Kate duerme apoyada en mi pecho, las horas han pasado lentas, muy lentas y al principio he tenido que hacer profundas respiraciones y pensar en cosas horribles para poder relajarme, ha sido complicado, teniendo a dos preciosidades a mi lado, pero ya no soy un adolescente… puedo controlarme, además pensar en Perlmutter ayuda mucho en estos casos. Miro el reloj de Kate y veo que ya es hora de despertarlas, aunque no quiero hacerlo, la pobre está sudando, vuelve a tener mucha fiebre y está temblando. Fuera tiene que hacer un frío horrible, no es conveniente que salga. Y luego está Gina, que no puede andar.

-¿La quieres? –Levanto la cabeza, sorprendido. Me mira fijamente, incorporada. Me encojo de hombros.

-No lo sé.

-Pero podrías enamorarte de ella, ¿verdad?

-Sí, de hecho es muy posible que ya lo esté. –No sé que hago hablando de esto con Gina, no es precisamente la persona a la que tenía planteado contarle estas cosas. Miro preocupado a Kate, pero ella sigue dormida, sin estar al tanto de esta charla.

-Ya… lo nuestro fue solo sexo, ¿no? –Pregunta. Noto amargura en su voz.

-Sí… supongo que sí. –No entiendo a que viene ese tono de reproche, ella es la primera que dijo que quería divertirse, apenas nos conocíamos, apenas nos conocemos.

-Y además malo… -Murmura, incapaz de mirarme. Niego con la cabeza.

-No es cierto, estuvo… bastante bien.

-No hace falta que me mientas… te aburriste, todos lo dicen. –Me muevo con cuidado, no quiero despertar a Kate, me siento a su lado y la tomo de la barbilla, la obligo a mirarme.

-No fue aburrido, me divertí mucho contigo. Pero estás tan preocupada por tener un orgasmo por primera vez que no disfrutas del sexo y eso los hombres lo notamos. La próxima vez intenta relajarte, disfruta.

-¿La próxima vez? –Me mira esperanza, aparto la mirada, la dirijo hacia la otra mujer que está en la tienda. Suspira.

-Supongo que no habrá próxima vez entre nosotros, ¿eh?

Le sonrío, me devuelve la sonrisa. –Gracias por no decirle nada. –Señala con la cabeza a Kate.

-De nada, pero Gina… tú mejor que nadie sabes como se siente cuando Sorenson o tú misma la incomodáis con el tema de su virginidad, te pido por favor que la dejes en paz. Sabes que no es justo.

-No te preocupes… supongo que me sentía celosa y de algún modo necesitaba sentirme superior a ella… la dejaré en paz.

-Bien… ahora… será mejor que la despierte, tenemos que irnos. ¿Crees que pondrás andar?

-Podría intentarlo… -Duda. Le tomo el pie y le echo un vistazo, sigue hinchado y parecer tener peor aspecto. Kate empieza a toser de repente, se revuelve, temblorosa. Me acerco a ella y pongo mi mano en su frente, la fiebre le ha subido, no pueden salir así. Miro su reloj, tenemos que partir ya…

-Está bien, quedaos aquí. Iré al llano y le diré a quien quiera que venga a buscarnos que no estáis en condiciones de caminar. –Abro la cremallera de la tienda y contengo un estremecimiento, el viento helado me golpea, cortándome como un cuchillo, mi sudadera la tiene Kate.

–No tardaré. –Le prometo. Gina asiente. Kate está medio dormida así que no la molesto y me voy.

Día doce

-¿Ya es de día? –Pregunté, aunque apenas me salía la voz. Gina asintió. -¿Y Rick?

-Ha ido al llano, tú no puede salir y yo no puedo andar, así que traerá la camioneta aquí. Espero que no nos dejen tirados otra vez…

-Ya… -Me incorporé, pero me sentía mal, muy mareada. Gina se acercó a mí, arrastrándose, con cuidado, ya no tenía el vendaje y noté su tobillo aún más hinchado.

-Quédate tumbada, no creo que Rick tarde en llegar. –Me sorprendió esa repentina amabilidad, tanto como ayer. Me tumbé de nuevo, pero la curiosidad fue más fuerte que el dolor de garganta.

-¿Ahora somos amiguitas? –Ella se rio a carcajadas.

-No, de hecho no te soporto.

-Es mutuo.

-Lo sé. Pero supongo que podemos vivir y dejar vivir… ¿no?

No contesté, ya había forzado demasiado la voz, pero no pude evitar preguntarme si Gina se había dado también un golpe en la cabeza y no solo en el tobillo. Nos quedamos calladas, esperando, yo cerré los ojos, estaba agotada, volví a quedarme dormida.

-El responsable de Administración debe ser sancionada, esta chica no estaba en condiciones de hacer esa prueba, ¡maldita sea! –Abrí los ojos, despacio, miré a mi alrededor, ya no estaba en la tienda de campaña, sino que me encontraba en una habitación blanca, tumbada en una cama. Oía a un hombre gritar, furioso, me incorporé unos centímetros, un rostro muy conocido me sonrió.

-Ya era hora, pensaba que te ibas a pasar todo el día durmiendo. –Lanie me ayudó a incorporarme. Me sentía mejor, pero aún tenía frío y me dolía bastante la garganta. –Te quedaste dormida en la tienda y a tu escritor le dio pena despertarte… te trajeron aquí y te hemos vuelto a bajar la fiebre. De todas formas tendrás que hacer reposo en casa, así que este fin de semana nada de fiestas. –Sonreí con timidez, pero miré preocupada a mi amiga, los gritos del doctor Davidson seguían oyéndose desde el pasillo. –No te preocupes, no pasa nada. Está cabreado porque alguien se equivocó con el papeleo y entregó tu alta médico antes de tiempo.

