El rescate de Nami está a punto de comenzar. ¿Qué le pasará realmente a Nami?

Capítulo 14 – El rescate

Los mugiwara estaban como clavados en el suelo de la cubierta, en silencio y observando a la mujer parada en el camino. ¿Qué hacía allí?, ¿no había hecho ya el suficiente daño permitiendo que secuestraran a Nami?

- Zoro – volvió a llamar la mujer al espadachín, aún sin avanzar.

- ¿Qué quieres? – le soltó éste tratándola no como a su madre si no como una completa desconocida.

- Tengo algo importante que decirte.

- Ya me has dicho todo lo que tenías que decirme – le dijo el espadachín fríamente, recordando su frío recibimiento cuando supo que no iba a casarse con Arane.

- Por favor. Siento lo de ayer.

Zoro no contestó, sólo mantenía la mirada clavada en la delgada figura de su madre, alguien a la que apenas recordaba. ¿Qué esperaba de él?, ¿que la perdonara por haberlo tratado como un paria?

- Señora, márchese, aquí no es bienvenida – interrumpió Franky apareciendo al lado del espadachín.

- Por favor, sé dónde está la chica pelirroja – volvió a decir.

- Nosotros también. En casa de Arane – casi escupió el nombre Zoro.

- Me temo que no. – y bajó la cabeza sintiéndose culpable.

- ¿Cómo?, ¿qué estás diciendo, madre? – un escalofrío lo recorrió toda la espina dorsal- ¿no la retiene Arane?, pero nosotros creíamos que…

- Espera, Zoro – lo interrumpió Luffy. – Suba, madre de Zoro, prefiero escuchar lo que tenga que decirnos en privado, no me fío de este lugar, parece que hay oídos en el bosque.

La mujer, algo intimidada por aquellos piratas, se dirigió al Thousand Sunny, admirando el magnífico barco en el que navegaba su hijo. A pesar de que Zoro era su hijo era un completo desconocido, ya era un hombre a punto de casarse con una bella pelirroja… nada tenía que ver con el niño que ella recordaba, un niño al que sólo le gustaba jugar con las espadas de madera y pasar el día proclamando a los cuatro vientos que sería el mejor espadachín del mundo.

Si en aquel momento Zoro llegara a leer los pensamientos de su madre se hubiera echado a reír porque eso era lo que actualmente estaba haciendo, la única diferencia… que sus espadas ya no eran de madera.

Al llegar a la cubierta la mujer se encontró con unas miradas hostiles. Lo comprendía.

- Pasemos a la cocina – habló Zoro tomando la palabra y señalando hacia una puerta cerrada.

Todos los mugiwara se encaminaron hacia allí. La madre de Zoro los siguió pensando en que no sabía cómo reaccionarían cuando se enteraran de la suerte que había corrido la muchacha pelirroja.

- Habla, madre – Zoro no estaba para sutilezas en aquel momento. Estaba bastante confuso. Hasta aquel momento le había echado la culpa a Arane y ¿ahora resultaba que no era así?

- ¿Dónde está nuestra Nami-san? – preguntó también Sanji mientras encendía un cigarrillo.

- No sé el lugar exacto. La han vendido este mediodía como esclava, es lo único que sé.

- ¡¿Cómo?! – fue el grito unísono de Luffy, Zoro y Sanji, al cual se le cayó el cigarrillo recién encendido.

- ¿Qué quieres decir con que la han vendido, madre?, ¿quién es capaz de hacer semejante barbaridad? – Zoro temblaba de ira, tenía que contenerse para no ponerse a gritar como un loco.

- Lo siento, hijo. De verdad no sabía que Arane iba a llegar a tales extremos porque te casaras con ella.

- ¿todo esto para que me case con ella? – Soltó una risa amarga – pues ya puede buscarse a otro o irse a un convento, porque ahora lo único en lo que pienso con respecto a ella es atravesarla con una de mis katanas.

