Jeje… Si ya dije yo que le iba a dar un infarto. Y lo que le queda a la pobrecilla.
Vale, este capítulo no le hará (CASI) nada malo a tu corazoncito, Arthemisa. Pero ten a mano el número de emergencias para el siguiente. Avisada estás.
Shiniga (Con tu permiso, abrevio, que tu nombre es larguísimo), no seas envidiosa, mujer, que es algo muy feo. Si me viene la inspiración, prometo escribir alguna historia para ti también. Vale, y otra para Kara.
Pero tendréis que decirme que os gustaría leer. ¿Quizá querríais compartir a Lyosha, o tendré que hacer una historia para cada una? Jeje… Vosotras decididlo, y decídmelo, pero no os prometo nada. Cuando la publique dependerá de lo que tarde en ocurrírseme el argumento...
Aquí os dejo el siguiente capítulo. Y esta vez no podéis quejaros, ha sido rapidito!
Capítulo 13. Confidencias.
Sin esperar su respuesta, Leo pasa junto a Lisías, y se deja caer distraídamente en las escaleras que conducen al castillo de proa. Lisías sonríe a su pesar. En los días que llevan planificando el asalto, ha aprendido a apreciar al muchacho y a confirmar sus primeras impresiones. Dará que hablar, sin duda. Y muy pronto. Mucho antes aún de lo que su amante y tutora espera.
Sin decir palabra, toma asiento junto a él. Quizá charlar un rato sea lo que necesite. Y no le preocupa la idea de charlar con el muchacho. Ni siquiera él es inmune a su carisma, y sobre todo, a su buen humor. Cuando está de buen humor, por supuesto. Y hoy parece estarlo. No obstante, será él quien dirija la conversación. Ignora por el momento su pregunta. Ya volverá a ella cuando lo considere oportuno.
"¿No estabas con Milena?"
"Estaba", sonríe.
Lisías sonríe a su vez. Ya había imaginado que el chico sería de los que se escabullen de los brazos de una mujer en cuanto tienen la menor oportunidad.
"No te permites ni un momento de debilidad, ¿no es cierto?", pregunta con tono afectuoso.
Leo ríe entre dientes, sin volverse a mirarlo, sus ojos clavados en el azul del mar. Un azul que un día fue el de sus ojos. Siente la mirada de Lisías clavada en él, esperando una respuesta. Una respuesta que ya tiene. Quizá lo único que desea es escuchar una explicación de sus labios. Y, para su sorpresa, siente la necesidad de dársela. Suspira, y baja la cabeza, concentrándose en sus manos entrelazadas, colgando laxamente entre sus muslos, antes de comenzar a hablar.
"Me enloquecen las mujeres, no puedo negarlo. Adoro el tacto de su piel, tan suave como el terciopelo. Adoro sus curvas, sus formas, que se adaptan a mis manos como la empuñadura de la mejor de mis espadas. Y su aroma...", cierra los ojos, concentrándose en el recuerdo. "El olor de su piel me entusiasma, el perfume de su deseo me quita el sentido. Y si me esfuerzo, soy incluso capaz de recordar el sabor del sudor en su piel. Salado y denso. Como la sangre"
Lisías asiente, animándolo a continuar. El chico tiene una magnífica voz. Suave, serena, con la sonrisa siempre a punto de reventar en ella, contagiando a quienes lo rodean. Leo se encoge de hombros, como si una idea peregrina asaltara su mente, y finalmente continúa.