-¿Y Rick y los demás? ¿Estamos sancionados? –Pregunté, muy preocupada.

-Miller, su hermano, Ryan y Sorenson se han pasado todo el día limpiando el edificio de arriba abajo. Ya se han ido a casa. Gina se ha librado de la sanción, su padre ha montado un espectáculo diciéndole a Gates y a Perlmutter que son unos inútiles y bla, bla, bla… ha llegado a amenazar con poner una demanda a la Academia. Ella está bien, solo tiene un esguince, pero no la veremos por aquí hasta dentro de dos semanas por lo menos. –La miré con ansiedad, se rio. –Tu chico está bien. Perlmutter quería sancionarle con la expulsión, imagina por qué, pero el doctor Davidson le ha recordado, muy amablemente, que si no fuera por él, tú y Gina podríais estar mucho más graves. En la Academia se tiene muy en cuenta el trabajo en equipo y la solidaridad con los compañeros, al fin y al cabo dejar a un compañero tirado no es digno de la Policía de Nueva York. –Dijo, divertida.

-¿Entonces?

-La semana que viene tendrá que montar guardia todas las noches, pero nada más. Tú también te libras, el capitán Montgomery piensa que ya has tenido suficiente.

-Eso no es justo. –Exclamé.

-Ya, Gates dijo que dirías eso, pero serás mejor que no discutas con ellos Kate, deja las cosas como están. –Asentí con mala cara. No me gustaba nada que sancionaran a los chicos y Gina y yo nos librásemos, pero de nada me serviría discutir.

-Bueno, ahora mismo no tienes fiebre… -Dijo mirando el termómetro. -… y si no recuerdo mal tú tenías hoy una cena… así que… será mejor que nos vayamos yendo. Eso sí, la cena será en mi casa.

-¿Cómo dices?

-Tuve que llamar a tu padre, es tu pariente más cercano. Le dije que si no le resultaba un problema pasarías el fin de semana en mi casa, para poder controlarte y él dijo que estaba de acuerdo y que hoy tenía una cena. Así que ya sabes, te quedas en mi casa este fin de semana.

No contesté, la idea de dejar a mi padre todo el fin de semana no me gustaba en absoluto, pero por otro lado Martha estaba tratando con él y quizás le vendría bien no tenerme cerca, no hasta que no supiera como actuar. Sabía que en sus momentos de lucidez se sentía culpable y cuando estaba borracho, me daba miedo. Saber que no lo vería me hacía sentir también un poco aliviada. Miré agradecida a mi amiga, pero luego recordé algo.

-¿No dijiste que pasarías el fin de semana con Esposito en su casa?

-Y así es. Pero tranquila, no te quedarás sola.

-¿A no?

-No, te he encontrado canguro. Se llama Richard, es guapo y encantador y está encantado de cuidar de ti. Y sí, dijo que pondrías esa cara cuando te lo dijera.

-º-

-Recuérdame por qué todavía no te he disparado.

-Porque en el fondo estás encantada de quedarte con él a solas, y porque las balas son de fogueo. –Puse los ojos en blanco y esperé a que abriese la puerta. Entró y la seguí, mirando a mi alrededor. Lanie tenía un apartamento bonito, de estilo antiguo, me gustaba.

-Bueno, ahí tienes la cocina y el baño, con una bañera muy grande, perfecta para dos personas… -Entrecerré los ojos, pero me ignoró. -… esto es el salón comedor, el sofá es incomodísimo para dormir, te lo aviso… -Resoplé. –…y ahí está el dormitorio, con una maravillosa cama de matrimonio con un colchón muy silencioso.

-Lanie, ¡para ya!

-Vale… tranquila, era broma. Ven, puedes dejar tu ropa aquí. –Me llevó hasta el dormitorio y entre las dos guardamos la ropa para el fin de semana en el armario. –Bueno… yo si no te importa voy a hacer la bolsa, Javi viene en una hora, tú mientras deberías acostarte.

-Estoy bien…

-Aun así… ahí tienes libros, coge alguno, metete en la cama y entretente mientras que yo recojo. –Sugirió. Asentí y ojeé por encima los libros de su estantería. Uno me llamó la atención.

-¿Sexo para torpes? –Lanie se dio la vuelta, con un chaleco en las manos y se encogió de hombros.

-Se lo regalé a mi primer novio, realmente lo necesitaba.

-¿Y qué tal fue?

-Me dejó.

-Que raro… -Ironicé.

-A la semana volvió y me suplicó.

-¿Y lo rechazaste? –Pregunté.

-No me suplicó que volviéramos, sino que le dejase el libro. –Me reí, lo que provocó un ataque de tos, ella negó con la cabeza y me señaló la cama, como una sargento. Cogí otro libro cualquiera y me metí en la cama, tapándome, aunque no hacía mucho frío, Lanie había encendido la calefacción. Estuvimos un rato en silencio, cada una a lo suyo, hasta que llamó mi atención.

-¿Cuál te gusta más? –Me enseñó dos conjuntos de lencería, ambos muy atrevidos. Me encogí de hombros.