- Sé que utilizó algún contacto de su padre. Nadie os dirá nadie en el pueblo. Todos quieren que se respeten las leyes, pero tú eres mi hijo – bajó la cabeza, arrepentida.

- Esa maldita arpía – bramó Sanji dando vueltas por la cocina como un león enjaulado. – Nuestra hermosa pelirroja tratada como una esclava. – Miró a Zoro – La traeremos de vuelta, marimo.

- Voy a casa de Arane – habló el espadachín poniéndose en pie y dirigiéndose hacia la puerta de la cocina. – Le sacaré a la fuerza dónde está Nami.

- vamos contigo – dijeron a la vez Sanji y Luffy.

- Nosotros nos quedaremos en el barco por si se acerca alguien. Lo haremos hablar también – dijo Franky apretando sus grandes puños.

- intentaré descubrir algo en la ciudad – murmuró la madre de Zoro poniéndose en pie.

- Madre – la llamó Zoro cuando vio que ésta se dirigía a la puerta. La mujer se giró al oír la voz grave de su hijo – Gracias.

Ella sólo hizo un leve gesto de asentimiento y salió rápidamente del barco conteniendo las lágrimas hasta que ya estuvo nuevamente en el camino.

El carro en el que viajaba Nami, aún drogada, llegó finalmente a su destino. Una casona impresionante con enormes campos de cultivo a las afueras de Omei.

Varios hombres y mujeres llegaron corriendo al ver llegar el vehículo. Se apresuraron a sacar las mantas que tapaban el cuerpo de la navegante y espabilarla un poco antes de que apareciera el amo. La había atado de pies y manos para evitar que se fugara, o para que no los golpeara, porque ya les habían avisado que era salvaje como un gato montés.

- Bienvenida – la saludó una mujer joven con una sonrisa triste. Tenía un moratón en un ojo que estaba ya desapareciendo.

Nami no habló, solamente miró a la gente que la rodeaba. Todos jóvenes pero con miradas tristes. Algunos llevaban marcas de golpes en la cara. Se preguntó a qué salvaje la habían vendido. Si salía de aquella iba a matar a Arane.

- El amo te espera – la urgió otra ayudándola a ponerse en pie y desatándole la cuerda de los pies para que pudiera caminar – No le gusta que lo hagan esperar.

Nami miró fríamente a aquella mujer y algo mareada debido a las drogas, se dirigió con ella a la casa.

Los tres mugiwara se encaminaban por el camino que llevaba a la casa de Arane. Estaban dispuestos a todo por recuperar a Nami. Sabían que encontrarían a la antigua prometida de Zoro en casa al estar ya anocheciendo.

La casa estaba en silencio. Zoro aporreó tan fuerte la puerta que por un momento sus nakamas pensaron que la iba a echar abajo.

- ¿Qué desean? – les habló el mayordomo de siempre tan pronto abrió la puerta.

- Déjanos pasar. Tenemos que hablar con Arane ahora mismo – dijo Zoro con una voz que denotaba rabia por todas partes.

- La srta. Arane ya se ha retirado. Vuelvan mañana si son tan amables.

- ¡Me da igual que se haya retirado o que esté contando ovejas! – gritó Zoro perdiendo los nervios y cogiendo al mayordomo de la solapa de la chaqueta. - ¡Déjanos pasar ahora mismo! – y lo lanzó contra la puerta, que acabó de abrirse con su peso.

Los mugiwara entraron en el recibidor y echaron un vistazo, pero allí abajo no había nadie. La servidumbre, a pesar del ruido decidió permanecer escondida por lo que pudiera pasar.

- ¡Araneeee! – gritó Zoro desde el centro del recibidor - ¡sal de dónde estés escondida!

La muchacha no daba señales de vida. Debía estar bien escondida.

El mayordomo, que ya se había repuesto del golpe recibido de Zoro, volvió a dirigirse a los piratas, pero esta vez tenía pensado usar los puños. Sanji no lo dejó acercarse ni medio metro, le metió tal patada que lo estampó contra una pared. El cuadro que estaba colgado en ella cayó sobre el hombre, dejándolo inconsciente del todo.

