiosa parlanchina que eligió como amiga y que a esas alturas, seguía sin poder explicarse lo que le pudo haber visto.

―De hecho, me late que sí pudo ser una conocedora de las artes de la magia porque la salvé de unos aldeanos que la acusaban de brujería. Lo que me hace cuestionarme el por qué lo hice ―se dijo para sí cayendo en que era una guerrera y no una heroína―. Lo más seguro andaba aburrida y… En fin, de la supuesta descendiente de Pandora no era de quién verdaderamente quería hablarte. Sino de un bebé que dejé en sus brazos junto a un rey de esa tierra por la que andaba. El rey Gregorio I. El padre adoptivo del abuelo (el bebé que te acabo de mencionar) del rey Gregorio II al que le robamos los óbolos.

Mira nada más, aparte de obsesionarse con los libros del alba al crepúsculo, a su guerrera le daba también con hacer árboles genealógicos sobre los descendientes de todos cuantos se topó en su vida pasada. Y él que pensaba que sólo era con Borias. Menos mal. No obstante, ni tanto. Eso equivalía a más bocas con la lengua bien suelta que podían hablar de más. ¿Haber como le desanimaba en esa tarea que llevaba a cabo?

―Xena, si te soy franco, en verdad no sé qué ganas con esto de andar siguiendo las huellas de los descendientes de todos aquellos que conociste en tu vida pasada y…

―No estoy haciendo tal cosa, Ares. Que quiera encontrar a los descendientes de Borias, y te comente sobre los de este rey, no significa que así sea.

―¿A no? ¿Y entonces para que me divagas en ese tema?

―Sólo quería comentarte que estoy avanzando en mis recuerdos y que…

Pero había que ver que a veces sí se le iba a la inteligencia a lo más bajo del inframundo. Tenía que estar al tanto de todo cuanto su guerrera terminara por recordar. Y si lo sabía de su propia boca, pues mejor. No induciéndola al silencio o a la reserva provocando que terminara guardando algo que más tarde explotase en su propia y divina cara.

―Y que al parecer, según Gregorio II, Apolo le hizo una profecía.

―¿Qué profecía? ―trataba de buscar interés de dónde no lo tenía. esperando que después de eso, su princesa cerrara la boca porque en verdad que ya lo estaba como que mareando.

―Me la dijo mientras estaba yo con él en su habitación cuando…

La cara que puso Ares le indicó que no era necesario que le recordase tan malditos momentos.

―Esto, dijo así: "Qué un descendiente de aquel nacido de humilde cuna y ascendido al trono como heredero de un noble monarca, gobernaría dos veces su reino."

Un poco más y la quijada que se le desencajaba de su mandíbula superior. Y no por asombro como en otras ocasiones, sino por puro sueño. El cotorreo de su princesa como que se asemejó a una canción de cuna mientras lo llevaba a cabo. ¿Para gran estupidez le salía con toda aquella historia? Tanta cosas más divertidas y productivas que ambos pudiesen estar haciendo, y mirar cómo se perdía el tiempo hablando sobre la vida de otros.

―Umm. ―Fue lo único que pudo expresar el dios para darle signos a su princesa de que le estuvo escuchando.

―¿No te importa? ―bufó al regresar a su asiento. Desde que estuvo hablando sobre la supuesta Caja de Pandora iba de aquí y para allá frente a la mesa.

―No, no es eso ―mintió―. Nada más que hace unos minutos me preguntabas sobre la espada que me robó Sísifo y luego me interrumpes por largo tiempo con otro tema y…

―Cierto. Discúlpame, puedes continuar. ¿Cómo recuperaste tu espada, Ares? ―le permitió culminar con su narración con unas disque amables palabras que no iban a juego con la hipócrita mirada que mostraba. Evidentemente se disculpó en falsos.

El dios de la guerra, percatándose de su hipocresía decidió vengarse soltándole la siguiente y pura verdad de golpe.

―La espada me la devolviste tú, Xena. Para que veas lo mucho que me amabas. Sólo tuve que pedirte ayuda una vez, y tú que corriste hacia Sísifo y que se la arrebatas de un tirón ―exageró.

Con cara de no puede ser verdad, Xena se le quedó mirando sin poder tan poco tragarse tan espinoso desenlace. Algún trueque tuvo que haber existido entre ambos para que ella accediera a ayudarle.

―Si así fue, pienso que te estás callando partes de la historia, Ares. Digo, algo a cambio me tuviste que haber dado para que me lanzara a ayudarte como dices.

―¿Tanto te cuesta saber que siempre te preocupabas por mí? Si quieres te puedo contar de otra vez… ―No, mejor ahí que no le contaba. Una vez más y que le daba con sacar a la luz su tiempo como "granjero".

―Sí, sí me cuesta ―contestó al ver que al dios se le iban sólo él sabía a dónde, sus palabras―. Porque ahora que me cuentas sobre todo esto, son más veces en las que me veo como suplente de tu vacante puesto, que concentrada en querer ayudarte.

―Pero al final no tomaste mi puesto como te exhortaba Sísifo a ti y a otros nueve guerreros más. Fueron bastante estúpidos si pensaron que podían sustituirme. Nadie jamás podrá representar la guerra como la represento yo. Nadie… Nadie, excepto tal vez tú, Xena ―meditó al dirigirle la mirada.

―Por algo entonces preferí haberte devuelto la espada que tomar tu puesto.

―Sí, por algo.

―¿Y tú lo sabes?

―¿Lo sabes tú?

―Dime al menos qué me diste a cambio para que te ayudase.

―Más adelante tal vez. Cuando hablemos sobre tus más grandes enemigos.

No teniendo tiempo para despedirse, Ares dejó a una más o menos conforme Xena en aquella sala. O salía de allí ahora que tenía oportunidad, o se quedaba esperando a que se le ocurriesen más comprometedoras preguntas. Poco más, y ambos terminaban haciendo un guión de lo que fue toda su primera vida.

Llegada la segunda semana entrante, la pareja de fuego y hielo de Ares y Xena se mantuvo en las mismas cotidianas actividades que ejercían desde sus primeros días SOLOS. Claro que aún lo seguían estando, o al menos eso ambos lo creían. Mientras, las noches fueron tan candentes como las llamas, y los días entre tranquilos o chocantes como era sumamente normal en dos opuestos como ellos. Por ejemplo, los desacuerdos no dejaban de presentarse a la hora de la cena con eso de que Xena quería que los pobladores regresaran a las aldeas y al dios de la guerra que aún no se le daba que así fuese. Y hablando de la hora de la cena, Ares como que perdió el poco interés que tenía en la cocina desde que en una de esas, a su princesa le dio con rechazarle los alimentos que le proveía. De eso para el séptimo día de la primera semana de la llegada del invierno y de su tiempo a solas. El seguido a la conversación sobre sus recuerdos.

―No eres una cría Xena, cuando tengas hambre, por allá queda la cocina y las alacenas ―le salió con hastío cuando la mortal rechazó un fino y divino plato con afrodisiacos elementos que no le dieron buena espina. Se trataban de fuentes alimenticias de los mismos dioses. Y ella, que quería seguir con su cuerpo sobre la tierra y no saber en qué otro sitio, se negó al consumir tales rarezas. Ares, que con tanto "amor" las teletransportó mentalmente desde su palacio en el Olimpo, se las vio de malas cuando su princesa las rechazó. Eso le pasaba por consentirla tanto. Ahora ni el fuego le iba a encender. Obligándole a que lo hiciera ella sino quería comer crudo.

Otro de sus típicos choques como pareja, en donde uno quería dominar sobre el otro, fue cuando, agobiada por el encierro entre aquellos muros de piedra por toda una semana, e inconforme con los paseos que apenas se daba entre las desoladas aldeas y los campos de entrenamiento, Xena que le da con querer salir a las afueras de los campamentos para recorrer a caballo uno de los adyacentes bosques.