-El morado. –Asintió y guardó el otro de nuevo en el cajón. Una media hora después cerró la bolsa y sonrió, satisfecha.

-Listo.

-No sé por qué llevas tanta ropa, total, para lo que la vas a usar… -Me miró ofendida.

-Aunque no te lo creas no soy una perra en celo. No vamos a estar todo el día dándole.

-Claro, también tendréis que comer. –Me burlé. Recibí por respuesta un guante que había sobre la cómoda. Ella se sentó a mi lado sonriente.

-Bueno y tú qué, ¿qué tienes planeado para estos días?

-Tu asesinato. –Contesté seriamente.

-Ya, ¿y cuál es el plan B? –Suspiré, negando con la cabeza. Lanie resopló.

-Vamos Kate, vas a pasar un par de días con un hombre que te encanta y que te trata como una reina. ¿Qué tiene de malo?

-No lo sé. No sé que es lo que hay entre nosotros, no puedo evitar pensar que apenas lo conozco… pero cuando pienso en él… -Dejé la frase a medias, sonrió con dulzura.

-Pues ya tienes plan para estos días. –La miré sin entender.

-Conócelo.

-No te sigo.

-Interésate por su vida, sus gustos, pregúntale, hablad el uno del otro, conoceos… -Me animó, me encogí de hombros con una tímida sonrisa. Conocerle… sí, me gustaba mucho la idea.

-Bueno, ahí está su medicación, no te olvides de dársela.

-Puedo cogerla yo misma. –Protesté, ambos me ignoraron.

-Y si de repente se siente muy mal, o le sube la fiebre de golpe este es el número de la casa de Javi, llámame. Que no pase frío y esté abrigada, aunque en la casa haya calefacción.

-¡Eh!, que estoy aquí. –Me ofendía que me tratasen como una niña pequeña.

-No te preocupes Lanie, la cuidaré bien y gracias por dejar que nos quedemos aquí, mi calefacción se ha estropeado y no la arreglan hasta el lunes. -Lanie asintió, quitándole importancia y luego se acercó a mí. Me dio un beso en la mejilla y se despidió.

-Cuídate y ya sabes… conócelo y a ser posible, a fondo.

-Anda vete ya. –Me sonrió alegremente y luego de despedirse de él se marchó. Rick me miró, divertido.

-Ya se ha ido la doctora Lanie, tranquila.

-Genial, estoy harta de que todos me tratéis como una enferma.

-Estás enferma. –Repuso con paciencia. No contesté, el pobre iba a pasarse todo el fin de semana conmigo, no quería ser desagradecida.

-Bueno… ¿qué quieres hacer?

-Pues no sé… -Pero mi estomago contestó por mí. Nos reímos, ya había pasado la hora del almuerzo y yo no había comido nada en todo el día.

-Lanie ha dejado comida, pero podemos pedir algo si prefieres. –Sugirió. Asentí y pedimos a un italiano, aunque no mucha comida, volvía a dolerme al tragar. Rick se sentó a mi lado en el sofá y encendió la televisión, pero la apagó cinco minutos después, no había nada interesante. Por inercia me acurruqué junto a él, que me rodeó con el brazo, apoyando su barbilla sobre mi cabeza. Estuvimos un rato así, en silencio, abrazados, pero yo no podía más, me incorporé, mirándolo a los ojos.

-Rick…

-Dime…

-Yo…

-Me muero por besarte. –Dijimos ambos a la vez. No miramos fijamente, sonriendo y comiéndonos con la mirada. Nos acercamos lentamente, pero cuando nuestras bocas entremezclaban los alientos, sonó el timbre. Él suspiró y se levantó.

-Vamos a comer. –Pero yo tenía otros planes. Esperé a que pagase al repartidor y luego le quité las bolsas, dejándolas en la mesa y lo cogí del cuello de la camisa. Nos besamos con desesperación, durante largos segundos que sin embargo se me hicieron muy cortos, hasta que yo tuve que alejarme, sintiendo que me ahogaba. Rick me acarició la mejilla y me dio un dulce beso en la frente. –Ahora sí, comamos, creo que necesitas calmarte. –Asentí, aunque mi cuerpo y mi mente no opinaban lo mismo. Vamos chica, tienes todo el fin de semana, descansa un poco y respira, dijo una voz; ¿respirar?, ¿quién necesita respirar con un hombre así?, dijo otra; el pobre se va a pensar que estás desesperada, disimula un poco, se burló la tercera. Suspiré, definitivamente estaba loca, daba igual que el doctor Burke dijera lo contrario. Rick me miró desde la mesa, toda la comida estaba ya fuera de las bolsas, me esperaba. -¿Ya no tienes hambre? –Me senté y asentí.

-Sí… es solo que… es igual. –Cogí el tenedor y probé la comida. Rick hizo lo mismo y empezamos a comer. Me fijé en como disfrutaba de la pasta y sonreí, recordando la charla con Lanie. –Veo que te gustan los tallarines. –Levantó la cabeza y asintió, alegremente.

-Me encantan, tienes que probar los de mi hermana Alexis, son los mejores. Pero no te acerques a los de mi madre, créeme no hay nada peor, salvo sus albóndigas. –Me reí.

-¿Y qué hay de tus chocotillas?

-¡Eh!, están buenísimas, pero no son aptas para simples mortales, es un sabor… de dioses. –Dijo, haciéndome reír de nuevo. Sonrió y volvió a concentrarse en su plato.

-¿Rick? –Me miró de nuevo, esperando.