- ¡Araneeee! – volvió a llamar Zoro, pero con el mismo resultado.

- Registremos la casa – dijo Sanji – Cuando alguno la encuentre que dé un grito. Tenemos que encontrar el paradero de Nami cuanto antes.

Los tres piratas corrieron hacia las escaleras y comenzaron a registrar las habitaciones, pasillos… Zoro se perdió un par de veces, como era algo habitual en él, y acabó encontrando a Sanji, que salía en aquel momento de una de las habitaciones.

- ¿Ya te has perdido, marimo? – le soltó Sanji maliciosamente sin poder evitarlo.

Zoro no dijo nada, sólo frunció el ceño. Juntos siguieron la inspección. A Luffy no lo habían visto todavía. Temían que hubiera encontrado la cocina y se estuviera atiborrando de comida. Era algo muy normal en su capitán.

- ¡Arane!, ¡maldita perra!, ¡da la cara! – volvió a gritar el espadachín, que ya estaba fuera de sí. No sabía qué iba a pasar cuando viera a aquella muchacha.

Una puerta se abrió y apareció la figura delgada de Arane, vestida con un camisón tan transparente que dejaba poco a la imaginación. Sonreía tímidamente, como si no esperara aquella visita.

La reacción de Zoro no fue la que Arane esperaba. No se lanzó corriendo a sus brazos, ni la miró con deseo… simplemente alzó una ceja y medio sonrió, irónico. Sanji, por el contrario, se había vuelto a olvidar que aquella rubia era la culpable de que Nami estuviera en peligro y ya era todo corazones, revoloteando alrededor de ella haciéndole mil cumplidos y sin poder desviar la vista de aquel hermoso cuerpo semi-desnudo.

- Maldito cocinero – murmuró Zoro al ver el comportamiento de su nakama. Miró a Arane. - ¿Dónde está Nami, Arane?

- ¿Tu prometida? – se hizo la sorprendida. - ¿Por qué?, ¿qué ha pasado?

- Tú ya sabes qué ha pasado, no te hagas la tonta.

- No sé de qué hablas, Zoro, de verdad – su rostro era todo inocencia.

- Pues yo sí sé lo que has hecho – escupió enrojeciendo de rabia. – Alguien te ha traicionado y nos ha contado que has vendido a nuestra nakama.

El rostro de Arane se volvió blanco. Aquello no se lo esperaba, ¿quién habría sido? Tardó un minuto en recomponerse. Su rostro mostraba, ahora, una sonrisa cínica.

- ¿Y? – dijo cruzándose de brazos.

- ¿Cómo que "y"? – soltó Sanji recobrándose de aquel enamoramiento de hacía unos instantes.

- Ya no podeis hacer nada por Nami. Ahora es una esclava – sonrió – Ya no hay impedimento para que te cases conmigo, Zoro. Ya no tienes prometida.

- Estás loca. ¿Crees que voy a casarme contigo sólo porque hayas vendido a Nami? – soltó una risa furiosa. – Dime a quién la vendiste, Arane, y quizá no te mate.

- ¿Matarme? Soy una dama, no puedes matarme.

- Soy un pirata – le recordó – y para mí no eres ninguna dama.

Arane no dijo nada. Se mordió un labio mientras pensaba a toda velocidad, no se había esperado que alguien la traicionara y no dudaba que aquellos piratas pudieran hacerle daño.

- Te diré dónde está – le dijo finalmente Arane a Zoro – pero sólo con una condición.

- No hay condiciones. ¡Dime dónde está de una maldita vez!

- Quereis recuperarla, ¿verdad?, pues tendrás que acostarte conmigo.

- ¿Eh?

- Me has oído perfectamente. Os diré a quién le vendí a Nami sólo si te acuestas conmigo.

- Marimo – le soltó Sanji poniéndole una mano en un brazo cuando vio que desenvainaba una de sus katanas.