―¿Y tú a dónde vas? ―le interrogó Ares en cuanto la vio ataviada con su típica ropa de guerrera―. ¿Y quién te dio permiso para husmear en mi despacho? ―quiso saber con toda la exigencia posible al ver que ésta tenía de vuelta su espada y Chakram con ella.

―Estoy cansada de hacer el papel de una niña en tus manos, Ares. Quiero aire, quiero libertad. Así que me largo al bosque a ver si encuentro algo más entretenido que tu estúpida cara.

Se veía muy decidida. Ya hasta sus altas botas tenía calzadas. Y en una de ellas, un puñal que ni el mismo sabía que se encontraba entre las armas de su templo. Preguntándose mentalmente que de qué esquina lo debió de haber sacado. No importaba. Si tenía pensado jugar a la cazadora por el bosque, estaba muy equivocada. Por su malcriadez, del templo no movería ni un solo pie.

―Quítate esas ropas, Xena. Que no vas a ir a ningún lado.

―¡Ja! Y supongo que harás uso de tu fuerza bruta para impedirlo. No seas fastidioso y déjame respirar aunque se por un día.

―Ya he dicho que no vas a ningún lado.

Ares se había puesto de pie del lecho de cama en donde ambos pasaron la noche. Llevaba puesto unos pantalones de seda negra que esperaba haber mantenido hasta poco más de la subida del sol. Tan divino que era permanecer al lado de su amada, y a ella que le dañaba la mañana con semejante antojo.

―No recuerdo que en el pasado fueras tan idiotamente posesivo, Ares. No te comportes como un padre ante su hija de quinces años que aún no desposa, porque no lo soy.

―Pero casi, un par de años menos y si serías esa hija de quince años que no tiene cabeza para otra cosa que para cumplir sus caprichos.

―Ahí te vez. ―Le pretendió dejar con toda y pose de brazos cruzados a un dios, que en parte, a veces sí se creía que era el padre de aquella mortal. Demostrándolo cada vez más al cerrar con sus poderes divinos las puertas de la habitación en la que se encontraban.

―Abre las puertas, Ares.

―No me hagas repetirte que no vas a ir a ningún lado. Ni mucho menos a los bosques.

―¡Pero por qué demonios! ―perdió el control al girarse y encararle de frente.

―Primero porque no quiero que te topes con ningún habitante, y segundo, porque precisamente a horita no puedo estar contigo para velar por tu seguridad. Esto serán mis dominios, pero aún así no me confío de "visitantes" no esperados.

Xena le mantuvo la mirada. Aquellas palabras no sonaban más "creíbles" porque no había otro ser en la tierra que le igualara en lo cínico y cretino.

―¿No se te ocurre otro cuento más tragable que esos dos que has dicho, Ares?

―Di, lo que quieras. Tengo cosas que hacer. Mientras, de esta habitación no sales hasta la hora del almuerzo.

Con toda la autoridad que su divinidad, estatus y voluntad le otorgaban, Ares que se emprende en un dos por tres con sus orgullosas y características ropas, y marcha con zancadas hasta la puerta aún no abierta que casi atraviesa. Y dígase casi porque un Chakram fue lanzado hacia su espalda. Atravesándolo como era de esperarse y quedando clavado en un ala de las puerta. Ares, sólo se volteó para mostrar una sonrisa de no me hiciste daño y recuerda que soy un dios, para así entonces irse dejando a una Xena que se tiraba de las greñas del puro coraje que sentía.

Después de eso, Ares tuvo que despedirse por tres noches enteras de dormir al lado de su guerrera. Ni hablar de querer poseerla antes de que Morfeo se la llevara de sus brazos. Podía haberle insistido, pero ya sabía que se le pasaría y que dentro de poco, sería ella la que le rogara que le acompañara en la cama. O de eso de jactaba él. Porque de que sucediera…

Xena y medio mundo entero podía estar de acuerdo en la opinión de que sí exageraba. Tantos días que la dejó sola en Aresia, y ahora que salía con eso de que si no estaba bajo su vigilancia, no podía distanciarse de él. Lo que no se sabía es que Ares venía percibiendo unas esencias ajenas a la de él y a la de su amada mortal. Eso de tener visitantes de repente, realmente no lo había dicho como una excusa para impedir que su guerrera saliera. Algo le decía que todo estaba muy en calma como para seguir estándolo así por otros días más. Fastidiosamente, no podía identificar qué cosa podía ser. Pero algo era seguro, no le extrañaba que fuera producto de su "adorada" familia. Algo con lo que no se estaba para juego, y algo con lo que quería prevenir a su guerrera. Significando tener que darle extensas explicaciones acerca del por qué su divina familia le odiaba más de lo necesario, se abstuvo de soltar palabra alguna. A fin de cuentas, el era un dios. Y cuando transmitía un NO, era un NO. Sin explicaciones algunas.

Así se mantuvo con la alarma guardada hasta que al cuarto día de haberle negado la salida de su princesa, y mediado de la segunda semana a solas en aquel templo, decidió tomar cartas en el asunto tras recibir un comentario de ésta.

―Sí que eres un desgraciado, Ares.

―Ayer cuando te traje tus ahora queridos libros, no pensabas tal cosa ―le echó en cara al recordarse así mismo teletransportándose a varias regiones para poder dar con los libros que su guerrera últimamente le estaban agradando y de paso, ganar aunque fuese medio punto con ella.

―No sé qué cosa ha sido más fastidiosa en estas últimas semanas. Si encontrarme atada a ti o el calor excesivo del sol para esta temporada en donde el frío se echó de menos por buenos días. No hubo guerrero que no se quejara en los campos de entrenamiento.

De que no le estaba prestando atención al nuevo berrinche con el que se le alzaba su princesa, mientras él le hacía evidente su puro ignoro al entrenar con una espada en una sala de armas, Ares se quedó inmóvil ante lo que las palabras de ella pudiesen significar.

―¿Qué dijiste? ―le mandó a repetir dejando caer su brazo con todo y pesada espada para girarse y prestarle atención a la mortal que no dejaba criticarle a sus espaldas.

―Que no hubo guerrero que no se quejara por el calor. ¿Qué? ¿Los piensas penalizar por eso?

―No, lo del sol. ¿Cómo estuvo eso de un calor excesivo?

―Pues como lo escuchaste. Las últimas semanas de otoño parecían más las primeras de verano. O Perséfone se encontraba en brazos de su madre en esos días, o el sol se acercó más a la tierra. Ni te imaginas todos los baños que tenía que tomar al día para…

―¡Maldición!

Ares ya no necesitaba escuchar nada más. Para un dios como él, aquello sólo podía significar una cosa. Reprochándose así mismo el no haber organizado a sus hombres bajo tierra. Fuera de la vista del alto cielo.

―¿A dónde vas? ―se extrañó la guerrera al verle salir a toda carrera.

―Tú quédate aquí.

Ah, no. Decirle que se quedara en donde estaba era igual a incitarla a que le siguiera. Ambos se encontraban en una sala en el segundo piso del templo, desde donde Xena siguió al dios hasta que éste, al ver que le desobedecía, se desaparecía ante su vista para que no pudiese alcanzarle.

Molesta y de brazos cruzados, Xena se dirigió a lo que era una especie de biblioteca improvisada en ese mismo piso que Ares le permitió tener luego de traerla los mencionados libros. Docenas de volúmenes de variados temas. Todos robados a pobres escribas que en el rincón del mundo en el que estuviesen viviendo, a esas alturas ya les estarían echando de menos a sus preciados libros. Mientras que una Xena en la tierra traciana dio sus brinquitos de niña pequeña al verlos tan amontonados solamente para ella.