"Amo seducirlas. Es como forzar un cofre con la cerradura más diabólica que puedas imaginar. No importa cuantas ganzúas utilices, siempre parece haber una más que usar. Tu pulso no puede temblar, o todo estallará entre tus manos. Debes ser firme, pero delicado. Tu mente no puede distraerse un instante, o perderás la imagen del laberinto y tendrás que comenzar de nuevo. Cada paso te sorprende, cada nuevo reto es más y más difícil. Pero cuando por fin lo consigues, cuando, tras el último movimiento, los mecanismos saltan, y la caja se abre descubriendo sus secretos, puedes tocar el cielo con las manos" Sacude la cabeza. "Si. Me enloquecen las mujeres. Cualquier mujer. No hay una que no encuentre bella, o seductora a su manera. Jamás he matado a una hembra, y dudo que jamás vaya a hacerlo. Y durante un instante, cuando gimen entre mis brazos, las amo. A todas y cada una de ellas. Y precisamente por eso, cuando todo termina, tengo que escapar, o me atraparán en sus redes y jamás volveré a ser yo mismo. Es tan fácil dejarse seducir por su poder. Porque tienen poder. Aunque ellas no lo sepan, tienen poder. Nos dominan, nos controlan. Y el día que se den cuenta, estaremos perdidos"
Lisías lo mira, aprobador. Él mismo tiene una idea muy parecida acerca del poder de las hembras. De hecho, el muchacho le recuerda demasiado a sí mismo hace... ¿quizá un millón de años? O al menos eso le parece. Ha pasado demasiado tiempo desde que sentía la necesidad de buscar acción, desde que deseaba seducir a cualquier mujer que se pusiera en su camino. Ahora es demasiado digno, demasiado entregado a su papel de líder subrepticiamente reconocido como para tener tiempo que dedicar a esos juegos. Quizá por eso, esta aventura le pone de tan buen humor. Y quizá por eso... Siente los ojos de Leo clavados en él, y sabe, sin necesidad de volverse, que en cuanto le devuelva la mirada se encontrará con su sonrisa burlona. Y así es.
"Bueno, y ¿qué hay de ti?"
"¿Qué hay de mí con respecto a que?"
Leo suelta un bufido despectivo, en el que hay más de diversión que de impaciencia, y ríe entre dientes.
"Te lo dije cuando te conocí, aunque no me importa repetírtelo. Puedo olerla en ti", sonríe.
"Una habilidad muy útil", responde Lisías, regateando la pregunta implícita en sus palabras. "Aunque yo también puedo hacerlo. Pude hacerlo"
Leo asiente. No tiene nada que ocultar, y por tanto ninguna necesidad de negar lo que ambos perciben como evidente.
"Por supuesto. Pero no soy yo quien está considerando ciertas reclamaciones", replica, burlón.
"No las estoy considerando", protesta Lisías.
"No, es cierto. Ya las tienes más que consideradas. Lo que ocurre, es que aún no te has decidido a expresarlas"
Lisías clava sus ojos en él, y por su rostro se desliza una sombra de ira, de amenaza que se apresura en controlar. No está de humor para discusiones, y tampoco para poner al muchacho en su sitio. Y menos cuando ambos saben que tiene razón. Permanecen en silencio, cada cual perdido en sus reflexiones. Lisías sabe que tiene que hablar, que tarde o temprano tendrá que poner a sus compañeros de viaje al tanto de lo que ha descubierto, pero se siente incapaz de hacerlo si no consigue serenarse antes. Revivir la historia que Artemisa ha desgranado para él lo enfurecería demasiado en este momento. Así que calla. Y el muchacho respeta su mutismo. Permanecen sentados juntos, en amigable compañía, contemplando el mar. Hasta que al fin, Lisías se decide a romper su silencio.
"Ella me contó su historia", dice al fin, cuando cree haber recuperado el control de sus emociones.
Leo se vuelve hacia él con la velocidad del rayo. Enarca las cejas en una muda pregunta, y Lisías sacude la cabeza.
"No me mires así, muchacho. Necesitaba serenarme antes de poner su relato en voz alta", replica con toda su autoridad. Sin embargo, Leo no parece impresionado por ella. Y no sabe si eso le irrita, o le divierte.
"¿Tan malo es?", se limita a preguntar.