-Me alegro de estar aquí… contigo.

-Yo también, preciosa.

-º-

-¿Seguro que todo estará bien? –La joven preguntó dudosa a su madre. Martha asintió y le dio un beso en la mejilla.

-Tranquila querida, no pasa nada, pásatelo bien en casa de Keyle.

-Lo haré, hasta mañana mamá.

Martha sonrió mirando a su hija cerrar la puerta, con una mochila en la mano. No quería que la chiquilla estuviera presente en la cena, no hablarían de temas agradables, ella estaría mejor hablando de chicos y de los trabajos escolares en casa de su amiga. Demasiado joven para tener que enfrentarse a algunos temas. Alexis no sabía nada del maltrato que su madre había recibido por parte de su abuelo. La mujer no se lo diría, no aún, era demasiado niña. Se dio la vuelta y miró la mesa, ya lista. La comida estaba también preparada, Alexis se había ocupado de ello. Martha prefería ganarse la confianza del hombre y una indigestión no la ayudaría a ganar puntos. Se sirvió una copa de vino y se sentó a esperar, aún dudando de que el hombre fuera a asistir a la cena.

-A la cena aún le queda un rato, creo que me voy a dar una ducha mientras. -Comentó. Asentí, estaba haciendo pollo al horno y aunque su hermana me había metido el miedo en el cuerpo con respecto a su forma de cocinar, olía de maravilla. Rick se dirigió al baño y mientras me dediqué a poner la mesa. Me sentía bien, no tenía fiebre y el dolor de garganta no había empeorado, además tenía apetito. Nos habíamos pasado toda la tarde sin hacer nada, viendo la televisión y hablando sobre la Academia. Me había prometido que mañana empezaríamos las clases particulares y la verdad es que estaba emocionada, no todo el mundo recibe clases de su escritor favorito. Cuando terminé de poner la mesa miré el horno, el pollo estaba listo, lo saqué y lo serví en una fuente, justo cuando el salía del baño con una toalla en la mano, secándose el pelo. Verlo así, con el pelo mojado y algunas gotas de agua corriendo por su frente me dio ganas de volver a besarle, pero tal y como una de mis voces me había dicho, no quería parecer desesperada, así que me controlé.

-¿Cenamos?-Sugerí.

Sirvió agua de la jarra en dos copas y le entregó una al hombre que estaba enfrente; había guardado el vino antes de su llegada, creyendo, acertadamente, que si él quería beber alcohol lo traería. Jim llevaba en el bolsillo una petaca, la dejó sobre la mesa pero no la abrió. Martha no comentó nada. No sería ella la que le dijera que debía dejar la bebida, no, ese no era su plan. El plan era distinto. Sería él quien lo decidiera por su propia voluntad. Y para eso aún quedaba tiempo. Una enfermedad así no se cura en un par de días.

-¿Le gusta? -Preguntó, intentado romper el hielo. Jim alzó la vista y asintió.

-Está bueno, veo que sabe cocinar.

-Se equivoca, lo ha hecho mi hija, quiero llevarme bien con usted y no creo que me gane su confianza mandándole al hospital. -Sonrió.

-¿Tiene una hija? -Preguntó sorprendido?

-Sí, adolescente, quince años.

-Odio esa edad... empiezan a darte dolores de cabeza. -Comentó.

-Sí... aunque mi niña... es demasiado madura, no creo que me de mucha jaqueca con ella.

-Hábleme de usted. -Dijo. Martha lo miró extrañada, él se encogió de hombros. -Viene a mi casa y me pide que le cuente mi vida, ¿quién me dice que su hijo y usted no pertenecen a una secta que quieren captarnos a mi Katie y a mí?

-Y yo que pensaba que mi hijo tenía imaginación... -Murmuró. -Supongo que tiene razón, pero, ¿qué quiere saber?

-Rick, háblame de ti. -Le pedí; me miró sorprendido y dejó la servilleta en la mesa. El pollo estaba buenísimo, pinché otro trocito y me llevé el tenedor a la boca; él espero a que tragase y luego me preguntó:

-¿De mí?

-Sí, de ti... quiero saber cosas de ti, conocerte mejor...

-Muy bien. -Bebió un poco de vino. -¿Qué quieres saber?

-º-

-¿Cómo fue tu infancia? –Pregunté, él se encogió de hombros, sonriendo.

-Nos mudamos a Manhattan cuando Richard tenía unos dos años, antes vivía en las afueras, pero gracias a un trabajo que me salió pude alquilar un buen piso, en un buen barrio. Aun así, no fueron unos buenos años para él; Richard fue un niño bastante solitario. Me siento culpable, yo apenas podía ocuparme de él y se pasaba el día con niñeras en casa. A veces venía llorando del colegio, diciendo que los niños lo miraban y lo señalaban, por no tener papá. –Jim la miró sorprendido, no se esperaba esa respuesta de los labios de la mujer que tenía enfrente.

-¿Y la niña? –Preguntó por Alexis.