Recordando que estaba molesta con el dios, casi desprende de su marco las puertas de la sala designada como nueva biblioteca. Marchándose por un abierto corredor hasta posarse bajo el claro de una ventana. Ares se había marchado del templo y otra vez la dejaba allí como niña castigada. Niña castigada a la que se le acababa de ocurrir una idea. Saldría del templo palaciego, montaría el primer corcel con el que se topara en su camino, y realizaría una visita para un asunto personal. Sólo que antes, agradeció mentalmente a quien fuese que hubiese dejado los planos de toda la zona poblada de Aresia sobre uno de los estandartes de la sala privada o despacho del dios de la guerra en el cuarto piso en el que anteriormente ya había husmeado.

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Mientras que la guerrera se las daba de fugitiva una vez escapada del templo, el dios de la guerra realizaba un curioso montaje sobre un llano a los límites de Aresia. Se trataba de cuatro postes clavados sobre la tierra al cuadrado, encargados de sostener cada unos una antorcha encendida. En el centro de éstos, el dios colocó sobre una base de piedra, una fuente de acero cónica que dejó suspendida entre los pilares presentes en tal base. En el interior de ésta, vertió de mala gana leña que ungió con grasa animal. Utilizada siempre para la invocación de los dioses. Entonces, arrojó unas llamas de sus propias manos para levantar un fuego hacia lo alto. A las cuales, luego de que alcanzaran una altura considerable, perturbó al arrojarles un disco solar de oro que poco a poco fue derritiéndose entre la candente temperatura. Un arco, una lira y una rama de laurel fueron a acompañar al derretido disco tras haber terminado como puré de manzana en sus manos.

―¡APOLO! ―le proclamó con estruendo frente a las llamas―. Te he invocado e insultado al quemar tus símbolos divinos. Baja de las alturas y encárate ante mí presencia, aquí en tierra de mortales si tanto valoras tu orgullo. Que ni en la antigua Troya de Ilión se vio discordia alguna entre ambos, hasta que osas en husmear mis asuntos. ¡Baja ya con tu maldita dorada aura y admite de frente lo que has estado haciendo!

Quien no supiera lo que sucedía y le mirase de lejos sin entender una sola de sus palabras, daría al dios de la guerra por un demente definitivo. Gritándole a los cielos, específicamente al astro sol como si pudieran escucharle. ¿O tal vez sí? En ambos habitaban semejantes suyos, dioses. Y que uno llamase de aquella forma a otro, no era algo para seguirle de largo. Unos más que otros, pero al fin y al cabo todos cargaban con su orgullo y prepotencia. Cada uno siempre se decía ser más importante que el otro. Cuando se les atentaba a su divinidad, no perdían instante alguno para dejar saber quienes realmente eran.

―¡Desciende, Apolo! ¡O te juro por los huesos de Gea, que no quedará en la tierra mortal alguno que promuevas las artes ni en tu nombre ni en el de ningún otro! ―dijo al agacharse y tomar unas piedras en su mano, los huesos de la Madre Tierra. Triturándolos con el cierre de su palma. Liberando con ello un fino polvo que esparció el viento.

El tiempo que pasó desde eso no fue tomado en cuenta por Ares. Segundos o largos minutos, él permaneció inmóvil en la espera de su medio hermano. Para cuando se comenzaba a pensar que sería Ares quien tendría que ascender a los cielos, la luminosidad del sol que aumenta centralizándose con todo y astro en el mismo cielo desde el horizonte en el que se hallaba. De que era de tarde, allí el valle parecía en pleno medio día. Ares se apartó de las llamas, sabía lo que la aproximación de ardiente astro significaba. Apolo se separaba y se valía de Helios (el Sol) para descender a la tierra.

Como un rayo dorado que cae velozmente en picada, así abandonó los cielos el medio hermano invocado. Cayendo estrepitosamente en la fuente de fuego que se le improvisó para llamarle y luego para insultarle. Dejando todo en puras cenizas en medio de un cráter en la tierra. Ares conocía muy bien los puntos débiles de sus familiares. Pudiendo llegar a ser muy ofensivo sin esfuerzo alguno. Satisfaciéndose grandemente cuando veía la gravedad de las heridas que provocaba.

―Pensé que tendría que buscarte detrás de nuestro padre ―le dio la "bienvenida" el broncíneo de Ares al acercarse ante la deidad de dorados cabellos de su medio hermano.

―¿Qué quieres, Ares? ―exigió saber hiendo al grano el invocado sin mostrar la misma cortada sonrisa que mostraba su medio hermano, dios y señor de la guerra.

―Y todavía lo preguntas, Apolo. Ya deberías de haber profetizado que me percataría de tus constantes visitas a mi territorio. Siendo lo suficientemente metiche para hacerlo pero no lo suficientemente valiente como para venir en persona.

―Los cielos son mi principal territorio, hermano. Y el poder del antiguo Helios, mi medio para valerme entre los mortales.

―Medio hermano. No te confundas ―le corrigió con desagrado al obviar el resto de la información.

―Por ende, puedo estar en cualquier parte de ellos cuando me plazca.

Apolo se encontraba aún en el interior del cráter de unos dieciocho pies a la redonda que su impacto provocó. Aunque se hallaba de brazos caídos y piernas levemente separadas, no por eso estaba listo para el menor signo de amenaza que su medio hermano pudiese brindarle.

―Por mí haz lo que quieras cuando estés donde te dé la gana de estar allá arriba. Aumenta las llamas del sol y colisiona con todo y Helios si así lo prefieres. No tengo problema alguno con cualquier cosa que hagas, EXCEPTO, que te dediques a espiar mis asuntos en la tierra.

―Estás fuera de control, Ares.

―Haces bien en reconocerlo, cano.

―Nuestro padre te detendrá.

―Que lo intente el Olimpo entero. Mientras, yo seguiré con mis ocupaciones. No todos los dioses existimos para quedarnos en nuestros templos o palacios viviendo de las oraciones de los mortales en la tierra. Algunos sí deseamos sacarle provecho a esta inmortalidad que se nos ha otorgado.

Apolo le miraba seriamente. Otra vez y al dios de la guerra que le daba con recordarles que aunque aún existían, todos se estaban quedando en el olvido.

―Lárgate, Apolo. Ve ante el Crónida, el "gran" Zeus, y dile que ya no volverás a husmear en mis asuntos y mucho menos a servirle de mensajero. Dile, o tus preciados adoradores terminarán pagando tu maldita intromisión.

―Es de sabios ser el aire que se retira en medio del viento cuando el fuego desea atraparle con sus llamas y alimentarse de él ―le sermoneó el dios del sol, la profecía, medicina y las artes antes de marcharse―. Hoy me voy sin complacerte con un enfrentamiento entre ambos, Ares. Pero mañana, sólo los astros lo sabrán ―Y dicho eso, que se desvanece en medio de una luz dorada que ascendió como una ráfaga a los cielos. Con la misma velocidad con la que hubo de descender.

Seguro de que Apolo sería un dios menos que no le fastidiaría más al menos por lo que quedaba de invierno. O eso se dijo regresando algo más descargado a su glorioso templo en la tierra. Reapareciéndose en la habitación que compartía con su guerrera en espera de hallarla allí leyendo uno de sus interesantes libros. Pero esperó mal. Allí no se encontraba. Tan poco tomando un baño. Creyó que pudiera estar en la biblioteca que le había instalado, pero nada. Tan poco comiendo algo en el comedor y para menos preparándolo en las cocinas. Buscar en otras salas y habitaciones fue una pérdida de tiempo en vano. Llamarla a todo pulmón terminó en lo mismo. No necesitaba pensar en otra cosa más, su guerrera no se encontraba en el templo. No percibía su esencia por ninguna parte.

―Como hayas ido a ver a ese desgraciado, ya verás, Xena. Ya verás.