"Peor. Es mejor que vayas a buscar a Milena. No creo que pueda repetir esto dos veces"
Leo vuela al camarote, y antes de que alcance la puerta, Milena se desliza fuera del cuarto, observándolo con preocupación. Ha percibido su llegada, y ha sentido su olor. El olor denso, asfixiante de la incertidumbre. Algo ha ocurrido. Y Milena no tiene demasiada paciencia para esperar respuestas. Sin decir palabra, Leo la toma delicadamente del brazo, y la guía junto a Lisías. Éste se levanta, y la invita a ocupar su lugar en las escaleras. Leo permanece de pie, expectante. Eso no es buena idea. Lisías señala el lugar junto a Milena y, tras unos instantes de vacilación, Leo toma asiento. Así está mejor. Si se lo toma tan mal como él espera, Milena quizá pueda serenarlo. De lo contrario, tendrá que recurrir a su don. Pero no confía en él cuando está demasiado irritado. Y ahora lo está.
"En primer lugar, debéis saber que nos hemos equivocado. El Cardenal no es el culpable de la situación de Artemisa. No de toda ella, al menos"
"¿Y de qué parte de ella es culpable?", gruñe Leo.
"Tranquilo, muchacho. Podrás matarlo si es lo que deseas. No diré que no lo merezca", replica Lisías, disimulando una sonrisa inevitable ante su juvenil impaciencia. "Es el padre del cachorro, por supuesto. Y probablemente, su propio padre. Al menos, diría que fue amante de su madre, aunque, obviamente, la chica no lo ha expresado así. Pero no es difícil deducirlo de su relato"
"No te preguntaré si fue forzada, por que es algo sobre lo que no tengo dudas", intervino Milena. "Pero eso no te enfurecería del modo que percibo en ti, así que deduzco que el resto de tu relato no va a gustarnos lo más mínimo"
Lisías sonríe, esta vez abiertamente. Quizá el muchacho ya fuera astuto de por sí, pero sin duda la ponzoña de Milena no ha dañado precisamente esa cualidad. Ella no es mucho menos suspicaz que él, más bien al contrario. Una cualidad común a muchas hembras, desde luego, pero de modo más discreto. Milena luce su sagacidad casi con tanta elegancia como luce sus vestidos.
"No, no va a gustaros, pero dejadme que siga mi propio ritmo en esto, o no podré terminar. Estaré destrozando el barco antes de narrar la mitad", replica. Suspira innecesariamente para tranquilizarse, y continúa. "Si, como bien has dicho, fue forzada. Ni siquiera sabía lo que le estaba ocurriendo, pobre criatura"
Leo ruge por toda respuesta. A un criminal como él, ese crimen le parece lo más execrable. Jamás ha tomado por la fuerza a una mujer. Nunca. Ni cuando era un joven mortal, hijo de una nobleza acostumbrada a tomar todo lo que su vista podía alcanzar como si de un derecho de nacimiento se tratara. Es cierto que ya entonces casi ninguna hembra se resistía a sus caprichos. Pero si eso ocurría, se retiraba con elegancia. Al contrario que muchos de sus compañeros de correrías, no encontraba placer en el terror de una mujer. Y sigue sin encontrarlo.
Lisías pasa por alto su furia. Porque la comprende. Aunque ninguno de los dos lo sepa, ambos comparten la misma filosofía. Las mujeres deben ser respetadas. La vida nace de ellas, e incluso un vampiro necesita que la vida siga.
"Pero aunque el Cardenal debe ser castigado por su crimen, no es culpable de todo lo demás. No ha sido su estado lo que casi provoca la muerte de Artemisa, sino su curiosidad"
"Eso encaja, desde luego", reconoce Leo. Saber que Lisías aprobará el castigo que piensa dedicarle al Cardenal, lo tranquiliza. "¿Qué fue lo que vio?"
Lisías hace una larga pausa. Y finalmente, tras asegurarse de que su voz sonará controlada, mesurada, responde.
"A uno de los nuestros"