-Mi madre conoció a Arthur en un centro comercial en Navidad, trabajaba en una librería y yo estaba deseando comprar un cuento nuevo, así que le pedí que me llevase. Al entrar en la tienda él se quedó asombrado, se acercó y le dijo que era un honor conocer a su actriz favorita. Pasaron tres horas hablando y quedaron para cenar al día siguiente. A mí me sonrió y me regaló el cuento, dándome las gracias por haber llevado a mi mamá a su librería. Cinco meses después se mudó con nosotros y en la siguiente Navidad se casaron, justo un año después de conocerse. –Rick sonrió, nostálgico. –Arthur era un buen hombre, le quería muchísimo, por fin tenía un padre. Él fue quien me enseñó a amar la lectura, antes me gustaba, pero tras conocerle me obsesionaba. Un día me encontró escribiendo una historia, una tontería que me había inventado y me dijo: "Ricky, un día serás un gran escritor." Desde entonces no he parado de escribir. -Le sonreí. -Un año después nació Alexis; era la cosa más bonita que había visto jamás pero yo tenía miedo de que su nacimiento me dejase en un segundo lugar con él, al fin y al cabo, yo no era su hijo y Alexis sí.

-Supongo que no fue así. –Sonreí, él negó.

-No, Arthur me llevó a la habitación de la niña el día en que Alexis llegó del hospital y me dijo: "hijo, ahora tú y yo tenemos que ser los hombres de la casa y cuidar de esta princesita y de mamá, ¿me ayudarás?"; con él jamás me sentía solo, siempre tenía un hueco para jugar conmigo y todos los días íbamos al parque con Alexis. Ni que decir tiene que la niña ocupó un lugar dentro de mí desde que llegó a casa. Supongo que intento que sea feliz y no sienta la falta de Arthur. A veces me pregunta por él, ojalá ella hubiera podido crecer lo suficiente para conocerlo, créeme Kate, ese hombre se desvivía por mi hermana, por mi madre y… por mí.

-Lamento muchísimo que lo perdieras… -Dije, con sinceridad, le cogí la mano, acariciándosela durante unos segundos. –Dime… ¿qué pasó después de…

-¿Tras su muerte? No pude soportarlo, me entregué completamente a la actuación, durante meses, dejando de nuevo a mis hijos con niñeras, sin pensar en ellos. Pero un día, cuando llegué a casa mi hijo me esperaba en el sofá, furioso. Empezó a gritarme, me dijo que Alexis estaba enferma y que se había pasado todo el día llorando desde la cuna, llamándome a gritos. Se levantó y antes de ir a su cuarto me miró y dijo: "yo también lo echo de menos, era mi papá, pero Alexis no tiene la culpa, ni yo tampoco. Ya es hora de que vuelvas a ser nuestra madre." Después de eso saqué fuerzas de dónde no tenía por ellos y con el tiempo me recuperé, aunque volvía a estar sola y tenía dos hijos de los que hacerme cargo, trabajaba demasiado y tenía que dejarlos con extraños durante bastante tiempo. La relación con mi hijo se enfrió bastante… -Dijo con tristeza y culpabilidad.

-Pero no era culpa suya, tenía que trabajar, ¿cómo puede su hijo culparla por eso?

-No me culpa por eso, sino por haberlos abandonado cuando más me necesitaban, cuando perdieron a su padre.

-¿En qué cambió su relación con Richard?

-No sabría explicártelo, Kate. Quiero a mi madre, es una gran mujer y ahora entiendo todo lo que sufrió y todos los esfuerzos que tuvo que hacer por mi hermana y por mí, todo fue muy difícil para ella, la admiro… -Aseguró. - …pero supongo que una parte de mí se niega a olvidar esos meses de abandono… supongo que uno de los mayores cambios entre nosotros fue que desde esa discusión apenas la llamó mamá, siempre le digo madre. –Kate asintió, no se había fijado en eso la semana pasada, cuando cenaron.

-¿Crees que algún día la perdonarás?

-Ya lo he hecho, pero hay cosas que nunca cambiarán.

-Me dijiste que tras aquello habías tenido tres padrastros más…

-Los dos primeros fueron los dos mayores errores de mi vida. Matt era actor, como yo, trabajamos juntos en un par de ocasiones, ambos estábamos solos y a los dos nos gustaba divertirnos. Salimos, nos casamos, me engañó y le pedí el divorcio. Murió hace tres años, la cirrosis pudo con él. –Dijo con indiferencia. –Me dejó una generosa pensión. Cuando le dije a mis hijos que nos íbamos a divorciar Alexis me abrazó, feliz y Richard me preguntó que cuando íbamos a hacer una fiesta para celebrarlo. Como puede ver Matt no era precisamente un buen padre, ni siquiera un buen padrastro; los ignoraba y ellos lo ignoraban a él.

-¿Dos primeros? ¿Cuántas veces se casó después de la muerte de Arthur? –Preguntó sorprendido.

-Tres. Tras lo de Matt estuve un par de años sin querer saber nada de los hombres, pero de repente llegó Michael, un hombre divertido, guapo, simpático, agradable… un año después de la boda me estafó y se llevó todo mi dinero, pero era imbécil y utilizó la tarjeta de crédito en un club. Recuperé mi dinero y él sigue en la cárcel. Hace no mucho me enteré de que no soy la primera a la que estafa, por lo que sé, se ha casado siete veces. Cuando recuperamos el dinero Richard me dijo: "mamá, cómprate un perro, pero deja de meternos a indeseables en casa." Alexis me dijo que si quería salir con hombres que lo hiciera, pero que los llevase a un hotel.

-¿Cuántos años tenían entonces?

-Diecisiete y ocho. Sí, mi hija era muy espabilada y Richard ya no tenía ningún problema a la hora de decirme lo que pensaba de mis maridos. –Jim no pudo evitar reírse, al imaginarse esa escena.

-¿Qué hay del último?