Ares no necesitó ser un profeta o adivino para suponer en qué lugar exacto se encontraba su princesa. Comprobando su suposición en cuanto se trasladó hasta las mazmorras. Zona en la que su guerrera llevaba más de quince minutos de haber hallado. Logrando encontrar además, la celda en donde se hallaba aprisionado el anatoliano general de Tarkan. Al principio no pareció que hallarle fuese tarea fácil, pero bastó con arrojarle un par de migajas de pan a un par de moribundos prisioneros, y amenazar con cortarle el brazo entero a otros que intentaron tocarla desde los barrotes con obscenas palabras dirigidas a su cuerpo, como para que soltaran la lengua sin pensarlo dos veces.

―Con que aquí te tienen, Tarkan.

Esta vez le sacó de su dormitar la suave pero recta voz de la mujer por la que detrás de unos barrotes se encontraba. Convenciéndose cada vez más de que en verdad le podía haber ido grandemente peor. Poniéndose de pie en un santiamén y hasta dándose un pellizco para ver si estaba soñando. Con que la legendaria Princesa Guerrera vino a visitarle en medio de su desgracia y el no se encontraba con las mejores fachas para recibirla a ella, tan divinamente ataviada con sus ropas de cuero.

―Xena ―se le dirigió al quedársele cara a cara con los mohosos barrotes de la celda de por medio―. ¿Me creerías si te digo que anoche soñé contigo? Mira nada más. Al parecer Apolo no es el único que predice ―le dijo raramente, extendiendo una mano entre los barrotes y tomando un mechón de sus cabellos―. ¿Al fin comenzaste a extrañarme y te dignaste a venir a verme? Como sea, debo ser la envidia entre todos los moribundos prisioneros de este putrefacto lugar.

―No he de estar aquí para soportar tus estupideces, Tarkan.

Apartándose de su tacto, Xena le arrojó entre las rejas una bolsa que contenía panes, queso, frutas, una botella de vino y una cantimplora de agua.

―Ni te creas que sólo vine para esto.

―Me lo imagino, hermosa ―se dio por sabido un Tarkan que tomaba aquello como una orgullosa coraza que ocultaba, según él, que la guerrera después de todo tenía alguna parte ablandada en su corazón―. Después de todo, no te caigo tan mal como siempre me das a entender.

―Sólo agradece que en mi ocupada vida haya sacado unos minutos para tenerte presente.

―Como no ―le aceptó al tomarle de las manos―. Con tan sólo que vinieras a verme era más que suficiente. Porque como podrás ver, Ares hasta el momento quiere mantenerme vivo. Por eso todos los alimentos que ves en la celda.

―Sí, ya les vi. No estoy ciega. De todas formas, yo en tu lugar no los seguiría comiendo. Es más, hasta regurgitaría lo que ya me hubiese tragado. Si te los otorgó un dios como Ares, nunca se sabe que puedan contener. Mucho menos de dónde los sacó o que tan naturales realmente puedan llegar a ser. Ya sabes, no todo lo que brilla es oro. Y en tu caso, porque un pan te sepa a harina, nada quita que en realidad se trate de arena.

―Bueno, si prometes venir todos los días a traerme los que me has traído hoy, desde luego que lo haré ―le dijo ante su concejo. Con el que más que seguirle, la verdad era que lo que le importaba era verle.

―Ya te lo he dicho, estoy muy ocupada. Además, ni que fuera tu sirvienta. Vas a tener que seguir rogándole a Ares si quieres seguir con vida.

―¿Qué ocupaciones pudiera tener la mascota de un dios? Sino otra cosa que servirle en las noches.

Si Tarkan tiró aquel comentario para obtener una cachetada de la guerrera, casi lo logra. Dícese casi, porque al ésta introducir su brazo entre los barrotes para darle alcance, éste que viene y la agarra por tal extremidad. Chocándola contra los mencionados barrotes tras tirar su cuerpo hacia éstos, y entonces la mantiene segura al rodear uno de sus fornidos brazos por su cintura. Utilizando la mano del otro para hacer lo mismo con su cabeza, y finalmente, proporcionarle un hambriento beso en su fina boca. En aquella prisión había pasado distintos tipos de hambre, pero ninguna otra fue más grande que la que sintió al encontrarse alejado de la resucitada mortal.

―¡MALDITO INSOLENTE! ―le gruñó al separarse con tremenda mala cara. Escupir al suelo y limpiarse la boca.

―Pero dichoso por haberte besado.

―No sé para qué demonios vine. Si al fin y al cabo, aunque te libere, Ares no iba a tardar mucho tiempo en encontrarte. Mucho más cuando supiera lo que te habría pedido.

Sin verle sentido a su demora en aquel lugar, Xena que decide largarse por donde mismo había venido.

―No mientas hermosa, viniste porque me extrañabas.

Xena siguió con sus pasos hasta que el brillo turquesa de una reaparecida luz a su frente, le hizo detenerse. La figura del dios de la guerra se materializaba de cruzados brazos y con una cara de pocos amigos.

―Por lo visto, Xena, aún no comprendes que después de haber estado con migo, cualquier otro mortal se te ha de ser insignificante e invisible ante tus ojos. Pero vamos, que ahora entrada la noche estaré dispuesto a hacértelo entender.

―Ares, no seas…

El nombrado le silenció las palabras al callarla de golpe con su propia boca. Descargando en ello gran parte del coraje que Apolo le provocó con su husmear, y ella misma con su escapada. Con todo y forcejeo por parte de ella, no la liberó hasta que entendió que merecía recobrar el aire. Tomándose la oportunidad de enviarle una despectiva mirada a un enfurecido silencioso detrás de unos barrotes. Una de esas que decían: es mía.

Tomándola por su cintura, Ares desapareció de la prisión sin tan siquiera molestarse en dirigirle la palabra al insignificante mortal que por general tenía. El hecho de que éste supiera que esa noche tendría a la legendaria Princesa Guerrera en sus brazos, mientras que él sólo tenía que conformarse con las ratas que se le trepaban, le satisfacía más que el haberle matado a golpes.

La cara con la que amaneció la guerrera al otro día de haber realizado su visita en las mazmorras, reflejaba la noche que había tenido con el dios. Al que como siempre, le mostraba total repelía antes de terminar cayendo en sus brazos en los que en el pasado tantas veces se vio tentada a abalanzarse. Cuando despertó Ares ya no se encontraba a su lado. Raras veces éste se quedaba después de la salida del sol. Como rutina diaria, se bañó, perfumó, se atavió con un vestido (esta vez de un tono verde menta), peinó su cabello y pensó qué otra cosa podía hacer en los muros de aquel templo. O, ¿por qué no? Después de lo que le dio en la noche a su inmortal amante, merecía que le consintiera en otro de los tenidos paseos por las afueras que se podían contar con los dedos de la mano, y sobraban dígitos. Segura de que por eso esta vez podría completar los dígitos faltantes, se echó al brazo una capa parda con la cuellera de piel de hurón y las anteriormente mencionadas botas de piel de conejo. En el territorio ya se había dado la primera nevada. Suave y para nada tormentosa pero aun así el frío se colaba por la piel hasta los huesos.

Halló al Ares en su sala privada del tercer piso atendiendo documentos y pergaminos que tenía descuidados desde hacía más de una semana. Éste no reparó en las botas que calzaba y en la capa que cargaba. Ni siquiera le levantó la vista al verle llegar. Estaba tan concentrado en su lectura que si no llega a ser porque percibió su esencia desde los pasillos, ni sabría que se encontraba al frente de su escritorio.

―¿Estás ocupado?

―¿Tú qué crees? Tengo mil y unas cosas que aten… ¿Y esa capa? ―inquirió al verle.

―Voy a dar un paseo.

―De ninguna manera. Ya te comenté que Apolo anduvo espiando y…

―No te estoy pidiendo permiso ―le cortó al darse media vuelta y continuar su camino a la salida.

―Xena, te quejas que te trato como una niña pero tú misma es la que se lo busca. ―Ares se armó de paciencia al hacer todo lo que tenía pendiente a un lado y encaminarse ante su voluntariosa mortal.