- No voy a traicionar a Nami.

- Entonces no os lo diré, y cuando la encontréis quizá esté un poco lesionada – y soltó una risita. – Os confesaré que a su amo le encanta golpear a sus esclavos, creo que lo excita.

Bastó una visión de Nami ensangrentada y llena de golpes para que Sanji casi se le echara al cuello. Esta vez lo sujetó Zoro.

- Ve a buscar a Luffy y marchar al Sunny – le dijo Zoro al cocinero muy serio.

- Zoro, no irás a…

- ¡Lárgate, Sanji! Si es la única manera de encontrar a Nami – y bajó la vista al suelo asqueado – me acostaré con Arane.

Sanji lo miró un momento en silencio, como si se compadeciera de él, y marchó en busca del capitán, llamándolo a gritos.

- Has elegido sabiamente, Zoro – le dijo Arane al espadachín acercándose a él.

- No pienso tocarte, Arane – le soltó con odio – Ni besarte. Usa mi cuerpo como más te guste pero no pienso tocarte.

La rubia frunció el ceño y abrió una puerta.

- Entra – le dijo.

Zoro entró en el dormitorio, asqueado. Le deprimía tener que acostarse con ella, pero sólo podía pensar en Nami siendo golpeada. Haría lo que fuera por ella y si tenía que acostarse con Arane pues lo haría.

- Quítate la ropa, Zoro – le ordenó Arane yendo hacia la cama y despojándose de aquel camisón casi transparente.

Muy a su pesar a Zoro se le secó la boca al ver el cuerpo de la muchacha. Sería una mala víbora, pero tenía un cuerpo de infarto. Los pechos más grandes que los de Nami, una cintura perfecta… Se estaba excitando sólo de contemplarla. Sentía que estaba traicionando a Nami.

Dejó las espadas apoyadas en la pared y se dedicó a quitarse la camiseta, las botas, los pantalones y la ropa interior. Arane lo observaba embelesada.

- Te has hecho todo un hombre, Zoro – le dijo ella acercándose a él para tocarlo.

Zoro intentó permanecer frío, pero Arane sabía como excitar a un hombre. Sus suaves caricias lo estaban volviendo loco, notaba el corazón a mil por hora. Se arrodilló delante de él y sin más preámbulos introdujo su miembro en la boca, acariciándoselo con la boca una y otra vez hasta que logró sacarle un gemido al espadachín.

- Veo que te gusta – le dijo ella socarronamente al cabo de unos minutos y poniéndose de pie.

Zoro la miraba en silencio pero muy excitado. No había podido evitarlo.

- Date la vuelta. – le dijo el espadachín.

Arane sonrió triunfal. Se inclinó sobre la cama, dejando el trasero bien a la vista. Zoro se puso tras ella y la penetró. Las embestidas eran fuertes y profundas. Arane gemía y se removía como una furcia, haciendo que Zoro apretara la mandíbula porque con aquellos movimientos estuvo a punto de correrse un par de veces. Finalmente con dos poderosas embestidas se corrió en su interior.

Zoro, aún dentro de Arane, intentaba recuperarse. Cuando finalmente se retiró se sentía tan vacío que se dio asco. ¿Cómo podía decirle a Nami que se había acostado con la mujer que la había vendido?

En silencio se limpió con una toalla que le ofreció Arane y se vistió rápidamente.

- Olvídame, Arane – le dijo el espadachín dirigiéndose a la puerta. La miró una última vez antes de marchar – y pobre tuya que me hayas mentido. Como Nami no esté con ese hombre volveré y te atravesaré con mi espada.

Cabizbajo y sintiéndose como una basura se dirigió al Sunny.

CONTINUARÁ…

He aquí este capi… Sé que no esperábais este lemon, pero a veces hay que sacrificarse, ¿no?

Gracias a Ayame y Niebla por los reviews. Para el próximo capítulo seguramente haya un lemon en condiciones con Nami.

Nos vemos.