-Vicent… yo ya no tenía interés alguno es las conquistas de mi madre y Alexis tampoco, así que cuando nos dijeron que se iban a casar, nos levantamos de la mesa, les dimos la enhorabuena y seguimos jugando al póker. No podría decir mucho de ese matrimonio… entonces yo estaba en segundo de carrera y solo iba a casa los fines de semana, pero no les fue tan mal. Supongo que simplemente dejaron de amarse y pasaron por esa fase en la que solo queda el cariño y al final, ni eso. Salvo por la amenaza de matar al gato, fue un divorcio bastante pacífico.

-¿Y el gato? –Pregunté, él se rio, con humor.

-En casa. Vicent se lo quería llevar pero Alexis montó un espectáculo, que nuestro padrastro se fuera le era indiferente pero el gato era otra cosa. Bigotitos sigue en casa, haciéndose cada vez más y más gordo y Vicent ha tenido que comprarse un conejo. –Me reí, no pude evitarlo.

-º-

-Parece que ha tenido una vida muy…

-¿Ajetreada? –Sugirió. Jim asintió.

-Iba a decir interesante.

-Bueno… supongo que sí, aunque ahora me alegro de que mi vida sea más sencilla.

-¿Ha dejado las fiestas, la actuación y los hombres?

-No, pero los compagino perfectamente con mi labor de madre, me ha costado conseguir el equilibrio, pero mire, aquí estoy.

-¿Cambió por sus hijos?

-Sí, aunque le mentiría si le dijera que el cambio fue solo por ellos. Un día me di cuenta de que mi vida ya no me era suficiente, que necesitaba más, estar bien conmigo misma y la única forma de hacerlo era pensar en mí y en mis hijos. Dejé atrás a la Martha frívola que solo pensaba en fiestas y le di la bienvenida a esta otra Martha.

-¿Y es feliz?

-Richard es un gran hombre, Alexis es la perfección personificada y amo mi trabajo. Sí, soy feliz.

-Ya... -Martha sonrió, sabiendo muy bien lo que pensaba el hombre en esos momentos.

-Supongo que usted no estará de acuerdo sobre lo que pienso de mi hijo... dígame una cosa, ¿alguna vez le ha gustado alguno de los novios de su hija? -Jim se rió, negando con la cabeza, encogiéndose de hombros.

-Dice que Richard adora a Alexis, ¿no?

-Así es.

-¿Qué cree que hará él cuando su hija empiece a salir con chicos?

-Creo... que entiendo lo que quiere decir. -Sonrió.

-No tengo nada en contra de su hijo, Martha, pero seamos realistas, Katie ya no es una niña y me horroriza pensar en el daño que le podría hacer un hombre...

-Pero no piensa en el daño que le está haciendo usted. -Repuso con tranquilidad.

-¿Eso cree? ¿Cree que no pienso en mi niña cada segundo de mi vida? -Preguntó, su voz apenas era un susurro.

-Creo que cada vez que se toma una copa se olvida de ella un poco más.

-Se equivoca. -Contestó, con frialdad.

-La llama puta, le grita, le hace daño... ¿esa es su forma de pensar en ella?

-¿Quiere saber por qué bebo? -Martha lo observó con atención durante unos segundos y asintió lentamente.

-Bebo porque no puedo evitar pensar que debería ser yo el que presionase y buscara justicia para mi esposa, no mi hija, que apenas es una niña. Bebo porque todas las noches sueño con Katie, la veo vestida de uniforme, tendida en el suelo, manchada de sangre, su propia sangre y yo no puedo ayudarla. Bebo porque siento que he fracasado como marido y como padre, debí protegerlas, cuidar de ellas y no pude hacerlo. Por eso bebo, para poder olvidar que les he fallado a las dos ¡Así que no se atreva a decirme que no pienso en mi hija! -Gritó.

-º-

Martha observó durante un buen rato al hombre destrozado que tenía enfrente, pero a pesar de entender sus excusas, no le servían, no iba a conmoverla, no podía dejarse conmover, no si quería ayudarlo, a él y a su hija. Tomó aire y trató de medir sus palabras.

-También yo perdí a mi marido, al hombre al que amaba, me dejé morir, creyendo que tenía motivos para compadecerme, para pensar solo en mí. Me equivoqué.

-Pues me alegro por usted, ahora si no le importa. –Se levantó, cogiendo su petaca y su abrigo y se dirigió hacia la puerta, Martha intentó frenarlo.

-¿No se da cuenta? Intento ayudarle, a usted y a Kate.

-La que no lo entiende es usted. Mi hija ya no me necesita y yo no quiero su ayuda. No vuelva a molestarme y dígale a su hijo que si le hace daño a Katie lo mataré. –Se largó, sin dejarle decir nada más. Martha se sentó en el sillón, agotada, preguntándose cómo iba a conseguir la confianza de aquel hombre.

-¿Nos sentamos ahí para comer el postre? Puedes seguir preguntándome sobre mi interesante vida. –Dijo, mientras que se levantaba. Le seguí y recogimos la mesa, luego me senté en el sofá y le esperé. Se sentó a mi lado, con dos copas y dos cucharillas; acepté la que me ofrecía y sonreí, desde luego tenía muy buena pinta.

-Espero que te guste, pero antes… su medicación, señorita. –Me dio un vaso de agua y dos pastillas, me las tragué y luego dejé el vaso en la mesita auxiliar.

-¿Contento? –Le pregunté, burlona.