―No, Ares. Eres tú al que poco le falta para encerrarme en una cápsula de cristal. Te lo he dicho ya, no recuerdo que en el pasado te comportaras así.

En eso la guerrera no mentía. El dios de la guerra desde que la resucitó entre los muertos, estaba extremadamente sobreprotector con ella. Pues temía grandemente que su maldita familia le atacasen en el momento menos pensado. Cosa que podía suceder incluso cuando la tuviera a su lado.

―Xena, es que si supieras cuánto te odian los dioses olímpicos…

―Sabría a fondo si me lo dijeras. Vamos, por qué han de detestarme tanto. ¿Por las guerras que provoqué en mi primera vida? ¿O es que existe otra razón mayor?

―Xena, hoy no estoy para tus interrogantes. Estoy tratando de dejarlo todo listo para tu bendito capricho de ir al inframundo. Travesía que tiene que ser antes de que se termine el invierno porque así podría contar con la ayuda de Perséfone en caso de que suceda algún contra tiempo. ¿Entiendes?

―Ya deja de echarme en cara lo de la visita a los muertos, Ares. Que mientras eso llega, aún yo sigo con vida. Y quiero vivir esa vida. Si te preocupa que vaya donde Tarkan, no pienso ir a enlodarme a ese mugroso lugar.

―No me importa a dónde vayas. Del templo hoy no sales sin mi supervisión. ¿Qué no entiendes?

Tan hermosos que se veían los parches blancos que formó la primera nevada sobre la tierra, y el dios que en su negativa no quería permitirle que tomara aunque fuese una pequeña cantidad en sus manos.

―NO.

Terca, como una mula que no quería caminar ni para atrás ni para delante.

―Tendrás que golpearme hasta dejarme en la inconsciencia si tanto quieres impedir mi salida, Ares. Porque lo que a mí respecta, me niego a quedarme. Ya me hastía tu maldita tiranía.

―Xena. ―Le retuvo al tomarle por un brazo.

―¡Suéltame! Que ni creas que te dejaré que me aprisiones tan fácil.

Ares le vio la ira en sus ojos. Tuvo que soltarla. Si continuaba así, lo que provocaría es que su princesa comenzara a odiarle. Si es que ya no lo hacía.

―Espero no tener que demostrarte lo peligroso que puede ser para ti vagar bajo la vista de los dioses. Hace mucho que perdiste el poder de …―habló de más sin que le importara en gran medida. Estaba hablando de viejos tiempos que ya no regresarían. O así se creía.

―¿De qué?

«¿De qué diantres habla ahora éste?», pensó con la viva duda en su cabeza.

―De algo que una vez hiciste pero que ya no podrás volver a hacer así te inmortalice y te ascienda como una diosa.

―Bien, si no me vas a decir, le sigo.

―Xena. ―Le retuvo de nuevo, esta vez por su antebrazo.

―¡No me toques! ―Ésta que se le suelta con histeria.

Las Erinias se quedaban cortas a la hora de manifestar tan furiosos rasgos en sus rostros. Esa mortal guerrera, cuando se enfurecía, se le dirigía igual como lo haría ante un campo en plena batalla.

―Bien, entonces tendré que interrumpir mis labores para acompañarte a cumplir tu caprichito de niña. Ver la nieve. ¡Bonito! Que mis hombres no se enteren de las cosas de las que te antojas. O las flechas que te lanzó Hedoné no serán nada en comparación con lo que si puedan a llegar a pensar tus seguidores.

«¿Qué? ―se extraño Ares―. ¿Por qué todavía esa cara de loba hambrienta?» Iba a acompañarla, como al principio le dio a entender que quería con eso de preguntarle si estaba ocupado o no. Iba a permitir que saliera a caminar sobre la fastidiosa nieve. ¿No se supone que cambiara esa furiosa expresión por una más apacible y seductora? Como era habitual en ella. Cambiar de humor de un instante para otro.

―Ya no quiero tu detestable compañía, Ares. Sigue con tus malditos rollos.

Con nada más que con su voluntad, ésta que le deja con sus asuntos para desaparecerse finalmente de su vista.

―¡Xena!

Que la llamara todo lo que quisiese. Hacían falta más que palabras para que la detuviese.

―Como se ve a leguas que te faltan varios años para que termines de madurar. ¡NIÑA! ―le salió con el tema de la manzana verde al reaparecerse en la puerta y privarle de la salida―. Si te digo que no es conveniente que andes sin mi protección, es porque lo es.

―Vete al diablo, Ares. ―Y con esto, la mortal que le empuja para hacerle a un lado. Obteniendo un hueco entre su cuerpo y el marco de la puerta por el que logra colarse mas por el que no pudo alcanzar una larga distancia. Ares esta vez la agarró rudamente por uno de sus brazos y la arrojó con violencia de vuelta al interior de la sala. Xena cayó de pecho contra el duro piso. Región que por el fuerte dolor que le causó, debía de haberla extrañado desde hacía más de una semana. Desde la noche en el que el dios le juró que la tomaría.

―Sabes qué, Ares. No sólo hoy aborrezco tu compañía. Sino que también la aborreceré por lo que me quede de vida ―le propinó en medio de la ira que le comía. Más cuando detectó en su boca un desagradable salado sabor. Al caer se golpeó un labio, dejando escapar un hilo de sangre por una parte de su mentón.

―¿Eso crees? ―le cuestionó su atacante con mal semblante.

―No, estoy segura. Lo he pensado bien. No aceptaré una inmortalidad que me maldiga al estar eternamente a tu lado. Prefiero la nefasta muerte antes de eso. Tú sólo eres un tirano. No ha habido engendro de Zeus que se parezca más a él que tú, que aparte de llevar su carne y sangre, también compartes su ambición y prepotencia.

―¡Cállate! ¡No vuelvas a compararme con ese maldito hijo de Cronos!

―Míralo bien, Ares. Provienes de un linaje en el que el hijo siempre aborreció al padre y del que obtuvo su trono tras arrebatárselo. En esta era, tú has de ser entre todos los progenitores de Zeus, el que desea destronarle en poder. Convirtiéndote en su igual, o peor copia, si lo logras.

Que ahora mirase ella. Que bien que se lo exigió. Compararle luego con su maldito padre, era algo para lo que no tenía paciencia. Atrayéndola hacia él al atraparla por su quijada, y generando presión sobre los lados laterales para impedirle el habla.

―Vuelves a compararme con el maldito de Zeus, y tendrás que despedirte de esa lengua suelta que tienes.

No sabiendo que podía llegar a hacer si la seguía teniendo en sus manos, pasa a lanzarla ahora contra un diván en una parte de la sala. Uno tapizado en piel teñida de vino y montado con madera ahumada y huesos humanos.

―No voy a cerrar las puertas, pero atrévete a levantarte de ahí, y tu voluntad será otra cosa que también perderás.

Como si con eso pudiese controlarla, Ares se volteó hacia su escritorio sin tener en cuenta que una guerrera tomaba una espada de entre las tantas que se encontraban entre muros y estantes, y se abalanza hacia él dispuesta a matarle si inmortal así fuese.

―Arghhhhhhh. ¡Maldito! ¡Maldito seas, Ares! ¡Maldito! ―le blasfemaba al enterrarle el largo filo de la hoja en su espalda una y otra vez en un en vano intento de poder matarle como realmente deseaba.

Ares se giró con seria mirada y brazos caídos, recibiendo ahora las clavadas sobre su abdomen y pecho. Xena si deseaba verle muerto. Verse libre de él. No importaba todo lo que le tenía prometido. No importaba todo lo que tenía recordado. No importaba lo que él significaba para ella, ni ella para él. Nada importaba cuando el deseoso corazón que tenía en su pecho, le gritaba que tomara el camino hacia la libertad. Porque ella siempre había sido el viento que iba de aquí para allá y el agua que se colaba entre las manos. Lo que justamente estaba haciendo en esos momentos.

―¿En serio quisieras verme muerto? ―le preguntó al arrebatarle la espada, con algo de incredulidad.

Sin el arma, Xena no se detuvo. Ahora utilizaba los puños en contra de la deidad. Éste, fácilmente le atrapó sus muñecas y la mantuvo imposibilitada al menos de brazos mientras le continuó diciendo:

―Si es así, porque entonces me protegiste en el pasado. ¿Era cierto lo que decían? Que porque de mí al fin te habías enamorado ―cuestionó pensando la ya mencionada vez en la que era mortal y ella lo ocultó en una granja para salvarle de unos perseguidores que querían verle muerto.

―¡No sé de qué rayos hablas, pero déjame libre ya! ―le atestó ahora con patadas. Ares tuvo que arrojarla de nuevo con todo y su peso encima de ella sobre el diván. Hoy era cuando más incontrolable se encontraba. En su interior le dolía que aún continuara mostrándole desprecio. Después de todo lo que había hecho por ella. Antes de todo lo que estaba dispuesto a hacer por ella.

No importaba si todavía le despreciaba. Aunque fuese una en un billón, la posibilidad de tenerla por completo existía. Latente en el tiempo en espera de ser hallada y tomada. Demostrando su esperanza al besarla. En lamer su dulce sangre de su propia boca. Prueba de cuanto la deseaba. De pronto, al tenerla tan quieta bajo su cuerpo, creyó que con la simple unión de su boca la hubo de tranquilizar. Pobre desprevenido que no se esperó recibir una apuñalada en lo bajo de su pecho cuando la mortal quiso sacárselo de encima.

Boquiabierto, Ares dejó escapar un alarido que se ahogó en el vacío en cuanto nació. Había sentido el dolor como cuando era mortal. Un dolor algo similar al que también había sentido en algunas ocasiones cuando volvió a ser un dios. Cuando la guerrera tuvo sus últimos días sobre la tierra. Cuando supo que ésta ya no vencería la muerte como tantas veces lo había hecho antes. Cuando entendió que su cuerpo desmembrado ya no volvería a cobrar vida.

Aún con el puñal en el pecho, se separó de ella para poder darle arranque. Sorprendiéndose un poco al ver que éste estaba impregnado de su sangre divina. Sangre que él no autorizó en mostrarse. Un frío le corrió por todo su interior por los segundos en los que la herida demoró en cerrarse. Y con la sorpresa aún plasmada en su rostro, miró a su guerrera. La cual se encontraba con el pecho alterado. Tal vez por el coraje contenido o por lo que acababa de hacer. No mató a su dios, pero si le provocó una herida, que aunque apenas duró segundos, al fin y al cabo fue una herida.

―¡Xena!

La nombrada no se quedó a velar por el extraño suceso, poniéndose de pie para alejarse de la presencia de un aún sorprendido dios que aun en medio de la rareza acaba de ocurrir, insistía en retenerle a su lado. Posando una mano sobre el tibio y pequeño hombro de la mortal que acaba de herirle. Y no sólo físico, sino también internamente.

Pudo haber sido por el coraje que sentía contra el dios, por las inmensas ganas que tenía de alejarse de su lado, o porque al verle decaer por unos instantes por una simple herida sintió que tenía posibilidades de continuar defendiéndose; la guerrera que le anuncia su definitiva retirada con unos violentos puñetazos en el rostro y abdomen. Él que en medio de su segunda sorpresa, no reaccionó para esquivarlos. Seguía en medio de su asombro ante el repentino y gran desprecio de su guerrera. Era como si la mortal estuviese dejando salir algo que mantuvo encerrado desde mucho tiempo.

―¡No sigas intentando detenerme! ¡Ya no quiero seguir a tu lado! ¡Me sofocas! ¡No soporto los barrotes que por brazos tienes! ―bramaba atestándole un golpe tras de otro. Haciéndole retroceder en un muro en donde Ares dejó que ésta se descargara contra su pecho.

―Te odio, te odio, te odio.

―¿Entonces por qué sigues aquí? ―le interrogó al detener sus ataques al sujetarla como con anterioridad por las muñecas. Empujándola antes de inquirirle nuevamente―. ¿Te quieres ir?

Xena no le contestó. Estaba tan alterada que apenas podía respirar. De pronto sintió el filo de los oliváceos ojos del dios sobre ella. ¿Qué estaba haciendo?

―¡Vamos! ¡LARGATE!

Xena tuvo que retroceder más de la cuenta. Ares amenazó con pegarle. Levantando una mano en el aire que a mitad de camino detuvo. Cerrándola en un puño para dejarla caer con todo y brazo.

―¡Anda! ¡DESAPARÉSETE DE MI VISTA, MAL AGRADECIDA! Ve por el mundo e intenta conseguir a alguien que te de lo que yo te he dado y puedo seguir dándote. ¡VE Y REGRESA SÓLO SI LO ENCUENTRAS!

La guerrera no sabía si tomar aquello como una victoria o como una pérdida. Al fin le permitía ser libre. ¿Pero de esa forma? Bueno, tan poco ella se lo había pedido de la mejor manera posible, pero…

―¡Que te desaparezcas! ¡MÍSERA MORTAL! Ya veo que no eres digna de reinar a mi lado ¡LARGATEEEEEEEEEEEEEEE!

Lo hizo, se giró con varios tropiezos por culpa del largo vestido que se le enredaba en las piernas. Perdiendo el equilibrio mientras corría despavorida por los pasillos y escuchaba como el dios destrozaba todo cuanto sus manos y poder alcanzaban en aquella sala. Era tanto el repentino terror que le invadió, que hasta por unas escaleras terminó resbalando, cayendo duramente de costado y pasando a dar varias vueltas que aparte de marearla, también le dejaron serios moretones en su cuerpo. Aun así, y como si no sintiera dolor alguno, salió del templo como alma que se lleva el diablo. Corriendo y corriendo sobre la reciente capa de nieve que tanto ansió ver y tocar y que ahora no tenía tiempo para ello. Corriendo lo más rápido que sus piernas pudieran llevarle. Distanciándose del templo hasta al fin dar con un corcel que pastaba las pocas hierbas que sobrevivían al invierno. Montándolo enseguida y ajorándolo para abandonar los terrenos de Aresia cuanto más rápido fuese posible. Procurando dejar atrás una bestia enardecida. Un dios que en medio de su ira, destrozaba hasta su propio templo. Del que, en lo que le alcanzó la vista, pudo ver pares de esferas de fuego salir expedidas tanto por ventanas que por muros.

A grandes lejanías de la tierra que poblaban los mortales, en lo alto de un cielo inalcanzable para éstos, una deidad logró captar desde el esplendoroso Olimpo, la huída de la legendaria Princesa Guerrera de las manos del dios de la guerra. Detestada y aborrecida desde su nacimiento por toda la familia de dioses, se encontraba en uno de los balcones de su oscuro templo palacio rodeado de negras y moradas nubes. Pensaba en una forma en cómo hacerle pagar a su "querida" familia todos los siglos de rechazos hacia su persona. Aún mantenía en su memoria todas y cada unas de las celebraciones a las que nunca le hicieron partícipe mientras que las otras deidades eran invitadas con méritos y aplausos.

Una de esas lo fue la boda de la oceánide Tetis y el mortal rey Peleo en cuya unión originaron al gran héroe griego Aquiles. Pero buena fue la manzana que arrojó sin ser vista en medio de las deidades reunidas, con una nota que decía: "Para la más bella". La famosa Manzana de la Discordia. Causante de la Guerra de Troya. En donde las tres diosas de Hera, Atenea y Afrodita se pelearon por el fruto por decir que eran merecedoras del mismo, acudiendo ante el gran Zeus para que diera la elegida y el Crónida lanzador de rayos que no pudo hacerlo. Debido a que la primera era su esposa y las segundas sus hijas. Por ello tiempo después le designó la tarea al joven Paris mientras que en ese tiempo debía de encontrarse en la Grecia espartana. En eso las tres deidades que acuden al joven príncipe prometiéndole grandes cosas si le otorgaba la manzana. Hera le ofreció un poderoso reino, Atenea ser un gran general con un gran ejército y Afrodita tener la mujer más hermosa sobre la tierra. Paris que se inclinaba más por las pasiones carnales y no se enredaba en eso del reinado y las batallas, terminó eligiendo lo que le prometía Afrodita. Diosa que le mostró entonces a Helena. Mortal que raptó y se llevó a Troya. Siendo entonces la gota que colmó el vaso en una guerra de diez años.