-Mucho, está siendo usted una paciente excelente, me sorprende.

-¿Qué esperabas?, ¿una llorona y quejica? –Nos reímos y nos miramos durante unos segundos, aparté la mirada sin poder evitarlo. -¿Rick?

-¿Sí?

-¿Cuántas novias ha tenido? –Él me miró y sonrió.

-¿No prefieres preguntarme qué tal me fue en la universidad?

-Te hiciste escritor y se te da bien. –Resumí. -¿Por qué no me contestas? –Le pregunté, con cierto temor.

-Bueno… no me esperaba una pregunta tan directa… pero si quieres saberlo… tres.

-¿Sólo? –Lo miré asombrada, sin creérmelo; asintió.

-Sí, solo, ¿cuántas te esperabas?

-Decenas. –Respondí con franqueza.

-Ya, siento decepcionarte. –Comentó.

-No, es solo que…

-Kate, he estado con muchas mujeres, pero solo he salido seriamente con tres. La última fue mi verdadero primer amor y la que me hizo cambiar de golpe al dejarme. Después de eso ya sabes…

-Ya…

-Bueno, ¿y tú?, ¿cuántos?

-No te lo voy a decir. –Contesté.

-¡Pero yo te lo he dicho!

-Pues yo a ti no.

-Eres cruel, venga… ¿cuántos? ¿Seis? –Negué. -¿Cuatro?

-No bajes el número. –Me miró asombrado, preguntándome con la mirada.

-Quince.

-¡¿Quince?! Joder…

-¿Te parece mal? –Pregunté, molesta.

-¿Qué?, no, es solo que… me sorprende.

-Ya…

-Woww, quince, no has perdido el tiempo en el colegio, ¿eh?

-No. –Contesté, divertida, él se rió. Tomé otra cucharada del postre y sonreí.

-¿Te gusta?

-Me encanta, no sé porque Alexis dice que no sabes cocinar.

-Bueno… cuando vivía con ellas no cocinaba muy bien…

-Pero como ahora vives solo…

-Exacto. –Nos reímos, cogí otra cucharada de la crema de chocolate con nata y almendras y lo saboreé, relamiéndome la comisura de los labios. Él me miró con atención, de repente la temperatura de la habitación había subido diez grados o más.

-Te has manchado de chocolate… -Susurró.

-Dime donde... –Murmuré, acercándome lentamente a él.

-Aquí… -Besó la comisura de mi boca, con pequeños y sensuales besos que me dejaron con gana de más, mucho más. -…y aquí… -Murmuró sobre mi mandíbula, antes de pegar sus labios en ella… -...y aquí. –Se dirigió a mi cuello, mientras que mis manos se aferraban a su pelo y mi garganta soltaba mil gemidos, sin poder, ni querer, controlarlos.

-º-

-Rick… -Susurré su nombre entre besos, mientras que sus manos empezaban a acariciarme íntimamente, vagando por mi espalda, por dentro de la camiseta del pijama que llevaba puesta. Sentí como mi respiración se aceleraba hasta el punto de apenas poder respirar. Él se apartó también jadeando, ambos nos quedamos en silencio durante unos minutos.

-Lo siento. –Dijo, lo miré y tomé una decisión.

-Yo no. –Me senté a horcajadas sobre él y volví a besarlo, llevando el control. Durante un buen rato solo se oía en ese salón el sonido de nuestra respiración y de nuestros besos. Paramos de nuevo, tomando aire, mirándonos a los ojos. Le sonreí con timidez, él me acarició la mejilla.

-¿Estás bien?

-Mejor que nunca. –Me incliné para volver a capturar sus labios y una fuerza interior me hizo llevar las manos hasta el borde de su camiseta y tirar de ella. Rick alzó los brazos, dejando que se la quitara y por fin pude acariciar ese torso que tanto había deseado en mis sueños. Mientras que mis manos exploraban, con timidez, él llevó las suyas a mi espalda otra vez y me acarició. No sé cuanto tiempo estuvimos así, solo sé que se levantó y me tendió la mano, mirándome, con intención. Sentí miedo, pero también deseo y la acepté. Volvió a acariciar mi mejilla, con ternura.

-¿Estás segura?

-Creo que sí. –Me maldije a mí misma, ese "creo" me hacía parecer asustada y débil, me daba vergüenza, pero él me sonrió y me besó de nuevo, esta vez lentamente, con dulzura.

-Tranquila. –Caminamos hasta la habitación de Lanie, que estaba a oscuras. Rick me llevó hasta la cama y me hizo sentarme a su lado.

–Kate…

-Estoy bien. –Aseguré, aunque el nerviosismo de mi voz y el temblor que recorría mi cuerpo le quitaba credibilidad a mis palabras. Él sonrió y asintió.

-Vale, pero quiero hacerte una pregunta. –Lo miré, esperando, me cogió la mano y me la besó, apenas rozándola con sus labios, respetuosamente. -¿Quieres esto?, ¿ahora?

-Yo…

-No tienes que hacer nada que no quieras. –Me dijo.

-Qui… quiero esto. –Murmuré, pero era incapaz de mirarle, sentí como un dedo se posaba bajo mi barbilla y me giraba el rostro con suavidad, me enfrenté a su mirada. En sus ojos vi un inmenso respeto y también ternura, mucha ternura.

-¿Tienes miedo? –Susurró.

-Yo… no sé que debo hacer… ni que esperar de… esto. –Asintió en silencio, apretó con suavidad mi mano, acariciándola con su pulgar. – Y aun así… -Me miró con atención, esperando a que me aclarase. -…no quiero…parar.