No había duda, esa guerra que causó fue uno de sus más grandes trabajos. Y como ya venía siendo tiempo que no provocaba algo similar, a su cabeza una gran idea llegó. Usaría el poder que su querido hermano y antiguo compañero estaba ejerciendo sobre la tierra. En donde deseaba sembrar las semillas de la discordia que llevaba guardando desde hacía mucho tiempo. Pero para ello primero necesitaba ser titiritera de unas perfectas marionetas para ese trabajo. Y ya conocía cuales eran las más indicadas para ello. O en este caso, y por el momento, indicados.

En vez de andar maquinando ideas siniestras, su deber, bajo el mandato de Zeus, era informarle a éste lo que acababa de suceder entre Ares y su preciada mortal. Más a sabiendas de que con eso no obtendría nada, se atavió con sus antiguas ropas de cuero negro de guerrera con el sonar de sus dedos. Sustituyendo el vestido igualmente negro pero de ceda de tipo griego que tenía. Estilos que venía usando desde hacía medio siglo. Desde que Zeus prohibió que se interfiriera en la vida de los mortales, y desde que por lo tanto, ya no se divertía como antes. Ah, pero esos tiempos ya estaban por cambiar. Acudiendo ante sus elegidas marionetas en un acto de desaparición.

En otra parte del Olimpo, no muy distanciada a la primera descrita, con un cielo igualmente oscurecido pero con una luminosidad de un rojo que servía de transición entre la anteriormente descrita violácea, dos deidades de la guerra se miraban estúpidamente las caras mientras extrañaban el terror y el pánico que antes causaban en los hombres. Hacía tiempo que no provocaban buenas carreras por estar trepados en las nubes sin nada más que mirar a los vivos sobre la piel de Gea. Toda una vida agobiada si eras alguien que sólo vivía para ello.

―Como siempre, aquí están. Buenos para nada. ―Al igual que su hermano de la guerra, ese fue el saludo que les otorgó la diosa que les andaba buscando. Pese a que era de estatura pequeña, de algunos cinco pies con dos pulgadas a lo máximo, su atrevimiento y rebeldía no por ello medían de la misma forma. Llegando a quebrar la paciencia hasta de su contraparte. Su sobrina Harmonía. Hija de Ares con Afrodita. Hermana del par al que les realizaba una visita.

―¡Discordia! ―se exaltaron al unísono los dos dioses al verle. No porque estuviera allí en la sala que a los dos le correspondía habitar, una parte del gran palacio olímpico de su padre Ares. Sino más bien por verla ataviada con sus antiguas oscuras ropas de guerra. Eso sólo significaba una cosa, la ex consentida del dios Ares quería retornar a sus andanzas en la tierra.

―Eris, les he dicho a todos que me llamen por Eris. ¡Grandísimos idiotas! ―Y exigido esto, que se acerca para atestarle un golpe en la cabeza a ambos.

―Pero tía, es que tú siempre andas…

Un golpe más. Esta vez para el que era de rubios cabellos. Herencia de Afrodita. Pues su hermano a su derecha, pese a compartir la misma pálida piel y los ojos azules, era de negro cabello.

―Tan poco me digas tía, Deimos. ¿Qué no vez que hace que me sienta vieja? ―Con mal carácter, se peinó su larga y también negra cabellera hacia atrás. Como siempre acostumbraba a tener. Resaltándole de su aún más pálida y blanca piel que podía difundirse con el cuarzo lechoso sin lograr ser identificada. Haciendo sumamente expresivos a unos oscuros ojos llenos de odio y venganza.

―Como quieras tí… Eh… ―otro golpe sonó en la cabeza del podre Deimos, el dios del terror que en esos momentos, era aterrado.

―Entonces, ¿Qué tal prima? ―sugirió el de negros cabellos, el dios del pánico o el miedo. El efecto de la causa de su rubio hermano, el terror.

La cabeza del sugerente sonó con un tock en cuanto recibió un golpe de nudillos por "regalo" de Eris. Prima no era otra forma grata a su persona con la que podían referirse.

―No sé cómo los acabo de elegir para mis planes, siendo los dioses más imbéciles de todo el Olimpo. No creyendo tan poco cómo ambos pueden tener los títulos de guerra que tienen, el terror y la fobia; cuando no son más que dos payasos que aún no se independizan de su padre.

―¡¿Qué?! Pero si a él no lo vemos desde hacen décadas ―objetó el de negro cabellos.

―Entonces dime, Fobos. ¿Cómo es que aún viven en un ala de su gran y majestuosos palacio en el Olimpo?

―Pues… Esto… Eh…

―Porque no has encomendado vigilarlo y mantenerlo en orden. Ya sabes ―se apresuró en responder el dios del terror, Deimos.

Eris puso los ojos en blancos en muestra de incredulidad y de fastidio. Aquel par no tenía remedio. No entendía como era que su hermano aún no los había desheredado. Bueno, ha de ser porque se encontraba ocupado en cosas más importantes que la irrelevante existencia que le podía parecer aquellos dos espantapájaros suyos.

―Como digan, par de idiotas. Yo sólo vine a decirles que los necesito en la tierra, conmigo. Creo que ya es hora que le pidamos a Ares una plaza de trabajo en sus nuevos planes sobre el suelo de los mortales.

Deimos y Fobos no podían creer que su rencorosa tía estuviese hablando en serio. ¿No qué bien claro lo había dejado Zeus? Lo mucho que desaprobaba las acciones de su hijo en la tierra. Su nuevo afán de construir un imperio en ésta, y gobernarlo junto con la mortal aún más despreciada que el propio Ares y ella, la diosa de la discordia, juntos.

―Esta bien Disco… Eh, Eris. Si viniste a jugarnos una broma de muy mal gusto, lo lograste. Ya hasta nuestras mandíbulas nos desencajaste. Por lo que ya te puedes marchar triunfante antes de que el chismoso de Hermes nos vea a los tres, juntos, escuche y mal entienda de más, y vaya con el chisme a nuestro abuelo y…

―No seas idiota, Fobos. Por supuesto que estoy hablando en serio. ¿Para qué vendría a verle sus mugrosas caras si no fuese para algo importante que les tengo planeado?

―De ser así… ¡¿Te volviste loca?! ―estalló Deimos―. Está terminantemente prohibido apoyar a nuestro padre. La mayoría de los dioses desean ver su ruina y el quiebre de su orgullo. Zeus está aguardando por el momento justo en el que pueda detenerle sin que se causen estragos sobre la tierra. En resumen, al que se le ocurra apoyar al dios de la guerra, terminará más que mal sin antes llegar a la batalla.

―Yo pienso igual que Deimos ―le apoyó Fobos―. Involucrarnos en los trabajos de nuestro padre nos "premiaría" con un boleto directo a Tártaros.

Con gran par de valientes contaba. Aún no les decía en qué consistía sus planes y ya ambos se echaban a la fuga con su hija Palioxis. En sentido figurado, claro, tal deidad en esos momentos no les acompañaba pero por lo visto, si les exhortaba a huir. Siendo ésta un espíritu de la retirada, de la misma fuga.

―Hay que ver que lo que representan sólo lo llevan en sus nombres. ¡¿Cómo es posible que siendo ambos dioses del terror y del pánico se dejen apoderar de lo mismo?! Se supone que ustedes aterren y descontrolen a la gente, no que se dejen atemorizar por cualquier estupidez.

Así era ella, toda una exigente. Su tía y hasta posiblemente madrasta. Puesto de que por largo tiempo fue compañera de Ares, y Afrodita no les dedicó el mismo amor de madre ―o eso ellos decían― que le otorgó a sus otros consentidos hermanos de Eros, Anteros y Harmonía. Tan poco es que ella, Eris, hubiese sido tan cariñosa con ellos. Eran más los golpes que les daba que las palabras de amor que les profetizaba. A decir verdad, jamás les había transmitido alguna. El punto es que al menos compartían las mismas visiones en la guerra. Atemorizar y enemistar. Añadiendo que pertenecía a la misma generación de ellos. Luciendo el aspecto de una rebelde adolecente que la hacía ver incluso más joven que ellos mismos. ¿O acaso es que lo era?

―Eso lo dices tú porque aquí ya te conocen como la rebelde de la familia. Nada de lo que hagas sorprenderá a nadie. ¿Pero y nosotros qué? ¿Eh? ―expuso el cano de Deimos.

De acuerdo. Aquel par se estaba poniendo un tanto difícil. Mejor sería echar a un lado la energía discordiana que emanaba e impedía que pudiese entenderse con ellos. Usaría uno de los trucos de su tan antiguamente admirado hermano, para enredarlos a los dos en sus cuerdas de titiritera. Usaría la manipulación.

―Ustedes, queridos ―y con esa última palabra que les acaricia a ambos su rostro―, dejarán de ser ignorados, aislados, restringidos y privados. Dejarán de ser los bastardos hijos del gran Ares con la perra de Afrodita, para tomar un buen lugar en el universo. Ya sea aquí, en el aburrido Olimpo, o en la atrayente tierra de los hombres. Ustedes luego lo decidirán. Mientras, nos infiltraremos en los dominios de Ares, nos haremos partícipes de sus planes, y al final le exigiremos una buena parte del gran imperio que deseoso se encuentra de formar.

Los ojos azul grisáceos de ambos dioses se llenaron de avaricia y deseo de poder. Eris no mentía en cuanto a la posición en la que a ambos siempre le habían mantenidos. Sirvientes de su propio padre que jamás permitía que se le dirigieran como tal. Para parecerse más a Eris. Con razón fueron pareja y llenaron al mundo de inmensas penas.

―Sí, eso suena a gloria ―se lo pensó mejor el güero de Deimos.

―Pero que pasa si Zeus…

―Zeus es ya un viejo que en silencio teme que lo que la titánide Metis se haya equivocado en lo que le profetizó ―le cortó al aún temeroso de Fobos―. Que con ella engendraría un hijo varón que le destronaría al igual que él lo hizo con su padre Cronos quién a su vez lo hizo con el suyo, Urano. Teme que de ser así, el hijo que realmente le arranque de su trono exista en la actualidad. Y que ése, sea precisamente Ares. El único que a osado en írsele en su contra milenio tras milenio. Ustedes mejor que nadie ya deberían de saberlo. A leguas se detecta el temor interno que el "gran" Zeus emana.

Se tenía que ver de todo lo que se valía esa discordiana diosa para terminar por convencerle y adentrarlos a su telaraña. Y lo más grande de todo, es que tenía razón. Después de todo, el hijo que se había encargado de destronar siempre a su padre, lo era aquél que era engendrado de una deidad real. La convertida en reina al desposarse. La elegida como acompañante del trono.

―Así que ustedes dirán. O se quedan aquí al lado de un anciano decrépito que poco le falta para convertirse en piedra de lo inmóvil que siempre permanece en su trono, o se tirarán a la tierra a seguir al futuro rey de dioses. A su padre.

Lo expresado era otra cosa en la que no se equivocaba. Desde que Heracles le clavó la costilla de Cronos a su padre Zeus, éste dios que no volvía a ser el mismo. Como todos los que cayeron en aquellos días, se desmaterializó por buenas décadas. Como todos, se le dio por muerto hasta entonces. Pero sólo él, no lograba reponerse del todo. Habría de ser porque fue la costilla de su padre lo que le hirió a manos de un propio hijo suyo. Y no una simple arma de metal a manos de una guerrera descontrolada en la tierra.

―Bien, mañana quiero una decisión al respecto ―les encargó antes de disponer a marcharse―. Si se niegan, no habrá problema. Lo más que tengo son hijos para encomendarles tareas. Nada más que me pareció, que por ser ustedes los más allegados a su padre en las batallas, eran los más merecedores de su poder en la tierra.

Aquello fue lo que faltaba para incitarlos a aceptar su propuesta. Después de todo, a su ver, si los tomaba en cuenta pese a que no eran hijos de ella. Los tomaba en cuenta antes que a sus propios hijos. No era tan mala entonces su madrastra. Poco cariñosa tal vez, pero si muy generosa. O eso creyeron estúpidamente. Pero, había un problema que les impedía dar su afirmativa. La diosa no había reparado en la mortal que antaño a varios de los dioses se encargó de aniquilar. Y ella, estaba en esa lista.

―Eris, espera ―le detuvo Fobos antes de que se desapareciera―. No has pensado en alguien. En Xena.

El escuchar el nombre de aquella maldita mortal ante sus ojos fue un tortuoso rechinar en cada uno de sus tímpanos. Teniendo como efecto una molesta dentera.

―Y en lo que les hizo a muchos de ustedes.

Eris tuvo que contener las inmensas ganas de abalanzarse sobre su sobrino y molerlo a golpes por simplemente haber dado a entender que ella había olvidado lo que la nombrada guerrera le había hecho.

―¿Me crees estúpida o qué? Desde luego que no he olvidado a esa otra perra maldita. ¿Cómo crees que olvidaría que me decapitara al frente de todos de un solo tajazo? ¿Eh?

―Y a mí que me arrojara debajo a esa maldita pesada caja o lo que fuese que al caer me dejo como tortilla ―recordó Deimos con penosa mueca.

―Por ella es que en parte he armado todo este plan que tengo con ustedes. Deseo la más dulces de las venganzas. Mientras, tendré que soportarle hasta donde más sea posible. Después de todo, mi mayor habilidad es la discordia. Y si la guerrera ya de por si se está separando de mi "querido" Ares, ya me imagino lo fácil que será en cuanto ponga mis cartas sobre la mesa. ¿Entienden?, par de ineptos.


REVIEWS


Xena, Xena, Xena. ¿Por qué tienes que estar comportándote como una niña? ¿Ha de ser porque aún eres muy joven y no entiendes de razones? Por cierto, ¿nadie se a preguntado qué edad tiene nuestra protagonista durante la trama de este fic? Creo que he dado par de pistas. Más igual no certezas. Por lo que estoy abierta a responder ante la duda si interés hay en ello.

Ares, se sabe que eres el dios de la guerra, pero caray, se más paciente con tu guerrera y no andes haciéndole la guerra casi todo el tiempo. Tú mismo aceptas que aún no es la madura mujer a la que terminaste profiriéndole amor. No puedes querer seguir teniéndola todo el tiempo amarrada a ti o ya ves el tipo de cosas que suceden.

Cielos, como si me pudieran estar escuchando los personajes éstos. Pero bueno, ellos jamás pero desde luego sí los que siguen este Fic (en anonimato o con presentación). Así que a ustedes, díganme que les pareció.

Antes de marcharme, he de comentar que en la serie el fruto entre Eros y Psique lo pusieron como un niño al que pues (por la razón que sea) llamaron igualmente Eros. Todo mientras que a Eros padre lo designaban siempre como Cupido. Su versión romana. Yo por mi parte, no quise seguir ese modo (algo erróneo como muchas otros puntos en la serie original) y me mantuve en la literatura real de Homero, Hesiodo y entre otros. Sólo quería aclararlo por si se presentaban interrogantes.