-Entiendo… -Dijo. Enredó sus dedos en mis cabellos, echándolos hacia atrás y se acercó a mí, besándome, despacio, sin querer apresurar nada, hasta que poco a poco fui respondiéndole. Lentamente me hizo tumbarme en la cama y se echó sobre mí, me acarició la mejilla con la punta de los dedos, con suavidad. -…¿te gusta esto? –Susurró.

-…sí… -Mi voz era un susurro ronco, apenas audible. Me besó en la boca, mis labios le dieron permiso para adentrarse en ella, su lengua empezó a explorar, pero con suavidad, lenta, perezosa. Abandonó mi boca para dirigirse a mi oreja, atrapando el lóbulo con los dientes, pero sin apretar, solo rozándolo. Mi respiración empezó a acelerarse cada vez más y más, producto de la excitación. Bajó sus labios hasta mi cuello y empezó a succionar, apreté los labios, intentando controlarme, callando mis gemidos.

-Tranquila… -Murmuró. -…no los calles preciosa, aquí solo estamos nosotros… quiero oírlos. –Siguió besándome, hasta hacerme jadear. Se incorporó, sonriéndome, dándome un pequeño beso en los labios. –Eres preciosa… eres realmente hermosa Kate… -Me halagó, haciéndome enrojecer. –Quiero hacerte el amor. –Dijo sobre mis labios, antes de volver a atacarlos. Esta vez no fue tierno, sino apasionado y yo no me quedé quieta. Nos besamos hasta quedarnos sin aire, sentí un calor agobiante, asfixiante, me costaba respirar. Me miró preocupado.

-Kate…

-No pares ahora. –Le dije, sorprendiéndome de la seguridad de mi voz. Él sonrió y asintió, arrodillándose; llevó las manos hasta mi camiseta y me miró, alcé los brazos, tal y como había hecho él y me la quitó. Noté como me comía con la mirada. Llevó una mano hasta mi sujetador y me acarició, por encima, cerré los ojos, deseaba más. Volvió a tumbarme y empezó a dar besos cortos y húmedos por mi vientre, dibujando círculos en mi ombligo, la sensación era increíble; cuando llegó de nuevo a mi sujetador llevó las manos hasta mis pechos, masajeándolos y después al broche, pero esta vez el miedo pudo más que el deseo. –Aún no. –Me miró fijamente, sentí pánico, lo había estropeado todo, pero él me acarició suavemente y asintió.

-Tranquila cariño, iremos a tu ritmo. –Volvimos a besarnos, de nuevo despacio, lento. Empezó a acariciar mis piernas, haciendo que el calor intenso se apoderase de mí otra vez, empecé a respirar de nuevo con dificultad, sentí que me ahogaba. Rick me miró asustado. Le cogí la mano, no podía respirar. Me hizo incorporarme y llevó sus manos a mi pecho, me habló con ternura, intentando calmarme. –Shhhh, respira conmigo Kate, no pasa nada, tranquila, relájate, calma… -Poco a poco fui recobrando mi respiración, pero ahora me sentía terriblemente vulnerable y avergonzada. Él me miró con dulzura. -¿Mejor?

-Yo… -No pude más y le empujé, me levanté de golpe y me dirigí al baño, encerrándome, muerta de vergüenza; empecé a llorar.

Durante unos minutos no entiendo que ha pasado. Todo iba bien, hasta que se ha puesto a hiperventilar. Soy un imbécil, está enferma y no lo he tenido en cuenta, debería haber tenido cuidado, ahora lo único que he conseguido es asustarla. La escucho llorar y me levanto con rapidez, lo último que deseo es que piense que ha hecho algo mal. Golpeo con suavidad la puerta del baño.

-¿Kate?, Kate cariño ábreme. –Le pido. Pero no me abre ni tampoco contesta, lo intento de nuevo. –Kate no pasa nada, por favor abre y hablemos de esto, ¿vale? –Sorprendentemente me abre y la imagen que me encuentro delante de mí me parte el corazón, se la ve frágil, como una niña asustada, despertando en mi un deseo intenso de protegerla. Es incapaz de mirarme.

-Kate… -Empieza a llorar con fuerza y se arroja a mis brazos, la beso con ternura en el pelo. –Shhh cariño no pasa nada, es normal. –Se separa de golpe, furiosa, me mira con rabia.

-¡No es normal!, sabes que no es normal así que no me digas eso, no me compadezcas. –Grita, respiro hondo y la sujeto, ella forcejea, pero está débil, puedo notar como vuelve a tener fiebre.

-Basta Kate, basta. Mírate, estás enferma, es normal que te pusieras así, apenas puedes respirar, no debes avergonzarte. –Me mira con tristeza, avergonzada, indefensa. La llevo hasta el dormitorio y la hago acostarse, me tumbo a su lado, abrazándola. –Deja que te cuide, déjame cuidarte, déjame estar aquí para ti.

-No quiero parecer débil… -Dije, aunque apenas puedo oírla, la pego aún más a mi cuerpo. -…no quiero… -Poco a poco se va quedando dormida, producto del agotamiento y de la fiebre. Mañana será un día difícil, tendremos que hablar de esto y tendré que buscar la forma de convencerla de que todo está bien, de que no debe avergonzarse ni preocuparse por lo que ha pasado. Pero eso será mañana, ahora me toca cuidarla.